CAPITULO XXVI | FIN

Dibujo | SANFERZ

Dibujo | SANFERZ

Florencia y Heraldo cenan a la luz de las velas en un restaurante ubicado en Puerto Madero, una de las zonas más exclusivas de Buenos Aires. A través del gran ventanal observan los veleros que flotan amarrados sobre el muelle del Río de la Plata. Florencia aún no puede creer que estén allí celebrando su sexto aniversario de noviazgo. Todo comenzó la noche en que Heraldo irrumpió en su habitación y le confesó su amor. El tampoco imaginó en aquel momento que Florencia pudiera sentir algo similar y que luego de tantas idas y vueltas terminaran juntos. Durante el tiempo que llevan como novios compartieron muchas cosas, pero lo más importante fue el hecho de haberse ido a vivir juntos a un departamento en el centro de la ciudad, el cual alquilan desde hace casi un mes.

Su relación había comenzado unos meses después del viaje a Coronel Fontán. Heraldo luchó durante un buen tiempo para que recobrar el ánimo de su amiga, destrozada por la frustración que había significado viajar hasta aquel pueblo desconocido y volverse con las manos vacías. Las esperanzas de ambos por conocer el pasado de Florencia se habían derrumbado. Sin embargo creían y confiaban en la posibilidad de que el misterioso hombre volviera a aparecer con alguna carta o pista que les permitiera retomar la investigación. Pero ello nunca sucedería: arrepentido por su participación en la Operación Voyage y sumido en una profunda depresión, el Cabo Guillermo Rodríguez había decidido acabar con su vida tras hacer llegar a Florencia el casete e intentando apaciguar, mediante lo que él consideraba un acto de justicia, la culpa que sentía por haber participado en aquel crimen. Luego de aquel fallido intento por conocer su verdad, Florencia jamás volvió a hablar del tema, negándose a retomar las preguntas, las dudas o las averiguaciones sobre su pasado. Heraldo, por su parte, intentaba de vez en cuando renovar las esperanzas de su amiga pero le era imposible convencerla, ya que ésta no cedía en su negación hacia dicha cuestión. “El tiempo dará las respuestas. La verdad vendrá a nosotros tarde o temprano, sin necesidad de llamarla” –decía siempre ella, dando por cerrado el asunto.

Desde que iniciaron su noviazgo sus vidas han cambiado por completo. Sobre todo en el ámbito laboral: Florencia trabaja desde hace tres meses en una librería (lo cual le permite explotar y desarrollar como nunca antes el hábito de la lectura) y Heraldo cambió el reparto de videos en bicicleta por un puesto administrativo en una importante empresa dedicada a la informática. A pesar de haber abandonado la residencia mantienen sus amistades y de vez en cuando pasan a saludar y a tomar unos mates con Brunelda, conversando durante horas en la terraza de La Americana.

“Qué extraña es la vida” –piensa Florencia mientras observa cómo Heraldo (su tierno y valiente Heraldo) le pide al camarero el postre–. “Hace unos meses creía vivir en un infierno y hoy disfruto de un presente inigualable, feliz, auspicioso”.

– Tengo que contarte algo que ya no puedo ocultar –dice Florencia, de pronto–. Sus palabras suenan misteriosas, pero su rostro esconde cierta picardía.

– ¿Pasó algo malo? No me asustes… –dice Heraldo, preocupado.

– No, todo lo contrario.

– ¿?

– ¿Te acordás del folleto que me diste aquella vez, cuando estábamos en mi habitación, a punto de partir hacia Coronel Fontán?

– Ah, sí, uno que era sobre un concurso literario o algo así, ¿no?

– El mismo –afirma Florencia–. Ni bien llegamos de Coronel Fontán corregí mi novela y unos días después la presenté en el lugar que indicaba el folleto.

– ¡Qué bueno! ¿Cómo no me dijiste nada de eso?

– Es que me daba vergüenza… Y además quería que fuera una sorpresa. Pero el tiempo pasó, fui avanzando en la preselección y luego en la primera selección, hasta que ayer me dieron la última novedad…

– ¿Y? ¿Qué pasó? ¡Contáme!

– ¡Pasé a la final del concurso! ¡Mi novela está entre las mejores cinco!

– ¡No te puedo creer! ¡Felicitaciones, mi amor! ¡Yo sabía! ¡Sabía que ibas a triunfar! –grita Heraldo, ante la sorpresa del resto de los comensales y el personal del restaurante, que son testigos de la algarabía y la efervescencia de su festejo–. ¡Viva Florencia Azcurra, la gran novelista argentina! –grita él, ahora de pie y levantando una copa de vino–. ¡Mozo, un champagne aquí por favor, esto hay que festejarlo con toda la pompa!

¡Heral, sentate! ¡No me hagas pasar papelones! –dice Florencia, ruborizada–. No festejemos antes de tiempo que todavía no gané nada. Hay que ser moderados –agrega–; pasado mañana tengo que ir a la entrega de premios, ahí van a nombrar a la ganadora, pero no creo que sea yo… con llegar hasta acá ya me basta.

– ¿Estás loca? –dice Heraldo, arrodillándose junto a ella y sujetándole las manos–. Si llegaste a esa instancia es porque podés ganar y porque supiste entender aquello de creer en vos misma, en tus convicciones, en que nada es imposible, si así te lo proponés. Ya vas a ver hasta dónde sos capaz de llegar. Dejá que todo fluya y disfrutá de esta alegría, de este hermoso presente que estás viviendo.

– Ojalá pudiera, mi vida, ojalá fuera tan sencillo –dice ella, algo triste–. Pero sabés que sin descubrir “aquello”, sin saber mi verdadero pasado, jamás podrá ser plena mi felicidad.

– Entiendo, linda. Pero como vos siempre decís: eso es cuestión del tiempo, que ya se encargará de poner las cosas en su lugar.

– Sí, mi amor. Sólo nos queda esperar: el tiempo escribirá los capítulos incompletos de mi vida.

En el otro extremo de la ciudad, sobre la costa norte del Río de la Plata, ubicada en el partido de Vicente López, una mujer sostiene un texto entre sus manos. Acaba de finalizar su lectura sentada sobre el césped y bajo la luz de un farol, en una plaza que se encuentra a unos metros de la ribera. Está sola frente al río, observando el leve movimiento del agua, que fluye y oscila de aquí para allá (al igual que sus pensamientos), según el vaivén del viento.

“¿Quien soy ahora, en este preciso momento?” –se pregunta–. “Elena Levin o Carla del Vecchio? ¿La prestigiosa escritora, mujer madura, fría e insensible, burguesa y sin pasado? ¿O la inocente jovencita de Coronel Fontán: soñadora, encantadora, pasional,  fervorosa? ¡Cómo puede el paso del tiempo (y sus respectivas circunstancias) cambiar nuestro presente! ¿Acaso somos marionetas del pasado o esclavos de nuestro destino? ¿Qué suerte me ha tocado a mí, que maldito designio ha caído sobre mi vida para sufrir lo que he sufrido? ¿Por qué razón los hechos se han dado de esta manera? ¿Qué se esconde o se ha escondido detrás de todo este asunto? La vida es un misterio que excede nuestra capacidad de comprensión. Nuestras intenciones se ven supeditadas al curso de nuestra fortuna o nuestra desdicha. ¡Qué iluso aquel que cree ser el dueño de su propio destino, aquel que piensa que es dueño de su futuro o de sus actos en esta vida! Apenas basta con mirar el cielo y ver las estrellas, saber que somos tan insignificantes en medio del cosmos… No obstante somos concientes de lo importante que puede ser una palabra, un silencio o un simple silbido, para cambiar el curso de nuestra existencia y modificarlo todo. Pero seguimos creyendo en nosotros, en la absurda lógica de que dos más dos es cuatro, cuando a veces puede ser tres, seis o quinientos treinta y tres”.

Sostiene en sus manos el cuadernillo y vuelve a leer la última frase, que ya conoce de memoria. Se deja atrapar por el viento que llega desde la orilla del río y pierde su vista en la negrura del horizonte. Piensa en nada y a la vez en todo. Pero goza de este momento, sabiendo que pronto volverá a encontrarse con su pasado, con los ecos de un olvido premeditado, teniendo en cuenta que las señales, los signos e indicios a los cuales refería el viejo Rubén están siempre allí, ocultos o a la luz de todos (según el grado de interpretación que se emplee): en un encuentro casual, en una mirada perdida, en una atracción momentánea, en un cuento de Edgar Allan Poe, en una relación que comienza, madura y luego termina, en una desgracia que no cicatriza, en una herida que inventa otra vida, en un seudónimo que la devuelve (veinte años después) a su pasado.

En dos días Elena Levin, una escritora reconocida, premiará a una joven Florencia Azcurra que empezará a abrirse paso en el extraordinario mundo de las letras, a la vez que una madre recuperará a su hija. Ambas completarán un sueño que la vileza humana intentó truncar y que los signos del destino, y el poder de la vida, lograron reunir.

El resto es literatura. 

FIN

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GRACIAS

La semana que viene posteo el último capítulo de ECOS DEL OLVIDO, mi primera novela. 

Será la culminación de una idea que surgió hace unos años y que fue mutando a lo largo de su desarrollo. Surgió como un juego, una fantasía, y terminó siendo una realidad.

Cuando empecé a escribir no sabía exactamente a dónde iba, pero sí que a algún lado llegaría (eso es lo maravilloso de la escritura). Lo importante, a veces, es hacer, sin darle tanta vuelta a las cosas.

No me queda más que agradecer a:

* Los lectores virtuales (anónimos y conocidos) que me han brindado siempre sus críticas y opiniones, siempre con respeto y sinceridad.

* Mis docentes de periodismo, y en especial a María Mensi, quien me hizo ver “más allá” de la realidad y fanático de la lectura.

* Verónica Ganger: quien es mi bibliotecaria por excelencia, maestra en literatura y correctora de estilo.

* SANFERZ: mi querido amigo Santiago Hoffman, que anda recorriendo Latinoamérica con su inacabable arte a cuestas. Sus pinturas y dibujos ilustraron mi novela.

* Los autores que me han inspirado (que no pienso nombrar porque necesitaría una tarde entera para hacerlo). Toda la escritura influye, en cierto punto: lee, que algo quedará.

* A Clarín Blogs, por destacarme entre los miles de blogs que su plataforma reúne y ser también una herramienta de difusión que me permitió continuar con este proyecto.

No queda más por decir. El resto es, como siempre, literatura.

Iván Salomonoff

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CAPITULO XXV

 

 

 

dibujo | SANFERZ

dibujo | SANFERZ

 

 

“Argentina es un caos. La crisis ha estallado como consecuencia de años de corrupción, pobreza, injusticias sociales y educativas. La sociedad ya no espera nada de la clase política, la plebe tomó las calles y pide justicia. Las cacerolas son el grito del pueblo, la voz de los ultrajados. Esto es la rebelión de las masas, lo que sucede hoy quedará en la historia de la Argentina”.

 

La imagen del reconocido periodista aparece en la pantalla de la TV y es observada por millones de televidentes. A fines de diciembre de 2001 la Argentina hierve en una crisis política y social que se lleva la vida de casi treinta manifestantes asesinados tras una brutal represión. A su vez se da la insólita situación de asumir cinco presidentes en una misma semana. El país es un verdadero caos.

En un bar ubicado sobre la Avenida Maipú, en el barrio de Vicente López, una mujer pide al mozo que le sirva su tercera medida de whisky. Hace más de una hora que se encuentra allí, sola y bebiendo sin freno. Algunos clientes discuten sobre política. Ella parece abstraída de todo lo que pasa a su alrededor, ensimismada en sus pensamientos. De vez en cuando susurra algunas palabras o gesticula al aire. Parece discutir consigo misma. Los mozos del bar se burlan a sus espaldas, creyendo que está loca. “Si supieran por lo que estoy pasando –piensa mientras bebe su whisky– ¡Si tan sólo pudieran comprender la desgracia que me persigue!”.

Hace apenas un mes que arribó a Buenos Aires y ya maldice a los porteños. Los considera engreídos y altaneros. Debió viajar obligada por su cargo de conciencia, lo cual exacerba su malestar. Unas mesas más allá, cuatro hombres discuten acaloradamente.

– Te digo que la culpa es del cabezón, ese boludo que conduce el programa… ¡Cómo va a poner en ridículo de esa manera al Presidente de la Nación, delante de la pantalla, ante millones de televidentes! ¡La gente le terminó perdiendo el respeto al pobre hombre! –vocifera uno del grupo.

– ¡No digas estupideces! –responde otro de ellos– ¡Ese tipo no servía para nada, a mí no me vengan con eso de que fue manejado como una marioneta: el tipo sabía bien lo que pasaba en el Congreso y se hizo el pelotudo olímpicamente!

– ¡La culpa de todo la tiene el patilludo, ese sinvergüenza hundió al país en los noventa! –exclama un tercero, elevando su voz por sobre la del resto.

– ¡Muchachos! –grita el más anciano del grupo–. ¿No se dan cuenta de que ésta es una historia repetida? La Argentina es un país que fue mal parido en su concepción, desde la época del Cabildo, después las peleas entre Rosas y Urquiza, etc… ¿Quieren que les siga nombrando? ¡Este país no tiene arreglo!

Este tipo de discusiones son comunes en bares, micros, cines y calles de todo el país. Sin embargo, hay una persona que no sufre su presente, porque es presa de un pasado que la condena. Una tortura que se propagó en el tiempo adoptando distintas formas a lo largo de su desarrollo, oscureciendo su alma y vulnerando sus resistencias: aletargando su infierno cotidiano.

