Archivo para la categoría ‘Adrián Granatto’

ESTACIÓN LA EULALIA / Capítulo 4 de 7: Algunas veces es peor el remedio que la enfermedad

I

La lluvia caía con ganas. Entré en la estación, reparándome bajo el techito. Ramón se me acercó y me dijo:
-Como llueve, eh.
-De arriba para abajo, como siempre- le contesté.
-Se va a inundar el túnel- me dijo señalándome el agua que corría escaleras abajo-. Me acuerdo, unos años atrás, que llovió como si fuera la última vez y el túnel se llenó de metro y medio de agua. Tuvo que venir un atmosférico para chuparla.
La puerta de la oficina se abrió y salió Walter. Se puso al lado nuestro, viendo como el agua bajaba las escaleras. Chasqueó la lengua a la vez que negaba con la cabeza.
-Que cagada- dijo.
-Y si- concordó Ramón.
-El jefe no viene- nos informó Walter-. Parece que se levantó con fiebre y llamaron al médico.
-¿Atiende alguien acá?- dijeron atrás nuestro.
Un hombre golpeaba con una moneda la rejillita de la boletería y trataba de mirar entre los agujeritos. Llevaba un piloto de color crema, largo hasta las rodillas. Un paraguas negro descansaba apoyado en la pared.
-Ahí voy- dijo Walter, caminando hacia la oficina.
-Tranquilo, que no hay apuro- ironizó el hombre-. Total, acá uno no tiene que ir a trabajar.
Walter le despachó el boleto y el hombre se sentó en uno de los bancos de madera. Abrió el portafolio y sacó el diario y un par de lentes. Cruzó las piernas y se introdujo en la lectura.
Un trueno me hizo respingar, asustado.
-Vamos adentro, pibe- me dijo Ramón-. Acá afuera no se puede hacer nada.

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EL AMOR POR LA CAMISETA

I

-El amor no existe.
El que había hablado y tirado esa bomba era Luquitas. Estábamos en la pizzería de Manfredi tomando unas cervezas y mordisqueando algunas porcioncitas, como hacíamos todos los miércoles luego del partido de futbol. Era verano, así que Manfredi sacaba algunas mesas a la vereda, unas mesas de plástico pedorras que nunca se estaban quietas y te hacían volcar las bebidas.
Hoy el partido se había alargado y la mayoría de los pibes (pibes es una forma de decir: la mayoría de nosotros ya habíamos pasado la cuarentena) se fueron directo a sus respectivas casas. “Es que la patrona se chifla y después la tengo que aguantar que me cague a pedos”, era la excusa enarbolada por todos ellos. Por esa causa, en la mesa quedamos los solteros y los divorciados, cinco gatos locos que dábamos lástima con nuestras panzas sobresaliendo por encima de los pantaloncitos cortos.
-Tito (porque Manfredi se llama Tito, no sé si se los dije), traete dos grandes de muzza y cinco cervecitas bien frías, por favor- pidió Paulo al sentarnos.
-Y una bolsita con hielo, Tito, si sos tan amable- le pedí yo. Se me estaba hinchando el tobillo derecho, victima de una patada a traición de Victorio, y ya estaba tomando un tono violáceo que no me gustaba una mierda.
No recuerdo exactamente la manera en que la conversación viró hacia el tema del amor. ¿Nunca les pasó empezar a hablar de algo y luego de unos momentos verse hablando de un tema totalmente distinto, sin tener en verdad plena conciencia de la concatenación de hechos que llevaron a ese cambio? Esa creo que es una de las jugarretas mentales más divertidas, ¿no les parece?

