Posts etiquetados como ‘Aquella navidad’

Aquella Navidad: Capítulo 7 por Quimeykiltru

Esa noche llegaron de vuelta a su hogar, agotadísimos. Ana gritó que quería darse una ducha bien caliente y se encerró en el baño.
Quique miró dentro de la heladera. Tenía que improvisar algo que comer. Ahora que estaban por encargar un bebé, debían empezar a ahorrar en el delivery. No se imaginaba lo que pasaba en el baño.
Ana desenvolvió el papel con cuidado. Miro el reloj y se dio cuenta que hacia más de cuatro horas que no orinaba. Según el folleto del test, era suficiente.
Fueron los cinco minutos más largos de su vida.

P1040338

-¡Ana! Queda un poco de leche y queso. ¿Preparo una de las salsitas “siempre listas”? Porque la verdad que no tengo ganas de nada más pes… ¿Qué pasó? ¿Por que llorás?
Quique volcó la leche en su corrida a abrazar a Ana.
-Vamos a ser papás- le dijo su mujer en una carcajada, mostrándole las dos rayitas en el stick.
Quique tardó un minuto en responder. Miró a Ana, después el test de embarazo positivo. Sin decir una palabra se dio vuelta y se puso a limpiar la leche.
-Cómo cambian los tiempos ¿no?- dijo con tono áspero-. En otras épocas había que “hacer” algo además de desear tener un hijo. ¿Vos no te estabas cuidando?
-¿De qué hablás?
-Anoche me planteaste tener un hijo. Hoy recién te dije que sí y ya estás embarazada. ¿Qué paso? ¿De quién es?
Al instante Quique se dio cuenta que había traspasado el límite. La mirada de dolor de Ana fue más de lo que pudo soportar.
-Disculpá, me fui al carajo. Ya sé que es mío.
Ana se quedó helada mientras veía a Quique que seguía limpiando la leche. Jamás se le había ocurrido pensar que su esposo pudiera tomar a mal la noticia. Sobre todo, después que le había dicho que sí, que quería tener un hijo. Sentía que la sangre se había ido de su cabeza. Manoteó una silla y se sentó.
-¡Ahhhhh, noooooo! ¡Ahora no te vengas a hacer la víctima!
Quique respiró profundo y siguió hablando más tranquilo.
-¿Cómo puede ser que ya estés embarazada? ¿No me habías planteado recién ayer la idea de tener un hijo? ¿Ya sabías? O peor ¿lo buscaste sin decirme?
Ana no podía contestar, se había quedado en blanco. Miraba a su compañero de toda la vida como si fuera transparente.
-Ana, no empeores esto. Contestame. Si ya sabías que estabas embarazada, ¿por qué no me dijiste? Si querías un hijo, ¿por qué no me dijiste antes de buscarlo?
Quique no entendía el silencio de Ana. Lo frustraba esa indiferencia. Necesitaba pelear. Sabía que no iba a ser violento. Nunca lo había sido y mucho menos ahora que estaban esperando un hijo. Fue como una revelación ese pensamiento. No importaba como terminara o qué dijera Ana, nada cambiaba el hecho de que la amaba, de que era la mujer de su vida, la madre de su hijo. Pero necesitaba descargar la bronca, la impotencia por el engaño.
-Ana, contestame. ¿Me ocultaste que estabas buscando un bebé o me ocultaste que tenías un atraso?

