Septiembre 6, 2010 | Por scampanario | # Enlace permanente
Prepárese para recibir un nuevo latigazo contra su autoestima. Ya llega “FeriManagement Masoquista 2010″, con lo último de lo último en desmotivación del personal. Gurúes del exterior invitados: el señor Burns, de Los Simpsons; el jefe Pelopunta, de Dilbert y Michael Scott, de The Office.

Mucho antes de que se pusiera de moda la economía del comportamiento, que cruza a la psicología con la economía; las ciencias cognitivas se volcaron -en buena medida por una cuestión de demanda- a estudiar el management y el liderazgo en las empresas. Los aportes son infinitos, pero uno de los estudios más interesantes y provocativos se hizo en la última década, lleva por título “El lado oscuro del carisma” y categoriza a los malos jefes en estereotipos que tienen mucho que ver con Burns, Pelopunta y Scott. Pero va más allá: explica cuál de estas personalidades es la más nefasta para los resultados de la empresa en el largo plazo.
El estudio de la psicología de la gestión fue escrito por Robert Hogan, Robert Raskin y Dan Fazzini, de la Universidad de Florida, y se convirtió luego en una referencia de culto para las investigaciones académicas sobre el derrumbe del gigante energético Enron.
¿Cuáles son las tres categorías de jefes nefastos? Una es la del “High Likability Floater”: el “flotador agradable”, que va subiendo escalones en la organización empresarial gracias a que jamás toma decisiones difíciles ni se hace enemigos.
Como el jefe del personaje de historietas Dilbert, se caracteriza por ser un inútil que termina siendo favorecido por sus superiores para evitar serruchadas de piso más adelante y bloquear el ascenso de rivales más peligrosos. Su especialidad: dar la mano y sonreir en los cócteles de aniversario de la empresa.
El segundo prototipo de jefe nefasto es el que los académicos de Florida llaman “Homme de ressentiment”, quien se la pasa nadando bajo la superficie, pensando mal de los demás y preparando complots contra sus enemigos. El señor Burns, ni más ni menos.
Pero el líder más dañino para las organizaciones, el Tiranosaurus Rex de los jefes destestables es, según esta investigación, el “manager narcisista”. El término narcisista fue acuñado para referirse a una condición clínica que denota un enamoramiento de uno mismo en 1898 por Havelock Ellis y luego difundido en los trabajos de Sigmund Freud.
Los líderes narcisistas son arrogantes, usan gestos gradilocuentes y necesitan permanentemente que los halaguen. Todo esto cubre, en el fondo, una elevada inseguridad y una frágil autoestima, que los lleva a menudo a actitudes hostiles con sus empleados. Michael Scott, el líder que personifica el genial comediante Steve Carrell en la versión norteamericana de The Office es un animal arquetípico de esta especie.
La compañía que premió durante décadas al “talento” de los líderes narcisistas fue Enron, que entró en bancarrota en el año 2001.
Es uno de los estudios de caso que se expondrán en FeriManagement Masoquista 2010. No se lo pierda.
Agosto 30, 2010 | Por scampanario | # Enlace permanente
La historia es real, pero se va a preservar el nombre del consultor en cuestión (en adelante, “X”) y su rubro de actividad para no incinerarlo.
Luego de llegar a lo más alto de la escalera corporativa en una empresa del exterior, “X” resolvió dedicarse a la asesoría independiente. Su nicho más rentable, por lejos, es el de los “work shops” que da a cuadros gerenciales. De estos eventos intensivos, que suelen durar dos días, se supone que debería surgir alguna idea brillante, o al menos lo suficientemente buena para justificar los abultados honorarios del consultor y el costo de oportunidad de los dos días de trabajo perdidos de los ejecutivos en cuestión.

Sin embargo, a menudo sucede que a los gerentes no se les cae una idea ni que los obliguen. Luego de un par de experiencias frustrantes, “X” descubrió que es muy útil llevar una “idea pre-horneada”, deslizarla en forma disimulada y esperar a que alguno de los gerentes (cuanto mayor su rango, mejor) “pique” y la enuncie como propia. No sólo el work shop terminará con todos más contentos, sino que las chances de que la idea se implemente en la empresa crecen considerablemenre cuando se trata de un “hallazgo in house”.
