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ESTACIÓN LA EULALIA / Capítulo 4 de 7: Algunas veces es peor el remedio que la enfermedad

I

La lluvia caía con ganas. Entré en la estación, reparándome bajo el techito. Ramón se me acercó y me dijo:
-Como llueve, eh.
-De arriba para abajo, como siempre- le contesté.
-Se va a inundar el túnel- me dijo señalándome el agua que corría escaleras abajo-. Me acuerdo, unos años atrás, que llovió como si fuera la última vez y el túnel se llenó de metro y medio de agua. Tuvo que venir un atmosférico para chuparla.
La puerta de la oficina se abrió y salió Walter. Se puso al lado nuestro, viendo como el agua bajaba las escaleras. Chasqueó la lengua a la vez que negaba con la cabeza.
-Que cagada- dijo.
-Y si- concordó Ramón.
-El jefe no viene- nos informó Walter-. Parece que se levantó con fiebre y llamaron al médico.
-¿Atiende alguien acá?- dijeron atrás nuestro.
Un hombre golpeaba con una moneda la rejillita de la boletería y trataba de mirar entre los agujeritos. Llevaba un piloto de color crema, largo hasta las rodillas. Un paraguas negro descansaba apoyado en la pared.
-Ahí voy- dijo Walter, caminando hacia la oficina.
-Tranquilo, que no hay apuro- ironizó el hombre-. Total, acá uno no tiene que ir a trabajar.
Walter le despachó el boleto y el hombre se sentó en uno de los bancos de madera. Abrió el portafolio y sacó el diario y un par de lentes. Cruzó las piernas y se introdujo en la lectura.
Un trueno me hizo respingar, asustado.
-Vamos adentro, pibe- me dijo Ramón-. Acá afuera no se puede hacer nada.

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Aquella Navidad: Capítulo 4 por Gloria Llopiz

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-Hola, belleza- dijo Quique mientras se acercaba a ella a paso ligero y sonriendo de oreja a oreja.
Ana, entre sorprendida y divertida, se puso de pie al tiempo que se preguntaba cuanto hacía que Quique no la llamaba “belleza”.
-Lo que son los ultimátum- masculló en voz baja.
Quique la besó en la boca con ganas y le preguntó si había terminado. Ella dijo que guardaba unos legajos y estaba lista.
-Te invito un helado- dijo Quique.
Cinco minutos después bajaban tomados del brazo las escalinatas del edificio de la Municipalidad. Quique le preguntó si ya tenían bebé para interpretar el papel del niño Jesús, y ella le respondió que aún no.
Entonces, mientras cruzaban la plaza, Quique le dijo:
-Bueno, no podré complacerte con un niño para que participe en el pesebre de estas navidades. Pero te prometo que nuestro hijo estará en el rol del próximo año.
Ana se quedó sin palabras, conmovida por el gesto de su marido, y también muy, muy asustada.
Durante años soñó con la idea, se la planteó en silencio, y hasta le reprochó en secreto a Quique la falta de un hijo.
Pues bien: Ana ahora estaba en el baile y tenía miedo.

Novela Colectiva: La verdad de Amadeo. Capítulo 3 por glo llopiz

arma sangreesto comenzó aquí

Un 38 que “cayó del cielo” para Amadeo junto un chute de adrenalina que le mandó…el universo?
Las cosas sucedieron tan velozmente que él estaba, de repente, en una escena de peli negra, en una secuencia de suspense que más que miedo le provocaba cierto morbo y hasta ilusión.
-Nada es casual, fierita, uno habla y las cosas suceden-.
Tenía las manos mojadas de sudor y le temblaban. Su respiración iba en aumento y el corazón estaba a punto de salirse del pecho. No sentía el peso de su cuerpo y era una sensación tan agradable, hasta reconfortante.
Guardó el arma en el bolsillo de la chaqueta después de mirarla con asombro y orgullo. Miró la escena como si fuera un espectador observando desde arriba.
Se sonrió irónico recordando sus juegos de niño en el campo.

Rememoró su debut, haciendo justicia por mano propia. Esa vez, ató a una comadreja a un árbol y la dejó morir lentamente por asfixia. La hija de puta llevaba madrugadas haciéndose un festín con los pollos de la abuela. Al fin cayó en la trampa. Pero no conforme con eso, sacó un cuchillo y se lo clavó en el estómago del que brotó sangre, hecho que le propició un tremendo placer. El no lo sabía, pero establecía un vínculo fatal entre sexo y sangre. Luego con cada puñalada fue notando que su cuerpo se estremecía y en ese momento, el lo ignoró, pero se iba acercando más al orgasmo, por lo que no cesó de hacerlo hasta la eyaculación.

Sin duda, concretar sus fantasías de matar, le habían dado más placer que cualquiera de los mejores “polvos” de su vida. Se sentía eufórico, poderoso, casi feliz, con la nueva experiencia.
Sobre la acera corría un hilo de sangre que brotaba de la cabeza del infeliz que lo apuntó para conseguir, como único de premio, un botellazo en la sien izquierda, pero que, le regaló a él una de las mejores noches de su vida.

 -Será de Dios, loco? La fantasía se cumplió en tan poco tiempo?- pensó.
Yacía junto a él, y gracias a él, el cadáver de un tipo que merecía estar muerto.

Que oscuro que está todo y ese zumbido? Como me duele la cabeza! Retumba como un redoblante de los de la murga. Como estarán los pibes de Palermo? Que “rocanrroles” aquellos! …Vieja estás ahí? …Vieja, la puta que te parió, por qué no me contestás?. No me acuerdo bien cuando salí del bar. Qué hora será? Tengo el cuerpo helado! Y este latido en la cabeza… no puedo abrir los ojos. Qué pasó?  Habrá sido con el “perejil” de la mochila? Tengo que dejar de tomar “de la mala”. Vieja!!!!!! Contestame!!!!!!!

 

Capítulo 4, aquí.