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ATAJOS

Estoy triste. ¡Por fin! Amo estar así. Sentir que caigo en un vacío sin final. El ombligo del Universo. El agujero negro que traspasa el espacio y el tiempo. Escucho a Luis Salinas y me ahogo en el recuerdo de todos mis amores que me ofrecieron su guitarra para escuchar. Amar a un músico es caer en la melancolía de los acordes en el equilibrio de la nota y el silencio. Ya no están conmigo. Sólo vivo de su recuerdo. ¿Y los poetas? Ah! los escribidores del silencio único. La letra que dicta mágica y suma palabras que parecen tener sentido… ¡No! ¡No! Ahora caigo en la matemática. El espíritu práctico de un señor salvador de todo lo que se puede medir. El alma pesa solo unos gramos. Un puñado de semillas de stardust que siembran las personas al morir. ¿Shakespeare o Mozart? ¿Goethe o Beethoven? ¿Pablo Neruda o Luis Salinas? Mejor Luis Alberto Spinetta.

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“La prueba del delito”. CASO MARIA MARTA GARCIA BELSUNCE. By Marcela Segal.

Leer artículo periodístico aquí.

Los diálogos que siguen son ficción. Inspirados en el Caso de Ma.Marta.

Country El Carmel. 19.00 hs.

- ¡Hola! ¡Carlos! Si?….

- ¡Venite para acá ya! Hubo un accidente.

- ¿Qué pasó?

- María Marta… se cayó en la bañera… Fue terrible, creo que está muerta…

- Llamá al 911, estoy lejos, voy a tardar en llegar…

- Perá…¡te digo que está muerta!

- Ok. Voy para allá.

El Dr. cortó. Le explicó a su mujer que debía atender un caso urgente, que no sabía cuánto tiempo le iba a demorar. Salió.

19.15 hs. Otro llamado telefónico.

- No… No! Te digo que lo arreglás solo!

- ¡Por favor! sos el único Juez de confianza, sos de la familia…

- ¡Te digo que no!

Carlos cortó. Estaba exhausto. Volvió a marcar otro número.

19.00 hs.

- ¡Vamos a lo de María Marta! Me llamó Carlos… parece que tuvo un accidente!

Irene corrió al auto. Su marido al volante. En segundos llegaron a la casa de los Carrascosa.

19.05 hs.

- ¿Y la plata?

- ¡No sé! ¡No está en la caja fuerte!

- ¡Qué hiciste!

- No, No …no fui yo!… Fueron ellos…

- ¿Cómo que ellos? ¿Vinieron para acá?

- Claro… era hoy la entrega… Ya había hecho el arreglo… ¡Y la plata no estaba!

- ¡Pelotudo! El depósito se hacía el jueves… Claro que la plata no estaba…

- ¡No! ¡No! ¡Te digo que ellos venían hoy acá!

- ¡Irene!

- ¡Sí! Perá! Estoy despachando a la masajista. Vino tarde. ¡Qué raro! hace una hora que tendría que haber venido…

- Seguro que eran ellos… Deben haber entrado con una falsa masajista… dijo Carlos temblando… ¡Por favor! ¡Me tienen que ayudar! ¡Caigo yo y caemos todos!

El cuñado miró a su esposa y le contestó a Carlos: – ¡Llamá a Osvaldo! El es periodista, tenemos que armar una declaración…

- Si… Si… pero el Juez me dejó afuera… se lavó las manos…

- Es mucha guita… ¡Qué hizo María Marta!

Llega el médico…. -Explicame bien qué pasó… así te digo cómo lo arreglamos…

15 días atrás. En Missing Children.

- María Marta, no podemos depositar toda esa plata. Va a resultar sospechoso.

-Ya sé… -le contestó a la amiga- Vamos a depositarlo en varias cuentas. Así no hay sospechas… Me tiene podrida Carlos… esta es la última vez que lo hacemos…

- Pensá en los chicos…-contesta la otra amiga- nos dejan el diez por ciento y ya es suficiente…

- Listo, esta semana lo resolvemos, pero le voy a decir a Carlos que es la última vez. Sabemos del riesgo y no quiero comprometer a la entidad.

18.00 Country El Carmel

María Marta decide ir a su casa. No quiere ver el partido con su familia. Se despide:

-Voy a casa, Carlos, me espera la masajista…

- Perá que te acompaño…

- ¿Para qué?

