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Maldito deseo

Es mi equipaje de viaje diario,

Compañero de noches negras.

En soledad es mi adversario

Huye cuando  no me alegras.

*

Invisible cadena que me limita

Me encierra en duda y abismo.

No solo es la llamada de Afrodita

Es génesis de mi loco  anarquismo

*

Tal  vez podré alcanzar el nirvana

O dejarme abrazar con la muerte.

Si no puedo tenerte  mañana

Maldeciré el creer en la suerte.


Un tranvía llamado deseo

Un tranvía llamado deseo

Blood Cheff

Amadeo vivía obsesionado con su moribunda juventud y además “le falta un par de jugadores” como suelen decir sus amigos. Después de aquel episodio, en el que cumplió su loca y sangrienta fantasía, había pasado varios años en un penal de máxima seguridad. Pero gracias a una falla procesal gozaba de un régimen de arresto domiciliario “blando” y llevaba una vida cuasi normal. Así que trabajaba, y estudiaba pero obligatoriamente dormía en su hogar.

En el Instituto de Gastronomía al que había empezado a asistir para ser “Auxiliar de Cocina” desentonaba un poquito por la edad, pero enseguida demostró tener dotes culinarias y además una gran destreza en el manejo de cuchillas y otros elementos cortantes de acero tan comunes en la cocina. Además sus brazos torneados y con tatuajes no pasaron desapercibidos a las chicas del grupo y su porte seguro lo convirtieron en un líder natural de los pocos muchachos que iban clase. Pero a pesar de su encanto no se había emparejado con nadie en el Instituto y no se le conocía vida amorosa, a pesar de que siempre invitaba a cenar a todos y jugaban a los chef en su cocina.

“Su cocina” es una forma de decir. El departamento de 4 amplios ambientes en los que vivía era propiedad de un antiguo compañero de celda a quien le estaba cobrando unos “favores”, pero era acorde a sus gustos e intenciones. Con un mobiliario ecléctico y bien provisto era un lugar ameno que invitaba a quedarse siempre un rato más. La única dificultad estaba dada por la obra en construcción lindera con sus ruidos fuertes, constantes y molestos producidos durante gran parte del día. Así que el que las geniales y divertidas reuniones fueran por la noche era lo corriente.

A pesar de eso a Melixa, la exuberante morocha de Costa Rica y a Mássimo el galán italiano no les sorprendió que fueran invitados a almorzar al departamento de Amadeo aquel jueves de septiembre a las 13:00 horas. Estaban entusiasmados por ver una de las genialidades culinarias prometidas, ya hacía un tiempo, por Amadeo y les daba igual que fuera al mediodía o al anochecer.

Llegaron ansiosos y sonrientes. Amadeo les abrió la puerta enfundado en su ambo cruzado blanco, con los botones prendidos y un gorro haciendo juego. Sobre el traje de cocinero un delantal de hule transparente, guantes quirúrgicos en sus manos y haciendo juego unas elegantes botas de goma blancas de caña corta… “Estaba lavando los pisos y me olvidé de cambiármelas” fue la respuesta a la mirada inquisitiva y divertida dirigida a sus pies.

Al entrar notaron las cortinas cerradas y todos los muebles y pisos cubiertos con grandes sábanas de plástico blanco“. Es por el polvillo que viene de la obra” dijo Amadeo abarcando con un gesto amplio de su brazo todo el living… ¿Quieren pasar a la cocina? Hoy tengo un menú especial…

Melixa y Mássimo no esperaron a que se lo repitieran y entraron casi corriendo y a los saltitos, como niños, a la amplia cocina. También aquí las alacenas, y el piso estaban cubiertos con nylon blanco. Solo estaba desnudo el anafe, donde había una gran olla a presión de 18 litros, el horno de pared, encendido a 300 F, la mesada de 2,50 metros y la mesa de preparaciones.

Había en el aire un exquisito aroma proveniente de la salsa, y de los condimentos puestos en pequeños recipientes de cerámica para su uso inmediato. ¿Y qué delicia tendremos hoy? Preguntó cándidamente Melixa mientras con su nariz respingada trataba de adivinar los ingredientes de la salsa estirándose muy sexy sobre la cocina. Como respuesta Amadeo le extendió una cartulina amarilla a cada uno, donde había escrito con ampulosas letras rojas una lista de preparaciones sin distinguir entre entradas, plato principal y postre:

AKÂ horneado con patatas cebollas rojas y plátanos

KORASO estofado con Arroz bastami al curry

HETYMARO’O a la pimienta con huevo y zanahoria.

Melocotones con TO’O picado

TYEKUE al limón y ajo

Guiso de PY’A

TUGUY frito a La Riojana

Los invitados se miraron y repitieron en voz alta las palabras desconocidas del “menú” y miraron a Amadeo con gesto interrogatorio. “Ah, ese es mi secreto” respondió mientras pedía a Mássimo que fuera hasta el bar del living y eligiera un vino para “disfrutar mientras la cena está lista”. Ni bien el tano dejó la cocina en un rápido movimiento se puso detrás de Melixa, simulando buscar algo en la alacena, y tomando su cabeza con ambas manos hizo un giro brusco y le rompió el cuello. Los fuertes ruidos de la obra en construcción taparon el gemido y el crack del cuello al ceder a la torsión. Sostuvo el cuerpo unos instantes y acompaño su caída al suelo dejándolo extendido justo en la puerta.

