Moralejas griegas

Hay veces que estar atado de pies y manos, o encadenado, es mejor que tener libertad de movimientos. Eso le pasa, por ejemplo, a quienes son violadores seriales o quienes padecen una compulsión obsesiva para hacerse daño a sí mismos o a los demás.

Algo así suele ocurrir con los países, cuando están dotados de un sistema político disfuncional o de un marco institucional deficiente. Sus gobernantes incurren en violaciones de derechos humanos, o en políticas económicas desastrosas, o en un grado de corrupción que pone en peligro al país en su conjunto. En tales casos es mejor que los gobiernos estén “atados de manos”, para evitar que se hagan daño a sí mismos, a su país y quizá al resto del mundo.

El caso de Grecia, que está en el candelero en estos momentos, es un ejemplo de ello. Cuando se instituyó la unión monetaria europea y se creó el Euro, sólo pudieron acceder los países que cumplían ciertas condiciones: inflación inferior al 2%, déficit fiscal no superior al 3% del PBI, y deuda pública no superior al 60% del PBI. Esos países adoptaban la moneda única, y por lo tanto renunciaban a tener una política monetaria propia. El Banco Central Europeo quedó como la única entidad encargada de emitir euros, y de aplicar una política monetaria única destinada a defender el valor de esa moneda común, y la estabilidad monetaria de todos los países participantes. Esto les ató a esos gobiernos la “mano monetaria”, impidiéndoles emitir su propia moneda (la peseta, el franco, el marco o la dracma) en cantidades irresponsablemente grandes, lo cual hubiera redundado en inflación y probablemente en un desbalance macroeconómico severo.

Al mismo tiempo se adoptó otra regla muy importante: el Banco Central Europeo (BCE) no puede, por su ley orgánica, ir en ayuda de los países con problemas. Si un país tiene un desbalance muy grande, no puede pedir que le emitan euros para poder tapar el agujero fiscal. El BCE no es un prestamista de última instancia.

Esto significa que los países que adhieren al euro, y que tienen la mano monetaria firmemente atada e incapacitada, quedaron con la mano fiscal libre. Pueden gastar cuanto quieran si consiguen financiamiento (impuestos internos o emisión de deuda pública nacional), pero saben de antemano que si hacen cualquier travesura con el gasto público no van a encontrar ayuda automática en el BCE. Del mismo modo, si se meten en un sendero poco prudente (por ejemplo aumentar los gastos fijos o inamovibles del Estado en una época de bonanza, sin pensar que la bonanza puede acabarse algún día) también se enfrentarían a un problema.

Los fundadores del sistema creyeron que de este modo se respetaba la independencia de los países para decidir su propia política fiscal en materia de impuestos, gasto y endeudamiento, ya que se había creado un fuerte incentivo para la buena conducta de esos Estados en materia de gasto público y de su financiamiento.

El problema es que los sistemas políticos disfuncionales o con instituciones débiles no necesariamente se  van a comportar de acuerdo a lo que aconseja la prudencia, del mismo modo que un violador serial no se va a detener porque aumente la pena de cárcel para ese delito, y si lo dejan en libertad condicional probablemente reincidirá.

Eso fue lo que pasó con Grecia. Mejor dicho, con varios países europeos incluyendo a España, a Portugal, a Italia, a Francia. Todos ellos se encuentran fuera de los límites establecidos inicialmente para ingresar al club del euro: tienen más inflación, tienen más déficit, y/o tienen más deuda. En general pueden cubrir la diferencia emitiendo bonos (es decir aumentando la deuda), y cruzando los dedos para que el crecimiento económico les vaya aliviando el problema.

Ahora las autoridades del sistema se enfrentan con el problema de Grecia, que está al borde de la cesación de pagos (es decir del default), con una inflación cuatro veces más alta que la indicada inicialmente, con un déficit cuatro veces más grande (12% del PBI) y con una deuda pública que ya no aguanta más. Nadie les presta, excepto a tasas de interés impagables. A ello se agrega, en el caso de Grecia, una economía todavía bastante primitiva, no modernizada suficientemente, y por lo tanto poco competitiva frente a otros miembros de la UE y frente a otros países.

Las autoridades han llegado a una solución que, según creen, le atará la otra mano a Grecia por un buen tiempo, hasta que aprenda (si aprende). Han autorizado al BCE a ofrecerle un préstamo especial de 30.000 millones de euros, pero Grecia necesita 45.000 millones, de modo que la diferencia se la tiene que pedir al Fondo Monetario Internacional. Las autoridades monetarias europeas, además, han establecido que Grecia primero arregle ese préstamo del FMI, y solo después acuda a la ayuda del BCE.

El FMI, naturalmente, exigirá que Grecia haga sus tareas pendientes,  y deberá monitorear los avances que se hagan en tal sentido. Grecia deberá reestructurar el gasto público y los impuestos, y deberá hacer reformas estructurales para modernizar su economía y tornarla más competitiva (genuinamente más competitiva: no hay devaluación que pueda ayudarlos a los griegos pues usan la misma moneda que sus vecinos). El remedio es amargo, el bisturí doloroso, y la anestesia muy escasa. Se espera, sin embargo, que Grecia ni siquiera tenga que pedir prestada toda esa plata: lo que se espera es que la mera disponibilidad de esas ayudas (y de un acuerdo aprobado y monitoreado por el FMI) alcance para que el Estado helénico pueda acceder al crédito voluntario privado en condiciones aceptables. Hace pocas semanas colocó deuda (unos 5000 millones de euros) a tasas entre 6 y 7 por ciento, el doble de las que pagan otros estados europeos. Con el paquete de ayuda del BCE y el FMI, si se lo lleva a buen término y Grecia adopta las políticas adecuadas, se espera que pronto podrá acceder al mercado voluntario a tasas gradualmente más bajas. El solo anuncio del arreglo hizo mejorar la cotización del euro frente al dólar.

El caso de Grecia se parece al de la Argentina. En 1991 la convertibilidad le ató al gobierno la mano monetaria, ya que limitó la emisión monetaria a las reservas existentes, y prohibió que el BCRA financie al gobierno excepto en medida muy limitada (podía colocar una parte minoritaria de sus reservas en bonos argentinos en dólares). Pero la ley de convertibilidad no le ató también la mano fiscal al gobierno argentino.

Durante unos años el asunto funcionó. Aumentó el gasto público real en 1991-95, porque venía del bajón producido por la hiperinflación, pero el porcentaje de déficit sobre PBI no superó en general el 2%, tomando el déficit financiero global una vez incluido el servicio de la deuda pública y sin contabilizar los ingresos fiscales extraordinarios provenientes de la privatización de activos del Estado. En 1993 incluso tuvo superávit, y tampoco superó esos límites durante la breve recesión causada por el “efecto Tequila” en 1995. La deuda pública no llegaba al 50% del PBI, y la inflación era inferior al 2%. Sin embargo, la mano libre del transgresor serial empezó rápidamente a hacer travesuras. El cociente déficit/PBI comenzó a aumentar en 1995, y se volvió muy grande en 1998-99. La deuda del gobierno central (unos 90.000 millones de dólares) aumentó a 120.000 en sólo 3 años (1996-99), y además se autorizó a las provincias a endeudarse en el extranjero, cosa que las provincias hicieron inmediatamente, añadiendo unos 25.000 millones adicionales en el mismo lapso (la mitad correspondió a la Provincia de Buenos Aires).

En diciembre de 1999 cuando asumió el gobierno de la Alianza, el déficit era de un 6% del PBI y amenazaba con subir al 10% en 2000. No había inflación, pero desde la crisis ruso-asiática de 1998 el país entró en una nueva recesión en 1999, leve todavía y que podría haber sido detenida, pero que el nuevo gobierno no logró detener. El indeciso presidente, comandando una alianza heterogénea y contradictoria, ensayó primero subir los impuestos como propuso el ministro Machinea (lo cual agravó y prolongó la recesión en 2000), luego ensayó reducir los gastos (con el nuevo ministro López Murphy) pero en tres semanas el presidente se echó atrás y removió a dicho ministro. A partir de allí todo fue cuesta abajo. El volátil y desorientado presidente volvió a convocar al ministro Cavallo, no muy amado por la Alianza, pero Cavallo no pudo hacer mucho: ensayó una política de déficit cero, trató de renegociar la deuda, y tuvo que restringir el acceso a los depósitos cuando empezó a producirse una masiva fuga de capitales. En ese momento el indeciso presidente tomó finalmente una decisión: renunció. En pocos días la oposición peronista declaró el default de la deuda externa, y en un mes se abolió la convertibilidad en medio de una gigantesca Gran Depresión (el PBI cayó 18% en 2002) que llevó el desempleo al 23% y triplicó la cotización del dólar (de 1 a más de 3 pesos, tocando fugazmente 4 pesos). Los activos en dólares fueron pesificados asimétricamente, en beneficio de los deudores que pudieron licuar sus deudas (principalmente las grandes empresas) y en perjuicio de los ahorristas.

El FMI intervino en todo el proceso previo a la debacle, pero no provocó un proceso de moderación del gasto público y de reducción del déficit fiscal cuando éste comenzó a dispararse en 1996. Tampoco aconsejó firmemente al gobierno que dejase flotar el tipo de cambio durante la recuperación económica post-Tequila (1996-98), donde seguramente el peso se hubiese valorizado, dejando algún margen (dentro de la convertibilidad) para ejercitar alguna política monetaria cuando llegase el momento. Asimismo continuó desembolsando ayuda para la Argentina hasta casi el momento de la crisis final. En otras palabras, Argentina tenía atada la mano monetaria, pero la mano fiscal tuvo un comportamiento francamente irresponsable, con la anuencia de un FMI carente de ideas claras en aquel período.

Hay que añadir que el Congreso argentino, ya dominado por la oposición, aprobó en 1998 una ley de “responsabilidad fiscal” que obligaba a reducir gradualmente el déficit, hasta llevarlo a cero en 2001. Pero esa ley pronto fue olvidada y nunca cumplida, sus buenas intenciones devoradas por la creciente tempestad.

Moraleja de Grecia y la Argentina:

1. La austeridad fiscal es inseparable de la estabilidad monetaria. Los países deben ser prudentes en ambos aspectos. Si sus instituciones políticas no aseguran que lo sean, deben tener “ambas manos atadas” mediante legislación infranqueable que así lo asegure.  Pero lo ideal es que la conducta responsable y prudente del Estado (en sus aspectos monetario y fiscal) sea una política de estado con amplio consenso.

2. Los bancos centrales deben tener alguna posibilidad de ser “prestamistas de última instancia”, pero con límites y condicionamientos que no generen un “incentivo para transgredir”. Las condiciones puestas a Grecia por el BCE, que incluyen la participación del FMI, son un ejemplo en ese sentido. La condición que el Club de París le ha puesto a la Argentina para renegociar la deuda del país con ese conjunto de acreedores públicos (EEUU, España, Francia, etc.), es decir que antes de renegociar el país haga un programa económico aprobado y monitoreado por el FMI, es otro ejemplo de lo mismo.

El personaje de un viejo tango, a la vez que confiesa sus crímenes, le pide a quien administra la ley: “Arrésteme, sargento, y póngame cadenas”. En efecto, algunas veces los transgresores seriales deben pedir que les aten las dos manos, para no verse tentados a adoptar las fáciles políticas populistas. Al mismo tiempo, el proceso de reacomodamiento de las variables macroeconómicas necesita ayuda (como la del BCE), que no sólo debe usarse para re-equilibrar las cuentas públicas sino también para mantener la gobernabilidad y la cohesión social.

3. La irresponsabilidad fiscal es incompatible con la estabilidad monetaria, y la inestabilidad monetaria es incompatible con el mantenimiento de una integración adecuada en el sistema económico internacional globalizado. Sin esa integración al mundo, no hay país que aguante.

4. La Argentina enfrenta desde 2009 una nueva situación de apuros fiscales. Superávit global hace rato que no hay. El superávit primario (antes de pagar los intereses y amortizaciones de la deuda) fue devorado por el brutal aumento del gasto que supera cualquier posible crecimiento de los ingresos fiscales, y ahora (aparte de una inflación alta y creciente) hay déficit primario (aparte del déficit global que ya había desde 2008). Déficit de magnitud incierta, porque las cifras son nebulosas, pero déficit. Y grande. Debido al default de 2001 y a la política de invariable hostilidad hacia el sistema financiero adoptada en los años subsiguientes a dicho default, el país carece de financiación voluntaria excepto a tasas superiores al 15% y en magnitudes insuficientes. Tampoco puede acudir al FMI porque desde 2006 no le permite al Fondo hacer la revisión anual de la economía, requerida por el artículo IV del estatuto del Fondo, y esa revisión (si se hiciese) pondría de manifiesto que las estadísticas argentinas están falseadas desde que el INDEC fue “invadido” en enero de 2007. Como no hay con qué pagar, pero el gobierno quiere seguir aumentando el gasto, está haciendo toda clase de piruetas para salir del paso, y de hecho no se sabe si lo logrará. Ya no tiene atada ninguna de las dos manos: el BCRA le emite dinero a discreción, y el gasto puede ser aumentado sin autorización del Congreso. La oposición, que ganó las elecciones, no puede imponer otra política fiscal porque no tiene homogeneidad ideológica al respecto. Es bastante evidente que el gobierno necesita límites, pero no hay hasta ahora quien le ponga el cascabel al gato. Tampoco hay, me parece, ideas claras en la oposición respecto de estos asuntos, de modo que el gobierno que asumirá el 10 de diciembre de 2011 probablemente tenga la fuerte tentación de volver a cometer los mismos errores, aun cuando posiblemente con menos ferocidad que el gobierno Kirchner.

Sin novedad, mejorando

La edición de abril del promedio de pronósticos económicos que presenta mensualmente The Economist no muestra muchas variantes respecto al mes pasado. El pronóstico de crecimiento del PBI en 2010 y 2011 para la zona del Euro y para EEUU se mantienen sin cambios. Mejora levemente el pronóstico de 2010 de Japón (a 1.9% en vez del anterior 1.7%) y el de Australia (3.1% en vez de 2.9%). Siguen muy parecidos los pronósticos de inflación, bajando levemente la inflación esperada para este año en EEUU, y subiendo levemente en Europa, pero de cualquier manera en niveles muy bajos. Japón sigue con su leve deflación, y sin poder salir de su largo estado de parálisis iniciado en los primeros años 90, cuando su “modelo” de crecimiento dirigido por el Estado se agotó en la era de la globalización.

http://www.economist.com/markets/indicators/displaystory.cfm?story_id=15869436

En EEUU, por otra parte, la caída del empleo parece estar llegando a su fin, con una situación estabilizada en los últimos meses y una leve mejora en la tasa de desempleo. Como siempre ocurre en las recesiones, la recuperación del empleo llega unos 3 trimestres después del inicio de la recuperación del PBI. También viene habiendo desde hace meses una sostenida recuperación del consumo, que en marzo se aceleró.

En su último informe, la Fed incluyó una reflexión sobre la posibilidad de que pueda rebrotar la inflación, lo cual sugeriría la posibilidad de que podría comenzar a subir las tasas de interés que están sumamente bajas desde que se estalló la crisis. El paquete de estímulo adoptado en 2009 tiene algunos componentes que están llegando a su fin, por ejemplo algunas exenciones impositivas para los que adquieren viviendas, y habrá que ver si la recuperación observada en el sector vivienda se mantiene después de retirado ese beneficio. Pero en conjunto parece que el curso de la economía de EEUU y del mundo desarrollado sigue por los carriles esperados, en una lenta recuperación (más rápida en EEUU, intermedia en Europa, y muy lenta en Japón, respecto a la caída sufrida por el PBI en cada una de esas áreas). La China sigue creciendo a todo vapor, con una fuerte presión interna y externa para que se retome la gradual apreciación del Yuan, que fue interrumpida a mediados de 2008 a fin de no dañar las exportaciones durante la crisis.

