CABALLOS SALVAJES

Este cuento esta inspirado en la idea de Carlos Heredia. Con esta idea gano un concurso en la primaria haciendose acreedor a un libro como trofeo. Gracias por sembrar esta semillita.

I

Pablo, todos los años, pasaba un mes de sus vacaciones de verano en la chacra de sus abuelos. Era un buen lugar para jugar con las gomeras, pescar, investigar el bosque y ensuciarse sin que nadie lo retara. La chacra era igual a muchas de las que había en Verdepinto. Era un pueblo muy pintoresco. Con todas las cosas lindas de pueblo, pero también con los avances de la tecnología. Si algún día llovía o se aburría, seguro el tío Orlando lo llevaba a tomar un helado y jugar un rato en el ciber.
De todas maneras, los días de lluvia, le gustaba sentarse al lado de la cocina, con su abuelo Francisco y escuchar sus historias. La abuela Catalina, cebaba mate y tejía carpetas al crochet.
Ese año, el hermano mayor de Pablo, Diego, había ido unos días antes y ya lo estaba esperando. Esa misma noche, cuando se acostaron en sus camas, en la habitación de techo de barro, entre las sabanas con olor a lavanda de la abuela Catalina, Diego le contó una historia.
— Hace una semana, el primer día que llegué, vino un amigo del abuelo Francisco. Estaban hablando de unos caballos salvajes. —
— ¿Caballos salvajes? ¿ En esta época? Si esta lleno de chacras… —
— Eso mismo pensé yo. Por eso, pare la oreja. Parece que son fantasmas.—
— ¡¡¡Andá!!! Lo decís para asustarme.—
— Nada que ver, nene. Escuchame y después hace lo que se te cante.
— A ver. Dale. Contame, pero ya deberías saber que con 12 años, no me asusto tan fácil.
— La cosa es así. ¿Viste que a veces papá cuenta del tren que antes venia?.—
— Si, que dice que cuando dejo de pasar tan seguido, el pueblo decayó un montón y la gente se puso triste.—
— Bueno, parece que para la misma época, empezaron a escucharse cascos de caballos salvajes. La gente, al principio, salía a verlos, pero como nunca se veía nada, ahora dejaron de hacerlo. Hace un tiempo empezó a verse un caballo blanco, con el pelo bien bien largo. Pero todos le tienen miedo, porque en cuanto ve un humano, sale corriendo y desaparece.
— Bueno, eso no asusta a nadie. Caballos salvajes fantasmas, malísimo.—
— Desde que yo llegue, intente verlos pero nunca escuche ni vi nada. Capaz ahora que somos dos se aparece ¿no?
— Pavadas tuyas, parece mentira un pibe grande pensando en eso.
Pero esa noche, Pablo se durmió intranquilo y paso toda la noche soñando con caballos. Sin embargo, no escucho nada.

