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26 Octubre 2010 | Por duralex | Claves: empleo, globalización, hobbit, New Zealand, Nueva Zelanda, salarios, sindicatos | # Enlace permanente
“El Hobbit” es la breve novela de Tolkien que precede a “El Señor de los Anillos” (la “precuela” como se dice ahora en el cine). Ante el enorme éxito de las tres películas basadas en “El Señor de los Anillos”, todas filmadas en Nueva Zelanda, la Warner Brothers decidió filmar El Hobbit, que se convertirá en dos películas, y eligió nuevamente Nueva Zelanda como escenario para la filmación.
Apenas se habían decidido cuando los gremios relacionados con la filmación decidieron entrar en huelga para pedir mayores salarios.
Ante eso la Warner decidió mudar la filmación a otro país. Millones de neozelandeses salieron a protestar, pues están encantados con la idea de que las dos nuevas películas se filmen en su país. El gobierno está también muy interesado, por los ingresos y la publicidad turística gratis que la película representará para el país, como ya ocurrió con las anteriores. Los trabajadores levantaron la huelga, pero la empresa cinematográfica dice que el movimiento huelguístico anterior creó serias dudas sobre la seguridad de poder filmar normalmente sin enfrentar nuevos inconvenientes del mismo tipo.
El Primer Ministro de N. Zelanda se reunió con los ejecutivos de Warner Bros. para convencerlos de que se queden y hagan la película en el país. Hasta ahora, sin embargo, no hubo acuerdo. “La huelga fue incuestionablemente lo que generó la vacilación de la empresa”, declaró el primer ministro. ”Las chances son solo 50-50″ añadió el primer ministro (según la BBC, http://www.bbc.co.uk/news/entertainment-arts-11625152). La confianza se pierde fácilmente, pero recuperarla puede ser largo y difícil.
¿Por qué cuento esta historia? Porque es una perfecta ilustración de cómo la globalización convierte en “transables” la mano de obra y hasta el paisaje, sujetándolos a las leyes de la competencia, y a la oferta y la demanda. Cómo la globalización requiere seguridad jurídica y una mano de obra que no ponga problemas al inversor. Cómo los gobiernos nacionales se ven forzados a competir y hacer marketing para que las inversiones se radiquen en su país en lugar de hacerlo en otro país competidor.
También se ve claramente como los reclamos salariales no solo se dirimen en función de la economía local, sino de la economía internacional. No es que la Warner pretenda pagar salarios de hambre: Nueva Zelanda es un país desarrollado y los salarios son bastante elevados, sobre todo para personal técnico. Evidentemente las pretensiones de los trabajadores chocaron con un techo creado por la competencia internacional: debe haber algún otro país (no identificado por la BBC) donde la Warner va a poder filmar con paisajes igualmente atractivos y personal igualmente calificado, sin sobrepasar su presupuesto en materia de salarios.
No sé cómo terminará la historia. El gobierno está ofreciendo rebajas impositivas a la Warner, y los trabajadores están prometiendo portarse bien, pero aun sigue la incertidumbre. El sindicato de trabajadores de la industria cinematográfica de Nueva Zelanda está rápidamente aprendiendo que el estado nacional ya no es el escenario al que se limitan sus luchas y reclamos. El escenario ahora es el mundo. Y el que no pueda competir a nivel mundial puede quedarse sin su película del Hobbit. Es decir, sin empleo.
Esto puede considerarse positivo o negativo, como digno de aplauso o de condena: no es ése el tema que quiero discutir aquí. Solo quiero mostrar, a través de esta anécdota, cómo es el mundo económico contemporáneo. El mundo en que vivimos, del cual no nos podemos bajar, y de cuyas realidades no nos podemos escapar ni esconder. Habrá que ver cómo se adaptan las naciones, y sus organizaciones e instituciones internas, a esa realidad mundial.
AÑADIDO EL 27 DE OCTUBRE:
Finalmente se arregló el conflicto y El Hobbit se va a filmar en Nueva Zelanda (http://www.bbc.co.uk/news/entertainment-arts-11633724).
Según la BBC, el arreglo se basó en el compromiso del gobierno de dictar nueva legislación estipulando con mayor claridad la diferencia entre los contratistas independientes y de los empleados en relación de dependencia, para evitar problemas en cuanto a las relaciones laborales durante la filmación.
Muy significativas las declaraciones del primer ministro, John Key: “El conflicto laboral que surgió en las últimas semanas ha iluminado un significativo conjunto de aspectos que afectan la forma en que opera la industria fílmica internacional. Actuaremos para asegurar que la legislación de Nueva Zelanda en este tema sea reformada a fin de dar a los productores cinematográficos como Warner Brothers la confianza que necesitan para producir sus películas en Nueva Zelanda. Es muy bueno haber despejado la incertidumbre”.
Es un ejemplo muy claro de que en una economía abierta y globalizada las legislaciones nacionales tienden a ajustarse a “la forma en que operan los productores internacionales”, y no a la inversa. ”The things they are a-changin”, las cosas están cambiando, decía una canción de Bob Dylan.
AÑADIDO EL 30 DE OCTUBRE.
Con la velocidad del rayo, el parlamento de Nueva Zelanda aprobó una reforma laboral que permitirá a Warner Brothers contratar bajo contratos temporarios en lugar de tener que ponerlos como empleados plenos en planilla (http://www.bbc.co.uk/news/world-asia-pacific-11649734). La oposición laborista se quejó de que el gobierno haya “cedido a la presión de una empresa transnacional para diluir las conquistas laborales vigentes”. El gobierno respondió que prefiere mantener las pelicuilas en N. Zelanda por lo que representan en términos de ingresos, turismo y empleo. No sé quién tendrá razón, pero está claro este ejemplo del proceso de transnacionalización de las relaciones laborales y de la competencia entre países para atraer inversiones, impuesta por la globalización.
8 Diciembre 2009 | Por duralex | Claves: costo de oportunidad, crecimiento demográfico, demografía, desarrollo, empleo, empleo femenino, fertilidad, fuerza laboral, ingreso, mortalidad, población | # Enlace permanente
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El artículo anterior del blog presentó las tendencias principales de la población en relación al nivel de desarrollo económico. Ahí se vio que en una primera etapa cae la mortalidad pero sigue alta la natalidad, la cual empieza a caer después de bastante más tiempo. Mientras la mortalidad baja y la fertilidad no lo hace, la población crece más rápidamente. Después la tasa de crecimiento demográfico va bajando, e incluso llega a ser negativa (en países con alto ingreso per capita) pues mueren más que los que nacen. En niveles muy altos de desarrollo económico y social (índice de desarrollo humano superior a 0.90-0.92) la fertilidad comienza a subir de nuevo (un poco). En ese momento la tasa de crecimiento vuelve a ser muy baja, llegando a ser nula o ligeramente positiva.
Hemos visto también que la fertilidad está muy correlacionada con el nivel de ingreso per capita y con el índice de desarrollo humano (que incluye ingreso per capita, expectativa de vida y educación).
Como resultado de esas tendencias, el mundo tuvo baja tasa de crecimiento demográfico durante muchos miles de años (hasta tiempos recientes), con alta natalidad pero también muy alta mortalidad. Luego la mortalidad descendió a raíz de pequeños avances sanitarios y médicos (agua potable, desinfectantes, vacunas, lo mínimo, no es suficiente pero permite combatir las principales causas de la mortalidad infantil y juvenil; luego vinieron los antibióticos, la cirugía y tantos otros avances de la medicina, que continuaron con el descenso de la mortalidad)
Debido a la caída inicialmente fuerte de la mortalidad, que en América Latina se produjo a lo largo del siglo XX, sin que al comienzo bajase tanto la natalidad, hubo por un tiempo altas tasas de crecimiento demográfico (en América Latina ello ocurrió en 1940-80 aproximadamente, en Europa ocurrió antes debido a su desarrollo económico más precoz), pero luego la tasa comenzó a bajar (actualmente apenas supera 1.2% anual tanto en el mundo como en A.Latina). En los países desarrollados y en el antiguo bloque soviético la tasa es actualmente nula o negativa, y la fertilidad muy baja (del orden de 1.3-1.5 hijos por mujer) pero se está recuperando en los países con más alto desarrollo humano (países nórdicos, Francia, Alemania, Holanda, etc.) donde está llegando a 2 hijos. El nivel de reemplazo de largo plazo es 2.1.
Esto es lo que ocurre. Pero ¿por qué ocurre de ese modo? ¿Qué factores relacionan una cosa con otra? ¿Qué causas están produciendo qué efectos?
Por una parte ha habido cambios socioculturales: la gente cambia sus ideas y valores sobre la familia, las mujeres quieren liberarse de la tiranía del hogar y tener profesiones, etc. Pero ¿por qué han cambiado los valores socioculturales? ¿Por qué no cambiaron 50 o 100 o 500 años antes? ¿Por qué cambiaron más en unos países que en otros?