El mundo capitalista, pues, lejos de “caerse a pedazos” como audazmente anunciara en 2009 la Excma. Sra. Presidenta de la Nación Argentina, está superando la recesión en forma similar a la recuperación observada en crisis anteriores.

Queda como tarea la reducción de la deuda pública americana, que aumentó salvajemente en los últimos años: una mitad viene del déficit generado por G.W.Bush para sus locas aventuras bélicas, y la otra mitad por Obama para su paquete de estímulo económico. El déficit sigue alto, pero ya está comenzando a ceder: los planes oficiales prevén su descenso gradual durante diez años. Tampoco parece que hubiese allí una bomba a punto de estallar.

En Europa el punto crítico ahora son los países de la periferia en la zona del Euro, entre los cuales sobresale Grecia. A ésta, la UE le ha ofrecido un préstamo de emergencia a tres años, a una tasa del 6%, para cubrir el desbalance fiscal inmediato, y ofrecería 7% para préstamos a más largo plazo. Estas tasas son muy altas en relación a las tasas generales del Banco Central Europeo, y más altas que el 5% que consiguen varios países latinoamericanos. Para que Grecia pueda solo pagar esos intereses, y además ir reduciendo su deuda, deberá hacer un profundo ajuste del gasto público, con efecto inmediato y por los siguientes años, a un costo social y político bastante elevado, que (entre otras cosas) podría implicar la caída del gobierno socialista.

Las dificultades de Grecia reflejan las de otros miembros de la zona del Euro que mantienen profundos desbalances fiscales, y elevados niveles de deuda pública, como España, Portugal, Irlanda o Italia, e incluso Francia que tiene graves problemas fiscales, pero todos esos países y sus electorados (al igual que en Grecia) se resisten a efectuar los recortes necesarios, y por lo tanto se encaminan a problemas del mismo tipo. De hecho, el BCE debió haber intervenido tiempo atrás al ver que Grecia se aproximaba al abismo, pero no lo hizo porque predominaban los criterios más laxos que Francia o Italia propulsaban.

Es completamente diferente la situación de Irlanda. Este país ha tenido un crecimiento espectacular y una profunda modernización en los últimos veinte años (más de 500% de crecimiento del producto), pero fue otra víctima de la burbuja inmobiliaria. Los precios de los inmuebles bajaron casi a la mitad, y el PBI registró una de las caídas más fuertes de toda Europa. Pero el gobierno intervino a tiempo, con profundos recortes de sus gastos (incluyendo la rebaja nominal de sueldos a los empleados públicos), y probablemente se recuperará sin recurrir a paquetes de rescate del resto de la Unión Europea. Esos recortes son dolorosos, pero postergarlos es peor: si la gangrena en el dedo del pie no se amputa, después habrá que amputar todo el pie, o la pierna. Esa es la principal lección que deja el caso de Grecia, y si bien hay varios países periféricos de Europa en situaciones similares, los principales países que deben escuchar esa lección son algunos de los más grandes: Francia, Italia, y en cierta medida España.

En Japón la crisis precipitó la primera victoria electoral de la oposición en más de medio siglo, desplazando al tradicional Partido Demócrata Liberal que ha dirigido el país desde el retiro de las tropas americanas en 1949. Pero aun no se ven resultados. Japón también deberá cambiar aspectos fundamentales de su sistema económico para volver a crecer de manera sostenible.

En un plano más general, la crisis ha llevado a la superficie no sólo los efectos de la escasa regulación de entidades financieras en EEUU, sino sobre todo la ligereza con que Europa afronta el desafío de la competitividad de su zona dentro de la economía global, y la falta de una solución duradera a la esclerosis del sistema económico japonés.

Atrapados sin salida

El gobierno se encuentra atrapado por su propia dinámica fiscal de aumento imparable del gasto público, a pesar de haber llegado (y sobrepasado) los límites de los recursos disponibles. Ya se apropió de la gran mayoría de los activos financieros del sector público, y de algunos privados (como los ahorros de los trabajadores en las AFJP). Su DNU para usar reservas sin entregar un bono o LETES como contrapartida hasta ahora está empantanado. Como varios han señalado, no era necesario tanto escándalo: el BCRA y el Tesoro podría haber organizado un canje de LEBAC por LETES, de modo que el público acreedor del BCRA pasaría a ser acreedor del Tesoro (a una tasa levemente superior a la que se paga por los LEBAC) y asunto arreglado. Con los pesos obtenidos con las LETES, el Tesoro compraría dólares al BCRA y pagaría todo lo que quiera pagar, sin expandir la masa monetaria ni causar inflación, y (sobre todo) sin armar este sainete de los DNU que tiene paralizado al país desde hace tres meses.

El problema es que aparte del ficticio problema del uso de las reservas, el gobierno ya no tiene posibilidades de seguir incurriendo en gastos clientelísticos (ni de otro tipo), y mucho menos tiene posibilidad de expandir locamente el gasto en 2010 y 2011, detrás del imposible objetivo de ganar las elecciones de 2011 (un objetivo que solo puede ser albergado en la mente afiebrada de Néstor Kirchner). Para cubrir ese gasto creciente, la mayor recaudación esperada para 2010 no va a alcanzar. Será necesario emitir más dinero de lo que ya se emitía en 2007-09, y seguir impulsando una inflación que ya está llegando a los niveles de los años ochenta. De ahí a la crisis fiscal y la mega/hiper inflación hay un solo paso.

Si la dividida oposición no consigue frenar al gobierno en su afán de gastar y gastar, y el gobierno logra seguir en ese tren hasta 2011, el próximo gobierno tendrá que enfrentar la sucia tarea del ajuste. En cambio, si lo frenan, el ajuste tendrá que ser hecho por el propio gobierno Kirchner. Una buena parte de ese ajuste no lo harían cortando el gasto, sino licuando las deudas en pesos mediante una desbocada inflación (un remedio que se parece a la quimioterapia: puede destruir el cáncer, pero destruye al paciente al mismo tiempo). De todas maneras, el ajuste tendrá que hacerse porque los recursos no alcanzan.

La oposición, por su parte, además de estar dividida enfrenta su propio dilema: si le cierra todas las puertas a Kirchner, le da la perfecta excusa para un “renunciamiento heroico”, alegando un golpe de estado encubierto para impedirles gobernar.  En cambio, si le sigue dando soga, corre el peligro de tener que enfrentar un formidable ajuste fiscal en 2012. El Armagedón anunciado para ese año en películas y best sellers es una patraña, pero en la Argentina habría algo parecido a esa batalla mitológica que acompañaría el “fin del mundoi”: el nuevo presidente, opositor a Kirchner, se quemaría políticamente en poco tiempo.

Esta desagradable situación, unida al cuasi-empate de bancas en el Senado, tiene paralizado el país y el Congreso, y amenaza con mantenernos en vilo por un año y medio más, mientras la agonía del kirchnerismo, su largo gemido final, se prolonga y se agrava hasta límites todavía inconcebibles.

Hace dos años, la propaganda oficial por la Res. 125 decía que sin las retenciones (como en Uruguay) el lomo valdría 80 pesos. Pues bien, el lomo (al menos el buen lomo) está ya costando 80 pesos (al menos en los barrios donde la gente compra lomo, digamos la franja Norte de Buenos Aires desde Recoleta hasta San Isidro). Y la humilde tira de asado anda encima de los 20 pesos, o sea los 5 dólares, y en franco ascenso. Hasta ahora al gobierno solo se le ocurrió insistir con el disparate de los precios oficiales y los acuerdos de precios. Obviamente no van a funcionar (nunca han funcionado en toda la historia de la Humanidad). Los precios oficiales serán los precios a los cuales no se puede conseguir carne, y surgirá un floreciente “mercado paralelo”. La escasez estructural de carne seguirá al menos por dos años debido a la desastrosa política agropecuaria de los Kirchner, y causará probablemente la importación de carne (seguramente desde Uruguay, un país muy estúpido y reaccionario donde no hay retenciones, pero donde el consumo interno es altísimo y exporta más carne que toda la Argentina). Este ejemplo es un microcosmos de todos los otros desastres, que se van agravando cada vez más.

A la oposición no la une el amor (mutuo) sino el espanto (a los Kirchner). Eso la vuelve impotente. Si esto sigue así, la situación se agravaría seriamente durante 2010 y 2011. Como preguntaba Cicerón en el senado romano, dirigiéndose a un líder populista de aquella época (Catilina): “¿Hasta cuando abusarán de nuestra paciencia?”

Futuro imperfecto

El habitual resumen mensual de los más importantes pronósticos económicos, publicado por The Economist, vuelve a mostrar una mejora, no solo en la estimación del pasado reciente (2009) sino en la previsión del futuro inmediato (2010).  En general, estos pronósticos se han venido cumpliendo muy bien (los he documentado en posteos anteriores de este blog). Los pronósticos publicados por The Economist esta semana (edición del 4 de febrero) son levemente mejores que los del mes anterior, como se ve en el cuadro siguiente.

http://www.economist.com/markets/indicators/displaystory.cfm?story_id=15457244

El crecimiento del PBI en 2009, cuyas cifras definitivas no se conocen aun para muchos de los países incluidos en el análisis (que son mayormente los países desarrollados), resultó algo mejor que el estimado en enero. EEUU se supone que se habrá contraído en un 2.5% durante el año pasado (respecto a 2008) mientras el área del euro achicaba su producto un 3.9% y Japón un 5.3%. En 2010 estas cifras se revierten fuertemente: EEUU crecería 3%, el área del euro 1.4%, y Japón 1.5%. Esto significa que Europa y Japón recuperarán apenas una parte de su caída, mientras que EEUU la recuperaría entera e incluso crecería un poco por encima del nivel de 2008. El único país de la lista cuyo PBI no cayó en 2009, la agroexportadora Australia, creció 0.9% en 2009 y crecería 2.9% (casi como EEUU) en 2010. Cada una de estas cifras es igual o mejor que la estimada en el mes anterior.

La inflación de 2009 fue negativa (leve deflación) en EEUU y Japón, y levemente positiva en el área del euro y en Australia, como consecuencia de la contracción del consumo, la caída en el precio de las commodities, y el derrumbe en los valores inmobiliarios. En 2010, Japón seguiría con deflación (y con su PBI aun muy abajo de los niveles pre-crisis), aunque dicha deflación será inferior a la de 2009, mientras en la zona del euro y en EEUU la deflación se tornaría inflación a tasas (respectivamente) del 1.3% y 2.3%. Algunos analistas auguran que si la inflación de EEUU sube por encima de 2% o 2.5% la Fed comenzará a frenar la política monetaria expansiva que viene observando desde el estallido de la crisis, y que por lo tanto durante 2010 las tasas de interés internacionales podrían registrar un leve aumento, que continuaría en 2011 si la recuperación se afianza.

Los pronósticos de The Economist incluyen la balanza de pagos en cuenta corriente, pero la evidencia indica que ésta no cambió prácticamente nada desde antes de la crisis y durante el desarrollo de la misma, ni se espera que cambie significativamente en 2010, a pesar del enorme aumento del gasto público (sobre todo en EEUU) que debería generar mayores importaciones y por lo tanto agravar el déficit de cuenta corriente. Nada de eso: la balanza de 2009 habría representado un 3.0% del PBI, más o menos como en 2008, y para 2010 se espera alrededor de 3.2%, lo cual no es una diferencia significativa.

En definitiva, la crisis terminó y la recuperación está en marcha. La duración de la recesión fue bastante breve, y poco severa en términos de PBI (el caso peor, Japón, cayó 5%, y Alemania e Italia estuvieron cerca de esa cifra, pero en promedio no fue una caída catastrófica, sobre todo después de unos cuantos años de crecimiento).

Las estimaciones del cuadro no incluyen datos o pronósticos sobre empleo, pero se sabe que éste aún no ha comenzado su recuperación. Históricamente ella se produce, en promedio, con un retraso de 2-3 trimestres respecto al PBI, y éste comenzó a recuperarse en la segunda mitad de 2009, de modo que el empleo comenzaría a recuperarse durante 2010, pero esto está aún por verse. Tampoco está claro cómo lidiará la economía americana, en el mediano plazo, con el déficit (y la deuda adicional) generada por el programa de estímulo, que se añadió al ya creado anteriormente por la guerra de Irak. Tampoco está claro qué podría pasar si alguna debilitada economía europea (Grecia, Portugal, España) tuviera que llegar a una reestructuración de deuda o necesitara un auxilio extraordinario de la UE o del FMI. Eso podría desatar otro dominó de desconfianza financiera, que podría golpear a muchos.  ¡Permanezca en sintonía!

ACTUALIZACION EN MARZO 2010. Sigue el mismo cuadro de pronosticos, tal como la veía el promedio de pronosticadores a comienzos de marzo. En general sigue la tendencia positiva: mejoran las tasas esperadas de crecimiento en EEUU y Japón, aunque bajan un poquito en el área del Euro debido al presumible costo de la crisis de Grecia. Esta expectativa, sin embargo, puede terminar por ser no tan dramática para el área del euro, aunque sí para Grecia, que todavía no se había dado cuenta de que ingresar al club del euro requeriría hacer un profundo ajuste interno en sus finanzas públicas, que son tan insostenibles como las argentinas.

http://www.economist.com/markets/indicators/displaystory.cfm?story_id=15609152

Frenos y contrapesos

Prácticamente ha naufragado el proyecto del gobierno Kirchner de usar reservas del Banco Central para financiar el creciente gasto público, incluyendo el servicio de la deuda pública pero también el incremento del gasto en los años preelectorales 2010 y 2011, a pesar de que el nivel de gasto ya se encuentra de lejos en el record histórico respecto al PBI.

En efecto, la Justicia ha confirmado en segunda instancia la congelación del decreto que creó el llamado “Fondo del Bicentenario”, hasta tanto el Congreso se expida sobre ese tema y sobre la remoción del Presidente del Banco Central, Martín Redrado, que no transfirió los fondos en virtud del dictamen negativo de los abogados del Banco Central, y en cambio presentó un recurso judicial. La remoción del propio Redrado, dictada por decreto sin el necesario “previo consejo” de una comisión parlamentaria como está estipulado legalmente, está siendo considerada por el Congreso, y el Gobierno entretanto no puede nombrar un nuevo presidente “definitivo” (aunque el fallo judicial parece que lo autoriza a poner un presidente interino). El fallo que congela el Fondo del Bicentenario sigue vigente, y es posible que el Congreso rechace dicho Decreto (incluso en el Senado, donde el gobierno no tiene una minoría tan clara como en Diputados). Más aún, el embargo dictado por el Juez Griesa apenas se conoció la creación del Fondo fue un alerta muy serio que podría convencer al gobierno de no usar ese riesgoso mecanismo, pues su utilización autorizaría no solo a embargar esos fondos cuando sean transferidos al gobierno, sino también a considerar que en general las reservas del BCRA pertenecen en realidad al gobierno, y que el BCRA es solo una fachada o “alter ego” del Gobierno. Eso fue lo que movió al juez Griesa a embargar unos fondos que el BCRA tenía transitoriamente en EEUU como resultado de sus operaciones cotidianas de compra y venta de divisas o de títulos del Tesoro americano. El BCRA no podría tener fondos en EEUU ni operar en esa plaza, ni en otras que pudieran ser alcanzadas por la orden judicial, con grave detrimento de su operatividad como banco central.

Ante ese panorama, el gobierno se va a ver enfrentado a dilemas muy difíciles. Después de aumentar irresponsablemente el gasto público en 2003-2009 hasta niveles que (con la crisis de 2009) se mostraron insostenibles, intenta seguir aumentándolo en 2010-2011, pero sin posibilidad de financiarlo –ni con impuestos, ni con retenciones, ni con fondos de la ANSES, ni con préstamos venezolanos, ni con acceso al mercado voluntario de deuda externa, ni con nuevo crédito interno. Tampoco se resigna a reducir el gasto, que es su principal instrumento de control y de poder.