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Aquella Navidad : Capítulo 2 por Adrián Granatto

   

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  No podía dormir. A su lado, Quique roncaba a pata ancha. La tele saltaba de canal en canal sin ton ni son. Ana apretaba el control remoto en un gesto nervioso del que no tenía conciencia. Sus pensamientos estaban en el niño. Sin niño no habría pesebre, y la idea de poner un muñeco no la seducía. Habían conseguido una oveja, una vaca y un burro. De los camellos tuvieron que olvidarse. Y si iba a haber animales verdaderos, lo lógico era que el niño también lo fuera. Se levantó de la cama y fue a la cocina. Puso a calentar un poco de leche y se sentó a la mesa redonda. Mientras jugueteaba con la azucarera, se le vino el recuerdo de cuando vio por primera vez un pesebre viviente. Fue cuando sus padres decidieron ir a visitar a los abuelos y pasar las fiestas con ellos en Entre Ríos. Por la noche salieron todos a comer afuera y vieron la representación al lado de la iglesia. Ana quedó embobada por los trajes de los Reyes Magos, por la ternura que José y María le dispensaban al pequeño Jesús (luego se enteró de que eran una familia de verdad), de los animales que llevaban los que representaban a los pastores, y de las luces y la música.
  Apagó el fuego y se sirvió la leche en una taza. La llevó a la mesa, le puso azúcar y la revolvió.
  Se recordó a sí misma pidiendo permiso hasta acercarse al cordón rojo y dorado que rodeaba la escena. Con la inocencia de todo niño, pasó por debajo del cordón y se acercó hasta la cuna. El pequeño alzaba sus brazos, los ojos muy abiertos, un gorjeo alegre salía de sus labios. Vio a Ana y atrapó uno de sus dedos con su manita.
  -Le gustás- le dijo la mujer que hacía de María.
  Ana sonrió y fue en ese momento cuando se prometió ser madre algún día.
  Ahora, sentada a la mesa de la cocina, con la taza de leche enfriándose entre sus manos, la sonrisa que afloró a sus labios era una mueca grotesca.
  Casada con Quique desde los dieciocho años, decidieron en ese momento esperar hasta lograr afianzarse económicamente. No parecía una mala idea y Ana aceptó. Luego, una vez que el dinero ya no era un problema, la falta de tiempo fue la excusa perfecta esgrimida por él y Ana esperó que el tiempo les volviera a sobrar.
  Y resultó que el tiempo, que no entiende de esperas, pasó velozmente, horadando los años con su rápido caudal. Y el sueño de Ana fue quedando atrás, convirtiéndose poco a poco en una amarga ilusión.
  Escuchó sonar el despertador en la habitación y el gruñido de Quique, levantándose. Miró el reloj arriba de la heladera y no le sorprendió demasiado ver que eran las seis y media.
  Preparó el desayuno y, cuando Quique entró a la cocina, ella fue a cambiarse. Al volver, Quique tomaba café y leía el diario.
  -Tomé una decisión, Quique- dijo al sentarse frente a él.
  -¿Si?- dijo él con cautela y desviando la vista del diario para observarla a ella.
  -Sí- afirmó Ana-. Voy a hacer de María en el pesebre viviente.
  -Me parece bien.
  -Y voy a tener un hijo.
  -¿De quién?- dijo Quique bajando el diario, los ojos abiertos por la sorpresa.
  -Espero que de vos, Quique. Voy a hablar con Roque para cambiarle el papel. Creo que Roque haría muy bien de pastor. ¿Y sabés quién va a hacer de José?
  -¿Quién?- preguntó Quique. Pero se la veía venir.
  – Vos, Quique.
  -¿Yo?
  -¿Sos boludo o hablo en chino? Cuando salgas del trabajo, pasá por la Muni que vamos a empezar los ensayos. Y Quique…
  -¿Qué?
  -Si vos no me das un hijo por las buenas, te juro que me hago una inseminación artificial y que sea lo que Dios quiera, ¿escuchaste?

¿QUÉ TA’ CUCHANDO, NEGRA?