Una parte del cambio puede ser, en efecto, simplemente una tendencia cultural general, pero en gran parte el proceso tiene que ser explicado adicionalmente por factores socioeconómicos, que están ligados al proceso de desarrollo económico y a sus consecuencias e implicaciones sociales.
La Economía contemporánea se ha estado ocupando activamente de problemas de este tipo desde hace unos cincuenta años. La investigación científica ha mostrado que el comportamiento de las familias en relación al trabajo, el número de hijos, la educación y otros temas similares está efectivamente condicionado por la realidad económica.
Esto ya lo sabemos, en realidad, por la vida diaria: las parejas ahora retrasan la vida en común, o retrasan el primer hijo, por razones esencialmente económicas (por ejemplo, hasta que terminan sus estudios, o hasta que pueden costear una casa o departamento adecuado, o hasta que tienen asegurado un ingreso familiar suficiente). Además, el propio progreso tecnológico les suministra los medios (métodos anticonceptivos) para retrasar o limitar el número de hijos, los cuales no existían en épocas anteriores. Lo que nos permite el análisis económico es un análisis más riguroso y formalizado de cosas que sabemos por nuestra vida diaria.
Lo primero que hay que entender es que cualquier decisión involucra costos y beneficios, y cuando se analizan dos posibilidades, se deben balancear los costos y beneficios de una de ellas, versus los costos y beneficios de la otra. Estos balances de costos y beneficios determinan un “trade-off”: si se desea más de una cosa, hay que tener menos de la otra, y viceversa. No se puede tener todo.
En general esos trade-offs (palabra lamentablemente intraducible) dependen de circunstancias propias de cada caso, y ello determina que cada persona o familia pueda tener una opción propia. En un ejemplo sencillo, si tengo $30 y quiero comprar fruta, puedo comprar solo naranjas (me alcanzará, digamos, para 5 kg), solo manzanas (en cuyo caso podría comprar 4 kg), o cualquier mezcla intermedia de acuerdo a mis preferencias (y las del resto de los miembros de mi familia). La manzana es más cara, pero tal vez me gusta más que la naranja. Si compro solamente naranjas, me pierdo de comer manzanas, y viceversa: en muchos casos la opción es intermedia, como resultado de los distintos costos y beneficios de las distintas opciones.
De modo similar, si una madre saliera a trabajar fuera de su casa tendría un beneficio (ganaría dinero, con el cual pueden vivir mejor) pero también costos: aparte de tener que trabajar, lo cual ya de por sí involucra esfuerzo y es un costo, esa mujer tendría que dejar el hogar durante largas horas, y ese es otro costo: en esas horas no puede ocuparse de los chicos, o de las tareas del hogar, e incluso puede tener que pagar para que esas tareas las haga otra persona o institución, como una empleada doméstica o una guardería infantil.
En ese balance de costos y beneficios entran también los gustos personales o preferencias subjetivas, aunque no tengan un valor monetario: si a esa mujer le gusta salir a la calle y alternar con otra gente, y la aburre estar en su casa, ello le dará más atractivo a la opción de trabajar; en cambio si lo que le gusta es cocinar y atender los chicos, o si considera que eso es lo más importante, eso le añadirá atractivo a la idea de quedarse en la casa, y le quitará atractivo a la opción de salir a trabajar. También puede haber consideraciones de fuerza mayor: tal vez tiene un hijo enfermo que cuidar, o tal vez su marido no quiere que salga a trabajar, o tal vez tenga que buscar trabajo aunque no le guste porque necesitan el dinero.
Como resultado de este balanceo de costos y beneficios, tangibles o intangibles, y considerando los precios y costos de todas las cosas (salario que ganaría en el trabajo, distancia hasta el trabajo, costo del transporte, costo de la guardería o la empleada doméstica, necesidades de dinero en el hogar, etc.), cada mujer puede llegar a una opción específica: algunas prefieren trabajar la jornada completa, otras prefieren trabajar solo medio tiempo, y otras optan por quedarse en la casa sin tomar ningún empleo remunerado.
Ahora bien, la opción de cada persona es influida por las condiciones objetivas, por sus propias características y las de los que la rodean, y las condiciones del mercado (en este caso el mercado laboral).
Una mujer con título universitario, si sale a trabajar, ganaría bastante dinero por hora trabajada, mientras que una mujer semi-analfabeta –si sale a trabajar– solo encontrará trabajos de escasa calificación que le reportan un bajo salario. Por cada hora que pasa en su casa, la profesional “se pierde de ganar” más dinero que la semi-analfabeta. El “costo de quedarse en casa” es mayor para la profesional. Sin embargo, la persona de poca instrucción puede tener más necesidad de trabajar que la persona profesional (cuyo marido puede tener altos ingresos, lo que le permitiría a la mujer prescindir de lo que ella podría ganar).
Una diferencia similar aparecería si los salarios reales aumentasen o disminuyesen. Si el salario real de las analfabetas (una vez descontada la inflación) aumentase al doble, muchas mujeres sin instrucción (que antes optaban por quedarse en casa) podrían empezar a considerar la opción de salir a trabajar.
Si el sueldo de los profesores universitarios se va quedando atrás de la inflación (de modo que su salario real disminuye) la mujer profesional, que tenía dedicación de tiempo completo como profesora, podría empezar a pensar que no vale la pena, y que es mejor dictar menos horas de clase a fin de dedicarle más tiempo a los chicos y a la casa.
Todo esto se refiere al costo de oportunidad de cada opción. El costo de oportunidad son los beneficios que dejamos de tener al adoptar cada opción. El salario que se puede ganar trabajando afuera de la casa integra el “costo de oportunidad” de quedarse en casa dedicada a las “tareas del hogar”. El posible sufrimiento psicológico de los chicos cuando la madre esta ausente, sumado a veces al salario de la empleada doméstica y el costo de la guardería, que se volverían necesarios, todo eso integra el costo de oportunidad de salir a trabajar. El costo de oportunidad de quedarse en casa, en cambio, está constituido por el ingreso y otros beneficios provenientes del empleo, y que se dejan de obtener en caso que la mujer permanezca en su casa sin salir a trabajar afuera.
La gente tiende a adoptar una opción determinada, en vez de la otra, cuando sus beneficios esperados exceden el costo de oportunidad de esa opción. La gente elige aquella opción que (según esa persona estima) le reportará más beneficio neto (incluyendo beneficios no monetarios, que cada uno sopesa subjetivamente).
Ante cada cambio de circunstancias (por ejemplo, aumentos o disminuciones del salario o ingreso que podría ganar) cambiará –en promedio– la proporción de horas que las mujeres pasan en el hogar o fuera del hogar, y la proporción de mujeres que opta por trabajar fuera del hogar.
Normalmente la gente se decide a salir a trabajar afuera si el salario al menos cubre los costos involucrados en esa opción. Cada persona (o familia) tiene una ecuación propia: a partir de la situación inicial, cada quien está dispuesto a sacrificar una hora adicional afuera de la casa, siempre que pueda obtener equis pesos más de ingreso: por menos no se molesta.
Las leyes económicas, como las de muchas otras ciencias, no permiten prever lo que hará cada persona en particular, pero sí lo que hará en promedio una población de personas similares. Aquí lo que hay es una “curva de demanda de horas en el hogar”, que depende del precio de esas horas, y su “precio” es el costo de oportunidad (el ingreso que ganarían esas personas si usaran esas horas para trabajar fuera del hogar). Esa curva de demanda de horas en el hogar es la otra cara de la “curva de oferta de mano de obra”: a mayor demanda de horas en el hogar, menos oferta de horas de trabajo afuera. En general, a mayor precio menos demanda y mayor oferta. Si pueden ganar más trabajando afuera, serán menos las que se queden en la casa (aunque muchas todavía preferirán quedarse, por diversas razones: la ecuación personal es diferente de una persona a otra).
En una familia las decisiones no son tan simples. las personas no viven solas sino con cónyuge e hijos, de modo que su decisión también dependerá de lo que le pase al otro. Si el marido queda desocupado, o gana menos que antes, eso puede motivar a la mujer para salir a trabajar, quizá desatendiendo a los chicos, porque no queda otro remedio para poder “parar la olla”. Si el marido consigue luego un empleo bien remunerado, posiblemente la mujer vuelva a permanecer más horas en el hogar (también puede ser al revés, y eso se debe a cambios culturales: si la mujer consigue un trabajo bien pagado, tal vez el hombre será el que decida pasar más horas en el hogar con los chicos: todo dependerá de la combinación de costos y beneficios de ambos, y de la familia como un todo).
El costo de salir a trabajar, además de tener que aguantarse al jefe y pagar el boleto del colectivo, depende de la cantidad de hijos pequeños que haya en la casa. “Si tengo cinco hijos chicos me resulta más difícil salir a trabajar, comparado con mi vecina que sólo tiene uno”, sería un razonamiento lógico en tales condiciones.