- Nada, yo tampoco quiero ver el partido…

18.15 hs. En la casa de los Carrascosa.

María Marta va a darse una ducha…

- Decile a la masajista que suba directamente…

- Ok.

Carlos va directo a la caja de seguridad. La encuentra vacía. La sorpresa desplaza a la indignación. Sube temblando enojado. Abre la puerta del baño.

- ¡María Marta! ¡Me podés decir qué hiciste con la plata!

La canilla del baño estaba abierta… El vapor inundaba el ambiente…

- La deposité. Contesta ella desde la bañera.

- ¿Cómo que la depositaste? ¡Es hoy la entrega! ¡No entendés!

- Disculpame, pero siempre hago los depósitos los jueves… ¿no habíamos quedado en eso?…Luego vos hacés la transferencia el lunes… No entiendo qué cambió.

- ¡No entendés! ¡Nunca entendés nada! ¡Te dije que esa plata era con entrega personal! ¡Cómo podés estar tan distraída!

TIMBRE.

- Debe ser la masajista… Decile que ya bajo…

Carlos abre la puerta. Tres personas. Una mujer, disfrazada de masajista, dos hombres vestidos de seguridad, falsos, armados hasta los dientes.

Entran los tres abruptamente.

María Marta baja en bata. Se sorprende. Carlos la mira. Trata de hacerle gestos para que suba. Un hombre la toma por el cuello y le apunta una 38 en la cabeza.

- ¡Dónde está la guita! ¡Decime ya o la gatillo!

María Marta trata de explicar. Le dan una bofetada. El otro hombre sostiene a Carlos, con los brazos en la espalda. No puede moverse.

La mujer resuelve todo. Va a la caja de seguridad. La abre. Vacía.

- ¡La guita no está!

María Marta le muerde la mano al tipo y trata de correr por la escalera. La mujer la sostiene de los cabellos. Cae un cuadro de la pared y los vidrios saltan por todos lados… Se lastiman, la golpean con la culata en la nuca.

- ¡Por favor! No le hagan nada a mi mujer! Puedo explicar todo!

- No No! La guita no aparece… Estás para el arpa vos y tu mujer.

- Pará! Pará!.-grita la mujer- Escuchá! Timbre! Es la verdadera masajista!

El segundo hombre sostiene a Carlos. Le pide que despache a la masajista. Le suelta una mano.

- Si… un momento por favor… Carrascosa hace una llamada perdida a su cuñada mientras atiende el portero.

- ¿Que decís pelotudo? ¡Que hacés!

Suben a María Marta, la llevan hasta el baño. El golpe que le dieron la había desmayado.

- Seguridad, puede decirle a la masajista que espere un momento…

Se escucha un disparo arriba…

- Por favor, señora espere, creo que mi mujer tuvo un accidente.-

La verdadera masajista espera en la entrada.

- Puedo explicar todo… Soltame! Si me matan a mí caen todos!… El falso seguridad lo suelta.

Carlos sube. La escalera y la pared tienen sangre.

19.15 hs.

Llegan a la casa Irene y su esposo. Ven la sangre, suben gritando… -¡Carlos! – ¡María Marta!

Carlos está arrodillado. Llorando. María Marta yace sin vida en el piso del baño.

– ¡Carlos! ¿Qué paso?

- ¡La gatillaron! ¡Le vaciaron el caño! ¡Puta madre! ¡Puta Madre!

Irene le pide a su esposo que llame a Osvaldo. – ¡Tenemos que arreglar esto!

- Quedate tranquilo, Carlos… Todavía tenemos contactos…

El famoso “pituto” condenó a Carlos y puso en sospecha a casi toda la familia…

El dinero nunca apareció.

CSI:CRIME SCENE INVESTIGATION



Siempre hay una primera vez…

La Sra. Cora vivía en un suburbio. Tenía dos hijos grandes, de veinte y veintiún años. Le faltaban dos años para jubilarse de maestra y había decidido retomar su actividad artística. Su marido la había dejado por una jovencita, dos días después que el hijo más chico cumpliera los dieciocho. Sobrevivió al abandono con decoro y orgullo, sobreponiéndose con terapia y reiki.