¿Será la culpa el peor de los secretos que una persona pueda guardar en su alma? –piensa la mujer mientras observa la calle a través del ventanal del bar–. ¿Por qué es tan injusta la vida? Y después de todo: ¿qué es justo y qué injusto? El fuego de la conciencia… ah sí…¡maldito fuego que todo lo quema! Sólo quedan cenizas, tristes cenizas…

Los cuatro hombres continúan discutiendo sin sentido, queriendo arribar a una conclusión grupal que jamás encontrarán.

– Mirá, acá hay que volver a los setenta –dice uno con la voz patinada por el alcohol–. Podrán decir lo que quieran, pero en esa época el país marchaba sobre ruedas: no había chorros, la gente andaba segura por la calle, los pendejos te respetaban… ¡Y hasta salimos campeones del mundo! ¿Y ahora que tenemos? Mirá a lo que hemos llegado: delincuentes a toda hora, inseguridad total, saqueos, asesinatos, gente viviendo en las plazas, estado de sitio, falta de inversiones y capitales extranjeros… ¡Nada! ¡Un país de mierda! Te lo digo… hay que volver a los setenta… sí… sí… ustedes ríanse de mí…

“¡Volver a los setenta! Por favor, las estupideces que hay que escuchar” –piensa la mujer–. “Igual no estaría mal regresar el tiempo atrás, hacer de cuenta que nada pasó, que todo fue parte de un mal sueño…”.

Bebe el último sorbo de whisky y pide la cuenta. Antes de abandonar el bar observa que en la televisión se repite, por enésima vez, la imagen de un helicóptero abandonando la Casa de Gobierno. Al salir oye a los hombres que siguen discutiendo sobre política, uno de ellos se pone violento y quiere acabar con aquella discrepancia a los golpes.

El viento frío de la calle le devuelve la frescura que había perdido con el enviciado aire que había en el bar (mezcla de aroma a café, vaho de alcohol y humo de cigarrillo). Camina con parsimonia por las calles de Vicente López. Cruza Maipú y se detiene sobre el boulevard que divide los dos carriles de la ancha avenida. Permanece allí durante algunos minutos, sintiendo el roce de los vehículos que van y vienen en ambas direcciones. Fija la vista en el horizonte de cemento y hormigón, distinguiendo la masa informe de luces blancas y amarillas que se repite a lo largo de la avenida. Contempla, sorprendida, aquel particular efecto visual típico de las metrópolis, y que jamás había experimentado. Levanta su cabeza e intenta observar el cielo, pero lo único que ve es una espesa nube negra de smog que le impide lograr su cometido. “Qué picardía no poder apreciar la opulencia de las estrellas” –alcanza a murmurar–. “Cual si fuera una metáfora de mi vida” –piensa–, “me encuentro a mitad de camino, entre dos aceras que significan un quiebre en mi existencia, un cambio sideral en lo que respecta a mi vida”.

Retoma la marcha y cruza al otro lado de la avenida. Dobla por una calle angosta y luego por una cortada, hasta dar con la casa que estaba buscando. Observa la moderna construcción durante algunos minutos, parada frente a la reja que da a la calle. Una sombra se proyecta a través de las cortinas del ventanal. La silueta va y viene de un lado a otro en lo que parece ser el living de la casa. “¿Será ella? ¿Estará sola o acompañada? ¿Me abrirá la puerta? ¿Querrá atenderme?” –piensa mientras toma valor y presiona el timbre–.

Veinte segundos después (que le parecen una eternidad), la figura de una elegante mujer se hace presente tras la puerta de entrada.

– ¿Elena Levin? –pregunta desde la calle la dama que se ubica detrás de la reja.

– La misma. ¿Quién me busca? –responde la dueña de casa, quien nota cierta familiaridad con el rostro que tiene enfrente.

– Soy la Doctora Lucrecia Lunati, vengo a hablarle de su pasado. De Carla del Vecchio, para ser más precisa.

Esa misma noche, Elena Levin volvió a ser Carla Del Vecchio. Durante más de tres horas, el relato frío y preciso de la Doctora Lunati la devolvió a su pasado, a las dudas y desdichas de cuando apenas era una joven repleta de sueños. Lloró desconsoladamente al enterarse de que había sido víctima de la más terrible de las privaciones: le habían quitado el derecho a ser madre, el derecho a disfrutar de su hija. Se había perdido de verla crecer, de escucharla decir sus primeras palabras, de su primer día de escuela, de enseñarle a leer, de cuidarla y arroparla, de contarle cuentos antes de irse a dormir: de crecer junto a ella. A su vez, algo más oscuro y profundo que un llanto desconsolado (más cercano al odio y el resentimiento) le oprimía el pecho mientras Lucrecia continuaba dando detalles de lo que había sucedido aquella mañana de 1979. “Aún recuerdo su mirada” –pensaba al escucharla–, “aun recuerdo advertir desde la cama, mientras me recuperaba del parto, aquella expresión en su rostro queriendo disimular una gran pena, algún terrible pecado. La recuerdo como si fuera ayer. ¡Pero cómo pudo haberme hecho algo así, Dios mío!”.

La sensación que experimentaba, a medida que Lucrecia Lunati avanzaba en el relato de los sucesos, era algo que nunca había sentido, algo inenarrable. Una desilusión y un profundo vacío que surgían en sus entrañas le desgarraban el alma, al mismo tiempo que sentía nacer, muy dentro suyo, una pequeña esperanza, un nuevo amanecer en su vida y en su corazón que la devolverían, quizá, a la inocencia de sus primeros años. Coronel Fontán, aquel pueblo en donde había crecido, en donde había descubierto las puertas del mundo, la literatura, las amistades, la vida en sociedad, el primer novio (su gran desilusión) y las prohibiciones de sus padres, cobraba vida en cada alusión o palabra que Lucrecia articulaba. Sin embargo todo aquello le resultaba impropio, ajeno a su realidad. Era como si le estuvieran contando una película que había visto hacía mucho tiempo y cuyas escenas recordaba con claridad, pero sólo como espectadora, no como partícipe de ellas. Asimismo, sentía que estaba reviviendo un momento que alguna vez había soñado o experimentado, una especie de déjà vu mediante el cual podía anticipar cada una de las palabras de Lucrecia. Aquel extraño sentimiento duró sólo unos segundos, aunque hubiera jurado que se mantuvo durante horas. Luego volvió a prestar total atención a las palabras de su interlocutora.

La trama y los nombres propios referidos a la Operación Voyage, mediante la cual le habían sustraído a su hija, se repetían con intensidad y calaban hondo en su alma, lacerando su orgullo y su conciencia, despertando el peor de los deseos: la venganza. Escuchó hablar de arreglos, de entregas, del Dr. Valdez… (“¡ese desgraciado había sido puesto a propósito, el cambio de obstetra había sido premeditado! Ahora entiendo con qué fines…” –pensaba–). Oyó hablar del Comisario Gutiérrez, de un tal Pola y su mujer, de una camioneta y un destino hacia el norte argentino, entre otras descripciones no tan importantes. En ningún momento dudó de lo que la Doctora Lunati decía, ya que su declaración coincidía con los acontecimientos de aquella época y con las sospechas (moderadas, pero sospechas al fin) que ella misma había tenido sobre la extraña y cruel versión de la muerte de su beba antes de nacer.

Durante los veinte años que había durado el exilio de su identidad (aquellas intensas dos décadas transcurridas bajo el nombre de Elena Levín), Carla Del Vecchio supo construir una nueva vida. Su máximo logro había sido reemplazar a la tímida e inexperta jovencita de pueblo por una madura y decidida mujer que estaba dispuesta a llevarse el mundo por delante, a no dejarse intimidar por el monstruo ciudadano y por el miedo a lo desconocido. No había sido una tarea para nada sencilla (ciertas noches un inmenso vacío se adueñaba de su alma, siendo presa de los fantasmas de la soledad, amenazándola con desmoronar su coraza, la armadura en la que se refugiaba de su historia y de su pasado), pero de todos modos había triunfado en su propósito.

Siendo Elena Levín había logrado lo que en Coronel Fontán nunca hubiera podido conseguir: aprender a vivir sola, conocer nuevas experiencias, ser una reconocida escritora, trabajar de manera profesional y vivir de la literatura, su gran pasión. A pesar del éxito que ello significaba sabía que su vida pasada permanecía aún en su interior. Replegada, oculta, anestesiada. La historia que le habían contado sobre la muerte de su hija antes de nacer nunca le había cerrado del todo. Y con cada suceso extraordinario que vivía, el pasado se hacía presente en su corazón: en un aroma a té con vainillas, en un castigo de su padre, en una noche de amor con Roberto, en un consejo del viejo Rubén, en una salida con sus amigas, en una discusión con sus primas, en una lectura en el fondo del sótano, en una noche a la luz de las estrellas.

Cientos de preguntas no obtendrían jamás respuesta a partir de esa noche para Carla Del Vecchio: “¿Por qué demoró tanto en confesar la verdad? ¿Cómo y cuántas personas han participado de esta horrenda operación? ¿Qué ha sido de la vida de mis padres? ¿Usted los conoció? ¿Tuvieron que ver con aquello? ¿Cómo ha llegado a encontrarme? ¿Por qué no hizo la denuncia cuando la amenazaron de muerte? ¿Cómo pudo guardar semejante secreto durante tantos años?

Sólo una pregunta, acaso la más importante, pudo ser respondida.

– ¿Sabe algo del paradero de mi hija? –preguntó, casi sin esperanzas, una vez que la doctora Lunati finalizó su declaración.

– Ella vino a mi casa hace dos años –dijo Lucrecia con la voz quebrada–. Se llama Florencia, y su apellido es Azcurra.

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CAPITULO XXIV

Dibujo | SANFERZ

Dibujo | SANFERZ

Llegaron abatidos al hotel. El viaje les había parecido interminable. Heraldo no lograba cambiar el ánimo de Florencia, quien languidecía sobre el asiento del micro. Estaba débil y desanimada. La desilusión de no conseguir respuestas firmes sobre su identidad la angustiaba. Creía que nada de lo que habían hecho o lo que harían de ahora en más tendría sentido. Sus dudas la atormentarían de por vida. Heraldo no sabía qué hacer o decir para que ella recuperara la esperanza, aunque por dentro creyera que aquella era una tarea casi imposible de llevar a cabo. La resolución del misterio, para él, sería posible con la aparición de nuevas pistas que pudieran llegar a manos de Florencia. ¿Habría enviado alguna otra carta el misterioso hombre del sobretodo? ¿Habría sido precipitada o desacertada la visita a Coronel Fontán? ¿Qué intención tendría aquel extraño sujeto, qué se escondería detrás de la necesidad de confundir o querer revelar una verdad oculta a Florencia? ¿Volverían a saber algo de esta persona?

Tocaron varias veces el timbre hasta que por fin Carmela les abrió la puerta del hotel. Se la notaba cansada.

– Disculpen la demora, es que me quedé dormida –dijo la señora mientras los hacía pasar–. Ustedes sabrán entender que a esta edad todo cuesta un poco más. No es que esté enferma ni nada de eso, pero ya no soy tan joven… En mis mejores tiempos, cuando era apenas una muchachita como ustedes, me las arreglaba para mantener este hotel yo solita, con la ayuda de Jorgito. ¡Si vieran lo bien que estaba la casa! Pero después de la muerte de mi marido… ¿les dije que fue uno de los mejores albañiles de Coronel Fontán? El solito restauró toda la casa. ¡Cuántas casas habrá reparado mi Jorgito! Pero no nos vayamos de tema, les decía que… ¿qué les estaba diciendo….?

– Doña Carmela, si quiere después seguimos charlando y nos cuenta bien la historia de su marido. Pero en este momento necesitamos descansar un poco. ¿Comprende?

– Claro que sí, muchacho. ¡Es que ustedes los jóvenes gastan tantas energías! Vayan y duerman un poco, siempre habrá tiempo para conversar y conocernos mejor. Que descansen.

Cuando llegaron al cuarto observaron que la puerta estaba entreabierta. Al ingresar no pudieron creer lo que estaban viendo: todo estaba revuelto y desordenado. El armario abierto y toda la ropa desparramada sobre el suelo. Una de las camas yacía volteada contra la pared y el colchón había sido acuchillado, mientras que las valijas de ambos habían sido arrojadas contra otra pared. La habitación era un caos. Permanecieron de pie sin moverse durante algunos minutos, estudiando la escena. La pequeña mesa ubicada en el medio del ambiente era lo único que quedaba de pie y parecía no haber sido violentada. Sobre ella había una hoja con la siguiente inscripción:

Si quieren seguir viviendo, abandonen ya mismo Coronel Fontán.

– ¡No puede ser! ¿Quién y cómo pudo saber que estamos aquí? –gritó Florencia, estupefacta y consternada.

– No lo sé, esto es extraño –dijo Heraldo, pálido–; pero ya se ha vuelto demasiado peligroso. ¡Tenemos que marcharnos de Coronel Fontán lo antes posible!

Acomodaron todo, recogieron sus pertenencias y abandonaron rápidamente el Hotel Rey. Florencia deseaba, al menos, hablar con Carmela: algo debía saber.

– ¿Cómo puede ser que no se haya enterado de nada, que no haya oído ningún ruido? ¿Cómo ingresaron al hotel sin que ella les abriera la puerta? –le preguntaba con insistencia a su amigo.

Heraldo apenas la escuchaba. Quería marcharse lo más rápido posible de allí. No quería pasar ni un minuto más en Coronel Fontán, pues sabía que alguien los había delatado y que seguramente los habían vigilado de cerca. Como lo estarían haciendo ahora, mientras se dirigían hacia la terminal de ómnibus para regresar a Capital Federal.

Horas después, ya en el micro de regreso a Buenos Aires, Heraldo hacía un repaso de todo lo que habían vivido en Coronel Fontán, y sobre todo de la charla con la doctora Lunati. Pero eran sólo hipótesis sin fundamento que se desvanecían en cuestión de segundos mientras se dejaba caer nuevamente en el sueño profundo.

