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Aquella Navidad: Capítulo 11 por Mil544

Quique desistió. Había preguntado, casa por casa, a todos los familiares y amigos de Ana si sabían algo de ella. Había llamado a todos sus contactos, a los que la conocían y a los que escasamente la habían visto alguna vez. Nadie sabía nada. Los allegados meneaban la cabeza y no dejaban de mirarlo como si fuera el mismísimo anticristo y tuviera bien merecida la desaparición de Ana. Pensó en acudir a la Policía pero lo descartó cuando sospechó que el único que no sabía adónde estaba su mujer era él. Se ve que estaba condenado a ser el último en enterarse de todo.
Quique supo lo que tenía que hacer. La tía Chicha. No quedaba más remedio. La tía Chicha era una tía abuela de Ana que vivía en un residencial para mayores y que cada domingo iba a casa de los padres de Ana a tomar el té. Algo tendría que haber escuchado la vieja. Porque aunque era pesada de oído como decía ella, sorda como una tapia como decían todos, cuando el asunto venía jugoso, escuchaba mejor que un luthier.
Quique tomó todas las previsiones del caso. Compró una bolsa de caramelos de miel, dos cajas de alfajores Habanna, se duchó, afeitó y engominó y partió al residencial a visitar a Chicha luciendo la única camisa planchada que le quedaba. La tía lo recibió sin espamentos, como si lo hubiera estado esperando. Dijo lo que todos. No sabía nada. Pero lo invitó a sentarse a tomar una tacita de té y a jugar a la canasta con las chicas. Después de tres partidas y al menos seis tazas de infusión dudosa la tía Chicha declaró saber algüito. Al fin y al cabo, como dijo, era impensado que una jovencita en situación interesante como Ana anduviera por ahí sola, sin un marido que la hiciera respetar.
-¿Dónde se ha visto eso, eh?- le preguntó a Quique.
-¡Donde!- exclamó Quique.
-¡Y dónde se ha visto que un hombre grandote al cuete como usté ande haciendo tanto escándalo por un hijo! ¡Ya era hora que le hiciera un hijo a la nena! ¡Vergüenza debería darle, Enrique!
-¡Vergüenza!- respondió Quique, con la mente puesta en el dato que estaba por recibir.
Ana estaba en Entre Ríos, en casa de su abuela. Y la tía Chicha le rogó que ya que iba le dijera a su hermana que le devolviera el abanico ese que le supo prestar en el carnaval del 42… Pero no iba a ser tan sencillo. Estaban sobre las fiestas y los pasajes, en el medio que fuera, estaban agotados. Quique y Ana jamás se había preocupado por adquirir un auto y ahora él estaba desesperado.
-Negro, me tenés que ayudar- le dijo a Beto, el negro de Hacienda, cuando lo interceptó en la puerta de la Municipalidad-. Prestame la bola para ir a Entre Ríos- le largó.
-Ni en pedo. ¿Estás chupado o comiste vidrio molido, vos? A la bola la manejo YO solamente.
-Bueno, nos vamos los dos, Betito. Dale, hacelo por Anita, yo se que vos la adorás a la flaca. Por favor te lo pido, Negrito. A parte me lo debés.
-¿Qué te debo yo a vos? ¡Gordo falluto! ¡Después de lo que le hiciste a la Anita! Ya decía yo que no te la merecías…
-Dale, Beto, aflojá. ¿Cuánto ganaste a la quiniela con el sueño que te conté? ¿eh? Dale, loco…
-¡Qué increíble!… lo que son los sueños ¿no?… Apenas me lo contaste le jugué al 48… ¡Tres gambas me gané!
-¿Al 48 le jugaste? ¿Te cuento que te soñé de ángel y le jugás al 48? ¡VOS estás en pedo, Beto!
-Bueno bueno ¡che!… A ver, ¿cuándo querés que salgamos?
-¡Ahora, Betito lindo, YA!… Pero una cosita más… Estaba seguro de que me ibas a llevar. Tomá- y le entregó una bolsa con un gesto que Beto captó en el aire.
-Ni loco- contestó.
En ruta, el Fiat 600 de Beto no superaba los 60 km/h. Las horas de sudor, mezcladas de a ratos con fastidio y risa por no llorar, se les hicieron muy largas pero finalmente, para su propia sorpresa, después de todos los contra tiempos que tuvieron, llegaron a Entre Ríos. Cuando Ana abrió la puerta primero se asustó. Después preguntó sin demasiada convicción:
-¿Quique?
Y finalmente, cuando vio a Beto tratando de bajar del auto, en franca lucha por desenganchar su ala de arcángel Gabriel de la puerta, empezó a llorar… de risa.
-¿Qué hacen así los dos?- preguntó cuando logró recuperar el habla.
Quique se acomodó la barba de poliéster, alisó la túnica que llevaba y muy circunspecto le dijo:
-Venimos a buscar a María.
-¿¿Qué??… ¿Beto? ¿Qué hacés vestido de angelito?- exclamó Ana mientras el Negro enderezaba sus alas maltrechas y trataba de pegar con saliva una punta de la guirnalda plateada que se había desprendido del borde.
-Una promesa de tu marido. No pude decirle que no- contestó sin mirarla, atento al comportamiento de la tira rebelde y listo para darle otro salivazo.
-¿Una promesa, Quique? ¡Pero si vos en lo único que creés es en la mano de Dios!
-Se lo prometí al bebé, Ana. Le juré que si me dejaba pasar ésta nunca más nos íbamos a separar.
Ana lo miró. Estaba hecho una piltrafa. Todo transpirado, lleno de tierra, ojeroso. En ese momento descubrió por qué, a pesar de todo, nunca iba a dejar de amarlo. Le dio un abrazo de toda una vida y le dijo despacito al oído:
-Bueno, vamos.
-Gracias, mi amor- respondió él en un susurro, aliviado-. Tomá, ponete esto- y le extendió una bolsa.
-¡¿Qué?! Ni lo sueñes…
-Dale, preciosa, se buenita. Se que no estoy en posición de pedirte favores- y la miró con cara de compungido-, pero le prometimos a los pibes de Villa Paranacito que si nos empujaban la bola un trecho, a la vuelta pasábamos con María. Dale, no les podemos fallar… después de todo… ¡Mañana es Navidad!