Las amigas de toda la vida le habían insistido para que saliera, pero ella no tenía ganas. Le parecía patético y ridículo salir a bailar con casi cincuenta años. Así como se negaba a plancharse el pelo. Nunca le había molestado su apariencia, salvo cuando descubrió a su marido en una aventura con la chica de enfrente, que tenía veinte años menos que ella y un cabello largo, lacio, negro y llovido. Pareciera que la juventud fuera un divino tesoro que su marido añoraba y desdeñó a quien fuera su esposa y madre de sus hijos, por esa chica inculta, pero joven.

En fin, haciendo fuerza pudo salir de la triste situación. Alquiló un pequeño lugar, lejos de su hogar y se dispuso a realizar el viejo sueño de ser artista. Sus hijos estaban cursando la Universidad y se habían mudado a La Plata. Luego del divorcio consiguió que el marido les pagara un departamento para ellos, quienes a la vez trabajaban medio día en la fotocopiadora de la Facultad, para solventarse los gastos.

La Sra. Cora había diseñado su propia página web, con ayuda de Julio, su hijo mayor, quien estudiaba Sistemas. Con Matías, el menor, no podía contar para ello, pues había heredado de ella su pasión por las Artes. En la web subió sus viejos trabajos, todos aquellos que había realizado antes de casarse.

No le interesaba tener alumnos, pero necesitaba un modelo para retomar el dibujo. Por tanto agregó una solicitud en su página. En cuestión de días aparecieron muchos modelos, muy musculosos, con una pinta de “taxi-boy” que la inhibían. Uno a uno los fue descartando hasta que apareció Marcelo.

El muchacho, joven, espigado, con cara de intelectual y ojos tristes, se ofreció como modelo. Además de cobrar menos la hora, parecía honesto y confiable, no tenía para nada el aspecto de un “stripper”.

Marcelo comenzó a ir regularmente los jueves, pues los otros días cursaba la Licenciatura de Periodismo en la UBA. Pronto Cora acumulaba bocetos, que iba guardando hasta que se animó a realizar un trabajo mayor. Montó una tela en un bastidor que hizo ella misma, de aproximadamente tres metros cuadrados y se dispuso a diseñar su trabajo más importante.

Al cabo de dos meses habían establecido una sana amistad. Ella tenía un carácter muy maternal y el muchacho, ávido de aprender, le hacía preguntas de todo tipo, las que ella se empeñaba en responder una a una, sin salir del realismo y la cultura que había acumulado en tantos años.

El ex-marido la comenzó a llamar regularmente, tratando de averiguar sus nuevas actividades, tenía una actitud inquisidora y molesta, a lo cual ella contestaba siempre con evasivas. No se lo notaba muy contento de saber que la ex-esposa había retomado sus actividades artísticas.

Ella comenzó a sospechar que su ex-esposo algo se traía entre manos, porque siempre había estado celoso de su talento artístico. Al cabo de tres meses apareció con la noticia que iba a ser padre otra vez. Para Cora fue como un baldazo de agua helada. Era claro que el tipo, básico y envidioso, había concretado lo único que podía de creativo, para desquiciarla. La noticia no le había sorprendido ni indignado, simplemente le parecía ridículo que tratara de competir con ella de esa manera tan instintiva. Para la amante también sería un triunfo, sobre el cuerpo ya estéril de Cora.

La semana que recibió la noticia, Marcelo la notó molesta y con los ojos hinchados. De manera dulce y curioso como niño trató de averiguar qué le sucedía. Tanto insistió que Cora por fin se descargó. La sesión de dibujo de ese día había resultado casi inútil. Cuando se detuvo y comenzó a hablar, un canal de empatía irremediable había comenzado entre ambos. Marcelo se levantó del taburete y fue hacia ella para consolarla. Cora, entre sollozos trató de apartarlo, pero ya era demasiado tarde. La noche caía sobre la ciudad y un abrazo apasionado de amantes surgió entre ambos.

No importan los detalles, simplemente pudo afirmar ella, cuando despertó en la mañana, entre los brazos del muchacho: “Siempre hay una primera vez…”.

Marcelo le respondió con un  tierno beso y fueron a desayunar. La mañana era brillante.

Continuaron viéndose un par de sesiones más, las que culminaban siempre con la rutina amatoria.

Cuando Cora concluyó el dibujo, Marcelo se despidió. Había obtenido una Beca para completar sus estudios en Barcelona. Esto los separaría definitivamente. Sin embargo, siguieron conectados por chat, e-mail y algunas encomiendas que ella le enviara, regalos de argentinidad tardía.

