Descansa en paz

Beatriz despertó esa mañana sobresaltada, al grito de “¡cartero!”. En cuestión de segundos había bajado las escaleras y abría la puerta de calle. Le había resultado agradable hasta ese día descansar en casa de su tía, atender correspondencia en la mañana pueblerina, no le resultaba agradable. Sin embargo atendió amablemente al cartero, hasta le dio una propina por haber entregado el correo un día domingo. Dejó el sobre en la mesita de entrada y fue a desayunar. No toleraba recibir noticias sin previo aviso. No lo toleraba desde aquella vez, cuando de pequeña, en esa misma casa, recibiera la noticia del accidente de sus padres. Por suerte estaba su tía Amelia, a quien abrazaba fuertemente la rodilla izquierda, mientras el oficial con el gorro en la mano le daba la triste noticia. Dió un brinco para no recordar, fue en busca del sobre con la taza de café frío en la mano y subió al escritorio.

Abrió prolijamente el sobre. Era otra carta de su tía, que se negaba a utilizar correo electrónico testarudamente, le contaba de su viaje por los museos europeos, de su estadía en Suiza, de la postergación de su intervención quirúrgica y le solicitaba que se quedara unos días mas en la casa. “los médicos decidieron esperar, me han encontrado muy estresada, quieren evitar complicaciones, te mando un abrazo. Tía Amelia.”

“Otro mes más sola aca”, pensó. Seguiría arreglando el jardín y disfrutando de la pileta. Poco a poco se había acostumbrado a la tranquilidad de la residencia. La casa era relativamente pequeña, en comparación con el gran parque que la circundaba, primorosamente decorado con variedad de árboles y plantas. Beatriz disfrutaba de tomar sol por las tardes, escuchar el sonido de los pájaros, observar a los insectos, caminar descalza por el cuidado césped. Una vez por semana venía el jardinero a realizar el mantenimiento. Ese día lo destinaba a contestar los mails y entregar trabajos. La editorial estaba a punto de ser suspendida por fraude y ella se limitaba a entregar las traducciones pendientes a los nuevos dueños. Era tan sólo “copiar y pegar” todos los textos en los que había trabajado ese año.Una vez por semana iba al pueblo a cobrar los últimos cheques. En marzo le renovarían el contrato. Le quedaría dos meses de espera y mientras tanto disfrutaría de la casa.

Era ese lugar donde había disfrutado los mejores momentos de su infancia, donde había sido protejida por su adorada tía luego de la muerte de sus padres, donde había conocido los primeros temores y angustias de la adolescencia, donde ahora acumulaba las desilusiones de su madurez.

Su tía Amelia la adoraba. Nunca le hizo sentir la orfandad temprana, la cuidó, la estimuló, la instó a viajar a Buenos Aires a completar su carrera. Incluso le consiguió su primer trabajo como traductora. Durante las vacaciones viajaba a visitarla y permanecía allí todo el verano. Luego volvía a la Facultad y a su residencia de señoritas, una especie de “pensión elegante” donde vivió hasta que pudo alquilar su primer departamento. Nunca le faltó trabajo, pero todos los veranos se procuraba de un tiempo para permanecer con su tía Amelia. Salvo éste, donde su tía decidió realizarse una cirujía estética en el rostro, esa con hilos de oro, en el mejor lugar de Suiza. Allí donde habían ido las grandes estrellas de Hollywood. Beatriz no entendía para que iba a gastar todos sus ahorros en esa intervención, le parecía una frivolidad. Ella prefería la naturaleza, las arrugas, las canas. En el laburo la tildaron “María Kodama” por su negación a la tintura.

Esa tarde, cuando cerró el sobre, reía sola pensando que su tía iba a parecer más joven que ella al regreso. Con la sonrisa aún pegada a su cara fue a pasear por el jardín. Abrió una latita de cerveza y se sentó cerca de la pileta, mojando sus pies en el agua cristalina. Con los destellos del sol imaginó peces dorados que nadaban en círculos. Esperó que anocheciera y en paz se fue a dormir.

A la mañana siguiente le costó despertar, una extraña sensación inundaba su ser. Una especie de silencio absoluto le invadía el alma. No la sorprendió la fatídica llamada. Era de la Clínica Suiza. Su tía no había despertado de la anestesia y le pedían autorización para desconectarla. Se escuchó a lo lejos contestar que “Si”, pero no entendió más nada. Automáticamente llamó al abogado de su tía y le pidió que se hiciera cargo de todo.

Fueron los quince días más oscuros de su vida. Recibió el cuerpo, participó del sepelio, escuchó el legado del testamento, envuelta en una especie de halito gris, observándose a sí misma como en una película. La Clínica depositó en un banco del pueblo el dinero del seguro, que correspondía al doble del costo de la intervención, más otro tanto por daños y perjuicios. Beatriz no entendía, pero en cuestión de días recibiría una cuantiosa fortuna, más la propiedad de la finca que estaba cuidando.