A lo sumo podría recurrir al remedio recomendado por Domingo Cavallo y por Eduardo Levy Yeyati: que el Banco Central rescate las letras (LEBAC) que emitió para poder comprar dólares sin aumentar en la misma medida la circulación monetaria, y que ese dinero vuelva a prestarlo el sector privado, pero esta vez al Tesoro, quien le emitiría como contrapartida las Letras correspondientes (LETES). Esto no tendría impacto monetario. El Banco Central dejaría de pagar intereses al sector privado por las LEBAC, y el sector privado en cambio empezaría a recibir intereses del Tesoro por las LETES, con una tasa un poco más alta.  Otras soluciones son mucho peores, por ejemplo dejar con vida las LEBAC y emitir dinero para financiar al Tesoro (cosa que el Banco Central puede hacer hasta un cierto límite).

En el fondo la única solución sostenible es reducir la velocidad de crecimiento del gasto público. Esto podría incluir dos gigantescos drenajes de fondos públicos: el financiamiento de la deficitaria Aerolíneas Argentinas (que todavía sigue formalmente en propiedad de sus dueños privados, encabezados por la empresa española Marsans) y el costo de las transmisiones deportivas por TV abierta. Otras partidas a reducir son los subsidios directos y cruzados a servicios públicos (lo cual involucra un aumento de tarifas para esos servicios), y el ritmo de avance de las obras públicas. También se podría hacer una “limpieza” del padrón de beneficiarios de programas sociales, que incluye una gruesa proporción de clientelismo, dejando solamente a los verdaderos necesitados. Cada una de esas alternativas es costosa, sea para el sector privado o para las ambiciones políticas de la pareja reinante. Pero esto es obvio: el principio más básico de la Economía es que nada es gratis.

Las posibilidades de un arreglo con los obstinados holdouts y con el Club de París, para salir del default declarado en diciembre de 2001, y que nunca se terminó de reestructurar, se han alejado considerablemente debido a estos escandalosos decretos “de necesidad y urgencia” que pusieron en entredicho la independencia del Banco Central y arrojaron grandes dudas sobre la solvencia fiscal del gobierno.

Hasta el momento, el Gobierno no muestra signos de doblegarse ante la realidad de que está en minoría en el Congreso. Se avino a enviar al Congreso el DNU que destituye a Redrado, pero no lo ha derogado: es posible que tenga que hacerlo para que la Comisión pueda dar su “previo consejo” que de otro modo sería un consejo posterior al hecho. Tampoco ha convocado a sesiones parlamentarias especiales durante el verano para que el Congreso revise el DNU del Fondo del Bicentenario, que no se ha podido poner en práctica por la medida judicial. Justamente esta omisión en cuanto a convocar el Congreso para tratar ese decreto pone de manifiesto que el DNU no se dictó realmente por “necesidad y urgencia”. El Fondo no era necesario (se puede lograr el mismo objetivo sin usar reservas, y sin arriesgar que ellas sean embargadas) ni tampoco era urgente (los primeros vencimientos de deuda, motivo oficialmente alegado para crearlo, se producirán en agosto de 2010). Al no convocar sesiones extraordinarias, postergando así la discusión del Fondo del Bicentenario hasta las sesiones ordinarias que empiezan en marzo, el gobierno tácitamente reconoce (hasta ahora) esa falta de urgencia.

No había, pues, ni necesidad ni urgencia. Lo que había era el temor de que el Congreso no aprobara la medida, y por eso se dictó apenas comenzado el receso parlamentario, para esquivar el control de  los representantes del pueblo y de  las provincias.

Los frenos y contrapesos del sistema constitucional argentino, en gran parte copiado del norteamericano, se han degradado por la mala práctica política, hasta ser extremadamente débiles, pero están empezando a funcionar. Sin embargo, es posible que en 2010 y 2011 el sistema deba soportar otros sacudones similares, causados por urgencias y necesidades. No las del país, sino las de los Kirchner.

Cada vez peor

El aumento del gasto público más velozmente que la recaudación, ocurrido durante los últimos tres años y pico, está ya llegando a su límite. La plata no alcanza.

Ya el gobierno usó todos los recursos posibles, incluso los ahorros de los trabajadores (acumulados en las AFJP) y los flujos mensuales de nuevos aportes de los trabajadores (que ahora los recibe la ANSES y se los entrega al gobierno contra un pagaré de dudosa confiabilidad); ya logró que el Banco Central emita dinero y se lo transfiera abundamentemente bajo el disfraz de “utilidades cambiarias”; ya rascó todos los bolsillos de los entes estatales que tenían algún saldito. Quiso ir por más con la resolución 125 y con el manotazo a las reservas, pero no pudo.

La unica solución económica sería un giro de 180 grados en la politica economica y en la confiabilidad del marco institucional. Ese giro no lo darán. Se debió dar a fines de 2005, cuando terminó el rebote post-crisis.  Dado que han tardado tanto, los problemas se han agravado; la economía ha estado cayendo en 2009, y en 2010 a lo sumo tendrá un crecimiento pequeño; el desempleo y la pobreza nuevamente arriba; y encima no alcanza la plata por el desaforado gasto público. Es posible que un arreglo político en el Congreso (si el gobierno se aviene a la “humillación” de tener que negociar) permita “zafar” en 2010, aunque ello seguramente implicará costos. Pero luego viene 2011, donde la situación será peor.

Solo les queda arrastrarse penosamente hasta diciembre de 2011, en medio de crecientes dificultades y dando todos los días inútiles manotazos de ahogado, que encima son contraproducentes para el propio gobierno. Si ellos no ajustan los gastos, la economía ajustará igual (así funciona la economía: nada es gratis). Vamos, pues, en camino a un doloroso ajuste fiscal, voluntario o involuntario. Si no ocurre antes de diciembre de 2011, ocurrirá después. Pero dudo que el gobierno logre zafar de ese ajuste en los dos años que le quedan.

Y la reinserción internacional del país seguirá esperando a que cambien las condiciones políticas. Convertido en paria internacional y objeto de la intrigada curiosidad del mundo, el país sigue “avanzando” hacia niveles cada vez mayores de atraso y decadencia, mientras nuestros vecinos crecen sin parar.  Otra década perdida.

Algo huele mal en Dinamarca

*

Something is rotten in the State of Denmark…
Shakespeare, “Hamlet”.

Las negociaciones para un nuevo acuerdo sobre mitigación del cambio climático, que se realizan ahora en Copenhagen, Dinamarca, bajo el paraguas de la Convención Marco de la ONU sobre el tema, no parecen progresar bien. Las posiciones están bastante polarizadas y no parece haber mucho avance hacia un acuerdo. Además, ha surgido simultáneamente un gigantesco escándalo respecto de la presunta manipulación de datos por parte de importantes científicos que habrían distorsionado la información para que el cambio climático parezca más dramático de lo que es.

1. Las negociaciones

El actual “protocolo de Kyoto” vence en 2012, y las actuales negociaciones son para acordar un nuevo pacto para la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero en los años venideros. El objetivo es evitar que el calentamiento global se acentúe, por las consecuencias indeseables que ello representaría.

El protocolo de Kyoto sufrió su primera baja importante cuando Bush decidió retirar la adhesión de EEUU, lo cual lo convirtió prácticamente en letra muerta dada la enorme importancia de ese país en el total de la economía mundial.

Kyoto dividió el mundo en dos sectores: los países del “Anexo 1″, en general países desarrollados, que quedaban obligados a reducir emisiones, y los demás países, que no quedaban obligados a nada. Esta dicotomía es una de las causas de disenso (y la causa alegada por EEUU para retirarse en tiempos de G.W. Bush, después de haber ratificado el acuerdo en la parte final de la presidencia de Clinton).

En realidad el acuerdo debería ser para todos. Por un lado, una parte considerable de las emisiones viene de los países en desarrollo, y gran parte de ellos no están obligados a reducirlas. La deforestación de selvas tropicales, así como el uso de carbón y otros combustibles fósiles en los países subdesarrollados y emergentes, causa una proporción muy importante de las emisiones totales de dióxido de carbono y otros gases con efecto invernadero. Los países involucrados alegan que los países desarrollados emitieron gases durante largo tiempo, y ahora “les toca a los países en desarrollo”, sosteniendo que sería injusto pedirles que no emitan esos gases justo cuando necesitan hacerlo para crecer y desarrollarse (como antes lo hicieron los países ahora desarrollados).

Por otro lado, la lista de países que cumplen los requisitos para estar en el Anexo 1 se está ampliando (por ejemplo México, Corea del Sur y recientemente Chile han entrado a la OECD, la organización que agrupa a todos los países desarrollados; pero se niegan a entrar en el protocolo (como todos los otros miembros de la OECD excepto EEUU que se borró). Asimismo, la China ya se ha convertido en la primera o segunda economía del mundo, con una cuarta parte de la población mundial, y está usando furiosamente carbón en forma masiva para hacer funcionar su economía; obviamente la China debería ser parte del arreglo, pero hasta ahora no acepta. Países como Brasil, Rusia, casi toda América Latina, la India, etc., deberían ser partes constitutivas del pacto, y aceptar reducciones en sus emisiones, pero para ello deberían hacer importantes (y difíciles) reformas económicas.

Aparte de fijar estas metas, el nuevo protocolo tendría que tener un carácter un poco más compulsivo que el de Kyoto, es decir, sanciones ciertas y automáticas para los países que no cumplan las metas. De otro modo sería letra muerta.

El argumento de los países en desarrollo (”ahora nos toca a nosotros: ustedes ya contaminaron en su momento y tienen que ser los que primero reduzcan ahora”) tampoco asegura que se logre la reducción buscada: si se aceptara y respetara, muchas industrias del primer mundo se mudarían al tercero, a fin de contaminar sin sufrir sanciones, y el primer mundo entretanto aumentaría sus importaciones industriales desde el mundo en desarrollo, disminuyendo la producción propia de los sectores más contaminantes. Se desplazaría el problema hacia los países en desarrollo, en lugar de reducirse las emisiones globales.

En lugar de esta división del mundo en dos categorías, y dado que el problema es global, todos deberían reducir las emisiones en la medida en que los costos de las mismas (el calentamiento causado) supere a sus beneficios (el uso de energía para el desarrollo o el bienestar). Para ello debería haber algún mecanismo para que paguen esos costos. El problema de las emisiones, como de otras externalidades, es que nadie se hace responsable. Las industrias emisores mandan gases a la atmósfera, pero no pagan por ello. Y si se prohibe en unos lugares y se permite en otros, se desplaza el problema sin resolverlo. La asignación geográfica de las reducciones sería más eficiente si se efectúa a través de mecanismos de mercado, como se propone a través del desarrollo del mercado de permisos de emisión.

El sistema más recomendado por los técnicos en el tema (y muy resistido por las empresas) es una combinación de los topes de emisión con un mercado de permisos para emitir (se lo llama “método de topes e intercambio”, “cap and tradeen inglés). Si cada país tiene una meta (un máximo permisible de emisiones, que iría bajando con el tiempo), el país emitiría “derechos de emisión de gases de invernadero” por una cantidad total equivalente a ese máximo permitido, y los subastaría en licitación pública. De ese modo, los que emiten gases tienen que pagar por ello, y además solo las industrias más competitivas y con productos más valiosos podrían emitir esos gases, reduciendo los usos menos productivos. Muchas industrias que ahora contaminan no podrían pagar el precio del permiso, y tendrían que modernizarse o cerrar. Así algunos países podrían tener un “exceso de permisos” que no son demandados por las industrias locales.

Los permisos son transferibles, y pueden ser vendidos, tanto localmente como a nivel mundial. Así los permisos emitidos por el gobierno de cada país podrían ser “exportados” o “importados”. Esto es lógico, pues el carbono en la atmósfera circula y por lo tanto es mundial, no limitado a las fronteras del país emisor. Un permiso que no se usa en un país podría usarse en otro que pueda pagar el costo de dicho permiso. De ese modo, si alguien de EEUU o Brasil tiene un permiso de emisión y no lo usa, puede vendérselo a empresas alemanas o chinas que estén interesadas en usarlo. Eso no aumenta el total permitido de emisiones, solo las traslada de un país a otro de acuerdo a la demanda.

Una variante de ese esquema permite que la “captura de carbono” (mediante plantaciones forestales u otros métodos similares) permita a los gobiernos (o incluso a los particulares que llevan adelante esas plantaciones) emitir permisos adicionales de emisión por un monto similar al carbono que han capturado, además del monto de permisos ya emitido según el tope nacional acordado internacionalmente. De ese modo, la reposición de bosques en los países tropicales, por ejemplo, originaría un ingreso de divisas para esos países, o les permitiría tener emisiones industriales un poco más altas, cuando esas “capturas de carbono” sean convertidas en “derechos de emisión” para ser usados en el mismo país o para ser exportados a países que puedan solventar esas emisiones pero carezcan de los permisos necesarios.

Estas negociaciones, por otra parte, se basan en complejos cálculos de costos y beneficios del cambio climático, que por su incertidumbre intrínseca no son nada fáciles, ni tampoco se logra fácilmente la unanimidad o el consenso en torno a esos cálculos. En otro momento pienso dedicar algún artículo a este tema de la evaluación de costos y beneficios del cambio climático, que aquí nos llevaría demasiado lejos.

2. Climagate: El escándalo del fraude científico sobre el clima

Todavía no está claro hasta donde llegarán las revelaciones y cuáles serán las repercusiones del escándalo que estalló hace pocas semanas, cuando se publicó por Internet un enorme depósito de documentos y mensajes de email de la Unidad de Investigación Climática (Climate Research Unit, CRU) de la University of East Anglia en Inglaterra. Muchos de esos documentos sugieren que un grupo de científicos habría tratado de distorsionar algunas cifras, o presentarlas en forma “maquillada”, para hacer más convincente el mensaje político sobre la gravedad del cambio climático. Esta es una acusación muy seria, ya que el manejo de los datos científicos está sujeto a protocolos técnicos y éticos muy estrictos, y está absolutamente prohibida cualquier manipulación u ocultamiento de información, y sobre todo cuando responde al deseo de los investigadores de propulsar determinada política o convicción ideológica.

El primer tema que surgió de los emails hackeados del CRU se refiere a un famoso gráfico en forma de palo de hockey, que mostraría la evolución de la temperatura del planeta en los últimos 1000 años. El gráfico apareció en el “Resumen para responsables de políticas” en el Tercer Informe oficial (2001) del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático. Se lo suele denominar “gráfico del palo de hockey” (hockey stick graph) porque mostraba una temperatura prácticamente constante y sin altibajos desde el año 1000 hasta entrado el siglo XX, y luego un brusco aumento casi vertical hasta 1998. Ese gráfico (que aparece en forma muy prominente en la película de Al Gore “Una verdad incómoda”) viene siendo cuestionado desde hace años por varios autores que han señalado una serie de triquiñuelas gráficas y estadísticas que se utilizaron para construirlo. En particular, llamaba la atención que no apareciesen ni el “Período Medieval Cálido” (una época de altas temperaturas entre los siglos X y XIV, cuando Groenlandia no estaba cubierta de nieve y fue colonizada por agricultores vikingos que la llamaron precisamente “Groenland”, es decir “tierra verde”), ni tampoco aparecía la “Pequeña Era Glacial Moderna” (un período muy frío en los siglos XVII-XVIII y principios del XIX). La manipulación principal habría consistido en usar selectivamente los datos que coincidían con la forma del “palo de hockey”, descartando las que no coincidían. El gráfico, por ejemplo, hasta 1960 usa estimaciones de temperatura basadas en el ancho de los anillos de árboles antiguos, y además desde mediados del siglo XIX incluye datos de estacoiones meteorológicas. Esto sería totalmente inocente si no fuese porque se omitió la serie basada en anillos de árboles posterior a 1960, la cual muestra un descenso de temperatura en lugar de un ascenso. Del mismo modo, hasta 1960 la curva está formada por promedios móviles de 50 años, mientras en años recientes son cifras anuales (que son más volátiles y más proclives a mostrar valores extremos; las altas cifras recientes, según estos críticos, podrían representar una fluctuación pasajera que se diluiría si se siguieran utilizando promedios de 50 años para los períodos más recientes, o se usaran datos anuales para todo el milenio).