Cora seguía su vida tranquila. Sin sobresaltos. Luego de aquella experiencia no quiso intimar con modelos. Contrató todo tipo de gente, en especial los que iban al comedor comunitario frente a su atelier. Mamás pobres con sus niños. Hombres viejos sin dientes.

Al cabo de dos años Cora hizo su mega exposición. La muestra fue de extremo realismo. Presentó más de veinte dibujos en tamaños diversos y conoció mucha gente. El dibujo de Marcelo no lo quiso exponer, ambos sabían del secreto de aquel trabajo guardado.

El muchacho seguía recorriendo el mundo. Trabajaba para el National Geographic y cubría las catástrofes ambientales.

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En el nombre del padre…

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Toda la vida me pregunté cuando es que un hombre se siente padre. Algunos reciben la noticia alocadamente y abrazan “la pequeña pancita de la mujer afortunada en cuestión”, otros quieren ir a esconderse a la cueva más lejana de los “piratas del caribe”. La mayoría no entiende qué es eso sino hasta el día que toman al pequeño bebé en sus brazos y creen ver en el rostro del niño su propio rostro.

La mirada del padre, adusta o serena, marca la manera que el mundo nos va a mirar. No importa cuánto dinero gasten en juegos, ropa o paseos. Lo más importante es esa mirada.

Con los años me había acostumbrado a reemplazarla, bien por los ojos acaramelados de mi abuelo, los color café de mi tío Roque, los amarillo verdosos de mi Tío Mario. Todos aquellos rostros que me acompañaron en la infancia fueron una especie de reemplazo necesario, como lo fuera la crianza que me dio mi abuelo, las tundas que recibí de mi tío Roque o la protección distante de mi tío Mario.

Sin embargo, sólo pude sentir que en el cielo había un techo el día que pude mirar a los ojos a mi padre. Esos ojos negros, profundos, distantes, locuaces, me siguen acompañando incluso hoy, cuando no sé donde está su tumba para llevarle unas flores.

Lo sé, mi padre y yo tuvimos una relación de ausencia y necesidades impostergables, que pudo sellarse el día que nos miramos profundo y el pudo ver en mis ojos la mirada de mi madre.

Ese día lo amé por primera vez. Lo perdoné. Recibí su bendición repentina de hombre entendido en las artes. Me reconocí en sus gustos y placeres por la belleza y sus delicados modales me bastaron. No recibí de él un abrazo. Pero fue esa mirada, la que me hizo salir del lado oscuro de la luna.

Aquella Navidad: Capítulo 5 por Marcela Segal

Con silencio de verano y aire de tilos, cruzaron la gran avenida hasta la heladería.
-¿Querés un cucurucho?- preguntó Quique.
- Sí, de frutilla y coco- dijo Ana, con voz aniñada.
- Ok, después le pedís los gustos. Esperame que voy a la caja.
Quique atravesó el local fresco, atestado de abuelas y de niños.
Que quilomberos estos pibes, pensó en voz alta.
- Un cucurucho y un cuarto.
- Veinticinco pesos.
-¡Te pediste de un cuarto! ¡Qué gordo sos!- le dijo Ana cuando vio el ticket.
-Dale, flaca, es por hoy nada más.
Ana pensó que su marido seguía siendo el mismo adolescente que conoció en la secundaria.
-¡Sesenta y ocho!- gritó la empleada.
-Quique, ¿de qué querés?
-Deja, pedí vos primero.
-Un cucurucho de frutilla a la crema y coco con dulce de leche- le acercó el papelito a la chica.
Ana miraba cómo iban armando su torrecita de crema rosa y blanca. Pensaba cuántos helados no compró para el hijo que no tuvo… y le vinieron a golpes todos los cumpleañitos que no festejó, y los días de la madre que no tuvo. ¡Veinte años casados! Doscientos cuarenta ciclos… ¡Más! Contando las lunas eran trece por año, doscientas sesenta semillas secas cayeron de su cuerpo…
A esta altura el helado le sabía amargo.
Quique, como siempre ajeno, saboreaba el cuarto de chocolate bariloche y sambayón con frambuesa.
Pero él miraba los cochecitos y pensaba que no iba a poder sacar el cero kilómetro si le seguía el capricho a “la señora”… estaban tan bien así… ¡Qué venir a complicar ahora!
La musiquita del celu los despertó.
- Teneme- balbuceó Ana. Y le pasó el cucurucho para leer el mensaje-.Ya están todos en el patio de la muni. ¡Nos esperan!- Y agregó-: A María y a José.
Mientras guardaba el celular, Quique se terminó el cucurucho, también.
-¡Gordo, vas a tener que cortar con los hidratos! ¡Mañana empezás la dieta!
El semáforo verde y rojo se les presentó como un anuncio inminente del arbolito; la avenida atestada de autos y de gente; el frente brillante del Municipio reflejaba los albores del atardecer en sus ventanas espejadas, dando un tinte de luces de bengala y cohetes navideños; las bocinas sonaban como campanas: “DING DONG” “DING DONG”.
Un matrimonio tomado de las manos pegajosas de helado y frías.
Veinte años de soledades compartidas.
Veinte años.
Si parecían veinte días.
Llegaron al patio de la Muni, casi sonrientes, contagiando de alegría a los grises empleados compañeros de Ana, al punto que a todos les pareció el ensayo más importante de sus vidas.
Ahí estaban los tres reyes magos, los pastores y las pastoras, recibiendo a María y a José, en un pesebre de acero, vidrio y cemento.
Roque salió al encuentro:
-¡Ana! ¡Querida! Pensamos que te habías ido.
-¡No! ¡Que va!- contestó ella-. Fui con mi marido a tomar un helado.
Beto, el más joven, dijo:
-¡Ah! ¡Mucho Gusto!
-¿Ud. va a hace de José?- preguntó Pogani.
-Hola, mucho gusto a todos- saludó nervioso Quique-. Si Roque está de acuerdo…
-¡Perfecto! -dijo Roque- ¡Yo hago de Baltazar y que Beto sea el Ángel Gabriel!
Todos estallaron en risas.