El sesgo de “exceso de apego a las ideas propias” viene siendo estudiado desde hace una década por psicólogos y economistas del comportamiento, y puede llegar a producir daños tremendamente costosos.
En su libro “Blunder”, Zachary Shore identifica ilusiones cognitivas en metidas de pata históricas. Una de las más documentadas es la de la persistencia de Thomas Edison en boicotear la corriente alterna del serbio Nikola Tesla, que incluyó una feroz campaña de relaciones públicas. El excesivo apego de Edison a la corriente contínua, su invento, lo encegueció y no le permitió advertir que finalmente la alternativa de Tesla era mejor y se impondría.
El experto en economía del comportamiento Daniel Ariely llama a este sesgo “efecto cepillo de dientes”: todos queremos uno, todos necesitamos uno, todos lo tenemos, pero nadie está dispuesto a usar el del otro. Y lo mismo sucede con las ideas.
Una de las recomendaciones que se derivan de este campo de análisis es que, cuando una idea presenta problemas, resulta muy peligroso confiarle el 100% de la solución al creador del sistema original, por los sesgos asociados que le quitan flexibilidad. De haberlo sabido antes, ¿Se hubiera llamado a Domingo Cavallo para que reflotara “su” Convertibilidad en 2001?
Atento a esta ilusión cognitiva, el consultor “X” lleva en su netbook ideas pre-digeridas, que despliega al terminar sus eventos con ejecutivos como los cocineros de la TV que muestran al final cómo queda el plato armado, más allá de las desprolijidades previas en la cocina. La frutilla del postre: “Felicitaciones, señor gerente de finanzas, marketing, recursos humanos o lo que sea: ¡Qué maravillosa ocurrencia ha tenido!”. Y ojalá usted haya disfrutado esta columna, como sucede, al fin y al cabo, con todas mis ideas.
Agosto 23, 2010 | Por scampanario | # Enlace permanente
Si usted tiene relaciones con preservativo, cuando va a la ruleta juega a plenos. Y si tiende a no ponerse cinturón de seguridad en el auto, lo más probable es que invierta en bonos austríacos al 3% de interés.
Las del párrafo anterior son -a ojo de buen cubero- predicciones que surgen de un descubrimiento de la psicología que está cambiando la forma de entender el proceso de toma de decisiones.

El estudio del comportamiento humano frente al riesgo es casi tan viejo como el capitalismo moderno. Ya en el año 1600 las compañías de seguro inglesas habían acuñado el concepto de “riesgo moral”, que alude aquellas situaciones en las que la existencia de un respaldo o seguro hace que la gente se comporte en forma más irresponsable de lo que lo haría si no tuviera un prestamista de última instancia que paga los platos rotos.
Adam Smith generalizó su uso 200 años más tarde y en la década del 70 el Premio Nobel Kenneth Arrow trabajó el marco moderno del “riesgo moral” (moral hazard) y las asimetrías de información.
Hoy se aplica a infinidad de dilemas económicos, y en la última crisis fue el centro del debate sobre la consecuencias de rescatar a Lehman, AIG o Grecia.
Más recientemente el concepto se enriqueció con el aporte de psicólogos que sumaron sofisticación y sutileza al manejo del riesgo.
Uno de los descubrimientos más interesantes al respecto fue la hipótesis de la “homeostasis del riesgo”, que trabajó el psicólogo canadiense Gerald White, profesor de la Queens University de Kingston, Ontario. Para White, todos nacemos un determinado nivel de aversión al riesgo que se modifica poco a lo largo de la vida. Cuando alguna circunstancia produce un shock que lo altera, la gente tiende a “compensar” tomando actitudes más conservadoras o más arriesgadas, según el signo del shock.
White basó sus conclusiones en distintos “experimentos naturales”. Uno de ellos fue el de la introducción de los frenos ABS, una tecnología convirtió al frenado en una actividad mucho más segura, particularmente en superficies resbaladizas. White midió la tasa de accidentes en una flota de taxis de Munich que había introducido los frenos ABS en la mitad de sus autos. El resultado: no hubo mayores diferencias, ya que aquellos conductores que no los poseían “compensaban” manejando en forma más cauta.