Ocultar esa aparente declinación de la temperatura mostrada por los anillos posteriores a 1960 en la mayor parte de los árboles analizados transmitiría con mayor nitidez el mensaje de que la temperatura está subiendo de manera nunca vista antes. Si se mostrara la serie de divergente, eso podría echar dudas sobre toda la metodología. En un trabajo científico el que ha venido a llamarse “problema de la divergencia” sería algo normal, que se tendría que resolver de manera técnica, pero si lo que se desea es un gráfico sencillo para convencer a los gobiernos y la opinión pública, y que además parezca basado en evidencia científica, unas curvas divergentes no serían lo más adecuado. Lo que ahora ha venido a saberse es que ha habido discusiones internas entre los científicos precisamente para ocultar ese incómodo descenso de temperatura mostrado por los árboles en contraste con el aumento mostrado por las estaciones meteorológicas. Lo que parece haber habido es, por un lado, el ocultamiento de los datos de árboles, borrándolos del gráfico. Y en segundo lugar, se podrían haber elegido preferencialmente aquellas estaciones meteorológicas que mostraban mayor aumento de temperatura. Esto, si se demostrase, constituiría una gravísima violación de los cánones científicos, sobre todo por las grandes consecuencias económicas y políticas que podría tener.

En los emails del CRU aparece un mensaje muy incriminatorio, del director de ese centro, Dr. Phil Jones, en correspondencia con otro especialista, y refiriéndose a la primera publicación del gráfico (en la revista “Nature”) por un investigador de la Univ. de Pennsylvania y autor material del gráfico, el Dr. Michael Mann. En ese email Jones celebra haber logrado reproducir el “truco” de Mike (Mann) para “ocultar el descenso” de temperatura que mostraban los árboles. El principal autor de las investigaciones históricas de árboles, Dr. Keith Briffa, estaba muy preocupado por esta manipulación de los datos, y así lo dice en varios emails, aunque nunca hizo públicas sus críticas. Tanto el CRU como el centro climático de Pennsylvania están intervenidos, y tanto Mann como Jones enfrentan sumarios administrativos para determinar su integridad y honestidad científica.

Es de notar que varios otros científicos estuvieron pidiéndole a Mann o a Jones los datos originales para poder examinarlos (como es obligatorio hacerlo), pero ambos se negaron obstinadamente a compartir esos datos. Referencias al respecto pueden encontrarse en los artículos de McIntyre y de Holland citados al final de este artículo, así como en el blog de McIntyre, www.climateaudit.com.

Después siguieron apareciendo escándalos. Uno de ellos se refiere a las temperaturas medidas en estaciones meteorológicas de Rusia y de China (que representan una proporción muy alta de la superficie terrestre no marítima). En ambos casos, se eligieron algunas estaciones y se descartaron otras, por razones no muy claras (el principal responsable del estudio chino, Dr. Chu-Chyung Wang, ya había sido denunciado por fraude por el matemático y climatólogo Douglas Keenan (http://www.informath.org/), quien incluso le hizo una denuncia formal por fraude científico. En el caso ruso también se habrían seleccionado tendenciosamente las estaciones, según arguye McIntyre en Climate Audit. Hay otro mensaje de email de Jones donde dice que está alarmado por ese asunto porque en definitiva fue él el que aprobó los datos de Wang. Aparte, dado que la investigación se hizo con un subsidio del Departamento de Energía del gobierno norteamericano, éste ha comenzado una investigación del tema y les ha ordenado judicialmente preservar toda la documentación del caso.

El problema de las mediciones de temperatura en las estaciones meteorológicas es bastante delicado. Aun cuando reflejen fielmente la temperatura reinante en el sitio donde tienen colocado el termómetro, no siempre esos datos son representativos ni comparables a través del espacio o a lo largo del tiempo. El principal problema es que muchas estaciones están cerca de ciudades, y las ciudades han ido aumentando su densidad, su cantidad de cemento y asfalto, su cantidad de vehículos y equipos que generan calor. Al ser rodeadas gradualmente las estaciones por más cemento, más asfalto y más motores, la temperatura registrada en esas estaciones tiende a aumentar independientemente de que haya o no haya cambio climático. Por ejemplo, en Buenos Aires la estación situada en la Facultad de Agronomía, en Devoto, sistemáticamente marca 2-3 grados más que la de Ezeiza, y ésta marca más que la estación del INTA en Mercedes (Pcia. de Buenos Aires) y otros sitios rurales. Eso no quiere decir hay una diferencia climática, sino una diferencia puramente local debido a la urbanización.

Más aún, como las ciudades les van creciendo alrededor a las estaciones “urbanas”, la diferencia de ellas con las estaciones “rurales” se va ampliando (supongo, por ejemplo, que hace 80 o 100 años no había mucha diferencia entre las temperaturas de Devoto y Ezeiza, ya que ambas zonas eran casi rurales y están separadas por apenas 40 km con clima bastante homogéneo). El efecto de las “islas urbanas de calor” no debería distorsionar el registro histórico de temperaturas, pues de otro modo se exageraría el calentamiento global confundiéndolo con un aumento puramente “local”. O bien se deberían usar solo estaciones rurales, o bien las mediciones históricas urbanas deberían ser ajustadas descontando el aumento de calor de la ciudad.

Además algunas estaciones han cambiado de sitio a lo largo de los años, y en muchos casos ese cambio ha significado una discontinuidad en la temperatura registrada. Por ejemplo, si en una zona predominan vientos del Oeste, una estación situada al Este de una ciudad recibirá el calor de la ciudad, mientras que no lo recibiría si estuviese situada al Oeste de esa ciudad; si la estación es trasladada del Este al Oeste o viceversa, las temperaturas antes y después del cambio no serían comparables; lo mismo ocurre si una estación ubicada en medio del campo es movida a otra ubicación al lado de la ruta, donde hay asfalto y pasan vehículos a motor todo el tiempo.

Todo esto requiere “calibrar” los registros históricos a fin de evitar distorsiones, pero si uno elige las estaciones que muestran más aumentos (por ejemplo la de Devoto, en vez de la de Ezeiza) termina registrando más “calentamiento” del que realmente hubo. En inglés eso se llama coloquialmente “cherry-picking”, algo así como “elegir la fruta”, tomando solamente los datos que concuerdan con las expectativas o preferencias del investigador. Hay expedientes en curso, incluso una denuncia penal contra Wang y otros acusándolos precisamente por ese tipo de “trucos”. No sé si las acusaciones son correctas o no, pero de la correspondencia hackeada surge un intento bastante sistemático para ocultar la información al público, y evitar que se “diluya el mensaje” como dice Mann en uno de sus correos.
Más allá de que estas acusaciones sean ciertas o no, todo parece indicar que hubo alguna clase de esfuerzo sistemático para “mostrar el mensaje” de manera contundente, aun sacrificando los matices propios de la investigación científica. El asunto se está desarrollando en estos mismos días y semanas, de modo que es imposible saber aún el resultado.

Una serie de sectores que duda de que el hombre haya causado el calentamiento global (lo atribuyen a fluctuaciones solares y otras causas naturales) se ha regocijado con estos escándalos, proclamando que ellos prueban que todo lo que se afirma sobre el cambio climático antropogénico (causado por el hombre) es mentira.

Pero no parece ser así. Todo parece indicar que estas distorsiones habrían causado más que nada alguna simplificación o exageración, pero no implicarían que el cambio climático no existe, o que la intervención humana no tenga nada que ver con el calentamiento. Hay demasiados datos científicos al respecto como para dudar de ello.

Es posible sin embargo que algunas de estas revisiones de la información, sobre todo de los datos “en crudo” antes de haber sido maquillados para que luzcan más convincentes, resulten en un ajuste hacia abajo de las estimaciones anteriores sobre el aumento de la temperatura mundial. Esto causaría por un lado en el descrédito personal permanente de algunos de los científicos involucrados, y por otro lado podría también afectar las negociaciones al arrojar sombras de duda sobre el proceso mismo de cambio climático y sobre su base científica.

Los científicos que pudieran haber incurrido en faltas de integridad personal “para el bien de la causa” del medio ambiente se encontrarían así con que el tiro les ha salido por la culata: habrían desacreditado (como en el INDEC) no solo las cifras que efectivamente distorsionaron, sino cualquier otra cosa que hayan afirmado a lo largo del tiempo, incluyendo afirmaciones que son correctas. Espero que el asunto se aclare debidamente, y pronto.

REFERENCIAS

Mann, Michael E., Raymond S. Bradley & Malcolm K. Hughes, 1998. “Global scale tem­perature patterns and climate forcing over the past six centuries.” Nature 392:779-787. http://holocene.meteo.psu.edu/shared/articles/mbh98.pdf.

IPCC, 2001. Informe de síntesis. Resumen para responsables de políticas. IPCC, Ginebra. Disponible en: http://www.ipcc.ch/publications_and_data/publications_and_data_reports.htm.

McIntyre, Steven & Ross McKitrick. “Corrections to the Mann et al. (1998) proxy database and Northern Hemispheric average temperature series.” Energy and Environment Vol.14, No.6, 2003.

Holland, David. “Bias and concealement in the IPCC process: The ‘hockey stick’ affair and its implications”. Energy and Environment Vol.18, No.7-8, 2007. Disponible en http://homepages.tesco.net/~kate-and-david/2007/Holland(2007).pdf.

La larga agonía de un esquema imposible

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El gobierno acaba de anunciar que para enfrentar los compromisos de deuda de 2010 usará más de 6500 millones de dólares de las reservas del BCRA. No se puede, pero lo harán igual, por decreto, pasando por encima de la autonomía del Banco Central.

En realidad los compromisos de deuda pública para 2010 superan los 15.000 millones de dólares, pero el gobierno espera poder obtener el resto en préstamo (es decir aumentando la ya cuantiosa deuda pública) y cree que al asignar reservas del BCRA creará la suficiente confianza como para que algunos se animen a prestarle plata a tasas no demasiado altas

Salir a endeudarse y recurrir a las reservas son medidas que denotan extrema penuria fiscal. ¿Por qué el servicio de la deuda no se paga con superávit primario? Simplemente porque ya no hay superávit primario. Estas medidas se deben, básicamente, al extraordinario aumento del gasto público en los últimos años; a la ausencia de financiamiento externo por el aislamiento total del país; a la desaparición del llamado “superavit primario” porque el gasto hace rato que aumenta más rápido que la recaudación; al incremento de la deuda pública (que es ahora más alta que en 2001, en términos absolutos y como porcentaje del PBI, aunque con otra composición); y al agotamiento de las distintas “ollas” que estuvo “rascando” el gobierno para lograr cubrir sus gastos en 2007-2009 (fondos de la ANSES, fondos de las AFJP, supuestas “ganancias” del Banco Central, remanentes de fondos de distintos entes autónomos del Estado, nuevos impuestos, tarifazos para reducir subsidios, falsificación de la inflación para reducir fraudulentamente los ajustes en los bonos CER, etc) mientras el gasto público sigue aumentando a una velocidad muy superior al crecimiento de la recaudación, sin signos de detenerse ni de reducir el ritmo de incremento.

Pagar la deuda con reservas tiene dos efectos paralelos de sentido opuesto. Por un lado, asegurarle a los mercados financieros que el gobierno no entrará en default en 2010 tiene un efecto positivo, ya que en el corto plazo disminuye el riesgo de default; ello puede llegar a influir en la cotización de los bonos argentinos en el mercado secundario, y la relativa seguridad de que no habrá default inmediato podría motivar a algunos inversores especulativos particularmente audaces para colocar algunas inversiones financieras de corto plazo en instrumentos argentinos, aunque sea para liquidarlas después a fin de hacer una diferencia si el precio de esos bonos sube. El atractivo existe porque las tasas de interés en el mundo están bajas como respuesta a la crisis, y muchos fondos de inversión quieren “timbear” una parte de sus portafolios en inversiones de alto riesgo para aumentar un poco el rendimiento global de sus fondos. De ese modo, atrayendo especuladores de corto plazo, el gobierno espera poder obtener al menos parte de los otros 9000 millones de dólares que todavía le faltaría conseguir para no entrar en default en 2010.

Pero por otro lado, usar las reservas del Banco Central es una mala noticia para el mediano plazo: revela a los inversores que el Estado argentino no tiene ya resto; que no tiene tampoco posibilidades de sostener el nivel actual de gasto público, ni mucho menos para continuar aumentándolo; que la moneda argentina tendrá menos respaldo; que para resolver el problema en forma sostenible habrá que achicar el gasto público (o al menos impedir que siga aumentando); y que por lo tanto las perspectivas de la economía como un todo son cada vez peores.

Esta segunda constatación opera en sentido contrario a la anterior: genera desconfianza y temor, y tenderá a disuadir a cualquier inversor nacional o extranjero que hubiese podido invertir en el país, instalando o ampliando empresas en la Argentina, sobre todo si se trata de inversiones que no sean para el muy corto plazo. El anuncio solo puede atraer inversiones especulativas de corto plazo, pero el efecto negativo de mediano plazo posiblemente supere al efecto positivo de corto plazo. La Argentina terminará siendo menos confiable que antes.

Reducir el respaldo de reservas implica debilitar la moneda; no disminuiir el gasto público para re-generar superavit primario implica tendencias inflacionarias; y todo ello pinta de color negro el futuro de la economía argentina, no tanto en 2010 sino sobre todo en 2011 y años subsiguientes.

Por consiguiente el efecto inmediato podría ser positivo pero el efecto de mediano plazo es negativo. El gobierno Kirchner, pero a sus reiteradas declamaciones contra la especulación financiera, toma medidas que atraen a los especuladores cortoplacistas y ahuyentan las inversiones de largo plazo. Las posturas ideológicas “progresistas” de este gobierno son pour la galérie, es decir para la gilada.

Los políticos opositores aun no la tienen del todo clara. Por ejemplo el diputado Claudio Lozano (perteneciente a la izquierda del centro-izquierda) ha dicho que el gobierno debería usar las reservas para atender la pobreza y el hambre, y no para pagar la deuda pública. Esto es un disparate. Las reservas son precisamente para que permanezcan en reserva, como respaldo de la moneda nacional y de la estabilidad macroeconómica. La deuda pública debe ser pagada con ingresos genuinos del Estado, que deben ser superiores a sus gastos corrientes y de inversión (para ello, si es necesario, hay que bajar el gasto público). No pagar la deuda es peor que pagarla, pues deja al país fuera del sistema, a la intemperie y sin recursos. La pobreza debe ser atendida en lo inmediato con programas sociales (si es preciso, mediante préstamos del Banco Mundial o el BID, que para eso están), y en el mediano plazo reducida sosteniblemente con crecimiento económico genuino, generado por inversiones que hagan crecer la torta. Tratar de repartir una torta de tamaño decreciente no elimina la pobreza, sino que a la larga la aumenta, como se ha podido comprobar en 2005-2009. Nuevamente palabras aparentemente progresistas, si se aplicaran, conducirían a ahuyentar inversiones, frenar el crecimiento y empobrecer a los pobres aún más.

Una confusión similar tiene en su cabeza el dirigente radical Oscar Aguad (el centro del centro-izquierda), quien criticó el uso de reservas para pagar la deuda diciendo que las reservas deben servir para fines “productivos y monetarios”. Error. Deben servir solamente para fines monetarios. Los “fines productivos” deben ser encarados mediante la inversión, y esto significa sobre todo la inversión privada, para lo cual hay que crear un clima de confianza entre los potenciales inversores. La inversión pública debería concentrarse en servicios públicos esenciales (especialmente infraestructura de largo plazo para agua, energía, transporte, educación, salud y otros), y el gasto público en la prestación de servicios básicos y la formación de capital humano (educación, salud, seguridad social, seguridad ciudadana, etc.) así como en algunos bienes públicos que difícilmente sean producidos por el sector privado (investigación científica, protección ambiental, etc.).