Florencia lo miraba dormido y se preguntaba si habría hecho bien en involucrar a su amigo en toda esa locura, en esa compleja historia que siempre amagaba estar llegando a su fin y sin embargo no hallaba una solución favorable. Pensaba en infinidad de cosas, y a pesar del cansancio físico que ella también sentía, no podía conciliar el sueño. Recordó que hacía días que no escribía en su diario personal.

 

***

 

Domingo 15 de Junio de 1999

21 HS. Micro de regreso a Buenos Aires

 

¿Qué hago con este sentimiento de vacío, de pérdida de algo que no sé exactamente qué es? ¿Cómo entiendo mi pasado, si ni siquiera sé lo que fui? Hoy veo el ayer como algo inexistente, como el vago recuerdo de un río cuesta abajo, de un paisaje montañoso que se pierde entre la nebulosa de una infancia lejana, ausente. ¿Dónde duermen las dudas? ¿En qué lugar descansa la incertidumbre, el no-saber? Las letras, el arte, la literatura… quizás allí encuentre la paz, el lugar de pertenencia en donde nada es perfecto.

No hace mucho escribía que la literatura podría ser un refugio para mis dudas existenciales (el miedo a enfrentar la vida). Pero luego las cartas, el misterio, la investigación, el viaje a este pueblo… ¿Es posible que todo lo que yo creí haber sido termine formando parte de una realidad ficcionalizada? ¿Habré vivido toda mi infancia y parte de mi adolescencia sumida en una burbuja de falsedad? ¿Será La Poma mi tierra, el lugar que me vio nacer?

¿Quién seré?

De nuevo el paisaje a través de la ventanilla. Repitiéndose, como las mañanas y los anocheceres, como las ideas y los pensamientos. La máquina no interrumpe su marcha, y yo pierdo mi vista entre inhóspitos bosques, entre sombras de pinos, blancas estrellas y postes de luz; teniendo la certeza de que las horas no dejarán de correr. ¿Qué será de mí cuando llegue a Buenos Aires? ¿Fingiré que nada ha pasado?

El tiempo, juez y reloj de nuestro destino, decidirá cómo y cual será mi futuro. Mientras tanto voy a enterrar mi pasado, teniendo la esperanza de que algún día vuelva a cobrar sentido en mi vida.  

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CAPITULO XXIII

Dibujo | SANFERZ

Mientras esperaban la llegada del micro que los llevaría hasta la casa de Lucrecia Lunati, Heraldo actualizaba su cuaderno con correcciones y datos que sumaba a la investigación. Así pudo llegar a una hipótesis razonable, que luego explicó a Florencia.

– Según mis sospechas deduzco lo siguiente: el misterioso hombre del sobretodo (quién te envió las cartas anónimas y te hizo llegar el casete), de algún modo siguió la misma ruta que estamos siguiendo nosotros. Es decir: en algún momento intentó encontrar a Lucrecia, teniendo como único dato que ésta fue enfermera de la Clínica San Jorge. Esto encaja con la búsqueda de algún indicio relacionado a la Operación Voyage, de la que, según nuestra hipótesis principal, has sido víctima. Ahora bien –continuó explicando Heraldo–, las preguntas que debemos formular son las siguientes: ¿Con qué fines habrá buscado este hombre a Lucrecia? ¿Qué roles cumplió cada uno dentro de la Operación Voyage? Estas son las cuestiones que todavía no logro descifrar y espero que sea la misma doctora Lunati quien nos ayude a revelarlas. Pero de algo sí tengo la plena seguridad y es que Lucrecia participó de esta operación, y que se debe haber ido de la Clínica San Jorge escapando de la culpa por haber sido parte o cómplice de aquel asunto. 

– Tampoco sabemos nada sobre El Pola y el Comisario “G”, pero de todos modos es bastante lo que pudimos conseguir hoy, ¿no? –dedujo Florencia.

– ¡Por supuesto! –dijo su amigo, abrazándola–. ¡Y seguramente sabremos más luego de visitar a Lucrecia!

Media hora después llegaron a destino y debieron caminar cinco cuadras para dar con la dirección indicada. La Doctora Lucrecia Lunati atendía en su casa: una moderna construcción de dos plantas ubicada sobre la calle Santa Fe. “A ver con qué nos encontramos ahora” –pensó Heraldo mientras tocaba el timbre–. Una criada contestó la llamada segundos después.

– ¿Que desean? –preguntó la pequeña mujer, apenas asomando su rostro y parte del cuerpo detrás de la puerta que sostenía entreabierta–. Su voz tenía un marcado acento provinciano y llevaba puesto un delantal de cocina.

– Buenos tardes, señora. Estamos buscando a la doctora Lunati. ¿Se encuentra en la casa? ¿Nos podrá atender un instante? Dígale que venimos de parte de Ester, la “doctorcita”.

– Un momento, por favor –dijo la criada, volviendo a cerrar la puerta.

Al cabo de unos minutos regresó y los invitó a pasar. Caminaron a través de un inmenso y lujoso living. Al llegar al final de aquel ambiente pasaron a una habitación contigua, de proporciones más pequeñas, en donde la doctora atendía a sus pacientes. Aguardaron allí sentados frente a un escritorio. Enseguida se hizo presente Lucrecia Lunati. Era una mujer alta y delgada, de buena figura a pesar de sus años (tenía casi la misma edad que su colega Bermúdez, que rondaba las cuatro décadas). Vestía una camisa negra haciendo juego con un fino pantalón de vestir y llevaba el pelo prolijamente recogido. Al observarla, daba la sensación de estar frente a una persona incorruptible, correctísima en sus modales y formas, con una personalidad influyente y decidida. Sin embargo, había algo en su pálido rostro, en su expresión recia y apacible, que hacía pensar en una infancia o un pasado tormentoso, en algo que le hubiera quitado alguna vez el sueño o la felicidad. De este modo, la belleza que irradiaba su tez contrastaba con el abatido semblante que en su rostro se percibía, lo cual le otorgaba un perfil atractivo y muy singular, difícil de ignorar para cualquiera que la tratara.  

– Qué los trae por aquí –dijo con voz pausada Lucrecia.

– Ante todo, gracias por recibirnos, doctora.

– ¿A qué se debe el placer de esta visita? –La mujer sacó un estuche de cuero de uno de los cajones del escritorio, lo abrió y retiró un cigarrillo largo y una boquilla de plástico. Heraldo se anticipó y le ofreció encenderlo–. Muy gentil, caballero. –agradeció Lucrecia– ¿Y bien?, me han dicho que vienen de parte de la Doctora Bermúdez. ¿Tienen algún mensaje para mí? Los escucho.

– Sí, en realidad la conocimos por casualidad a su amiga… es decir, nosotros la buscábamos a usted y fuimos a… bueno, la Doctora Bermúdez le manda muchos saludos… nos pidió que si la encontrábamos…

– Perdón, ¿a qué se refiere con “si la encontrábamos”? ¿Ustedes me buscaban a mí? –preguntó Lucrecia, confundida por la vaguedad con la que aquel muchacho le hablaba.

–Sí, lo que sucede es que…

– Doctora, permítame que le explique –intercedió Florencia, sorprendida por el nerviosismo y la carencia de diálogo que demostraba Heraldo por primera vez en lo que iba de la travesía–. Nosotros vinimos de Buenos Aires por un asunto personal, para lo cual tuvimos que dirigirnos a la Clínica Las Violetas. Una vez allí, la casualidad nos llevó a conocer a la Doctora Bermúdez, y la Doctora Bermúdez nos brindó muy amablemente su dirección.

– ¿Todavía sigue en esa clínica de mala muerte, la Bermúdez? Ja, ¡y pensar que se reía cuando le decía que se iba a jubilar ahí! Pero volviendo al tema –dijo Lucrecia, cambiando súbitamente la expresión de su rostro–, creo interpretar, si no me equivoco, que ustedes me buscaban a mí. ¿Se puede saber para qué?

– Es un asunto largo y complicado que se nos presentó hace unos días, el cual no podemos resolver –dijo Florencia–. Creemos que usted puede ayudarnos en esta difícil tarea –concluyó la joven.

Lucrecia Lunati observó durante unos instantes a aquellos desconocidos jóvenes que  habían tocado el timbre de su casa, primero llevando saludos de una amiga a la cual no veía desde hacía años y luego solicitando su ayuda para resolver un asunto que desconocía. Se tomó un tiempo considerable para evaluar cuál sería la decisión más prudente que debía tomar, teniendo en cuenta que no sabía nada de ellos, ni había ningún lazo o relación que los uniera. Pensó en levantarse e invitarlos a salir de su casa, pero la curiosidad pudo más que su razón. “¿Tendrá que ver con algún caso psiquiátrico? ¿Habrán venido desde Buenos Aires para que atienda a algún familiar? ¿Quién les habrá recomendado mis servicios? –se preguntaba mientras resolvía cómo proseguir–. Finalmente decidió oírlos, prestar atención a aquel “asunto” que, según ellos, con su ayuda podrían resolver. Ni en la más insólita de sus presunciones imaginó que la historia que estaba por escuchar la devolvería a los tiempos del horror.

– Los escucho –dijo Lucrecia, acomodándose en el sillón de cuero que ocupaba–. ¿Qué tienen para contarme? Veamos si les puedo ser útil, como ustedes creen.

– Hace un tiempo que resido en Buenos Aires, en una hostería ubicada en el barrio de San Telmo –dijo Florencia, a modo de introducción–; si bien nací y viví toda mi vida en La Poma (un pueblito del norte de Salta), motivos personales, que no vienen al caso, me llevaron a mudarme a Buenos Aires, lugar en el que estoy hace seis meses. Allí conocí y me hice amiga de Heraldo…

Lucrecia seguía atenta cada detalle del discurso de Florencia, sin quitarle la mirada (sólo observó de soslayo a Heraldo, en el momento en que éste fue nombrado). Estaba ansiosa por conocer el trasfondo de esa cuestión, a dónde querían llegar esos mocosos y qué papel jugaba ella en todo eso.

– Hace dos días –continuó Florencia– recibí una carta anónima en mi habitación. En la misma, el autor daba a entender que él me ayudaría a averiguar quién era yo realmente.

Al día siguiente recibí otra carta y luego, a través de un intermediario, un casete, el cual refiere a cierta “Operación Voyage” que tuvo lugar en Coronel Fontán en 1979 a partir de un traslado que hicieron en camioneta un hombre al cual llamaban “Pola” junto a su mujer, partiendo de la Clínica San Jorge rumbo a La Merced y luego a Salta Capital, en donde, según lo último que dice el casete, se entregó una beba a un tal Comisario “G”. Por consiguiente, en base a lo que insinúan las cartas anónimas (y lo que se desprende de nuestras propias conclusiones), aquella beba a la cual sustrajeron de su madre para vender a otra familia se trataría de mí –concluyó Florencia, notando cierta intranquilidad en su interlocutora.

Lucrecia casi se desmaya al oír las palabras de Florencia. ¿Era cierto lo que acababa de escuchar? ¿Estaría frente a la criatura que había sostenido en brazos, veinte años atrás? ¿Qué pasaría si le dijera en ese mismo momento que había sido ella misma, presionada por las amenazas del Intendente Renzulli y el Comisario Gutiérrez, quién la había entregado a esa pareja de delincuentes para que luego la vendieran a una familia bien ubicada del norte de Salta? ¿Cuánto más sabrían esos chicos acerca de su pasado como enfermera en la Clínica San Jorge? ¿A cuánta gente habrían visitado, además de la Doctora Bermúdez? ¿Estarían escondiendo información? Una catarata de pensamientos y temores invadieron su mente, en tan solo unos segundos que le parecieron eternos. De nuevo el pasado, su condenado pasado, golpeaba las puertas del remordimiento. La conciencia volvía a estremecer su alma, oprimiéndola sin tregua. Su corazón latía con tenacidad y aceleraba sus pulsaciones; una especie de vértigo se apoderó de su conducta, percibiendo la misma sensación que había experimentado en 1979, cuando tuvo que ser parte de aquella perversa operación. La adrenalina fue en aumento, al igual que el sudor que nacía en su frente y recorría todo su cuerpo. Se sintió sofocada, al borde del desmayo. El tiempo parecía no correr en ese instante, como si se tratara de una de esas escenas de películas de ficción, en donde todo se detiene alrededor, quedando sólo el protagonista y sus pensamientos, sumido en un tiempo muerto, inerte, carente de sentido. Entonces pudo recordar las noches de insomnio y las pesadillas que había sufrido durante tantos años, la culpa y el arrepentimiento que la asaltaban por días enteros, la mirada y el llanto desconsolado de esos tiernos ojitos de un ser recién nacido, cuya identidad estaba siendo enajenada. ¡Pero esa beba estaba ahora allí, veinte años después, siendo toda una señorita, sentada ante su escritorio, en su misma casa! ¿Cómo podría haber sucedido eso? ¡Cuán malvado era el destino! ¿Por qué ahora, cuando su vida parecía haberse encausado, cuando al fin había podido superar sus dudas y sus temores, reaparecían los fantasmas del pasado? ¿Qué tipo de señal se escondía detrás de este fortuito reencuentro? ¿Era aquello obra del destino, de la mano del Señor, o de la misma casualidad? ¿Qué debería hacer? ¿Decirle toda la verdad? ¿Contarle que ella misma entregó su cuerpito recién nacido? Jamás le creerían que su vida corría peligro si no lo hacía, que la habían amenazado de muerte tan sólo por haber estado en el momento y en el lugar equivocados. “¡Oh, Señor, qué injusto has sido conmigo!” –pensaba–. Estaba completamente ida, presa de un insólito mutismo, el cual fue notado de inmediato por los jóvenes que tenía enfrente.

