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UN MÍNIMO ACUERDO

volcán Eyjafjallajökull

Destellos eléctricos.

Locas chispas invisibles rebotan y chillan alrededor de las cabezas.

Orejas sensibles que esperan.

Palabras incoherentes y lava salen como vómitos de las bocas.

Pieles brotadas.

Frases cortadas, bosques talados, ideas a medias, defendiéndose de sus miedos.

Gestos disecados.

Todos encerrados en sus órbitas, creyéndose universales.

Manos que callan.

Un mínimo grado de compromiso, pequeño, conciso.

Ojos abiertos que ven sin mirar.

Un mínimo grado de compromiso es lo que flota en el aire, como deseo sin pedir.

Miradas furtivas.

Un ponerse de acuerdo en cazar sólo las propias debilidades.

Ideas blindadas.

Algo tan simple como una disculpa. Algo tan grande como un abrazo reparador.

Ceños adustos.

Solamente relajar las garras bajo el cielo, sólo calzar un poco sus zapatos.

Corazones rotos.

Una simple respuesta aliviadora. Un acuerdo tácito.

Planeta ultrajado.

Un mínimo grado de compromiso para que la oportunidad retorne, y se quede por un rato.

volcán katla

Cla9

5/9/10

(foto de Sigurour Stefnisson)

 

Manuscrito hallado en el Planeta KR29

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Es tarde. El tiempo se acabó. Rompí la última semilla. Sólo me espera un desierto repleto de sombras de árboles secos. Sólo siluetas de pasados posibles.

El presente es un sol frío, un viento seco, surcando el aire con polvo ceniciento.

No existen las noches.

 Ahora tenemos dos soles, uno azul y uno rojo.

 La tierra, quieta, recibe a los dos.

El azul, tibio, enfría todo intento de crecer. El rojo, es el infierno circular, ardiente como colilla de cigarrillo en los labios de un un niño.

La gente ya no tiene pies. Camina sobre muñones desollados. Los cuerpos, son esqueletos forrados en cuero de lagarto. Los ojos, tienen doble párpado, son fríos, gelatinosos, como pulpo recién sacado del mar. Son la única parte húmeda, nadan en un líquido azul violáceo. para protejerse de los rayos XWU y ÂZK. Los cráneos pulidos, escamados, morados, brillan con el áura coronaria abierta, como santos enviados a las fauces de Hades.

Ya no hay palabras. Sólo berridos monosilábicos, el beneficio de un cerebro adaptado a la más elevada telepatía. No hay verbos, sólo descripciones mínimas, con sustantivos y adjetivos simples. Diálogos adaptados a una especie de “haiku” de cuatro estrofas:

Arbol sombra palida. Brillante arena seca. Oeste sol azul. Este sol rojo.

No tenemos estómago, maravilla de la evolución y de la clonación de especies. Sobrevivimos en una suerte de fotosíntesis ultradérmica. Tenemos sólo piel, ojos y boca. 

En tiempos de apareo, las hembras escupen una bola roja y la depositan sobre las piedras. Los machos las bañan con una gelatina azul, espesa, densa, y las bolas se congelan. Al cabo de un año (un día para nuestros antepasados) el embrión sale reptando y se dispone a “ibernar” debajo de las piedras. A los diez años, ya es un renacuajo, luego de noventa años puede andar. La única humedad, la de las piedras, permite que el niño crezca. Permanecen quietos durante cien años y luego deambulan lento.

No hay olores ni sabores. El único perjuicio de tener diez por ciento de humedad es el andar lento. Ya nadie puede correr, trotar o bailar.

Los que han desarrollado la telequinesis hacen danzar a las piedras. Otros dibujan en el aire con motas de polvo. Algunos construyen dolmenes.

Los sonidos se crean a base de instrumentos pequeños, construídos con sus propias escamas, sólo son instrumentos de viento. Como los metales son mínimos, no hay campanas, ni flautas, ni oboes, por no tener árboles tampoco se fabrican violines, pianos y guitarras.

Los más evolucionados “pintan” con luz produciendo matices con sus miradas.

Nadie sonríe, no tenemos dientes.

Los que aún nacen con dedos crean pequeños objetos mezclando arena con su propia baba. Los que crean los hombres luego se petrifican, debido a que poseen una especie de líquido seminal en su baba. Las mujeres tallan piedras con su lengua punteaguda y cubierta de cilias escamosas.

Ya no hay ciencia, todo se sabe, por eso nadie discute, ni pretende alcanzar nada. Ya sabemos que no existe un más allá, todo está acá.

Nadie lucha, simplemente deambulamos, hasta secarnos, al cabo de un millón de años.

Yo me estoy secando. Dicen que luego voy a convertirme en piedras, pequeñas piedras que luego se desgranan.

Somos “biodegradables”. En realidad, siempre lo fuimos. Como antes eramos muchas especies, unas ayudaban a otras a descomponerse, virus,  bacterias, células cancerígenas, pequeñas larvas y parásitos, todo ayudaba.

Ahora quedamos sólo nosotros, por eso, nos estamos extinguiendo.