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Trust in me…

Sr. Lluvioso

….Lo conoció como quien conoce a la lluvia. De a poquito fue empapándose de él hasta que un día decidió no usar más paraguas y confió en él….

….Como la lluvia, sí, él era así de necesario, imprevisto, constante, periódico y además austero y abundante, copioso, gris, nublado….

….El problema empezó a surgir cuando comenzó a añorar los días de sol, pues también son necesarios. Esos días luminosos, para lavar la ropa, baldear el patio o cortar el pasto….

….Esos días no los había encontrado con él. Por eso no podía verlo más que una vez por semana, a veces una vez por mes, y durante varias temporadas, ni siquiera se querían ver….

Pasaron unos años y descubrió que también él necesitaba días de sol, y para eso eligió a otra.

Cuando ella se enteró, no confió más en él. Decidió que ya era hora de dejar de pensar en él.

….Ahora estaba observando el arco iris que había salido sobre el techo de su casa. Porque siempre que llovió paró y más allá iba a poder encontrar a ese ser luminoso, constante, diurno, nocturno, cálido, amable, adorable, útil, necesario, superior….

….Ella necesitaba alguien así de valioso, que pudiera acompañarla todos los días, con frío, con calor, incluso con lluvia….

Un día que estaba garuando ella recordaba al “Sr.Lluvioso” y también recordó que no confiaba más en él.

Compró un cartel luminoso, de neón, y lo colgó en su cuarto: “TRUST IN ME”

Sabía que faltaba poco, muy poquito, para encontrarse con el “Sr.Soleado”

Sólo tenía que esperar.

Mientras tanto, compró entradas para el teatro, también fue al cine. Agendó un sin fin de galerías que iba a visitar. Se anotó en ese curso postergado y cambió su look.

El cambio venía desde adentro y todos lo notaron.

Y decidió brillar aún en los días nublados.sr. Soleado


Novela Colectiva: La verdad de Amadeo. Capítulo 5 por Marcela-Segal

 

ESTO COMENZÓ AQUÍ

 