Las observaciones que respaldan la teoría se sucedieron: son más los peatones que resultan atropellados cuando cruzan por la senda peatonal (se descuidan más y no miran a los costados) que quienes no lo hacen; y la introducción de envases “seguros” para sustancias tóxicas en EE. UU. produjo un aumento exponencial de envenenamiento de menores por culpa de padres más relajados.
Este es el consejo práctico de la semana de la economía insólita: cierre su casa con doble llave, tome vitamina C y maneje despacio, así más tarde compensa con una buena noche de casino y orgía.
Agosto 16, 2010 | Por scampanario | # Enlace permanente
¿Qué tan atrás hay que ir para rastrear los orígenes de la crisis financiera de 2007-2008? ¿Cinco años, cuando se empezó a inflar fuerte la burbuja inmobiliaria en EE. UU? ¿20 años, cuando se pusieron de moda los derivados? ¿400 años atrás, en los albores del sistema capitalista?
Laurie Santos, profesora de psicología de la Universidad de Yale, en EE. UU, cree que las raíces del árbol de la crisis tienen un poco más de edad. Más precisamente: 35 millones de años, días más, días menos.

Asociada a su colega Keith Chen, de la escuela de management de la misma universidad, Santos descubrió que varios de los sesgos y errores sistemáticos que, según la economía del comportamiento, estuvieron entre los causantes del último mega-derrumbe de los mercados, pueden detectarse también en monos que comparten ancestros comunes con los seres humanos.
Santos se interesó en los monos capuchinos cuando terminó su carrera en Harvard y se fue a escribir la tesis en la isla de Cayo Santiago, Puerto Rico. Los capuchinos están entre los animales más inteligentes del planeta: tienen un cerebro extremadamente grande, utilizan herramientas avanzadas y hasta fabrican en la selva su propio repelente natural para librarse de los mosquitos.
La psicóloga entrenó a 10 monos para realizar transacciones con monedas. “Descubrimos, con sorpresa, que los monos comparten muchos sesgos con los humanos”, le contó Santos a Clarín por correo electrónico el martes pasado.
Los capuchinos tienen “aversión a perder” (un individuo -en este caso cuadrúpedo- prefiere no ganar 100 dólares antes que perder 100 dólares, lo cual supone una asimetría en la toma de decisiones); y “dependencia de un punto referencial” (evalúan opciones en relación a un punto de referencia arbitrario). También, prosigue la académica, como los humanos, los monos tienden a racionalizar ex post sus decisiones. Mientras que la economía tradicional postula que los agentes toman sus decisiones en base a sus preferencias, la psicología social demostró que a menudo el proceso es el contrario: la gente moldea sus preferencias para adaptarlas a las decisiones que tomó previamente.
El paralelismo entre los capuchinos y los humanos lleva agua para el molino de la tesis evolucionista que usan los economistas del comportamiento para justificar los sesgos. El cerebro humano es una Ferrari si lo que se le requiere es cazar y escaparse de los depredadores, lo necesario para sobrevivir en la sabana africana millones de años atrás. Pero se vuelve una catramina para cumplir con las exigencias de la economía moderna, apenas un parpadeo en términos evolutivos.
Santos también se sorprendió cuando, acostumbrados a hacer transacciones con monedas, los capuchinos se pusieron a comprar y vender de todo, inclusive sexo. Lo cual confirmó, de paso, aquello de la profesión más antigua del mundo.
Agosto 9, 2010 | Por scampanario | # Enlace permanente
La película no fue precisamente la comedia del año, pero tiene una frase que viene al caso. En “La mujer de mis pesadillas” (2007), Ben Stiller repasa las dudas que lo atormentan sobre su novia a su padre, el actor Jerry Stiller (progenitor del protagonista de “Loco por Mary” en la vida real, y a su vez papá de George Constanza en la serie Seinfeld). “Al final del día”, dice Stiller (hijo), “es como si la hubiera elegido por sobre todas las mujeres que existen en el mundo”.

Y ese es justamente el punto. Las reglas de la racionalidad estricta que supone la economía tradicional como comportamiento habitual de las personas indica cuando se define una decisión (de compra de un producto, de una apareja, de lo que sea) hay que comparar con la opción disponible inmediatamente inferior, y quedarse tranquilo con la determinación tomada si se la supera. Pero lo que sucede habitualmente es que la gente compara con la sumatoria de la satisfacción perdida por no haber elegido todas las opciones restantes, y por lo tanto aparece condenada a una insatisfacción permanente.