II

Empezó ese mes de vacaciones con todo. Quizás eran sus ultimas vacaciones como niño. Se permitió hacer cosas que, si las hiciera con sus amigos, le dirían nenito, bebito.
Le gustaba ayudar a su abuelo a dar de comer a las gallinas. Atar a la “Petaca” al molino. La Petaca era una petisita, que ya estaba vieja, había llevado a su papa Roberto y a su tío Orlando a la escuela, en la primaria. Cuando su papá y su tío hicieron la primaria, Vivian siempre en la chacra. Cuando empezaron la secundaria, se mudaron al pueblo. Después, de los quehaceres, se iba a investigar a los montecitos, entre los árboles. Ahí si que se permitía ser del todo un nene y era capaz de quedarse horas siguiendo una hormiga.
Para la siesta se dejaba algún libro. Siempre llevaba muchos. Después salía a pasear en la Petaca, encendía algún fuego con Diego para cocinar, y se quedaba escuchando las historias del abuelo. Pablo sabia que no hacia falta cocinar en la fogata, ya que en la cocina había un lindo horno a gas. Su abuelo hacia como si fuese necesario encender el fuego, porque sabia que para Pablo y Diego era toda una aventura. Diego con 14 años, ya se aburría un poco en la chacra. Era posible que ese fuera el ultimo año que lo visitara por un mes entero.
Esa noche mientras asaban unas costeletas y unos choclos (¿nunca probaron el choclo asado? ¡Es riquísimo!) Pablo se animo y le pregunto al Abuelo Francisco por los caballos salvajes.
— Hace unos años, cuando dejo de pasar el tren, la gente se puso muy triste, la mitad del pueblo perdió el trabajo. Por suerte, muchos buscaron changas. Se abrieron un par de fabricas, pero el pueblo nunca volvió a ser el mismo. Al año, mas o menos, empezaron a escucharse ruido de caballos. A veces, era el sonido del galope, otras veces redichos, y otras veces patadas y bufidos. Pero nadie vio nunca nada. Con el tiempo, algunos vieron un caballo blanco. En cuanto ve a un humano, sale al galope y enseguida desaparece. Algunos creen que son una maldición y que por eso dejo de pasar el tren. Le tiene miedo y dicen que el pueblo esta maldito. Pero yo no creo eso, los caballos aparecieron después de la desaparición del tren.
— Pero el tren sigue pasando ¿o no?— preguntó Diego.
— Sí, pasa, tres veces por semana. Pero antes pasaba tres veces por día. Dos trenes de carga y uno de pasajeros. El pueblo cosechaba. Hasta había tres hoteles, porque había gente que se quedaba ahí viviendo.
Se quedaron los tres mirando el fuego. Pablo no dejaba de pensar qué relación podían tener los caballos con el tren desaparecido.
Esa noche escucho los cascos. Diego dormía como un tronco y por mas que quiso no pudo despertarlo. Salió a ver que pasaba. Ahí estaba. El caballo blanco. Era hermoso. El pelo era largo, las crines se veían sedosas y sus ojos negros reflejaban la luna y las estrellas.
Pablo vio como giraba y empezaba a correr. Sin pensarlo, corrió detrás de él. Cuando ya le faltaba el aire, el caballo pareció entenderlo y aminoro la marcha. Le dio tiempo a Pablo para mirar que había a su alrededor. En lugar de los montes conocidos, de los campos sembrados del abuelo, de la tranquera, estaba en un bosque. Alcanzaba ver al final de este, un corral con… con… con miles de caballos encerrados. ¡¡¡No daba crédito a los que veían sus ojos!!! Caballos de todos los colores, hembras, machos incluso potrillos. Todos pastaban mansos. En la entrada del corral un viejo fumaba una pipa sentado al lado de un fogón. Pablo a pesar del miedo, se acerco. Caballos y viejo levantaron al mismo tiempo la vista. Los caballos lo miraban impaciente y el viejo lo miraba cansado.

III

— Por fin alguien tuvo la brillante idea de seguir a mi amigo Fraser, es un buen caballo, pero a veces no sabe hacerse entender.
— perdón, señor, disculpe, pero ¿quién es usted? ¿Qué hacen todos estos caballos encerrados? ¿Le pidió permiso a mi abuelo para tenerlos acá?
— Tu abuelo no sabe que estamos acá. Porque en realidad no estamos en el campo de tu abuelo.
— Perdón señor… no se como se llama—
— Soy Estanislao—
— Señor Estanislao, ¿me explica qué es lo que esta pasando acá?—
— Como no. Cuando el tren desapareció, las esperanzas de las gentes se fueron con él. En lugar, de pelear, de buscar alternativas, de luchar, se conformaron. Perdieron las esperanzas. Entonces, aparecieron los caballos encerrados. Cada caballo por una esperanza perdida. Necesitan de alguien que crea que el mundo puede ser mejor, que las cosas pueden cambiar, para ser liberados.—
— ¿Y usted para que esta acá?—
— Para hacerles compañía…—
— Y cuando los liberen ¿qué va a pasar?
— No sé… Yo creo que con la vuelta de la esperanza las cosas van a cambiar, pero no sé—
— ¿Y Fraser?
— Fraser, era el encargado de encontrar a esa persona con esperanza, con el corazón puro y con ganas de liberarlos. Parece que vos, pibe, sos esa persona—
— Y… ¿qué hago?
— No sé, vos sabrás…—