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Aquella Navidad: Capítulo 10 por Cla9

Uf. Con tanto revuelo no bajamos la cortina, pensó.
Estiró el brazo y notó que Ana no estaba. Un escalofrío le recorrió la espalda mientras se levantaba como resorte.
-No está. Todo está en orden, pero Ana no está.
Instintivamente fue al placard, y lo que vio le revolvió las tripas. Varios estantes despejados y el perchero con muchas perchas vacías.
Desesperado, recorrió la casa una y otra vez. Una mezcla de terror, culpa e incredulidad le hicieron agarrar el teléfono y llamar al celular de ella.
Aunque ya sabía de antemano que iba a estar apagado.

Viajar en micro es una cuestión de fe. Y se rió sin ganas, más bien por ese humor raro que nadie nunca le entendía. Sus ojos hinchados pero ya sin lágrimas no se despegaban de la ventanilla.
Tantas lágrimas juntas le armaron una gran laguna en el centro de su memoria. Y sintió que tenía que irse. Irse de las preguntas sin respuesta. Irse de la escena agobiante en la que se quedó sin letra.
¿Se la olvidó?
Dudaba de demasiadas cosas. Tenía que volver a las fuentes. Aunque tampoco estaba segura de cuáles eran exactamente.
Entre Ríos la recibió sin mucho redoble pero con mucha luz. Fue directo a la plaza, vacía de siesta. Dejó el bolso en el césped y se sentó justo abajo del tilo más grande, casi tan grande como su laguna mental.
Agotada pero atenta se dejó llevar por el murmullo de las hojas. Sonaban como una música conocida… y esas luces.
La brisa caliente que la envolvía le empezó a cambiar el aire. Le empezó a cambiar la historia.
Y de repente entendió todo.
Supo, casi como una Revelación, que le estaba pasando algo que era imposible de explicar. Paradójicamente, supo con total certeza que nada sucede por casualidad. Y supo también que ya no había retorno.
Estaba feliz.