Ese razonamiento vale en el corto plazo, pero en el largo plazo también hay una comparación parecida: si la mujer tiene título de médica especialista en neurocirugía, una carrera muy competitiva y exigente, necesitará seguir estudiando en posgrados en el extranjero hasta los 35 por lo menos, y pasar largos períodos de residencia médica. Le resultaría muy difícil hacer el posgrado y la residencia si tiene cuatro chicos esperándola (y si su marido, también profesional, no tiene tiempo para hacerse cargo). Su amiga, también neurocirujana pero soltera, o casada sin hijos, la aventajará rápidamente en la competencia por puestos, salarios y distinciones.
Por lo tanto, el economista esperaría que las médicas tiendan a tener una maternidad más tardía, y con muy pocos hijos (además, si el primero lo tienen después de los 35 no les quedarán muchos años de vida fértil: ya no podrían tener diez hijos, aunque quisieran). Si ella y el marido son médicos o profesionales similares, probablemente les alcancen sus ingresos para pagar personal doméstico (por hora de ausencia, la médica gana mucho más que la niñera). Por las mismas razones esa pareja puede pagar una baby sitter cuando tienen que salir socialmente.
En cambio si se tratara de una mujer que sale a trabajar sin mucha formación profesional, digamos como vendedora de una boutique o empleada en un supermercado, posiblemente no le convenga: todo el sueldo se lo llevaría la niñera. Aun así hay muchas que lo harían, solo porque les gusta más estar en la boutique que en la casa, o por la expectativa de que en el futuro la asciendan y le den mejor sueldo). Y además hay empresas que ponen una guardería para las empleadas: no lo hacen merced a su benevolencia, sino porque les conviene, como una forma eficiente de minimizar el costo del personal: lo hacen si les sale más barato tener la guardería (y pagar menos salario) que no tener la guardería (y tener que pagar salarios más altos para encontrar y retener a las empleadas que necesitan).
Todo esto se refiere a la oferta de mano de obra de las mujeres para trabajar en el mercado laboral, que al mismo tiempo implica menos tiempo dedicado al hogar. Pero ¿qué pasa con la demanda de esa mano de obra?
En los albores del capitalismo y hasta bastante después, la mayor parte del trabajo asalariado era esencialmente muscular. Las herramientas se operaban a mano, había que realizar mayormente trabajo físico sencillo, y eso lo podían hacer los trabajadores sin mayor educación ni preparación. Acarrear bultos, empujar, clavar clavos, colocar argamasa sobre los ladrillos, cosechar trigo con guadaña, serruchar, barrer, fregar: todo era trabajo físico. Incluso era trabajo físico simple, aun en la industria, ya que la división del trabajo fabril reducía todo el proceso industrial a operaciones sencillas que podía realizar cualquiera, como Charles Chaplin apretando tornillos en una cinta de montaje en la película “Tiempos modernos”. No hacían falta ni los “maestros artesanos” pre-industriales, ni los “trabajadores altamente calificados” de hoy en día.
Muy pocos empleados tenían empleos donde tenían que usar el cerebro más que los músculos (por ejemplo los empleados bancarios, o los vendedores de boletos del ferrocarril).
En esas condiciones, con salarios muy bajos como los que se pagaban en la Inglaterra del siglo XIX, las mujeres necesitaban salir a trabajar aunque fuera por salarios miserables, porque el sueldo del marido no alcanzaba. La mayor parte carecían de educación, y por otro lado no se necesitaba gente altamente capacitada: las mujeres eran empleadas en tareas que no requerían mayor capacitacíón. Marx cita el caso de las barcazas de mercadería que circulaban por ríos y canales internos en Inglaterra, que tradicionalmente eran arrastradas por caballos que tiraban de ellas con sogas, desde ambas orillas del canal. Hacia 1830-40, con los altos precios de los granos para forraje, y la gran abundancia de mujeres deseosas de trabajar, los caballos fueron reemplazados por mujeres, a pesar de su menor fuerza física: cuatro mujeres salían más baratas que un caballo. Y la jornada laboral era de 12 a 15 horas diarias (en 1838 salió una ley prohibiendo que las embarazadas trabajasen más de doce horas por día, y aun así hay múltiples denuncias en años subsiguientes sobre el incumplimiento de esa norma).
Había demanda de trabajo femenino no calificado, y también había oferta debido a la enorme masa de población empobrecida, a la que solo le quedaba aguantar ese régimen o emigrar a tierras lejanas (digamos, a los remotos Estados Unidos o a ese otro paraíso aun más lejano, la Argentina), pero en 1838 estas posibilidades casi no existían: la emigración europea arrancó en serio recién después de 1850-1860, con la transformación agrícola que hizo perder sus empleos a millones de arrendatarios rurales y peones de campo.
La mortalidad también era muy alta. Antes de cumplir un año se moría alrededor del 20-25% de los bebés. Es decir que de 100 nacidos, solo 75-80 cumplían un año. Otros 10 o 12 (más o menos) se morían antes de los cinco años, y otro tanto antes de llegar a la adultez. Es decir que de cada cien nacimientos, solo la mitad llegaba a adulto. La mitad de ellos eran mujeres, de modo que para reemplazar a los cien originales las mujeres debían tener al menos cuatro hijos entre los 15 y los 49 años.
Pero muchas mujeres morían en el camino. Morían en el parto, morían de fiebre post-parto (generalmente infectadas por médicos y parteras que no acostumbranan lavarse las manos), morían de pulmonía, de tuberculosis, o de cualquier enfermedad que actualmente se curaría con facilidad. La novelista inglesa Jane Austen (nacida en 1775) murió soltera a los 41 años, de una enfermedad que no se sabe bien cuál era. Entre sus hermanas y cuñadas hubo cuatro que murieron de parto, entre los 18 y los 35 años. En la siguiente generación de novelistas inglesas, las hermanas Brontë eran cuatro, más un varón, y ninguno llegó a los 45 años. El varón Branwell Brontë era borrachín y parece que murió de cirrosis a los veinte y tantos años de edad. María Brontë había muerto a los doce años de pulmonía, Anne Brontë y Emily Brontë más o menos a los 30 (de tuberculosis, después de escribir una sola novela cada una) y la más longeva (Charlotte) murió en 1858 a los 43 años, con varias novelas en su haber. Todos los hermanos Brontë murieron solteros, excepto Charlotte que se casó ya grande y no tuvo hijos (perdió un embarazo). Aparte de esos cinco (4 mujeres y un varón) papá y mamá Brontë tuvieron además otros dos bebitos que murieron en sus primeros meses de vida. De los siete hijos de Karl Marx solo dos mujeres llegaron a la adultez (aunque un hijo de su empleada doméstica, que parece que era hijo de Marx, vivió hasta 1935, con otro apellido). Darwin tuvo once hijos, pero solo algunos sobrevivieron. Y toda esta gente eran burgueses bien educados, que vivían confortablemente, con servidumbre y en casas muy amplias, generalmente en el campo (Marx era el más pobre, pues solo alquilaba un departamento en Londres que además estaba situado en el Soho, por entonces un barrio medio mistongo e insalubre). Si eso pasaba en la burguesía, en las clases populares de esa época la mortandad era mucho más severa que en las familias burguesas.
Las mujeres que sobrevivían hasta el fin de su vida fértil tenían ocho o más hijos en promedio, un embarazo cada dos o tres años, cambiando pañales durante 20-30 años, lo cual compensaba no solo la mortalidad infantil y juvenil, sino las muchas otras mujeres que morían en plena edad fértil. Aun así, la población inglesa apenas se mantenía, con un crecimiento muy bajo.
Una fertilidad igualmente elevada ocurre actualmente en países africanos donde todavía la fertilidad promedio es de seis a ocho hijos esperados por mujer (suponiendo que la mujer viva hasta los 49), pese a lo cual la población aumenta apenas a razón de un 2-3%, y eso gracias a los avances médicos y sanitarios que existen en esos países pobres, y no existían en la Inglaterra del siglo XIX: en aquella época las mujeres inglesas tenían también siete u ocho hijos pero el crecimiento demográfico no superaba el 1%.
Sin embargo, ya desde la época victoriana la demanda de mano de obra en los países capitalistas empezaba a cambiar. La industria era cada vez más sofisticada, se generalizaba la fuerza motriz (máquinas a vapor, motores a explosión, electricidad), la demanda de fuerza bruta muscular ya no era tanta, y poco a poco iba aumentando la demanda de trabajadores calificados. Los mismos empresarios presionaron a los gobiernos de toda Europa y de EEUU para instaurar la educación primaria gratuita (y más tarde la secundaria), y los gobiernos lo aceptaron, no por su benevolencia (casi todos eran gobiernos aristocráticos y conservadores, y todavía no había voto universal) sino porque convenía. Una operadora de maquinaria textil compleja no era fácil de conseguir, y debía saber leer y escribir para leer instrucciones y dejar por escrito las cantidades producidas. Un conductor de locomotoras o “engines”, es decir un “engineer”, tampoco era fácil de conseguir, y no era fácil entrenarlo en el oficio si el candidato era analfabeto, ya que tenía que entender como funcionaba esa máquina compleja y delicada, de cuyo buen manejo dependía que el valioso tren llegara a destino o se descarrilara en el camino. El resultado neto fue que empezó a demandarse fuerza laboral mejor educada, y se le empezaron a pagar mejores salarios. Tanto a varones como a mujeres (si bien éstas ganaban en general menos que aquéllos, hasta el día de hoy).