En la actualidad, legalmente hay un “excedente” de reservas (sobre la base monetaria) de unos 18.000 millones de dólares, de modo que usar 6500 millones equivale a reducir ese “excedente” en más de un tercio. Si se repitiera en 2011, el excedente se reduciría aún más. Obviamente no es un mecanismo sostenible: la plata de las reservas se agota. Y cuanto menos “excedente” exista, menos confiable es la capacidad del BCRA de sostener el valor de la moneda nacional.

Pero ¿existe realmente ese excedente? Para empezar es necesario tener presente que la definición legal de “reservas excedentes” es errónea. Al considerar como excedentes a las reservas que estén por encima del equivalente en dólares de la base monetaria, las reservas “intocables” solo cubren la eventual demanda de dólares proveniente de la circulación monetaria y los encajes bancarios obligatorios, sin cubrir la eventual demanda de dólares proveniente de los depósitos en el sistema financiero. Esto es muy importante, y basta con recordar lo que ocurrió en 2001: había reservas de sobra para cubrir la base monetaria, pero cuando la gente comenzó a extraer depósitos y comprar dólares para huir de un sistema financiero en peligro, hubo que aplicar el corralito (y luego el “corralón”), y en última instancia estafar a los depositantes negándoles sus dólares. Lo que evita las corridas contra la moneda nacional no son las reservas, sino la confianza en la estabilidad macroeconómica.

En la actualidad no hay convertibilidad, pero el problema es el mismo de los noventa. Si las finanzas públicas son deficitarias y se van comiendo las reservas, el valor de la moneda nacional (es decir su poder adquisitivo) no podrá ser conservado. En vez de corralito habrá inflación y devaluación, que es otra forma de transferir riqueza real de la gente hacia las arcas fiscales.

La convertibilidad impedía que el Estado emitiera moneda en cantidad excesiva, o que el Banco Central financiara al Estado (más allá de una módica proporción de las reservas que podía ser invertida en bonos en dólares del Estado argentino). Pero la convertibilidad no impedía que el Estado incurriese en déficit y se endeudara para cubrir la diferencia, y eso fue precisamente lo que hizo el gobierno de Menem, sobre todo en 1996-99, y continuó haciendo De La Rúa en 2000-2001, hasta que el proceso estalló por los aires cuando el mercado financiero se negó a seguir financiando una conducta insostenible. La ley de “responsabilidad fiscal” (dictada creo que en 1997 o 1998), que obligaba a llegar a déficit cero en 2001, nunca fue cumplida. Al contrario, el déficit se hizo cada vez más grande en 1998-2001, y el financiamiento externo al final se agotó. Ahí fue el llanto y el rechinar de dientes.

Ahora está pasando algo similar, aunque el sistema monetario es diferente. El gasto público ha aumentado tanto que se comió el “superavit primario”, que no es un superavit realmente sino el remanente de ingresos públicos que queda después del gasto y que puede ser usado para pagar deuda. Al no haber superávit primario, es posible terminar en default (después de comerse las reservas) y probablemente se deprecia la moneda, es decir devaluación cambiaria e inflación.

Por otra parte, el nivel actual de reservas reportadas por el Banco Central (47.500 millones de dólares) es también ficticio. Y por consiguiente el “excedente” de divisas también es ficticio. Un articulo de Roberto Cachanovsky en La Nacion de este martes 15 de diciembre (http://www.lanacion.com.ar/1211928) coincide muy estrechamente con lo que sostengo en este artículo, y encima aporta datos para mostrar que las “reservas propias” del BCRA no son superiores a 47.000 millones de dólares sino sólo unos 26.000 millones.

Para calcular las reservas propias primero hay que descontar los 7500 millones de dólares en encajes bancarios en dólares, que no son activos del BCRA sino pasivos, “que el BCRA le debe a los bancos, y éstos a sus depositantes”, como dice Cachanovsky, pero misteriosamente esos encajes están incluidos en las reservas. En segundo lugar hay que tomar en cuenta también los 13000 millones de dólares que el BCRA debe a los tenedores de LEBAC y otros instrumentos que emitió para endeudarse a fin de comprar dólares. Si no quisiera emitir pesos para rescatar esos bonos, debería pagarlos con las reservas (que compró con el dinero obtenido a cambio de los LEBAC); en cambio si emitiera pesos para comprar LEBAC estaría deshaciendo lo que quiso hacer al emitir LEBAC, es decir evitar que la compra de dólares inunde el mercado con pesos y acelere la inflación.

Si se hacen esos descuentos, las reservas propias serían apenas superiores a 26.000 millones de dólares. La base monetaria es de casi 116.000 millones de pesos. Con las reservas propias del BCRA, esta institución tiene un dólar por cada 4.38 pesos de base monetaria; una vez que desaparezcan del BCRA los 6500 millones que el gobierno quiere usar para pagar deuda, y si en el interin no se emitieran más pesos (lo cual es muy improbable) habría un dólar por cada 5.83 pesos. Esto es sin contar la posible demanda de dólares proveniente de los depósitos en pesos en el sistema bancario. Ello da una idea del nivel potencial de devaluación existente hoy, que se agravaría si el gobierno sigue aumentando el gasto por encima de la recaudación como lo ha hecho en los últimos años.

El segundo gobierno del presidente Néstor Kirchner (presidido formalmente por su esposa Cristina, pero solo como vocera oficial y figura decorativa) ha continuado aumentando desaforadamente el gasto público más rápido que los ingresos públicos (incluso en un año de crisis como 2009), y no hay signos de que esa práctica se detenga en 2010-2011.

El camino futuro está ya ominosamente claro: después de devorar el superavit fiscal y una gran cantidad de activos del sector privado (sobre todo al confiscar los fondos administrados por las AFJP), después de castigar el consumo con los aumentos de tarifas para reducir subsidios y con los aumentos de impuestos (algunos muy absurdos, como el impuesto a la tecnología), después de tener que usar reservas para pagar el exceso de gastos corrientes, después de negarles sus legítimos ingresos a las provincias (reduciendo la participación de estas en el ingreso fiscal a su mínimo histórico), y siempre adoptando una política que desincentiva las inversiones privadas, el gobierno solo podrá agravar la situación económica con el empobrecimiento del Banco Central, el aumento de la inflación, y la incapacidad total para recuperar crédito internacional y confianza de inversores.

El gobierno, claro está, no se preocupa por las consecuencias de mediano plazo. Solo aspira, con una miopía difícil de entender, a conservar y acrecentar el poder político personal de Néstor Kirchner en el corto plazo, ganando batallas tácticas y sobreviviendo cada semana hasta la semana que viene, mediante medidas intrínsecamente insostenibles.

A estas alturas, probablemente Néstor Kirchner ya ha percibido que lo más probable es que pierda el poder el 10 de diciembre de 2011, y por lo tanto se esmerará en dejar la más pesada herencia posible al gobierno opositor que lo suceda. De esa manera, especula Kirchner, ese futuro gobierno enfrentará dificultades y ello podría facilitar un utópico retorno de Kirchner en 2015. Ese lejano retorno, según todo indica, es pura fantasía, pero es de todos modos uno de los objetivos del insaciable señor Kirchner, en este país donde todos los políticos quieren ser presidentes, y todos lo quieren al mismo tiempo.

Entretanto, el objetivo primordial de Kirchner en el corto plazo es seguir acumulando capital privado en manos del propio Kirchner y familia, y en manos de sus conocidos testaferros y prestanombres (Lázaro Báez, Rudy Ulloa, Cristóbal López y otros), tratar de mantener suficiente poder político como para condicionar las candidaturas de 2011, y (sobre todo) tratar de asegurar la impunidad judicial de la pareja gobernante, cuando no tengan ya la protección del poder que por el momento les ha permitido no ir presos.

Difícilmente esos esfuerzos puedan protegerlos en el futuro, a menos que logren un pacto de impunidad con los sucesores (algo muy difícil por el momento). Y aun así será difícil, si los jueces recuperan autonomía. Ya ahora, desde la derrota electoral del 28 de junio, los jueces están avanzando peligrosamente sobre el patrimonio de NK y sus testaferros, y sobre las maniobras delictuosas conectadas con su increíble enriquecimiento declarado (y el posiblemente más increíble enriquecimiento no declarado).

Que el “modelo” era insostenible se sabe desde siempre. El esquema intervencionista keynesiano con dólar sobrevaluado, utilizado por Lavagna para lograr el rebote de la economía en 2003-2005, debía ser reemplazado luego por un esquema de reapertura de la economía, establecimiento de reglas estables y favorables a la inversión privada, y reducción del peso del sector público en el PBI. El primer y segundo gobierno de Néstor Kirchner hicieron exactamente lo contrario: El gasto público ha llegado a representar el más alto porcentaje del PBI desde que se lleva la cuenta, y no tiene signos de reducir esa loca carrera. Y dentro de ese gasto público, la parte manejada discrecionalmente por el Poder Ejecutivo ha llegado también a ser excepcionalmente alta.

El propósito oficialmente declarado era “redistribuir la riqueza”, pero en realidad la concentración del ingreso y el nivel de pobreza han resurgido vigorosamente, acercándose a los niveles catastróficos de 2002-2003. Lo único que ha tenido éxito es la acumulación privada de la familia Kirchner y sus testaferros y allegados. Tal vez la confusa ideología y las erradas ideas económicas de muchos supuestos “progresistas” puedan conmoverse con estas constataciones. El lenguaje “progresista” muchas veces conduce a resultados “reaccionarios” (y viceversa).

Las condiciones internas y externas no auguran una súbita implosión económica como la de diciembre 2001-enero 2002. Pero al mismo tiempo no auguran ningún regreso a la normalidad o a un crecimiento sano. Solo auguran la continuación de la larga agonía económica y política de los Kirchner y su “modelo”, que se arrastrará como pueda hasta dejar el gobierno en manos de algún otro gobernante a fines de 2011. El mundo [de los Kirchner] no acabará con una explosión sino en el prolongado gemido de una larga agonía, como en los versos de T.S. Eliot: “This is how the world ends, not with a bang but a whimper”.

Tal vez esta vez los argentinos hayan entendido que los caudillajes políticos, los populismos económicos y la renuencia a jugar con las reglas internacionalmente aceptadas es un camino sin salida. Es como querer ir al mundial de fútbol con reglamentos que no son los de la FIFA y que encima los violamos constantemente. Terminamos peor que al principio, y además quedamos fuera del fixture.

Así como la apertura de los noventa fue viciada por la incontinencia fiscal y la elevada corrupción del gobierno de Menem, la recuperación post crisis en esta década fue viciada por la incontinencia fiscal y la elevada corrupción del gobierno de Kirchner, complicadas aún más por el aislamiento de país, la ausencia de inversiones y la continua violación de las reglas de juego. En 2012 habrá que empezar de nuevo. El país se habrá continuado atrasando respecto a sus vecinos y respecto al resto del mundo, y estará de nuevo hundido en una pobreza masiva y creciente, con el agravante de tener que remontar el descrédito internacional acumulado durante los últimos años.

Esperemos que esta vez los políticos entiendan cómo funcionan las cosas, y que además “sepa el pueblo votar” (como aconsejaba el presidente Sáenz Peña en 1912 al promilgar la ley del voto secreto y obligatorio). Pero estas esperanzas son lamentablemente tenues.

Población y desarrollo 2: Causas y efectos

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El artículo anterior del blog presentó las tendencias principales de la población en relación al nivel de desarrollo económico. Ahí se vio que en una primera etapa cae la mortalidad pero sigue alta la natalidad, la cual empieza a caer después de bastante más tiempo. Mientras la mortalidad baja y la fertilidad no lo hace, la población crece más rápidamente. Después la tasa de crecimiento demográfico va bajando, e incluso llega a ser negativa (en países con alto ingreso per capita) pues mueren más que los que nacen. En niveles muy altos de desarrollo económico y social (índice de desarrollo humano superior a 0.90-0.92) la fertilidad comienza a subir de nuevo (un poco). En ese momento la tasa de crecimiento vuelve a ser muy baja, llegando a ser nula o ligeramente positiva.

Hemos visto también que la fertilidad está muy correlacionada con el nivel de ingreso per capita y con el índice de desarrollo humano (que incluye ingreso per capita, expectativa de vida y educación).

Como resultado de esas tendencias, el mundo tuvo baja tasa de crecimiento demográfico durante muchos miles de años (hasta tiempos recientes), con alta natalidad pero también muy alta mortalidad. Luego la mortalidad descendió a raíz de pequeños avances sanitarios y médicos (agua potable, desinfectantes, vacunas, lo mínimo, no es suficiente pero permite combatir las principales causas de la mortalidad infantil y juvenil; luego vinieron los antibióticos, la cirugía y tantos otros avances de la medicina, que continuaron con el descenso de la mortalidad)

Debido a la caída inicialmente fuerte de la mortalidad, que en América Latina se produjo a lo largo del siglo XX, sin que al comienzo bajase tanto la natalidad, hubo por un tiempo altas tasas de crecimiento demográfico (en América Latina ello ocurrió en 1940-80 aproximadamente, en Europa ocurrió antes debido a su desarrollo económico más precoz), pero luego la tasa comenzó a bajar (actualmente apenas supera 1.2% anual tanto en el mundo como en A.Latina). En los países desarrollados y en el antiguo bloque soviético la tasa es actualmente nula o negativa, y la fertilidad muy baja (del orden de 1.3-1.5 hijos por mujer) pero se está recuperando en los países con más alto desarrollo humano (países nórdicos, Francia, Alemania, Holanda, etc.) donde está llegando a 2 hijos. El nivel de reemplazo de largo plazo es 2.1.

Esto es lo que ocurre. Pero ¿por qué ocurre de ese modo? ¿Qué factores relacionan una cosa con otra? ¿Qué causas están produciendo qué efectos?

Por una parte ha habido cambios socioculturales: la gente cambia sus ideas y valores sobre la familia, las mujeres quieren liberarse de la tiranía del hogar y tener profesiones, etc. Pero ¿por qué han cambiado los valores socioculturales? ¿Por qué no cambiaron 50 o 100 o 500 años antes? ¿Por qué cambiaron más en unos países que en otros?

Una parte del cambio puede ser, en efecto, simplemente una tendencia cultural general, pero en gran parte el proceso tiene que ser explicado adicionalmente por factores socioeconómicos, que están ligados al proceso de desarrollo económico y a sus consecuencias e implicaciones sociales.

La Economía contemporánea se ha estado ocupando activamente de problemas de este tipo desde hace unos cincuenta años. La investigación científica ha mostrado que el comportamiento de las familias en relación al trabajo, el número de hijos, la educación y otros temas similares está efectivamente condicionado por la realidad económica.

Esto ya lo sabemos, en realidad, por la vida diaria: las parejas ahora retrasan la vida en común, o retrasan el primer hijo, por razones esencialmente económicas (por ejemplo, hasta que terminan sus estudios, o hasta que pueden costear una casa o departamento adecuado, o hasta que tienen asegurado un ingreso familiar suficiente). Además, el propio progreso tecnológico les suministra los medios (métodos anticonceptivos) para retrasar o limitar el número de hijos, los cuales no existían en épocas anteriores. Lo que nos permite el análisis económico es un análisis más riguroso y formalizado de cosas que sabemos por nuestra vida diaria.

Lo primero que hay que entender es que cualquier decisión involucra costos y beneficios, y cuando se analizan dos posibilidades, se deben balancear los costos y beneficios de una de ellas, versus los costos y beneficios de la otra. Estos balances de costos y beneficios determinan un “trade-off”: si se desea más de una cosa, hay que tener menos de la otra, y viceversa. No se puede tener todo.

En general esos trade-offs (palabra lamentablemente intraducible) dependen de circunstancias propias de cada caso, y ello determina que cada persona o familia pueda tener una opción propia. En un ejemplo sencillo, si tengo $30 y quiero comprar fruta, puedo comprar solo naranjas (me alcanzará, digamos, para 5 kg), solo manzanas (en cuyo caso podría comprar 4 kg), o cualquier mezcla intermedia de acuerdo a mis preferencias (y las del resto de los miembros de mi familia). La manzana es más cara, pero tal vez me gusta más que la naranja. Si compro solamente naranjas, me pierdo de comer manzanas, y viceversa: en muchos casos la opción es intermedia, como resultado de los distintos costos y beneficios de las distintas opciones.

