Posts etiquetados como ‘Aquella’

Aquella Navidad: Capítulo 11 por Mil544

Quique desistió. Había preguntado, casa por casa, a todos los familiares y amigos de Ana si sabían algo de ella. Había llamado a todos sus contactos, a los que la conocían y a los que escasamente la habían visto alguna vez. Nadie sabía nada. Los allegados meneaban la cabeza y no dejaban de mirarlo como si fuera el mismísimo anticristo y tuviera bien merecida la desaparición de Ana. Pensó en acudir a la Policía pero lo descartó cuando sospechó que el único que no sabía adónde estaba su mujer era él. Se ve que estaba condenado a ser el último en enterarse de todo.
Quique supo lo que tenía que hacer. La tía Chicha. No quedaba más remedio. La tía Chicha era una tía abuela de Ana que vivía en un residencial para mayores y que cada domingo iba a casa de los padres de Ana a tomar el té. Algo tendría que haber escuchado la vieja. Porque aunque era pesada de oído como decía ella, sorda como una tapia como decían todos, cuando el asunto venía jugoso, escuchaba mejor que un luthier.
Quique tomó todas las previsiones del caso. Compró una bolsa de caramelos de miel, dos cajas de alfajores Habanna, se duchó, afeitó y engominó y partió al residencial a visitar a Chicha luciendo la única camisa planchada que le quedaba. La tía lo recibió sin espamentos, como si lo hubiera estado esperando. Dijo lo que todos. No sabía nada. Pero lo invitó a sentarse a tomar una tacita de té y a jugar a la canasta con las chicas. Después de tres partidas y al menos seis tazas de infusión dudosa la tía Chicha declaró saber algüito. Al fin y al cabo, como dijo, era impensado que una jovencita en situación interesante como Ana anduviera por ahí sola, sin un marido que la hiciera respetar.
-¿Dónde se ha visto eso, eh?- le preguntó a Quique.
-¡Donde!- exclamó Quique.
-¡Y dónde se ha visto que un hombre grandote al cuete como usté ande haciendo tanto escándalo por un hijo! ¡Ya era hora que le hiciera un hijo a la nena! ¡Vergüenza debería darle, Enrique!
-¡Vergüenza!- respondió Quique, con la mente puesta en el dato que estaba por recibir.
Ana estaba en Entre Ríos, en casa de su abuela. Y la tía Chicha le rogó que ya que iba le dijera a su hermana que le devolviera el abanico ese que le supo prestar en el carnaval del 42… Pero no iba a ser tan sencillo. Estaban sobre las fiestas y los pasajes, en el medio que fuera, estaban agotados. Quique y Ana jamás se había preocupado por adquirir un auto y ahora él estaba desesperado.
-Negro, me tenés que ayudar- le dijo a Beto, el negro de Hacienda, cuando lo interceptó en la puerta de la Municipalidad-. Prestame la bola para ir a Entre Ríos- le largó.
-Ni en pedo. ¿Estás chupado o comiste vidrio molido, vos? A la bola la manejo YO solamente.
-Bueno, nos vamos los dos, Betito. Dale, hacelo por Anita, yo se que vos la adorás a la flaca. Por favor te lo pido, Negrito. A parte me lo debés.
-¿Qué te debo yo a vos? ¡Gordo falluto! ¡Después de lo que le hiciste a la Anita! Ya decía yo que no te la merecías…
-Dale, Beto, aflojá. ¿Cuánto ganaste a la quiniela con el sueño que te conté? ¿eh? Dale, loco…
-¡Qué increíble!… lo que son los sueños ¿no?… Apenas me lo contaste le jugué al 48… ¡Tres gambas me gané!
-¿Al 48 le jugaste? ¿Te cuento que te soñé de ángel y le jugás al 48? ¡VOS estás en pedo, Beto!
-Bueno bueno ¡che!… A ver, ¿cuándo querés que salgamos?
-¡Ahora, Betito lindo, YA!… Pero una cosita más… Estaba seguro de que me ibas a llevar. Tomá- y le entregó una bolsa con un gesto que Beto captó en el aire.
-Ni loco- contestó.
En ruta, el Fiat 600 de Beto no superaba los 60 km/h. Las horas de sudor, mezcladas de a ratos con fastidio y risa por no llorar, se les hicieron muy largas pero finalmente, para su propia sorpresa, después de todos los contra tiempos que tuvieron, llegaron a Entre Ríos. Cuando Ana abrió la puerta primero se asustó. Después preguntó sin demasiada convicción:
-¿Quique?
Y finalmente, cuando vio a Beto tratando de bajar del auto, en franca lucha por desenganchar su ala de arcángel Gabriel de la puerta, empezó a llorar… de risa.
-¿Qué hacen así los dos?- preguntó cuando logró recuperar el habla.
Quique se acomodó la barba de poliéster, alisó la túnica que llevaba y muy circunspecto le dijo:
-Venimos a buscar a María.
-¿¿Qué??… ¿Beto? ¿Qué hacés vestido de angelito?- exclamó Ana mientras el Negro enderezaba sus alas maltrechas y trataba de pegar con saliva una punta de la guirnalda plateada que se había desprendido del borde.
-Una promesa de tu marido. No pude decirle que no- contestó sin mirarla, atento al comportamiento de la tira rebelde y listo para darle otro salivazo.
-¿Una promesa, Quique? ¡Pero si vos en lo único que creés es en la mano de Dios!
-Se lo prometí al bebé, Ana. Le juré que si me dejaba pasar ésta nunca más nos íbamos a separar.
Ana lo miró. Estaba hecho una piltrafa. Todo transpirado, lleno de tierra, ojeroso. En ese momento descubrió por qué, a pesar de todo, nunca iba a dejar de amarlo. Le dio un abrazo de toda una vida y le dijo despacito al oído:
-Bueno, vamos.
-Gracias, mi amor- respondió él en un susurro, aliviado-. Tomá, ponete esto- y le extendió una bolsa.
-¡¿Qué?! Ni lo sueñes…
-Dale, preciosa, se buenita. Se que no estoy en posición de pedirte favores- y la miró con cara de compungido-, pero le prometimos a los pibes de Villa Paranacito que si nos empujaban la bola un trecho, a la vuelta pasábamos con María. Dale, no les podemos fallar… después de todo… ¡Mañana es Navidad!