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Aquella Navidad: Capítulo 9 por Howlin

Quique estaba parado delante de un altar. Era un campo abierto con el pasto corto y verde que le recordaba al wallpaper predeterminado de Windows XP. El día estaba hermoso. Delante de él había una figura flotando. Vestía una túnica blanca y llevaba alas y aureola. Era el negro Beto, de hacienda.
-¿Y vos qué hacés acá?
-Y qué querés, yo iba a hacer de Baltazar, pero como al final vos vas a ser José me tocó ponerme las alitas.
-¿Y qué? ¿Me vas a decir que tengo que aceptar el embarazo de Ana porque es voluntad del Espíritu Santo?
-No, ni en pedo. Yo no soy creyente una mierda, estoy acá porque me mandé un par y tengo que sumar puntos con el intendente. Pero vos sabés que Ana es buena mina, y no te va a cagar.
-Sí, ya se, pero es muy raro todo esto. Primero me sale con lo del pesebre viviente, después con lo de que quiere un pibe y después con que está embarazada. A este paso nochebuena nos agarra en la maternidad.
-No exageres. Vos la conocés. Hace 20 años que toma esas pastillas de mierda y desde que se fueron vivir juntos jamás te pidió que te cuides vos. Y nunca un atraso, ni nada. Pero ya tiene 40 y el cuerpo no es el de los 20. A veces las hormonas dan sorpresas. Y bueno, esta vuelta las cosas se dieron así. ¿Y si en vez de buscarle el pelo al huevo mejor lo disfrutás? Ya pasaron las cuatro décadas. Lo que no vivan ahora ya no lo van a vivir, especialmente ella. Y vos sabés que por mucho que te resistas los pibes te pueden. Acordate cuando nació el bepi de tu hermano Miguel. Se te caía la baba más a vos que al padre. Dejate de joder, Quique, justo ahora te venís a hacer el ofendido, si en el fondo sabés que tenés más ganas que ella.
-Pero en serio me vas a decir que no se había dado cuenta…
-¿Quién, Ana? ¿Con lo despelotada que es? Sí, quedate tranquilo que no se dio cuenta. Me juego las pelotas.
-Hablando de eso, ¿los ángeles tienen sexo?
Quique se despertó. El sol de la mañana le pegaba en la cara.

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Aquella Navidad: Capítulo 6 por Amy

En ese clima de alegría y buen humor, cada uno se dirigió a vestirse para la representación. Quique llevaba en una bolsa un zurrón de tela rústica y un turbante.
Ana ya tenía todo en la oficina preparado, una blanca túnica y un manto celeste, sandalias blancas, había pensado en todo. Frente a un espejo improvisado se fue vistiendo lentamente, con cada prenda se iba revistiendo de dulzura y calma, las dudas se fueron diluyendo junto con los temores. Cuando estuvo lista, mientras avanzaba hacia la primera estación del pesebre, lo hizo con la certeza de que estaba dando un paso muy importante en su vida.
Quique la observaba y supo que al dar el “SÍ” al Ángel, en realidad se lo estaba dando a ese hijo que quería concebir, y él también, interiormente, dijo “SÍ”como papá.
Era el momento oportuno.
Los demás aplaudieron mucho el ensayo.
Al salir, Ana y Quique se fueron en silencio tomados de la mano como dos adolescentes.

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Aquella Navidad: Capítulo 5 por Marcela Segal