El psicólogo Barry Schwartz, autor de “The Paradox of Choice” (”La Paradoja de la Elección”) lo descubrió cuando compraba sus jeans: mientras que hasta hace diez años sólo había que dar el talle, ahora hay infinitas posibilidades de color, tela, tipo de calce, etc. “En la sociedad industrial occidental existe un dogma: si queremos maximizar el bienestar de nuestra sociedad, debemos maximizar su libertad, y para ello, cuantas más opciones tengan los individuos, mejor”, explica.
Pero los experimentos de Schwartz y de otros colegas suyos marcaron lo contrario. El exceso de opciones en la sociedad de consumo puede, inclusive y pasado cierto umbral, provocar angustia y parálisis en los agentes económicos, que terminan mareados ante tanta oferta de celulares, fondos de pensión o lugares de veraneo. Paradójicamente, en lugar de la liberación que supuestamente debería inducir.
Pero ese no es el único efecto adverso. Aunque se logre superar la parálisis y tomar la decisión, lo más probable es que la satisfacción derivada de ese acto sea mucho menor en un mundo de casi infinitas opciones. Cuantas más alternativas existen, es más fácil arrepentirse del camino elegido. Schwartz vuelve al ejemplo del jean: antes, si uno no estaba conforme con el pantalón comprado, la culpa era del fabricante. Ahora, la culpa pasó a ser propia: ¿Por qué no se eligió el modelo correcto, entre tanta oferta?
La gran cantidad de opciones también hace que se eleven las expectativas que se tienen a priori. Y, como descubrieron los neurocientíficos y economistas de la felicidad, tendemos a sobreestimar el nivel de satisfacción derivado de la compra de un producto. “La clave de la felicidad: bajas expectativas”, dice Schwartz, medio en broma, medio en serio. O como dice el refrán: “Rico no es el que tiene mucho, sino el que poco necesita”.
Agosto 2, 2010 | Por scampanario | # Enlace permanente

Ilustración de Pablo Blasberg
Ya están advertidos. Atención Jorge Valdano, Carlos Bianchi, Cachito Vigil y sobrevivientes de la tragedia de Los Andes: la próxima vez que ponderen las bondades del “trabajo en equipo” frente a un auditorio de empresarios o ejecutivos, hagan un par de correcciones en su power point. Para empezar, borren donde dice que “dos (o tres, o cuatro, o infinitas) cabezas piensan mejor que una”. Porque es mentira.
Al menos en lo que se refiere a toma de decisiones y creatividad, el “pensamiento grupal” (“groupthinking”) pasó a estar en la picota para economistas, psicólogos y gurúes de negocios. Si la economía del comportamiento siembra cada día más dudas sobre la racionalidad de las decisiones individuales, a nivel grupal los sesgos y desvíos cognitivos no hacen otra cosa que acentuarse.
“Hay muchos factores, pero el ego -querer lucirse frente a un jefe o un compañero- hace estragos en este tipo de situaciones”, explica Gastón Francese, especialista en Teoría de la Decisión de Tandem y profesor de la UBA, “sobre todo cuando alguien pone a su ego por encima del beneficio por una decisión de la empresa”.
Los estudios pioneros sobre “pensamiento grupal” pertenecen a James Stoner, un graduado del MIT, y se hicieron a principios de los 60. Stoner descubrió que mezclando personas con distinta aversión al riesgo, la decisión del conjunto tendía a ser mucho más riesgosa que la del promedio de los individuos. Un “efecto asamblea”, por ejemplo, hace que tengan más motivación a hablar los más osados, mientras que una mayoría silenciosa de “tibios” permanece callada. Resultado: se determina ir a una huelga invocando la voz de la asamblea, cuando en realidad la voluntad colectiva promedio era otra y no se explicitó en la reunión.
Estudios posteriores al de Stoner mostraron que los grupos producen una “polarización” en las decisiones: llevan la toma de riesgo o el conservadurismo al extremo. Y no es la única contra: comparados con los individuos, los grupos tienden a ser más dogmáticos y más propensos a justificar actitudes irracionales.
