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¿No te digo?

—¿No te digo, Ernesto? ¿No te digo? Esta chica anda en algo…

Ernesto suspira, baja levemente el diario y observa a Susana que espía a través de la puntilla de la cortina. Acto seguido, extiende el diario de una sacudida y sigue leyendo.

—Siempre igual ¿viste, Ernesto?… ¿Adónde irá con ese bolso? ¡Todas las tardes la misma historia!

Ernesto suspira y avanza una página de su diario.

—Todas las mañanas vuelve con una cara de demacrada que ni te cuento. Y siempre trae una bolsa de papel madera… ¡vaya uno a saber en qué anda!… ¿no es raro, Ernesto? decime ¿eh?

—¿No tenés nada que hacer, Susana?—contesta Ernesto sin bajar el diario.

—¡Claro que tengo cosas que hacer! Las mujeres siempre tenemos cosas que hacer. ¡No paramos nunca!…¡Mirá las preguntas que hacés!—y Susana se pierde camino a la cocina con una cola de protestas pegada a los talones.

 

 

—¿No te digo, Ernesto?¿No te digo? Yo me la juego a que ésta anda en algo…

Ernesto suspira y da un sorbo sostenido al mate que Susana acaba de extenderle.

—¡Mirá! Esta vez trae dos paquetes… No, si es como yo te digo, esta chica no es trigo limpio.

Ernesto suspira. Toma la pava que Susana dejó olvidada sobre la mesa y se ceba otro mate.

—¡Y mañana es sábado! Seguro que la viene a buscar el tipo ese, el de la chata roñosa. ¿Te acordás, Ernesto? Ese negro, cara de indio. ¡Qué bárbaro! Yo no entiendo cómo los de la comisión vecinal no hacen nada. ¡No podemos tener a estos elementos circulando por el barrio!

Ernesto deja el mate y sale de la habitación sin que Susana lo advierta.

—Le hablé al comisario Paredes para que haga algo. ¿Te dije, Ernesto?… ¿Ernesto?… ERNESTO.

Ernesto vuelve y prende el televisor. Rápidamente selecciona un canal de deportes. Se concentra en la repetición de los goles del clausura 2001.

—Ernesto… ¿podés creer lo que me dijo Paredes? Que no pueden hacer nada. Que no hay ninguna evidencia de que esta gente ande en nada raro… ¡No se puede creer! ¿Qué más evidencia quieren, eh? Esta chica vive de noche, anda llevando y trayendo vaya uno a saber qué cosas y encima se pasea con un negro que mete miedo… ¡Hasta que no nos despertemos con un cuchillo en la garganta no van a mover un dedo!

—Susana, ¿vos dejaste algo en el fuego?

—¿Que si dejé algo en el fuego? Pero claro, Ernesto, ¿o vos te crees que la comida se hace sola en esta casa? ¡Mirá las preguntas que hacés!

 

 

—¿No te dije, Ernesto? ¿No te dije que esta chica andaba en algo raro? Hoy apareció el negro en la chata, cargaron un montón de cajas con trastos y porquerías y se fueron. Y me pareció que iba alguien más con ellos en la camioneta pero no sé… ¡Desaparecieron, Ernesto! ¿Entendés? 

Ernesto observa la casa de enfrente y suspira.

—¿Ves, Ernesto? Yo tenía razón, esta chica andaba en algo raro…

—Se fueron  porque les aumentaron el alquiler, Susana.

—¿Qué?

—Que Clarita, la chica de enfrente, se fue porque le aumentaron el alquiler y con su sueldo de enfermera no le alcanzaba para más.

—¿Enfermera es?

—Sí. Trabaja de noche porque de día cuida a su papá que es muy mayor. El viejo la espera todas las mañanas con el mate y ella trae las facturas calentitas. ¡Una joya esa chica!—exclama Ernesto y suspira. —Con decirte que los sábados la vienen a buscar de un comedor infantil y ella se pasa el día con los chicos, el único día libre que tiene…

—Mhh… mirá qué bien…—asiente Susana, que ya perdió interés y hojea una revista.

 

 

—¿No te dije, Ernesto? ¿No te dije que a esa casa la iban a alquilar en dos patadas? Hoy se mudó una parejita joven.

Ernesto suspira, baja levemente el diario y observa a Susana que espía a través de la puntilla de la cortina. Acto seguido, extiende el diario de una sacudida y sigue leyendo.

—Parece gente bien ¿no, Ernesto?…pero no sé… ¡qué se yo!… Nunca se sabe en realidad…

Ernesto pasa una a una las páginas del diario con gesto aburrido.

—¿Qué querés que te diga, Ernesto?… Él tiene una cara de cortado verde, mirá… y ella… ella tiene pinta de yiro…

Ernesto deja el diario y sale de la habitación en silencio.

—Le hablé al comisario Paredes para ver si sabe algo de esta gente. ¿Te dije, Ernesto?… ¿Ernesto?… ERNESTO.