Con silencio de verano y aire de tilos, cruzaron la gran avenida hasta la heladería.
-¿Querés un cucurucho?- preguntó Quique.
- Sí, de frutilla y coco- dijo Ana, con voz aniñada.
- Ok, después le pedís los gustos. Esperame que voy a la caja.
Quique atravesó el local fresco, atestado de abuelas y de niños.
Que quilomberos estos pibes, pensó en voz alta.
- Un cucurucho y un cuarto.
- Veinticinco pesos.
-¡Te pediste de un cuarto! ¡Qué gordo sos!- le dijo Ana cuando vio el ticket.
-Dale, flaca, es por hoy nada más.
Ana pensó que su marido seguía siendo el mismo adolescente que conoció en la secundaria.
-¡Sesenta y ocho!- gritó la empleada.
-Quique, ¿de qué querés?
-Deja, pedí vos primero.
-Un cucurucho de frutilla a la crema y coco con dulce de leche- le acercó el papelito a la chica.
Ana miraba cómo iban armando su torrecita de crema rosa y blanca. Pensaba cuántos helados no compró para el hijo que no tuvo… y le vinieron a golpes todos los cumpleañitos que no festejó, y los días de la madre que no tuvo. ¡Veinte años casados! Doscientos cuarenta ciclos… ¡Más! Contando las lunas eran trece por año, doscientas sesenta semillas secas cayeron de su cuerpo…
A esta altura el helado le sabía amargo.
Quique, como siempre ajeno, saboreaba el cuarto de chocolate bariloche y sambayón con frambuesa.
Pero él miraba los cochecitos y pensaba que no iba a poder sacar el cero kilómetro si le seguía el capricho a “la señora”… estaban tan bien así… ¡Qué venir a complicar ahora!
La musiquita del celu los despertó.
- Teneme- balbuceó Ana. Y le pasó el cucurucho para leer el mensaje-.Ya están todos en el patio de la muni. ¡Nos esperan!- Y agregó-: A María y a José.
Mientras guardaba el celular, Quique se terminó el cucurucho, también.
-¡Gordo, vas a tener que cortar con los hidratos! ¡Mañana empezás la dieta!
El semáforo verde y rojo se les presentó como un anuncio inminente del arbolito; la avenida atestada de autos y de gente; el frente brillante del Municipio reflejaba los albores del atardecer en sus ventanas espejadas, dando un tinte de luces de bengala y cohetes navideños; las bocinas sonaban como campanas: “DING DONG” “DING DONG”.
Un matrimonio tomado de las manos pegajosas de helado y frías.
Veinte años de soledades compartidas.
Veinte años.
Si parecían veinte días.
Llegaron al patio de la Muni, casi sonrientes, contagiando de alegría a los grises empleados compañeros de Ana, al punto que a todos les pareció el ensayo más importante de sus vidas.
Ahí estaban los tres reyes magos, los pastores y las pastoras, recibiendo a María y a José, en un pesebre de acero, vidrio y cemento.
Roque salió al encuentro:
-¡Ana! ¡Querida! Pensamos que te habías ido.
-¡No! ¡Que va!- contestó ella-. Fui con mi marido a tomar un helado.
Beto, el más joven, dijo:
-¡Ah! ¡Mucho Gusto!
-¿Ud. va a hace de José?- preguntó Pogani.
-Hola, mucho gusto a todos- saludó nervioso Quique-. Si Roque está de acuerdo…
-¡Perfecto! -dijo Roque- ¡Yo hago de Baltazar y que Beto sea el Ángel Gabriel!
Todos estallaron en risas.


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Aquella Navidad: Capítulo 4 por Gloria Llopiz

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-Hola, belleza- dijo Quique mientras se acercaba a ella a paso ligero y sonriendo de oreja a oreja.
Ana, entre sorprendida y divertida, se puso de pie al tiempo que se preguntaba cuanto hacía que Quique no la llamaba “belleza”.
-Lo que son los ultimátum- masculló en voz baja.
Quique la besó en la boca con ganas y le preguntó si había terminado. Ella dijo que guardaba unos legajos y estaba lista.
-Te invito un helado- dijo Quique.
Cinco minutos después bajaban tomados del brazo las escalinatas del edificio de la Municipalidad. Quique le preguntó si ya tenían bebé para interpretar el papel del niño Jesús, y ella le respondió que aún no.
Entonces, mientras cruzaban la plaza, Quique le dijo:
-Bueno, no podré complacerte con un niño para que participe en el pesebre de estas navidades. Pero te prometo que nuestro hijo estará en el rol del próximo año.
Ana se quedó sin palabras, conmovida por el gesto de su marido, y también muy, muy asustada.
Durante años soñó con la idea, se la planteó en silencio, y hasta le reprochó en secreto a Quique la falta de un hijo.
Pues bien: Ana ahora estaba en el baile y tenía miedo.

