EL DOLOR CORPORAL Y EL ESTADO DE ÁNIMO.

La relación directa e inequívoca que existe entre el cerebro, el estado de ánimo y ciertos dolores físicos, es una antigua presunción colectiva que en la actualidad confirman las investigaciones en el campo de la neurociencia.
Muchas personas padecen frecuentes dolores de cabeza, de espalda, de cuello, de piernas, que no ceden ante tratamientos con analgésicos, antiinflamatorios, masajes o acupuntura. La explicación que habitualmente reciben estos pacientes, atribuyen la causa del malestar a “los nervios”.
Hoy, la neurociencia puede explicar que la vinculación entre lo anímico y lo físico se establece a través de un mecanismo neuroquímico del cerebro, llamado sistema opioide, que produce las endorfinas, sustancias que son como derivados del opio y de la morfina, pero producidos naturalmente por el cerebro.
El sistema opioide tiene dos funciones importantes: a) es un sistema de protección contra el dolor y b) es necesario para tener un buen estado de ánimo. Se ha descubierto con la tomografía por emisión de positrones -que mide los cambios químicos del cerebro- que cuando disminuye el funcionamiento de este sistema aparecen o se exacerban los dolores corporales y se producen “bajones” anímicos.
Para Jaak Panksepp, del Centro de Neurociencia, Mente y Comportamiento de la Universidad Bowling Green State, de EEUU,  “El dolor físico y la tristeza en los humanos, comparten  los mismos senderos neurológicos”. La investigación constató que una región cerebral –llamada corteza cingular anterior- se activa intensamente tanto cuando llega una señal de dolor desde el cuerpo, como cuando existen estados emocionales negativos.
Por lo tanto, no es lo mismo padecer un dolor de cabeza con un buen estado emocional que un dolor de cabeza con una fuerte carga de tensión. En este último caso, el dolor es mucho más intenso, persistente y rebelde a los tratamientos convencionales, ya que la zona cerebral mencionada está doblemente activada: por la vía del dolor físico y por la vía del estado emocional. En consecuencia, la “sensación térmica” del dolor es notoriamente mayor.
El hecho de que la misma zona se active, ya sea por un dolor físico o por un bajón emocional, es la razón por la que un dolor se siente con mayor intensidad cuando se está sometido a presiones emocionales displacenteras, o por el contrario, se pueda percibir como menor cuando la atención está capturada por cosas más urgentes o positivas.
Como consecuencia de las investigaciones mencionadas, se comprobó que los estados de estrés o de depresión producen una marcada desactivación del sistema opioide con la consecuente aparición de dolor. Y a su vez, el menor funcionamiento del sistema opioide desencadena estados de tristeza, ansiedad o desasosiego, produciéndose así un círculo vicioso de realimentación del problema dolor-estado de ánimo. “Pensar positivamente puede ser tan eficaz para aliviar el dolor como una inyección de morfina” ha confirmado Tetsuo Koyama, del Departamento de Neurobiología de la Universidad Wake Forest (EEUU).
El conocimiento de estas investigaciones permite comprender nuevos mecanismos subyacentes en la génesis del dolor, de tal forma que resulta posible encontrar recursos terapéuticos duales para resolver ambos mecanismos de manera simultánea.
Es así, que desde hace pocos meses se dispone en nuestro país de un medicamento que precisamente está indicado en todos aquellos casos que coexisten síntomas emocionales (como el humor triste y la pérdida de interés) con síntomas dolorosos (localizados particularmente en la espalda, abdomen, músculos o cabeza). Y, en especial, es de mayor utilidad para el tratamiento del dolor en pacientes diabéticos.
Como afirma Carlos Soria, presidente de la Asociación Argentina de Psicofarmacología: “Tradicionalmente, se asocia la depresión a la tristeza, pero la depresión posmoderna se ha corporizado, es cada vez más un trastorno del cuerpo”.
ELIAS NORBERTO ABDALA
Psiconeuroendocrinólogo.
Profesor Titular de Psiquiatría, USAL
norbertoabdala@gmail.com
Para VIVA, para columna 16/10/05—————————————————————-

La relación directa e inequívoca que existe entre el cerebro, el estado de ánimo y ciertos dolores físicos, es una antigua presunción colectiva que en la actualidad confirman las investigaciones en el campo de la neurociencia.

Muchas personas padecen frecuentes dolores de cabeza, de espalda, de cuello, de piernas, que no ceden ante tratamientos con analgésicos, antiinflamatorios, masajes o acupuntura. La explicación que habitualmente reciben estos pacientes, atribuyen la causa del malestar a “los nervios”.

Hoy, la neurociencia puede explicar que la vinculación entre lo anímico y lo físico se establece a través de un mecanismo neuroquímico del cerebro, llamado sistema opioide, que produce las endorfinas, sustancias que son como derivados del opio y de la morfina, pero producidos naturalmente por el cerebro.

El sistema opioide tiene dos funciones importantes: a) es un sistema de protección contra el dolor y b) es necesario para tener un buen estado de ánimo. Se ha descubierto con la tomografía por emisión de positrones -que mide los cambios químicos del cerebro- que cuando disminuye el funcionamiento de este sistema aparecen o se exacerban los dolores corporales y se producen “bajones” anímicos.

Para Jaak Panksepp, del Centro de Neurociencia, Mente y Comportamiento de la Universidad Bowling Green State, de EEUU,  “El dolor físico y la tristeza en los humanos, comparten  los mismos senderos neurológicos”. La investigación constató que una región cerebral –llamada corteza cingular anterior- se activa intensamente tanto cuando llega una señal de dolor desde el cuerpo, como cuando existen estados emocionales negativos.

Por lo tanto, no es lo mismo padecer un dolor de cabeza con un buen estado emocional que un dolor de cabeza con una fuerte carga de tensión. En este último caso, el dolor es mucho más intenso, persistente y rebelde a los tratamientos convencionales, ya que la zona cerebral mencionada está doblemente activada: por la vía del dolor físico y por la vía del estado emocional. En consecuencia, la “sensación térmica” del dolor es notoriamente mayor.