–Disculpe, ¿se encuentra bien? –preguntó de repente Heraldo, advirtiendo el extraño comportamiento de la doctora.

“¿Qué hago? ¿Les digo la verdad? ¡No, de ninguna manera!” –pensó Lucrecia–. “Jamás me creerían. Lo que debo hacer es tranquilizarme, y ver qué más pudieron averiguar”.

– Perdón, es que me quedé pensando en el relato y lo cruel de aquellos sucesos –dijo la Doctora Lunati, empleando un tono de voz grave–. Asimismo no puedo dejar de pensar, como buena psiquiatra que soy, en los trastornos psíquicos que ello provocaría en la mente de la víctima –agregó enseguida, como para evitar cualquier tipo de sospechas sobre su participación en aquel asunto–. La verdad –prosiguió–, es que no tengo ni la más remota idea de lo que me hablan. –“¿Cómo puedo estar diciendo esto? ¿Acaso puedo ser tan necia como para seguir negándole la verdad? ¿No me bastó con aquella vez para aprender? ¡Qué cobarde e insensible soy!” –pensaba Lucrecia, mientras las palabras salían de su boca como si fueran escupidas al aire, sin pensar en sus terribles consecuencias.

– Entiendo que debe ser muy difícil para una joven como vos atravesar este delicado momento, pero la realidad es que no sé nada que tenga que ver con la historia que me acabás de contar. De todos modos –agregó la dama–, ¿cómo y por qué es que me incluyen en este asunto? ¿Qué, o en todo caso quién, les hizo pensar que yo podría ayudarlos a resolver este misterio?

– Mire –dijo Heraldo–, su nombre aparece en escena a partir de un sorpresivo hallazgo, producto una de las indagaciones que decidimos hacer por nuestra cuenta. Luego, siguiendo la línea de investigación, llegamos a usted.

– No comprendo. ¿Cómo es que yo “aparezco en escena”?

– Le explico: ni bien Florencia me contó que una carta anónima había llegado a su habitación –introdujo Heraldo–, creí conveniente averiguar si alguien había notado u observado, durante esos días, algo raro en los movimientos cercanos a la residencia. Así fue como llegamos a saber, por intermedio de uno de los estudiantes que allí se hospedan, de la existencia de un misterioso hombre que había estado rondando el edificio durante varios días, incluso haciendo preguntas sospechosas. El caso fue que este misterioso hombre –continuó Heraldo–, del cual ya teníamos una vaga descripción física, siguió contactándose con Florencia, primero a través de una nueva carta y luego por teléfono, hasta que por fin logró su cometido: poner en nuestras manos el casete de audio del cual ya le hemos contado. Con los datos que pudimos conseguir de la cinta, más algunas deducciones propias, comenzamos a pensar en la idea de venir a Coronel Fontán, a fin de profundizar nuestra investigación. Fue entonces cuando sucedió lo imprevisto: por indicación de un compañero pudimos dar con la habitación en donde se hospedaba este misterioso hombre. Sin embargo al llegar allí nos dimos cuenta de que ya era demasiado tarde: había abandonado el hotel y no quedaban rastros de él. Pero aquí viene lo más interesante: Florencia tuvo la suerte de encontrar esto en la habitación de este extraño sujeto –Heraldo sacó la tarjeta del bolsillo de su pantalón y se la entregó a la doctora, quién la estudió durante algunos segundos.

– ¿Y yo qué diablos tengo que ver con la Clínica Las Violetas, si nunca trabajé allí? –exclamó Lucrecia.

– Dé vuelta la tarjeta –indicó Florencia.

La Doctora Lunati emitió una pequeña sonrisa, producto de sus nervios. Intentaba ocultar, mediante ese gesto, la sorpresa que se había llevado al leer la siguiente inscripción: Srta. Lucrecia, enfermera. “¿Quién pudo haber escrito mi nombre aquí?”, –pensaba mientras continuaba observando la tarjeta–. “Tal vez alguien que ha tratado de localizarme en el pasado, al parecer sin éxito. ¿Para qué me buscaría este misterioso hombre? ¿Cómo se habrá enterado de mi existencia? ¿Habrá participado de la operación? ¡Basta! ¡Ya he tenido suficientes líos en mi vida a causa de este maldito asunto y no tengo por qué volver a involucrarme! ¡Voy a ponerle punto final ahora mismo!”.

– Vean –comenzó a decir Lucrecia, haciendo un gran esfuerzo por no exacerbarse–, es evidente que aquí existe una confusión, producto de algunas  casualidades. Lamento sinceramente –continuó, ahora dirigiéndose a Florencia– lo que te está sucediendo y el difícil momento por el que estás atravesando, pero entiendan que yo no sé ni supe nada con respecto a una “Operación Voyage” ni con la gente que han mencionado, y mucho menos con la Clínica Las Violetas, donde, vuelvo a repetir, jamás trabajé. Del mismo modo, nunca tuve conocimiento o escuché hablar de un aparente robo de bebés, cometido en 1979. Sí les puedo afirmar que trabajé junto a la colega Bermúdez por un corto lapso durante aquel tiempo, y que mantuvimos una estrecha relación que luego se vio interrumpida por mi alejamiento de la Clínica San Jorge, pero eso no tiene nada que ver con las hipótesis que ustedes manejan, respecto a las conjeturas que se desprenden de un par de cartas anónimas y una cinta de casete. Por lo tanto –prosiguió la doctora–, les pido que se retiren de mi casa y continúen con la investigación que están llevando a cabo con la misma dedicación que hasta el momento han empleado, pero por otras vías, que estén relacionadas al hecho en sí. En tal caso les deseo, de todo corazón, la mejor de las suertes –Lucrecia acabó de decir esto y llamó a los gritos a su criada, quien acudió a la sala en un abrir y cerrar de ojos–. Rosa –dijo con voz pausada pero evidenciando cierto nerviosismo–, la señorita y su acompañante se retiran de la casa, hágame el favor de acompañarlos hasta la puerta.

– ¡Escúcheme, por favor! –dijo Florencia, casi a los gritos–. ¡Usted es la única esperanza que nos queda, el único eslabón de la cadena al cual podemos acudir! –su voz parecía quebrarse, estaba aterrada, sentía que todas las expectativas por conocer su pasado se desvanecían allí, en ese mismo instante–. ¡Ayúdenos a descubrir la verdad: a descubrir mi verdad! Se lo suplico… –balbuceó Florencia, a punto de romper en un llanto desconsolado.

Aquel parecía un acto de una obra teatral, de una tragedia griega. La criada no entendía nada de lo que estaba pasando y buscaba la mirada de su patrona para ver cómo reaccionar, qué medidas tomar. Lucrecia observaba la acción de pie, arrinconada contra una de las paredes de la habitación, como si estuviera siendo atacada por un perro,  cubría su pecho con ambos manos, dibujando una especie de escudo en señal de defensa, y miraba cómo la joven se arrodillaba frente a ella, suplicando piedad y llorando sin consuelo, mientras su amigo intentaba consolarla. En ese momento, Lucrecia Lunati estuvo a punto de echarlo todo por la borda, largarse a llorar junto a la niña y contarle la verdad. Pero otra vez la cobardía, la vergüenza, las amenazas y el miedo al pasado (el temor a la condena, que por tantos años la había atormentado), le impidieron hacerlo.

– Rosa, acompañe a los jóvenes a la puerta –dijo Lucrecia, agazapada contra la pared–. Y si no se retiran, llame a la policía –agregó con severidad.

Heraldo incorporó a Florencia, tomándola del brazo. Esta, a su vez (con el rostro anegado en lágrimas), echó una mirada fulminante a la Doctora Lunati. Se retiraron de allí inmediatamente.

Durante el viaje de regreso al hotel apenas conversaron sobre cuáles serían los pasos a seguir. Heraldo pensaba que lo mejor sería volver a hablar con Carmela para ver si podría brindarles algún que otro dato auspicioso. Pero en el fondo ambos sabían que la gran chance (la única oportunidad de conocer la verdad) la habían tenido ante Lucrecia, y se les había escapado.

La doctora Lunati permaneció inmóvil durante varias horas en el mismo sitio en donde se había refugiado de las súplicas de Florencia. Le pidió a su criada que se tomara el día libre y se quedó sola en aquel rincón de su consultorio. Sabía que a partir de ese momento la eterna pesadilla (de la que no hacía mucho tiempo creía haber escapado) volvía a cobrar protagonismo en su vida, y que sólo había una manera de acabar con ella.

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CAPITULO XXII

Dibujo | SANFERZ

Dibujo | SANFERZ

Heraldo y Florencia llegaron a la Clínica Las Violetas con la urgencia de encontrar a la enfermera Lucrecia. Estaban ansiosos por resolver la trama de aquel misterio que los tenía desvelados. Durante el camino a la clínica habían trazado algunas estrategias (respuestas ante determinadas preguntas, modos de reaccionar, escapes, lugares de reencuentro) aunque sabían que la tarea que tenían por delante no sería sencilla, pues era imposible prever el comportamiento de las personas. Tampoco sabían con lo que se podrían encontrar en Coronel Fontán, ese pueblo al que acababan de llegar y apenas estaban conociendo. Llegaron a Las Violetas y se dirigieron hacia la recepción. Un guardia de seguridad y una joven recepcionista bromeaban distendidamente sobre el mostrador. Heraldo tomó la iniciativa.

– Buenos días, estamos buscando a una persona que creemos que trabaja aquí. Se llama Lucrecia.

– Aquí no hay ninguna enfermera con ese nombre –dijo el guardia–. ¿Vos conocés a alguna Lucrecia? –preguntó luego a su compañera.

– No ­–respondió la joven recepcionista.

– Disculpe la insistencia, señorita –intercedió Florencia–, ¿no poseen un registro en donde figure el personal que trabaja o que en algún momento trabajó en esta clínica?

El guarida de seguridad pareció molestarse con aquella pregunta.

– Existe cierto registro, niña –dijo el hombre–, pero es de uso confidencial, no público. ¿Me entiende?

– Claro que lo entiendo, pero sucede que es la única forma que tengo de encontrar a esta persona. Vea –comenzó a explicar Florencia–: Lucrecia, la mujer que estamos tratando de localizar, fue una gran amiga de mi madre, y como esta última está muy enferma, se me ocurrió localizar a su amiga para que se vuelvan a encontrar, ya que no se ven desde hace muchísimos años.

La historia de Florencia generó compasión en la recepcionista.

– En tal caso no creo que haya inconveniente en prestarles un momento el registro de la clínica. Aquí tienen –dijo enseguida la jovencita, entregándoles un pesado libro–. Pueden tomar asiento allí y buscar tranquilos.

Agradecieron el gesto y se dirigieron a la sala de espera. Buscaron durante un buen rato pero no encontraron ningún dato o registro que los pudiera acercar a Lucrecia. “¿No tienen un archivo digitalizado? ¿Cómo puede ser que llegando al año 2000 una clínica no tenga estos datos pasados a computadora?” –pensaba Heraldo, mientras repasaba una por una las hojas de aquel grueso registro–. Terminaron por devolver el libro a la recepcionista y agradecieron amablemente el gesto. Salieron a la entrada del edificio y se sentaron en el cordón de la vereda. Heraldo encendió un cigarrillo mientras meditaba en silencio los pasos a seguir en la investigación. Había cabos sueltos en toda la historia que no le cerraban. ¿Por qué aparecía escrito el nombre de Lucrecia en el reverso de la tarjeta de la Clínica Las Violetas? ¿Qué tenía que ver esta mujer, al parecer enfermera, con el misterioso hombre que dejaba las cartas anónimas a Florencia? ¿Cómo harían para ubicar al Pola o al Comisario “G”, de los cuales no conocían ni sus nombres de pila? Una voz de mujer lo trajo de sus pensamientos.

– Disculpen, ¿puedo hablarles un momento? –Era una mujer vestida de enfermera.

– Sí, como no. ¿En qué puedo ayudarla? –respondió Heraldo.

– Me llamo Delia, soy enfermera aquí en Las Violetas. Por casualidad oí la conversación que mantenían hace unos instantes en la recepción y entiendo que están buscando a Lucrecia. ¿Cierto?

– Así es –dijo Heraldo–. ¿Sabe algo de ella? ¿La conoce? –preguntó ansioso.

– Yo no, pero la doctora Bermúdez sí. Según tengo entendido, ambas trabajaron juntas en la otra clínica, hace muchos años, en donde se habían hecho amigas.

– Disculpe, ¿a qué otra clínica se refiere? –preguntó Florencia.

– La Clínica San Jorge, que fue cerrada en su momento. Luego sus dueños abrieron Las Violetas. –Heraldo y Florencia se miraron sorprendidos.

– ¿Podríamos hablar un momento con la Doctora Bermúdez, por favor? –preguntó Florencia.

–Voy a ver qué puedo hacer, espero que no esté atendiendo. ¿Me acompañan?

Reingresaron a la clínica conducidos por Delia, que parecía un ángel enviado desde el cielo para ayudarlos en la investigación. Atravesaron varios pasillos hasta llegar al Sector de Pediatría.

– Enseguida vuelvo –dijo la enfermera, desapareciendo detrás de una de las tantas puertas que allí había.

– ¿Te diste cuenta de eso? –preguntó Heraldo, entre el griterío de un grupo de niños que aguardaban ser atendidos en la sala de espera de aquel sector–. ¡Por fin podemos hilvanar algunos datos aislados!

– La Clínica San Jorge aparecía en el audio del casete… –apuntó Florencia.

– ¡Exacto! Es decir que tenemos la siguiente relación en la misma línea de investigación: hombre misterioso, Clínica San Jorge, Lucrecia, Clínica Las Violetas.