Aquella Navidad: Capítulo 3 por Pipercoz

¿Justo ahora se les ocurrió un pesebre? El monólogo de Quique con su cabeza.

¿Por qué ahora, si venimos progresando económicamente? Hay gente que no sabe que con sus ideas puede modificar el destino de otros. Y este es el caso: justo a ésta se les ocurre ponerla de María. Y claro, ahí se le despertó el instinto. A mi me gustan los chicos, pero no me creo buen padre. Me gusta dormir, no me veo levantándome a cualquier hora para cambiarlo. Ya tengo cuarenta y dos; y ella con cuarenta, ¿no será mucho riesgo? Está bien que ahora todo avanzó mucho en ese campo, pero el cuerpo lo pone ella. Encima, soñé toda la noche con bebés. Y parece ley de Murphy: en todo el camino no veo otra cosa que minas con carrito o embarazadas. ¡Ayyyy! No me veo, no me veo. ¿O tengo miedo? ¿Por qué no puedo pensar en otra cosa hoy? ¿Y si se insemina, la muy guacha? ¡Noooo!, mi orgullo no puede permitir eso, también me van a acusar de machista.

¿A quién se le ocurrió la idea del pesebre, que lo mato? ¿Al intendente, dijo? La cabeza me va a explotar.

-$1,25 por favor.

Y ese nene, ¿qué me mira? Y encima me sonríe. ¿Seré buen padre? Debe ser miedo, sí, eso debe ser. Por ahí me va a costar más hacer de José. Nunca fuí buen actor, aunque no voy a tener que hablar, es un pesebre viviente. Que se yo, no puedo fallarle a la flaca. Pero, cómo pasó el tiempo, y con la idea de progresar y esperar, se nos fué la mano. Pero si no me veo con un niño ahora, menos me vería con uno de veintiuno, de haberlo tenido al toque de casarnos. Me vería medio veterano, ni la tintura me salvaría. Pero son lindos los nenes, sería un cambio, un empezar de nuevo, una vida de a tres. Bueno, voy a hablar con la flaca en la Muni. Mejor la llamo antes, así le doy una alegría. ¡Vamos papá Quique, todavía! ¡Que lo parió, Quiquito, que lo parió, me pasé!

-Permisoooo. Chofer, esquinaaaaaaa

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Aquella Navidad : Capítulo 2 por Adrián Granatto

   