El hecho de que la misma zona se active, ya sea por un dolor físico o por un bajón emocional, es la razón por la que un dolor se siente con mayor intensidad cuando se está sometido a presiones emocionales displacenteras, o por el contrario, se pueda percibir como menor cuando la atención está capturada por cosas más urgentes o positivas.

Como consecuencia de las investigaciones mencionadas, se comprobó que los estados de estrés o de depresión producen una marcada desactivación del sistema opioide con la consecuente aparición de dolor. Y a su vez, el menor funcionamiento del sistema opioide desencadena estados de tristeza, ansiedad o desasosiego, produciéndose así un círculo vicioso de realimentación del problema dolor-estado de ánimo. “Pensar positivamente puede ser tan eficaz para aliviar el dolor como una inyección de morfina” ha confirmado Tetsuo Koyama, del Departamento de Neurobiología de la Universidad Wake Forest (EEUU).

El conocimiento de estas investigaciones permite comprender nuevos mecanismos subyacentes en la génesis del dolor, de tal forma que resulta posible encontrar recursos terapéuticos duales para resolver ambos mecanismos de manera simultánea.

Es así, que desde hace pocos meses se dispone en nuestro país de un medicamento que precisamente está indicado en todos aquellos casos que coexisten síntomas emocionales (como el humor triste y la pérdida de interés) con síntomas dolorosos (localizados particularmente en la espalda, abdomen, músculos o cabeza). Y, en especial, es de mayor utilidad para el tratamiento del dolor en pacientes diabéticos.

Como afirma Carlos Soria, presidente de la Asociación Argentina de Psicofarmacología: “Tradicionalmente, se asocia la depresión a la tristeza, pero la depresión posmoderna se ha corporizado, es cada vez más un trastorno del cuerpo”.

ELIAS NORBERTO ABDALA

Psiconeuroendocrinólogo.

Profesor Titular de Psiquiatría, USAL

norbertoabdala@gmail.com

Para VIVA, para columna 16/10/05—————————————————————-

LA TIMIDEZ

La timidez es un rasgo de las personas muy difícil de percibir. Muchas lo son y lo disimulan con maestría, otras, en cambio, presentan inhibiciones que afectan su libertad social: temen hablar en público, emitir opiniones o críticas, formular exigencias o dirimir una discusión; se sonrojan con facilidad, evitan mirar a los ojos y sonríen de manera insegura. Después de la depresión y de la dependencia alcohólica es el trastorno más frecuente.
Con el tiempo y con la educación, las neuronas adquieren una diferenciación particular, ya que la incorporación de nuevas experiencias deja su correspondiente registro cerebral. Son las huellas biológicas de la biografía personal. La memoria emocional almacena los recuerdos de esos sucesos de la crianza, y estos repercuten después, en la adultez, en las funciones del comportamiento.
Parte de las disposiciones que determinan la timidez vienen dadas de nacimiento, son dotación natural. Recientes estudios en genética ya han ubicado los lugares cromosómicos concretos que pueden contener genes relacionados con rasgos psicológicos tales como la timidez, el miedo y la ansiedad.
Otros determinantes son consecuencia de la propia historia. Es habitual que los tímidos hayan crecido en un medio familiar regido por padres sobreprotectores, pero que al mismo tiempo fueron hipercríticos y restrictivos. En ese marco, el niño se desarrolla con la vivencia de ser controlado en su accionar y bajo el riesgo constante de ser criticado o rechazado.
La seguridad y la confianza en un niño se forman a través del reconocimiento permanente de sus méritos. Papás excesivamente rígidos, que emplean el reproche constante, que no saben demostrar afecto y ternura, probablemente formarán niños inseguros y con temores. Los hijos mayores y los hijos únicos son más propensos a padecerla. Sin embargo, a medida que se viven nuevas experiencias y se conquistan éxitos que reafirman la personalidad, la timidez propia de la infancia y la adolescencia podrá ir desapareciendo.
Muchos comportamientos se adquieren a través de modelos, de forma que padres extrovertidos pueden modelar conductas socialmente exitosas en sus hijos y padres poco sociables pueden provocar que sus hijos desarrollen conductas de timidez. El hecho de sentirse rechazado por los compañeros o el padecimiento de enfermedades o anomalías que afecten a la imagen física también pueden determinar el surgimiento de la timidez.
Investigaciones recientes, en especial las del neurobiólogo J. LeDoux, han descubierto los mecanismos cerebrales que sustentan este miedo al contacto con la gente. Su origen radica en unas pequeñísimas porciones del cerebro que generan respuestas emocionales desmedidas ante estímulos sociales percibidos como amenazantes.
Existen tres regiones cerebrales conectadas entre sí, que si  están muy activas, condicionan el comportamiento del tímido. Una de ellas es la corteza prefrontal, zona donde se valora el peligro. Otra región es una situada en la profundidad del cerebro llamada amígdala, que es donde se genera el miedo: cuando está muy activa paraliza la capacidad de pensar. Por lo tanto, es la que termina trabando la conducta social del tímido. La tercera es el hipocampo, a quien le corresponde grabar la memoria a largo plazo y donde queda impreso el producto de la educación temprana.
Como consecuencia de la actividad exagerada de estas tres regiones aumenta en el organismo la producción de dos hormonas: el cortisol y la adrenalina. Estas sustancias producen taquicardia, sudoración, palidez, hipertensión, salivación, etc., que, como en un círculo vicioso, aumenta más el miedo y la inhibición de la persona tímida.
El conocimiento de los mecanismos cerebrales que participan en el trastorno de la timidez ha permitido que se puedan utilizar determinados psicofármacos para su tratamiento, y que se suman  a los eficaces tratamientos psicoterapéuticos vigentes.
Dr. Elías Norberto Abdala.
Psiconeuroendocrinólogo
Profesor Titular de Psiquiatría, USAL.
norbertoabdala@gmail.com
Para VIVA DEL 2/10/05 ——————————————

La timidez es un rasgo de las personas muy difícil de percibir. Muchas lo son y lo disimulan con maestría, otras, en cambio, presentan inhibiciones que afectan su libertad social: temen hablar en público, emitir opiniones o críticas, formular exigencias o dirimir una discusión; se sonrojan con facilidad, evitan mirar a los ojos y sonríen de manera insegura. Después de la depresión y de la dependencia alcohólica es el trastorno más frecuente.