P1040345

Aquella Navidad: Capítulo 10 por Cla9

Uf. Con tanto revuelo no bajamos la cortina, pensó.
Estiró el brazo y notó que Ana no estaba. Un escalofrío le recorrió la espalda mientras se levantaba como resorte.
-No está. Todo está en orden, pero Ana no está.
Instintivamente fue al placard, y lo que vio le revolvió las tripas. Varios estantes despejados y el perchero con muchas perchas vacías.
Desesperado, recorrió la casa una y otra vez. Una mezcla de terror, culpa e incredulidad le hicieron agarrar el teléfono y llamar al celular de ella.
Aunque ya sabía de antemano que iba a estar apagado.

Viajar en micro es una cuestión de fe. Y se rió sin ganas, más bien por ese humor raro que nadie nunca le entendía. Sus ojos hinchados pero ya sin lágrimas no se despegaban de la ventanilla.
Tantas lágrimas juntas le armaron una gran laguna en el centro de su memoria. Y sintió que tenía que irse. Irse de las preguntas sin respuesta. Irse de la escena agobiante en la que se quedó sin letra.
¿Se la olvidó?
Dudaba de demasiadas cosas. Tenía que volver a las fuentes. Aunque tampoco estaba segura de cuáles eran exactamente.
Entre Ríos la recibió sin mucho redoble pero con mucha luz. Fue directo a la plaza, vacía de siesta. Dejó el bolso en el césped y se sentó justo abajo del tilo más grande, casi tan grande como su laguna mental.
Agotada pero atenta se dejó llevar por el murmullo de las hojas. Sonaban como una música conocida… y esas luces.
La brisa caliente que la envolvía le empezó a cambiar el aire. Le empezó a cambiar la historia.
Y de repente entendió todo.
Supo, casi como una Revelación, que le estaba pasando algo que era imposible de explicar. Paradójicamente, supo con total certeza que nada sucede por casualidad. Y supo también que ya no había retorno.
Estaba feliz.