 

 
¿Qué ta’ cuchando, Negra? Sacá eso, por favor, que me trae feos recuerdos. Sí, ya sé que con ese tema nos conocimos, por eso me trae feos recuerdos. ¿Quién canta acá? ¿Casero? ¿Te mandaste una canción caserita? ¡No me digas que esa que canta sos vos, Negra! Ah, Alfredo Casero. Para el ojete canta ese muchacho. Nosotros la bailábamos con Industria Nacional, ¿te acordas? ¿Cómo se puede llamar un grupo “Industria Nacional”? Era la tarde, la tarde cuando el sol caía, la tarde, la tarde cuando fuiste mía. En esa época eras mía de tarde, de noche, de madrugada. Copulábamos como conejos, Negra. Andábamos calientes como pava e’ lata. ¿Qué? No te entiendo, Negra ¿Qué hagamos memoria emotiva con la musiquita de fondo, o que te lleve pal’ fondo? Ah, Las dos cosas. No seas viciosa, Negra, todo a la vez no puedo. Aparte, a estas alturas, yo te puedo llevar al fondo únicamente para enterrarte. ¿Qué eso precisamente queres: que te la entierre? No, Negra, entendiste mal el concepto: de enterrarte a vos hablo. Hago un pocito y te meto adentro. Bah, pocito es una forma de decir. Creo que no me alcanza el fondo para enterrarte. Tomemos unos matecitos, Negra. Ta’ bien, poné otra vez la cancioncita. ¿Sabés qué, Negra? ¿Se les podrá iniciar juicio a los autores? Porque me cagaron la vida. ¡No pegués, Negra! ¡Sé un poquito más femenina, la puta que te parió! Vení, dame un beso. Yo te quiero decir una cosa. Pero que quede entre nosotros, Negra, ¿sabés? Uno tiene que mantener una apariencia, después de todo. Yo sin vos no soy nada, Negrita. Yo te jodo, pero te quiero. ¿Vos te acordas lo que te dije cuando bailábamos este tema? ¿Te parto en ocho? No, Negra, eso fue después. Te dije que había encontrado a la mujer de mi vida. ¿Y vos qué me contestaste? “Lástima que no puedo decir lo mismo”. Vos también tenes la lengua filosa, Negra. Y eso es lo que me enamoró de vos. Somos tal para cual, Negrita. Dejá el mate y vamos pa’ la pieza. Llevate el tocadiscos. Sí, ya sé que no es un tocadiscos. ¿Cómo se llama esta mierda? Compactera. Bueno, llevemos la compactera y pasamos la canción dos veces. No, Negra, al tercero no llego. ¿Qué lo deje en tus manos? Eso me da miedo, Negra. Bueh, voy a confiar en vos. Tratámelo con cariño, Negra, que es sensible.

Era la tarde, la tarde cuando el sol caía, la tarde, la tarde cuando fuiste mía, la tarde, la tarde que te di mi amor…

Para Noe, mi Negrita hermosa.

RARO

 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
PRIMERA PARTE
 
 
 
 
UNO

Leopoldo llegó al barrio por el año setenta y pico. Según cuentan, una noche se apareció el hijo de Doña Plácida y le dejó al nieto. Le dijo que él tenía que ocultarse por un tiempo y que, por favor, se haga cargo del pibe.
No le quiso dar explicaciones por más que ella insistió. Le dijo que con que menos supiera, más segura estaría.
Metió la mano en el bolsillo y sacó un fajo de billetes que le entregó a su madre. Era mucha plata. El hijo de Doña Plácida le acarició la cabeza al pendejo, besó en la frente a su vieja, le dijo que la quería y se fue. Subió al auto, del lado del acompañante. Al volante iba otro hombre. En el asiento trasero una mujer fumaba.
El auto arrancó y esa fue la última vez que Doña Plácida vio a su hijo.
Lo miró a Leopoldo, que en ese momento tenía siete años y que ni siquiera había llorado.
-¿Y ahora qué hacemos?
Leopoldo la miró desde abajo y no dijo nada.
Doña Plácida tembló un poquitito. Quiso creer que era por la fría noche, pero lo dudaba.
-Vamos a la casa- le dijo al chiquito.
Doña Plácida levantó la bolsa donde estaban las pertenencias del chico y caminó unos pasos por el camino de lajas que cruzaba el jardincito y llevaba a la entrada de la vivienda. Se detuvo al ver que el pequeño no la había seguido.
-¿Qué esperamos?- gruñó-. No vas a pretender que te alce. Ya estoy vieja para alzarte. Dale, caminá.
Leopoldo se quedó unos segundos más al lado de la reja baja, mirando la calle iluminada por el foco que colgaba en la intersección de las cuatro esquinas. Aquel foco se mecía levemente y las sombras saltaban en los frentes de las casas. Luego se pasó el antebrazo por debajo de la nariz y camino hasta donde estaba su abuela. Le tomó la mano libre y esperó.
Doña Plácida sintió esa pequeña manita tomando la suya y aquel frío que la había embargado al principio pareció remitir a lugares lejanos. Por primera vez pensó que ese chico era raro. Ese pensamiento le vendría varias veces a la cabeza en los años venideros.
-Vamos, entremos- dijo.
La puerta se cerró detrás de ellos y el foco de la esquina se quedó quieto. Continúa leyendo el contenido de este post