Con el tiempo y con la educación, las neuronas adquieren una diferenciación particular, ya que la incorporación de nuevas experiencias deja su correspondiente registro cerebral. Son las huellas biológicas de la biografía personal. La memoria emocional almacena los recuerdos de esos sucesos de la crianza, y estos repercuten después, en la adultez, en las funciones del comportamiento.

Parte de las disposiciones que determinan la timidez vienen dadas de nacimiento, son dotación natural. Recientes estudios en genética ya han ubicado los lugares cromosómicos concretos que pueden contener genes relacionados con rasgos psicológicos tales como la timidez, el miedo y la ansiedad.

Otros determinantes son consecuencia de la propia historia. Es habitual que los tímidos hayan crecido en un medio familiar regido por padres sobreprotectores, pero que al mismo tiempo fueron hipercríticos y restrictivos. En ese marco, el niño se desarrolla con la vivencia de ser controlado en su accionar y bajo el riesgo constante de ser criticado o rechazado.

La seguridad y la confianza en un niño se forman a través del reconocimiento permanente de sus méritos. Papás excesivamente rígidos, que emplean el reproche constante, que no saben demostrar afecto y ternura, probablemente formarán niños inseguros y con temores. Los hijos mayores y los hijos únicos son más propensos a padecerla. Sin embargo, a medida que se viven nuevas experiencias y se conquistan éxitos que reafirman la personalidad, la timidez propia de la infancia y la adolescencia podrá ir desapareciendo.

Muchos comportamientos se adquieren a través de modelos, de forma que padres extrovertidos pueden modelar conductas socialmente exitosas en sus hijos y padres poco sociables pueden provocar que sus hijos desarrollen conductas de timidez. El hecho de sentirse rechazado por los compañeros o el padecimiento de enfermedades o anomalías que afecten a la imagen física también pueden determinar el surgimiento de la timidez.

Investigaciones recientes, en especial las del neurobiólogo J. LeDoux, han descubierto los mecanismos cerebrales que sustentan este miedo al contacto con la gente. Su origen radica en unas pequeñísimas porciones del cerebro que generan respuestas emocionales desmedidas ante estímulos sociales percibidos como amenazantes.

Existen tres regiones cerebrales conectadas entre sí, que si  están muy activas, condicionan el comportamiento del tímido. Una de ellas es la corteza prefrontal, zona donde se valora el peligro. Otra región es una situada en la profundidad del cerebro llamada amígdala, que es donde se genera el miedo: cuando está muy activa paraliza la capacidad de pensar. Por lo tanto, es la que termina trabando la conducta social del tímido. La tercera es el hipocampo, a quien le corresponde grabar la memoria a largo plazo y donde queda impreso el producto de la educación temprana.

Como consecuencia de la actividad exagerada de estas tres regiones aumenta en el organismo la producción de dos hormonas: el cortisol y la adrenalina. Estas sustancias producen taquicardia, sudoración, palidez, hipertensión, salivación, etc., que, como en un círculo vicioso, aumenta más el miedo y la inhibición de la persona tímida.

El conocimiento de los mecanismos cerebrales que participan en el trastorno de la timidez ha permitido que se puedan utilizar determinados psicofármacos para su tratamiento, y que se suman  a los eficaces tratamientos psicoterapéuticos vigentes.

Dr. Elías Norberto Abdala.

Psiconeuroendocrinólogo

Profesor Titular de Psiquiatría, USAL.