En el instante en que Mássimo entró y se agachó a revisar a su compañera recibió toda la fuerza del martillo mazo para moler carne en su cráneo. Este se hundió y un poco de materia gris salpicó el plástico que cubría el piso, pero aún estaba con vida aunque inconsciente. A Amadeo no le importo que ese cráneo estuviera quebrado porque ya había planeado usar la cabeza de Melixa para su AKÂ horneado con patatas cebollas rojas y plátanos

Desnudó parsimoniosamente a sus víctimas y se deleitó en acariciar y sentir la textura de esas pieles jóvenes que pronto ya yo pertenecerían a esos cuerpos. Mientras los mordisqueaba y olía tuvo una fuerte erección, pero se contuvo de masturbarse en ese momento. Ahora lo más importante era disponer de las piezas necesarias para elaborar esas recetas del menú en rojo que tanto le divirtió por que la tinta roja la preparó con la sangre de la muchacha paraguaya que durante todo esos meses le fue enseñando los nombres de las partes del cuerpo humano, en guaraní, mientras compartían largas noches de sadomasoquismo. Por lo menos su cuerpo desangrado no fue ultrajado ni violentado luego de muerta. Una noche oscura la depositó en el foso que los obreros habían excavado y preparado con hierros para volcar el hormigón elaborado, y lo cubrió con varias carretillas de tosca.

Pero estos dos compañeros de estudio, (compañeros de infortunio ahora) tendrían otra suerte. De un cajón del bajo mesada tomó unas correas especiales con ganchos que se ajustaban a los tobillos. Usando estas correas y un aparejo colgó los cuerpos boca abajo. Colocó unas cubetas rectangulares en el suelo justo debajo de ellos y comenzó la tarea de desangrarlos.

Melixa podía esperar, ya estaba muerta hacía un buen rato, pero Mássimo aún respiraba, con dificultad. Había dejado de sangrar la herida en la cabeza cuando estaba en el suelo, pero ahora goteaba un poco. Comprobó la sensibilidad de su víctima haciendo unos pequeños cortes con el cuchillo para despinar. No hubo reacción. Tomó su cuchillo sabatier y realizó tres cortes transversales profundos dos centímetros arriba de la muñeca cercenando las arterias radial y cubital. El flujo de sangre era intenso y rociaba el piso más allá de las cubetas. Tendría que haber esperado a que estuviera muerto ya que la presión del corazón cuando bombeaba era mayor de la esperada. Ahora era demasiado tarde. Para completar la tarea tomó el cuchillo de pan, con serrucho y efectuó un solo corte de izquierda a derecha justo debajo de la Nuez de Adán seccionando la artería carótida primitiva. Mientras se extinguían los últimos latidos repitió el mismo procedimiento con Melixa, aunque con ella la sangre tardó mucho más tiempo en desagotar y cayó toda dentro de la cubeta de plástico. Esto le resultó más satisfactorio.

Miró su reloj, todavía le quedaban cuatro horas antes de que el trajín de la obra en construcción entrara en pausa nocturna hasta el otro día. Fue hasta una gaveta situada a la izquierda de la puerta de entrada y trajo a la cocina una sierra de carnicero y varias bolsas negras con cremallera usadas por los buzos y buscadores de tesoros bajo el mar. Descolgó el cuerpo de Mássimo y lo extendió boca arriba con los brazos y las piernas a 45 grados. Siguiendo un diagrama bajado de Internet comenzó a descuartizar el cadáver en doce partes: cabeza, cuello, cintura escapular, caja torácica, brazos, antebrazos, manos, cintura pelviana, muslo, piernas, y pies.

Para poder preparar algo del menú separó de Mássimo el corazón (korazo), carnes y músculos varios (to’o) que pasó por la picadora, y el estómago (py’a), mientras se le hacía agua la boca pensando en el estofado, el guiso y el postre con melocotones.

Con Melixa fue un poco más delicado al desprender la cabeza porque deseaba que la presentación del aká fuera sublime y esos tyekue con ajo y limón resultaran ser los mejores chinchulines jamás cocinados. Ni hablar de esas hermosas hetymaro’o que estarían igual de sabrosas con pimienta, como cuando estaban enfundadas en las medias, unas pantorrillas perfectas..

Su mayor satisfacción fue el disponer de tanta cantidad de tuguy para hacerla frita como en La Rioja española, y que a pesar de todo el proceso de fritura no quedara ningún vestigio de tanta sangre sobre el parquet.

Sacrificio de amor. Bruja

Mientras avanzaba por entre los túmulos funerarios de Wessex, la ansiedad de Melvin iba en aumento al meditar en lo cercano que estaba la primera luna llena de Noviembre. Ya habían pasado 22 años desde que comenzó su iniciación. Pero bajo el plenilunio de la fiesta de Samhain sería aceptado en la casta de los druidas y entraría al servicio de Lug, el dios de las luces.

Era imperioso reavivar al Sol con una serie de ritos y sacrificios. Esa noche con la desaparición del año viejo, se apagarían todos los fuegos y, para inaugurar el año nuevo, se encenderían hogueras sagradas de las que todos los miembros de la comunidad tomaban brasas para volver a prender la lumbre de sus hogares.

