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ATAJOS

Estoy triste. ¡Por fin! Amo estar así. Sentir que caigo en un vacío sin final. El ombligo del Universo. El agujero negro que traspasa el espacio y el tiempo. Escucho a Luis Salinas y me ahogo en el recuerdo de todos mis amores que me ofrecieron su guitarra para escuchar. Amar a un músico es caer en la melancolía de los acordes en el equilibrio de la nota y el silencio. Ya no están conmigo. Sólo vivo de su recuerdo. ¿Y los poetas? Ah! los escribidores del silencio único. La letra que dicta mágica y suma palabras que parecen tener sentido… ¡No! ¡No! Ahora caigo en la matemática. El espíritu práctico de un señor salvador de todo lo que se puede medir. El alma pesa solo unos gramos. Un puñado de semillas de stardust que siembran las personas al morir. ¿Shakespeare o Mozart? ¿Goethe o Beethoven? ¿Pablo Neruda o Luis Salinas? Mejor Luis Alberto Spinetta.

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Siempre hay una primera vez…

La Sra. Cora vivía en un suburbio. Tenía dos hijos grandes, de veinte y veintiún años. Le faltaban dos años para jubilarse de maestra y había decidido retomar su actividad artística. Su marido la había dejado por una jovencita, dos días después que el hijo más chico cumpliera los dieciocho. Sobrevivió al abandono con decoro y orgullo, sobreponiéndose con terapia y reiki.

Las amigas de toda la vida le habían insistido para que saliera, pero ella no tenía ganas. Le parecía patético y ridículo salir a bailar con casi cincuenta años. Así como se negaba a plancharse el pelo. Nunca le había molestado su apariencia, salvo cuando descubrió a su marido en una aventura con la chica de enfrente, que tenía veinte años menos que ella y un cabello largo, lacio, negro y llovido. Pareciera que la juventud fuera un divino tesoro que su marido añoraba y desdeñó a quien fuera su esposa y madre de sus hijos, por esa chica inculta, pero joven.

En fin, haciendo fuerza pudo salir de la triste situación. Alquiló un pequeño lugar, lejos de su hogar y se dispuso a realizar el viejo sueño de ser artista. Sus hijos estaban cursando la Universidad y se habían mudado a La Plata. Luego del divorcio consiguió que el marido les pagara un departamento para ellos, quienes a la vez trabajaban medio día en la fotocopiadora de la Facultad, para solventarse los gastos.

La Sra. Cora había diseñado su propia página web, con ayuda de Julio, su hijo mayor, quien estudiaba Sistemas. Con Matías, el menor, no podía contar para ello, pues había heredado de ella su pasión por las Artes. En la web subió sus viejos trabajos, todos aquellos que había realizado antes de casarse.

No le interesaba tener alumnos, pero necesitaba un modelo para retomar el dibujo. Por tanto agregó una solicitud en su página. En cuestión de días aparecieron muchos modelos, muy musculosos, con una pinta de “taxi-boy” que la inhibían. Uno a uno los fue descartando hasta que apareció Marcelo.

El muchacho, joven, espigado, con cara de intelectual y ojos tristes, se ofreció como modelo. Además de cobrar menos la hora, parecía honesto y confiable, no tenía para nada el aspecto de un “stripper”.

Marcelo comenzó a ir regularmente los jueves, pues los otros días cursaba la Licenciatura de Periodismo en la UBA. Pronto Cora acumulaba bocetos, que iba guardando hasta que se animó a realizar un trabajo mayor. Montó una tela en un bastidor que hizo ella misma, de aproximadamente tres metros cuadrados y se dispuso a diseñar su trabajo más importante.

Al cabo de dos meses habían establecido una sana amistad. Ella tenía un carácter muy maternal y el muchacho, ávido de aprender, le hacía preguntas de todo tipo, las que ella se empeñaba en responder una a una, sin salir del realismo y la cultura que había acumulado en tantos años.

El ex-marido la comenzó a llamar regularmente, tratando de averiguar sus nuevas actividades, tenía una actitud inquisidora y molesta, a lo cual ella contestaba siempre con evasivas. No se lo notaba muy contento de saber que la ex-esposa había retomado sus actividades artísticas.

Ella comenzó a sospechar que su ex-esposo algo se traía entre manos, porque siempre había estado celoso de su talento artístico. Al cabo de tres meses apareció con la noticia que iba a ser padre otra vez. Para Cora fue como un baldazo de agua helada. Era claro que el tipo, básico y envidioso, había concretado lo único que podía de creativo, para desquiciarla. La noticia no le había sorprendido ni indignado, simplemente le parecía ridículo que tratara de competir con ella de esa manera tan instintiva. Para la amante también sería un triunfo, sobre el cuerpo ya estéril de Cora.