norbertoabdala@gmail.com

Para VIVA DEL 2/10/05 ——————————————

LA FALTA DE ENERGÍA

Muchas personas padecen una sensación de fatiga tanto física como intelectual, que reduce su capacidad de trabajo y le impide realizar hasta las tareas más sencillas. Curiosamente, no aparece como consecuencia de haber realizado un gran esfuerzo, como sería esperable, sino que se manifiesta ante las comunes actividades diarias. Incluso, este inexplicable cansancio  -astenia en el lenguaje médico- puede manifestarse sin que se haya realizado ningún tipo de esfuerzo. Su instalación es progresiva y no hace distinción de sexo ni edad. En  investigaciones iniciales se destacó que era más común entre las mujeres pero es algo que se ha ido descartando en estudios posteriores. Se calcula que genera una de cada cinco consultas en medicina general.
Los síntomas más comunes son la fatiga muscular (sensación de agotamiento o cansancio con esfuerzos mínimos, hormigueos), la fatiga intelectual (atención lábil, dificultad para concentrarse, pérdida de memoria, lentitud mental), la disminución de la vitalidad (pérdida de iniciativa, inhibición, pérdida de interés, desaliento) y sensaciones atípicas (intolerancia a los ruidos, a la luz, zumbidos de oídos, vértigo, visión borrosa).
Dos características destacan a este cansancio: la primera, que no tiene relación con la actividad realizada ni tiene una función reparadora ya que a pesar de que se descanse la falta de energía persiste. La segunda, es que se experimenta desde el comienzo del día, aun antes de haber realizado cualquier gasto de energía (“me levanto cansado”); la fatiga normal, en cambio, se percibe al final del día, después de haber concretado la actividad.
La falta de energía repercute en la vida cotidiana de quien la padece, tanto a nivel  físico, intelectual, sexual, laboral, recreativo y aun en sus relaciones interpersonales. Es,  además,  un problema penoso ya que con frecuencia se agrega la falta de comprensión de la familia, de los amigos y aun hasta la del mismo médico (“Ud. no tiene nada”). Para quien lo padece a veces lo peor es la soledad, el aislamiento y la incomprensión que tiene que enfrentar, aunque, en realidad, la fatiga existe, tiene causas y, especialmente,  tiene solución.
El actual conocimiento neurobiológico ha permitido descubrir que su origen radica en cambios funcionales de la actividad del hipotálamo, un centro cerebral muy pequeño pero de enorme importancia ya que es el encargado de regular las funciones claves para nuestro bienestar. De él depende el estado de ánimo, el apetito, el deseo sexual, el sueño, la liberación de hormonas y  las defensas inmunológicas . Su disfunción acarrea, en consecuencia, trastornos en todas estas áreas. Junto a la glándula hipófisis ajustan diversas condiciones físicas del cuerpo para que éste funcione de manera óptima.
Los cambios en el hipotálamo causan pérdida de energía y de interés como si hubiere “poca batería” o “poca pila”. En una persona sana la energía máxima se produce entre las 12 y las 15 horas del día,  mientras que la fatiga máxima ocurre entre la 0 y las 3 de la madrugada.
Modificaciones producidas en lugares alejados del cerebro actúan sobre el hipotálamo y desincronizan el reloj biológico. Esto significa que se rompe la normal concordancia horaria entre el momento en que el organismo genera habitualmente la energía  y los momentos en los que dicha energía debe ser utilizada para realizar las tareas cotidianas. La consecuencia, entonces, es el cansancio.
Como causas existen varias factibles: cambios químicos cerebrales, conflictos psíquicos (antiguamente llamada “neurastenia”), agentes infecciosos, hiperactividad del sistema inmunológico, cambios hormonales, virosis, etc. A veces los tratamientos han recurrido a los más diversos recursos, ensayándose todo tipo de medicamentos. Cuando, por el contrario, se identifica la causa original del cansancio es posible prescribir un tratamiento que aspire a ser más efectivo.
Dr. Elías Norberto Abdala.
Psiconeuroendocrinólogo
Profesor Titular de Psiquiatría, USAL.
norbertoabdala@gmail.com
Para VIVA DEL 18/9/05 ——————————————

Muchas personas padecen una sensación de fatiga tanto física como intelectual, que reduce su capacidad de trabajo y le impide realizar hasta las tareas más sencillas. Curiosamente, no aparece como consecuencia de haber realizado un gran esfuerzo, como sería esperable, sino que se manifiesta ante las comunes actividades diarias. Incluso, este inexplicable cansancio  -astenia en el lenguaje médico- puede manifestarse sin que se haya realizado ningún tipo de esfuerzo. Su instalación es progresiva y no hace distinción de sexo ni edad. En  investigaciones iniciales se destacó que era más común entre las mujeres pero es algo que se ha ido descartando en estudios posteriores. Se calcula que genera una de cada cinco consultas en medicina general.

Los síntomas más comunes son la fatiga muscular (sensación de agotamiento o cansancio con esfuerzos mínimos, hormigueos), la fatiga intelectual (atención lábil, dificultad para concentrarse, pérdida de memoria, lentitud mental), la disminución de la vitalidad (pérdida de iniciativa, inhibición, pérdida de interés, desaliento) y sensaciones atípicas (intolerancia a los ruidos, a la luz, zumbidos de oídos, vértigo, visión borrosa).

Dos características destacan a este cansancio: la primera, que no tiene relación con la actividad realizada ni tiene una función reparadora ya que a pesar de que se descanse la falta de energía persiste. La segunda, es que se experimenta desde el comienzo del día, aun antes de haber realizado cualquier gasto de energía (“me levanto cansado”); la fatiga normal, en cambio, se percibe al final del día, después de haber concretado la actividad.

La falta de energía repercute en la vida cotidiana de quien la padece, tanto a nivel  físico, intelectual, sexual, laboral, recreativo y aun en sus relaciones interpersonales. Es,  además,  un problema penoso ya que con frecuencia se agrega la falta de comprensión de la familia, de los amigos y aun hasta la del mismo médico (“Ud. no tiene nada”). Para quien lo padece a veces lo peor es la soledad, el aislamiento y la incomprensión que tiene que enfrentar, aunque, en realidad, la fatiga existe, tiene causas y, especialmente,  tiene solución.

El actual conocimiento neurobiológico ha permitido descubrir que su origen radica en cambios funcionales de la actividad del hipotálamo, un centro cerebral muy pequeño pero de enorme importancia ya que es el encargado de regular las funciones claves para nuestro bienestar. De él depende el estado de ánimo, el apetito, el deseo sexual, el sueño, la liberación de hormonas y  las defensas inmunológicas . Su disfunción acarrea, en consecuencia, trastornos en todas estas áreas. Junto a la glándula hipófisis ajustan diversas condiciones físicas del cuerpo para que éste funcione de manera óptima.

Los cambios en el hipotálamo causan pérdida de energía y de interés como si hubiere “poca batería” o “poca pila”. En una persona sana la energía máxima se produce entre las 12 y las 15 horas del día,  mientras que la fatiga máxima ocurre entre la 0 y las 3 de la madrugada.

Modificaciones producidas en lugares alejados del cerebro actúan sobre el hipotálamo y desincronizan el reloj biológico. Esto significa que se rompe la normal concordancia horaria entre el momento en que el organismo genera habitualmente la energía  y los momentos en los que dicha energía debe ser utilizada para realizar las tareas cotidianas. La consecuencia, entonces, es el cansancio.

Como causas existen varias factibles: cambios químicos cerebrales, conflictos psíquicos (antiguamente llamada “neurastenia”), agentes infecciosos, hiperactividad del sistema inmunológico, cambios hormonales, virosis, etc. A veces los tratamientos han recurrido a los más diversos recursos, ensayándose todo tipo de medicamentos. Cuando, por el contrario, se identifica la causa original del cansancio es posible prescribir un tratamiento que aspire a ser más efectivo.

Dr. Elías Norberto Abdala.

