La lluvia caía con ganas. Entré en la estación, reparándome bajo el techito. Ramón se me acercó y me dijo:
-Como llueve, eh.
-De arriba para abajo, como siempre- le contesté.
-Se va a inundar el túnel- me dijo señalándome el agua que corría escaleras abajo-. Me acuerdo, unos años atrás, que llovió como si fuera la última vez y el túnel se llenó de metro y medio de agua. Tuvo que venir un atmosférico para chuparla.
La puerta de la oficina se abrió y salió Walter. Se puso al lado nuestro, viendo como el agua bajaba las escaleras. Chasqueó la lengua a la vez que negaba con la cabeza.
-Que cagada- dijo.
-Y si- concordó Ramón.
-El jefe no viene- nos informó Walter-. Parece que se levantó con fiebre y llamaron al médico.
-¿Atiende alguien acá?- dijeron atrás nuestro.
Un hombre golpeaba con una moneda la rejillita de la boletería y trataba de mirar entre los agujeritos. Llevaba un piloto de color crema, largo hasta las rodillas. Un paraguas negro descansaba apoyado en la pared.
-Ahí voy- dijo Walter, caminando hacia la oficina.
-Tranquilo, que no hay apuro- ironizó el hombre-. Total, acá uno no tiene que ir a trabajar.
Walter le despachó el boleto y el hombre se sentó en uno de los bancos de madera. Abrió el portafolio y sacó el diario y un par de lentes. Cruzó las piernas y se introdujo en la lectura.
Un trueno me hizo respingar, asustado.
-Vamos adentro, pibe- me dijo Ramón-. Acá afuera no se puede hacer nada.
-El amor no existe.
El que había hablado y tirado esa bomba era Luquitas. Estábamos en la pizzería de Manfredi tomando unas cervezas y mordisqueando algunas porcioncitas, como hacíamos todos los miércoles luego del partido de futbol. Era verano, así que Manfredi sacaba algunas mesas a la vereda, unas mesas de plástico pedorras que nunca se estaban quietas y te hacían volcar las bebidas.
Hoy el partido se había alargado y la mayoría de los pibes (pibes es una forma de decir: la mayoría de nosotros ya habíamos pasado la cuarentena) se fueron directo a sus respectivas casas. “Es que la patrona sechifla y después la tengo que aguantar que me cague a pedos”, era la excusa enarbolada por todos ellos. Por esa causa, en la mesa quedamos los solteros y los divorciados, cinco gatos locos que dábamos lástima con nuestras panzas sobresaliendo por encima de los pantaloncitos cortos.
-Tito (porque Manfredi se llama Tito, no sé si se los dije), traete dos grandes de muzza y cinco cervecitas bien frías, por favor- pidió Paulo al sentarnos.
-Y una bolsita con hielo, Tito, si sos tan amable- le pedí yo. Se me estaba hinchando el tobillo derecho, victima de una patada a traición de Victorio, y ya estaba tomando un tono violáceo que no me gustaba una mierda.
No recuerdo exactamente la manera en que la conversación viró hacia el tema del amor. ¿Nunca les pasó empezar a hablar de algo y luego de unos momentos verse hablando de un tema totalmente distinto, sin tener en verdad plena conciencia de la concatenación de hechos que llevaron a ese cambio? Esa creo que es una de las jugarretas mentales más divertidas, ¿no les parece?
No podía dormir. A su lado, Quique roncaba a pata ancha. La tele saltaba de canal en canal sin ton ni son. Ana apretaba el control remoto en un gesto nervioso del que no tenía conciencia. Sus pensamientos estaban en el niño. Sin niño no habría pesebre, y la idea de poner un muñeco no la seducía. Habían conseguido una oveja, una vaca y un burro. De los camellos tuvieron que olvidarse. Y si iba a haber animales verdaderos, lo lógico era que el niño también lo fuera. Se levantó de la cama y fue a la cocina. Puso a calentar un poco de leche y se sentó a la mesa redonda. Mientras jugueteaba con la azucarera, se le vino el recuerdo de cuando vio por primera vez un pesebre viviente. Fue cuando sus padres decidieron ir a visitar a los abuelos y pasar las fiestas con ellos en Entre Ríos. Por la noche salieron todos a comer afuera y vieron la representación al lado de la iglesia. Ana quedó embobada por los trajes de los Reyes Magos, por la ternura que José y María le dispensaban al pequeño Jesús (luego se enteró de que eran una familia de verdad), de los animales que llevaban los que representaban a los pastores, y de las luces y la música.