“En las empresas, todo empeora cuando se usan modelos competitivos de toma de decisiones en lugar de aplicar esquemas colaborativos”, sigue Francese.
Viente años antes que Stoner, en la década del 40, el publicitario Alex Osborn popularizó el modelo de “brainstorming”: convenció (con éxito) al mundo corporativo de que juntando un grupo de gente con un set de reglas simples (como no criticar las propuestas) surgirían el doble de ideas que a nivel individual. Los estudios más recientes demostraron que las promesas de este método fueron, al menos, exageradas.
En otras palabras, el trabajo en equipo puede ser un pasaje a directo a la “B”. Así que la próxima vez que la maestra le comente que su hijo/hija se aisla y rehuye las actividades grupales, relájese: tal vez se trate de un proyecto de CEO exitoso para el 2030.
Julio 26, 2010 | Por scampanario | # Enlace permanente

Ilustración de Pablo Blasberg
Difícil imaginar una soledad mayor que la de Yang Huanyi, la última conocedora del nushu, un idioma del sur de China, quien murió en septiembre de 2004, a los 90 años de edad, sin nadie con quien hablar. De los 7.000 idiomas que existen en el mundo, se estima que al menos 1.000 corren riesgo de extinción. Y 473 son el la actualidad hablados por “un pequeño grupo de ancianos”. América latina es la zona con más idiomas con alto riesgo de desaparecer: más de 170.
El 80% de la población mundial habla 83 grandes idiomas.Los grupos y ONGs que trabajan para preservar la diversidad idiomática vieron reforzados sus argumentos en 2004, cuando la revista Nature publicó un trabajo de los matemáticos de Cornell Abrams y Strogatz con una hipótesis perturbadora: un modelo teórico mostraba que en el largo plazo se llegaría a un equilibrio en el cual sería imposible que dos idiomas convivieran al mismo tiempo en un mismo lugar. La extinción tenía, de esta forma, su propia demostración matemática.
De entrada, cuando lo leyó por casualidad después de que se lo recomendara un amigo, a Juan Pablo Pinasco, un matemático de la Facultad de Ciencias Exactas de la UBA, la conclusión le hizo ruido. “Uno conoce los casos de España o Paraguay, donde se habla más de un idioma, y tiende a pensar que este pronóstico apocalíptico tiene algo que falla”, contó a Clarín.
Junto a Liliana Romanelli, de la UNGS, Pinasco comenzó a trabajar en un modelo de refutación, que tomó muchos elementos de la economía.
Se pueden pensar a los idiomas como mercados competitivos, donde cada individuo es una firma. Al igual que sucede en el mundo de los negocios, siempre habrá incentivos a aprender una lengua en la medida que existan retornos positivos. Ya sea para progresar en el trabajo, para hacer traducciones, para recibir turistas, etc.
“Si yo voy a los Estados Unidos y no sé hablar inglés, no voy a poder hacer una carrera académica. Pero sí voy a poder trabajar de jardinero o de lavacopas. La idea es que subsisten nichos económicos para más de un idioma”, explica Pinasco. “Se trata de un modelo de competencias, con un predador que se come a una presa. Un idioma da más posibilidades de trabajo que otro, por lo que atrae a cambiarse”, remarca.
La demostración de Pinasco y Romanelli pasó los filtros de un Journal prestigioso y fue publicada recientemente en la revista especializada Physica A, de Elsevier. Esta demostración permite explica porqué en la práctica surgen nuevos idiomas, y por qué otros están dando el vuelta el partido y creciendo de hecho, como ocurre con el quichua en Santiago del Estero y en algunas zonas del Conurbano. Así lo desmostró una reciente tesis de Exactas, de Andrés Porta.
En un rincón de Ciudad Universitaria, con poco presupuesto y pasillos gélidos por estos días, la Torre de Babel tiene quien la sostenga.
Julio 20, 2010 | Por scampanario | # Enlace permanente

Ilustración de Pablo Blasberg
¿Qué pasa si se cruzan el pulpo Paul y la modelo paraguaya Larissa Riquelme, los dos grandes ganadores del Mundial de Sudáfrica 2010? Un punto intermedio bien podría ser el economista Nouriel Roubini, oráculo financiero del momento y con una vida que lo asemeja más a las celebridades del espectáculo que a un académico aburrido, de lentes, pantalones khakis y camisa celeste.