– ¿Y cuál será el nexo o motivo que permite esa relación? – se preguntó Florencia, intrigada.

– Aún no lo sabemos, pero puede que la charla con la doctora Bermúdez nos ayude un poco más. Lo raro es que tenemos a Lucrecia relacionada con ambas clínicas, aunque según el registro de personal que analizamos hace unos minutos, jamás trabajó en Las Violetas, a no ser que…

– La hayan eliminado del archivo –conjeturó Florencia.

– No creo, ya que hubiésemos notado algo extraño, alguna hoja arrancada o alguna inscripción tachada…

– ¿Entonces?

– Tengo una teoría, pero veamos con qué nos encontramos luego de hablar con la Doctora Bermúdez.

Unos minutos más tarde apareció Delia. Los condujo hacia una nueva intersección de pasillos, tomaron el que se abría a la derecha y llegaron a una pequeña puerta amarilla que daba paso al “Área restringida”. Ingresaron.

– Doctora Bermúdez, éstos son los jóvenes de los que le hablé –dijo la enfermera antes de retirarse.

La médica estaba de pie y de espaldas a ellos, observando con detenimiento una radiografía. Era una mujer de mediana estatura. Vestía un guardapolvo blanco, una pollera no muy larga dejaba entrever la piel suave de sus delgadas piernas, su cabello castaño claro caía en forma de lluvia desde sus hombros y llegaba hasta la cintura. Sin dudas se trataba de una mujer bella, lo cual quedó en evidencia al darse vuelta y revelar sus finos rasgos faciales y su voluptuoso físico, el cual atrajo enseguida la atención de Heraldo.

– Buenos días, chicos, soy la Doctora Bermúdez –dijo empleando un sensual tono de voz–. Me comentó Delia que estuvieron preguntando por Lucrecia.

– Así es. Lo cierto es que en su tiempo supo ser una gran amiga de mi madre y queremos localizarla para organizar un reencuentro.

– Ya veo… ¿Y cómo se llama tu madre? –preguntó la doctora.

– Virginia –mintió Florencia, haciendo un gran esfuerzo por parecer sincera en su respuesta–. La doctora sujetó su mentón y pensó en silencio durante algunos segundos.

– ¡Qué raro! No conocí ninguna amiga de Lucrecia que se llamara así –dijo de pronto.

– Lo que sucede es que eso fue hace muchísimos años, doctora –participó Heraldo–. ¿Ustedes trabajaron juntas en la Clínica San Jorge? ¿Se conocieron allí? –preguntó luego, intentando desviar el ángulo de la conversación.

– Exacto. A Lucrecia la conocí en la Clínica San Jorge, en febrero de 1979. Hace tantos años ya… cómo pasa el tiempo… –dijo la doctora, con nostalgia–. La cuestión es que yo estaba haciendo una residencia desde hacía unos meses y ella ingresó luego como enfermera, pero también le faltaba poco para recibirse.

– ¿Recibirse? –preguntó Florencia, extrañada.

– Sí, ella también estudiaba medicina. Entró como enfermera para ir conociendo la clínica y el trabajo que luego debería hacer. Una vez que obtuviera el título la pasarían a la planta fija de médicos.

– O sea que también trabajó en la clínica como médica… –acotó Heraldo.

–No, nunca llegó a hacerlo porque… Disculpe, ¿su madre no está al tanto de estas cosas? –preguntó la doctora Bermúdez, dirigiéndose a Florencia.

– Debe estarlo, pero la verdad es que se encuentra muy enferma y no queríamos molestarla con tantas preguntas. No está bien de la memoria, ¿sabe…? –dijo Florencia, simulando desconsuelo y padecimiento en su expresión.

– Entiendo, linda. Lo cierto es que Lucrecia y yo nos hicimos grandes amigas durante los cinco meses que trabajamos juntas en San Jorge. Hasta que de pronto la empecé a notar rara, triste, desganada. Era como si alguien o algo le hubiera cambiado el ánimo por completo. Siempre le preguntaba, intentaba ayudarla, pero nunca me quiso contar qué le sucedía, entonces la dejé tranquila y no la volví a molestar. “Debe ser algo muy íntimo, ya se le pasará” –pensaba yo–. Pero nunca la volví a ver igual, radiante y alegre como era en un principio… excepto cuando nos volvimos a conectar, muchos años después de haber dejado la clínica.

– ¿Dejó de trabajar en la Clínica San Jorge? –preguntó Florencia.

– Sí, recién cumplía cinco meses de antigüedad y de un día para el otro presentó la renuncia. Todos nos sorprendimos porque creíamos que pronto la iban a pasar a la planta de médicos, aunque su decisión fue inquebrantable. Traté de hablar con ella, pero no quería dar detalles del asunto. Luego nos distanciamos durante algún tiempo, hasta que nos volvimos a encontrar por casualidad, por un paciente en común.

– ¿Entonces se recibió y ejerció como médica? –dedujo Heraldo.

– ¡Pero claro! La doctora Lunati ejerce la medicina desde hace casi veinte años. Incluso se especializó en salud mental. Ahora trabaja como psiquiatra.

– ¿Aún mantienen su amistad? –preguntó Florencia.

– La última vez que la vi nos juntamos en su consultorio, pero eso fue hace cuatro años, en 1995. No sé si luego se habrá mudado, vaya uno a saber…

– ¿Usted podría darnos la dirección del consultorio de la doctora Lunati? –solicitó Florencia–. Sería muy importante para mi madre poder hablar de nuevo con ella.

– Cómo no, dame un minuto que me fijo en mi agenda, creo que la tenía anotada en alguna página… acá está: Lucrecia Lunati. Santa Fe 657. ¿Quieren el teléfono?

Tomaron nota de la dirección y el número telefónico y agradecieron a la Doctora Bermúdez por la gentileza con que los había atendido.

– Suerte en la búsqueda –les deseó la mujer–. Y si la encuentran, háganme el favor de decirle a Lucrecia que le manda saludos Ester, la “doctorcita”.

– Una última pregunta, doctora –dijo Heraldo, antes de abandonar la sala–. ¿Oyó alguna vez hablar del “Pola” o del comisario “G”? –La doctora Bermúdez modificó el semblante. Una expresión de desconcierto reemplazó la cordial sonrisa que había sostenido hasta ese momento.

– No –respondió tajantemente–. Jamás escuché esos nombres ni esos apodos. Pero no sé por qué me lo pregunta, ¿no era que estaban buscando a Lucrecia?

– Así es, doctora, esa pregunta va por mi cuenta nomás. Sucede que es gente amiga de Emilio, un amigo mío que visitó este pueblo hace mucho tiempo. Pero olvídelo, carece de importancia y no viene al caso –explicó Heraldo–. Gracias de nuevo por su gran ayuda, ha sido muy amable.

Salieron de la clínica y se cruzaron con el guardia de seguridad. Esta vez se encontraba de pie a un lado de la recepción y los escoltó hasta la puerta de salida, en clara señal de desconfianza.

– Buen intento sobre la hora –dijo Florencia, una vez fuera de la clínica.

– Se me ocurrió que podría llegar a saber algo, pero parece que no. Igual fue muy productiva la charla con la doctora, nos ha brindado gran información. ¡Un par de piezas más del rompecabezas! –gritó Heraldo, entusiasmado.

Aún debían visitar a la Doctora Lucrecia Lunati. Todo empezaba a tener sentido. 

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CAPITULO XXI

El enflechado | SANFERZ

El enflechado | SANFERZ

Lucrecia había ingresado como enfermera a la Clínica San Jorge a fines de 1978 recomendada por el Doctor Valdez, íntimo amigo de su padre. Tenía apenas veintidós años y cursaba las últimas materias en la carrera de medicina. Contaba con un excelente promedio como consecuencia del compromiso que había adquirido con su vocación y de la herencia familiar que cargaba sobre sus espaldas (tres generaciones de su familia habían seguido la misma carrera). De niña Lucrecia observaba cómo su abuelo y su padre atendían pacientes en el consultorio que habían montado en una de las habitaciones de la casa. Pero sin dudas lo que más disfrutaba eran las maravillosas e increíbles anécdotas que su abuelo le contaba antes de irse a dormir, cuando narraba sus experiencias de médico rural en las épocas del viejo Coronel Fontán. Aquellas fantásticas historias, sumadas a la admiración que sentía por su padre, habían despertado desde su infancia la pasión por esa práctica que ayudaba a sanar y mejorar la vida de las personas. Luego, con la educación básica incorporada, Lucrecia comprendería de ética, deontología y profesionalismo, aunque también de política, negocios e intereses compartidos, cuestiones también relacionadas al sistema de salud. No tardaría en comprender que todo, la vida y la muerte, giraba en torno al dinero. A pesar de la desilusión que aquella verdad había causado en sus aspiraciones, su pasión por el estudio crecía día a día, recordando los consejos de su abuelo, quien decía que “el mejor libro que un doctor puede estudiar es su propio cuerpo, porque aquel que aprende a leer y entender el cuerpo humano, tiene en sus manos la llave maestra de la medicina”. Claro que en la práctica no todo era tan sencillo como su abuelo le había hecho creer.

La infancia y la adolescencia de Lucrecia pasarían sin sobresaltos, entre visitas de pacientes, libros, apuntes y sabios consejos familiares. Nadie dudaba en afirmar que aquella niña curiosa e inteligente seguiría el camino de su abuelo y de su padre (incluso algunos se animaban a decir que su vida estaba predestinada a la medicina). Sin embargo había en su alma restos de una violenta lucha interna que la confundían, sobre todo cuando pasaba largas horas sentada frente a sus apuntes, estudiando hasta el amanecer. Era en esos momentos de profunda concentración cuando se replanteaba su futuro, pensando en si aquélla sería la vida que deseaba tener, y si todo ese esfuerzo que estaba llevando a cabo, esas interminables horas de estudio encerrada en su habitación o en la biblioteca del pueblo, terminarían por complacer su alma y su espíritu. Las ganas de satisfacer a sus padres y el éxito con el que avanzaba en su carrera la mantenían siempre en la misma dirección, regresándola al escritorio y a la biblioteca, consumiendo sus horas felices en estudios sobre anatomía, pediatría o cardiología. El ingreso a la Clínica San Jorge había aquietado un poco el océano de dudas que Lucrecia estaba experimentando durante el último tramo de su carrera. Allí la habían recibido muy bien y al poco tiempo de trabajo ya había hecho varias compañeras. El Doctor Valdez la felicitaba siempre por su labor como enfermera y le prometía que ni bien se recibiera pasaría a formar parte de la planta fija de médicos de la clínica. Sin embargo, esas promesas no terminaban por complacerla (aunque nunca tuviera bien en claro qué era lo que en verdad quería para su futuro).

Una noche de febrero de 1979 cambiaría la vida de Lucrecia para siempre. Estaba de guardia cuando tuvo la desgracia de escuchar una reunión informal entre el doctor Valdez, el Intendente Renzulli y el comisario Gutiérrez. Los tres ultimaban detalles de la nefasta operación que tenía por objeto la apropiación de un bebé que estaba por nacer en la clínica. En su intento fallido por escapar de allí los hombres notaron la presencia de la joven enfermera y la increparon en la oscuridad. Las amenazas de muerte fueron apenas un mínimo detalle, comparadas con la decepción que Lucrecia sintió al escuchar las palabras “robo”, “bebé”, “arreglo”, “operación”, “cobro”, y “silencio”, que habían salido de la boca del Doctor Valdez. Aquel hombre que jugaba con ella de niña, que había oído tantas veces con admiración y el cual era un ejemplo a seguir se convertía de pronto en un ser desalmado, un vulgar arrebatador de sueños e inocentes vidas. A partir de ese momento Lucrecia no sólo tuvo que luchar contra el miedo de haber descubierto una terrible maniobra delictiva y criminal, sino que también la obligaron a ser cómplice de ella: le asignaron un papel dentro de la sucesión de hechos que tendrían lugar en la Clínica San Jorge el mismo día del parto, debiendo tomar al bebé recién nacido y trasladarlo al galpón que se ubicaba en la parte trasera del establecimiento, en donde una pareja se haría cargo de la criatura. Todo había sido muy precipitado y efímero, lo suficiente como para que el miedo la paralizara por completo, impidiéndole actuar para evitar el delito que aquellos monstruos (porque no les cabía otro calificativo) estaban a punto de cometer. De cualquier modo nadie le hubiera creído si decidía hacer pública la situación, o si se atrevía a denunciar al propio intendente de Coronel Fontán. Por eso calló y fue cómplice.

De la mañana misma en que se produjeron los hechos, Lucrecia recordaba con cierta vaguedad las infinitas instrucciones y amenazas que el intendente Renzulli y el comisario Gutiérrez le proferían a cada instante, ya sea en los pasillos de la clínica como por teléfono, incluso llegando a efectuar una sorpresiva visita a su casa para dejar bien en claro que no había modo de escapar a la obediencia de las instrucciones recibidas. Sin embargo, lo que más le turbaba la mente no era aquello, sino el recuerdo de los llantos desgarradores de Carla, la joven víctima de esos sinvergüenzas que le habían quitado a su beba. Jamás podría olvidar esos lamentos nacidos en lo más profundo de sus entrañas, la angustia inacabable  y el dolor que apenas podía traducir en lágrimas, para caer luego en un silencio absoluto, producto de esa “muerte accidental” que había acabado con sus sueños de madre. Durante varias noches Lucrecia había querido sentarse, luego del parto, junto a Carla. Deseaba contarle a aquella jovencita toda la verdad: decirle que sí había dado a luz sin inconvenientes y que la historia de las complicaciones del parto no eran más que burdas mentiras, que era madre de una beba hermosa, apropiada por una organización de delincuentes, de asesinos sin escrúpulos, que se la habían llevado en una camioneta y que sería vendida a una familia pudiente. Pero el miedo siempre estaba presente, personificado en la nefasta expresión intimidatoria y el aura de poder que emanaba de la figura del Intendente Renzulli, o en las periódicas y groseras llamadas telefónicas y cartas amenazantes que recibía del Comisario Gutiérrez, las cuales bastaban para mantener su silencio. Jamás volvería a ver al Doctor Valdez, ya que éste, una vez cobrada su parte del botín, había decidido marcharse al Uruguay aduciendo una oportunidad laboral única, cuando en realidad no hacía más que escaparse de la culpa, la vergüenza y la acusación que veía reflejada en los ojos de la hija de su mejor amigo.