Psiconeuroendocrinólogo

Profesor Titular de Psiquiatría, USAL.

norbertoabdala@gmail.com

Para VIVA DEL 18/9/05

EL MALHUMOR MASCULINO

El biólogo escocés G. Lincoln fue el  primero que describió el llamado Síndrome de Irritabilidad Masculina, en un artículo publicado en la revista New Scientist en el año 2002. Como conclusión de sus investigaciones, destacaba que su causa era la disminución de testosterona, la hormona masculina por excelencia.
Entre los síntomas más comunes que  aquejan al hombre malhumorado se incluyen la irritabilidad que ante el mínimo problema doméstico o laboral dispara su necesidad de discutir, a lo que se suma, además, la disminución del deseo sexual, fatiga, somnolencia, desconcentración y reducción del rendimiento intelectual. El estado de ánimo se caracteriza por la impaciencia, la insatisfacción, la falta de autoestima, la hostilidad, la sensación de no ser querido junto a una conducta desafiante y demandante.
La gran mayoría de los hombres con niveles bajos de testosterona no buscan tratamiento porque no atribuyen las causas de su malestar a causas físicas. Además de que sea muy común, a diferencia de lo que ocurre con las mujeres, la tendencia a silenciar los síntomas y no buscar ayuda especializada.
La testosterona impregna las funciones del cuerpo masculino, en especial las del sistema nervioso, y es un error considerar su disminución sólo como causante de un menor rendimiento sexual.
A partir de los 30 años, los niveles de testosterona, comienzan a disminuir aproximadamente  en un 10% por década, pero en algunos hombres caen más que en otros, estimándose que la tercera parte de los hombres a partir de los 45 años, tienen la testosterona lo suficientemente baja como para advertir síntomas.
Simultáneamente, otro factor de la sangre, la Globulina Transportadora de la Hormona Sexual aumenta con la edad, atrapa gran parte de la testosterona circulante e impide que produzca su efecto, ya que es la testosterona libre la que  cumple con la tarea efectiva. Por lo tanto, ya sea por una caída en los niveles de testosterona o por un aumento de la globulina transportadora la consecuencia es similar: menor funcionamiento hormonal.
Diversas investigaciones demuestran que situaciones como el estrés, el exceso de trabajo, un accidente grave o un duelo pueden provocar un descenso en los niveles de esta hormona. Y se debe tener presente que así como la baja de la testosterona produce depresión, también  la depresión puede hacer disminuir la producción de  testosterona, generándose así un progresivo círculo vicioso.
Un tema de discusión entre los expertos es si la disminución de la testosterona induce de manera directa cambios del estado de ánimo o si sólo representa un factor de vulnerabilidad que impide encarar de manera efectiva las circunstancias conflictivas de la vida.
Existen opiniones contrapuestas entre los médicos acerca de si la disminución de la testosterona es un proceso normal relacionado con la edad o si es un trastorno que requiere ser tratado. Así, mientras muchos médicos no creen ni que exista como trastorno y no ofrecerán tratamiento, otros son decididos partidarios de su existencia y lo diagnostican con frecuencia. Actualmente, el enfoque equilibrado del problema parece la opción más razonable: si existen síntomas o la testosterona libre es inferior a lo normal puede ser útil un tratamiento de  prueba con aporte de testosterona durante tres meses. Si los síntomas no mejoran  probablemente no se debe continuar la terapéutica. Por el contrario, si hay mejoría, debería mantenerse el tratamiento por un lapso prolongado. Como dijo alguien: “No se puede volver el reloj atrás, pero se puede volver a dar cuerda”.
El peligro de los productos que suministran testosterona es que están reemplazando una hormona. Por eso, el uso de estos fármacos sólo está indicado en aquellas personas sin patología orgánica en la que está certificada la disminución hormonal y no para mejorar el rendimiento sexual, combatir el envejecimiento o mantener un cuerpo atlético.
Dr. Elías Norberto Abdala.
Psiconeuroendocrinólogo.
Profesor Titular de Psiquiatría, USAL.
norbertoabdala@gmail.com
Para VIVA del 4/9/05

El biólogo escocés G. Lincoln fue el  primero que describió el llamado Síndrome de Irritabilidad Masculina, en un artículo publicado en la revista New Scientist en el año 2002. Como conclusión de sus investigaciones, destacaba que su causa era la disminución de testosterona, la hormona masculina por excelencia.

Entre los síntomas más comunes que  aquejan al hombre malhumorado se incluyen la irritabilidad que ante el mínimo problema doméstico o laboral dispara su necesidad de discutir, a lo que se suma, además, la disminución del deseo sexual, fatiga, somnolencia, desconcentración y reducción del rendimiento intelectual. El estado de ánimo se caracteriza por la impaciencia, la insatisfacción, la falta de autoestima, la hostilidad, la sensación de no ser querido junto a una conducta desafiante y demandante.

La gran mayoría de los hombres con niveles bajos de testosterona no buscan tratamiento porque no atribuyen las causas de su malestar a causas físicas. Además de que sea muy común, a diferencia de lo que ocurre con las mujeres, la tendencia a silenciar los síntomas y no buscar ayuda especializada.

La testosterona impregna las funciones del cuerpo masculino, en especial las del sistema nervioso, y es un error considerar su disminución sólo como causante de un menor rendimiento sexual.

A partir de los 30 años, los niveles de testosterona, comienzan a disminuir aproximadamente  en un 10% por década, pero en algunos hombres caen más que en otros, estimándose que la tercera parte de los hombres a partir de los 45 años, tienen la testosterona lo suficientemente baja como para advertir síntomas.

Simultáneamente, otro factor de la sangre, la Globulina Transportadora de la Hormona Sexual aumenta con la edad, atrapa gran parte de la testosterona circulante e impide que produzca su efecto, ya que es la testosterona libre la que  cumple con la tarea efectiva. Por lo tanto, ya sea por una caída en los niveles de testosterona o por un aumento de la globulina transportadora la consecuencia es similar: menor funcionamiento hormonal.

