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EMMA ZUNZ (según Cla9)

 

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Maldita recova.

Me trae recuerdos no sé de dónde. Me baja la energía al punto de casi no saber quién soy… y me dan ganas de meter la pata…

Mi mente me habla de justicia, de abuso, de ultraje, de traición. Y esta maldita recova siempre me lleva a lo mismo. Pero… cómo evitar lo inevitable? Cómo evadir lo que se lleva en la sangre?

(Uno elige que pensar)

El vértigo y el caos me reubican. Estar cerca de la muerte me hace sentir viva. Nadie lo podría entender. Es mi secreto. Uno más de tantos que ni siquiera yo entiendo…

Odio. Odio aquel tiempo de no tener nada. Odio esos años de escuchar llorar a mi madre y no saber porqué. Odio que mi padre me dejara sola, con la estaca de una frase que ni siquiera sé si es verdad…

(Los hechos graves están fuera del tiempo)

Semejante odio la guió a una serie de actos que realizó mecánicamente, como dictados por una consciencia que no le pertenecía pero la justificaba. Era un plan cuidadosamente elaborado desde sus dieciséis (o desde su vida anterior…) y todo parecía coincidir… Aunque algo ancestral le susurraba que iba a ser un antes y un después…

Ganó?

Existe el ganar en el sacrificio? Enarbolar tan al grano el estandarte de la lealtad y la justicia, fue para Emma una manera de ganarle al destino?

Mirando a través de una lupa todo se ve muy claro. Pero qué hay de visiones más amplias? Cuál será la visión que realmente cuenta?

Afortunadamente, o no, a sus apenas diecinueve, para Emma se detuvo el tiempo. Sus actos siguen encapsulados en el ámbar del olvido, ya por la verdad que habita en ellos, ya por los sentimientos que los motivaron.

Aparentemente, Emma Zunz continúa siendo mano en el juego infernal que le tocó jugar…

(Pero hay hechos que se empardan solitos. Sólo es cuestión de… tiempo?)

Cla9

2.4.11

Emma Zunz (según Lauris)

Ocho  personas cargarían el ataúd lustrado y de madera oscura.

Entre los llantos ahogados de las mujeres de la fábrica se perdía el comentario de los hombres. No puede ser, no puede ser repetían. Y no hablaban de la muerte, ya no importaba. No podían creer que el viejo Loewenthal  hubiera querido abusar justamente de Emma Zunz.

Cuando sonaron las tres campanadas de la iglesia, el sacerdote salió rumbo a la fábrica con tres monaguillos. Al llegar cubrieron el ataúd con una sábana blanca y ordenaron a los hombres que lo cargaran hasta la casa de Dios. Cuatro de cada lado y a pasos lentos, el cortejo acompañó el cuerpo hasta la iglesia. El párroco, quien había sido confesor de Loewenthal llevó a cabo una emotiva misa que entendió solo él porque se daba en latín.

Requiem æternam dona eis, Domine, et lux perpetua luceat eis. Te decet hymnus Deus, in Sion, et tibi reddetur votum in Ierusalem. Exaudi orationem meam; ad te omnis caro veniet. Requiem aeternam dona eis, Domine, et lux perpetua luceat eis. ” - exclamó y las mujeres volvieron a llorar. Era hora de llevar el cuerpo al cementerio.

Una procesión recorrió el camino hasta su último descanso. Las miradas de los vecinos acompañaban el féretro con atención. No era una muerte más, era un asesinato. No todo los días podían ver pasar por las puerta de sus casas el cadáver de un hombre que había abusado de una pobre mujer. No todos los días veían pasar el cuerpo de la venganza.

Al entierro asistieron sus amistades más íntimas. No se permitió el ingreso de las operarias de la fábrica que aprovecharon para descansar y dar cada una la versión que suponían de los hechos. El luto duraba dos días. Nadie sabía nada de Emma Zunz, algunos pocos pudieron verla salir de la oficina, envuelta en una frazada gris, acompañada de dos oficiales de la departamental. Nadie sabía que iba a ser de ella. A la fábrica seguramente no volvería. Se apiadaban de la pobre chica y la nueva vida que le tocaba vivir. Con la doble deshonra de la violación y la muerte.

Cuando el sacerdote volvió iglesia lo estaba esperando un inspector de la policía. Necesitaba hablar a solas con el religioso. El padre supo en ese momento que la visita no era una mera confesión. El inspector necesitaba información de Loewenthal. Información que solo poseía el confesor.

-          ¿Usted sabe si entre  Loewnthal y Zunz había alguna relación? - fue la primera pregunta.

-          No que yo sepa- respondió el cura.

-          Padre, necesito saber si Emma Zunz, tenía algún otro motivo para matarlo. ¿Alguna vez él se la nombró?

-          No puedo decirle nada, no se nada.

-          Piense padre, recuerde… Si el nombre de Emma Zunz le dice algo.

Y el sacerdote se quedó pensando, Emma Zunz no le decía nada.

El día había sido muy largo, el hombre empezó a rodar en su cama y el nombre en su cabeza… Zunz, Zunz, Emma Zunz, Emma Zunz, Emma, Emma, Emanuel… Emanuel Zunz.

Y recordó la confesión de hace muchos años. El viejo Aaron Loewentalh era gerente de la fábrica cuando hubo una estafa al cajero, un  estafa llevada a cabo por Emanuel Zunz. El hombre había huido del país. Recordó una tarde de las tantas de confesión que él le había contado, que Zunz había sido el chivo expiatorio de una operación de miles de pesos y que el pobre hombre lo había perdido todo.

Mientras se preparaba una taza de té contra el insomnio, recordó nuevamente los hechos. Loewentalh le había relatado a la perfección el plan. Como lo habían armado, como lo habían ejecutado y como habían logrado que Zunz quedará con demasiadas pruebas en su contra. Recordaba que el difunto había solicitado el perdón divino, que había mostrado un arrepentimiento que a sus ojos nunca existió. Será acaso, su muerte un castigo, pensó por un momento. O un hombre que fue capaz de terminar con el buen nombre y honor de una persona, no podría también abusar de la hija.

Siempre creyó que había en el viejo un morbo especial. Nunca fue de fiar. Si bien las contribuciones a la iglesia eran cuantiosas, no había una verdadera caridad, era el pago por lo que el llamaba  “mi pacto con el señor”.

No le quedaban dudas de que él hubiera sido capaz de abusar de la chica Zunz.

Más de una vez calló por hombres deshonestos, era hora de callar por lo que sintió una causa justa.

El Padre Nicanor Soldelver jamás mencionó la confesión que había escuchado. Y trató de olvidar para siempre el nombre de Emma Zunz.

Confesionario