Esto presentaba a las familias un desafío nuevo: tenían que producir cerebros, y no sólo músculos. Y esos cerebros debían ser educados en la escuela. Dado que hay diferencias de un chico a otro en el rendimiento escolar, el mercado empezó a diferenciar entre los más listos y los más lerdos de entendederas, entre los más preparados y los más incultos, así como antes distinguía solamente entre los forzudos y los enclenques. El salario de los trabajadores más calificados empezó a crecer más rápido que el salario de los peones sin calificación.
Las familias, por lo tanto, no podían poner a trabajar a los chicos a los 7 o 10 años, sino hacer que siguieran en la escuela por lo menos hasta los 14 años. Encima el Estado lo puso como obligación en muchos países (la Ley 1420 argentina, de 1884, obligaba a los padres a mandar los chicos al colegio hasta los 14 años, y establecía que el incumplimiento era un delito punible con prisión). Todo eso eleva el costo de criar un chico, demora su entrada en el mercado laboral, y hace que resulte cada vez más rentable invertir plata en tener chicos de más “calidad” que tener mayor cantidad de chicos. La madre, también, para ese entonces no encontraba empleo para arrastrar barcazas en los canales, sino en empleos cada vez más sofisticados: vendedoras de mercería, telefonistas, maestras primarias, y hasta médicas. Ahí no solo contaba la calificación técnico-profesional: para ser empleada de comercio se necesitaba además buenos modales, buen vocabulario, “buena presencia”, mejor vestimenta, y todo eso solo podía ser obtenido por los empleadores con un salario superior (lo mismo pasaba con los varones).
Como consecuencia, a partir de inicios del siglo XX en Europa y EEUU, y unas décadas después en países como la Argentina, comenzó a demorarse la edad de matrimonio, comenzó a disminuir la cantidad de hijos por mujer, comenzó a cambiar la estructura del empleo (cada vez más empleos en el sector servicios y en tareas calificadas), y comenzaron a subir las remuneraciones debido a la mayor calificación de los empleos. También fueron aceptadas más fácilmente las reformas laborales, como la jornada de 8 horas alrededor de 1918, las vacaciones y otras cosas semejantes, aunque en general muchas de ellas fueron “conquistadas” por la lucha sindical, y a veces impulsadas por gobiernos esclarecidos, y no impulsadas por los empresarios. En realidad, a cada empresario le conviene que sus trabajadores trabajen el máximo y ganen el mínimo, pero en el conjunto la oferta y la demanda colectivamente tienden a un punto de equilibrio. Y ese equilibrio fue de salario creciente, y calificación creciente.
De este modo, la situación de las mujeres (consideradas como conjunto, es decir la situación de la “mujer promedio”) fue cambiando gradualmente. Cada vez más necesitaban (o preferían) salir a trabajar, y asimismo les resultaba conveniente demorar el matrimonio y la maternidad, y tener menos hijos. Hubo valores culturales que tardaron en cambiar (en la Argentina todavía hasta 1950-60 muchas familias (y sobre todo muchos maridos) se negaban rotundamente a que la mujer saliese a trabajar. Pero terminaron por ir cambiando. En EEUU y Europa las guerras mundiales contribuyeron: mientras los hombres estaban en la guerra, muchos puestos fueron ocupados por mujeres, y en la posguerra muchas siguieron trabajando.
Todos estos procesos le cambiaron la ecuación a las mujeres. Mejor dicho, la ecuación de las hijas ya no era igual a la ecuación que habían tenido en la cabeza sus madres o abuelas.
Desde el punto de vista demográfico, esto significa menor cantidad de hijos. La invención de la píldora anticonceptiva en los años 60, y otros métodos similares antes de esa fecha (el método del “ritmo” en 1955) o después (los dispositivos intrauterinos, etc.), todo ello facilitó el control voluntario de la procreación, que hasta ese momento escapaba al control humano, sobre todo femenino (existían los preservativos, pero muchos hombres los usaban en el burdel y no en su casa).
La disminución de la fertilidad y los progresos médicos en la lucha contra la enfermedad y la mortalidad implicaron un cambio gradual en la forma de la pirámide demográfica: la base (los niños) se hace más angosta, mientras la parte media (personas que llegan a la mediana edad) se ensancha, y al mismo tiempo cada vez más gente llega a la tercera edad. Menos niños y más adultos (y todavía pocos viejos) hace que con el trabajo de los adultos alcanza para mantener el hogar, y para instaurar sistemas de previsión social “de reparto” (aportando el 10% del salario, y jubilándose con el 80%, hacen falta 8 años-hombre de aportes de los trabajadores actuales, por cada año que sobreviva un jubilado; dado que los viejos eran apenas un 10% respecto a los adultos, y además vivían pocos años en promedio después de alcanzar la edad de jubilarse, el sistema andaba perfectamente. Pero cuando hay un 20% de viejos, que representan un tercio de la cantidad de adultos, con una expectativa (a los 65) de otros veinte años de sobrevivencia, financiar un sistema de reparto se hace cada vez más difícil.
Del mismo modo, se llega a una situación en que las familias se forman más tarde (la edad promedio de la primera unión conyugal para las mujeres aumenta a alrededor de los 22-25 años, cuando antes el promedio era de 18-19, y la edad al primer parto aumenta a 27-30 años, sobre todo en los estratos medios (que cada vez son más grandes). Luego de ese primer parto, que no todas lo tienen, el segundo viene quizá 3-5 años después, y (en muchos casos) pare de contar. La “familia tipo” pasó a tener dos hijos, cuando la “familia promedio” de 1850 o 1900 tenía unos siete a nueve miembros, entre ellos unos cinco o seis hijos vivos así algunos más fallecidos en la infancia. En la actualidad la familia promedio es todavía más pequeña: si bien la mujer promedio tiene en la Argentina 2.35 hijos a lo largo de toda su vida fértil, la mayor parte de las parejas son las más jóvenes, que en promedio tienen un solo hijo, y para cuando acaban su edad fértil a los 49 años ya quizá el primer hijo no vive con los padres. Los hogares de la ciudad de Buenos Aires o el Gran Buenos Aires tienen apenas 3 miembros en promedio, poco más o menos. Un porcentaje elevado de esos hogares son personas solas (solteros, separados, viudos), que tienden a aumentar como porcentaje del total de hogares, alcanzando alrededor de 20% de los hogares en zonas urbanas (y más aún en algunas de ellas). Otro porcentaje importante son las parejas sin hijos.
El mecanismo básico que regula estos cambios es la presión del desarrollo económico, que exige mano de obra cada vez más calificada, y por ende mayor cantidad de años de estudio, y paga mejor los trabajos calificados, haciendo más atractivo el trabajo fuera del hogar y quitándole atractivo a la maternidad (que en el género humano es sumamente demandante de tiempo dado que nacemos después de nueve meses de embarazo y pasamos al menos dos o tres años, o más, en completa dependencia de los adultos). Por otra parte buena parte de las tareas hogareñas se han mecanizado (aspiradora, lavarropas, licuadora, etc.) o se puede tercerizar a empresas fuera del hogar (comida con delivery, restaurantes, guarderías, lavanderías, tintorerías, etc.). La misma tecnología que produjo la licuadora produjo también los anticonceptivos, prolonga la vida de los ancianos, y además demanda trabajadores y trabajadores capaces de fabricar licuadoras y lavarropas, o de prestar servicios sofisticados en las empresas, los hospitales, las escuelas, las empresas de telecomunicaciones e informática, y tantos otros sitios que definen nuestro actual mundo laboral.
Por supuesto, también sigue habiendo oferta y demanda de trabajo no calificado, femenino o masculino, pero su proporción en el total es cada vez menor a medida que aumenta el ingreso per capita. En algunos países africanos la mano de obra no calificada representa el 90% del total, en países intermediios esa proporción desciende al 50%, y en los países más avanzados es una proporción muy pequeña.
Todo esto hace que la “demanda de tiempo en el hogar” sea cada vez menor, y la “demanda de tiempo en el mercado de trabajo” (o preparándose para entrar en él) cada vez mayor. Ese conjunto de procesos determina la caída de la fertilidad en razón directa del nivel de ingresos y el nivel promedio de educación. Como no hay un mecanismo que detenga la caída de la fertilidad justo cuando compensa las defunciones (es decir al nivel de fertilidad de reemplazo), los países con altos ingresos tienen una fertilidad que no alcanza para mantener la población ni mucho menos para hacerla crecer.