ESTACIÓN LA EULALIA / Capítulo 3 de 7: Una extraña historia de fantasmas

 

 

 

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I

Estaba en la cocina tomando unos mates y dándole a unas medialunas rellenas de jamón y queso. Me había despertado de la siesta con antojo y pasé por la panadería a buscar las medialunas. Seguí camino hasta el almacencito y pedí doscientos de jamón y un cuartito de queso mantecoso. Una vez en casa les hice un tajo a las medialunas, las rellené bien rellenas y las mandé al horno.
Y en eso estaba ahora, manducando tranquilamente y escuchando la radio, cuando se despertó la Negra.
La Negra es una de esas personas que pertenecen al clan de los que se despiertan con el culo dado vuelta. Uno les tira un “buen día” y te mandan a la concha de tu madre; así, sin comerla ni beberla. Es por eso que yo a esta altura no le doy ni cinco de bola y nos comunicamos por medio de gruñidos. La cosa vendría a ser más o menos así:
-Grrreuuffff…- dice ella mientras se sienta con los ojos todavía lagañosos.
-Humju…- le contesto yo y le alcanzo un mate.
-Prrrrrrrrrrrr…- hace ella con la boca como si fuera un motor fuera de borda.
Y así estamos un rato largo hasta que ella se digna a hablar como corresponde.
-¿Y esas medialunas?
-Me agarró antojo. Agarrá.
-¿Qué tienen?
-¿Y qué van a tener, Negra? Jamón y queso.
-¿Qué queso?
-Mantecoso.
-Sabés que el queso mantecoso me cae mal, me tapona.
-Una medialuna no te va a hacer nada, Negra.
-Dejá, me como unas galletitas de agua.
-Como quieras, más para mí.
La Negra fue hasta la alacena y sacó un paquete de galletitas. Volvió a la mesa y se puso a luchar con la cintita para abrir el paquete.
-No podes ser tan inútil- le digo estirando la mano-. Dame, haceme el favor.
Me alcanza el paquete y, aunque le pongo ganas, me es imposible abrirlo.
-¿Y ahora?- me pichicatea ella-. Dale, abrilo, pedazo de pelotudo.
-Sin faltar el respeto, Negra. Te lo dije un montón de veces.
-Vos me dijiste inútil.
-Pero inútil es una cosa y pedazo de pelotudo es otra. No confundamos, Negra.
Terminé abriendo el paquete dándole un tajo con el cuchillo. Paquete de mierda…

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ESTACIÓN LA EULALIA / Capítulo 2 de 7: Un juego de Damas