Mucho tiempo le había llevado a Lucrecia poder olvidar la imagen de esa beba que llevaba en sus brazos y que había entregado (obligada por las amenazas) a una pareja de desconocidos.

Los años fueron pasando y con ellos los recuerdos se fueron diluyendo, muy de a poco. Pero habían dejado una mancha en su alma, un grito ahogado que nunca había podido salir y que pensaba llevarse consigo hasta el último de sus días, de no haber sido por la sorprendente aparición, veinte años después, de la misma expresión triste e inocente que se había marcado a fuego en sus ojos aquella mañana del parto, y que durante casi toda su vida había asaltado sus sueños, siendo protagonista de recurrentes pesadillas. 

 

***

 

Las calles de Coronel Fontán se veían, recién entrado el amanecer, más desiertas que nunca. Carla sentía que en su pasividad podía advertir signos relacionados al momento que estaba atravesando. “La desolación que veo en estas calles no es más que el reflejo de lo que sucede en mi alma” –pensaba mientras se dirigía a la salida del pueblo–. “Es extraña la sensación de abandono que siento al observar todo esto: las casas vecinas, la plaza central, el kiosco de diarios, el almacén, la cantina, la estación de ómnibus, el baldío, el boulevard, la iglesia… es todo parte de la nada, de algo que en algún momento de mi vida ha sido importante (mejor dicho en la vida de Carla del Veccio), pero que ahora vivo como algo ajeno, como algo que ya no me pertenece”. La sensación que experimentaba no era más que la concreción de lo que hacía ya un buen tiempo venía sintiendo. Alejarse de los lugares, los aromas, los hábitos, las personas, las rutinas y cada parcela de tierra de Coronel Fontán que había pisado, era como estar desprendiéndose de una parte infectada de su cuerpo. Nada la ataba a quedarse. Las horas previas a la partida, en su habitación, había cavilado profundamente acerca de los motivos que podrían hacerla pensar en un regreso a sus fuentes, pero no había encontrado ni una sola razón para dudar de su determinación. La imagen de su padre borracho, la inoperancia de su madre y la desconsideración y falta de compromiso de Roberto ya eran parte de su pasado, al igual que ese pueblo tan cerrado en sus pensamientos, tan abocado a sus férreas imposiciones y a su prehistórica tradición, que nada tenían que ver con los sueños de Carla.

Durante dos horas y media caminó a un costado de la ruta, tratando de que algún vehículo la acercara a Buenos Aires. Advirtió enseguida que no sería tan fácil como lo había planeado (sólo un camión de transporte pesado había detenido su curso para ayudarla, pero por desgracia éste no iba muy lejos de allí). Ya eran las 7.30 de la mañana. El sol brillaba y pegaba fuerte sobre el asfalto de la ruta cuando, apenas con sus últimas fuerzas, vio como un vehículo detuvo su marcha cincuenta metros delante de ella. Era un modelo antiguo de una camioneta rural. Caminó lo más rápido que pudo (sus piernas le temblaban de tanto andar) y se arrimó a la ventanilla del acompañante. Una mujer iba al volante. Era una dama entrada en edad, de rasgos bien marcados pero bellos. Vestía una camisa escocesa, un vaquero salpicado con barro y unas largas botas de cuero marrón. Lucía una expresión sincera y jovial en su rostro.

– ¿Adónde vas, linda? –preguntó la mujer.

– Voy a la Capital. ¿Puede acercarme por allí? –preguntó Carla, tímidamente.

La mujer la miró a los ojos y sonriendo, le dijo:

– Subí, hoy es tu día de suerte.

En efecto, aquel parecía ser el día de suerte para Carla. Durante gran parte de las cuatro horas que duró el viaje, hablaron de sus amistades, de historia, de literatura, de cómo era la vida en la capital del país y de trabajo, entre otras cosas. Carla tuvo que hacer un gran esfuerzo para ocultar su secreto, la verdadera historia de por qué huía de su casa, inventándose un cuento en donde el personaje central (o sea, ella) viajaba a Buenos Aires para estudiar literatura y triunfar como escritora. Por su parte, la gentil mujer habló de su marido, de sus dos hijas, de su infancia, de sus sueños de adolescente y de su trabajo desde pequeña en el campo. Luego le pasaría el dato de un amigo de su marido, que era dueño de una importante editorial situada en pleno centro de Buenos Aires y que podría ayudarla con su carrera. Pero eso fue al final del viaje, una vez que Carla ya había vencido sus temores, observando a través de las ventanillas de la camioneta el paisaje que dejaba atrás, la memoria de un pasado que empezaba a borrar. Nacía en ella una nueva persona. Bajo el nombre de Elena Levin, comenzaría una nueva vida.

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CAPITULO XX

Mujeres | SANFERZ

Mujeres | SANFERZ

 

– ¡Podés callar a la nena!

– ¡Ya te dije que es una beba y que no entiende todavía las órdenes! ¡Sos más duro que una roca, che!

El Pola y su mujer habían discutido durante casi todo el viaje. La travesía, a pesar de aquellas discusiones, marchaba bien. Llevaban un día y medio viajando y sólo se habían detenido un par de veces por problemas mecánicos y también para descansar. El Pola estaba algo nervioso por la actitud sospechosa del viejo de la estación de servicio abandonada que lo había ayudado en La Merced, pero sabía que su preocupación sólo era producto de la ansiedad por finalizar el trabajo y por miedo a que descubrieran lo que estaban haciendo. La noche en que se habían detenido a descansar en un motel de ruta había tenido un sueño extraño: estaba parado en medio de un bosque oscuro en donde apenas podía distinguir los troncos de inmensos árboles que lo rodeaban, se oían aullidos y bramidos de distintos animales, todo aquello lo intimidaba y una bruma espesa dificultaba la visibilidad, se sentía solo y atemorizado, de pronto los árboles se movían bruscamente, luego con más insistencia, como queriendo desprenderse del suelo, sus raíces emergían de la tierra y caminaban hacia él, hostigándolo contra un rincón, en los troncos se dibujaban ojos, luego narices y bocas formando al fin un rostro temible, ¡como el del viejo de La Merced!, las raíces del árbol se volvían bastones que lo azotaban y en cada una de sus ramas nacía un bebé, dos bebés, cien bebés que lloraban sin parar, después  daba dos pasos hacia atrás y caía en un profundo pozo mientras era perseguido por el rostro del anciano, seguido de sus bastones y los bebés, hasta que al fin su mujer lo despertaba de la pesadilla. “Tendría que haberle pegado un tiro a ese viejo de mierda y no me estaría preocupando por nada” –pensaba el Pola mientras conducía por el último tramo de la ruta que los llevaba a Salta Capital–. “De todos modos estaba medio gagá. ¿Qué puede haber escuchado de lo que hablé por teléfono? ¡Si estaba más sordo que una tapia! Igual no debería mostrarme preocupado, tengo que actuar con naturalidad, sino voy a cometer errores que van a mandar todo al carajo y encima me van a querer limpiar… Tranquilo, Pola, que todo está saliendo diez puntos” –se decía mientras su mujer intentaba dormir a la beba en la parte trasera de la camioneta.

–Ya estamos llegando, negrita. “Bienvenidos a Salta Capital”, andá preparando el bolso y a la nena.  

– ¡Y dale con lo de “nena”! Es una beba, Pola, ¡una beba! –gritó su mujer–. ¿Quedaron con el comisario de encontrarse en algún lugar? ¿O tenés que llamar de nuevo?

– Quedate tranquila que ya arreglamos en dónde encontrarnos, vos hacé lo que te dije nomás, del resto me encargo yo.

– ¿Sabés en qué me quedé pensando? –preguntó de repente su señora.

– ¡Cómo te funciona el coco, negra! ¡Estás todo el día maquinando! A ver, contáme.

– No me gustó la actitud de esa pendeja que nos trajo a la beba, la enfermerita que tenía nombre de actriz de telenovela ¿Cómo se llamaba…?

– Lucrecia

– No sé, no me cayó bien, me pareció como que no estaba convencida de lo que hacía, la noté con dudas… casi arrepentida te diría.

– ¿Pero viste algo raro? ¿Hizo alguna llamada? ¿La viste hablar con alguien?

– No, nada de eso, no sé bien cómo explicarlo… podés llamarlo “intuición femenina” o como quieras, pero esa mina no me gustó ni medio.

–Yo lo llamaría “cagazo femenino” –se burló el Pola, a las carcajadas–. Dejáte de joder, negrita, todo está saliendo a la perfección. Ahora entregamos a la mocosa, nos dan la guita y a otra cosa mariposa. ¡En dos días nadie se acuerda de nada!

– Está bien, después no digas que no te avisé.

Aunque intentara simular lo contrario, el Pola tenía más dudas que certezas en cuanto al verdadero éxito de lo que estaban llevando a cabo. En varios pasajes del viaje rumbo al norte se había preguntado si aquel riesgoso “trabajo” que había aceptado hacer no lo terminaría por llevar a la cárcel. Pero las cosas habían salido muy bien hasta allí y no había por qué temer.

La camioneta detuvo su marcha sobre la calle San Martín. La noche era agradable, una ligera brisa se levantaba sobre la capital salteña. El Pola miró su reloj de bolsillo: eran las 21.30. Aún quedaban algunos trabajadores levantando sus puestos del Mercado Artesanal. Descendió del vehículo, dejó a su mujer con la beba en la parte trasera del rodado y cruzó la calle. Caminó unos metros por la vereda de enfrente y se detuvo en una esquina. Un minuto después, dos hombres que llegaban desde la dirección contraria le hicieron señas y el Pola los siguió. El primero era un hombre de unos cincuenta años, petiso y bastante excedido de peso, unos exagerados bigotes negros disimulaban su prominente dentadura, sus rasgos eran bien marcados y llevaba el pelo engominado y peinado hacia atrás. Su acompañante era más bien todo lo contrario: alto, joven, esbelto, sus rasgos eran finos y acusaba menos años de los que en verdad tenía. Había algo que llamaba la atención del Pola en este último hombre: un gorro negro de lana cubría su cabeza, al tiempo que llevaba, abierto sobre su camisa, un sobretodo negro, a pesar del clima templado que dominaba la noche.

– Comisario Gutiérrez –se presentó el pequeño hombre de bigotes–. Le presento a mi mano derecha, el Cabo Rodríguez. Usted debe ser el famoso Pola…

– Así es, comisario –dijo el Pola, respondiendo al saludo.

– Lo felicito por su trabajo, me han comentado que ha cumplido con creces su tarea.

– Para eso me contrataron, señor.

– Bien, vayamos al grano. Tiene a la beba en la camioneta, ¿cierto?

– Afirmativo.

– Procederemos de la siguiente manera –comenzó a explicar el Comisario Gutiérrez–: usted va a ir ya mismo a buscar a su mujer a la camioneta, salen juntos y desaparecen, nosotros iremos caminando a sus espaldas. Dejará las llaves puestas en el vehículo y a la beba escondida atrás. Luego nosotros subimos a la camioneta y nos marchamos. Aquí tiene su pago –dijo, entregándole un abultado fajo de billetes–, cuéntelo nomás, hoy día no se puede andar confiando en nadie…

El Pola contó los billetes uno por uno, volvió su vista al comisario y preguntó:

– ¿Qué va a pasar con mi camioneta?

– Ah, claro, su camioneta…, pero cómo, ¿no le contaron?

– Perdón, señor, ¿contarme qué cosa? –preguntó el Pola, desconcertado y mirando de soslayo al Cabo Rodríguez, que parecía burlarse por la ignorancia de aquel asunto.

– La camioneta es parte del arreglo –dijo el comisario–. Aquí tiene un dinero extra por su rodado.

– Supongo que tendré que agradecerle… –dijo el Pola, algo triste por tener que entregar su camioneta.

– Hay que ser agradecido en la vida, camarada, no siempre se le van a presentar estas oportunidades. Aproveche el “golpe de suerte” –exclamó el comisario, de un modo altanero–. Pero bueno, terminemos con ésto de una vez por todas.

El Pola salió primero del galpón. Caminó unos metros, cruzó la calle San Martín y fue hacia la camioneta. El comisario y su acompañante lo seguían a sus espaldas, a unos cincuenta metros. Casi no había gente en el Mercado de Artesanos. El movimiento fue preciso, tal cual lo habían planeado. El intercambio de roles se produjo sin ningún inconveniente. Al cabo de unos minutos, el Pola y su mujer proyectaban un viaje al exterior mientras contaban, sobre la cama de un hotel de pasajeros, los gruesos fajos de billetes que habían recibido. Al mismo tiempo, una camioneta roja continuaba su marcha por las rutas del norte argentino dirigiéndose a un pueblo del noroeste salteño llamado La Poma, en donde un padre de familia bien acomodada, con importantes contactos políticos, pagaría una abultada suma de dinero por una beba recién nacida.