La semana que recibió la noticia, Marcelo la notó molesta y con los ojos hinchados. De manera dulce y curioso como niño trató de averiguar qué le sucedía. Tanto insistió que Cora por fin se descargó. La sesión de dibujo de ese día había resultado casi inútil. Cuando se detuvo y comenzó a hablar, un canal de empatía irremediable había comenzado entre ambos. Marcelo se levantó del taburete y fue hacia ella para consolarla. Cora, entre sollozos trató de apartarlo, pero ya era demasiado tarde. La noche caía sobre la ciudad y un abrazo apasionado de amantes surgió entre ambos.

No importan los detalles, simplemente pudo afirmar ella, cuando despertó en la mañana, entre los brazos del muchacho: “Siempre hay una primera vez…”.

Marcelo le respondió con un  tierno beso y fueron a desayunar. La mañana era brillante.

Continuaron viéndose un par de sesiones más, las que culminaban siempre con la rutina amatoria.

Cuando Cora concluyó el dibujo, Marcelo se despidió. Había obtenido una Beca para completar sus estudios en Barcelona. Esto los separaría definitivamente. Sin embargo, siguieron conectados por chat, e-mail y algunas encomiendas que ella le enviara, regalos de argentinidad tardía.

Cora seguía su vida tranquila. Sin sobresaltos. Luego de aquella experiencia no quiso intimar con modelos. Contrató todo tipo de gente, en especial los que iban al comedor comunitario frente a su atelier. Mamás pobres con sus niños. Hombres viejos sin dientes.

Al cabo de dos años Cora hizo su mega exposición. La muestra fue de extremo realismo. Presentó más de veinte dibujos en tamaños diversos y conoció mucha gente. El dibujo de Marcelo no lo quiso exponer, ambos sabían del secreto de aquel trabajo guardado.

El muchacho seguía recorriendo el mundo. Trabajaba para el National Geographic y cubría las catástrofes ambientales.

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Inevitable. (Basado en un cuadro de Gloria Llopiz)

Mujer-en-Piezas de Gloria Llópiz

“Son las nueve y media. Faltan tres horas para el almuerzo. Tres infinitas horas. Estoy aprendiendo a esperar. Los minutos se convierten en círculos mágicos. Los segundos se hacen eternos. La única realidad entra por esa pequeña ventana, y a veces también resulta inverosímil…”

Los días han pasado detenidos con las hojas de otoño, las lluvias de mayo, las heladas de agosto, las flores de septiembre. Hace un año ya del accidente y la rehabilitación resulta compleja. El cuerpo de Anna se resiste a recuperar alguna movilidad. Sólo su rostro dibuja gestos y maravillosas sonrisas cuando se acerca el Dr. Daneri a revisarla, unos minutos antes del almuerzo. Ella trata de hablarle, pero no puede, su mandíbula se niega a articular palabra, su boca estática en una sonrisa disimula su garganta paralizada de la emoción.

Anna sólo habla cuando vienen sus padres y sus hermanas a visitarla. Ella reconoce el sacrificio que está haciendo su familia para recuperarla. Sus hermanas la peinan, la bañan, le tiñen el pelo. Su padre sufre en silencio, que disimula frente a ella, le lee cuentos y le lleva flores. Siempre lleva una en su cabello, para ella es una manera de agradecerle que sea tan atento.

Su madre… no sabe por qué, pero últimamente no viene a visitarla. Anna recuerda que los días previos al accidente habían discutido mucho, habían desarrollado un recelo mutuo, pero no recuerda la causa, el origen de esas controversias.

Esta vez Anna se atreve a preguntarle a su padre. No, la madre se excusó diciendo que debía acompañar a la Tía Cora al médico, que estaba engripada y vivía sola lejos de la ciudad, que si podía llegaría más tarde.

Esa tarde no fue a visitarla. Ni los días siguientes. Anna trata de recuperarse lentamente. Los doctores hacen lo imposible. El Centro de Rehabilitación es uno de los mejores del país. A veces tiene miedo de perder tanta atención. Habla con el siquiatra, quien la consuela y la insita para que se anime a levantarse.

Luego de una semana de no ver a su madre, comienza a tener pesadillas. La misma escena repetida, seguida de un grito de terror que despierta a las enfermeras de la noche. El Dr. Leworsky, el siquiatra, le aconseja a la familia que debe hacerse una cura de sueño. El padre lo aprueba. La someten a sueño inducido por veinticuatro horas.

Se repiten las pesadillas. Siempre despierta con un grito y el Dr. Daneri, tomando su mano. “-Tranquila Anna, todo está bien-” “¿Dónde está mi madre?” El Dr. le contesta con evasivas, “-Sigue cuidando a tu Tia Cora, que tiene una gripe muy fuerte, vos sabes por la edad…”-

Al día siguiente le practican otra vez sueño inducido, por cuarenta y ocho horas. Anna no puede gritar, la pesadilla concluye cuando cae por las escaleras. Despierta llorando. El Dr. Daneri sostiene su mano. Ana llora desconsoladamente, aprieta con fuerza la mano del Dr. y susurra “-Ya sé lo que pasó… ¿por qué? ¡por qué!” Luego sigue durmiendo.