IV

Pablo se quedó un rato pensando. Se acerco a la tranquera y la abrió. Los caballos galoparon enloquecidos de contentos. Fraser a la cabeza. Pablo reía a carcajadas de ver como galopaban alrededor de él, haciendo cabriolas. Jugando entre ellos. Cuando estaba amaneciendo, Fraser olfateo su mano, golpeo dulcemente su mejilla y empezó a galopar hacia el sol naciente. El resto de los caballos lo siguieron. Ya en el horizonte, y como en una película, Fraser se irguió sobre sus dos patas traseras y con las delanteras, pareció saludarlo. El relincho que dio, hizo que Pablo volviera a reír y emocionarse. Cuando enjuago sus lagrimas todo había desaparecido. No estaba Estanislao, ni Fraser ni los caballos, ni el bosque. Estaba parado en la entrada de la tranquera. Volvió a la casa justo antes de que todos despertaran. Creyó, que había sido un sueño, que había caminado dormido.
Los días que siguieron, continuo con su rutina, pero algo dentro de su corazón había cambiado. Ese sueño había sido el ultimo de su niñez. Diego lo notó raro y le pregunto que le pasaba. Confió en su hermano y para su sorpresa, Diego le creyó. Lo acompaño en silencio por sus caminatas, le contó historias para distraerlo y se sentó a su lado durante noches enteras, esperando que volviera Fraser. Pero Fraser nunca volvió.

V

Diez días después del sueño, el abuelo volvió muy emocionado del pueblo. Pablo y Diego no habían querido acompañarlo, porque había llovido y la laguna estaba linda para pescar.
Se sentaron en la cocina y mientras la abuela Catalina cebaba mate, el abuelo les contó lo que paso en su visita.
— Perece que hace unos diez días unos vecinos del pueblo empezaron a juntarse. Es increíble lo que paso. Pero en tan poco tiempo formaron una cooperativa.— al abuelo le brillaban los ojos de la emoción y de la ilusión
— ¡Bué! Otra mas de tantas.— dijo la abuela Catalina.
— ¡¡¡NOOOOO!!! Eso es lo maravilloso, no es una más. En estos diez días, gestionaron que dos empresas se establezcan acá. También consiguieron prestamos para sembrar los campos. Pero las mas mejor… digo… lo mejor de todo, es que consiguieron que vuelva a pasar el tren. Todo en 10 días ¿entienden lo que eso significa?.—
Diego miró a Pablo y se dio cuenta que su hermano también había entendido lo que significaba, pero que no podía hablar de la emoción.
— Sí, entendemos Abue, entendemos, que algunos hombres recuperaron la esperanza. Que se unieron y pensaron alternativas y que lucharon. Entendemos que algo mejoro. Y que la unión hizo la fuerza y que ahora Verdepinto va a volver a ser la ciudad floreciente que siempre fue.
— Abuelo ¿qué paso con los caballos?— pregunto Pablo con hilo de voz. Por suerte le abuelo estaba tan entusiasmado haciendo planes y organizando el trabajo, que no se dio cuenta.
— ¡Que raro que preguntes justo sobre los caballos! Parece que desde hace diez días nadie los ha vuelto a escuchar.
Esa noche Pablo y Diego se escabulleron de su habitación y se internaron en el montecito más cercano, hicieron una fogata y se sentaron en silencio. Al ratito nomás, apareció Fraser. Su jinete era Don Estanislao. Venia fumando su pipa y sonriendo.
— ¿Vieron? No hay que perder nunca la esperanza. Bonita fogata— les guiño un ojo y salió al galope.
Las primeras luces del día despertaron a los hermanos. Estaban durmiendo a la orilla de la fogata, que ya estaba reducida a cenizas. Estaban tomados de la mano, en el medio de las dos una pipa con olor a tabaco fresco.

VI

Verdepinto, floreció. A lo largo de los años se convirtió en uno de los pueblos más prósperos. La granja de Don Francisco fue heredada por sus nietos que la convirtieron en una floreciente estancia. Ambos se casaron con mujer un poco hippies, mujeres que entendían y creían en Estanislao y Fraser. Sí, Analia y Celeste, creían, sabían, veían mas allá. Tuvieron dos hijos cada uno: Estanislao, Francisco, Catalina y Fresia, en honor a Fraser. Menos mal que las mujeres eran hippies.
Pablo llegó a ser Intendente del pueblo y Diego presidente de la Sociedad Rural. Suele vérselos, fumando sus pipas, paseando en la madrugada por sus campos. A veces con Analia y Celeste, otras con sus hijos, otras veces todos juntos. Dicen alguno que siempre, siempre, los acompaña un caballo blanco.


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, , Juan Bassa dijo

Bonita historia, quimeykiltru, que hace un culto de la sencillez y la vida en el campo.
Me encantó la redacción del encuentro de los dos hermanos con Estanislao y Fraser, muy sentimental.
¡Felicitaciones!

, , Marina dijo

Bonita!