***

La soledad había sido, en muchos casos, una amarga compañera para Carla del Vecchio. Durante gran parte de su infancia había sufrido noches enteras encerrada en su habitación mientras sus compañeras se divertían en alguna fiesta a la cual ella nunca podía asistir, por dictamen de su padre. “¿Todo tiene que ser como él quiere? ¿Cuándo podré ser yo quien guíe mi destino, quien permita llevar a cabo mis acciones, mis sueños y mis deseos, mis propios aciertos y equivocaciones?” –pensaba siempre Carla, encerrada en su cuarto–. Durante esas noches de encierro solía aprovechar para leer todo tipo de cuentos y novelas, sabiendo que en algún momento, cuando por fin llegara el día de su independencia, aprovecharía ese caudal de conocimiento que su intelecto había acumulado.

No había sido hasta esa última noche en su casa que Carla había pensado tan seriamente en la concreción de su fuga. Soñaba con ser escritora (desde el preciso instante en que leyó por primera vez “El Aleph”, supo que aquélla sería su profesión). También soñaba con hallar a su príncipe azul y vivir con él hasta sus últimos días. Pero la vida le había enseñado que no todo iba a ser como ella realmente deseaba que en verdad fuera. Prueba de ello era el triste final de su relación con Roberto. Aquella trágica experiencia había lacerado su alma, causando una profunda herida en su corazón, algo que jamás podría olvidar, ni siquiera escapando de su pasado. Pero la decisión ya estaba tomada y debía llevarla a cabo, a pesar de su cargo de conciencia, de las amigas que dejaba, de la lástima que sentía por su madre, de la triste imagen que representaba su padre, de los recuerdos de su educación, de sus profesoras, de los atardeceres junto al viejo Rubén, de las lecturas en el sótano de su casa, de la calidez y los secretos que atesoraba su cuarto, del Bar de Pérez y los guisos que compartía con su abuelo, de la Plaza 25 de Mayo, de las caminatas sin sentido por las calles del pueblo, de Coronel Fontán… En fin, de todo lo que dejaba atrás en este nuevo camino que decidía recorrer: una nueva etapa con la cual intentaría olvidar (en vano) un pasado rico en recuerdos, pero pobre en libertades.

La madrugada era el momento indicado para emprender la huida. Leyó una y otra vez la carta que acababa de escribir. “Es ésta, sin lugar a dudas” –se dijo luego de elegir el texto–. Tomó su bolso, se detuvo un instante en la puerta de la habitación y la contempló desde allí, presa de un ambiguo sentimiento que mezclaba tristeza y felicidad. Cerró la puerta sin titubear, convencida de lo que hacía. Bajó las escaleras de manera sigilosa, tratando de hacer el menor ruido posible. Se dirigió hacia el centro del comedor y dejó la carta sobre la mesa. Imaginó el rostro de su madre al leer aquellas líneas: su llanto desconsolado, la decepción y la bronca de su padre, la catarata de preguntas y la ausencia de respuestas, las culpas compartidas, los insultos de Adolfo, la borrachera sin fin y todo lo demás. Pero eso ya no le importaría porque sería parte de la vida de Carla del Vecchio, de aquella niña que había decidido abandonar para dar nacimiento a una nueva vida, a un nuevo ser que gozaría del mayor de los privilegios que jamás le habían permitido conocer: la libertad. Estaba a punto de abandonar la casa cuando descubrió la puerta del estudio de su padre entreabierta. Una tenue luz de velador iluminaba la habitación. Se acercó de a poco, en puntas de pie. Empujó apenas la puerta y vio la figura de su padre tendida sobre el escritorio. “Seguro que está borracho” –pensó–. Se detuvo frente a la triste imagen y contempló la botella de whisky vacía, el cenicero repleto de colillas de cigarro y el cuerpo inmóvil de aquella persona que ya no reconocía como su padre, y que jamás volvería a ver. A pesar de lo que siempre había imaginado que sucedería en ese momento, no sintió pena ni nostalgia por abandonar a su familia, sino más bien todo lo contrario.

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CAPITULO XIX

Paisaje Mancha | SANFERZ

Paisaje Mancha | SANFERZ

La última noche que pasó en la residencia, Florencia no pudo dormir. Estaba tan nerviosa por lo que había vivido en las últimas horas que no podía conciliar el sueño. El viaje a Coronel Fontán podría significar un antes y un después en su vida y eso la mantenía en vilo. Una especie de tormenta emocional alteraba su mente. Saltó de la cama y se puso a escribir (de algún modo necesitaba canalizar sus tensiones). Las palabras le venían a la mente unas tras otras. Casi ni pensaba lo que escribía. Las frases se hicieron oraciones, luego renglones, párrafos y por fin capítulos. Tres horas más tarde, presa de un impulso sobrenatural que se había adueñado de su mano, Florencia había escrito los últimos cuatro capítulos de su primera novela. La catarsis había sido consumada, a la vez que uno de sus mayores deseos se hacía realidad. Reunió y ordenó todos los capítulos y se quedó observando las 150 páginas que conformaban su relato. “Aquí están mis sueños” –pensó emocionada–. Los primeros destellos del amanecer se filtraban por la ventana. En una hora la pasaría a buscar Heraldo para ir a la estación terminal de Retiro y tomar el ómnibus que los trasladaría a Coronel Fontán. La noche anterior habían ultimado los detalles de la excursión que iban a emprender. La reunión había tenido lugar en la habitación de su amigo, el búnker elegido por ambos para delinear los pasos de la travesía. Si bien la idea de trazar una “metodología de la investigación” por parte de Heraldo era bastante auspiciosa, Florencia creía que el único modo de llegar a la verdad que estaban buscando podría darse sólo a partir de dos factores: la suerte y el destino. Ambos tópicos habían sido siempre motivo de reflexión y profundo debate en sus diarios íntimos y ensayos. Y también eran el eje sobre el cual giraba su novela. “¿Mi suerte ya está echada? ¿Cuál será mi destino?” –pensó Florencia, antes de quedarse dormida sobre el escritorio.

Una caricia suave sobre su pelo la despertó. El rostro preocupado de su amigo fue lo primero que vieron sus ojos al despertar.

– ¿Estás bien, Flor? ¿Qué hacés dormida sobre el escritorio?

– ¿Cómo entraste a la habitación?

– Golpée varias veces y como no me contestabas me asusté y pensé en forzar la cerradura, pero me sorprendí al darme cuenta de que la puerta estaba abierta, ¡sin llave! ¿Cómo pudo ser?

– Fácil: me olvidé de cerrar. –dijo Florencia, fregándose los ojos–; es que me quedé escribiendo toda la noche… ¡Terminé mi novela! –exclamó de repente, entusiasmada.

– ¿En serio? ¡Felicitaciones! ¡Venga un abrazo! Me alegro mucho, amiga, ahora sólo falta que todos conozcan y lean tu historia. Pero no olvides lo que hablamos la otra vez: confiá en tus cualidades.

– Prometido.

– ¡Ah, ya me olvidaba! Esperame un segundo, voy a buscar algo a mi cuarto y cuando vuelva salimos.

Heraldo regresó con un papel en su mano.

– Guardalo y leelo tranquila, cuando puedas. Lo que decidas hacer después queda en vos –dijo.

Florencia guardó el volante en el bolsillo de su pantalón, tomó su bolso y salieron de la habitación. Antes de partir se despidieron de Brunelda. Le dijeron que iban a pasar unos días en la casa de un amigo en común y salieron en busca de un taxi.

Al llegar a la estación de ómnibus Florencia recordó el momento de su arribo a Buenos Aires. Habían pasado ya cinco meses de aquel día, pero la imagen era la misma en la terminal de micros. Nada parecía haber cambiado en su aspecto: turistas yendo y viniendo, alboroto, voces por los altoparlantes, demoras, tránsito pesado, vendedores ambulantes, caos y desorganización.

Cuando el micro inició su marcha Heraldo ya dormía profundamente sobre el asiento que ocupaba. Florencia viajaba a su lado, mirando por la ventanilla cómo el ómnibus dejaba atrás la estación y se introducía en la ruta. Intentó dormir, pero no pudo hacerlo.

“El paisaje conserva su monotonía a lo largo del camino” –pensó–. “Y nosotros vemos pasar todo desde aquí, ensimismados ante el ventanal. Vemos cómo se repiten las cosas, cómo todo sigue su deliberado curso, mientras la vida se desarrolla sin sobresaltos, sin aparentes novedades. ¿Cuál será mi novedad? ¿Qué me espera más allá de la ruta, de este camino que estoy emprendiendo? ¿Será ésta la oportunidad de averiguar mi verdad, de saber al fin de cuentas quién soy? Todo parece encajar en el momento indicado: la decisión de abandonar La Poma, el viaje a Buenos Aires, mis dudas existenciales, la aparición de Heraldo, las cartas anónimas, el misterio sobre mi pasado, la escritura de mi novela, este viaje a Coronel Fontán… Son demasiadas señales, demasiados indicios de que algo está por suceder. Tal vez sea el pasado que vuelve para corregir sus errores. ¿But what do I know? I´ll know…”.

El viaje duró casi cuatro horas, durante las cuales Heraldo durmió plácidamente. Eran las once de la mañana cuando el micro ingresó a Coronel Fontán. Unos minutos después descendían en una pequeña estación abandonada, situada frente a un baldío. Caminaron por una calle de tierra hasta llegar a la plaza central del pueblo.

– ¿Sabés algo? –dijo Florencia mientras caminaban–, este paisaje me hace acordar mucho a ciertos lugares de La Poma. Es como si me sintiera identificada con la tranquilidad, la forma de las casas, las calles y la manera de andar de la gente. Es extraño, pero me recuerda a mi pueblito.

– Es un buen indicio. Ojalá nos sirva de ayuda para lo que vinimos a buscar… – dijo Heraldo, bostezando exageradamente.

– ¿Y qué es lo que vinimos a buscar? ¿Qué se esconde detrás de estas paredes, de estas calles de tierra, de este pueblo fantasmal?

– ¡Pero qué pregunta, amiga! Supongo que ya lo sabremos. O mejor dicho: ya lo sabrás, no te olvides que vinimos para armar tu rompecabezas, yo sólo soy una simple ayuda. Mirá, ¡ya estamos en la Plaza 25 de Mayo!

Heraldo sacó un papel del bolsillo de su camisa y echó un vistazo alrededor.

– Allá –señaló enseguida–. Ahí nace la calle Lezama; caminamos dos cuadras, doblamos por Sarandí, hacemos trescientos metros y llegamos al Hotel Rey.

– ¿De dónde sacaste esos datos?

– La dirección del hotel me la pasó Emilio. Es un lugar de “medio pelo”, pero según él sirve para pasar un par de noches. Y el mapa del pueblo me lo dieron en la Casa de la Provincia.

– No confío mucho en los consejos de Emilio –dijo Florencia, dubitativa–, pero si no queda otra opción…

Llegaron exhaustos al Hotel Rey. La puerta estaba entornada. Ingresaron a un modesto zaguán y luego a una sala de recepción, en donde se detuvieron ante un escritorio vacío. Varios minutos después apareció una señora que se presentó como “Carmela, dueña del establecimiento”. Era una señora de unos sesenta años, que aun conservaba sus atributos. Vestía ropa de alta costura, llevaba en su cabeza un llamativo sombrero verde y se desplazaba de una manera altiva y arrogante. Traía en sus manos una planilla y un bolígrafo.

– ¿Qué es lo que andan haciendo por aquí, jovencitos? ¿Qué los trae a Coronel Fontán? –preguntó con interés la extraña dama.

– Estamos de paso, vinimos a conocer el pueblo porque nos hablaron muy bien de él, pero en realidad estamos yendo a otro lado –se le ocurrió decir a Heraldo–. ¿Tiene alguna habitación disponible para nosotros?

– Ante todo, debo felicitarlos por la elección: venir a Coronel Fontán fue lo mejor que pueden haber hecho –comenzó a decir Carmela, entusiasmada–; ya van a ver lo magnífico que es este pueblo; aquí nos conocemos todos desde chiquitos, crecimos juntos, somos como una comunidad aparte, otro país, si se me permite el atrevimiento –la extravagante dama gesticulaba como si estuviera dando un discurso a sala llena, sus expresiones irradiaban emoción y entusiasmo–; ya van a comprobarlo ustedes mismos; de todos modos hay gente en Coronel Fontán que no está a favor del turismo, pero se olvidan que muchos de los que vinieron de paso (como ustedes) hoy son excelentes vecinos nuestros, como Los Pereira, que ahora manejan el correo del pueblo, o Los Delgado, dueños del mercado inmobiliario… En fin, ¡van a ver qué importante es Coronel Fontán para la Argentina! ¿Sabían que mi abuelo fue uno de sus fundadores? ¡Pero no!, ¿qué pueden saber ustedes de eso? Cuándo mi abuelo llegó de…

– Perdón, señora –interrumpió Florencia–, le agradecemos la consideración y estimamos mucho la tradición de este pueblo, seguramente no faltará oportunidad para conocer más a fondo la historia de su abuelo, pero lo que sucede es que estamos agotados por el viaje y queríamos saber si tiene una habitación disponible para nosotros.

La dueña del hotel miró con cierto desprecio a Florencia. Tras un pequeño silencio, retomó el diálogo.

– Permítanme consultar mis informes, por favor. Aquí guardo toda la información del hotel –dijo de pronto, alzando orgullosa la planilla que sostenía en sus manos.

Heraldo miraba a Florencia y trataba de contener la risa. ¡Aquella mujer parecía un personaje de novela!

– Ahá, me queda lugar para ustedes. Tengo la “Suite Fontán” disponible –dijo Carmela–¿Cama matrimonial o…?

– ¡Separadas! –exclamaron al unísono Florencia y Heraldo.

