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Casa Tomada (según Marcela Segal)

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Llovía. Era uno de esos días grises y fríos, esos que dan ganas de estar en casa. Deambulaba sin rumbo fijo por las calles del MontMatre. La niebla cubría todo el horizonte, no podía ver la ciudad, como tantas veces lo hizo desde la plaza del Sacre-Coeur.

Los turistas seguían la rutina de las fotos y la compra de “Recuerdos de París”. Extraño ritual, si los hay, de pretender “comprar un trozo de ciudad” con una baratija o llevársela dentro de una cámara digital.

Recordó cuando era turista, uno más recorriendo las calles grises, las orillas del río verde-aceituna-plateado-por-la-luna. Quizás era momento de regresar.

Mil imágenes se agolparon dentro de la caja vacía donde alguna vez tuvo el corazón. Regresar… palabra mágica, llena de ritos mundanos, partir desde algún lado para luego regresar…

Una extraña sensación bañada por esa garúa tan parecida a la de Buenos Aires…

Pudo cerrar los ojos y ver, en primer término, el portón de cedro, tallado por maestros italianos del siglo XIX. Imaginó su mano en el gozne de hierro, arandela mágica, primer anillo del hobbit. Escuchó los ruidos sordos, retumbando en la casa vacía.

Tantos años… los suficientes para enterrar a su hermana, peinar el sobreviviente pelo, acomodándole sobre una calvicie vasca, las canas del tiempo.

Un vasco caminando por la ciudad luz, de pie en el Ponts des Arts, con la vista fija en el faro de la Torre Eiffel. Y el Sena, ceniciento de nubes  de otoño recibía las cenizas de su hermana… pobre, ella no pudo  sobrevivir mucho tiempo luego que se fueron de la casa.

Vida de perro, le siguieron, durmiendo en las estaciones de metro, pagando su sueño intranquilo a cambio de Gauloises y algunos céntimos…

Quizás era el momento de regresar, recuperar los sueños perdidos, esa estabilidad burguesa de dormir calentito, bajo las mantas bordadas por la bisabuela. El Status Quo de la tradición burguesa asaltaba aquel lugar donde alguna vez tuvo corazón.

Cuando abrió los ojos vio la puerta, real. Golpeó. Nada. Silencio. Puso su mano en el bolsillo interno izquierdo del abrigo y allí estaba la llave. Probó una vez y la puerta se abrió.

Al silencio y el gélido interno se le sumó el polvo brillante acumulado en los  rincones. Habían permanecido intactos cada mueble, cada jarrón, cada adorno heredado, cientos de años guardados en cuatro hambientes, con patio, sala de juegos y jardín de invierno.

Cerró la puerta. Abrió las ventanas. La luz cetrina convirtió cada mota de polvo en diamantina esperanza. Tardó una semana en limpiar  la casa. Recuperó la línea de teléfono. Con el tiempo también instaló la conexión de luz y gas. Sólo por las noches trataba vanamente en conciliar el sueño.

“Ellos” habían permanecido allí, instalados, todos esos años. Lo aceptaron en silencio, agradecidos, ya era hora de que alguien viviera allí.

En la octava noche pudo dormir. “Ellos” comenzaron a rodearlo y lentamente le “bebieron” todos sus sueños.

A la mañana siguiente apareció congelado, las manos sobre el pecho, como suplicando…

La noticia en página veinticinco, al pie, describía cómo un vagabundo había sido hallado sin vida en una casa abandonada.

Casa Tomada (según Justiciero)

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casatom3

Con Irene nos quedamos unos momentos en silencio, cada uno meditando con extrañeza sobre lo que dejábamos del otro lado de la puerta. Nuestras miradas se dirigían al punto donde la boca de la cerradura se me antojaba abierta, como esperando para tragarse nuevamente la llave cual universo de Carroll.

Aunque durante tanto tiempo vivimos acostumbrados a casi no pensar, ahora  esta situación era tan absurdamente anormal que en mi mente veía aparecer  al Conejo Blanco, al Sombrero Loco y a la temible Reina ordenando cortar la cabeza a todos los usurpadores para volver así cada uno a lo suyo: Irene a su tejido y yo a mis libros.