Con alegría el Dr. Daneri le informa a la familia que la segunda cura de sueño está siendo exitosa. Anna puede apretar su mano. El Dr. tiene la esperanza de que ella pueda recuperar el movimiento de sus brazos en una primera etapa de rehabilitación. De las piernas no existen posibilidades porque el daño en la cintura fue mayor, debido al fuerte golpe en la caída. Sus hermanas lloran de alegría y su padre baja la mirada y enjuga en silencio sus propias lágrimas.

Al día siguiente Anna despierta con buen semblante. Continúan el tratamiento de rehabilitación y las sesiones con el siquiatra.

Luego de varias semanas Anna recupera totalmente la movilidad de sus brazos. Puede peinarse sola y ponerse ella misma las flores que le regala su padre, adornando su cabello. El Dr. Daneri va a visitarla diariamente. La caja de pinturas y la tela que le regaló el siquiatra sigue sin abrirlas.

“-¿Porqué no te animás a pintar Anna?”- le pregunta el Dr. Leworsky. “-Temo que afloren mis pequeños monstruos”- le contesta ella en forma irónica. “-Cuando estés preparada puedes empezar”- ella cambia de tema: “-¿Y mi madre?-” el Dr. intenta comenzar una respuesta verosímil  ”-Anna, debo decirte ahora que tu madre ha tenido un accidente.-” Ella pregunta con vos trémula, “-¿Va a recuperarse?-” En ese instante el Dr. decide darle toda la información. “-Me temo que no, está internada en un sanatorio de cuidados especiales, tuvo un golpe fuerte en la cabeza y no podemos esperar mejoría.-” Anna no entiende, pero necesita seguir preguntando, teme la respuesta, sin embargo está preparada para la verdad, “-Dr. ¿cuándo sucedió eso?-” “-¿No recuerdas?-” “-¡No!-” “-Bien, el día que resbalaste por las escaleras ella intentó ayudarte, cayeron juntas, ella golpeó su cabeza con el último escalón y vos…-” “-¡Basta! ¡No quiero escuchar más!-” “-Perfecto, cuando estés preparada seguiremos hablando-” “-Por Dios, ¡qué destino!-”, murmuró Anna, “-¿Necesitas algo?-” le preguntó el Dr. observándola. “-No, gracias. Necesito dormir-”. Giró la cabeza y cerró los ojos. El siquiatra la arropó como si fuera una niña.

Cuando el Dr. se retiró, abrió los ojos. Mirando el techo contaba los segundos que faltaban para la cena. Catorce mil cuatrocientos. En el silencio del cuarto podía ver la luz tenue del atardecer que iba dibujando círculos naranjas sobre la pared. ¿Por qué no podía llorar?

La noticia del accidente de su madre la dejó consternada, pero en cierto modo aliviada. Jamás le contaría al siquiatra el sueño recurrente. Los recuerdos agolpados en su mente como cicatrices. La discusión con su madre, que le prohibía visitar a ese chico nuevo, el de enfrente, ese lleno de piercings y tatuajes, que le llenaba la cabeza con ideas raras. Una discusión que terminó en forcejeo. Ella tomándose de la baranda y su madre que la golpeaba. Ella trastabillando por el escalón y tomando el pullóver de su madre. Ambas rodando por las escaleras…

Cerró los ojos y pudo llorar, por fin, luego de un año y medio pudo llevar su mano derecha a la mejilla y enjugar sus lágrimas.

Talita en Bs.As.

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Cada paso que doy me lleva a “Tu” Paris. Son pequeñas estampas, imágenes minimalistas, con algún recorte imposible de olvidar.

Después de veinte años sabía yo que no iba a poder transitar Bs.As. sin encontrarte en alguna esquina, un bar, una plaza, una parada de colectivo, una puerta quizás.

Tomar un café con leche no es lo mismo que beber un caffe au laite. Aquí viene con espuma y tres medias lunas, las de grasa son mejores; allí la croissant viene aparte y es carísima.

Ya no me pregunto bajo qué circunstancias terminamos tan lejos y tan cerca y luego otra vez lejos.

Vos elejiste buscarme y entonces yo fui a verte, me llevaste a París y luego otra vez las circunstancias me trajeron aquí.

Estoy en Bs.As. Un hombre me abriga, en el otoño de mi vida, me trata bien, me lleva a pasear y me prepara el desayuno antes de ir a trabajar. Tan solo a siete calles de la casa donde conocí mi amor por vos, mi temor por decirlo, mi dolor al escucharte tan tranquilo elejir otro amor “más formal”.