Apagó el fuego y se sirvió la leche en una taza. La llevó a la mesa, le puso azúcar y la revolvió.
Se recordó a sí misma pidiendo permiso hasta acercarse al cordón rojo y dorado que rodeaba la escena. Con la inocencia de todo niño, pasó por debajo del cordón y se acercó hasta la cuna. El pequeño alzaba sus brazos, los ojos muy abiertos, un gorjeo alegre salía de sus labios. Vio a Ana y atrapó uno de sus dedos con su manita.
-Le gustás- le dijo la mujer que hacía de María.
Ana sonrió y fue en ese momento cuando se prometió ser madre algún día.
Ahora, sentada a la mesa de la cocina, con la taza de leche enfriándose entre sus manos, la sonrisa que afloró a sus labios era una mueca grotesca.
Casada con Quique desde los dieciocho años, decidieron en ese momento esperar hasta lograr afianzarse económicamente. No parecía una mala idea y Ana aceptó. Luego, una vez que el dinero ya no era un problema, la falta de tiempo fue la excusa perfecta esgrimida por él y Ana esperó que el tiempo les volviera a sobrar.
Y resultó que el tiempo, que no entiende de esperas, pasó velozmente, horadando los años con su rápido caudal. Y el sueño de Ana fue quedando atrás, convirtiéndose poco a poco en una amarga ilusión.
Escuchó sonar el despertador en la habitación y el gruñido de Quique, levantándose. Miró el reloj arriba de la heladera y no le sorprendió demasiado ver que eran las seis y media.
Preparó el desayuno y, cuando Quique entró a la cocina, ella fue a cambiarse. Al volver, Quique tomaba café y leía el diario.
-Tomé una decisión, Quique- dijo al sentarse frente a él.
-¿Si?- dijo él con cautela y desviando la vista del diario para observarla a ella.
-Sí- afirmó Ana-. Voy a hacer de María en el pesebre viviente.
-Me parece bien.
-Y voy a tener un hijo.
-¿De quién?- dijo Quique bajando el diario, los ojos abiertos por la sorpresa.
-Espero que de vos, Quique. Voy a hablar con Roque para cambiarle el papel. Creo que Roque haría muy bien de pastor. ¿Y sabés quién va a hacer de José?
-¿Quién?- preguntó Quique. Pero se la veía venir.
– Vos, Quique.
-¿Yo?
-¿Sos boludo o hablo en chino? Cuando salgas del trabajo, pasá por la Muni que vamos a empezar los ensayos. Y Quique…
-¿Qué?
-Si vos no me das un hijo por las buenas, te juro que me hago una inseminación artificial y que sea lo que Dios quiera, ¿escuchaste?
¿Qué ta’ cuchando, Negra? Sacá eso, por favor, que me trae feos recuerdos. Sí, ya sé que con ese tema nos conocimos, por eso me trae feos recuerdos. ¿Quién canta acá? ¿Casero? ¿Te mandaste una canción caserita? ¡No me digas que esa que canta sos vos, Negra! Ah, Alfredo Casero. Para el ojete canta ese muchacho. Nosotros la bailábamos con Industria Nacional, ¿te acordas? ¿Cómo se puede llamar un grupo “Industria Nacional”?Era latarde, la tarde cuando el sol caía, la tarde, la tarde cuando fuiste mía. En esa época eras mía de tarde, de noche, de madrugada. Copulábamos como conejos, Negra. Andábamos calientes como pava e’ lata. ¿Qué? No te entiendo, Negra ¿Qué hagamos memoria emotiva con la musiquita de fondo, o que te lleve pal’ fondo? Ah, Las dos cosas. No seas viciosa, Negra, todo a la vez no puedo. Aparte, a estas alturas, yo te puedo llevar al fondo únicamente para enterrarte. ¿Qué eso precisamente queres: que te la entierre? No, Negra, entendiste mal el concepto: de enterrarte a vos hablo. Hago un pocito y te meto adentro. Bah, pocito es una forma de decir. Creo que no me alcanza el fondo para enterrarte. Tomemos unos matecitos, Negra. Ta’ bien, poné otra vez la cancioncita. ¿Sabés qué, Negra? ¿Se les podrá iniciar juicio a los autores? Porque me