Melvin, con sus cabellos y bigotes largos, su cuerpo torneado en cien batallas era un hombre imponente. Pero aún no había formado una familia. Su fe en los agüeros y en la inmortalidad era su brújula. Pero sobre todo confiaba ciegamente enamorado en el consejo de una mujer: Sheila

La suerte estaba a favor de la hermosa sacerdotisa, quien por sus ciencias ocultas y su magia logró mantener una juventud imperecedera y había logrado cautivar el corazón del duro guerrero que venía a su encuentro. Pero su corazón latía por Brando, el poeta, y a pesar de sus esfuerzos el poeta jamás dio muestras de interesarse en ella.

Temía de alguna manera haber ofendido a Aengus, el dios del amor y su compañera, Belisama diosa del cielo. Ese año iba a adelantarse y apaciguar su furia llevando a su altar una ofrenda única para congraciarse.

Su hermosa víctima estaba por llegar y daría comienzo pronto al ritual. La distancia desde el poblado era suficiente para que nadie escuchara los gritos. La lluvia que pronto bañaría la comarca se llevaría las huellas y nadie sabría el destino de Melvin.

Luego de tomar confiadamente la pócima sentía crecer la opresión en su pecho, y el latir de las sienes, mientras al dulce voz de Brenda se volvía gutural…

Oscura noche y brillante luna, este y sur oeste y norte:

Escuchad de las Brujas la Runa, y que mi alma la magia porte.

Tierra y agua, aire y fuego,varita pentáculo y espada:

Trabajad en mi ruego, y escuchad mi llamada.

Velas e incienso, cáliz y cuchillo,poderes de la daga del brujo:

Levantaos en vida yo os lo pido, venid y ayudad en mi embrujo.

Reina del Cielo y la Tierra,  Astado cazador de la Oscuridad:

Enviad vuestros poderes a mi reino,y haced verdad mi voluntad.

Por el poder de la tierra y el mar, por la fuerza del sol y la luna:

Así es mi deseo, y así hecho será, cantando de las brujas la runa.

Minutos antes de los primeros resplandores  de la alborada, hincada frente a su ídolo, la bruja quitó el paño que cubría su ofrenda esperando aprobación. La agraciada y poderosa cabeza de largos cabellos, bigotes entrecanos y piel aceitunada descansaba sobre una bandeja de oro

La tenue luz de la candela se filtraba desde el interior del cráneo a través de las cuencas vacías de los ojos acentuando su brillo espectral.

Al despuntar el día, en la lejana aldea, , el sueño de un poeta era interrumpido por un extraño estremecimiento y el nombre “Sheila” escapaba de sus labios envuelto en un suspiro.

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Transmisión 002

“Cuando escuchen esto estaré muy lejos, rumbo a otro universo. Como testimonio les dejo mi primer cuadro donde incrusté una docena de piedras cósmica que prueba la visita de estos seres.

Ya sé que quedan muchas preguntas sin responder, pero no se preocupen, estaré bien… todos estaremos bien.”

Al terminar de escuchar el relato solo atinó a hacer rewind y volver a escucharlo una  y otra y otra vez, tratando de encontrar algún indicio de que solo se trataba de una broma de mal gusto. Pero, esperen, para comprender los acontecimientos siguientes deben conocer que había pasado con John.  Para eso deberían leer la transcripción de sus palabras, publicadas hace más de un año haciendo click  Aquí

Desde su desaparición hace 14 meses Margot se debatía entre la incredulidad y la desesperación. Conocía demasiado bien a su hermano para creer que desaparecería sin de dejar rastros. Pero el hecho de que dejara su BB, el cuadro encontrado en su departamento y las extrañas piedras le daban motivos para pensar en la veracidad de sus palabras.

Durante algunas semanas hizo búsquedas desesperadas y llamadas a todos los conocidos de Juan. No quiso revelar el contenido de la grabación por temor a que se rieran de ella o lo tomaran por loco. Pero finalmente reunió a sus mejores amigos y la reprodujo para ellos.

Aunque en un primer momento pensaron que era una broma se convencieron ante los resultados obtenidos del Laboratorio Geológico: las rocas eran de materia desconocida. Además las pruebas físicas y químicas. La espectrografía y otros test confirmaban los primeros resultados. Tuvieron suerte de que el primo de Juan trabajara en el Centro de Investigaciones Geofísicas y aceptara mantener en reserva todo el asunto. Ahora era un compañero más en el grupo de búsqueda.

Margot decidió recurrir a su novio en última instancia. Su trabajo como experto en edición y grabación para la discográfica más grande de Europa le permitió analizar la grabación y comprobar que no estaba modificada y era la voz de Juan. Nadie había manipulado los archivos y podían considerarse auténticos.

Mientras tanto el asombroso viaje de Juan hacia el mundo exterior no había borrado el recuerdo de su familia y sus amigos. Al comienzo la excitación de ser el protagonista de un encuentro con seres extraterrestres dejó de lado la preocupación por su antigua rutina, su trabajo, las salidas y alguna que otra conquista. Pero al ir pasando los meses en el interior del planeta anfitrión, al que decidió llamar Vulcano, comenzó a extrañar los colores, sabores y olores de Munro, lo que parecía insólito cuando tantas veces había deseado mudarse de allí.

Vivir entre esos seres tan metódicos, asépticos, inmutables comenzó a ser un fastidio. Es cierto que su función de maestro le gustaba y además había recibido un beneficio inesperado. Descubrió a poco de salir la nave de la órbita terrestre que otros humanos habían corrido igual suerte que el.