De modo similar, si una madre saliera a trabajar fuera de su casa tendría un beneficio (ganaría dinero, con el cual pueden vivir mejor) pero también costos: aparte de tener que trabajar, lo cual ya de por sí involucra esfuerzo y es un costo, esa mujer tendría que dejar el hogar durante largas horas, y ese es otro costo: en esas horas no puede ocuparse de los chicos, o de las tareas del hogar, e incluso puede tener que pagar para que esas tareas las haga otra persona o institución, como una empleada doméstica o una guardería infantil.

En ese balance de costos y beneficios entran también los gustos personales o preferencias subjetivas, aunque no tengan un valor monetario: si a esa mujer le gusta salir a la calle y alternar con otra gente, y la aburre estar en su casa, ello le dará más atractivo a la opción de trabajar; en cambio si lo que le gusta es cocinar y atender los chicos, o si considera que eso es lo más importante, eso le añadirá atractivo a la idea de quedarse en la casa, y le quitará atractivo a la opción de salir a trabajar. También puede haber consideraciones de fuerza mayor: tal vez tiene un hijo enfermo que cuidar, o tal vez su marido no quiere que salga a trabajar, o tal vez tenga que buscar trabajo aunque no le guste porque necesitan el dinero.

Como resultado de este balanceo de costos y beneficios, tangibles o intangibles, y considerando los precios y costos de todas las cosas (salario que ganaría en el trabajo, distancia hasta el trabajo, costo del transporte, costo de la guardería o la empleada doméstica, necesidades de dinero en el hogar, etc.), cada mujer puede llegar a una opción específica: algunas prefieren trabajar la jornada completa, otras prefieren trabajar solo medio tiempo, y otras optan por quedarse en la casa sin tomar ningún empleo remunerado.

Ahora bien, la opción de cada persona es influida por las condiciones objetivas, por sus propias características y las de los que la rodean, y las condiciones del mercado (en este caso el mercado laboral).

Una mujer con título universitario, si sale a trabajar, ganaría bastante dinero por hora trabajada, mientras que una mujer semi-analfabeta –si sale a trabajar– solo encontrará trabajos de escasa calificación que le reportan un bajo salario. Por cada hora que pasa en su casa, la profesional “se pierde de ganar” más dinero que la semi-analfabeta. El “costo de quedarse en casa” es mayor para la profesional. Sin embargo, la persona de poca instrucción puede tener más necesidad de trabajar que la persona profesional (cuyo marido puede tener altos ingresos, lo que le permitiría a la mujer prescindir de lo que ella podría ganar).

Una diferencia similar aparecería si los salarios reales aumentasen o disminuyesen. Si el salario real de las analfabetas (una vez descontada la inflación) aumentase al doble, muchas mujeres sin instrucción (que antes optaban por quedarse en casa) podrían empezar a considerar la opción de salir a trabajar.

Si el sueldo de los profesores universitarios se va quedando atrás de la inflación (de modo que su salario real disminuye) la mujer profesional, que tenía dedicación de tiempo completo como profesora, podría empezar a pensar que no vale la pena, y que es mejor dictar menos horas de clase a fin de dedicarle más tiempo a los chicos y a la casa.

Todo esto se refiere al costo de oportunidad de cada opción. El costo de oportunidad son los beneficios que dejamos de tener al adoptar cada opción. El salario que se puede ganar trabajando afuera de la casa integra el “costo de oportunidad” de quedarse en casa dedicada a las “tareas del hogar”. El posible sufrimiento psicológico de los chicos cuando la madre esta ausente, sumado a veces al salario de la empleada doméstica y el costo de la guardería, que se volverían necesarios, todo eso integra el costo de oportunidad de salir a trabajar. El costo de oportunidad de quedarse en casa, en cambio, está constituido por el ingreso y otros beneficios provenientes del empleo, y que se dejan de obtener en caso que la mujer permanezca en su casa sin salir a trabajar afuera.

La gente tiende a adoptar una opción determinada, en vez de la otra, cuando sus beneficios esperados exceden el costo de oportunidad de esa opción. La gente elige aquella opción que (según esa persona estima) le reportará más beneficio neto (incluyendo beneficios no monetarios, que cada uno sopesa subjetivamente).

Ante cada cambio de circunstancias (por ejemplo, aumentos o disminuciones del salario o ingreso que podría ganar) cambiará –en promedio– la proporción de horas que las mujeres pasan en el hogar o fuera del hogar, y la proporción de mujeres que opta por trabajar fuera del hogar.

Normalmente la gente se decide a salir a trabajar afuera si el salario al menos cubre los costos involucrados en esa opción. Cada persona (o familia) tiene una ecuación propia: a partir de la situación inicial, cada quien está dispuesto a sacrificar una hora adicional afuera de la casa, siempre que pueda obtener equis pesos más de ingreso: por menos no se molesta.

Las leyes económicas, como las de muchas otras ciencias, no permiten prever lo que hará cada persona en particular, pero sí lo que hará en promedio una población de personas similares. Aquí lo que hay es una “curva de demanda de horas en el hogar”, que depende del precio de esas horas, y su “precio” es el costo de oportunidad (el ingreso que ganarían esas personas si usaran esas horas para trabajar fuera del hogar). Esa curva de demanda de horas en el hogar es la otra cara de la “curva de oferta de mano de obra”: a mayor demanda de horas en el hogar, menos oferta de horas de trabajo afuera. En general, a mayor precio menos demanda y mayor oferta. Si pueden ganar más trabajando afuera, serán menos las que se queden en la casa (aunque muchas todavía preferirán quedarse, por diversas razones: la ecuación personal es diferente de una persona a otra).

En una familia las decisiones no son tan simples. las personas no viven solas sino con cónyuge e hijos, de modo que su decisión también dependerá de lo que le pase al otro. Si el marido queda desocupado, o gana menos que antes, eso puede motivar a la mujer para salir a trabajar, quizá desatendiendo a los chicos, porque no queda otro remedio para poder “parar la olla”. Si el marido consigue luego un empleo bien remunerado, posiblemente la mujer vuelva a permanecer más horas en el hogar (también puede ser al revés, y eso se debe a cambios culturales: si la mujer consigue un trabajo bien pagado, tal vez el hombre será el que decida pasar más horas en el hogar con los chicos: todo dependerá de la combinación de costos y beneficios de ambos, y de la familia como un todo).

El costo de salir a trabajar, además de tener que aguantarse al jefe y pagar el boleto del colectivo, depende de la cantidad de hijos pequeños que haya en la casa. “Si tengo cinco hijos chicos me resulta más difícil salir a trabajar, comparado con mi vecina que sólo tiene uno”, sería un razonamiento lógico en tales condiciones.

Ese razonamiento vale en el corto plazo, pero en el largo plazo también hay una comparación parecida: si la mujer tiene título de médica especialista en neurocirugía, una carrera muy competitiva y exigente, necesitará seguir estudiando en posgrados en el extranjero hasta los 35 por lo menos, y pasar largos períodos de residencia médica. Le resultaría muy difícil hacer el posgrado y la residencia si tiene cuatro chicos esperándola (y si su marido, también profesional, no tiene tiempo para hacerse cargo). Su amiga, también neurocirujana pero soltera, o casada sin hijos, la aventajará rápidamente en la competencia por puestos, salarios y distinciones.

Por lo tanto, el economista esperaría que las médicas tiendan a tener una maternidad más tardía, y con muy pocos hijos (además, si el primero lo tienen después de los 35 no les quedarán muchos años de vida fértil: ya no podrían tener diez hijos, aunque quisieran). Si ella y el marido son médicos o profesionales similares, probablemente les alcancen sus ingresos para pagar personal doméstico (por hora de ausencia, la médica gana mucho más que la niñera). Por las mismas razones esa pareja puede pagar una baby sitter cuando tienen que salir socialmente.

En cambio si se tratara de una mujer que sale a trabajar sin mucha formación profesional, digamos como vendedora de una boutique o empleada en un supermercado, posiblemente no le convenga: todo el sueldo se lo llevaría la niñera. Aun así hay muchas que lo harían, solo porque les gusta más estar en la boutique que en la casa, o por la expectativa de que en el futuro la asciendan y le den mejor sueldo). Y además hay empresas que ponen una guardería para las empleadas: no lo hacen merced a su benevolencia, sino porque les conviene, como una forma eficiente de minimizar el costo del personal: lo hacen si les sale más barato tener la guardería (y pagar menos salario) que no tener la guardería (y tener que pagar salarios más altos para encontrar y retener a las empleadas que necesitan).

Todo esto se refiere a la oferta de mano de obra de las mujeres para trabajar en el mercado laboral, que al mismo tiempo implica menos tiempo dedicado al hogar. Pero ¿qué pasa con la demanda de esa mano de obra?

En los albores del capitalismo y hasta bastante después, la mayor parte del trabajo asalariado era esencialmente muscular. Las herramientas se operaban a mano, había que realizar mayormente trabajo físico sencillo, y eso lo podían hacer los trabajadores sin mayor educación ni preparación. Acarrear bultos, empujar, clavar clavos, colocar argamasa sobre los ladrillos, cosechar trigo con guadaña, serruchar, barrer, fregar: todo era trabajo físico. Incluso era trabajo físico simple, aun en la industria, ya que la división del trabajo fabril reducía todo el proceso industrial a operaciones sencillas que podía realizar cualquiera, como Charles Chaplin apretando tornillos en una cinta de montaje en la película “Tiempos modernos”. No hacían falta ni los “maestros artesanos” pre-industriales, ni los “trabajadores altamente calificados” de hoy en día.

Muy pocos empleados tenían empleos donde tenían que usar el cerebro más que los músculos (por ejemplo los empleados bancarios, o los vendedores de boletos del ferrocarril).

En esas condiciones, con salarios muy bajos como los que se pagaban en la Inglaterra del siglo XIX, las mujeres necesitaban salir a trabajar aunque fuera por salarios miserables, porque el sueldo del marido no alcanzaba. La mayor parte carecían de educación, y por otro lado no se necesitaba gente altamente capacitada: las mujeres eran empleadas en tareas que no requerían mayor capacitacíón. Marx cita el caso de las barcazas de mercadería que circulaban por ríos y canales internos en Inglaterra, que tradicionalmente eran arrastradas por caballos que tiraban de ellas con sogas, desde ambas orillas del canal. Hacia 1830-40, con los altos precios de los granos para forraje, y la gran abundancia de mujeres deseosas de trabajar, los caballos fueron reemplazados por mujeres, a pesar de su menor fuerza física: cuatro mujeres salían más baratas que un caballo. Y la jornada laboral era de 12 a 15 horas diarias (en 1838 salió una ley prohibiendo que las embarazadas trabajasen más de doce horas por día, y aun así hay múltiples denuncias en años subsiguientes sobre el incumplimiento de esa norma).

Había demanda de trabajo femenino no calificado, y también había oferta debido a la enorme masa de población empobrecida, a la que solo le quedaba aguantar ese régimen o emigrar a tierras lejanas (digamos, a los remotos Estados Unidos o a ese otro paraíso aun más lejano, la Argentina), pero en 1838 estas posibilidades casi no existían: la emigración europea arrancó en serio recién después de 1850-1860, con la transformación agrícola que hizo perder sus empleos a millones de arrendatarios rurales y peones de campo.

La mortalidad también era muy alta. Antes de cumplir un año se moría alrededor del 20-25% de los bebés. Es decir que de 100 nacidos, solo 75-80 cumplían un año. Otros 10 o 12 (más o menos) se morían antes de los cinco años, y otro tanto antes de llegar a la adultez. Es decir que de cada cien nacimientos, solo la mitad llegaba a adulto. La mitad de ellos eran mujeres, de modo que para reemplazar a los cien originales las mujeres debían tener al menos cuatro hijos entre los 15 y los 49 años.

Pero muchas mujeres morían en el camino. Morían en el parto, morían de fiebre post-parto (generalmente infectadas por médicos y parteras que no acostumbranan lavarse las manos), morían de pulmonía, de tuberculosis, o de cualquier enfermedad que actualmente se curaría con facilidad. La novelista inglesa Jane Austen (nacida en 1775) murió soltera a los 41 años, de una enfermedad que no se sabe bien cuál era. Entre sus hermanas y cuñadas hubo cuatro que murieron de parto, entre los 18 y los 35 años. En la siguiente generación de novelistas inglesas, las hermanas Brontë eran cuatro, más un varón, y ninguno llegó a los 45 años. El varón Branwell Brontë era borrachín y parece que murió de cirrosis a los veinte y tantos años de edad. María Brontë había muerto a los doce años de pulmonía, Anne Brontë y Emily Brontë más o menos a los 30 (de tuberculosis, después de escribir una sola novela cada una) y la más longeva (Charlotte) murió en 1858 a los 43 años, con varias novelas en su haber. Todos los hermanos Brontë murieron solteros, excepto Charlotte que se casó ya grande y no tuvo hijos (perdió un embarazo). Aparte de esos cinco (4 mujeres y un varón) papá y mamá Brontë tuvieron además otros dos bebitos que murieron en sus primeros meses de vida. De los siete hijos de Karl Marx solo dos mujeres llegaron a la adultez (aunque un hijo de su empleada doméstica, que parece que era hijo de Marx, vivió hasta 1935, con otro apellido). Darwin tuvo once hijos, pero solo algunos sobrevivieron. Y toda esta gente eran burgueses bien educados, que vivían confortablemente, con servidumbre y en casas muy amplias, generalmente en el campo (Marx era el más pobre, pues solo alquilaba un departamento en Londres que además estaba situado en el Soho, por entonces un barrio medio mistongo e insalubre). Si eso pasaba en la burguesía, en las clases populares de esa época la mortandad era mucho más severa que en las familias burguesas.

Las mujeres que sobrevivían hasta el fin de su vida fértil tenían ocho o más hijos en promedio, un embarazo cada dos o tres años, cambiando pañales durante 20-30 años, lo cual compensaba no solo la mortalidad infantil y juvenil, sino las muchas otras mujeres que morían en plena edad fértil. Aun así, la población inglesa apenas se mantenía, con un crecimiento muy bajo.

Una fertilidad igualmente elevada ocurre actualmente en países africanos donde todavía la fertilidad promedio es de seis a ocho hijos esperados por mujer (suponiendo que la mujer viva hasta los 49), pese a lo cual la población aumenta apenas a razón de un 2-3%, y eso gracias a los avances médicos y sanitarios que existen en esos países pobres, y no existían en la Inglaterra del siglo XIX: en aquella época las mujeres inglesas tenían también siete u ocho hijos pero el crecimiento demográfico no superaba el 1%.

Sin embargo, ya desde la época victoriana la demanda de mano de obra en los países capitalistas empezaba a cambiar. La industria era cada vez más sofisticada, se generalizaba la fuerza motriz (máquinas a vapor, motores a explosión, electricidad), la demanda de fuerza bruta muscular ya no era tanta, y poco a poco iba aumentando la demanda de trabajadores calificados. Los mismos empresarios presionaron a los gobiernos de toda Europa y de EEUU para instaurar la educación primaria gratuita (y más tarde la secundaria), y los gobiernos lo aceptaron, no por su benevolencia (casi todos eran gobiernos aristocráticos y conservadores, y todavía no había voto universal) sino porque convenía. Una operadora de maquinaria textil compleja no era fácil de conseguir, y debía saber leer y escribir para leer instrucciones y dejar por escrito las cantidades producidas. Un conductor de locomotoras o “engines”, es decir un “engineer”, tampoco era fácil de conseguir, y no era fácil entrenarlo en el oficio si el candidato era analfabeto, ya que tenía que entender como funcionaba esa máquina compleja y delicada, de cuyo buen manejo dependía que el valioso tren llegara a destino o se descarrilara en el camino. El resultado neto fue que empezó a demandarse fuerza laboral mejor educada, y se le empezaron a pagar mejores salarios. Tanto a varones como a mujeres (si bien éstas ganaban en general menos que aquéllos, hasta el día de hoy).

