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El arte de amar y de “pirarse” a tiempo.

Lo conocí una mañana de sábado en que yo intentaba llegar a casa caminando derechita con el orgullo que la resaca me permitía. Un leve dolor de cabeza me hizo hacer un alto en el Starbucks de la Broadway. Coincidimos en la puerta, él me sonrió al cederme el paso. Me sorprendió: tenía un aspecto muy “gringo” pero actitud de galán italiano (según yo).

-¿Tú me tomas en serio?-

-¿Cómo? Ay, honey, ¿estás filosófico hoy?-

-No, estoy hiperrealista.-

Podría enumerar momentos perfectos durante un largo rato pero ninguno supera a aquellas noches durmiendo juntos, entrelazando sudor y piernas. Los viernes a la noche eran ritual de pizza y seguidilla de partidos grabados durante la semana. Comer, hablar de todo y de nada, hacer el amor y gritar goles. Todo al mismo tiempo. Armonía de cosas mundanas.

-¿Nena, a que le temes?-

-Mmmm…salvo a los hijos de puta, a nada.-

-Mientes, bitch!-

Hay señales que indican que estás en el momento justo y en el lugar indicado. ¿Las hay?

Siempre que me voy de Manhattan me voy con cara de culo (todavía me pasa); como si hicieran un trasplante conmigo, al que todo mi ser rechaza con furia.

¿Será de Dios que siempre me estoy yendo de todos lados?

Autor: Gloria Llopiz

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El arte de amar ó el de “pirarse” a tiempo I(serie).

Si supieras que bien se ven los paraísos desde aquí… Hay magia transformada en colores tierras y ocres.

Yo escucho a Tom Waits y mientras miro por la ventana, me creo capaz de sonreír sin piedad. Tengo listo el equipaje. Tengo los labios listos.

Todo empezó como un encuentro más pero siempre habrá gente que se queda y gente que se va. Luego hubo sorpresa y un silencio que se convirtió en carcajadas pero una mueca traicionera irrumpió feroz y se instaló.

Nunca estuve mejor que con este saco puesto. Nunca estuve peor que cuando me moría por vos.

Después, el viento, “se cargó” las hojas de los árboles y arrancó las de mi caballete.

Me comí los soles, rompí los carteles, pasó el mes, el siglo y pasó todo el peligro como en los cuentos de final feliz.

Autor: gloria llopiz

huir

Que arte, niña, que arte…

Armé despacito una china y me senté a fumarla en silencio.

Crucé las piernas y no le quité los ojos de encima.

Ella sacó una lata de cerveza de la nevera y me la ofreció con un gesto sin parar de hablar de vaya a saber qué.

Nunca me importó demasiado lo que dice, sino, como lo dice.

Ella depositó la lata en mi mano y se volvió a buscar la suya que estaba sobre la mesada. Volvió sobre sus pasos sin dejar de decir cosas.

Tiene tanto arte para todo. Su modo de tirar del anillo de la lata para abrirla. Ese movimiento con el dedo índice que se complementa, acompasado, por el pulgar. Y… crash!, hasta su sonido es diferente.

Parada frente a mí, bebió un trago echando su cabeza hacia atrás y remató el gesto pasando la punta de la lengua por el labio superior. Cojones! Si abré bajado todas mis armaduras con ese ínfimo gesto que no dura más de 5 segundos y maquilla con saliva su maravillosa boca.

Apoyó la lata sobre la mesa y en un leve movimiento, con ambos brazos, subió unos centímetros la cintura de su jean. Lo calzó un poquito más arriba en su cadera.

Recordé su manera de quitarse la ropa. Estiloso modo de desnudarse, tiene la tía. Nadie se quita las bragas como ella. Ella las desliza por sus piernas recorriendo muslos, rodillas y gemelos en una larga caricia de chica experimentada pero no. Y las dejar caer al suelo con cuidadoso descuido.

Recordé su manera de botar en la grada mientras grita como loca viendo un partido del Betis.

Ella chilla con…salero, con sensualidad de la hostia, con pasión. Puede estar en la carretera conduciendo, en una discoteca o en un acto del orgullo gay.

Mira que tiene morbo la tía… Ninguna jadea como ella en medio del placer. Ninguna.

Nunca me importó demasiado saber lo que hará, salvo cuando está conmigo y especialmente hoy que he venido a dejarla.

Autor: Gloria Llopiz