cagaron la vida. ¡No pegués, Negra! ¡Sé un poquito más femenina, la puta que te parió! Vení, dame un beso. Yo te quiero decir una cosa. Pero que quede entre nosotros, Negra, ¿sabés? Uno tiene que mantener una apariencia, después de todo. Yo sin vos no soy nada, Negrita. Yo te jodo, pero te quiero. ¿Vos te acordas lo que te dije cuando bailábamos este tema? ¿Te parto en ocho? No, Negra, eso fue después. Te dije que había encontrado a la mujer de mi vida. ¿Y vos qué me contestaste? “Lástima que no puedo decir lo mismo”. Vos también tenes la lengua filosa, Negra. Y eso es lo que me enamoró de vos. Somos tal para cual, Negrita. Dejá el mate y vamos pa’ la pieza. Llevate el tocadiscos. Sí, ya sé que no es un tocadiscos. ¿Cómo se llama esta mierda? Compactera. Bueno, llevemos la compactera y pasamos la canción dos veces. No, Negra, al tercero no llego. ¿Qué lo deje en tus manos? Eso me da miedo, Negra. Bueh, voy a confiar en vos. Tratámelo con cariño, Negra, que es sensible.
Era la tarde, la tarde cuando el sol caía, la tarde, la tarde cuando fuiste mía, la tarde, la tarde que te di mi amor…
Leopoldo llegó al barrio por el año setenta y pico. Según cuentan, una noche se apareció el hijo de Doña Plácida y le dejó al nieto. Le dijo que él tenía que ocultarse por un tiempo y que, por favor, se haga cargo del pibe.
No le quiso dar explicaciones por más que ella insistió. Le dijo que con que menos supiera, más segura estaría.
Metió la mano en el bolsillo y sacó un fajo de billetes que le entregó a su madre. Era mucha plata. El hijo de Doña Plácida le acarició la cabeza al pendejo, besó en la frente a su vieja, le dijo que la quería y se fue. Subió al auto, del lado del acompañante. Al volante iba otro hombre. En el asiento trasero una mujer fumaba.
El auto arrancó y esa fue la última vez que Doña Plácida vio a su hijo.
Lo miró a Leopoldo, que en ese momento tenía siete años y que ni siquiera había llorado.
-¿Y ahora qué hacemos?
Leopoldo la miró desde abajo y no dijo nada.
Doña Plácida tembló un poquitito. Quiso creer que era por la fría noche, pero lo dudaba.
-Vamos a la casa- le dijo al chiquito.
Doña Plácida levantó la bolsa donde estaban las pertenencias del chico y caminó unos pasos por el camino de lajas que cruzaba el jardincito y llevaba a la entrada de la vivienda. Se detuvo al ver que el pequeño no la había seguido.
-¿Qué esperamos?- gruñó-. No vas a pretender que te alce. Ya estoy vieja para alzarte. Dale, caminá.
Leopoldo se quedó unos segundos más al lado de la reja baja, mirando la calle iluminada por el foco que colgaba en la intersección de las cuatro esquinas. Aquel foco se mecía levemente y las sombras saltaban en los frentes de las casas. Luego se pasó el antebrazo por debajo de la nariz y camino hasta donde estaba su abuela. Le tomó la mano libre y esperó.
Doña Plácida sintió esa pequeña manita tomando la suya y aquel frío que la había embargado al principio pareció remitir a lugares lejanos. Por primera vez pensó que ese chico era raro. Ese pensamiento le vendría varias veces a la cabeza en los años venideros.
-Vamos, entremos- dijo.
La puerta se cerró detrás de ellos y el foco de la esquina se quedó quieto. Continúa leyendo el contenido de este post
Estaba en la cocina tomando unos mates y dándole a unas medialunas rellenas de jamón y queso. Me había despertado de la siesta con antojo y pasé por la panadería a buscar las medialunas. Seguí camino hasta el almacencito y pedí doscientos de jamón y un cuartito de queso mantecoso. Una vez en casa les hice un tajo a las medialunas, las rellené bien rellenas y las mandé al horno.