Con su nuevo libro (”Crisis economics”) y el empeoramiento del escenario financiero global, las acciones de Roubini volvieron a subir. En las últimas semanas superó a Paul Krugman -número uno en el star system de los economistas- en menciones en la prensa internacional. El profesor de la Universidad de Nueva York todavía no ganó un Nobel y está lejos de los pergaminos académicos de Krugman, pero le viene sacando distancia como figura mediática con su vida glamorosa. Es vecino de la actriz Scarlet Johanson en su loft de Tribeca, donde suele dar fiestas con modelos y proyecta películas independientes para sus amigos de la comunidad artística. Tres semanas atrás, concurrió a la isla caribeña de Saint Bart para asistir como invitado especial a dos mega-festejos: uno en la casa del magnate Roman Abramovich, dueño del Chelsea, y otro de Hannibal Khadafi, hijo del mandamás libio.
Roubini comenzó a hablar de un aterrizaje brusco de la economía de los EE. UU. en 2004, y hasta 2006 sus colegas lo consideraban un loco pesimista. Si bien no fue el único analista que anticipó la crisis que luego sobrevino, sus predicciones tuvieron dos características que las volvieron únicas: pronosticó la secuencia exacta de la caída de las piezas del dominó (empezando por la burbuja subprime) y permaneció pesimista en 2009, cuando la espectacular recuperación del mercado hizo que otros oráculos que habían acertado se pasaran al bando optimista y terminaran perdiendo sus credenciales como futurólogos.
Uno de los debates epistemológicos más interesantes del momento es el que sostienen Roubini y Nicholas Taleb, autor de “El cisne negro”, best seller de no ficción en los EE. UU en 2007 y 2008 y libro favorito de muchos economistas, como el argentino Mario Blejer. Taleb es un crítico feroz de la “capacidad de pronóstico” de los economistas. Un argumento es que los analistas están todo el tiempo cubriendo el 100% del futuro con sus predicciones, y que ex post los medios encumbran al que acertó, ignorando a los miles que fracasaron, y por lo tanto promoviendo una falsa sensación de que la bola de cristal existe.
Roubini, el economista que más cita Cristina Kirchner, cree que si bien es muy complicado predecir el cronograma de una recesión, “cuando hay desequilibrios evidentes, el ajuste tarde o temprano llega”. En su visión, crisis como las de Grecia y España son la punta del iceberg, y los cisnes negros no existen. Luego de Paul y sus predicciones, ¿existirá el Pulpo Negro, de Narciso Ibañez Menta?
Julio 12, 2010 | Por scampanario | # Enlace permanente
Uñas mordidas, multiplicado por bocinazos frenéticos, más miradas de reojo al reloj, elevado a las puntas de birome mordisqueadas: ¿Cuál será la verdadera ecuación de la ansiedad, y su relación con la economía?
En los últimos años, académicos provenientes de campos como la economía, la psicología y el marketing comenzaron a poner el foco en la influencia que tiene la consideración del tiempo (y su escasez) en distintas sociedades.

“El vínculo entre la ansiedad y las variables económicas es muy estrecho”, explica a Clarín Robert Levine, profesor de psicología en la Universidad de California y uno de los mayores especialistas mundiales en estudios de “tiempo y cultura”. “En general, la gente que vive en lugares donde se valora más el ‘no desperdiciar tiempo’ gana más dinero”, sigue.
Levine escribió “Una geografía del tiempo”, que en la Argentina editó Siglo Veintiuno, una suerte de “Elogio de la Lentitud” (Carlo Honore), pero con precisión científica.
Uno de los mayores desafíos que enfrentó Levine fue el de encontrar una medición de ansiedad que fuera universal y facialmente cuantificable. Así, sus colaboradores tomaron nota en más de 30 capitales del mundo de la velocidad a la que la gente camina (”es mi medición favorita, clara y universal”, explica Levine), pero también hicieron otros experimentos divertidos:
Colocaron sensores en los ascensores corporativos de distintas ciudades para determinar cuánta gente presiona el botón para cerrar la puerta antes de que esto ocurra automáticamente.