Sólo en niveles muy altos de ingresos y educación aparece un rebrote de la fertilidad. ¿Por qué? Básicamente porque a ese nivel costear un hijo no es algo tan difícil, debido a los altos ingresos, y muchas familias pueden permitirse que las mujeres dejen de trabajar un tiempo para tener un par de hijos. Por otra parte, en empleos que no requieren fuerza muscular se puede trabajar casi hasta el momento del parto, y poco después también. Las guarderías en el lugar de trabajo permiten además que la madre se lleve el bebé al empleo y lo amamante durante el horario de trabajo. Si el ingreso es suficientemente alto, y las normas laborales lo facilitan, aun la neurocirujana podría sacrificar un poco más de su valioso tiempo para tener dos o tres hijos en vez de tener solo uno o ninguno. Pero eso, claro, solo ocurre actualmente en un puñado de países (Noruega, Suecia, Finlandia, Luxemburgo, Francia). En algunos países, además, el aumento lo producen los inmigrantes de alta fertilidad (es el caso de Francia, con un promedio de dos hijos, pues las mujeres étnicamente francesas siguen teniendo menos de dos hijos en promedio: las que tienen muchos hijos y compensan esa cifra son las argelinas, senegalesas y otras inmigrantes de países pobres y atrasados, que siguen teniendo muchos hijos después de inmigrar (ayudados también por el sistema de salud pública de Francia). Sin embargo eso es posiblemente transitorio: las hijas o nietas de esas inmigrantes también irán bajando su fertilidad si permanecen en Francia.
Naturalmente casi toda la explicación dada en este artículo se aplica a la familia promedio y a la persona promedio. Dentro de cada país hay diferencias sociales, económicas y culturales. Algunas mujeres forman parte de hogares con bajos ingresos, tienen menos educación o ninguna, y están casadas o unidas con hombres de su misma condición, mientras otras mujeres tienen mayor nivel de instrucción, pertenecen a hogares con mayores ingresos, y están unidas a cónyuges de su misma condición. Las diferencias que valen entre un país y otro también se aplican internamente. Cada familia, cada mujer y cada hombre, enfrenta opciones diferentes, en condiciones diferentes, y tiene una ecuación interna de balance de costos y beneficios. Así que en cualquier país concreto se dan al mismo tiempo todos los comportamientos que hemos examinado (salvo los que ya no se practican porque los tiempos han cambiado: por ejemplo, ya no hay mujeres en Inglaterra arrastrando barcazas en los canales, ni tampoco se usan más las máquinas de vapor). Pero hay familias con muchos hijos, con pocos o con ninguno. Hay mujeres con mucha, poca o ninguna educación. Hay parejas donde ambos trabajan, donde trabaja solo el hombre o solo la mujer. Muchas veces él gana más que ella, pero cada vez más frecuentemente ella gana más que él.
Espero que esta larga explicación muestre el por qué de los procesos descritos en mi post anterior.
15 Julio 2009 | Por duralex | Claves: brotecitos verdes, china, deflación, empleo, europa, inflación en eeuu, japón, oecd, recesión, recuperación, the economist | # Enlace permanente
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El promedio de pronósticos económicos compilado mensualmente por The Economist en general ha mejorado este mes respecto al mes anterior, aunque no uniformemente.
http://www.economist.com/markets/indicators/displaystory.cfm?story_id=14001285. Este promedio representa a una gran cantidad de modelos econométricos elaborados por diferentes instituciones que hacen un seguimiento de la economía mundial. La revista publica solamente los pronósticos promedio correspondientes a países desarrollados.
Para EEUU se estima que PBI en 2009 caerá en -2.7% (se preveía -2.8% hace un mes); en la zona del euro en cambio se prevé un leve agravamiento: caería este año -4.4% (se estimaba -4.1% en junio). La performance de Japón este año sigue estimándose que sera la más desastrosa, pero parece que será levemente menos grave (-6.1%) que lo previsto hace un mes (-6.7%).
Para 2010 las previsiones en general mejoraron: En EEUU el pronóstico mejoró desde +1.6% en junio hasta +2.7% ahora. En la zona euro, de +0.5% pasó a +0.6%. En Japón de 0.8% a 1.0%. El país menos afectado, que es agroexportador y está en el hemisferio sur, no es la Argentina sino Australia. Se preveía que caería este año en -0.8% pero esa estimación ha mejorado a solo –0.2%. Para 2010 el crecimiento mejoraría de +1.6% a +1.7%.
Los datos de The Economist se refieren solo a países de la OECD, pero por separado la China también subió su estimación para este año, de +6% a +8%, y espera seguir creciendo al 10% en 2010.
Todas estos mejores pronósticos econométricos se originan en que hubo diversas variables que mostraron signos de mejoría en todos esos países y zonas, como viene ocurriendo en general desde abril.
Como ya se calculaba, EEUU y China se recuperan primero, luego Europa, por último (muy lejos) Japón que sigue estancado secularmente desde los años 90. El empleo, por su parte, sigue estancado o cayendo en todas partes, como sucede habitualmente, ya que en todas las crisis capitalistas la recuperación del empleo empieza alrededor de dos trimestres después de empezar la recuperación del PBI.
Los incipientes signos de recuperación en EEUU han causado además un primer repunte de la inflación, que subió 0.7%. Esto ha recuperado la mitad del total de deflación (-1.4%) acumulado desde que empezó la recesión. Es posible que en los próximos meses, si se repiten las subas de precios, la Fed trate de frenarlas con alguna suba de tasas (después de haberlas bajado casi a cero por ciento durante la recesión).
Entretanto, Europa –cuya recesión viene retrasada y su recuperación también– está recién entrando en deflación. No solo hay retraso en Europa respecto a EEUU, sino que la dinámica es distinta. En Europa hay menos flexibilidad de la estructura económica en su conjunto, el Banco Central no bajó las tasas al iniciarse la crisis, y los gobiernos fueron más lentos y mezquinos para aumentar el gasto e impulsar la reactivación; asimismo, la estructura laboral es menos flexible. Como consecuencia, en Europa la caída del PBI es más grande y más larga, la caída del empleo es más fuerte y más prolongada, la recuperación del PBI es más lenta, la recuperación del empleo es más retardada que en USA respecto a la del PBI, y mucho más lenta, y hay menos deflación porque la estructura de precios es más rígida. Al mismo tiempo que hay más desempleo en Europa, la protección para los desempleados es mayor en Europa que en USA (lo que es también una forma de gasto público contracíclico, aunque no tan fuerte ni tan focalizado como el de USA).
Ateniéndonos a estos nuevos signos, se van confirmando los pronósticos de los meses anteriores, sin grandes sorpresas: la economía USA entraría en recuperación de la actividad económica en el segundo semestre, y en recuperación del empleo hacia fin de año o comienzos de 2010. La economía europea haría lo mismo, con menos dinamismo, unos seis a ocho meses después. La economía japonesa, en tanto, está hundida en una caída del producto del orden del 6%, y solo podría aspirar el año que viene a un crcimiento de +1% o algo así, de modo que el resultado neto de la crisis será un achicamiento absoluto de la economía japonesa, que ya está estancada desde 1990, y por supuesto una continuación de su proceso de achicamiento relativo respecto a otras regiones más dinámicas como la China, EEUU y Europa.
La recuperación no parece que vaya a ser veloz ni espectacular, y que los niveles pre-crisis tardarán en recuperarse sobre todo en Europa y principalmente en Japón, pero no así en EEUU, que llegaría a los niveles de PBI pre-crisis a fines de 2010 o comienzos de 2011, mientras que la China no cayó nunca y solo tiene que recuperar su ritmo de crecimiento.
La recesión mundial, pues, continúa comportándose como se esperaba. Como si fuera un reloj, el ciclo económico mundial continúa su marcha.
Hay por supuesto muchos interrogantes sobre diversos aspectos, como los debates en EEUU sobre cómo se pagará el déficit generado por el paquete de estímulo, que se sumó al déficit de Bush (se podrá pagar si la economía norteamericana registra fuertes aumentos de productividad en los próximos diez años, lo cual es probable dado su dinamismo de los últimos años en materia tecnológica).
También hay fuertes debates en EEUU acerca de si el paquete de estímulo será suficiente (sí, será suficiente, yo creo, aun cuando el empleo siga cayendo todavía). Muchos que se han sentido alentados al observar los “brotecitos verdes” en la actividad económica se descorazonan cuando ven que no hay aún signos consistentes de mejora en el empleo.
Pero resulta que es siempre así: hay empresas que todavía están quebrando y despidiendo gente, como reverberación de la onda expansiva de la crisis que estalló en septiembre de 2008; por otro lado, las empresas que han empezado a crecer no son tantas, y aun ellas no van a empezar a contratar nuevos empleados hasta que la recuperación no se afiance: por el momento utilizan capacidad e instalada con el mismo personal que tienen. En total, los nuevos empleos que se van creando en los brotecitos verdes son menos que los empleos que se siguen destruyendo, por lo cual el saldo sigue siendo negativo: disminuye todavía el empleo total. En toda la experiencia histórica esto seguirá así unos cuantos meses, aunque en forma declinante, perdiendo cada vez menos empleos por mes como tendencia (con oscilaciones aleatorias de un mes al otro). El empleo normalmente empieza a crecer en términos netos, como promedio de las últimas 20-30 recesiones, alrededor de 2-3 trimestres después de que recomienza el crecimiento del PBI.