Llevó la sevillana hasta la garganta, pudo escuchar el crujido de las costillas, como ramas secas partidas.
Miró a los ojos del pibe, las pupilas dilatándose hasta llenar todo el iris… el olor de la sangre y saber que su rostro sería lo último que miraron esos ojos, lo llevó a un éxtasis supremo.
Retiró la hoja de la garganta, la sangre inundaba toda la vereda.
Tenía que salir pronto de ahí. Agarró la mochila y corrió hasta la plaza. Los bebederos estaban secos, así que fue a la fuente, y se lavó las manos y la cara con un hilo de agua que salía de la boca de un sapito de bronce.
Decidió volver a lo de Carla.
Caminó sonámbulo y excitado, como soldado que regresa de una batalla. Sentía el cuerpo dormido, el corazón sólo estaba vivo, los pies diagramaron el camino que lo llevaron hasta el hall.
Tocó dos veces.
-¡Carla!
-¿Quién es?
-¡Soy yo! ¡Amadeo!
-¡Estás loco! ¿te das cuenta la hora que es?
-¡Sí! por favor abrime…
-¿Qué te pasa?
-Nada, abrime
-Si no decís que te pasa no abro…
-Me robaron, estoy todo sucio, dale ¡abrime!
-¡Está bien! ¡Subí!
Sonó el portero eléctrico. Entró. Dejaba huellas arenosas y pegajosas en las cerámicas impolutas del pasillo.
Subió al quinto piso. Carla lo esperaba con su infaltable bata de raso.
-¿Tuviste una pelea callejera?
-Sí, no tenía dónde ir… mi vieja… si me ve así…
-¡Bué! pasá, andá y lavate un poco.

Fue al baño con la mochila… -¿qué tenés ahí?-
-Nada, unas cosas que encontré en la plaza…(estas minas, siempre encuentran lo que no queremos que…)
-Dejá, sacate esa ropa, acá tenés limpia.
Abrió la ducha y se fregó hasta que la piel le empezó a arder…
Se estaba secando cuando entró Carla.
-Estás lindo… la pelea te hizo bien…
Empezó a tocarlo. Listo, ahí estaba, duro, otra vez guerra. La dió vuelta y la apoyó contra los azulejos. Mimosa, ella, dejó que Amadeo le saque la bata.
Fue sexo violento.
-¡Cómo estamos hoy! eh? susurraba…
La levantó y la llevó al lavatorio. La sentó. Miró sus ojos. Eran chiquitos y negros.
Chillaba… le gustaba…
Lentamente rodeó con las manos su cuello.
-¡Ay! gimió Carla, completamente excitada.
El no pudo dejar de apretar ese cuello chiquito, huesudo, chillaba tan graciosa, como una comadreja…
Apretó y apretó… No pudo parar… Hasta que los ojos se pusieron blancos y la lengua le caía morada a un costado.
En el justo instante que ella dejó de respirar, él acabó.

“¡Qué boludo! ¡Dios! ¡Qué hice!” Reaccionó.
La sentó en el bidet. Estaba blanda y fofa, como una muñecota de trapo y alpiste.
Abrió el agua.
Tenía que sacar de ese cuerpo los restos de su semen…
La llevó luego a la bañera y abrió la canilla. Con el agua caliente sobre su cara, trató de acomodarle los ojos y la lengua. Imposible.

Fue hasta la cocina. Encontró una botella de vinagre y una jeringa de acero, de esas que se usan para adobar el pavo.
Regresó al baño, realizó el lavado genital para borrar los restos de adn. Frotó todo el cuerpo de Carla con vinagre. La secó y la llevó a la cama.

Limpió toda la casa. Para eliminar las huellas. Guardó en la mochila su ropa sucia. Buscó en el placard toda la ropa que él había ido dejando. La puso dentro de una bolsa de consorcio. Puso la 38 y la sevillana en su campera.
Salió con los guantes de Boca puestos.
En un conteiner tiró las llaves del departamento y en otro la mochila y la bolsa de consorcio.

Buscó un bar abierto y tomó ginebra para olvidarse…
¡Había matado a Carla! ¡qué pelotudo! Se estaba yendo al carajo…
Tomó hasta que lo echaron a patadas.
Cayó en la vereda y se golpeó la cara contra la vidriera del bar.
En estado de semiconciencia escuchaba al mozo levantar las sillas y baldear…

Sacó los ojos del cristal, no recordando cómo llegó hasta ahí. El bar estaba cerrado, amanecía.

La mejor imagen que guardaba su memoria era la de aquéllas pupilas dilatándose, hasta el último aliento y la sangre corriendo por el costado, en la vereda…

 

Capítulo 6, aquí.

Hombres con cara de pájaro…

Me gustan los hombres con cara de pájaro,

con ojos pequeños, oscuros,

que fijan atentos la mirada al suelo.

Hombres que vuelan, sin que se note,

y que andan a los saltos por la tierra.