Diversas investigaciones demuestran que situaciones como el estrés, el exceso de trabajo, un accidente grave o un duelo pueden provocar un descenso en los niveles de esta hormona. Y se debe tener presente que así como la baja de la testosterona produce depresión, también  la depresión puede hacer disminuir la producción de  testosterona, generándose así un progresivo círculo vicioso.

Un tema de discusión entre los expertos es si la disminución de la testosterona induce de manera directa cambios del estado de ánimo o si sólo representa un factor de vulnerabilidad que impide encarar de manera efectiva las circunstancias conflictivas de la vida.

Existen opiniones contrapuestas entre los médicos acerca de si la disminución de la testosterona es un proceso normal relacionado con la edad o si es un trastorno que requiere ser tratado. Así, mientras muchos médicos no creen ni que exista como trastorno y no ofrecerán tratamiento, otros son decididos partidarios de su existencia y lo diagnostican con frecuencia. Actualmente, el enfoque equilibrado del problema parece la opción más razonable: si existen síntomas o la testosterona libre es inferior a lo normal puede ser útil un tratamiento de  prueba con aporte de testosterona durante tres meses. Si los síntomas no mejoran  probablemente no se debe continuar la terapéutica. Por el contrario, si hay mejoría, debería mantenerse el tratamiento por un lapso prolongado. Como dijo alguien: “No se puede volver el reloj atrás, pero se puede volver a dar cuerda”.

El peligro de los productos que suministran testosterona es que están reemplazando una hormona. Por eso, el uso de estos fármacos sólo está indicado en aquellas personas sin patología orgánica en la que está certificada la disminución hormonal y no para mejorar el rendimiento sexual, combatir el envejecimiento o mantener un cuerpo atlético.

Dr. Elías Norberto Abdala.

Psiconeuroendocrinólogo.

Profesor Titular de Psiquiatría, USAL.

norbertoabdala@gmail.com

Para VIVA del 4/9/05

LOS DULCES ¿ALIMENTOS O DROGAS?

Durante el primer año de vida los niños aprenden a conocer el mundo utilizando su boca y la primera relación afectiva que se desarrolla entre la madre y el bebé se basa en la comida. El sentirse amorosamente en brazos mientras toma el pecho hace que surja, en el chico, una conexión mental entre la vivencia de tranquilidad y  seguridad, por un lado, con el proceso de alimentación, por otro. A través de los años, las experiencias del niño se van ampliando y las actividades orales gratificantes se convierten solo en parte de un vasto grupo de experiencias sensoriales. Como consecuencia de esas experiencias tempranas persisten en los adultos actividades placenteras relacionadas con la boca (comer, besar y fumar).

Que los estados emocionales influyan en la dieta y en el tipo de alimentos que se ingieren, también tiene relación directa con este hecho. Bien lo saben, por ejemplo, aquellos que, a pesar de querer bajar de peso, de intentar reducir los niveles de colesterol o de pretender cuidar su figura, sienten en la noche una imperiosa necesidad de comer chocolate o “algo dulce”. Estas  personas se mueven bajo el impulso de fuerzas que, sienten, no pueden controlar, y que las investigaciones neurobiológicas confirman que responde más a una necesidad química del organismo que a la falta de voluntad.

Los neuroendocrinólogos D.Wurtman y J.Wurtman sostienen que los dulces son utilizados,  muchas veces, como antidepresivos en las personas con estrés prolongado, en las mujeres durante el período premenstrual, en los pacientes deprimidos o en quienes están dejando de fumar. ¿Cuál es el motivo? Que en todos estos casos disminuye la serotonina cerebral, principal sustancia responsable de un buen estado de ánimo, y el consumo chocolates, dulces o hidratos de carbono resulta la vía más rápida para que el cerebro aumente su producción, según demostraron las investigaciones del Departamento de Nutrición del Massachussets Institute of Technology.

Al despertar, la serotonina se encuentra muy elevada y por tal razón no apetece comer un plato de fideos, ni un chocolate ni tampoco un helado. El nivel de serotonina en el cerebro tiende a permanecer estable durante todo el día en la mayoría de las personas pero en una minoría, desciende a partir del atardecer, lo que conduce a sensaciones de tensión, irritabilidad o cansancio. La calma y el bienestar pueden ser restaurados -transitoriamente-ingiriendo un alimento rico en hidratos de carbono. La alimentación de estas personas, que durante el verano es normal, en el invierno suele desordenarse (no tanto en las comidas pero si a la hora de los postres) por que en esa época del año los niveles de serotonina decaen todavía de manera más marcada.

La tendencia a comer dulces se presenta en ambos sexos, pero en la mujer es más frecuente por razones hormonales. En los días previos a la menstruación, es habitual que se instale un estado de ánimo disfórico, es decir, una combinación de tristeza e irritabilidad. Esto ocurre por que esa etapa del ciclo genera una disminución de la serotonina y del magnesio, sustancias que aumentan cuando se ingiere chocolates o dulces. La mujer, además, sufre cambios hormonales por diversas razones (embarazo, menopausia, uso de anticonceptivos, hipotiroidismo, etc.) que la hacen más vulnerable a padecer esta “necesidad de comer dulces”. Estos conocimientos permiten usar diversos fármacos que, al aumentar la producción de serotonina,  modifican esta tendencia a comer dulces al corregir el desorden neuroquímico subyacente.

¿Por qué cuesta dejar de comer dulces? Porque quien ingiere dulces sentirá hambre rápidamente ya que los niveles de azúcar son “barridos” de la sangre por la insulina que generan los propios hidratos de carbonos.  Y la disminución del azúcar sanguínea (llamada hipoglucemia) inducirá a la persona a comer nuevamente dulces y continuar así el círculo vicioso.

Dr. Elías Norberto Abdala.

Psiconeuroendocrinólogo.