5 Marzo 2009 | Por duralex | Claves: desempleo, dólar alto, empleo, fajnzylber, industria, ventajas comparativas, ventajas comparativas espurias | # Enlace permanente
Con un tipo de cambio real alto, es decir con un dólar muy caro, la mercadería importada se torna inaccesible, y la exportación es más fácil porque los costos internos resultan muy bajos (en dólares). Esto le otorga ventajas a la industria nacional en el país que tenga un “dólar alto”. Sin embargo, estas ventajas son engañosas y transitorias.
Las ventajas comparativas transitorias otorgadas por un tipo de cambio alto se denominan técnicamente “ventajas comparativas espurias” (término introducido por Fernando Fajnzylber, un economista de la CEPAL; ver referencias al final), para distinguirlas de las ventajas “genuinas” que proceden de una mayor productividad en paridad de precios.
El dólar alto permite el crecimiento de la industria y reactiva rápidamente la economía en una recesión, sustituyendo importaciones; permite genear empleo y actividad económica, y ahorra divisas. Esto es muy oportuno en casos de recesiones y crisis. Pero no es un esquema que pueda funcionar en forma permanente. A la larga termina consumiendo más dólares de los que permite ahorrar, y su generación de empleo y producción pronto encuentra límites.
Las ventajas comparativas espurias son transitorias, pues sus propios mecanismos llevan al aumento gradual de costos. El mismo dólar alto encarece los insumos, maquinarias y derechos de propiedad intelectual que debe costear la industria nacional, incidiendo en sus costos (recuérdese que en países como Argentina las importaciones en un 80% son insumos y bienes de capital). Debe pagar las maquinarias a precios internacionales, pero sus productos se venden en el mercado interno, en moneda nacional, y con esas ventas no se pueden comprar luego los dólares necesarios (precisamente porque el dólar está alto). La inflación termina por hacer que el “dólar alto” ya no sea tan alto al cabo de un tiempo, y en una economía abierta es imposible evitarlo, pues en economías abiertas el tipo de cambio real es “endógeno”: no lo puede fijar la política económica. El intento de mantener artificialmente un dólar excesivamente alto genera problemas en el mercado de divisas, en la balanza de pagos y en la propia industria, y suele exigir también subsidios (canalizados por el Estado) en los cuales otros sectores terminan subsidiando a las industrias no competitivas.
Los modelos de industrialización protegida por sustitución de importaciones, que surgieron en los años 40 y 50 (y fueron conceptualizados por Raúl Prebisch en la CEPAL) han tenido así que modificarse para dar cuenta del carácter abierto e integrado de las economías actuales, en plena globalización. Es un entorno más riesgoso, con menos posibilidad de control nacional, pero es el que existe, y no hay alternativa.
Ante esa realidad, la CEPAL ha evolucionado. Un ejemplo de esa evolución del pensamiento cepalino es el trabajo de uno de sus más importantes especialistas, Armando Di Filippo (ver referencias al final), quien señala las profundas diferencias entre las condiciones vigentes a mitad del siglo XX y las que rigen en la actualidad.
Una consecuencia de tener ventajas espurias es que el crecimiento industrial es también espurio, y el empleo generado por ese crecimiento es también un empleo espurio y no sostenible. Dura lo que dure el tipo de cambio real alto, a menos que en ese período “de gracia” la industria se modernice y se vuelva competitiva; pero esto último es difícil que ocurra porque la misma protección de la que goza le resta incentivos a la industria para esa reconversión. Cuando se desvanecen las ventajas espurias de sus empleadores, esos trabajadores –empleados en un trabajo espurio—verán peligrar su empleo, pues éste tampoco es competitivo.
¿Por qué los industriales no aprovechan ese período “de gracia” para reconvertirse y modernizarse? Básicamente porque los actores económicos suelen moverse sobre la base de incentivos, y no por su gran claridad de visión sobre el futuro. El esquema proteccionista de “dólar alto” que existe en un cierto momento se presenta como un esquema permanente, de modo que los industriales esperan que el gobierno no permita que se produzca un “atraso cambiario”. Si el tipo de cambio no se “atrasa”, ellos pueden seguir “atrasados” sin problemas.
Pero el tipo de cambio se va apreciando cada vez más, y en una economía abierta el gobierno no puede garantizar el nivel del tipo de cambio real. Si la economía tiene sectores competitivos (como el agro argentino) y además hay salida o entrada de capitales, el tipo de cambio real termina situándose donde le corresponde, y ello suele ser en un nivel que no le conviene a muchas industrias existentes.
Ahora en la Argentina está llegando ese momento. No solo hay pérdida de empleo por la recesión (de origen interno y además mundial). Aunque el mundo no estuviese en recesión, no podría aumentar el empleo de las actividades no competitivas, pues (desde antes de la crisis) el peso argentino se había apreciado lo suficiente para hacer desaparecer el paraguas de protección que a esas industrias les proporcionaba el “dólar alto”. El desempleo bajó sostenidamente en la Argentina hasta fines de 2006, pero luego se estancó. El empleo ya no creció sustancialmente ni el desempleo decreció después de bajar la desocupación a alrededor del 8% en 2007. Ni siquiera las cifras retocadas del INDEC lo han llevado más abajo, y para peor en 2008 comenzó a haber despidos por la crisis mundial y la crisis del agro que repercutió sobre la industria.
La recesión sólo acelera la pérdida de esos empleos, que de todas maneras hubieran sucumbido ante el “peso alto”.
Después de la reconversión económica de los años noventa quedó un cierto porcentaje de mano de obra “inempleable” en la Argentina, a menos que se recicle rápidamente. Esto se debe a que ciertos sectores no habían tenido una modernización gradual, de modo que su personal estaba entrenado para una tecnología muy tradicional. Algunos de esos trabajadores ya han sido reabsorbidos de algún modo en otros sectores, y muchos han envejecido y se han jubilado, pero muchos todavía están en el mercado de trabajo: ex obreros metalúrgicos que ahora son cartoneros, ex empleados bancarios pre-computación que ahora conducen un taxi ajeno, y así sucesivamente.
Una estimación razonable actual de esa mano de obra “obsoleta” es del orden del 6% de la PEA (estimación mía examinando datos de las encuestas de hogares). En 1998, antes que empezara la lenta recesión final de la convertibilidad, y pese a una vigorosa recuperación de la economía en condiciones competitivas en los años 1996-98, el desempleo que había subido a 18% en 1995 solo bajó al 12.6%, y de esa cifra se puede estimar que alrededor del 3-4% es “desempleo friccional” que siempre existiría aun en condiciones de pleno empleo. El resto (8-9%) era gente que sólo podía conseguir empleos espurios o muy mal remunerados, o en el sector informal, a menos que se reciclase obteniendo calificaciones laborales más elevadas que le permitan ingresar en actividades de mayor productividad. Algunos ya eran grandes y no lo podían lograr, de modo que una parte de la obsolescencia laboral solo se puede eliminar gradualmente a medida que se van jubilando; pero otra parte eran jóvenes y podrían reciclarse si existiesen los programas de capacitación debidamente articulados con las fuentes de trabajo, y si existieran incentivos para hacerlo (es decir si ésa fuese la forma más segura de conseguir un ingreso).
La falta de incentivos para capacitarse se acentuó en esta década. Hay en estos momentos centenares de miles de jóvenes de ambos sexos de 15-24 años que ni estudian ni trabajan, y la mayor parte tampoco busca trabajo. Esa es una porción de la mano de obra no solamente inactiva o desocupada, sino en buena parte inempleable, y que después reaparece en la página de Policiales. Otra parte está empleada en actividades no muy rentables, que sólo subsisten por el dólar alto, los subsidios del Estado, o las presiones sindicales (por ejemplo, hay vigorosos y seguramente inteligentes trabajadores haciendo sebo detrás de una ventanilla enrejada en las estaciones del subte, con bajísima productividad, porque el sindicato hizo huelga cuando quisieron poner máquinas expendedoras de pasajes).
El ajuste del mercado de trabajo y de la actividad económica derivado del “dólar relativamente bajo” seguirá este año y el próximo, acelerado por la crisis mundial, a menos que haya una corrida exitosa contra el peso y el dólar se dispare. En tal caso el dólar será alto, pero tampoco habrá trabajo para nadie pues el país se hundiría en una recesión con muy alta inflación (vuelta al casillero de partida, donde dice 2002).