He visto desde halcones hasta gorriones,

otros urracas, o lechuzas…

Me detuve ayer en uno, quizás zorzal

o canario, que gorgojeaba con una voz

imposible de describir, sonidos que

no eran de este mundo.

Estos hombres no reptan sino que saltan,

dan brincos permanentes y son muy difíciles

de atrapar.

No hay jaula, no hay trampa, solo hay

migas de pan, en mi jardín.

Poder observarlos picotear,

tanto una idea, como un número,

una sonrisa, quizás…

y es que ahí sí son más extraños…

cuando los ves sonreir.

Porque los pájaros no tienen dientes

y estos hombres sí.

Algunos tienen picos pequeños, otros no.

Me temo que con las cirujías estéticas

tiendan a desaparecer…

Ya  prácticamente no hay mujeres pájaro,

alguna vez, puedo ver una, pero es raro.

Yo conocí un hombre pájaro

que serruchó su nariz

y perdió el vuelo y el olfato,

no pude verlo morir…

Era mi padre.

Casa Tomada (según Marcela Segal)

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Llovía. Era uno de esos días grises y fríos, esos que dan ganas de estar en casa. Deambulaba sin rumbo fijo por las calles del MontMatre. La niebla cubría todo el horizonte, no podía ver la ciudad, como tantas veces lo hizo desde la plaza del Sacre-Coeur.

Los turistas seguían la rutina de las fotos y la compra de “Recuerdos de París”. Extraño ritual, si los hay, de pretender “comprar un trozo de ciudad” con una baratija o llevársela dentro de una cámara digital.

Recordó cuando era turista, uno más recorriendo las calles grises, las orillas del río verde-aceituna-plateado-por-la-luna. Quizás era momento de regresar.

Mil imágenes se agolparon dentro de la caja vacía donde alguna vez tuvo el corazón. Regresar… palabra mágica, llena de ritos mundanos, partir desde algún lado para luego regresar…

Una extraña sensación bañada por esa garúa tan parecida a la de Buenos Aires…

Pudo cerrar los ojos y ver, en primer término, el portón de cedro, tallado por maestros italianos del siglo XIX. Imaginó su mano en el gozne de hierro, arandela mágica, primer anillo del hobbit. Escuchó los ruidos sordos, retumbando en la casa vacía.

Tantos años… los suficientes para enterrar a su hermana, peinar el sobreviviente pelo, acomodándole sobre una calvicie vasca, las canas del tiempo.

Un vasco caminando por la ciudad luz, de pie en el Ponts des Arts, con la vista fija en el faro de la Torre Eiffel. Y el Sena, ceniciento de nubes  de otoño recibía las cenizas de su hermana… pobre, ella no pudo  sobrevivir mucho tiempo luego que se fueron de la casa.

Vida de perro, le siguieron, durmiendo en las estaciones de metro, pagando su sueño intranquilo a cambio de Gauloises y algunos céntimos…

Quizás era el momento de regresar, recuperar los sueños perdidos, esa estabilidad burguesa de dormir calentito, bajo las mantas bordadas por la bisabuela. El Status Quo de la tradición burguesa asaltaba aquel lugar donde alguna vez tuvo corazón.

Cuando abrió los ojos vio la puerta, real. Golpeó. Nada. Silencio. Puso su mano en el bolsillo interno izquierdo del abrigo y allí estaba la llave. Probó una vez y la puerta se abrió.

Al silencio y el gélido interno se le sumó el polvo brillante acumulado en los  rincones. Habían permanecido intactos cada mueble, cada jarrón, cada adorno heredado, cientos de años guardados en cuatro hambientes, con patio, sala de juegos y jardín de invierno.

Cerró la puerta. Abrió las ventanas. La luz cetrina convirtió cada mota de polvo en diamantina esperanza. Tardó una semana en limpiar  la casa. Recuperó la línea de teléfono. Con el tiempo también instaló la conexión de luz y gas. Sólo por las noches trataba vanamente en conciliar el sueño.

“Ellos” habían permanecido allí, instalados, todos esos años. Lo aceptaron en silencio, agradecidos, ya era hora de que alguien viviera allí.

En la octava noche pudo dormir. “Ellos” comenzaron a rodearlo y lentamente le “bebieron” todos sus sueños.

A la mañana siguiente apareció congelado, las manos sobre el pecho, como suplicando…

La noticia en página veinticinco, al pie, describía cómo un vagabundo había sido hallado sin vida en una casa abandonada.