Esto presentaba a las familias un desafío nuevo: tenían que producir cerebros, y no sólo músculos. Y esos cerebros debían ser educados en la escuela. Dado que hay diferencias de un chico a otro en el rendimiento escolar, el mercado empezó a diferenciar entre los más listos y los más lerdos de entendederas, entre los más preparados y los más incultos, así como antes distinguía solamente entre los forzudos y los enclenques. El salario de los trabajadores más calificados empezó a crecer más rápido que el salario de los peones sin calificación.

Las familias, por lo tanto, no podían poner a trabajar a los chicos a los 7 o 10 años, sino hacer que siguieran en la escuela por lo menos hasta los 14 años. Encima el Estado lo puso como obligación en muchos países (la Ley 1420 argentina, de 1884, obligaba a los padres a mandar los chicos al colegio hasta los 14 años, y establecía que el incumplimiento era un delito punible con prisión). Todo eso eleva el costo de criar un chico, demora su entrada en el mercado laboral, y hace que resulte cada vez más rentable invertir plata en tener chicos de más “calidad” que tener mayor cantidad de chicos. La madre, también, para ese entonces no encontraba empleo para arrastrar barcazas en los canales, sino en empleos cada vez más sofisticados: vendedoras de mercería, telefonistas, maestras primarias, y hasta médicas. Ahí no solo contaba la calificación técnico-profesional: para ser empleada de comercio se necesitaba además buenos modales, buen vocabulario, “buena presencia”, mejor vestimenta, y todo eso solo podía ser obtenido por los empleadores con un salario superior (lo mismo pasaba con los varones).

Como consecuencia, a partir de inicios del siglo XX en Europa y EEUU, y unas décadas después en países como la Argentina, comenzó a demorarse la edad de matrimonio, comenzó a disminuir la cantidad de hijos por mujer, comenzó a cambiar la estructura del empleo (cada vez más empleos en el sector servicios y en tareas calificadas), y comenzaron a subir las remuneraciones debido a la mayor calificación de los empleos. También fueron aceptadas más fácilmente las reformas laborales, como la jornada de 8 horas alrededor de 1918, las vacaciones y otras cosas semejantes, aunque en general muchas de ellas fueron “conquistadas” por la lucha sindical, y a veces impulsadas por gobiernos esclarecidos, y no impulsadas por los empresarios. En realidad, a cada empresario le conviene que sus trabajadores trabajen el máximo y ganen el mínimo, pero en el conjunto la oferta y la demanda colectivamente tienden a un punto de equilibrio. Y ese equilibrio fue de salario creciente, y calificación creciente.

De este modo, la situación de las mujeres (consideradas como conjunto, es decir la situación de la “mujer promedio”) fue cambiando gradualmente. Cada vez más necesitaban (o preferían) salir a trabajar, y asimismo les resultaba conveniente demorar el matrimonio y la maternidad, y tener menos hijos. Hubo valores culturales que tardaron en cambiar (en la Argentina todavía hasta 1950-60 muchas familias (y sobre todo muchos maridos) se negaban rotundamente a que la mujer saliese a trabajar. Pero terminaron por ir cambiando. En EEUU y Europa las guerras mundiales contribuyeron: mientras los hombres estaban en la guerra, muchos puestos fueron ocupados por mujeres, y en la posguerra muchas siguieron trabajando.

Todos estos procesos le cambiaron la ecuación a las mujeres. Mejor dicho, la ecuación de las hijas ya no era igual a la ecuación que habían tenido en la cabeza sus madres o abuelas.

Desde el punto de vista demográfico, esto significa menor cantidad de hijos. La invención de la píldora anticonceptiva en los años 60, y otros métodos similares antes de esa fecha (el método del “ritmo” en 1955) o después (los dispositivos intrauterinos, etc.), todo ello facilitó el control voluntario de la procreación, que hasta ese momento escapaba al control humano, sobre todo femenino (existían los preservativos, pero muchos hombres los usaban en el burdel y no en su casa).

La disminución de la fertilidad y los progresos médicos en la lucha contra la enfermedad y la mortalidad implicaron un cambio gradual en la forma de la pirámide demográfica: la base (los niños) se hace más angosta, mientras la parte media (personas que llegan a la mediana edad) se ensancha, y al mismo tiempo cada vez más gente llega a la tercera edad. Menos niños y más adultos (y todavía pocos viejos) hace que con el trabajo de los adultos alcanza para mantener el hogar, y para instaurar sistemas de previsión social “de reparto” (aportando el 10% del salario, y jubilándose con el 80%, hacen falta 8 años-hombre de aportes de los trabajadores actuales, por cada año que sobreviva un jubilado; dado que los viejos eran apenas un 10% respecto a los adultos, y además vivían pocos años en promedio después de alcanzar la edad de jubilarse, el sistema andaba perfectamente. Pero cuando hay un 20% de viejos, que representan un tercio de la cantidad de adultos, con una expectativa (a los 65) de otros veinte años de sobrevivencia, financiar un sistema de reparto se hace cada vez más difícil.

Del mismo modo, se llega a una situación en que las familias se forman más tarde (la edad promedio de la primera unión conyugal para las mujeres aumenta a alrededor de los 22-25 años, cuando antes el promedio era de 18-19, y la edad al primer parto aumenta a 27-30 años, sobre todo en los estratos medios (que cada vez son más grandes). Luego de ese primer parto, que no todas lo tienen, el segundo viene quizá 3-5 años después, y (en muchos casos) pare de contar. La “familia tipo” pasó a tener dos hijos, cuando la “familia promedio” de 1850 o 1900 tenía unos siete a nueve miembros, entre ellos unos cinco o seis hijos vivos así algunos más fallecidos en la infancia. En la actualidad la familia promedio es todavía más pequeña: si bien la mujer promedio tiene en la Argentina 2.35 hijos a lo largo de toda su vida fértil, la mayor parte de las parejas son las más jóvenes, que en promedio tienen un solo hijo, y para cuando acaban su edad fértil a los 49 años ya quizá el primer hijo no vive con los padres. Los hogares de la ciudad de Buenos Aires o el Gran Buenos Aires tienen apenas 3 miembros en promedio, poco más o menos. Un porcentaje elevado de esos hogares son personas solas (solteros, separados, viudos), que tienden a aumentar como porcentaje del total de hogares, alcanzando alrededor de 20% de los hogares en zonas urbanas (y más aún en algunas de ellas). Otro porcentaje importante son las parejas sin hijos.

El mecanismo básico que regula estos cambios es la presión del desarrollo económico, que exige mano de obra cada vez más calificada, y por ende mayor cantidad de años de estudio, y paga mejor los trabajos calificados, haciendo más atractivo el trabajo fuera del hogar y quitándole atractivo a la maternidad (que en el género humano es sumamente demandante de tiempo dado que nacemos después de nueve meses de embarazo y pasamos al menos dos o tres años, o más, en completa dependencia de los adultos). Por otra parte buena parte de las tareas hogareñas se han mecanizado (aspiradora, lavarropas, licuadora, etc.) o se puede tercerizar a empresas fuera del hogar (comida con delivery, restaurantes, guarderías, lavanderías, tintorerías, etc.). La misma tecnología que produjo la licuadora produjo también los anticonceptivos, prolonga la vida de los ancianos, y además demanda trabajadores y trabajadores capaces de fabricar licuadoras y lavarropas, o de prestar servicios sofisticados en las empresas, los hospitales, las escuelas, las empresas de telecomunicaciones e informática, y tantos otros sitios que definen nuestro actual mundo laboral.

Por supuesto, también sigue habiendo oferta y demanda de trabajo no calificado, femenino o masculino, pero su proporción en el total es cada vez menor a medida que aumenta el ingreso per capita. En algunos países africanos la mano de obra no calificada representa el 90% del total, en países intermediios esa proporción desciende al 50%, y en los países más avanzados es una proporción muy pequeña.

Todo esto hace que la “demanda de tiempo en el hogar” sea cada vez menor, y la “demanda de tiempo en el mercado de trabajo” (o preparándose para entrar en él) cada vez mayor. Ese conjunto de procesos determina la caída de la fertilidad en razón directa del nivel de ingresos y el nivel promedio de educación. Como no hay un mecanismo que detenga la caída de la fertilidad justo cuando compensa las defunciones (es decir al nivel de fertilidad de reemplazo), los países con altos ingresos tienen una fertilidad que no alcanza para mantener la población ni mucho menos para hacerla crecer.

Sólo en niveles muy altos de ingresos y educación aparece un rebrote de la fertilidad. ¿Por qué? Básicamente porque a ese nivel costear un hijo no es algo tan difícil, debido a los altos ingresos, y muchas familias pueden permitirse que las mujeres dejen de trabajar un tiempo para tener un par de hijos. Por otra parte, en empleos que no requieren fuerza muscular se puede trabajar casi hasta el momento del parto, y poco después también. Las guarderías en el lugar de trabajo permiten además que la madre se lleve el bebé al empleo y lo amamante durante el horario de trabajo. Si el ingreso es suficientemente alto, y las normas laborales lo facilitan, aun la neurocirujana podría sacrificar un poco más de su valioso tiempo para tener dos o tres hijos en vez de tener solo uno o ninguno. Pero eso, claro, solo ocurre actualmente en un puñado de países (Noruega, Suecia, Finlandia, Luxemburgo, Francia). En algunos países, además, el aumento lo producen los inmigrantes de alta fertilidad (es el caso de Francia, con un promedio de dos hijos, pues las mujeres étnicamente francesas siguen teniendo menos de dos hijos en promedio: las que tienen muchos hijos y compensan esa cifra son las argelinas, senegalesas y otras inmigrantes de países pobres y atrasados, que siguen teniendo muchos hijos después de inmigrar (ayudados también por el sistema de salud pública de Francia). Sin embargo eso es posiblemente transitorio: las hijas o nietas de esas inmigrantes también irán bajando su fertilidad si permanecen en Francia.

Naturalmente casi toda la explicación dada en este artículo se aplica a la familia promedio y a la persona promedio. Dentro de cada país hay diferencias sociales, económicas y culturales. Algunas mujeres forman parte de hogares con bajos ingresos, tienen menos educación o ninguna, y están casadas o unidas con hombres de su misma condición, mientras otras mujeres tienen mayor nivel de instrucción, pertenecen a hogares con mayores ingresos, y están unidas a cónyuges de su misma condición. Las diferencias que valen entre un país y otro también se aplican internamente. Cada familia, cada mujer y cada hombre, enfrenta opciones diferentes, en condiciones diferentes, y tiene una ecuación interna de balance de costos y beneficios. Así que en cualquier país concreto se dan al mismo tiempo todos los comportamientos que hemos examinado (salvo los que ya no se practican porque los tiempos han cambiado: por ejemplo, ya no hay mujeres en Inglaterra arrastrando barcazas en los canales, ni tampoco se usan más las máquinas de vapor). Pero hay familias con muchos hijos, con pocos o con ninguno. Hay mujeres con mucha, poca o ninguna educación. Hay parejas donde ambos trabajan, donde trabaja solo el hombre o solo la mujer. Muchas veces él gana más que ella, pero cada vez más frecuentemente ella gana más que él.

Espero que esta larga explicación muestre el por qué de los procesos descritos en mi post anterior.

Población y desarrollo – Algunos datos

El crecimiento demográfico está íntimamente ligado al desarrollo económico y social. En los últimos 250 años el mundo ha vivido, desde la Revolución Industrial, una profunda revolución demográfica. La tasa de crecimiento de la población durante miles de años había sido muy baja, debido a la muy alta mortalidad. A pesar que en general no se usaban métodos anticonceptivos, y las familias tenían muchos hijos, la mortalidad hacía estragos, sobre todo la mortalidad infantil (una cuarta parte de los niños morían antes de cumplir un año, y otra proporción importante moría joven). En promedio, la na­talidad era un poco más alta que la mortalidad, y por eso la población humana por miles de años tuvo una leve tendencia creciente, pero a menudo retrocedía debido a pestes, guerras y otras calami­da­des. La tasa de crecimiento (diferencia entre natalidad y mortalidad) era muy baja, del orden de 0.1% anual o menos. Esta etapa está representada en el período A de la Figura 1: alta natalidad, alta mortalidad, y muy poco crecimiento demográfico.

A partir de la Revolución Industrial (que también fue una Revolución Agrícola), los países más avanzados (sobre todo los de Europa del Norte) comenzaron una etapa llamada Primera Transición Demográfica (período B): la mortalidad empezó a bajar debido a los progresos sanitarios y médicos, pero la gente seguía teniendo muchos hijos pues no había buenos anticonceptivos y además los patrones culturales del pasado seguían prevaleciendo. En este período la diferencia entre natalidad y mortalidad se fue ampliando gradualmente, alcanzando un máximo al término de ese período B. Esto ocurrió en Europa a fines del siglo XIX, pero en los países en desarrollo el proceso ocurrió después: en América Latina, típicamente el momento de máximo crecimiento ocurrió alrededor de 1960 (variando según los países).

Figura 1. Representación esquemática de las transiciones demográficas

Al alcanzar un cierto nivel de desarrollo económico y social, la fecundidad comienza a bajar, las mujeres tienen cada vez menos hijos, y por lo tanto la natalidad comienza a bajar (período C). Al mismo tiempo el descenso de la mortalidad se desacelera, porque una vez superada la primera etapa más fácil de cuidados sanitarios ya no es tan fácil seguir bajando la mortalidad infantil, y además los adultos mayores comienzan a ser más numerosos, y de ese grupo empiezan a producirse mayor número de fallecimientos. En efecto en una sociedad del período A típicamente solo un 1-2% llegaba a superar los 60 años, mientras que en una sociedad del período C la tercera edad ya representa un porcentaje algo mayor (3-5%). En los países más avanzados el porcentaje de población de la tercera edad sobrepasa el 10-15%. En cambio el porcentaje de población infantil y menor de edad (0-17 años) oscila en 50% en los países de los estadios A y B, pero en los estadios más avanzados decrece su importancha hasta alrededor del 20%.

Al llegar un cierto punto la tasa bruta de mortalidad (fallecimientos sobre población total) deja de bajar, y tiende a estabilizarse. La mortalidad infantil ya es bastante baja, y cada vez hay más ancianos. En cuanto a la natalidad, ella sigue bajando, a punto tal que llega a ser inferior a la mortalidad (período D). En esta etapa, la población disminuye: las defunciones son más numerosas que los nacimientos. En ese período la tasa de crecimiento demográfico, que había venido decre­cien­do, se vuelve negativa. En la práctica esto ocurre en países de muy alto desarrollo económico, como está ocurriendo en los países más desarrollados como EEUU, Europa y Japón en los últimos 20-30 años. Si la tasa de fertilidad vuelve a estabilizarse al nivel de reemplazo (período E) la población nuevamente se estabilizará o podría crecer levemente.

Aclaremos que esto se refiere a la tasa demográfica interna, sin contar la posible emi­gra­ción o inmigración. Algunos países, como EEUU, tienen todavía crecimiento demográfico porque tienen una fuerte inmigración, pero el nivel de fertilidad de los no-inmigrantes está por debajo del nivel de reemplazo. Los países europeos, con inmigración mucho menor, tienen una población estancada o en lento decrecimiento, con una fertilidad muy baja. En lo que se refiere a sus tasas demográficas internas, todos ellos están en “territorio negativo”, aunque algunos todavía pueden mantenerse o crecer un poco debido a la inmigración.

Los países de desarrollo intermedio, como la Argentina, han estado bajando sus tasas demográficas (las de la Argentina llegaron a ser de 2.5% anual y ahora están en el orden de 1% si se descuenta la inmigración neta que todavía tiene el país, y que aporta un 0.1-0.2% adicional). Algunos de esos países ya tienen tasas negativas o muy cercanas a cero (como Uruguay, Costa Rica, Cuba y algunas islas del Caribe).