Toda esta explicación es para indicar que esta crisis mundial, más el agotamiento definitivo del “modelo” de “estiramiento del rebote” practicado por el gobierno Kirchner, conducirán a un sinceramiento del “empleo derivado de ventajas comparativas espurias”, llevando el desempleo (aun sin recesión) a un nivel del orden de 10-12% que es donde correspondería que esté en condiciones competitivas cuando la economía está en crecimiento, o más que eso en condiciones de recesión –a menos que entretanto se hubiera reciclado exitosamente una parte importante de la fuerza laboral remanente que ya era inempleable en 1998-2001, lo cual es improbable.
Para llegar a absorber el empleo espurio en actividades competitivas, y bajar el desempleo estructural en forma genuina a un nivel del orden del 5%, se necesitaría aumentar la producción en una proporción muy considerable, creciendo a una tasa sostenida durante unos cuantos años, superior al crecimiento de productividad necesario para asegurar competitividad. En un cálculo grosero, recuperar el nivel adecuado de productividad para que no sea necesario el dólar alto; mantenerse a la par del crecimiento tecnológico mundial (que es del orden del 2% anual), y cubrir también el crecimiento anual de la fuerza laboral (que es del orden de 1.5%) requiere una tasa de crecimiento económico sostenido del orden del 5%, sin protecciones artificiales, concentrado en sectores competitivos, y durante un período considerable (posiblemente una década o algo más).
La creación de empleo a toda costa, aunque sea empleo espurio, es una solución correcta en una crisis, pero es una solución transitoria. No se puede hacer crecer la economía ni sostener el crecimiento sobre la base de ventajas espurias y transitorias, intrínsecamente no sostenibles. Una vez cumplida la recuperación, insistir en esas políticas conduce a la instalación de la inflación, la saturación de capacidad en ciertos sectores críticos (como la producción de energía en la Argentina desde 2006), y en última instancia la interrupción del proceso de crecimiento.
Para evitar ese camino, al madurar la recuperación de la producción y el empleo después de la crisis, la política económica debería virar hacia el fomento y la facilitación de la actividad competitiva y de la inversión. Para ello se requiere confiabilidad institucional para atraer inversiones, y mayor exposición de la industria nacional a las fuerzas de la competencia. Esto en la Argentina debió haberse hecho al empezar el recalentamiento de la economía en 2005-06, después de su rápida recuperación post-crisis.
La crisis de 2001-2002 significó para la economía argentina un repliegue sobre sí misma. Sólo se asomaba para exportar sus productos, sobre todo los vinculados al agro. Tenía cortado el acceso al crédito, no había inversión externa, y gran parte del ahorro interno no tenía donde ser invertido productivamente. Esto condujo a una fuerte presión sobre el valor de los campos y las viviendas (única inversión más o menos segura) y a la retirada de capitales del sistema financiero (para llevarlos al exterior o guardarlos en dólares en alguna caja de seguridad). A pesar del fuerte impulso otorgado por la actividad agropecuaria y sus industrias conexas, el crecimiento de las exportaciones argentinas bajo el “dólar alto” (2002-2008) fue el más bajo entre los varios países latinoamericanos comparables (Mexico, Chile, Brasil, Uruguay, Perú, Colombia). La razón es que el crecimiento se concentró en industrias no competitivas, que sólo pueden producir con dólar alto y principalmente para el mercado interno.
Ese ensimismamiento debió acabar al alcanzarse niveles de PBI similares a los niveles pre-crisis (1998), con un desempleo manejable (8%) y cuando se manifestaban ya signos de recalentamiento (inflación, crisis energética). Esto es, el viraje debió ocurrir en 2006, cuando esas condiciones estaban reunidas.
Proseguir en el mismo sendero hubiese sido imposible si no hubiese intervenido la burbuja internacional de precios de los granos, que entre 2006 y 2008 duplicaron sus precios, para luego derrumbarse a mitad del año pasado. Ese regalo inesperado no sólo permitió seguir con un modelo intrínsecamente agotado, que sólo servía para salir de la crisis, sino que indujo al gobierno a pensar que tenía en sus manos un mecanismo imbatible que podía seguir funcionando en forma permanente, un “modelo”. Es irónico que el “modelo productivo” haya estado sobreviviendo gracias a una gran burbuja especulativa.
Pero no era para siempre. Lo que el modelo estaba gozando era solamente un “período de yapa” que pronto se acabó, y que no fue usado para generar las condiciones de una acumulación sostenible en el tiempo.
Ya en medio de los precios altos se percibieron dificultades: el Estado debía gastar mucho para poder sostener el proceso, generando empleo e ingresos desde el Estado, subsidiando diversas actividades y servicios, y reemplazando la ausente inversión privada con inversión pública. Esto, y las crecientes obligaciones de la deuda (aun después de la reestructuración de 2005), crearon problemas de caja. El afán recaudatorio llevó a una suba desmedida de las retenciones, que culminó en la Resolución 125 de 2008. Cuando ese intento fracasó, y además se deshizo la burbuja de precios a partir de julio del año pasado, el gobierno enfrentó una gigantesca fuga de capitales (23.000 millones de dólares durante 2008), y tuvo que buscar otras soluciones. Algunas adecuadas (bajar subsidios), otras erróneas (apropiarse de las AFJP), y finalmente, cuando en el último trimestre del año (como dijo la Presidenta) “apareció el mundo”, el impacto combinado del agotamiento del propio modelo, más la sequía y la crisis internacional, forzó al gobierno a empezar a retroceder: concesiones al campo, suba de tarifas, negociaciones discretas con el FMI, pérdida de divisas para evitar la disparada del dólar, renegociación de bonos en pesos, vuelta a la negociación con los holdouts, y así sucesivamente.
Para hacer crecer el empleo y la productividad en forma genuina y sostenible hace falta una fuerte inversión privada nacional (que ahora se fuga) o extranjera (que ahora no viene). Ello requiere una mayor apertura tanto del comercio internacional como de los flujos financieros. Y aparte de las reformas necesarias, el proceso de inversión solo ocurrirá si el país inspira confianza a los inversores (nacionales y extranjeros). Algo que perdimos hace años y hasta ahora no hemos recuperado.
REFERENCIAS
Fajnzylber, Fernando (1988): “Competitividad internacional, evolución y lecciones” Revista de la CEPAL, NO 36, Santiago, Chile.
Fajnzylber, Fernando (1989). “Industrialización en América Latina”. Cuadernos de la CEPAL No.60, Santiago, Chile.
Fajnzylber, Fernando (1990). “Sobre la impostergable transformación productiva de América Latina”. Pensamiento Latinoamericano No.15, pp.85-129.
Di Filippo, Armando (1998). “La visión centro-periferia hoy”. Revista de la Cepal, número extraordinario. http://www.eclac.org/publicaciones/xml/1/19381/difil.htm.
Todos los articulos de la Revista de la CEPAL asi como todos los Cuadernos de la CEPAL, se pueden bajar del sitio http://www.eclac.org/publicaciones/.
7 Enero 2009 | Por duralex | Claves: 2009, argentina, deuda, economía, empleo, inflación, pbi, perspectivas | # Enlace permanente
Hasta 2006 el PBI argentino venía creciendo al 8-9% anual. En 2007 comenzó a desacelerarse, debido a que se llegó al tope de capacidad instalada (especialmente en materia energética), y a que las nuevas inversiones eran sólo “extensivas” (básicamente renovación de equipos y aumento lineal de capacidad en las líneas existentes pero sin profundizar tecnológicamente y sin grandes inversiones que ampliaran el horizonte productivo).
La desaceleración fue disimulada por la falsificación deliberada de los índices de inflación, por lo cual oficialmente el PBI de 2007 siguió creciendo a más del 8%. Pero en realidad el crecimiento fue menor. La diferencia se debe a que una parte del PBI se calcula sobre la base de cifras de ventas (en precios corrientes) que son deflactadas por el índice de precios para obtener el crecimiento real. Si el índice de precios es inferior a la verdadera inflación, ello conduce a estimar un crecimiento “real” artificialmente alto. Esto ocurre solo en una parte del PBI (especialmente en servicios, y en algunas industrias). Aparte de eso, las huestes de Guillermo Moreno también falsearon algunos datos de producción en el INDEC. Por la suma de ambos factores el crecimiento del PBI de 2007 y 2008 resultó exagerado. No sabemos la cifra efectiva de crecimiento, pero probablemente en 2007 en vez la cifra oficial de 8.7% el crecimiento debe haber sido del orden del 6-7%. En 2008 el crecimiento debe haber sido bastante menor, ya que desde mitad de año hubo una importante desaceleración, aparte de la fuerte caída en la producción agropecuaria como consecuencia de las altas retenciones, la caída de precios de las commodities (que llegó a afectar al trigo en 2008, y afectará al resto en 2009), la sequía, y la horrorosa política gubernamental hacia la ganadería y la lechería que condujo a una fuerte liquidación de vientres y un descenso importante de la producción y ventas en la industria láctea. Si en 2007 el crecimiento efectivo fue de 6-7%, en 2008 probablemente fue del orden de 5%.