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I

En verano la estación se viste de verde. El alambrado que corre al lado de las vías queda cubierto por una enredadera con flores en forma de campanillas de color azul; los álamos plateados susurran con la brisa y brindan una sombra acogedora; del parque que está detrás nuestro nos llega el aroma de rosas, claveles y azahares, también el del pochoclo recién hecho y el de las manzanas acarameladas.
Pero en invierno las cosas son un poco distintas.
Para empezar, aquellos bellos álamos no tienen mejor idea que deshacerse de todas sus hojas. Y créanme cuando les digo que son muchas las hojas.
Ramón me contó que antes las amontonaban en un rinconcito y se quemaban, hasta que un día un poco más y se prende fuego la estación.
-Se levantó viento y las hojas empezaron a volar- me dijo Ramón-. Parecían kamikazes lanzándose en llamas contra la oficina. ¡Lo tendrías que haber visto a Enrique corriendo con la manguera! Después de eso se las empezaron a embolsar. La cagada es que las hojas ocupan mucho espacio y terminás usando muchas bolsas.
Y en eso me encontraba yo ese día: tratando de embolsar esas putas hojas que no podía controlar y se me arremolinaban entre los pies. Y cuando lo lograba, tenía que llevarlas hasta la esquina y amontonarlas bien para que el basurero las cargara en el camión.
Fue en uno de eso viajes, llevando una bolsa en cada mano (podría haber llevado más, ya que no pesaban nada, pero de esa forma hacía pasar el tiempo), cuando me encontré con Gamurro.

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LAS BEATRICES /Basado en una pintura de Claudia Medina Castro

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I

Salió del sueño sin darse cuenta. Se acodó en la cama y se miró los pies. Movió los dedos. Contra la pared estaba el caballete con el nuevo lienzo. Los pinceles esperaban a un lado, abiertos en abanico sobre la mesa de trabajo.
Hacía ya cinco meses que dormía en el atelier, dos días después que comenzaran los sueños. Desde las ventanas de ese viejo edificio, un quinto piso, se veía una bella postal de la ciudad de Buenos Aires.
Los cuadros que pintaba a las apuradas luego de despertar se amontonaban en uno de los rincones. Algunos eran trazos incoherentes; otros, esbozos de algo que podrían llamarse personas si no fuera por su extrema delgadez, amen de la palidez blancuzca que rezumaban y esas manos de tres dedos, parecidos a ramas secas de árboles que, seguramente, pertenecerían a viejos bosques embrujados.
Había comenzado a llamar a esos seres “Beatrices”.

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ESTACIÓN LA EULALIA / Capítulo 1 de 7: Una situación de mierda

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      Mi viejo me contó que al principio la estación tenía nombre de prócer. Cual era el nombre, no me acuerdo. A mí de Belgrano, San Martín y Sarmiento no me sacan.
  La cuestión es que en esa época el cartel donde figuraba el nombre (una tabla comunarda sostenida entre dos postes) terminó descascarándose por las inclemencias del tiempo y el nombre del prócer pasó al olvido.
  Pero hete aquí que algún gracioso no tuvo mejor idea que escribirle encima. Así que una mañana se encontraron con la siguiente leyenda escrita en el cartel: TE AMO EULALIA.
  Los saltos y las puteadas que pegó el jefe de estación de ese entonces dicen que fueron terribles. Se cuenta que el tipo estuvo hora y media dándole con aguarrás y una espátula, hasta que un pasajero se le puso al lado y le dijo que por qué no cambiaba la madera y listo.
  Comentan las malas lenguas que el tipo este se ligó un golpe en la cabeza con el tacho de aguarrás. Otros dicen que al jefe de estación lo internaron por un ataque de nervios y que todavía sigue en el loquero. Los comentarios más tranquis dicen que no tuvo otra que cagarse de risa e invitar al inteligente pasajero a que viaje gratis.
  Sea cual sea la verdadera historia, la cuestión es que el daño ya estaba hecho: a partir de ese momento, a la estación se la conoció como LA EULALIA. Y no hubo Dios ni Madre Santísima que pudiera cambiarlo.
  Entré a trabajar allí un verano de mil novecientos setenta y siete, con trece años…

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Novela Colectiva: La verdad de Amadeo. Capítulo 2 por Adrián Granatto

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Esto comenzó aquí.