La mano de Irene, suavemente depositada en mi antebrazo, me sacó de mis cavilaciones y me trajo de vuelta al mundo real, ese mundo ahora compuesto de baldosas amarillentas tipo vainilla, impuestas por la municipalidad para uniformar las veredas, y un buzón rojo, metálico y grande haciendo guardia en la esquina donde estábamos detenidos.

Irene fiel a su carácter nunca molestaba a nadie, y era totalmente fuera de sus normas el tener contacto físico alguno, inclusive conmigo a pesar de ser su hermano. Por eso me pareció extraño que me tocara y descubrí la razón, con cierto sobresalto, cuando vi de pie a su lado a un desconocido. En rigor de verdad cualquiera era un desconocido para nosotros. Pero teniendo un poco más de mundo que Irene estaba en posición de juzgar mejor el carecer y oficio del sujeto.

Sus zapatos cuidados, aunque claramente en uso durante mucho tiempo, su ambo color gris topo de mediana calidad, y su maletín tipo attaché sujetado firmemente en su diestra declaraban que era un vendedor. Seguramente sería un viajante de comercio de “Mundolana”, enviado por su Departamento Comercial con la consigna de ofrecer algún hilado importado exclusivo, no accesible a la clientela regular de la tienda. Pensar en esto hizo que me sintiera halagado. Sin duda un hombre como yo, que supiera distinguir la calidad de las mejores lanas e hilados sin preocuparse por el costo, ni la cantidad, merecía ser tratado con cierta deferencia.

Estaba predispuesto a escuchar todo sobre las bondades de la raza Merino o de la Polwerth, agradeciendo en mi interior la oportunidad que se presentaba para reemplazar los ovillos que quedaron del otro lado de la puerta cancel. Así que puse mi mejor cara de interés al notar que el extraño hombrecito iba a abrir su boca.

- ¿Sabe Ud. Lo que es RFDI?- espetó el vendedor con cierto aire de presentador radial.

Solo atiné a tartamudear mientras miraba de soslayo a Irene que abría los ojos desmesuradamente, sin pronunciar palabra, dando lugar a que siga con su presentación

- Es un sistema de Radio Frequency Identification, o en español “Identificación de Radio Frecuencia”, que permite la vinculación de un reader con un transponedor. Esta maravilla de la tecnología es utilizada en la famosas Cerraduras WatchLocker descartando por completo el uso de llaves y pasadores. Con una simple tarjeta, o una pulsera, pueden olvidarse de quedar otra vez fuera de su casa por haber dejado las llaves adentro. Y como si esto fuera poco…

¡Espere!- dije casi gritando- no estamos en la vereda por tener problemas con la cerradura ¿ve?, aquí están nuestras llaves, agregué mientras hacía tintinear el manojo metálico ahora inútil.

Casi sin inmutarse, Pablo Ganzúa (según rezaba su tarjeta de negocios) siguió con su diatriba y cuando terminó hizo una pausa, aclaró su garganta y acercándose con ademán confidente, guiñó el ojo y me dijo al oído. “Ustedes no son los primeros… y tengo una solución para ofrecerles…”

Tamaña revelación no me sobresaltó, tal vez porque todavía estaba en shock, o porque observé que frente a algunas casas de nuestra calle sus habitantes estaban parados con la mirada extraviada, ataviados con ropa de cama en algunos casos, y sin abrigo la mayoría. En pocos minutos una tras otra las puertas de las otras casas se abrían abruptamente despidiendo a hombres en pijamas y mujeres de mirada bucólica con ruleros enmadejando sus cabellos.

Ganzúa volvió a repetir, alzando levemente la voz: “Tengo una solución para ofrecerles”. Puso en manos de Irene un grueso ovillo de lana gris (color similar al de mi chaleco preferido) atravesados por sendas agujas número 4,5 de aluminio anodizado. En mis manos colocó una edición 1944 en francés de “Las hojas de Hypnos” obra poética de René Char desconocida por mí. Completando su obsequio nos mostró una botella de Hesperidina y dos copitas de cristal abrazadas por unas tiras de cuero contra un costado del attaché.