Y en eso estaba ahora, manducando tranquilamente y escuchando la radio, cuando se despertó la Negra.
La Negra es una de esas personas que pertenecen al clan de los que se despiertan con el culo dado vuelta. Uno les tira un “buen día” y te mandan a la concha de tu madre; así, sin comerla ni beberla. Es por eso que yo a esta altura no le doy ni cinco de bola y nos comunicamos por medio de gruñidos. La cosa vendría a ser más o menos así:
-Grrreuuffff…- dice ella mientras se sienta con los ojos todavía lagañosos.
-Humju…- le contesto yo y le alcanzo un mate.
-Prrrrrrrrrrrr…- hace ella con la boca como si fuera un motor fuera de borda.
Y así estamos un rato largo hasta que ella se digna a hablar como corresponde.
-¿Y esas medialunas?
-Me agarró antojo. Agarrá.
-¿Qué tienen?
-¿Y qué van a tener, Negra? Jamón y queso.
-¿Qué queso?
-Mantecoso.
-Sabés que el queso mantecoso me cae mal, me tapona.
-Una medialuna no te va a hacer nada, Negra.
-Dejá, me como unas galletitas de agua.
-Como quieras, más para mí.
La Negra fue hasta la alacena y sacó un paquete de galletitas. Volvió a la mesa y se puso a luchar con la cintita para abrir el paquete.
-No podes ser tan inútil- le digo estirando la mano-. Dame, haceme el favor.
Me alcanza el paquete y, aunque le pongo ganas, me es imposible abrirlo.
-¿Y ahora?- me pichicatea ella-. Dale, abrilo, pedazo de pelotudo.
-Sin faltar el respeto, Negra. Te lo dije un montón de veces.
-Vos me dijiste inútil.
-Pero inútil es una cosa y pedazo de pelotudo es otra. No confundamos, Negra.
Terminé abriendo el paquete dándole un tajo con el cuchillo. Paquete de mierda…
En verano la estación se viste de verde. El alambrado que corre al lado de las vías queda cubierto por una enredadera con flores en forma de campanillas de color azul; los álamos plateados susurran con la brisa y brindan una sombra acogedora; del parque que está detrás nuestro nos llega el aroma de rosas, claveles y azahares, también el del pochoclo recién hecho y el de las manzanas acarameladas.
Pero en invierno las cosas son un poco distintas.
Para empezar, aquellos bellos álamos no tienen mejor idea que deshacerse de todas sus hojas. Y créanme cuando les digo que son muchas las hojas.
Ramón me contó que antes las amontonaban en un rinconcito y se quemaban, hasta que un día un poco más y se prende fuego la estación.
-Se levantó viento y las hojas empezaron a volar- me dijo Ramón-. Parecían kamikazes lanzándose en llamas contra la oficina. ¡Lo tendrías que haber visto a Enrique corriendo con la manguera! Después de eso se las empezaron a embolsar. La cagada es que las hojas ocupan mucho espacio y terminás usando muchas bolsas.
Y en eso me encontraba yo ese día: tratando de embolsar esas putas hojas que no podía controlar y se me arremolinaban entre los pies. Y cuando lo lograba, tenía que llevarlas hasta la esquina y amontonarlas bien para que el basurero las cargara en el camión.
Fue en uno de eso viajes, llevando una bolsa en cada mano (podría haber llevado más, ya que no pesaban nada, pero de esa forma hacía pasar el tiempo), cuando me encontré con Gamurro.