Ernesto se pierde por el pasillo y aunque lo intenta no logra desprenderse de la cola de injurias que crece y crece hasta tocarle los talones.

Alma ajena

wuthering-heights

Corría el tiempo en el que muchos, al igual que yo, nos creíamos capaces y merecedores de todo. Tenía veinte años y mi vida transcurría entre clases, exámenes y un millón de amigos. Creía conocerlo todo hasta aquella tarde templada de noviembre en la que pude sentir… pero en alma ajena.

Más de sesenta personas apiñadas en un aula oscura y mal ventilada. Casi todas chicas, “nativas o por opción”, como solíamos decir en la Facultad de Lenguas cuando nos referíamos a los varones. La luz se había cortado pero la clase seguía igual en la penumbra de un glorioso atardecer de primavera. Literatura Inglesa. La materia más difícil de la carrera a cargo de la profesora más célebre de toda la facultad. Un metro cincuenta de pura sapiencia e ironía británica que con casi 80 años era una institución.

Asistíamos a la exposición de unas compañeras que disertaban acerca de la obra de Brontë. Habían presentado un análisis “bastante decente” —en las ácidas palabras de  la eminencia— de Cumbre Borrascosas y ahora hacían enormes esfuerzos por cerrar el tema y librarse definitivamente del dos que todavía podía acaecerles ante la menor flaqueza discursiva.

Estábamos a punto de retirarnos cuando nuestra eminencia disparó una de sus preguntas imposibles a la más débil del grupo. “¿Cuál cree que habrá sido el destino de la heroína una vez que terminó la novela?” inquirió en un inglés afectadísimo. La chica no supo qué responder. La posibilidad de aplazo se cernía sobre el grupo cuando la mayor de todas habló. Era una chica —una mujer, mejor dicho— unos 15 años más grande que la mayoría de nosotras. Uno de esos personajes que aparecen en las aulas sin mucho que decir, que ocupan su lugar siempre apurados, cargados, agobiados, porque trabajan, porque reniegan, porque tienen una vida fuera del claustro. No recuerdo haberla visto hablando con nadie jamás. Se vestía raro, como vieja quizás, y su figura ya asentada contrastaba con los cuerpos espigados y bien torneados de las chicas de Lenguas. Usaba unos lentes grandes y un flequillo largo, llovido, que prácticamente le ocultaban el rostro. Cuando empezó a hablar, sorprendió con un inglés impecable y una voz profunda y bella. No recuerdo qué dijo. Lo único que se es que nuestra eminencia retrucó en su inglés más camorrero: “¿Y qué puede saber usted del verdadero amor, “ha”? ¿Qué puede saber usted del amor que dura para toda la vida?”

La alumna levantó la mirada y vi a través de los cristales algo que en aquel momento no supe interpretar. “Yo tuve la suerte de conocer el verdadero amor” comenzó.  “Me casé joven y fui muy feliz con mi esposo”, la profesora centró su atención en la inusual intervención y entreabrió levemente los labios anticipándose a lo que vendría. La alumna prosiguió: “Y si bien ya no estamos juntos”, y aquí se detuvo un momento para luego aclarar de un tirón: “porque murió hace seis años”, dulcificó su mirada y agregó: “me dejó lo más importante que tengo en la vida: a nuestra hija. Para mí, ésta es la clase de amor que dura para siempre”. Habiendo expuesto su alma ante más de 60 extraños, bajó la mirada, se dirigió a su banco y se sentó. Nuestra eminencia se mantuvo en silencio lo que duró la confesión. La clase estaba inmóvil. Al cabo de un instante en el todo pareció detenerse, en el que el aire se suspendió y nos hermanó en fluido silencio,  la profesora, con una rápida seña, indicó a las disertantes que se sentaran. Se tomó las manos y con la mirada turbia expresó: “Gracias por confiarnos algo tan íntimo. Sos muy valiente… una heroína digna de Brontë”. Acto seguido, tomó sus cosas y se retiró a paso lento, sin despedirse. Permanecimos unos segundos en los bancos, inquietos, sin saber qué hacer. No acostumbrábamos dejar las clases de Literatura sin autorización. Finalmente, una de las más osadas se asomó por la puerta y constató que el pasillo estaba vacío. Levantó hombros y cejas en inequívoca expresión y el aula empezó a vaciarse, discretamente, como si del final de misa se tratara.

Ella seguía sentada, con el flequillo sobre el rostro y la mirada fija en el pizarrón. Me acerqué y levantó la vista, como disculpándose. Le sonreí, la tomé del brazo y la ayudé a incorporarse. Fuimos las últimas en dejar el aula. Caminamos hasta la puerta sin mediar palabra, cómodas cada una en compañía de la otra. Cuando llegamos a la calle nos separamos. Yo seguía hacia la izquierda, ella hacia la derecha. “Gracias” me dijo. “Gracias a vos” le contesté. Nunca supe su nombre, no la volví a ver. Sin embargo, jamás voy a olvidar lo que aprendí esa tarde… sentir en alma ajena… una valiosa manera de sentir.