Ante lo irresistible de estos presentes fuimos tras los pasos de Ganzúa hasta una bonita caravana estacionada sobre la vereda de enfrente. Un detalle muy oportuno considerando que estábamos cerca de medianoche y comenzaba a lloviznar.

Aunque estábamos expectantes por saber que solución nos ofrecería Pablo, este solo se limitó a invitarnos a disfrutar de las comodidades de su particular residencia, asegurándonos que al amanecer nos guiaría “a acción positiva para enmendar nuestro perturbador presente”. De todos modos antes del alba hubiera sido imposible distraernos a Irene y a mí de nuestro embelesamiento con las agujas, la lectura y la degustación de licor.

Amaneció despejado y con los primeros rayos de Febo nos encaminamos hacia la calle Rodríguez Peña, siempre siguiendo las indicaciones de Ganzúa. Al llegar a los fondos de nuestra propiedad notamos una abertura en el muro de ladrillos. Esta era un claro indicio de por donde habían ingresado los usurpadores. Recorrimos el patio trasero cautelosamente hasta llegar a la puerta de madera que daba acceso a la casa. Contuvimos la respiración para tratar de oír si había movimiento dentro.

Pablo empujó la puerta y ésta se abrió, emitiendo un chirrido sostenido que sobresalto a Irene y evidentemente a quienes estaban adentro, porque sentimos fuertes rumores, corridas y objetos cayendo. Tomé impulso y terminé de abrir la puerta bruscamente, permitiendo que la luz del sol iluminara el pasillo que separaba los dormitorios nunca utilizados. Al fondo alcanzamos a ver como la gruesa puerta de roble por la que se accedía a la parte delantera era cerrada estrepitosamente y luego escuchamos correr el grueso cerrojo.

Hasta ese momento no sabíamos en que consistía “la solución”. Pero antes de siquiera preguntarlo Ganzúa tomó de su maletín un taladro armado con mecha copa y realizó un orificio circular en la puerta por la que entramos desde el patio. En ese hoyo colocó un artefacto de color negro con luces rojas y verdes y mientras estábamos distraídos observando con curiosidad la etiqueta que decía “WatchLocker 28” nos puso rápidamente un brazalete plástico a cada uno en la muñeca izquierda.

Todo ocurrió tan vertiginosamente que ni siquiera atinamos a protestar. Y Ganzúa seguía silenciosamente trabajando. Acercó mi muñeca a la WatchLoker y un zumbido sordo acompañó al destello de la luz verde y la apertura de la puerta. Luego con ademanes exagerados Pablo volvió a cerrar la puerta e intentó abrirla con una barreta pero misteriosamente no había ningún resquicio entre el marco y la hoja como para poder hacer palanca.

Comprendimos en ese momento cual era “la solución” y celebramos interiormente la oportuna aparición de este buen hombre. La lógica hubiera dictado repetir el mismo procedimiento en la puerta que abría hacia la parte delantera de la casa. Pero años de rutina nos llevaron a comenzar con la limpieza de las habitaciones de este lado. Todo estaba lleno de un fino polvillo blanco, algunas telas de araña en la esquinas y cierto vaho con olor a moho.

En Biblioteca había un poco de desorden en los anaqueles pero afortunadamente el escondite donde guardaba los 15.000 pesos no había sido descubierto, lo que me permitiría recompensar a Ganzúa generosamente. En una de las habitaciones Irene encontró una aguja de crochet que creía perdida hace años junto a un ovillo de lana color rojo intenso. Limpiábamos pausadamente pero sin detenernos embargados por una felicidad que ni siquiera sabíamos que existía.

Para el mediodía habíamos terminado y sentíamos la urgencia propia de quien no ha probado bocado desde el desayuno. Una mirada a Pablo bastó para que armado con sus herramientas comenzara la labor pendiente en la puerta de roble para acceder a la cocina. Acompañando el ruido del taladro se produjo una batahola del otro lado que se escuchó en toda la casa, pero al hacer saltar el cerrojo se produjo un silencio sepulcral. Avanzamos cautelosamente por el pasillo, en silencio, tratando de escuchar donde estaban los moradores. La puerta cancel estaba abierta de par en par y la casa estaba vacía.