Esa desaceleración se convirtió en un freno o caída de la producción hacia fines de 2008, y se espera que ello continúe durante 2009, como continuación del proceso ya iniciado en la Argentina (por factores internos) desde fines de 2006, agravado por la recesión internacional.
Los distintos economistas, tanto aquellos que hasta 2007 apoyaron las políticas económicas del gobierno como aquellos que se opusieron a las mismas, concuerdan en prever un frenazo casi total para 2009. Cuando arriesgan números para el PBI, estos oscilan entre +1 y -2 por ciento.
Ya en la última parte de 2008 comenzó a caer el empleo, con despidos, suspensiones de personal, eliminación de horas extra y otras medidas similares. Ese proceso seguramente se profundizará durante 2009. La prolongada caída del desempleo hasta 2006 probablemente se frenó en 2007-08, aunque no se puede confirmar porque la Encuesta de Hogares ha dejado de estar realizada por técnicos y sólo se publican cifras globales sin control de ningún especialista y sin que los datos primarios sean puestos a disposición de analistas externos como es de práctica. De todas maneras, el desempleo seguramente ha comenzado a subir a fines de 2008 y seguirá subiendo en 2009. La cifra oficial del último trimestre de 2008 era de alrededor de 8%, incluyendo como “ocupados” a los que reciben $150 del Plan Jefes y Jefas. La cifra sube a cerca de 9% cuando ese contingente, como corresponde, es excluido. En 2009 seguramente el desempleo llegará nuevamente a dos dígitos.
Entretanto sigue habiendo inflación, aunque ha bajado un poco en los últimos seis o siete meses. La tasa interanual promedio de las diversas provincias donde se mide decentemente la inflación llegó a 32% en mayo-junio, y luego comenzó a bajar hasta situarse en torno a 23-24% como promedio en noviembre. Las tasas oscilan entre un mínimo de 20.5 en alguna provincia como Río Negro y máximos de 27-29% en Tierra del Fuego (las dos cifras citadas corresponden a las ciudades de Río Grande y Ushuaia). Esto sitúa a la Argentina en segundo lugar en A.Latina, sólo después de Venezuela que tiene un 32.7% en noviembre, y también entre las más altas del mundo (además de Venezuela, la excede solamente Zimbabwe que está en medio de una violenta hiper-inflación, y la iguala aproximadamente Pakistán que tiene un 24% en los doce meses anteriores a noviembre 2008). Con crecimiento nulo o negativo, y una de las inflaciones más altas del mundo, la Argentina enfrenta 2009, por lo tanto, con un panorama de estanflación.
Las perspectivas de reactivación económica son escasas. En casos de recesión los gobiernos aumentan el gasto público, pero el gobierno argentino no puede hacerlo debido a la alta inflación. El gasto público realimenta la inflación, y el público prefiere desprenderse de la moneda nacional adicional para refugiarse en el dólar; en otros términos, la expansión del gasto público en lugar de lograr una reactivación de la economía produciría inflación, corrida hacia el dólar y fuga de capitales. De hecho en los últimos meses la Argentina ha sufrido una violenta fuga de capitales, ya que alrededor de 25.000 millones de dólares han abandonado el sistema financiero (hacia el exterior, o hacia cajas de seguridad, pero en todo caso hacia fuera del circuito económico nacional).
En casos de inflación, el gobierno habitualmente restringe el gasto público y la oferta monetaria, pero esto tampoco lo puede hacer el gobierno para no acentuar la recesión y el desempleo, sobre todo en un año electoral como 2009.
Esto es lo típico de la estanflación: no se pueden aplicar políticas anti-inflacionarias sin acentuar la recesión, ni políticas anti-recesivas sin acentuar la inflación. Tampoco se puede permanecer sin hacer nada, porque la hemorragia de dólares continúa y el proceso desemboca en hiperinflación e hiper-recesión.
Algunos analistas piensan que la inflación será controlada “naturalmente” por el estancamiento de la economía. Pero esto, a mi juicio, es un error. Si bien la economía real está frenada, la demanda efectiva (dinero en el bolsillo de la gente) no está contraída: el gobierno sigue gastando, la oferta monetaria se sigue expandiendo, se siguen otorgando aumentos salariales, hay planes de crédito a tasas inferiores a la inflación, y en líneas generales se sigue una política expansiva. La gente se abstiene de hacer inversiones o gastos grandes (compra de casas o autos) pero ello no detiene la inflación. Después de bajar durante unos meses, los índices de precios hacia fines de año seguían firmemente en torno a 20-26%, e incluso entre septiembre y noviembre no mostraban ya una tendencia decreciente. Los “planes de reactivación” de diciembre probablemente acentúen ese fenómeno de estanflación, es decir de estancamiento con inflación.
Lo que los libros de texto recomiendan en una estanflación es atacar primero la inflación, con un fuerte ajustón monetario: recorte del gasto público, recorte del crédito al sector privado, suba de tasas de interés. Esto, sin duda, acentuaría fuertemente la recesión y el desempleo. Luego que la inflación haya sido controlada, es posible empezar a crear condiciones para el crecimiento, con la generación de un clima de confianza en los inversores, el establecimiento de alicientes para el crédito, para la inversión (interna y externa), para el consumo, etc. Pero el proceso de control de la inflación puede llevar muchos meses, y esos meses son meses pre-electorales en los cuales el gobierno se juega el control del Parlamento. Por ello nadie piensa que el gobierno adopte justo ahora una política anti-inflacionaria con tufo “neo-liberal” en la cual la población tenga que ajustarse los cinturones para pasar el invierno de 2009.
Dada esa circunstancia me parece que la inflación va a continuar siendo alta. Tal vez en efecto baje un poco en la comparación interanual, a medida que pasen los meses y la comparación se haga contra los precios ya muy altos de febrero-mayo 2008, pero seguiría siendo demasiado alta para los fines que aquí interesan: con una inflación de -digamos- 15-17% anual y un clima de incertidumbre que oriente a los ahorristas hacia el dólar, cualquier plan de reactivación expansionista será un tiro por la culata (o un tiro con balas de fogueo que yerre de lejos el blanco, como el mal concebido paquete lanzado en diciembre).
Luego está el problema de los pagos de la deuda externa. El país tiene una deuda pública total superior a la que tenía De La Rúa, aunque ahora una parte es en pesos y los plazos son más largos. Como fuere, en 2009 y 2010 se acumulan enormes vencimientos de capital aparte de los usuales intereses. En circunstancias normales el préstamo del capital se renovaría, pero no hay crédito ya para la Argentina, peleada con el sistema financiero internacional. Ya Chávez no presta más plata, el Fondo Monetario tampoco la prestaría en caso que se la pidieran, y ningún país otorgaría préstamos bilaterales como los que otrora se recibieron de España o de EEUU. Tampoco hay posibilidad de usar las reservas del BCRA, por dos razones. (1) las reservas de libre disponibilidad son pocas, y (2) si el gobierno usa las reservas del BCRA para pagar deuda, el Juez Griesa las embargaría para pagarles primero a los holdouts que ya iniciaron juicio para que les paguen a ellos primero. Hasta ahora no lo ha hecho porque el gobierno ha jurado que el BCRA es un ente diferente del Estado, totalmente autónomo, y que las reservas no son del Estado sino del Banco Central.
Haciendo malabares tal vez se logren cubrir los pagos de 2009, pero (como dijo Lousteau por TV este lunes) la frazada es corta: si se quiere pagar la deuda, la plata apenas alcanzará con las justas para planes de reactivación, obras públicas o programas sociales. Y si el gobierno sigue desperdiciando dinero en planes ineficientes como el de los autos 0 km y otros similares, finalmente tendrá que optar: o paga la deuda, o hace las obras prometidas con las que espera ganar (o al menor no perder por mucho) las elecciones. Otros economistas son menos optimistas que Lousteau, y piensan que de todas maneras la plata no alcanzará, excepto si el gobierno devalúa muchísimo a fin de licuar la parte de la deuda que es en pesos (pero ello también licuaría los sueldos de la gente, y aumentaría los precios de casi todo, todo ello con horribles efectos electorales).
Suponiendo que se pudiesen cubrir, mal que mal, los pagos de deuda de 2009, quedarían después los de 2010, que son todavía mayores, y para los cuales hay todavía menos artillería disponible. Además, un parlamento sin mayoría gubernamental posiblemente derogue los superpoderes presupuestarios, en los que se basan todas estas maniobras con la cortísima frazada a la que aludía Lousteau (ese muchacho piensa que 2009 podría ser “zafable” pero 2010 no, punto de vista compartido por la gran mayoría de los economistas.)
Estas perspectivas económicas podrían tener, por supuesto, implicaciones sociales (huelgas, estallidos sociales, etc.) y políticas (la más probable es la pérdida masiva de bancas parlamentarias del kirchnerismo). Pero ese es otro tipo de problema. En este artículo sólo he querido referirme a las perspectivas económicas.
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