Provenientes de otras regiones del planeta e investidos también con el título de “maestros” manejaban otros alfabetos y sistemas de lectoescritura diferentes al español. La suma de estos conocimientos completaba todo el espectro lingüístico de la raza humana y era compartido por todos.

La restricción que implicaba estar entubados a las redes de alimentación y reciclaje en la gruta terrestre no existía a bordo de la nave nodriza. Pero cada cierto periodo regular todos eran introducidos en unas cápsulas y dormidos al mismo tiempo que se les implantaba en el subconsciente las lecciones preparadas por el resto de los educadores. De esta forma Juan, luego de un año de residencia en su nueva casa era un políglota asombrosamente versátil.

Pero, como decía, ya era hora de que volviera a casa. Y poco a poco los fue convenciendo hasta que acordaron su regreso para la primavera del hemisferio sur del año 2011, mientras que el resto de los maestros prefirieron no regresar a la tierra.

Al despertar se hallaba nuevamente en esa especie de caverna tibia y seca, iluminada con luz tenue y difusa que lo abdujera más de un año atrás. Pensaba que se trataba de un sueño, pero a lo lejos escuchaba la voz de Margot renegando porque hacía un rato había terminado de barrer los montículos de tierra formados por las hormigas, en su maldita costumbre de prepararse para la época de lluvia.

Quiso gritar, advertir a Margot que se alejara de la casa, que olvidara su manía de la limpieza, pero la tráquea estaba ocupada con el tubo de alimentación, lógicamente. Miró a su alrededor y notó que estaba completamente solo y el silencio era denso como el que precede a una gran tormenta.

La partida de la nave produjo una alteración atmosférica localizada pero con una gran fuerza y un enorme despliegue de truenos y rayos. al volver la claridad el extraño cuadro adornado con piedras había desaparecido y en el viejo sillón estaban Juan balbuceando en veinte idiomas y Margot desmayada a sus pies con la escoba entre las manos

“Amores que matan” (del caso Odontólogo Barreda)

http://www.lanacion.com.ar/1361218-concedieron-la-libertad-condicional-a-ricardo-barreda

“El odio es el amor sin los datos suficientes.” Richard Bach

Como todas la noches el Teniente Barreda llegaba con su porte marcial y emitiendo órdenes breves y cortantes, casi bufidos, arrojaba su bolso a un costado de la puerta, lavaba sus manos y se sentaba a la mesa a comer su cena.

Nunca sonreía, ni tenía una palabra amable para su esposa o para el pequeño Ricardo, pero es día su carácter irascible hizo que estallara cuando puso el primer bocado en la boca. El pollo estaba frío. Dio un puñetazo en la mesa y poniéndose de pie bruscamente se avalanzó sobre su esposa tomándola de los cabellos y llevándola a la rastra hacia la cocina. En el camino miró de reojo a Ricardito quien estaba como petrificado en el centro de la sala.

Al llegar a la cocina abrió la canilla de la pileta, y metió la cabeza de su mujer una y otra vez, casi ahogándola mientras  le gritaba “¡A ver si ahora estás más despabilada y me servís la comida caliente puta de mierda!”

Fue ese el último abuso de una larga lista que el padre de Ricardo realizó, Durante la mañana la mujer tomó a su hijo y emprendió un viaje para nunca regresar y se juro a sí misma proteger a su niño a cualquier precio y no dejar que nunca nada ni nadie lo lastimara. Pero ya era demasiado tarde, el corazón de Ricardito ya estaba herido y semillas de odio se habían implantado. La falta de una figura paterna y la constante sobreprotección de la madre quien lo trataba casi como si fuera una niña crearon en el una imagen idealizada, sin manchas ni reproches, de lo que era una mujer.

Ya hombre conoció al amor de su vida, Gladys, y con el nacimiento de Cecilia y, un par de años después, Adriana el universo parecía ordenado para borrar todo su pasado lleno de oscuridad y ausencias, sobrellevando incluso la muerte de su madre, esa mujer perfecta que le enseñó todo en la vida.

Pero la ecuación perfecta se rompió con la mudanza a la casa familiar de la “abuela Elena”, madre de Gladys, quien con su carácter agrio, dominante y prejuicioso poco a poco fue rompiendo la armonía de la familia Barreda y relegando al odontólogo a un segundo plano, donde perdió el respeto como el hombre de la casa, de ese hogar que con tanto esfuerzo había construido y mantenido.

Y se repitieron año tras años los abusos verbales, la humillación, el desprecio, la negación del débito conyugal, de esa esposa a quien el había amado tanto. Luego la burla de su suegra y sus hijas porque era un hombre que sabía hacer las tareas domésticas como le había enseñado su madre y atendía todo lo que tenía que ver con su ropa.

Pero siempre tuvo la esperanza de revertir la situación, de regresar a esos tiempos de dicha familiar. Y esa mañana de noviembre hace casi 20 años se levantó de buen ánimo

– Gladys, voy a limpiar las telarañas del techo, porque está lleno de insectos que causan mala impresión. O sino voy a cortar y atar un poco las puntas de la parra que ya andan jorobando. Voy a sacar primero las telarañas de la entrada, que es lo que más se vé”

-“Mejor que vayas a hacer eso. Andá a limpiar, que los trabajos de conchita son los que mejor te quedan, es para lo que mejor servís”.