Luego de diez minutos de interrogatorio (en donde tuvieron que mentir en casi todo lo que se les preguntaba) llegaron a la habitación, conducidos por la misma dueña del hotel. La Suite Fontán era bastante amplia, daba a la calle y contaba con apenas lo necesario para hospedarse: una mesa en el centro, dos camas separadas y un baño con ducha. Acomodaron sus cosas con rapidez y se sentaron a planificar el día.

– Bueno, veamos qué tenemos aquí –dijo Heraldo, desplegando una cartulina sobre el escritorio–: ésta es nuestra hoja de ruta.

– ¡Ya te pareces a Carmela!, con tus planillas y “hojas de ruta”, je.

– ¡No me burlés, che! Te quiero ayudar y vos te reís de mí…

– Bueno, Heral, estoy tratando de hacerlo más divertido, ¡no te enojes!

– El tema es así –comenzó a explicar Heraldo, señalando la cartulina–: tenemos, como orden de prioridades, visitar estos lugares y buscar a las siguientes personas: Clínica San Jorge, Clínica Las Violetas, El Pola y su mujer (cuyo nombre no conocemos),  Lucrecia, y el comisario “G”, aunque éste último creemos que vive en Salta Capital.

– Pero aún no tenemos indicios sobre la conexión entre esas personas. ¿Cómo vamos a hacer para averiguar los asuntos que tenían en común?

– No lo sé con exactitud, Flor, pero podemos empezar por Carmela, que parece ser una mujer bien dispuesta al diálogo.

Terminaron de acomodarse en la habitación y salieron en busca de la dueña del hotel. La encontraron en el zaguán de la casa, leyendo un libro de autoayuda.

–Disculpe que la moleste, Doña Carmela, ¿podría quitarle un minuto de su amable atención? –preguntó Heraldo.

– Cómo no, querido… ¿en qué puedo servirles? –respondió la mujer, sonriendo amablemente.

– Necesitamos ir a la Clínica San Jorge. ¿Sabe usted dónde queda?

– La clínica San Jorge cerró hace más de quince años –respondió la señora, modificando el semblante–. ¿Qué es lo que desean?

–Déjeme que le explique –intercedió Florencia–: estoy buscando a una amiga de mi madre, a la que no ve desde hace mucho tiempo (muchísimo) y el único dato que tenemos es éste, el de la Clínica San Jorge, por eso es que le preguntamos si sabía en dónde quedaba.

La señora vaciló durante unos segundos, frunció el ceño y dijo:

– ¿No era que estaban de paso por Coronel Fontán?

– Claro. Y de paso… averiguamos el paradero de esta señora ­–respondió Heraldo.

– La clínica San Jorge cerró por cuestiones políticas. Pero varios años después sus dueños abrieron una nueva sucursal con distinto nombre, que continúa funcionando hasta hoy.

– ¿Cómo se llama esta nueva clínica? –preguntó Florencia.

– Las Violetas.

– ¿Sabe en dónde queda?

– Por supuesto: en la calle San Rafael 55, es a veinte cuadras de aquí.

–Muchas gracias, Carmela. Ha sido de gran ayuda –agradecieron ambos, antes de despedirse.

Heraldo y Florencia disimularon su ansiedad hasta que estuvieron en la calle, lejos de los oídos de Carmela.

– ¿Te diste cuenta de eso?

– ¡Pero claro! ¡Las Violetas es la Clínica que figura en la tarjeta que encontramos dentro del monedero, la misma que antes se llamaba San Jorge, de la cual hablaba el casete!

– Vamos a visitar esa clínica –dijo Heraldo–, tenemos que encontrar a la enfermera Lucrecia. Espero que todavía siga trabajando allí…

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CAPITULO XVIII

Sábanas de agua | SANFERZ

Sábanas de agua | SANFERZ

Los días posteriores al parto fueron terribles. Además de sufrir la pérdida de su hijo, Carla tuvo que soportar los sermones familiares y los consuelos de todas las personas con las que se cruzaba. Su madre se había pasado dos días enteros llorando y maldiciendo a todos los dioses, hasta que al tercer día volvió a ser la de siempre, preocupada por el aumento del precio de los tomates. Adolfo, su padre, estaba más deprimido que nunca y se pasaba los días encerrado en la oficina, borracho y sin atender a nadie. Para completar su trágica vida, Carla ya ni siquiera contaba con la presencia de Roberto, cuyas ausencias eran cada vez más prolongadas. De a poco el dolor de ambos se fue convirtiendo en desesperanza que trajo consigo peleas, rencores y enfrentamientos sin sentido. Siguieron noches de sexo por compasión, besos fríos y ausencia de abrazos. El amor se había ido para los dos. Sólo quedaban cenizas de lo que alguna vez habían sentido, de un amor puro y a la vez efímero que ya no volvería jamás.

– ¿Te das cuenta cómo estamos? –dijo Carla, repentinamente. Acababan de cenar y casi ni se habían dirigido la palabra.

– ¿A qué te referís con “cómo estamos”? –preguntó Roberto, haciéndose el desentendido.

– ¿Te parece que estamos bien?

– Lo suficiente como para compartir una cena.

– ¿Y a esto le llamás compartir?

– Vamos, Carlita, no empecés de nuevo con lo mismo –dijo él, encendiendo un cigarrillo –. Ya te dije que vamos a superar esto…

– Es que no se trata de “esto” o “aquello”, como vos decís. Y no creo que haya que superar algo… No queda nada, Roberto, ni siquiera puedo llorar en tus hombros. No estamos bien.

– Ya vamos a mejorar, querida, no te olvides que venís de vivir una experiencia…

– ¡Dejáte de joder con lo de la experiencia! ¡Yo hablo de otra cosa! –gritó Carla, dejando escapar algunas lágrimas–. ¡Necesito más tiempo con vos! ¡Te necesito a vos, no a tus estúpidos consuelos!

– Bueno, pero yo tengo que trabajar. ¿O acaso te crees que me voy de joda con otra mina por ahí? ¡Esas deben ser ideas que te pone tu viejo en la cabeza! ¡Seguro!

– ¡A mí nadie me pone ninguna idea en la cabeza! ¡Y en todo caso el que me hace pensar las cosas de esta manera sos vos, con tu forma de ser, fría y distante!

La discusión había alcanzado su punto máximo de tensión. Ambos gritaban y enfatizaban cada palabra como si fuera una verdad irrefutable.

– Mirá, Carlita –dijo Roberto, apaciguando el tono de su voz–, las cosas se fueron dando de esta manera, si no tenés paciencia no es mi culpa…

Ella lo miró incrédula.

– ¡No puedo creer lo que oigo! –exclamó de repente–. ¡No puedo creer que no hayas estado conmigo en el parto, que ignores lo que nos pasa, que me digas semejante pelotudez! Hizo una pequeña pausa, lo miró de nuevo a los ojos y le preguntó:

– ¿Ya no me amás?

Un incómodo silencio decretó el final de la discusión. Roberto dio una larga y nerviosa pitada a su cigarrillo y acabó el vaso de vino de un solo trago. Pensó qué palabras serían las menos dolorosas para emplear en ese momento, pero supo que cualquier cosa que dijera estaría de más.

– No es eso… es que…

– ¿Sabés qué? –lo interrumpió Carla, secando sus lágrimas con una servilleta  y levantándose de la mesa–. Yo también dejé de amarte.

No hubo más que decir. El no cambiaría su postura ni intentaría retenerla. Ella no esperaría una reacción y saldría de allí con la certeza de haber visto por última vez en su vida a aquel hombre que imaginó como su marido y del cual jamás volvería a tener noticias. Supo que la fuga ya no era una fantasía, sino un hecho. Roberto creyó que viajar y desaparecer por unos días alivianaría las cosas y daría paso a una pronta reconciliación, que por cierto nunca sucedería.

 

Tener que abandonar al Viejo Rubén era lo que menos le agradaba. Carla sabía que extrañaría demasiado las charlas junto a su amigo, echados sobre el pasto de alguna plaza de Coronel Fontán y hablando de filósofos, libros e historia universal. La tarde en que iba a despedirse pensó en los momentos que habían compartido a lo largo de los años que había durado su amistad. Al llegar a su encuentro lo oyó cantando una canción que ejecutaba en su vieja guitarra española.

– ¡Que linda canción! ¿De quién es? –preguntó Carla, sentándose a un lado del viejo.

– Ey, muchachita, ¡qué linda sorpresa verla por aquí! ¡Me tenía medio olvidado!

– Es que estuve con algunos problemas… pero bueno, aquí estoy de nuevo.

– La canción es mía, la compuse cuando tenía más o menos tu edad, eso fue hace un par de siglos atrás…

Rubén era un hombre de mediana estatura pero robusto. Tenía rasgos bien definidos (labios carnosos, ojos pequeños, tez blanca y nariz de boxeador) heredados de sus antepasados ucranianos. Una barba blanca colgaba de su mentón y llegaba casi hasta su pecho. Iba siempre vestido de gaucho, por lo que era objeto de burlas de los más chicos. Todos lo conocían en Coronel Fontán, pero nadie le llevaba el apunte. Incluso lo creían peligroso por su aspecto de linyera. Pero Carla sabía que aquellas eran sólo habladurías de gente ignorante y prejuiciosa que jamás podría comprender a un hombre tan sabio y humilde como Rubén.

– ¿Y cómo van tus cosas? –preguntó el viejo, mientras improvisaba una zamba.

– Ahí andamos… qué sé yo… –respondió Carla, pensativa.

– Me enteré lo del parto, lo siento mucho.

– Veo que acá las noticias no corren, vuelan.

– Ya sabés cómo es la gente…

– No sé, estoy confundida, no es sólo el tema del parto, es un poco de todo.

– ¿De todo como qué?

– De todo como… igual… siempre igual… –dijo Carla, con la vista perdida en el horizonte–. ¡Siempre lo mismo! Ese es el problema. La vida se repite en el café de la mañana, las promesas de amor eterno, las noticias, la economía, el 6 a 0 a Perú, las Islas Malvinas, las borracheras de papá, el dolor que no cicatriza… ¿Nunca se acaba la rutina? ¿Nada va a cambiar en esta vida de mierda?

– Quizás tengas que cambiar vos, y no el resto de las cosas.

– Cierto… ¿Pero que culpa tengo yo de la suerte que me toca?

– ¿Creés que sólo es una cuestión de azar? Ya hemos discutido sobre este punto. ¿Recordás la charla sobre los signos y las señales? Es fácil echarle la culpa a la suerte o el destino. No hay que olvidar que uno es el artífice de su presente y que debe ser el dueño de sus decisiones, sean o no acertadas. Lo importante es tener en claro hacia dónde queremos ir, y en busca de qué.

– Como si fuera fácil respondérselo…

– Lo es, Carla, lo es. Sólo tenés que ser sincera con vos misma. Saber escucharte.

– ¿Y cómo sabría cuándo es el momento indicado?

– No hay una fórmula pare eso. Solo uno mismo puede saberlo. Es un grito ahogado que pide libertad, algo imposible de explicar en palabras.  

Carla pensó en esa última frase. Contemplaba cómo el sol le iba dando paso al anochecer. En su corazón sintió la necesidad de cambiar de vida, de ir en busca de un futuro distinto. Suyo, de una vez por todas.

– Creo que estoy en el momento indicado –dijo de pronto –. Es hora de escribir mi futuro.

– A eso me refería: has encontrado tu señal. De ahora en más tendrás que actuar con la seguridad de que todo lo que hagas será por tu bien y lo mejor para vos.

– No tengas dudas, Rubén. Lo difícil será dejar las cosas que una quiere, aquello que no se está dispuesto a abandonar.

– Vivimos abandonando. La vida misma se abandona (y nos abandona). No existe el cambio sin abandono, es una ley implícita, algo que debe suceder para modificar el curso de nuestra existencia ¿O acaso el abandono no es una forma de crecimiento? El problema del ser humano es que no consigue desprenderse de sus temores, de sus teorías y su materialismo, vive arraigado a sus fundamentos sociales y culturales, a lo que “se debe hacer” y no a lo que “desearía ser o hacer”. El hombre social mata por conceptos abstractos, asesina por el valor que cree ver en un pedazo de papel, al cual llama dinero. No es fácil vivir alejado de los conceptos sociales y materialistas que nos inculcan desde chicos, pero es una alternativa para el que cree en otros ideales y otras maneras, más espirituales, de entender nuestra presencia en la tierra. Al fin y al cabo, tal vez el verdadero sentido de la vida no esté en ser quien uno cree que es, sino quien uno desea ser.

– Me voy –dijo Carla, decidida–. Dejo todo mañana mismo, es una decisión tomada. Sólo quería decirte que…

– No me tenés que decir nada, linda. No me agradan las despedidas…

– ¿Y si no nos volvemos a ver? 

– ¿No pensás visitar ni a tu familia?

– Me voy –repitió ella mirándolo a los ojos.

– Ah… entiendo: te vas. Entonces recordá siempre esta canción, para que te acompañe en tu nueva vida.

Rubén empuñó su guitarra, ejecutó los primeros acordes de una balada y luego cantó:

 

Soy vagabundo y no hay nada mejor

que andar de aquí para allá,

voy por las vías del tren hacia Dios,

sin detenerme jamás.

 

Dos compañeras y un amigo fiel

viajan conmigo en el tren;

una es guitarra la otra es mi fe y él:

el vino para mi sed.

 

Y cuándo me canse de tanto vagar,

cuando se gasten mis pies,

en una vieja estación me verás

tomando el último tren.

 

Y este tren va destino a la gloria,

Y este tren va destino a la gloria,

este tren…

 

“Este tren va destino a la gloria” –pensaba Carla mientras se alejaba del viejo, que seguía cantando aquel estribillo–. Sabía que la mejor manera de despedirse de Rubén era así: escuchándolo cantar. Ya empezaba a sentirse libre.

 

 

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