Aquella Navidad: Capítulo 5 por Marcela Segal

Con silencio de verano y aire de tilos, cruzaron la gran avenida hasta la heladería.
-¿Querés un cucurucho?- preguntó Quique.
- Sí, de frutilla y coco- dijo Ana, con voz aniñada.
- Ok, después le pedís los gustos. Esperame que voy a la caja.
Quique atravesó el local fresco, atestado de abuelas y de niños.
Que quilomberos estos pibes, pensó en voz alta.
- Un cucurucho y un cuarto.
- Veinticinco pesos.
-¡Te pediste de un cuarto! ¡Qué gordo sos!- le dijo Ana cuando vio el ticket.
-Dale, flaca, es por hoy nada más.
Ana pensó que su marido seguía siendo el mismo adolescente que conoció en la secundaria.
-¡Sesenta y ocho!- gritó la empleada.
-Quique, ¿de qué querés?
-Deja, pedí vos primero.
-Un cucurucho de frutilla a la crema y coco con dulce de leche- le acercó el papelito a la chica.
Ana miraba cómo iban armando su torrecita de crema rosa y blanca. Pensaba cuántos helados no compró para el hijo que no tuvo… y le vinieron a golpes todos los cumpleañitos que no festejó, y los días de la madre que no tuvo. ¡Veinte años casados! Doscientos cuarenta ciclos… ¡Más! Contando las lunas eran trece por año, doscientas sesenta semillas secas cayeron de su cuerpo…
A esta altura el helado le sabía amargo.
Quique, como siempre ajeno, saboreaba el cuarto de chocolate bariloche y sambayón con frambuesa.
Pero él miraba los cochecitos y pensaba que no iba a poder sacar el cero kilómetro si le seguía el capricho a “la señora”… estaban tan bien así… ¡Qué venir a complicar ahora!
La musiquita del celu los despertó.
- Teneme- balbuceó Ana. Y le pasó el cucurucho para leer el mensaje-.Ya están todos en el patio de la muni. ¡Nos esperan!- Y agregó-: A María y a José.
Mientras guardaba el celular, Quique se terminó el cucurucho, también.
-¡Gordo, vas a tener que cortar con los hidratos! ¡Mañana empezás la dieta!
El semáforo verde y rojo se les presentó como un anuncio inminente del arbolito; la avenida atestada de autos y de gente; el frente brillante del Municipio reflejaba los albores del atardecer en sus ventanas espejadas, dando un tinte de luces de bengala y cohetes navideños; las bocinas sonaban como campanas: “DING DONG” “DING DONG”.
Un matrimonio tomado de las manos pegajosas de helado y frías.
Veinte años de soledades compartidas.
Veinte años.
Si parecían veinte días.
Llegaron al patio de la Muni, casi sonrientes, contagiando de alegría a los grises empleados compañeros de Ana, al punto que a todos les pareció el ensayo más importante de sus vidas.
Ahí estaban los tres reyes magos, los pastores y las pastoras, recibiendo a María y a José, en un pesebre de acero, vidrio y cemento.
Roque salió al encuentro:
-¡Ana! ¡Querida! Pensamos que te habías ido.
-¡No! ¡Que va!- contestó ella-. Fui con mi marido a tomar un helado.
Beto, el más joven, dijo:
-¡Ah! ¡Mucho Gusto!
-¿Ud. va a hace de José?- preguntó Pogani.
-Hola, mucho gusto a todos- saludó nervioso Quique-. Si Roque está de acuerdo…
-¡Perfecto! -dijo Roque- ¡Yo hago de Baltazar y que Beto sea el Ángel Gabriel!
Todos estallaron en risas.


Copia de P1040007

Aquella Navidad : Capítulo 2 por Adrián Granatto

   

P1030902

 

  No podía dormir. A su lado, Quique roncaba a pata ancha. La tele saltaba de canal en canal sin ton ni son. Ana apretaba el control remoto en un gesto nervioso del que no tenía conciencia. Sus pensamientos estaban en el niño. Sin niño no habría pesebre, y la idea de poner un muñeco no la seducía. Habían conseguido una oveja, una vaca y un burro. De los camellos tuvieron que olvidarse. Y si iba a haber animales verdaderos, lo lógico era que el niño también lo fuera. Se levantó de la cama y fue a la cocina. Puso a calentar un poco de leche y se sentó a la mesa redonda. Mientras jugueteaba con la azucarera, se le vino el recuerdo de cuando vio por primera vez un pesebre viviente. Fue cuando sus padres decidieron ir a visitar a los abuelos y pasar las fiestas con ellos en Entre Ríos. Por la noche salieron todos a comer afuera y vieron la representación al lado de la iglesia. Ana quedó embobada por los trajes de los Reyes Magos, por la ternura que José y María le dispensaban al pequeño Jesús (luego se enteró de que eran una familia de verdad), de los animales que llevaban los que representaban a los pastores, y de las luces y la música.
  Apagó el fuego y se sirvió la leche en una taza. La llevó a la mesa, le puso azúcar y la revolvió.
  Se recordó a sí misma pidiendo permiso hasta acercarse al cordón rojo y dorado que rodeaba la escena. Con la inocencia de todo niño, pasó por debajo del cordón y se acercó hasta la cuna. El pequeño alzaba sus brazos, los ojos muy abiertos, un gorjeo alegre salía de sus labios. Vio a Ana y atrapó uno de sus dedos con su manita.
  -Le gustás- le dijo la mujer que hacía de María.
  Ana sonrió y fue en ese momento cuando se prometió ser madre algún día.
  Ahora, sentada a la mesa de la cocina, con la taza de leche enfriándose entre sus manos, la sonrisa que afloró a sus labios era una mueca grotesca.
  Casada con Quique desde los dieciocho años, decidieron en ese momento esperar hasta lograr afianzarse económicamente. No parecía una mala idea y Ana aceptó. Luego, una vez que el dinero ya no era un problema, la falta de tiempo fue la excusa perfecta esgrimida por él y Ana esperó que el tiempo les volviera a sobrar.
  Y resultó que el tiempo, que no entiende de esperas, pasó velozmente, horadando los años con su rápido caudal. Y el sueño de Ana fue quedando atrás, convirtiéndose poco a poco en una amarga ilusión.
  Escuchó sonar el despertador en la habitación y el gruñido de Quique, levantándose. Miró el reloj arriba de la heladera y no le sorprendió demasiado ver que eran las seis y media.
  Preparó el desayuno y, cuando Quique entró a la cocina, ella fue a cambiarse. Al volver, Quique tomaba café y leía el diario.
  -Tomé una decisión, Quique- dijo al sentarse frente a él.
  -¿Si?- dijo él con cautela y desviando la vista del diario para observarla a ella.
  -Sí- afirmó Ana-. Voy a hacer de María en el pesebre viviente.
  -Me parece bien.
  -Y voy a tener un hijo.
  -¿De quién?- dijo Quique bajando el diario, los ojos abiertos por la sorpresa.
  -Espero que de vos, Quique. Voy a hablar con Roque para cambiarle el papel. Creo que Roque haría muy bien de pastor. ¿Y sabés quién va a hacer de José?
  -¿Quién?- preguntó Quique. Pero se la veía venir.
  – Vos, Quique.
  -¿Yo?
  -¿Sos boludo o hablo en chino? Cuando salgas del trabajo, pasá por la Muni que vamos a empezar los ensayos. Y Quique…
  -¿Qué?
  -Si vos no me das un hijo por las buenas, te juro que me hago una inseminación artificial y que sea lo que Dios quiera, ¿escuchaste?