-El conchita no va a limpiar nada la entrada. El conchita va a podar la parra.

Y así molesto fue Barreda a buscar la escalera y un casco al garage. Entre una biblioteca y la puerta estaba apoyada una escopeta Victor Sarrasqueta, calibre 16,5 y a su lado en el piso una caja de cartuchos. Barreda se topó con ella, y el arma pareció recomponer su ego. “Vieja de mierda hipócrita, regalándome esta escopeta para luego basurearme y refregarme en la cara que la trajo de Europa…”

La tomó y la cargó rápidamente, guardó varios cartuchos en el bolsillo de su guardapolvo y dejando la escalera, el casco y la parra se encaminó a la casa. En la cocina su esposa Gladys conversaba con su hija Adriana. El escopetazo no le dejó terminar su última palabra. “¡Mami! ¡Está loco!, fueron las tres últimas que pronunció Adriana antes de recibir la descarga mortal.

Volvió a recargar por tercera vez y comenzó a subir las escaleras. Su “querida” suegra Elena no pudo siquiera pronunciar palabra y cayó ensangrentada por el disparo certero. Cecilia, la hija menor, se arrojó sobre el cuerpo de su abuela mientras le gritaba “¡¿Qué hiciste hijo de puta?!”. No obtuvo respuestas. Barreda viendo a su hija preferida demoró unos segundos más antes de ultimarla con el último disparo que saldría de aquella arma.

Con la tranquilidad con que hubiera podado la parra comenzó a levantar los cartuchos usados y los puso en una caja. Fue al garage y los guardó en la guantera del Falcon. Regresó al comedor para desacomodar los muebles, desparramar papeles y armar una escena como si hubieran entrado a robar.

Un par de horas después salió en el auto y en un paraje cercano a Punta Lara tiró la escopeta a un canal. Regresó a La Plata pero no fue a su casa. Visitó el zoológico, pasó por el cementerio a visitar la tumba de su madre y cerca de la hora del té fue a un hotel alojamiento con su amante Hilda, hasta el anochecer.

A medianoche regresó a su casa. Solo lo esperaban esos cuerpos ensangrentados, mudos, con sus bocas que nunca más le dirían “conchita”, y que esta vez no le negarían la satisfacción sexual a que tenía derecho como hombre de la casa…

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Usted que analiza mi vida

Y que opina lo que hubiera hecho en mi lugar…

Tal vez tuve otra alternativa,

Hasta pude evitar éste final y escapar…

Pero decidí esperar y aguantar.

Tuve una esposa y dos hijas”

Y mi suegra basureandome de aquí para allá,

Siempre me decían “conchita”

Me trataban como mierda sin razón en mi hogar…

Pero un día me cansé de esperar

Ya no quería seguir volviéndome insano.

Se burlaron de mí y ahí nomás les disparé…

Si volviera a nacer lo habría intentado otra vez.

barredaBarreda´s Way * Ataqque 77

No existen los imposibles. (Cadaver exquisito by Justiciero)

Poner un nombre a cualquier criatura que llegara a este mundo no era un tema librado al azar o al gusto personal en esa tribu de gitanos. Ya sea que se tratara de un potrillo que algún día se convertiría en un campeón, o del primer hijo de la pareja más joven del campamento, elegir un nombre era motivo de largas deliberaciones y consultas.

Por eso resultaba extraño que una de las personas de quienes más se buscaba consejo sobre este asunto no tenía nombre. Era conocido simplemente como “El negro”. Solo unos pocos ancianos sabían la historia de cómo había llegado a unirse a los trashumantes unos 71 años atrás, pero ninguno sabía el verdadero nombre del venerado consejero.

Durante la migración de la primavera del año 1940 la tribu armó su campamento en la zona de cuevas de la Península Dingle. En sus playas todos los años se recordaba con rituales, danza y cerveza el día que el Rey del Otro Mundo llegó a encantar a Irlanda.

Tal vez por el aire místico del amanecer o los vapores etílicos que aún envolvía a la mayoría el hallar entre las rocas a ese niño casi desnudo, de piel oscura, delgadez extrema y mirada triste fue para todos una señal, El carácter altamente supersticioso del pueblo le impedía desentenderse del niño sin antes tratar de ubicar a sus padres, pero tampoco querían ir con el asunto a la policía local con quienes no tenían buenas relaciones.

Durante tres días intentaron que el niño hablara, pero para lo único que abría la boca era para comer, y ciertamente que tenía un hambre voraz. Todos estaban pendientes de el y no se discutía de otro tema que de su origen, de porque estaba solo en la playa, de porque no hablaba, y de su color de piel tan oscura del que solo sabían que existía por algún libro.

Al cuarto día emprendieron su marcha y “El negro”, que era la forma en que se referían a él, fue adoptado por todas las familias de la tribu quienes siempre tenían un rincón abrigador en su carromato o un lugar en su mesa para la fascinante criatura.

Fascinante porque rompió su mutismo cerrado al segundo día de marcha y desde entonces hablaba todo el día, prácticamente sin pausas, en un dialecto desconocido para los gitanos. Sin embargo no le llevó más que un par de semanas comprender y hablar el lenguaje de la tribu con tanta claridad que parecía uno de ellos.