Desde nuestro regreso han pasado ya tres días. A no ser por las luces rojas y verdes de las puertas todo se ve casi exactamente igual. Nuestra rutina de limpieza por la mañana y cocina al mediodía ha sido sucedida por las extensas lecturas y las labores de punto de Irene quien ha agregado otra cosa práctica a las que ya tejía. Tras la reja de la puerta cancel ahora hay un visillo gris claro trabajado primorosamente a crochet con punto trébol. En esta y todas las cortinas tejidas por las manos de Irene, entrelazado con lana de intenso color rojo, se puede leer en grandes letras “CASA TOMADA”

Casa Tomada (según glo llopiz)

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Vivían una dulce rutina, transitaban un sendero de días, de libros, de madejas.
Las madejas se volvían ovillos, los ovillos se volvían chalecos, pero, caprichosamente, los chalecos se volvían ovillos y los ovillos se volvían madejas. Aunque lo peor sucedió cuando aterrizaron las polillas.

Autor: gloria llopiz

Locaciones: casa Batllo  obra del padre de modernismo catalán, Antoni Gaudí

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Casa Tomada de Julio Cortázar. Presentación del juego.

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 Mamíferos Escribidores Marmota Club se dispone a” jugar”, esta vez, con Casa Tomada de Julio Cortázar, para lo cual, a las marmotas del elenco estable  se han sumado 7 invitados estelares 7 .

Cla9, Milky, Amy, Tinchus28, Dr.Fernet, Ricardo desde Brasil y Bibi.

Vamos a disfrutar de las letras y divertirnos haciendo lo que tanto nos gusta: leer y escribir.

Amigos, pasen y lean!!!

 

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Casa tomada
[Cuento. Texto completo]
Julio Cortázar

Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia.
Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Hacíamos la limpieza por la mañana, levantándonos a las siete, y a eso de las once yo le dejaba a Irene las últimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina. Almorzábamos al mediodía, siempre puntuales; ya no quedaba nada por hacer fuera de unos platos sucios. Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa profunda y silenciosa y cómo nos bastábamos para mantenerla limpia. A veces llegábamos a creer que era ella la que no nos dejó casarnos. Irene rechazó dos pretendientes sin mayor motivo, a mí se me murió María Esther antes que llegáramos a comprometernos. Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea de que el nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por nuestros bisabuelos en nuestra casa. Nos moriríamos allí algún día, vagos y esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo para enriquecerse con el terreno y los ladrillos; o mejor, nosotros mismos la voltearíamos justicieramente antes de que fuese demasiado tarde.
Irene era una chica nacida para no molestar a nadie. Aparte de su actividad matinal se pasaba el resto del día tejiendo en el sofá de su dormitorio. No sé por qué tejía tanto, yo creo que las mujeres tejen cuando han encontrado en esa labor el gran pretexto para no hacer nada. Irene no era así, tejía cosas siempre necesarias, tricotas para el invierno, medias para mí, mañanitas y chalecos para ella. A veces tejía un chaleco y después lo destejía en un momento porque algo no le agradaba; era gracioso ver en la canastilla el montón de lana encrespada resistiéndose a perder su forma de algunas horas. Los sábados iba yo al centro a comprarle lana; Irene tenía fe en mi gusto, se complacía con los colores y nunca tuve que devolver madejas. Yo aprovechaba esas salidas para dar una vuelta por las librerías y preguntar vanamente si había novedades en literatura francesa. Desde 1939 no llegaba nada valioso a la Argentina.
Pero es de la casa que me interesa hablar, de la casa y de Irene, porque yo no tengo importancia. Me pregunto qué hubiera hecho Irene sin el tejido. Uno puede releer un libro, pero cuando un pullover está terminado no se puede repetirlo sin escándalo. Un día encontré el cajón de abajo de la cómoda de alcanfor lleno de pañoletas blancas, verdes, lila. Estaban con naftalina, apiladas como en una mercería; no tuve valor para preguntarle a Irene que pensaba hacer con ellas. No necesitábamos ganarnos la vida, todos los meses llegaba plata de los campos y el dinero aumentaba. Pero a Irene solamente la entretenía el tejido, mostraba una destreza maravillosa y a mí se me iban las horas viéndole las manos como erizos plateados, agujas yendo y viniendo y una o dos canastillas en el suelo donde se agitaban constantemente los ovillos. Era hermoso.
Cómo no acordarme de la distribución de la casa. El comedor, una sala con gobelinos, la biblioteca y tres dormitorios grandes quedaban en la parte más retirada, la que mira hacia Rodríguez Peña. Solamente un pasillo con su maciza puerta de roble aislaba esa parte del ala delantera donde había un baño, la cocina, nuestros dormitorios y el living central, al cual comunicaban los dormitorios y el pasillo. Se entraba a la casa por un zaguán con mayólica, y la puerta cancel daba al living. De manera que uno entraba por el zaguán, abría la cancel y pasaba al living; tenía a los lados las puertas de nuestros dormitorios, y al frente el pasillo que conducía a la parte más retirada; avanzando por el pasillo se franqueaba la puerta de roble y mas allá empezaba el otro lado de la casa, o bien se podía girar a la izquierda justamente antes de la puerta y seguir por un pasillo más estrecho que llevaba a la cocina y el baño. Cuando la puerta estaba abierta advertía uno que la casa era muy grande; si no, daba la impresión de un departamento de los que se edifican ahora, apenas para moverse; Irene y yo vivíamos siempre en esta parte de la casa, casi nunca íbamos más allá de la puerta de roble, salvo para hacer la limpieza, pues es increíble cómo se junta tierra en los muebles. Buenos Aires será una ciudad limpia, pero eso lo debe a sus habitantes y no a otra cosa. Hay demasiada tierra en el aire, apenas sopla una ráfaga se palpa el polvo en los mármoles de las consolas y entre los rombos de las carpetas de macramé; da trabajo sacarlo bien con plumero, vuela y se suspende en el aire, un momento después se deposita de nuevo en los muebles y los pianos.
Lo recordaré siempre con claridad porque fue simple y sin circunstancias inútiles. Irene estaba tejiendo en su dormitorio, eran las ocho de la noche y de repente se me ocurrió poner al fuego la pavita del mate. Fui por el pasillo hasta enfrentar la entornada puerta de roble, y daba la vuelta al codo que llevaba a la cocina cuando escuché algo en el comedor o en la biblioteca. El sonido venía impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación. También lo oí, al mismo tiempo o un segundo después, en el fondo del pasillo que traía desde aquellas piezas hasta la puerta. Me tiré contra la pared antes de que fuera demasiado tarde, la cerré de golpe apoyando el cuerpo; felizmente la llave estaba puesta de nuestro lado y además corrí el gran cerrojo para más seguridad.
Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la bandeja del mate le dije a Irene:
-Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado parte del fondo.
Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados.
-¿Estás seguro?
Asentí.
-Entonces -dijo recogiendo las agujas- tendremos que vivir en este lado.
Yo cebaba el mate con mucho cuidado, pero ella tardó un rato en reanudar su labor. Me acuerdo que me tejía un chaleco gris; a mí me gustaba ese chaleco.
Los primeros días nos pareció penoso porque ambos habíamos dejado en la parte tomada muchas cosas que queríamos. Mis libros de literatura francesa, por ejemplo, estaban todos en la biblioteca. Irene pensó en una botella de Hesperidina de muchos años. Con frecuencia (pero esto solamente sucedió los primeros días) cerrábamos algún cajón de las cómodas y nos mirábamos con tristeza.
-No está aquí.
Y era una cosa más de todo lo que habíamos perdido al otro lado de la casa.
Pero también tuvimos ventajas. La limpieza se simplificó tanto que aun levantándose tardísimo, a las nueve y media por ejemplo, no daban las once y ya estábamos de brazos cruzados. Irene se acostumbró a ir conmigo a la cocina y ayudarme a preparar el almuerzo. Lo pensamos bien, y se decidió esto: mientras yo preparaba el almuerzo, Irene cocinaría platos para comer fríos de noche. Nos alegramos porque siempre resultaba molesto tener que abandonar los dormitorios al atardecer y ponerse a cocinar. Ahora nos bastaba con la mesa en el dormitorio de Irene y las fuentes de comida fiambre.
Irene estaba contenta porque le quedaba más tiempo para tejer. Yo andaba un poco perdido a causa de los libros, pero por no afligir a mi hermana me puse a revisar la colección de estampillas de papá, y eso me sirvió para matar el tiempo. Nos divertíamos mucho, cada uno en sus cosas, casi siempre reunidos en el dormitorio de Irene que era más cómodo. A veces Irene decía:
-Fijate este punto que se me ha ocurrido. ¿No da un dibujo de trébol?
Un rato después era yo el que le ponía ante los ojos un cuadradito de papel para que viese el mérito de algún sello de Eupen y Malmédy. Estábamos bien, y poco a poco empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar.
(Cuando Irene soñaba en alta voz yo me desvelaba en seguida. Nunca pude habituarme a esa voz de estatua o papagayo, voz que viene de los sueños y no de la garganta. Irene decía que mis sueños consistían en grandes sacudones que a veces hacían caer el cobertor. Nuestros dormitorios tenían el living de por medio, pero de noche se escuchaba cualquier cosa en la casa. Nos oíamos respirar, toser, presentíamos el ademán que conduce a la llave del velador, los mutuos y frecuentes insomnios.
Aparte de eso todo estaba callado en la casa. De día eran los rumores domésticos, el roce metálico de las agujas de tejer, un crujido al pasar las hojas del álbum filatélico. La puerta de roble, creo haberlo dicho, era maciza. En la cocina y el baño, que quedaban tocando la parte tomada, nos poníamos a hablar en vos más alta o Irene cantaba canciones de cuna. En una cocina hay demasiados ruidos de loza y vidrios para que otros sonidos irrumpan en ella. Muy pocas veces permitíamos allí el silencio, pero cuando tornábamos a los dormitorios y al living, entonces la casa se ponía callada y a media luz, hasta pisábamos despacio para no molestarnos. Yo creo que era por eso que de noche, cuando Irene empezaba a soñar en alta voz, me desvelaba en seguida.)
Es casi repetir lo mismo salvo las consecuencias. De noche siento sed, y antes de acostarnos le dije a Irene que iba hasta la cocina a servirme un vaso de agua. Desde la puerta del dormitorio (ella tejía) oí ruido en la cocina; tal vez en la cocina o tal vez en el baño porque el codo del pasillo apagaba el sonido. A Irene le llamó la atención mi brusca manera de detenerme, y vino a mi lado sin decir palabra. Nos quedamos escuchando los ruidos, notando claramente que eran de este lado de la puerta de roble, en la cocina y el baño, o en el pasillo mismo donde empezaba el codo casi al lado nuestro.
No nos miramos siquiera. Apreté el brazo de Irene y la hice correr conmigo hasta la puerta cancel, sin volvernos hacia atrás. Los ruidos se oían más fuerte pero siempre sordos, a espaldas nuestras. Cerré de un golpe la cancel y nos quedamos en el zaguán. Ahora no se oía nada.
-Han tomado esta parte -dijo Irene. El tejido le colgaba de las manos y las hebras iban hasta la cancel y se perdían debajo. Cuando vio que los ovillos habían quedado del otro lado, soltó el tejido sin mirarlo.
-¿Tuviste tiempo de traer alguna cosa? -le pregunté inútilmente.
-No, nada.
Estábamos con lo puesto. Me acordé de los quince mil pesos en el armario de mi dormitorio. Ya era tarde ahora.
Como me quedaba el reloj pulsera, vi que eran las once de la noche. Rodeé con mi brazo la cintura de Irene (yo creo que ella estaba llorando) y salimos así a la calle. Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que a algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada.

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