La fertilidad está muy relacionada con el ingreso per capita. Si se exceptúan algunos casos excepcionales, como los países petroleros tipo Arabia Saudita (ingreso per capita muy alto pero también alta fertilidad por su cultura tradicional) o Israel (cuya fertilidad –israelita o palestina—es también más alta que lo esperado para su nivel de ingreso per capita), en general los países están situados a lo largo de una curva decreciente: a más ingreso menos fertilidad (Figura 2).

 

 

 

 

 

Figura 2. Tasa de fertilidad (hijos esperados por mujer) e ingreso per capita (dólares de paridad de poder adquisitivo). Fertilidad: 2000-2005. Ingreso: 2007. Fuentes: para la fertilidad estimaciones de la ONU, y para el ingreso per capita el informe anual de 2009 del Banco Mundial. Se toman esos años porque son los últimos en que hay información actualizada.

 

 

A medida que se avanza hacia niveles de ingreso más altos la tasa de fertilidad desciende por debajo del nivel de reemplazo, y el crecimiento demográfico al poco tiempo se vuelve negativo.

 

El período de tasas negativas, sin embargo, tiene un límite. La curva de la Figura 2 muestra un leve aumento en los niveles de ingreso más altos. En efecto, en niveles muy altos de desarrollo económico y social la tasa de natalidad comienza a subir nuevamente. Eso está ocurriendo actualmente (desde los años 90) en EEUU y los países más ricos de Europa como Suiza, Noruega, Francia, Alemania, Austria, Bélgica. En esos países el número promedio de hijos por mujer, que había llegado a ser alrededor de 1.3-1.5 (insuficiente para reemplazar a la generación anterior) ha estado aumentando y ya se encuentra cerca de 2 (lo necesario para el reemplazo generacional es 2.1 hijos por mujer, lo cual incluye 2 para el reemplazo y 0.1 para la cobertura de los pocos fallecimientos precoces que aún ocurren). En un estudio reciente, un grupo de investigadores demográficos mostró que a niveles muy altos del índice de desarrollo humano de la ONU (que combina ingreso per capita, nivel educativo y esperanza de vida), la fertilidad promedio de las mujeres tiende a subir nuevamente, aunque todavía no pasa de 2 hijos (Figura 3). Hasta los años noventa esta reversión no era visible porque ningún país tenía un nivel tan alto de desarrollo humano, pero ahora son ya unos cuantos. No solamente cambia la tendencia observando determinadas fechas, como por ejemplo 1975 comparado con 2005, sino que además la reversión se ha observado en cada país por separado. Cada uno de estos países, como Noruega u Holanda, han tenido un período de declinación en su fertilidad, hasta alcanzar un punto de quiebre al llegar más o menos a un índice de desarrollo humano de 0.90-0.92, y a partir de allí su fertilidad ha vuelto a crecer, aunque todavía sigue siendo en general inferior al nivel de reemplazo (2.1). Entretanto los países más pobres, a la izquierda del gráfico, siguen teniendo 6-8 hijos por mujer (son casi todos países africanos extremada­mente pobres).

En el caso de América Latina, su tasa de crecimiento anual ya es bastante baja (1.2% anual en 2005-2010), y sigue bajando, estimándose que llegará a alrededor de cero a mitad del siglo XXI. En la Argentina esa tasa es inferior al promedio (1.1%), aun contando el pequeño aporte inmigratorio neto que el país tiene. Sin embargo, la Argentina tiene una situación un poco inusual, ya que su nivel de fertilidad (2.35 hijos por mujer en 2000-2005) está por encima de lo esperado para su nivel de ingreso (U$S 12.990 en 2007 a paridad de poder adquisitivo). A ese nivel de ingreso los únicos países que están al nivel de Argentina o por encima de ella son algunos países petroleros del Medio Oriente, lo cual subraya el carácter inusual de la posición argentina, posiblemente explicable por su proceso de desarrollo espasmódico, con frecuentes crisis, y porque hasta la presente década el Estado no promovió la planificación familiar ni la salud reproductiva (la Argentina tiene un número muy alto de embarazos adolescentes, muy por encima de lo esperable en su nivel de desarrollo).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  

Figura 3. Tasa de fertilidad (hijos esperados por mujer) e índice de desarrollo humano en 1975 y 2005. Fuente: Myrskylä, Mikko, Hans-Peter Kohler & Francesco C. Billari, 2009. Advances in Development Reverse Fertility Declines. Nature 460:741.
http://www.ccpr.ucla.edu/Seminars/Seminar Papers/Kohler-advances in development.pdf.

Considerando el mundo en su conjunto, la ONU prevé que la población mundial va a alcanzar su punto máximo alrededor de 2040-2060 (según una u otra hipótesis o variante), y a partir de allí comenzaría a declinar por lo menos hasta 2100. Los supuestos de esta proyección son todavía bastante conservadores, pues suponen que todos los países convergen a una tasa de fertilidad de 1.85 en las próximas décadas, lo cual probablemen­te es demasiado simplista (la evolución de cada país depende de su nivel de desarrollo y tasa de crecimiento económico). Probablemente el punto de máxima se alcance antes y la declinación sea más pronunciada. En la figura 4 aparecen la proyección “media” y “baja” de la ONU para la población mundial, basadas en la convergencia a una fertilidad de 1.85 o de 1.35 respectivamente (no reproducimos la proyección “alta” porque supone un aumento de la fertilidad a 2.35 en los próximos 20 años en todo el mundo, lo cual es completamente irreal).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Considerando el mundo en su conjunto, la ONU prevé que la población mundial va a alcanzar su punto máximo alrededor de 2040-2060 (según una u otra hipótesis o variante), y a partir de allí comenzaría a declinar por lo menos hasta 2100. Los supuestos de esta proyección son todavía bastante conservadores, pues suponen que todos los países convergen a una tasa de fertilidad de 1.85 en las próximas décadas, lo cual probablemen­te es demasiado simplista (la evolución de cada país depende de su nivel de desarrollo y tasa de crecimiento económico). Probablemente el punto de máxima se alcance antes y la declinación sea más pronunciada. En la figura 4 aparecen la proyección “media” y “baja” de la ONU para la población mundial, basadas en la convergencia a una fertilidad de 1.85 o de 1.35 respectivamente (no reproducimos la proyección “alta” porque supone un aumento de la fertilidad a 2.35 en los próximos 20 años en todo el mundo, lo cual es completamente irreal).
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
A medida que se avanza hacia niveles de ingreso más altos la tasa de fertilidad desciende por debajo del nivel de reemplazo, y el crecimiento demográfico al poco tiempo se vuelve negativo.
 

 

 

 

 

 

 

 

 

El período de tasas negativas, sin embargo, tiene un límite. La curva de la Figura 2 muestra un leve aumento en los niveles de ingreso más altos. En efecto, en niveles muy altos de desarrollo económico y social la tasa de natalidad comienza a subir nuevamente. Eso está ocurriendo actualmente (desde los años 90) en EEUU y los países más ricos de Europa como Suiza, Noruega, Francia, Alemania, Austria, Bélgica. En esos países el número promedio de hijos por mujer, que había llegado a ser alrededor de 1.3-1.5 (insuficiente para reemplazar a la generación anterior) ha estado aumentando y ya se encuentra cerca de 2 (lo necesario para el reemplazo generacional es 2.1 hijos por mujer, lo cual incluye 2 para el reemplazo y 0.1 para la cobertura de los pocos fallecimientos precoces que aún ocurren). En un estudio reciente, un grupo de investigadores demográficos mostró que a niveles muy altos del índice de desarrollo humano de la ONU (que combina ingreso per capita, nivel educativo y esperanza de vida), la fertilidad promedio de las mujeres tiende a subir nuevamente, aunque todavía no pasa de 2 hijos (Figura 3). Hasta los años noventa esta reversión no era visible porque ningún país tenía un nivel tan alto de desarrollo humano, pero ahora son ya unos cuantos. No solamente cambia la tendencia observando determinadas fechas, como por ejemplo 1975 comparado con 2005, sino que además la reversión se ha observado en cada país por separado. Cada uno de estos países, como Noruega u Holanda, han tenido un período de declinación en su fertilidad, hasta alcanzar un punto de quiebre al llegar más o menos a un índice de desarrollo humano de 0.90-0.92, y a partir de allí su fertilidad ha vuelto a crecer, aunque todavía sigue siendo en general inferior al nivel de reemplazo (2.1). Entretanto los países más pobres, a la izquierda del gráfico, siguen teniendo 6-8 hijos por mujer (son casi todos países africanos extremada­mente pobres).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  

Figura 3. Tasa de fertilidad (hijos esperados por mujer) e índice de desarrollo humano en 1975 y 2005. Fuente: Myrskylä, Mikko, Hans-Peter Kohler & Francesco C. Billari, 2009. Advances in Development Reverse Fertility Declines. Nature 460:741.
http://www.ccpr.ucla.edu/Seminars/Seminar Papers/Kohler-advances in development.pdf.

Considerando el mundo en su conjunto, la ONU prevé que la población mundial va a alcanzar su punto máximo alrededor de 2040-2060 (según una u otra hipótesis o variante), y a partir de allí comenzaría a declinar por lo menos hasta 2100. Los supuestos de esta proyección son todavía bastante conservadores, pues suponen que todos los países convergen a una tasa de fertilidad de 1.85 en las próximas décadas, lo cual probablemen­te es demasiado simplista (la evolución de cada país depende de su nivel de desarrollo y tasa de crecimiento económico). Probablemente el punto de máxima se alcance antes y la declinación sea más pronunciada. En la figura 4 aparecen la proyección “media” y “baja” de la ONU para la población mundial, basadas en la convergencia a una fertilidad de 1.85 o de 1.35 respectivamente (no reproducimos la proyección “alta” porque supone un aumento de la fertilidad a 2.35 en los próximos 20 años en todo el mundo, lo cual es completamente irreal).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Considerando el mundo en su conjunto, la ONU prevé que la población mundial va a alcanzar su punto máximo alrededor de 2040-2060 (según una u otra hipótesis o variante), y a partir de allí comenzaría a declinar por lo menos hasta 2100. Los supuestos de esta proyección son todavía bastante conservadores, pues suponen que todos los países convergen a una tasa de fertilidad de 1.85 en las próximas décadas, lo cual probablemen­te es demasiado simplista (la evolución de cada país depende de su nivel de desarrollo y tasa de crecimiento económico). Probablemente el punto de máxima se alcance antes y la declinación sea más pronunciada. En la figura 4 aparecen la proyección “media” y “baja” de la ONU para la población mundial, basadas en la convergencia a una fertilidad de 1.85 o de 1.35 respectivamente (no reproducimos la proyección “alta” porque supone un aumento de la fertilidad a 2.35 en los próximos 20 años en todo el mundo, lo cual es completamente irreal).
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En el caso de América Latina, su tasa de crecimiento anual ya es bastante baja (1.2% anual en 2005-2010), y sigue bajando, estimándose que llegará a alrededor de cero a mitad del siglo XXI. En la Argentina esa tasa es inferior al promedio (1.1%), aun contando el pequeño aporte inmigratorio neto que el país tiene. Sin embargo, la Argentina tiene una situación un poco inusual, ya que su nivel de fertilidad (2.35 hijos por mujer en 2000-2005) está por encima de lo esperado para su nivel de ingreso (U$S 12.990 en 2007 a paridad de poder adquisitivo). A ese nivel de ingreso los únicos países que están al nivel de Argentina o por encima de ella son algunos países petroleros del Medio Oriente, lo cual subraya el carácter inusual de la posición argentina, posiblemente explicable por su proceso de desarrollo espasmódico, con frecuentes crisis, y porque hasta la presente década el Estado no promovió la planificación familiar ni la salud reproductiva (la Argentina tiene un número muy alto de embarazos adolescentes, muy por encima de lo esperable en su nivel de desarrollo).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En la Figura 5 aparecen las mismas proyecciones para la región de América Latina y el Caribe. En este caso el punto de máximo se alcanza unos diez años antes que en el promedio mundial: en la hipótesis media el decrecimiento comienza en 2050, y en la hipótesis baja alrededor de 2030. En los países desarrollados ese punto de inflexión se alcanza aun antes (los más tardíos son los países africanos y del Medio Oriente).

 

 

 

 

 

 


 
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Al mismo tiempo, la población es crecientemente urbana. La población rural ya es minoría en el mundo (algo menos de 50%) y en América Latina el porcentaje de población urbana supera el 78% (estimación de la ONU para 2007). Los principales países de nuestra región están por encima de esa cifra: Venezuela 94% urbano, Uruguay 92%, Argentina 90%, Chile 88%, Brasil 85%. Un poco por debajo del promedio están México (77%); Cuba (75%); Panamá, Perú y Colombia (los tres con 73%), Bolivia (65%), Ecuador (64%), Paraguay (60%). Los menos urbanizados son algunos países centro­americanos como Guatemala y Honduras (47-48%) y Haiti (40%), que al mismo tiempo son los países más pobres de América Latina.

 

 

 

 

 

 

En varios de los países más urbanizados, a pesar que la población total está creciendo, la población rural está disminuyendo en términos absolutos. En el caso argentino viene bajando desde el Censo de 1947. en Chile desde la misma época, en Uruguay y Brasil desde 1965-70 (lo mismo que en Cuba), en Venezuela desde 1980, en México y Haití desde el 2000. En los otros países la ONU proyecta que la población rural comience a caer en fechas próximas (Colombia en 2010, Bolivia y Paraguay en 2015, Perú y Nicaragua en 2020, Honduras y Guatemala en 2025-30). Los países con más fuerte población rural son los que tienen una numerosa población campesina de subsistencia, como los países andinos, México y los países centroamericanos. Los países con agricultura más empresarial y/o más extensiva, como la Argentina, Chile o Brasil, tienden a llegar a una urbanización casi total, como es el caso de EEUU o Canadá (cuya población rural apenas llega al 2-3% del total).
Para 2050, la ONU proyecta que la población urbana en A.Latina alcanzará el 89% en promedio. Los países más urbanizados, como Argentina, Chile, Uruguay, Venezuela y Brasil, estarán entre 93% y 97% de población urbana. Para el 2100 el porcentaje urbano tenderá a ser todavía un poco más alto (93% para toda A.Latina, alrededor de 97-98% para los países más urbanizados), tal como ocurre actualmente en EEUU y otros países desarrollados.
Las lecciones principales de este análisis se pueden sintetizar así:
 

 

 

 

 

1. El desarrollo económico y social produce primero un descenso gradual de la mortalidad, y más tarde un descenso rápido y significativo de la fertilidad, hasta llevarla a niveles inferiores a los de reemplazo. En el período intermedio la tasa de crecimiento aumenta, pero luego se va desacelerando, hasta volverse negativa. La tasa de fertilidad se recupera solamente en niveles muy altos de ingreso y de desarrollo humano.

2. La explosión demográfica mundial de los años 1950-75 está llegando a su fin. El mundo ha entrado en la segunda transición demográfica (encaminándose a tasas de crecimiento bajas y luego negativas). Las tasas de crecimiento de la población mundial están bajando rápidamente, y se estima que la población del mundo alcanzará un nivel máximo alrededor de 2040-60, para comenzar a descender suavemente en las décadas posteriores. En América Latina ese punto de inflexión se alcanzaría antes (2030-50) y en la Argentina posiblemente aún antes ya que está entre los países con menor tasa de crecimiento y mayor nivel de ingreso y desarrollo humano (aunque en los últimos años ya ha sido superada en esto último por Chile y Uruguay).

3. La población es mayoritariamente urbana, y el porcentaje urbano sigue aumentando. La población rural está ya decreciendo en términos absolutos en la mayoría de los países, con la excepción de los más pobres donde todavía sigue aumentando (cada vez más lentamente): aun en esos casos se espera que empiece a disminuir en los próximos 10-20 años. La Argentina ya es 90% urbana, y ese porcentaje aumentará a alrededor de 95% para mitad del siglo 21.

4. Las proyecciones de la ONU consideradas aquí incluyen estimaciones de migración internacional, que se supone que será bastante fuerte en las próximas décadas, sobre todo hacia Europa y Norteamérica.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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