Y desde entonces todos los días interrogaba a la adivina y a los ancianos del consejo sobre todo lo que veía, sobre las artes ocultas, sobre la crianza de caballos, pero lo que más quería saber era cual era su nombre. Nunca nadie pude darle una respuesta, y nunca aceptó ser llamado por un nombre que no fuera el que le hubiera correspondido al nacer.

Era tal su ansia de aprender y su obsesión con su nombre que muchas veces el jefe del clan viajaba hasta Dublín solo para traerle libros que calmaran un poco esa ansiedad y diera un descanso de tanta verborragia a la tribu. Y poco a poco la calma fue llegando, y al llegar a su adolescencia todos disfrutaban de escuchar al Negro quien se había convertido en un muchacho inteligente y bello, lleno de conocimiento de mundo, y de precoz sabiduría.

En cuanto a la obsesión por su nombre la mantuvo dormida en un rincón de su corazón, pero tenía como un gran tesoro en su carromato lleno de libros una enciclopedia de heráldica y de historia de los nombres que había leído y releído decenas de veces. Su comprensión de la importancia del nombre que se da a una persona al nacer era profunda y siempre que una nueva vida llegaba el contaba sobre lo que había leído en sus libros y proponía algún nombre.

Durante algunos años pocas familias siguieron esas sugerencias, pero, cuando al crecer, esos niños manifestaban las características que estaban ligadas al nombre elegido por el Negro, el resto de la familias empezaron a confiar en su criterio, y usar los nombres que los libros, las líneas de las manos, los espíritus y la sabiduría heredada de este hijo de África indicaban.

Esta noche todo el campamento esta revolucionado, por primera vez tres nacimientos se producirán en la luna llena de inicios de  primavera. Tres nacimientos de dos madres. Una de la yegua más hermosa y azabache que se haya visto en la comarca y la otra de la mujer más hermosa y pelirroja de Irlanda, quien lleva dos criaturas en el vientre con sangre mestiza y piel aceitunada.

El potrillo, hijo de un hermoso semental oscuro como la noche, será un regalo para sus hijas y será llamado Slavo, por los esclavos africanos que tal vez fueron antepasados del Negro y porque su destino será estar al servicio de las niñas

Y será el padre de estas dos vidas quien les pondrá su nombre, un nombre elegido por quien nunca supo el suyo, pero que toda su vida soñó con encontrarlo.   Ahora, en el cénit de su existencia la vida le trajo la dicha plena y el eligió para sus hijas los nombres de Alba que significa “Blanca y fresca”, como el amanecer y “Rita”, que significa “Bella como una perla” y que además, como aprendió en sus libros, los católicos veneran como la “abogada de los imposibles”. ¿Imposibles? No existen…

Caramelito

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Se conocían de toda la vida. Mismo barrio, misma escuela, mismos amigos, misma secundaria, mismos boliches, mismos…. Bué ustedes me entienden. La cuestión que medio por inercia y medio por calentura terminaron de novios, y como no tuvieron mejor idea se casaron. Porque sí, porque parecía un paso necesario, aunque no estaban enamorados, y porque todo el mundo rompía las bolas con que se acercaban a los treinta y años. Bué, ustedes me entienden. Las pelotudeces típicas de viejas y romanticones…

Los problemas empezaron pronto, porque con  eso de que dicen que las mujeres son de Marte y los hombres son de Júpiter la alineación planetaria le impidió a los patitos ponerse en fila en el cerebro del señor. Imagínense, cinco años para que ella quede embaraza y cuando por  fin ocurre ¡el “noviando” con un caramelito de 16 años! De esto hace como cinco  años y hace poco ella lo echó.

Si ya sé, dirán que es una boluda la mina, que se lo bancó. ¡Peor que eso! No solo le bancó eso sino que le regaló otro hijo más y en recompensa recibió varios cuernos más. Por lo menos el tipo es consecuente, porque siempre buscó enredarse con pendejas, todos unos “caramelitos”. Será que pensaba en los hijos y les traía una hermanita mayor…

Y la pobre y sufrida esposa se dio cuenta que lo amaba, y lo perdonó muchas veces. Más que de Marte esta mina es de otro sistema planetario. Pero yo la banco. El amor es ciego e imposible de descifrar. Pero todo tiene un límite, hasta la ceguera y el perdón. ¿Saben que pasó ahora?

El señorito se volvió a enganchar con la pendeja de 16 años, que ahora tiene 22, lo que deja de ser delito pero mantiene el target de “caramelito”. Y la lleva de novia a todos lados, y puso una foto de los dos en su negocio, cuando antes no había tenido ni una foto del casamiento. Y la florea delante de todo el vecindario. O sea es un pelotudo a cuerda, que ni piensa en que lastima gratuitamente a la madre de sus hijos y que le va a generar un mambo bárbaro a los pibes como para darle de comer a algún psicólogo unos cuantos años.

Decía que todo tiene u n límite. Hace un par de días mi amiga fue hasta el negocio a hablar con el chabón porque había un problema con el nene más grande y ¡el negocio cerrado! Muy raro el asunto. Entonces lo ve a el parado en la esquina, no tan lejos. Lo suficiente para que pudiera escuchar cuando ella lo llama con voz potente. Per o ni cinco de bolilla. Le pega un grito más fuerte y él sordo como una tapia. ¡Pero sin embargo miraba para el lado de ella!