P1040328

Aquella Navidad: Capítulo 9 por Howlin

Quique estaba parado delante de un altar. Era un campo abierto con el pasto corto y verde que le recordaba al wallpaper predeterminado de Windows XP. El día estaba hermoso. Delante de él había una figura flotando. Vestía una túnica blanca y llevaba alas y aureola. Era el negro Beto, de hacienda.
-¿Y vos qué hacés acá?
-Y qué querés, yo iba a hacer de Baltazar, pero como al final vos vas a ser José me tocó ponerme las alitas.
-¿Y qué? ¿Me vas a decir que tengo que aceptar el embarazo de Ana porque es voluntad del Espíritu Santo?
-No, ni en pedo. Yo no soy creyente una mierda, estoy acá porque me mandé un par y tengo que sumar puntos con el intendente. Pero vos sabés que Ana es buena mina, y no te va a cagar.
-Sí, ya se, pero es muy raro todo esto. Primero me sale con lo del pesebre viviente, después con lo de que quiere un pibe y después con que está embarazada. A este paso nochebuena nos agarra en la maternidad.
-No exageres. Vos la conocés. Hace 20 años que toma esas pastillas de mierda y desde que se fueron vivir juntos jamás te pidió que te cuides vos. Y nunca un atraso, ni nada. Pero ya tiene 40 y el cuerpo no es el de los 20. A veces las hormonas dan sorpresas. Y bueno, esta vuelta las cosas se dieron así. ¿Y si en vez de buscarle el pelo al huevo mejor lo disfrutás? Ya pasaron las cuatro décadas. Lo que no vivan ahora ya no lo van a vivir, especialmente ella. Y vos sabés que por mucho que te resistas los pibes te pueden. Acordate cuando nació el bepi de tu hermano Miguel. Se te caía la baba más a vos que al padre. Dejate de joder, Quique, justo ahora te venís a hacer el ofendido, si en el fondo sabés que tenés más ganas que ella.
-Pero en serio me vas a decir que no se había dado cuenta…
-¿Quién, Ana? ¿Con lo despelotada que es? Sí, quedate tranquilo que no se dio cuenta. Me juego las pelotas.
-Hablando de eso, ¿los ángeles tienen sexo?
Quique se despertó. El sol de la mañana le pegaba en la cara.

P1040337

Aquella Navidad: Capítulo 8 por El Sir

Ana seguía en la silla mirando sin saber que veía. Escuchaba los interminables reproches y preguntas de Quique, pero sentía que sus oídos la traicionaban, no tenía ni la menor idea de lo que le decía. Sentía que en ese momento su mundo se reducía a la silla, al piso de la cocina (lo único que la sostenía en ese momento), y a la tira reactiva que le temblaba entre los dedos.
-Ahora sí voy a darme una ducha, Quique.
Y se levantó, dejándolo con la sensación de que todas las preguntas de su vida tenían que ser respondidas en ese momento.
-Te espero en la cama- contestó Quique, sabiendo que Ana no lo escuchaba.
Ana entró nuevamente al baño, abrió los grifos de la ducha, y se desvistió lentamente. Amaba que el agua caliente le enrojeciera la piel, inclusive en verano.
-¿Le hará mal?- murmuró en voz baja abrazándose el abdomen, y levantó los ojos para mirarse en el espejo abrazando por primera vez a su hijo.
El espejo del antebaño empezaba a empañarse lentamente y Ana vio unas lágrimas, que no había descubierto, recorrerle sus mejillas.
Estás igual que yo, empañándote sin saber por qué y con lágrimas que te recorren, pensó para sí.
Quería haber compartido aquel minuto de felicidad infinita que había tenido un rato antes en ese mismo lugar, y desaparecido de un plumazo un segundo después, y no encontraba el camino que la llevara a explicarse la reacción de Quique.
Cuando Ana entró a la habitación, Quique daba vueltas en la cama como si tuviera la peor de sus pesadillas. Pero ella lo conocía y sabía perfectamente que su marido no dormía, ni dormiría en toda la noche.
- Disculpame por no contestar antes- dijo. El diálogo era la vía que siempre prefería Ana-. Creo que no se siquiera qué preguntabas. ¿Querés que hablemos ahora?
Quique no dijo una palabra, se limitó a levantarse buscando en control remoto del aire acondicionado solo para asegurarse de que Ana supiera que estaba despierto. Lo encendió y se volvió a acostar.
Fue la primera noche en años en que quedó un espacio sin ocupar en la cama entre ambos.
De un lado, Quique daba vueltas repitiéndose las mismas cosas. Había tenido en mente durante todo el día la noche que pasarían con su esposa, la noche en la que comenzarían a buscar la llegada de su hijo. Todo el día programándola: le prepararía la cena, le volvería a declarar su amor eterno y le mostraría todo eso que sentía y la rutina de los años le escondía.
Culpaba a la tira reactiva “que le había dado vuelta el rumbo de su vida”. No podía explicarse cómo había reaccionado de esa manera, cómo había podido actuar así.
¿Y Ana?
¿Por qué no me lo dijo antes?
¿Cómo fue que no me comentó del atraso?
¿Cómo pude siquiera pensar en que no era mío?
¿Por qué esperó para hacerse el test justo hasta hoy?
Y cada pregunta era una vuelta más sobre la cama, o eran las piernas desarmando las sábanas que le molestaban sobre la piel, o era incorporarse para volver a taparse porque sentía frío.
Estaba tan enojado que no podía discernir con quién.
¿Con Ana?
¿Con el mismo?
¿Con el pesebre viviente?
¿Con su futuro hijo?
Y esa pregunta lo embargó en un terror extremo. Había descubierto lo que se siente ser papá, justo en un enojo.
Del otro lado de la cama, Ana trataba de recordar. Los últimos días de diciembre en la Municipalidad eran los más agotadores, y este año se le sumaba el pesebre viviente. No tenía idea de cómo se le había pasado sin darse cuenta la fecha, y descubrir su atraso recién cuatro días después.
¿Cómo le explicaría a Quique que no lo había descubierto?
¿Cómo haría que le creyera?
Quique la escuchaba llorar. Y en su silencio, cada lágrima sobre la almohada se le clavaba como una daga en el alma.
Soy un pelotudo, se limitó a pensar y abrazó a su mujer por la espalda, sin hablar hasta que ambos quedaron profundamente dormidos.