Me entristece pensar que la felicidad estuvo lejos de vos, siempre. ¿Cuántas veces te alejaste de mí para encontrar en los brazos de otra mujer la aparente seguridad y la posterior desilusión? La misma desazón o peor de la que te escapaste, cuando decidiste alejarte de mí.

¿Ya te diste cuenta que yo no era la causa de tus desdichas? Supongo que sí.

Huías de vos al huir de mí. Ponías en mi rostro todas tus miserias y soñaste conquistar el mundo de la mano de otra mujer.

Lo siento. Lo lamento tanto. Por ambos.

Creo que la única diferencia es que yo estoy tratando de dar un poco de paz a mi corazón destrozado. Puedo tolerarme, encontrar lo mejor de mí, aceptar la mirada y la ternura de otro hombre.

“El amor es amplio y se puede amar de manera distinta a personas diferentes”, me dijiste algún día, justificándote. Ahora sí te entiendo.

Aprendí que si bien las personas son irremplazables, la única permanente, la única constante es la creación de uno mismo.

Espero que vos, alguna vez, puedas encontrar tu mejor parte, en otra mujer.

Adiós.

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Aquella Navidad: Capítulo 5 por Marcela Segal

Con silencio de verano y aire de tilos, cruzaron la gran avenida hasta la heladería.
-¿Querés un cucurucho?- preguntó Quique.
- Sí, de frutilla y coco- dijo Ana, con voz aniñada.
- Ok, después le pedís los gustos. Esperame que voy a la caja.
Quique atravesó el local fresco, atestado de abuelas y de niños.
Que quilomberos estos pibes, pensó en voz alta.
- Un cucurucho y un cuarto.
- Veinticinco pesos.
-¡Te pediste de un cuarto! ¡Qué gordo sos!- le dijo Ana cuando vio el ticket.
-Dale, flaca, es por hoy nada más.
Ana pensó que su marido seguía siendo el mismo adolescente que conoció en la secundaria.
-¡Sesenta y ocho!- gritó la empleada.
-Quique, ¿de qué querés?
-Deja, pedí vos primero.
-Un cucurucho de frutilla a la crema y coco con dulce de leche- le acercó el papelito a la chica.
Ana miraba cómo iban armando su torrecita de crema rosa y blanca. Pensaba cuántos helados no compró para el hijo que no tuvo… y le vinieron a golpes todos los cumpleañitos que no festejó, y los días de la madre que no tuvo. ¡Veinte años casados! Doscientos cuarenta ciclos… ¡Más! Contando las lunas eran trece por año, doscientas sesenta semillas secas cayeron de su cuerpo…
A esta altura el helado le sabía amargo.
Quique, como siempre ajeno, saboreaba el cuarto de chocolate bariloche y sambayón con frambuesa.
Pero él miraba los cochecitos y pensaba que no iba a poder sacar el cero kilómetro si le seguía el capricho a “la señora”… estaban tan bien así… ¡Qué venir a complicar ahora!
La musiquita del celu los despertó.
- Teneme- balbuceó Ana. Y le pasó el cucurucho para leer el mensaje-.Ya están todos en el patio de la muni. ¡Nos esperan!- Y agregó-: A María y a José.
Mientras guardaba el celular, Quique se terminó el cucurucho, también.
-¡Gordo, vas a tener que cortar con los hidratos! ¡Mañana empezás la dieta!
El semáforo verde y rojo se les presentó como un anuncio inminente del arbolito; la avenida atestada de autos y de gente; el frente brillante del Municipio reflejaba los albores del atardecer en sus ventanas espejadas, dando un tinte de luces de bengala y cohetes navideños; las bocinas sonaban como campanas: “DING DONG” “DING DONG”.
Un matrimonio tomado de las manos pegajosas de helado y frías.
Veinte años de soledades compartidas.
Veinte años.
Si parecían veinte días.
Llegaron al patio de la Muni, casi sonrientes, contagiando de alegría a los grises empleados compañeros de Ana, al punto que a todos les pareció el ensayo más importante de sus vidas.
Ahí estaban los tres reyes magos, los pastores y las pastoras, recibiendo a María y a José, en un pesebre de acero, vidrio y cemento.
Roque salió al encuentro:
-¡Ana! ¡Querida! Pensamos que te habías ido.
-¡No! ¡Que va!- contestó ella-. Fui con mi marido a tomar un helado.
Beto, el más joven, dijo:
-¡Ah! ¡Mucho Gusto!
-¿Ud. va a hace de José?- preguntó Pogani.
-Hola, mucho gusto a todos- saludó nervioso Quique-. Si Roque está de acuerdo…
-¡Perfecto! -dijo Roque- ¡Yo hago de Baltazar y que Beto sea el Ángel Gabriel!
Todos estallaron en risas.


Copia de P1040007