El tema es que miraba mas bien por encima del hombro de ella, porque de esa dirección venía la “novia” en su moto, en musculosa, los pelos al viento, las nalgas apretadas en un short que solo podía ser tan cortito porque estaba con depilación total. El tipo embobado mirando a la  “nena”, toda una chica de hogar (o-garcha con uno o-garcha con otro). El único que no se daba por enterado que todos los amigos la habían compartido era el señor de Júpiter.

Bueno decía que mi amiga dele tratar de llamar la atención del padre de sus hijos y el ignorándola otra vez por la misma yegüita. Entonces explotó. Cuando la susodicha pasó con la moto por su lado le dio tal piñón que voló de la moto y cayó sobre la calle raspándose todos los brazos, la cara y las piernas, además de romperse toda la musculosa. Y ante los gritos de él “¿Qué haces locaaaa?” su genial respuesta fue “Ahí tenés a tu caramelito, pelado y todo”…

Maria, mi coche y el inesperado destino

Vivir en una gran ciudad puede resultar ser muy impersonal, sobre todo si uno tiene une vida muy ajetreada y el poco tiempo libre no lo usa en sociabilizar. Uno a veces  no conoce a su vecino, o apenas sabe el apodo pero no tiene idea de a que se dedica o como está compuesta la familia. Por las mañanas y las tardes se comparte el ascensor y ni siquiera en ese espacio reducido se logra una intimidad moderada que lleve a decir “conozco a mi vecino de planta baja”. Uno mira el techo, la botonera y con suerte el culo de la vecinita del primer piso si se paró delante de uno

Y este era mi caso. Salía muy temprano en las mañanas rumbo al supermercado donde cumplia tareas generales en el depósito de alimentos, 50 horas a la semana, de lunes a sábados. Luego viajar una hora todos los días conduciendo mi Fiat 600, lo que suma otras 12 horas más al tiempo ocupado, y llegar a mi monoambiente, despoblado de muebles y sin televisión, pero gracias a Dios con mi PC.

Y ese es otro tema, mi escaso tiempo libre se lo dedico a “ella”, mi computadora. Compañera de aventuras, de tardes de soledad, de noches de insomnio. Porque a pesar de mi docena de años de matrimonio siempre estuve solo. Envuelto en una relación a la que entré por inercia y mandato cultural pasé esos años en la rutina de trabajo, casa, sexo dos veces por semana, discusiones y cena 6 veces a la semana. Como tantos otros matrimonios.

Pero un día dije “basta”, tomé mis libros y mi ropa y me largué, sin mediar palabra ni dar explicaciones. Simplemente estaba saturado de esa vida, algo me faltaba. Y no supe que era “eso” que faltaba hasta que escuché su voz en la radio. Mis mediodías de sábado eran acompañados por el mismo programa de radio desde hacía dos años. Un grupo cálido de amigos que hablaban de cultura, política y humor. Además que atendían llamados de sus oyentes, la mayoría amigos y vecinos que los conocían, lo que hacía muy agradable escucharlos, porque yo añoraba tener una relación especial, como la que ellos dejaban ver en su programa. Y estaba en esos pensamientos cuando llamó una oyente a la que no le conocía la voz, pero me fascinó porque sonaba cálida, sensual, profunda. Pero, también sus opiniones eran muy inteligentes, factor fundamental para que alguien me interese.

Toda mi vida fui bastante estructurado por eso me sorprendí a mi mismo llamando a la radio para conseguir datos de esa oyente y ver si la podía conocer. Pero no tuve suerte. Toda la semana esperando al próximo programa deseando que ella llame otra vez, pero ¿Qué probabilidades había si nunca había llamado antes? Pocas, pero reales y se cumplieron, con tanta suerte para mí que Maria mencionó al aire una página web donde escribía y una dirección de e-mail. Dos tesoros de información que, alguien como yo habituado a la virtualidad, no dejé escapar.

Inmediatamente comencé a leer todo lo que ella escribía, pero me cuidaba de no mandarle mails muy seguido para no parecer desesperado por conocerla. Pero lo estaba, estaba desesperado y fascinado con esa mujer antes de conocerla. Y mi táctica estaba dando resultados porque esa mañana recibí respuesta a mi último mail, desde otra de sus cuentas, la que usaba para el chat. Así que la agregué a mi lista de contactos MSN y empezamos a conversar algunos días unos minutos y terminamos conversando horas todas la noches.

Era inevitable que un día le propusiera conocernos, en persona, café por medio. Ella accedió enseguida y quedamos en vernos en un café cerca de mi trabajo un viernes de abril. Lo que sucedió ese día es toda una historia aparte, pero basta decirles que camino a mi cita choqué con mi fitito y llegué tan tarde que ella ya no estaba. ¿el destino?, no creo en el. Sin embargo ahora puedo decir que gracias a ese choque pudimos conocernos. ¿Cómo?

Esa noche no hubo chat, no se conectó y supuse que estaría furiosa y enojada por mi plantón. Nunca nos habíamos pasado los celulares así que no teníamos otra forma de comunicarnos que el msn. Al otro día, la ví conectada y la saludé, juntando todo mi coraje.

Para mi sorpresa su respuesta a mi “hola” fue una larga serie de disculpas por no haber ido y una propuesta para un nuevo encuentro. No le dije lo que me había pasado, pero yo sé que si yo hubiera llegado a tiempo y ella no estaba esa misma noche la hubiera borrado de mis contactos y de mi vida, porque no estaba dispuesto a sufrir un desplante.