P1040013

Aquella Navidad: Capítulo 6 por Amy

En ese clima de alegría y buen humor, cada uno se dirigió a vestirse para la representación. Quique llevaba en una bolsa un zurrón de tela rústica y un turbante.
Ana ya tenía todo en la oficina preparado, una blanca túnica y un manto celeste, sandalias blancas, había pensado en todo. Frente a un espejo improvisado se fue vistiendo lentamente, con cada prenda se iba revistiendo de dulzura y calma, las dudas se fueron diluyendo junto con los temores. Cuando estuvo lista, mientras avanzaba hacia la primera estación del pesebre, lo hizo con la certeza de que estaba dando un paso muy importante en su vida.
Quique la observaba y supo que al dar el “SÍ” al Ángel, en realidad se lo estaba dando a ese hijo que quería concebir, y él también, interiormente, dijo “SÍ”como papá.
Era el momento oportuno.
Los demás aplaudieron mucho el ensayo.
Al salir, Ana y Quique se fueron en silencio tomados de la mano como dos adolescentes.

P1040006

Aquella Navidad: Capítulo 3 por Pipercoz

¿Justo ahora se les ocurrió un pesebre? El monólogo de Quique con su cabeza.

¿Por qué ahora, si venimos progresando económicamente? Hay gente que no sabe que con sus ideas puede modificar el destino de otros. Y este es el caso: justo a ésta se les ocurre ponerla de María. Y claro, ahí se le despertó el instinto. A mi me gustan los chicos, pero no me creo buen padre. Me gusta dormir, no me veo levantándome a cualquier hora para cambiarlo. Ya tengo cuarenta y dos; y ella con cuarenta, ¿no será mucho riesgo? Está bien que ahora todo avanzó mucho en ese campo, pero el cuerpo lo pone ella. Encima, soñé toda la noche con bebés. Y parece ley de Murphy: en todo el camino no veo otra cosa que minas con carrito o embarazadas. ¡Ayyyy! No me veo, no me veo. ¿O tengo miedo? ¿Por qué no puedo pensar en otra cosa hoy? ¿Y si se insemina, la muy guacha? ¡Noooo!, mi orgullo no puede permitir eso, también me van a acusar de machista.

¿A quién se le ocurrió la idea del pesebre, que lo mato? ¿Al intendente, dijo? La cabeza me va a explotar.

-$1,25 por favor.

Y ese nene, ¿qué me mira? Y encima me sonríe. ¿Seré buen padre? Debe ser miedo, sí, eso debe ser. Por ahí me va a costar más hacer de José. Nunca fuí buen actor, aunque no voy a tener que hablar, es un pesebre viviente. Que se yo, no puedo fallarle a la flaca. Pero, cómo pasó el tiempo, y con la idea de progresar y esperar, se nos fué la mano. Pero si no me veo con un niño ahora, menos me vería con uno de veintiuno, de haberlo tenido al toque de casarnos. Me vería medio veterano, ni la tintura me salvaría. Pero son lindos los nenes, sería un cambio, un empezar de nuevo, una vida de a tres. Bueno, voy a hablar con la flaca en la Muni. Mejor la llamo antes, así le doy una alegría. ¡Vamos papá Quique, todavía! ¡Que lo parió, Quiquito, que lo parió, me pasé!

-Permisoooo. Chofer, esquinaaaaaaa

P1030907