Ya no le resultaba grato vivir ahí. Pero tuvo que permanecer hasta que el abogado la pusiera a la venta. Mientras tanto ella iba cayendo en una extraña melancolía. Despidió al jardinero y al de mantenimiento. En cuestión de días la casa se iba convirtiendo en una especie de matorral lujoso. Las plantas y los insectos comenzaron a invadir el lugar. Ella no dejaba de pasear por el jardín, observando cómo la naturaleza hacía su trabajo. La alberca estaba llenándose de hojas y de sapos, que nadaban en el fondo verde, enmohecido. El patio tenía hileras de hormigas que llevaban pedacitos de hojas laboriosas, las telas de araña invadían los arcos de las puertas y las ventanas.

Al llegar el otoño los árboles comenzaron a perder su follaje, y todo el jardín se convirtió en una alfombra de variados ocres y marrones, incluso se amontonaban en la fuente y en las ventanas. Los vecinos iban a tocar la puerta, pero ella no contestaba. Tampoco atendía las llamadas telefónicas, ni los mails que su nuevo jefe le enviara desde la editorial. Incluso no respondió bajo las advertencias de despido.

En abril estaba desocupada. Había dejado incluso de hacer las compras al supermercado. No necesitaba. Bebía el agua de lluvia y comía algunos frutos e incluso insectos. El pueblo no tardó en llamarla “loca”, era la sobrina de Amelia, “la loca Beatriz “. Los niños tiraban piedras sobre las ventanas y los vidrios fueron convirtiéndose en superficies astilladas, que las arañas cubrían laboriosas hasta formar unas cortinas grises irregulares y nauseabundas.

Ella iba sumergiéndose lentamente en el silencio. Había tomado la costumbre de dormir debajo de los árboles. Caminaba alrededor de la pileta siguiendo a las abejas. Bebía el néctar de las flores tardías y cocinaba los hongos que crecían entre los arbustos. Enamorada del silencio y de la naturaleza se había olvidado del lenguaje. Ya no conversaba, ni con las plantas, ni con los insectos. Sólo mantenía conversaciones “mentales” con los seres del agua, dorados y brillantes, que a veces asomaban en la superficie color chocolate. Les iba poniendo nombres que luego olvidaba.

El último domingo de abril se animó a saludarlos. Sus rostros eran de escamas, tenían sonrisas de perlas, plateadas, brillantes, sus cabellos eran de algas. Ella se sumergió en el agua y sentía como la abrazaban.

Una semana después la encontraron, flotando en la pileta. Sus ojos hinchados tenían el color nacarado de las ostras y su pelo mojado parecía de algas. No tenía dientes. En la autopsia que le realizaran luego, los hallaron en su estómago. Junto con el agua se había tragado sus propios dientes, eran verdes y filosos. Fueron guardados en un frasco de formol.

Copia de bs.as.ene.feb 2011 108


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, , Reportar este Comentario Ebe Cané dijo

Bello, triste y conmovedor relato de las vicisitudes que la vida reserva a ciertas personas. No pudo soportar la pérdida del único eslabón; su sostén espiritual.
Beso y voto
Ebe
New York

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Gracias Justi, el final es un homenaje a un cuento de E.A.Poe, quien escribiera muchos relatos acerca de la obseción hasta la demencia, luego de la muerte de un ser querido.

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Querida Ebe, agradezco tus palabras. Como habras observado cada miembro del club marmota esta aportando una idea del terror, o del espanto. Como en los relatos de Horacio Quiroga, traté de incorporar a lo cotidiano esa cuota de delirio y resolución fantástica de una soledad.

, , Reportar este Comentario cla9 dijo

(qué triste… ) me encantó marce!!!! el aislamiento no siempre es bueno, aunque lo deseemos. es muy buena la historia y sus detalles.
te felicitooO!!!!!
besotón!!!

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Lauris! Por fin llegaste! y yo que no preparé el mate… Otra vez gracias por subir el dibujo, la verdad no sé que haría sin vos. Bah! Sí se, debería aprender a hacerlo yo. Pero me gusta sentir el trabajo en grupo, es más alentador.
Hasta Luego, Marce.-

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el dibujo es tremendo. acompaña al final del relato de maravillas, o de horrorillas ;-)
me mató lo de los dientes verdes y filosos. eso me pareció fuerte. y luego ver el dibujo creo que redondea bien la escena… es perfecto para la historia, que realmente deja mucho que pensar.
salutes marce!!!!!!!!

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Hola Barbol!!! Tanto tiempo…
Me alegra que te haya gustado. Vos sabes que tu penúltimo poema me inspiro para algo del relato, ese del Jardín. Luego que lo leyerera, me quedaron unas cuantas imágenes para reproducir, que agregado a lugares nuevos que conocí, me enriquecieron para las descripciones.
Te mando un abrazo,
Marce.-

, , Reportar este Comentario marcela-segal dijo

Cla9, aprecio tus criticas a mis dibujos, como sos la pintora oficial de la marmota, luego de habernos entregado tu maravillosa pintura para escribir unos cuentos.
Te mando un abrazo,
Marce.-