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CON USTEDES NUESTRO CADAVER

Es asi. Soy obsesiva. Cuando algo se me pone en la cabeza no puedo parar de pensar hasta conseguirlo. Ya sea comprar, hacer, escribir. Todo. Me preocupo. No es sano. Peor no puedo parar. Necesito tener mi cabeza ocupada mi mente en acción. Alguna vez mi terapeuta me dijo que lo mío era manejable. Que mi profesión requería de obsesión. Pero que iba a poder vivir con ella. Deje terapia. Y me obsesiona mi obsesión. Su obsesión era la mentira. Lo descubrió en los últimos años de terapia compulsiva. Pero jamás lo resolvió. Sin duda vivía una vida en la cual la preocupación por los asuntos ajenos era su eje primordial. Cualquier evento, mirada o gesto era motivo de interminables tribulaciones plagadas de desconfianza y dolor. ¿El humo del café le nublaba la mirada o las lágrimas que intentaba contener no hacían otra cosa más que empeñarse en salir de sus ojos grises? No era necesario una mentira más. Ni pequeñas, las reglas habían sido claras. Solo verdades, aunque dolorosa, verdades. Pero él era experto en arruinar las cosas. No era posible que pudiera darse cuenta del dolor que le causaba.  Su vida transcurría en él, en su ombligo y en sus sentimientos. Él era el centro, el eje de este mundo y nada más. Jamás pudo decir: perdón. Pero claro, como iba a decirlo si jamás pudo sentir que algo que hubiera hecho estaba mal. Y ella solo esperaba eso.Verdades y perdones pedidos a tiempo. Solía responderle con silencios. Silencios absolutos que no daban cuenta de nada. La incomodaban,  la bajaban a una realidad que se negaba a ver. Él no era el hombre que esperaba. Que había imaginado. Una noche, café en mano y con la vista empeñada decidió decirle adiós.Tomó una resma de papel y comenzó a garabatear su carta final. Su despedida. No sintió pena. Sino el dulce sabor que dan las cosas dichas a tiempo. Con letra caligráfica de perfecta lectura escribió las cuatro palabras que sellaban el final: Pudrite en tu infierno. Dejó el papel sobre la mesa y salió a la calle con la firme convicción de no volver la vista atrás. Durante la primera cuadra lloró, en la segunda sonrió y la tercera rió con ganas. Hoy esta rearmando su mundo, el rompecabezas inconcluso de su vida perdió piezas que algún día encontrará.

El Negro abrió la puerta y saludó con un gesto rápido mientras le avisaba a Rita que dejaba las cajas en el patio y se iba porque tenía la chata mal estacionada. Ambas le dijeron chau al unísono y se miraron. Alba y para acallar el silencio molesto comentó:-que gordo está tu marido, Rita-. Rita, ni lerda ni perezosa, contestó bajando la vista:-si la envidia fuera tiña…- La otra se mordió el labio inferior con gesto de fastidio y dijo:-no entendés nada, nena-  Prefirió callar a decirle un par de verdades y se concentró en enhebrar el hilo, bajar el pedal y hacer deslizar el trozo de tela sobre la mesa de la máquina de coser. Fijó la mirada en la aguja que subía y bajaba mientras metros de satén se precipitaban hacia el suelo formando una montaña marfil. Un vestido de novia y van…Cuando entró a trabajar a ese taller la idea de hacer esos vestidos le resultó apasionante. Era formar parte con un granito de arena de un momento feliz de la vida de alguna gente: casarse. Un aporte a la alegría de cientos de enamoradas en una instancia trascendente. En aquellos tiempos Alba tenía grandes sueños, la idea de un futuro promisorio. Aquella joven estaba provista de ideales, planes y perdones. Todo podría ser mejor y había un lugar de privilegio para el amor. Hoy, en cambio, de vuelta y con lo puesto de un par de plantones, está harta ya de los inmaculados vestidos. Se levanta cada día con la pesadumbre de un presente agrio, decolorado, que ni siquiera lo endulza algún revolcón con el  Negro. Pensar que cuando lo conoció creyó que eso era EL AMOR y se entregó a las palpitaciones, al subidón de los encuentros furtivos, a la ilusión de tenerlo solo para ella algún día. Pero el tiempo se hizo lento y las promesas quedaron relegadas por las excusas. La muerte de sus sueños le quitó luz y ganas. Poco a poco Alba concluyó en que el destino de uno está condicionado al destino de aquel con quien se enrede. Pensó que el cielo y el infierno son cartas echadas de antemano y no queda mucho más que someterse a ello. Alba hoy cose vestidos con hilo de seda y rabia.