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  No podía dormir. A su lado, Quique roncaba a pata ancha. La tele saltaba de canal en canal sin ton ni son. Ana apretaba el control remoto en un gesto nervioso del que no tenía conciencia. Sus pensamientos estaban en el niño. Sin niño no habría pesebre, y la idea de poner un muñeco no la seducía. Habían conseguido una oveja, una vaca y un burro. De los camellos tuvieron que olvidarse. Y si iba a haber animales verdaderos, lo lógico era que el niño también lo fuera. Se levantó de la cama y fue a la cocina. Puso a calentar un poco de leche y se sentó a la mesa redonda. Mientras jugueteaba con la azucarera, se le vino el recuerdo de cuando vio por primera vez un pesebre viviente. Fue cuando sus padres decidieron ir a visitar a los abuelos y pasar las fiestas con ellos en Entre Ríos. Por la noche salieron todos a comer afuera y vieron la representación al lado de la iglesia. Ana quedó embobada por los trajes de los Reyes Magos, por la ternura que José y María le dispensaban al pequeño Jesús (luego se enteró de que eran una familia de verdad), de los animales que llevaban los que representaban a los pastores, y de las luces y la música.
  Apagó el fuego y se sirvió la leche en una taza. La llevó a la mesa, le puso azúcar y la revolvió.
  Se recordó a sí misma pidiendo permiso hasta acercarse al cordón rojo y dorado que rodeaba la escena. Con la inocencia de todo niño, pasó por debajo del cordón y se acercó hasta la cuna. El pequeño alzaba sus brazos, los ojos muy abiertos, un gorjeo alegre salía de sus labios. Vio a Ana y atrapó uno de sus dedos con su manita.
  -Le gustás- le dijo la mujer que hacía de María.
  Ana sonrió y fue en ese momento cuando se prometió ser madre algún día.
  Ahora, sentada a la mesa de la cocina, con la taza de leche enfriándose entre sus manos, la sonrisa que afloró a sus labios era una mueca grotesca.
  Casada con Quique desde los dieciocho años, decidieron en ese momento esperar hasta lograr afianzarse económicamente. No parecía una mala idea y Ana aceptó. Luego, una vez que el dinero ya no era un problema, la falta de tiempo fue la excusa perfecta esgrimida por él y Ana esperó que el tiempo les volviera a sobrar.
  Y resultó que el tiempo, que no entiende de esperas, pasó velozmente, horadando los años con su rápido caudal. Y el sueño de Ana fue quedando atrás, convirtiéndose poco a poco en una amarga ilusión.
  Escuchó sonar el despertador en la habitación y el gruñido de Quique, levantándose. Miró el reloj arriba de la heladera y no le sorprendió demasiado ver que eran las seis y media.
  Preparó el desayuno y, cuando Quique entró a la cocina, ella fue a cambiarse. Al volver, Quique tomaba café y leía el diario.
  -Tomé una decisión, Quique- dijo al sentarse frente a él.
  -¿Si?- dijo él con cautela y desviando la vista del diario para observarla a ella.
  -Sí- afirmó Ana-. Voy a hacer de María en el pesebre viviente.
  -Me parece bien.
  -Y voy a tener un hijo.
  -¿De quién?- dijo Quique bajando el diario, los ojos abiertos por la sorpresa.
  -Espero que de vos, Quique. Voy a hablar con Roque para cambiarle el papel. Creo que Roque haría muy bien de pastor. ¿Y sabés quién va a hacer de José?
  -¿Quién?- preguntó Quique. Pero se la veía venir.
  – Vos, Quique.
  -¿Yo?
  -¿Sos boludo o hablo en chino? Cuando salgas del trabajo, pasá por la Muni que vamos a empezar los ensayos. Y Quique…
  -¿Qué?
  -Si vos no me das un hijo por las buenas, te juro que me hago una inseminación artificial y que sea lo que Dios quiera, ¿escuchaste?

Aquella Navidad: Capítulo 1 por Lauris

Ana llegó apurada de la calle, dejó sobre la mesa su bolso de Prüne y se sentó con un montón de papeles que traía bien acomodados en una carpeta. Concentrada en su próximo trabajo, ni se percato de que en la casa ya estaba su marido.

-Hola. No te escuche llegar – dijo Quique.

-Hola, amor. No sabía que estabas en casa.

Se levantó de la silla y se acercó a saludarlo. Quique la miró y la abrazó, pero rápidamente Ana se soltó y volvió  a la mesa.

-¿Querés un café, Ana? – preguntó, pero ella no le respondió-. Anaaaa- le dijo más fuerte.

-Eh… -respondió ella distraída.

-Te digo, que si querés un café.

-No, no- dijo mientras negaba con la cabeza.

-¿En dónde andas vos ahora?

-Estaba pensando. Voy a hacer un pesebre viviente.

-¿Qué? – preguntó Quique, sin comprender de qué estaba hablando su mujer.

-Sí. Al intendente se le ocurrió la idea de hacer un pesebre viviente para esta navidad. Lo quiere en el hall de la Muni y me pareció piola. El veinticuatro de diciembre a la mañana, antes de que nos den el asueto administrativo, vamos a armarlo. Ya estuve hablando con todos y están bastante entusiasmados.

- Sí. Esos vagos se enganchan en cualquier cosa que no sea laburar.

- ¡Que malo! Ya apalabré a algunos. Roque, el de Recursos Humanos, para el papel de José; Luis, de tesorería, como Melchor; Pogani, el de mantenimiento, quiere ser Gaspar; y Beto, el de la oficina de hacienda, va a interpretarme a Baltazar. Las chicas de mesa de entrada…

-¿Las chicas? Si la más joven ayudó en el parto de María, dejáte de joder.