Mi viejo me contó que al principio la estación tenía nombre de prócer. Cual era el nombre, no me acuerdo. A mí de Belgrano, San Martín y Sarmiento no me sacan. La cuestión es que en esa época el cartel donde figuraba el nombre (una tabla comunarda sostenida entre dos postes) terminó descascarándose por las inclemencias del tiempo y el nombre del prócer pasó al olvido. Pero hete aquí que algún gracioso no tuvo mejor idea que escribirle encima. Así que una mañana se encontraron con la siguiente leyenda escrita en el cartel: TE AMO EULALIA. Los saltos y las puteadas que pegó el jefe de estación de ese entonces dicen que fueron terribles. Se cuenta que el tipo estuvo hora y media dándole con aguarrás y una espátula, hasta que un pasajero se le puso al lado y le dijo que por qué no cambiaba la madera y listo. Comentan las malas lenguas que el tipo este se ligó un golpe en la cabeza con el tacho de aguarrás. Otros dicen que al jefe de estación lo internaron por un ataque de nervios y que todavía sigue en el loquero. Los comentarios más tranquis dicen que no tuvo otra que cagarse de risa e invitar al inteligente pasajero a que viaje gratis. Sea cual sea la verdadera historia, la cuestión es que el daño ya estaba hecho: a partir de ese momento, a la estación se la conoció como LA EULALIA. Y no hubo Dios ni Madre Santísima que pudiera cambiarlo. Entré a trabajar allí un verano de mil novecientos setenta y siete, con trece años…
Si cualquiera de nosotros supiera que, cuando abre los ojos por la mañana, ese día va a ser el peor de su vida, creo que vuelve a cerrar los ojos y sigue durmiendo. Claro que con esta idea, yo creo que el noventa por ciento de la población mundial no levantaría el culo de la cama. Muchos de mis amigos me critican porque dicen que yo soy muy pesimista. Y yo me defiendo argumentando que no es que sea pesimista, sino que la vida es una mierda y te pasa por encima como una aplanadora. Si, ya sé: ustedes dirán que la vida es para todos por igual y que cada cual elige su camino y sus actos. Pero yo no creo eso. Yo creo que la vida se esfuerza en meterte palos en la rueda y cagarte cada oportunidad. -No es tan así- me dijo Ignacio un día-. Vos no podes echarle la culpa de todos tus fracasos a la vida. -¿Y a quién se la tengo que echar? Vos me conoces de pendejo, Ignacio. ¿Alguna vez me pasó algo bueno? Nunca. ¿Te acordas de Vero? Enamoradísimo estaba yo de la Vero. ¿Me dio bola? No. ¿Y qué pasó? Se casó con otro. ¿Tenes una idea de lo que yo sufrí por eso? -Pero vos a la Vero nunca le dijiste una palabra, boludo. La veías venir y te cruzabas de vereda. -Es que soy tímido. ¿Tengo la culpa de ser tímido? -Vos siempre con excusas. Un día de estos te vas a quedar sin excusas, y ahí te quiero ver. Y, créanlo o no, ese día llegó justo hoy…
Noche oscura. Los gritos cesaron. La figura envuelta en llamas ya no se convulsiona. El olor a carne quemada es dulce e impregna el aire. Algunos críos corren alrededor de la pira, lanzando palos y piedras a la fogata. “¡Te atrapamos, bruja, te atrapamos!”, canturrean entre risas. Los demás aldeanos observan todo en silencio. La furia e excitación que los había embargado al principio de todo ya se ha calmado. Cuando de la hoguera solo quedan rescoldos, poco a poco vuelven a sus casas. Todos ellos, al pasar cerca de la hoguera, hacen una higa: alargan su brazo, cierran el puño, y ponen tieso el dedo corazón, un acto apotropaico contra el mal de ojo. Al cabo de unos minutos, al haberse retirado todos, una pequeña sombra emerge del bosque. Sus ojos negros se clavan en aquello que sigue abrazado al poste, en medio de la pira. Con sus pies descalzos trepa por lo que queda de brasas y desanuda los alambres de espino que mantienen el cuerpo al poste. No parece sentir dolor, aunque sus pies humean. El alambre se clava en sus manos, pero la pequeña figura sigue tironeando de él. La sangre le brota de las heridas y sisea al caer a las brasas. Le lleva mucho tiempo bajar el cuerpo y arrastrarlo hasta dentro del bosque. Cava una fosa de poca profundidad con sus manos en la tierra húmeda. Coloca el cuerpo, lo cubre con la tierra, y busca piedras que coloca encima para evitar que algún animal profane la tumba. Recién entonces se deshace en lágrimas. -Mami- musita quedamente.
Las marmotas o roedores esciuromorfos son animales muy sociables. Usan una gran variedad de sonidos para comunicarse entre ellas. Se relacionan con facilidad entre sí, hasta el punto de formar colonias de centenares de ejemplares.
Los escribidores del Club de la Marmota haremos uso y abuso de la palabra escrita para divertirnos y compartir.
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