Que cosas que tiene el destino para haber juntado a El Negro con la Alba ¿se dieron cuenta? “Negro” y “Alba” , hasta se puede decir que algún conjuro los atrapó para que sea totalmente romántico y algún poeta dijera “el Negro de la noche se fue rindiendo a la claridad del Alba y nuevos caminos”. Tal vez para ser consecuentes a sus hijos le pongan nombres como “Luz”, “Margarita”, “Sol” y hasta “Cenicienta”, o también podrían irse a vivir a algún lugar con esos nombres de tanto carácter como “Esperanza”, o París, “la ciudad luz”, y ¿Por qué no a Ciudad Gótica si existiera? No hay nada que hacerle, el romanticismo en estado puro no es lo mío… pero la verdad que les deseo lo mejor…

Slavo, la noche del plenilunio profirió su conjuro. Necesitaba con todo su corazón que su amada regresara. Hacía varios meses había partido hacia el norte junto con varias amazonas. Era una expedición de iniciación. En ese viaje debían dirigirse hacia un punto específico del Polo Norte, eligiendo diferentes “caminos” para llegar. Formaban grupos de cuatro o cinco guerreras. Las tácticas y las estrategias debían ser creadas por el grupo. El objetivo principal de esa expedición era el fortalecimiento del carácter, el aprendizaje, el planeamiento y el compartir. El muchacho estaba seguro que volvería la próxima primavera, pero quería ayudar al destino con la oración iniciática que le enseñara su abuelo cuando juntos gritaron al mar para que su padre regresara. Y asi lo hizo, luego de un viaje muy largo por el Mar del Norte. En la corteza de un árbol escribió signos sagrados y con ramas de ese mismo árbol preparó el fuego. Agregó los polvos mágicos que le regalara su abuela. Se cortó un mechón de pelo y lo tiró al fuego. El humo se hizo espeso. Aspiró ese humo y agregó un pedazo de la trenza que le dio su novia. Ahora el humo era blanco. Levantó los ojos y vio como el humo hacía aros que lentamente iban desvaneciéndose hacia la misma luna. Respiro profundo. Aulló largamente y comenzó la oración iniciática. Fueron varias horas de canción similar. Antes del amanecer quedó profundamente dormido.

Las Marmotas juegan con Borges.

Amigos, luego de pensar y pensar, en la madriguera, hemos decidido “jugar” esta vuelta con el maestro Jorge Luis Borges. Sí, lo sabemos, somos  irresponsables, audaces e irreverentes. La idea es no temerle a las letras. Toda excusa es buena para estimular la lectura y para incitar a los escribidores a la creación. A partir de leer el cuento Emma Zunz cada integrante del Club de la Marmota  compondrá su texto . Aquí tienen la obra que  nos sirvió de inspiración. En siguientes entregas podrán apreciar el efecto que a causado en las marmotas. Deseamos que lo disfruten.

emma zunz

Emma Zunz de Jorge Luis Borges

El catorce de enero de 1922, Emma Zunz, al volver de la fábrica de tejidos Tarbuch y Loewenthal, halló en el fondo del zaguán una carta, fechada en el Brasil, por la que supo que su padre había muerto. La engañaron, a primera vista, el sello y el sobre; luego, la inquietó la letra desconocida. Nueve diez líneas borroneadas querían colmar la hoja; Emma leyó que el señor Maier había ingerido por error una fuerte dosis de veronal y había fallecido el tres del corriente en el hospital de Bagé. Un compañero de pensión de su padre firmaba la noticia, un tal Feino Fain, de Río Grande, que no podía saber que se dirigía a la hija del muerto.

Emma dejó caer el papel. Su primera impresión fue de malestar en el vientre y en las rodillas; luego de ciega culpa, de irrealidad, de frío, de temor; luego, quiso ya estar en el día siguiente. Acto contínuo comprendió que esa voluntad era inútil porque la muerte de su padre era lo único que había sucedido en el mundo, y seguiría sucediendo sin fin. Recogió el papel y se fue asucuarto. Furtivamente lo guardó en un cajón, como si de algún modo ya conociera los hechos ulteriores. Ya había empezado a vislumbrarlos, tal vez; ya era la que sería.

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