A propósito, los colaboradores dejaron el auto parado en plena calle cuando el semáforo cambia de rojo a verde y cronometraron cuánto tiempo tardó en promedio el primer bocinazo de los autos de atrás.
Se le pidió a la gente de distintas ciudades que estimen mentalmente el transcurso de un minuto (como en el programa del TV: a los más ansiosos el tiempo se les va en 40 segundos, o incluso menos). O se midió una conducta típica reveladora de ansiedad: completar la frase del otro en una conversación.
“En América latina, las reglas que tienen que ver con el tiempo son mucho menos estrictas que en Europa o en los EE. UU”, sostiene el académico.
En la Argentina, recientemente la agencia de publicidad JWT realizó un relevamiento, vía encuesta, y determinó que el país ocupa el cuarto puesto a nivel mundial en un “anxiety index”, y es el primero en América latina.
“Lo que se ve en este tipo de estudios a nivel internacional es que hay una relación muy estrecha -y negativa- entre la ansiedad y variables económicas, principalmente el consumo”, explica Gonzalo Fonseca, planner de JWT.
El 25% de los argentinos se califica como “muy ansioso”. Como las “ratas de ciudad” de las que habla la canción de Ratones Paranoicos: “No tengo religión, tengo ansiedad”.
Julio 5, 2010 | Por scampanario | # Enlace permanente
Basta de “soccernomics” (economía del futbol) por un buen tiempo. Por lo menos, hasta que pase la depresión por lo del sábado. Existe un sólo tema que puede hacernos pensar en otra cosa, distraernos, por estos días: el sexo. Así que, con ustedes, lo último de lo último en economía del sexo. Pasen, quítense la ropa y vean:

Auto-stop con 100 de busto: Un chiste muy conocido entre los economistas afirma que “las estadísticas son como las bikinis: lo que muestran es importante, pero lo que ocultan es fundamental”. Existe un estudio muy original que concilió, de alguna forma, los dos mundos que menciona la humorada. Lo cita habitualmente el gurú de Teoría de la Decisión inglés Richard Wiseman, pero su autor es el francés Nicolás Guéguen. A Guéguen siempre lo intrigó el efecto que tiene el tamaño del busto femenino en el cerebro de los hombres, por lo cual se propuso estudiarlo y mensurarlo. Para ello, realizó experimentos en bares, pero el último y más original fue “Bust size and Hitchhicking: a Field Study” (”Tamaño del busto y auto-stop: un experimento de campo”). Una voluntaria se puso a hacer dedo en la ruta, mientras estudiantes de Guéguen escondidos tomaban nota de los automovilitas que frenaban. Cada tres horas, la voluntaria se agregaba relleno en el corpiño y aumentaba el tamaño del busto artificialmente. Cada cambio de talle incrementó las frenadas en un 15%, en promedio.
Fallas de mercado: Tyler Cowen es profesor de la Universidad Goerge Mason y fundador de Marginal Revolution, uno de los blogs más populares entre los economistas. Allí se plantearon hipótesis para explicar una falla de mercado que intriga a Cowen: ¿Por qué hay escasez de sexo, siendo un bien del que todos querrían tener más y es gratis? Entre las respuestas se menciona la utilidad marginal decreciente y fallas de información, que Internet está ayudando a solucionar.
Spring break: Hay economistas que dedican su tiempo es estudiar la inflación, el desempleo y las variables monetarias. Jefrrey DeSimone, profesor de Economía de la Universidad de Texas, en Arlington, la pasa bastante mejor: puso el foco en el sexo entre jóvenes, sus fiestas y la ingesta de alcohol. DeSimone publicó sus conclusiones la semana pasada en Vox, un sitio de economía académica muy prestigioso, donde postean habitualmente desde Olivier Blanchard hasta los argentinos Daniel Heymann y Guillermo Rozenwurcel. ¿Qué encontró? Que los jóvenes que consumen más alcohol (más de cinco vasos de cerveza en una sola salida) tienen un 30% más de probabilidades de tener sexo que quienes no lo hacen. No se debe a que resultan más atractivos, sino a que bajan su umbral de exigencia: tienen relaciones con parejas con las que no intimarían estando sobrios. Como dijo una vez Woody Allen: “Yo me perdí la revolución sexual por dos meses”.
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