Nuestra primer cita fué mágica. Sentimos como si nos conociéramos de toda la vida y nos despedimos con un beso al mejor estilo de película de los años 60. Nuestros chats se intensificaron, y agregamos los mensajes y llamadas al celular.

Nuestra segunda cita fue… bueno no tengo palabras para describirlo. Ni Arjona ni Sabina podrían darme las palabras justas  para describir lo que fue esa cita, y todos los encuentros posteriores. Pero yo quise contarles esta historia  y además mostrarles lo que hice con el paragolpes del Fiat luego del choque. Locuras que uno hace cuando logra, después de tantos años, volver a enamorarse

Obra de Gloria LLopiz Ortiz

Obra de Gloria LLopiz Ortiz

Amor sin final…

Sebastián, o “Seba” como lo conocían arrastraba una adolescencia gris, en una ciudad gris de inviernos largos, donde los días monótonos y grises eran causados por su extrema timidez que le impedían acercarse a otros. En sus rutinas solo estaba el ir al colegio, hacer los mandados, y encerrarse con sus libros de tapa amarilla con el lomo estampado con un hombrecito vestido ridículamente de verde.

Sin embargo hasta la existencia más plácida puede ser alterada por algún huracán, y este llegó con nombre de mujer, como las tormentas tropicales. Su nombre era Elizabeth, o “Lizzy” como le decían sus conocidos. La vió por primera vez en una fiesta de casamiento, a la que fue arrastrado por sus padres, a pesar de su falta de interés de socializar.

Tropezó con ella al entrar al Club donde se organizaba el evento y la sonrisa de disculpas de ella lo dejó perturbado e inquieto. Nunca se había sentido así. La siguió con la vista durante un buen rato mientras crecía en su pecho la resolución para ir a hablarle. Pero la noche llegó a su fin y con ella murieron las palabras en el pecho de Seba.

A partir de entonces, y venciendo con mucho esfuerzo su timidez, trabó amistad con Patricio,  primo de Lizzy y a través de el supo donde vivía y a que colegio iba. Nada era fácil de por sí para el temperamento de Seba y se le sumaba ahora el tema de las distancias, los horarios, el ser desconocidos.

Ella vivía en un pueblo a 10 km del centro y estudiaba en una secundaria que estaba en las afueras de la ciudad.  Para suerte de Seba había una linea de colectivo que unía en su trayecto los dos puntos y por ser de media distancia tenía horarios fijos. Así que comenzó a tomar ese colectivo todos los días solo para verla. Su amor era tan inocente como lo puede ser el primero de un adolescente casi niño que no sabe de pasiones insensatas.

El viaje desde el centro hasta la parada donde ella subía duraba una hora. Y el tramo siguiente hasta la escuela donde ella se bajaba duraba tan solo 12 minutos. Eran 720 segundos de respiración entrecortada y mirada tímida, mientras ella reía y bromeaba con sus compañeras, ignorando la presencia de Seba.

Casi al terminar el primer cuatrimestre lectivo Patricio estaba de visita en casa de Lizzy y la acompañó al colegio. Verlo a Seba en el colectivo le bastó para darse cuenta de los sentimientos de su amigo y ese mediodía de regreso a la ciudad, dejando de lado su consternación porque Seba nunca le dijo lo que sentía por su prima, le ofreció su ayuda. Para empezar lo convenció que dejara de hacer ese periplo casi diario de dos horas solo para verla, y le propuso que le escriba, De esta manera Patricio se convirtió en emisario real y todos los fines de semana llevaba en su bolsillo una carta para Lizzy llena de esperanza con letra de Sebastian.

Al principio ella se reía de las intenciones de él, pero en pocas semanas sus pensamientos estaban constantemente puestos en Seba y esperaba con ansiedad sus cartas, en especial esa que nunca llegaba, la que debía invitarla a conocerse, ya que su recuerdo de la fiesta era muy vago y solo tenía una imagen creada por su primo.

Cuando Patricio llegó el domingo, pudo ver en la sonrisa cómplice que el momento de conocerse había llegado. Según proponía Seba la iría a esperar a la salida de la escuela y caminarían unas cuadras antes de que ella regresara a su casa, el miércoles de la semana entrante.

Aquella mañana amaneció despejado y sin viento, la proximidad de la primavera se notaba en el aire y todo parecía preparado para que ese encuentro fuera tan mágico como el reflejo de la luna sobre el mar.

En el tocador de las chicas de la escuela ella se peinaba una y otra vez ansiosa y discutía consigo misma sobre si el color de sus zapatillas era el apropiado. Era el último recreo y en una hora más la salida. En la ciudad el cambió de pantalones y remera varias veces. Tomo algo de dinero, con el cual compró una rosa en el puesto de la esquina y mirando su reloj emprendió una carrera para no perder el colectivo.

Lizzy vió llegar una hora después a su amado primo Patricio y presintió al verlo que el encuentro soñado no sería posible. Hubiera soportado un desplante, pero no se negaba a encontrarle sentido a lo que oía “distraído”, “atropellado” “hospital”. Y así como un hilillo de sangre se fusionó con la rosa que Seba llevaba en su mano, las lágrimas de Lizzy se fusionaron con su primer dolor del corazón.