- Que guacho que sos. Te decía: que las chicas de mesa de entrada van a ayudar con el vestuario y las de Educación Municipal dijeron de hacer la escenografía.

- Y de María vas a hacer vos, me imagino.

-¡Ja, ja, ja!  ¡No!

- Vamos… A mí no, Becerra; a mí, no.

-Bah, no sé. Ellos me decían que lo haga yo, pero no sé, como tengo que organizar… ¿Y a vos te parece que la secretaria del intendente haga de María?

- Si el tesorero hace del Mago de Oz, ¿por qué vos no vas a hacer de María?

- Del Rey Mago, Quique.

-Bueno, la misma mierda.  Aparte, a mí no me engañás, chiquita. Te morís de ganas de hacer de María.

– Tarado…- se ríen-. Bueno; sí, me gusta. Ahora sólo me falta el niño.

-Tendrías que ver quién tuvo un hijo hace poco, o sinó te comprás un bebote y listo- dijo Quique, desperezándose-. Bueno, te dejo con tu pesebre y me voy a ver tele a la cama. No tardes que me duermo. ¿Ya comiste, no? – pregunta mientras la besa.

– Sí. Cenamos después de la reunión. Andá, que  me lavo los dientes y voy.

Ana  dejo los papeles sobre la mesa y se dirigió al baño, pensando en que necesitaba un bebé para su pesebre, pensando en ese bebé, en que bebé… en un bebé pequeño .

Se paró frente al espejo,  para cepillar sus dientes y ponerse crema en la cara. Abrió el botiquín y sacó una de las tantas que usa para las arrugas, una de las tantas  (de + de 30) en las que gasta plata para que no se note el paso del tiempo.

Mientras  retocaba el contorno de sus ojos, se miró y descubrió  algo: descubrió que era eso que le faltaba. Se puso el pijama y se fue a la cama, más seria que de costumbre.

-¿Qué pasa? ¿Seguís pensando en tu pesebre?

-No, Quique. Estoy pensando que me falta un niño.  A mí me falta un niño, a nosotros nos falta un niño.  ¿No creés que ya sea hora de que tengamos un hijo?

Quique la miró desconcertado. Un hijo no estaba en sus planes. Ni hoy ni en los próximos años.

Justo se les ocurrió un pesebre, pensó. Y no supo que contestar.

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El almohadón de plumas (según Lauris)

Gracias a Clarín Blogs NOVEDADES!!!! por el apoyo y la difusión!!!!!


La ciudad amaneció con una pestilencia poco habitual. Los vecinos salían de sus casas sin comprender lo que sucedía. Las calles eran un reguero de sangre coagulada y moscas rondando ese festín.

Quién podría haber hecho eso, justo en la madrugada del día de noche buena.

Los ojos incrédulos de las mujeres, sus absurdas conjeturas, sus miedos.

Fue venganza, pensaban, o la escena de un ritual satánico. Ninguna hubiera jamás adivinado.

Algo había que hacer, no podían dejarse tirados ahí en la calle todos los cuerpos, al fin y al cabo estaban a horas de la navidad.

Una a una cada familia recogió el que estaba tirado en su vereda.

Algunos los cocinaron al horno, otros asados, o con papas en estofado. Los cientos de pollos sacrificados la noche anterior fueron el plato principal de la noche buena.

En casa hogar se celebró a pesar de haber perdido sus animales.

La casa de Jordán estaba vacía, el sollozo de ese hombre se mezclaba con los sonidos de la festividad.

El cuchillo ensangrentado descansaba sobre la mesa.

Ningún parásito más, de ningún ave más, va a matarla…

Jordán durmió tranquilo por primera vez desde el día en que Alicia murió.

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*Pluma de gallina. Debe ser seleccionada para que no haya canutos largos. Un almohadón relleno con estas plumas es muy pesado y queda chato con el uso, por eso es necesario mezclarla con un 30 % de copos de poliéster. Este es el relleno más convencional. ¡Cuidado! Siempre debe tener funda de tela de avión para que no se escapen las plumas por las fibras del género.

*Imagén