Profesor Titular de Psiquiatría, USAL.

norbertoabdala@gmail.com

Para VIVA del 21/8/05

ATRACCIÓN FATAL

Cuando un médico receta un medicamento, es frecuente que el paciente lea el folleto adjunto para conocer en detalle sus acciones, sus efectos secundarios y su posible toxicidad. Si el folleto señalara que el remedio indicado contiene 65 sustancias que producen cáncer y adicción, el paciente pensaría que el médico es, por lo menos, un irresponsable. Pues eso hace el fumador: canaliza su ansiedad con un “medicamento” llamado cigarrillo, que dentro de los 4.000 componentes químicos que contiene, incluye amoníaco, benzopireno, cianuro de hidrógeno, dióxido de carbono, monóxido de carbono y arsénico, responsables de inducir cáncer de pulmón y enfermedades cardíacas.
Muchos fumadores padecen, sin saberlo, una “depresión sin depresión”, es decir, un cuadro depresivo-ansioso oculto que se expresa con manifestaciones corporales, tales como  cansancio, dolores de cabeza o de espalda, dificultad para concentrarse y problemas de sueño. El fumador inhala todos los elementos tóxicos del cigarrillo para utilizar como tranquilizante y antidepresivo el “medicamento” nicotina. Ignora que se está auto-medicando, es decir, que recibe un medicamento que él mismo se prescribe para lograr alivio a su tensión emocional. Medicamento con alto riesgo para la salud, por cierto, ya que en la Argentina es el responsable de una muerte cada 15 minutos. En Estados Unidos es causante de más defunciones que la suma de las producidas por el consumo de alcohol, drogas, accidentes automovilísticos, asesinatos,  suicidios y el SIDA.
La nicotina activa dos centros cerebrales: el sistema Mesolímbico Dopaminérgico, que es el centro del placer y de la gratificación, y el Locus Ceruleus, que es el encargado del estado de alerta y de vigilia. La estimulación de ambos, por la nicotina, mejora las funciones cognitivas, la capacidad de concentración, las perfomances intelectuales y reduce las reacciones de estrés, proporcionando una sensación de seguridad y de relajación en situaciones críticas.
La nicotina es adictiva, por lo que el fumador queda esclavo del cigarrillo (la palabra “adictus” significa, precisamente, esclavo). Esto implica que, a mayor consumo, mayor deseo de un próximo cigarrillo.
En los últimos 13 años se han producido avances importantes para el tratamiento del tabaquismo. Hacia 1992, el Instituto de Salud de los EEUU constató, después de precisos estudios estadísticos, que todo el presupuesto que había destinado al tratamiento de veinte millones de fumadores con técnicas de psicoeducación y grupos de autoayuda, había logrado que sólo el 3% de los pacientes abandonaran el hábito de fumar. Por tal motivo, a partir de 1993 comenzaron a utilizarse los parches dérmicos de nicotina, lo que permitió que aumentara a un 12% la cantidad de pacientes que dejaron de fumar. La idea que sostenía esta estrategia apuntaba a continuar con el aporte de la nicotina, pero eliminando las demás sustancias tóxicas del cigarrillo, para después empezar, progresivamente, a disminuir la nicotina con parches de menores concentraciones.
El descubrimiento de que la nicotina aumenta los niveles cerebrales de dopamina permitió, que a partir de 1999, se comenzara a utilizar un psicofármaco que tenía similar acción que la nicotina por actuar en los mismos centros cerebrales. Las estadísticas constataron que su uso elevó a un 45 % los éxitos terapéuticos.
En la actualidad el arsenal farmacológico ya dispone de media docena de productos que, utilizados en combinaciones adecuadas, según las características de cada persona fumadora, permite que el porcentaje de logros terapéuticos ascienda a un 72% de los pacientes tratados.
Se estima que se pierden 5,5 minutos de vida por cada cigarrillo que se fuma. Así, en una persona de 65 años que fuma un atado por día, su expectativa de vida disminuye entre 3 y 5 años, en relación a una no fumadora de la misma edad. El cigarrillo: una atracción fatal, literalmente.
Dr. Elías Norberto Abdala
Psiconeuroendocrinólogo
Profesor Titular de Psiquiatría, USAL

Cuando un médico receta un medicamento, es frecuente que el paciente lea el folleto adjunto para conocer en detalle sus acciones, sus efectos secundarios y su posible toxicidad. Si el folleto señalara que el remedio indicado contiene 65 sustancias que producen cáncer y adicción, el paciente pensaría que el médico es, por lo menos, un irresponsable. Pues eso hace el fumador: canaliza su ansiedad con un “medicamento” llamado cigarrillo, que dentro de los 4.000 componentes químicos que contiene, incluye amoníaco, benzopireno, cianuro de hidrógeno, dióxido de carbono, monóxido de carbono y arsénico, responsables de inducir cáncer de pulmón y enfermedades cardíacas.

Muchos fumadores padecen, sin saberlo, una “depresión sin depresión”, es decir, un cuadro depresivo-ansioso oculto que se expresa con manifestaciones corporales, tales como  cansancio, dolores de cabeza o de espalda, dificultad para concentrarse y problemas de sueño. El fumador inhala todos los elementos tóxicos del cigarrillo para utilizar como tranquilizante y antidepresivo el “medicamento” nicotina. Ignora que se está auto-medicando, es decir, que recibe un medicamento que él mismo se prescribe para lograr alivio a su tensión emocional. Medicamento con alto riesgo para la salud, por cierto, ya que en la Argentina es el responsable de una muerte cada 15 minutos. En Estados Unidos es causante de más defunciones que la suma de las producidas por el consumo de alcohol, drogas, accidentes automovilísticos, asesinatos,  suicidios y el SIDA.

La nicotina activa dos centros cerebrales: el sistema Mesolímbico Dopaminérgico, que es el centro del placer y de la gratificación, y el Locus Ceruleus, que es el encargado del estado de alerta y de vigilia. La estimulación de ambos, por la nicotina, mejora las funciones cognitivas, la capacidad de concentración, las perfomances intelectuales y reduce las reacciones de estrés, proporcionando una sensación de seguridad y de relajación en situaciones críticas.