Aquella Navidad: Capítulo 1 por Lauris

Ana llegó apurada de la calle, dejó sobre la mesa su bolso de Prüne y se sentó con un montón de papeles que traía bien acomodados en una carpeta. Concentrada en su próximo trabajo, ni se percato de que en la casa ya estaba su marido.

-Hola. No te escuche llegar – dijo Quique.

-Hola, amor. No sabía que estabas en casa.

Se levantó de la silla y se acercó a saludarlo. Quique la miró y la abrazó, pero rápidamente Ana se soltó y volvió  a la mesa.

-¿Querés un café, Ana? – preguntó, pero ella no le respondió-. Anaaaa- le dijo más fuerte.

-Eh… -respondió ella distraída.

-Te digo, que si querés un café.

-No, no- dijo mientras negaba con la cabeza.

-¿En dónde andas vos ahora?

-Estaba pensando. Voy a hacer un pesebre viviente.

-¿Qué? – preguntó Quique, sin comprender de qué estaba hablando su mujer.

-Sí. Al intendente se le ocurrió la idea de hacer un pesebre viviente para esta navidad. Lo quiere en el hall de la Muni y me pareció piola. El veinticuatro de diciembre a la mañana, antes de que nos den el asueto administrativo, vamos a armarlo. Ya estuve hablando con todos y están bastante entusiasmados.

- Sí. Esos vagos se enganchan en cualquier cosa que no sea laburar.

- ¡Que malo! Ya apalabré a algunos. Roque, el de Recursos Humanos, para el papel de José; Luis, de tesorería, como Melchor; Pogani, el de mantenimiento, quiere ser Gaspar; y Beto, el de la oficina de hacienda, va a interpretarme a Baltazar. Las chicas de mesa de entrada…

-¿Las chicas? Si la más joven ayudó en el parto de María, dejáte de joder.

- Que guacho que sos. Te decía: que las chicas de mesa de entrada van a ayudar con el vestuario y las de Educación Municipal dijeron de hacer la escenografía.

- Y de María vas a hacer vos, me imagino.

-¡Ja, ja, ja!  ¡No!

- Vamos… A mí no, Becerra; a mí, no.

-Bah, no sé. Ellos me decían que lo haga yo, pero no sé, como tengo que organizar… ¿Y a vos te parece que la secretaria del intendente haga de María?

- Si el tesorero hace del Mago de Oz, ¿por qué vos no vas a hacer de María?

- Del Rey Mago, Quique.

-Bueno, la misma mierda.  Aparte, a mí no me engañás, chiquita. Te morís de ganas de hacer de María.

– Tarado…- se ríen-. Bueno; sí, me gusta. Ahora sólo me falta el niño.

-Tendrías que ver quién tuvo un hijo hace poco, o sinó te comprás un bebote y listo- dijo Quique, desperezándose-. Bueno, te dejo con tu pesebre y me voy a ver tele a la cama. No tardes que me duermo. ¿Ya comiste, no? – pregunta mientras la besa.

– Sí. Cenamos después de la reunión. Andá, que  me lavo los dientes y voy.

Ana  dejo los papeles sobre la mesa y se dirigió al baño, pensando en que necesitaba un bebé para su pesebre, pensando en ese bebé, en que bebé… en un bebé pequeño .

Se paró frente al espejo,  para cepillar sus dientes y ponerse crema en la cara. Abrió el botiquín y sacó una de las tantas que usa para las arrugas, una de las tantas  (de + de 30) en las que gasta plata para que no se note el paso del tiempo.

Mientras  retocaba el contorno de sus ojos, se miró y descubrió  algo: descubrió que era eso que le faltaba. Se puso el pijama y se fue a la cama, más seria que de costumbre.

-¿Qué pasa? ¿Seguís pensando en tu pesebre?

-No, Quique. Estoy pensando que me falta un niño.  A mí me falta un niño, a nosotros nos falta un niño.  ¿No creés que ya sea hora de que tengamos un hijo?

Quique la miró desconcertado. Un hijo no estaba en sus planes. Ni hoy ni en los próximos años.

Justo se les ocurrió un pesebre, pensó. Y no supo que contestar.

P1030897