-Me río porque seguro que estás en banda y pensaste en mí. Siempre hacés lo mismo- le contestó Carla desde el otro lado de la línea.
-Nada que ver- repuso Amadeo a la vez que se sorprendía de lo bien que lo conocía-. Estaba con los chicos y de pronto me dieron ganas de llamarte, ver si podíamos vernos.
-Hace frío.
-Puedo ir a tu casa, si no te molesta. Compro unas cervezas y un paquete de papas.
-¿Y nada más?
-¿Queres que lleve algo más?
-No, pero no te pienses que va a haber postre.
-¿Qué postre?
-No te hagas el boludo que no te sale. Dale, venite. Pero tomamos las cervezas y te vas.

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Acostados en la cama, tapados por las sábanas y el cobertor (ella fumando un cigarrillo, él mirando el techo descascarado por una mancha de humedad), disfrutan el agradable silencio de su compañía.
Había comprado las cosas en el almacencito de abajo.
-Los envases después te los da Carla- le dijo a Hugo, el tipo que atendía el almacén por la noche, mientras recibía las cervezas.
-Está bien. Que no se olvide.
Carla deja la colilla en el cenicero que tiene debajo de la cama, se gira y abraza a Amadeo, apoyándole la cabeza en el pecho, ese pecho que horas después sangraría.
-¿Qué te pasa?- le pregunta- Nunca supiste estar callado y ahora te volviste mudo de golpe.
Él le acaricia el pelo.
-¿Te molesta?
-No, pero es raro.
-¿Te parezco raro?
-Algunas veces.
-¿En qué sentido?
-En el buen sentido, por supuesto- sonrió Carla.
Amadeo sopesa esa respuesta. ¿Se puede ser “raro” en el buen sentido? ¿Qué pensaría ella si le contara su fantasía? ¿Seguiría siendo “raro” o ya pasaría a la categoría de “loco”? Sólo había una manera de averiguarlo.

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Carla lo escuchó sin interrumpirlo. Seguía con la cara apoyada en su pecho, mirando hacia los pies de la cama, así que no podía verla a los ojos. Cuando terminó, siguió el silencio. No era el mismo tipo de silencio que cuando terminaron de hacer el amor. Este era pesado e incómodo.
-¿Te sigo pareciendo raro?- dijo cuando ya no aguantó más.
-Es una fantasía media perversa. ¿La cumpliste?
-Si la hubiera cumplido ya no sería una fantasía.
-¿Pero qué placer podes encontrar en matar a otra persona? Eso indicaría una mente trastornada.
-Pero no es la idea matar al azar. Digo de matar a alguien que se lo merezca.
-¿Ah, si? ¿Y vos te crees capacitado para ser juez y verdugo? El único que puede quitar una vida es Dios.
-¡No me vengas con esa pelotudez! Ahora sale cualquier pendejo de quince, dieciséis años y te mete un tiro por querer afanarte el auto. ¿Y dónde está Dios en ese momento? Dios se lava las manos.
Al instante, supo que fue un error decir eso
Carla se levantó como impulsada por un resorte.

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Literalmente lo echó a patadas en el culo. Se tuvo que vestir en el pasillo del edificio.
Carla era una persona creyente, de esas que iban a la iglesia y todo. Él, muy por el contrario, era una persona totalmente agnóstica.
Nuevamente en la calle, se levantó el cuello de la campera y enfiló para su casa.
Ya estaba oscuro y las calles eran un desierto. Iba con la cabeza gacha para evitar el frío en el cuello y por eso no vio al joven que se le apareció delante de él.
Lo apuntaba con un arma.
-La mochila- le dijo-. Dame la mochila.
Amadeo descolgó la mochila de su hombro con toda la intención de dársela, pero en ese momento sintió el peso de la botella de cerveza. Sin pensarlo casi, la tomó más fuerte de la correa y la estampó al costado de la cabeza del delincuente. Hubo un sonido de vidrios rotos y el joven cayó al piso, atontado.
Amadeo se acuclilló a su lado y le sacó el arma. Era un revólver. Se lo guardó en el bolsillo de la campera.
Luego descargó la mochila en la cabeza del joven hasta que le dolió el brazo

 

Capítulo 3, aquí.