La nicotina es adictiva, por lo que el fumador queda esclavo del cigarrillo (la palabra “adictus” significa, precisamente, esclavo). Esto implica que, a mayor consumo, mayor deseo de un próximo cigarrillo.

En los últimos 13 años se han producido avances importantes para el tratamiento del tabaquismo. Hacia 1992, el Instituto de Salud de los EEUU constató, después de precisos estudios estadísticos, que todo el presupuesto que había destinado al tratamiento de veinte millones de fumadores con técnicas de psicoeducación y grupos de autoayuda, había logrado que sólo el 3% de los pacientes abandonaran el hábito de fumar. Por tal motivo, a partir de 1993 comenzaron a utilizarse los parches dérmicos de nicotina, lo que permitió que aumentara a un 12% la cantidad de pacientes que dejaron de fumar. La idea que sostenía esta estrategia apuntaba a continuar con el aporte de la nicotina, pero eliminando las demás sustancias tóxicas del cigarrillo, para después empezar, progresivamente, a disminuir la nicotina con parches de menores concentraciones.

El descubrimiento de que la nicotina aumenta los niveles cerebrales de dopamina permitió, que a partir de 1999, se comenzara a utilizar un psicofármaco que tenía similar acción que la nicotina por actuar en los mismos centros cerebrales. Las estadísticas constataron que su uso elevó a un 45 % los éxitos terapéuticos.

En la actualidad el arsenal farmacológico ya dispone de media docena de productos que, utilizados en combinaciones adecuadas, según las características de cada persona fumadora, permite que el porcentaje de logros terapéuticos ascienda a un 72% de los pacientes tratados.

Se estima que se pierden 5,5 minutos de vida por cada cigarrillo que se fuma. Así, en una persona de 65 años que fuma un atado por día, su expectativa de vida disminuye entre 3 y 5 años, en relación a una no fumadora de la misma edad. El cigarrillo: una atracción fatal, literalmente.

Dr. Elías Norberto Abdala

Psiconeuroendocrinólogo

Profesor Titular de Psiquiatría, USAL

La actitud de “dejar para mañana lo que se debe hacer hoy”.

¿Cuántas personas prometen empezar una dieta restringida en calorías “el lunes”,  intentan concurrir al gimnasio y lo evitan sistemáticamente, se proponen rendir exámenes a los que no se presentan, se  juran dejar de fumar de manera recurrente o postergan de modo indefinido la ruptura de una relación sentimental insatisfactoria, por dar sólo algunos ejemplos corrientes?
Aunque la tendencia a postergar aquello que resulta un esfuerzo es una reacción normal que afecta a todas las personas en algún momento, en otras esta actitud no es la excepción sino una característica que a menudo se extiende a distintos planos de la vida y se mantiene a lo largo del tiempo. Esta peculiaridad tiene un nombre que la define: procrastinación. Posponer, demorar, aplazar, son todos sinónimos de una acción a la que se le debería dar prioridad y que se deja para después.
Quienes lo hacen le dan más importancia al alivio inmediato que produce dejar de hacer una tarea que disgusta, que a los beneficios a largo plazo por haberla realizado. Por ejemplo, el posponer la clasificación y el archivo de una serie de documentos de trabajo trae la ventaja a corto plazo de no realizar algo que es monótono, crea molestia y puede ser muy aburrido. Por lo tanto, se obtiene un alivio inmediato, pero se priva del beneficio futuro al que se accedería, como el tener en orden el lugar de trabajo, encontrar en forma inmediata un documento, etc.
La procrastinación se puede observar en personalidades de muy distintas características. A veces son personas con baja tolerancia a la frustración que buscan el placer de manera constante, rechazan todo aquello que les resulte desagradable e intentan pasarlo bien gratificándose en todo momento.
Otras, suelen estar más preocupadas por satisfacer sus necesidades emocionales que atentos al trabajo o al estudio, que quedan en un segundo plano.
Para algunos la meta final -obtener un título, por ejemplo- no vale la pena y no justifica el esfuerzo. Finalmente, otros,  al ser demasiado críticos consigo mismo o al sentirse menos capacitados que  los demás, evitan  poner a prueba su valía personal.
Sea cuales  fueran  las características de  personalidad de quienes posponen sistemáticamente la concreción de sus objetivos, en todos suele producirse un alto grado de insatisfacción cuando ésto sucede, aunque argumenten, a modo de justificación, razones tales como “Me sentiré mejor si dejo esto para mañana” o “Lo dejo para último momento porque funciono mejor bajo presión”. Estudios realizados en poblaciones universitarias de EEUU en el año 2002, demostraron que los estudiantes con tendencia a dilatar la preparación de sus exámenes, presentaban con frecuencia dificultad para dormir, depresión y trastornos psicosomáticos. Otro de los costos visibles es la repercusión en los vínculos sociales: quienes funcionan de este modo están impedidos de participar en equipos de trabajo  o mantener el ritmo de las actividades de sus pares.
Aunque los rasgos psicológicos mencionados tienen mucho que ver con este problema, recientes investigaciones en el campo neurobiológico revelan, en muchos de quienes procrastinan, la existencia de sutiles modificaciones en la química cerebral que podrían determinar esas continuas postergaciones. Los especialistas  hacen foco en unas sustancias cerebrales llamadas catecolaminas,  fundamentales en todo lo que concierne al interés y la energía vital. Los niveles adecuados de estas sustancias resultan imprescindibles para poder concretar una acción de principio a fin, dejando de lado los demás factores de distracción. Cuando las catecolaminas se hallan disminuidas, suele suceder que llevar a la práctica un proyecto puede representar un esfuerzo psíquico imposible de superar. Esa es la causa por la que muchas veces estas personas tienden a abandonar lo proyectado, aunque desde el plano racional reconozcan la necesidad de concretarlo.
Dr. Elías Norberto Abdala.
Psiconeuroendocrinólogo.
Profesor Titular de Psiquiatría, USAL.
norbertoabdala@gmail.com
Para VIVA, 13 de julio 2005.

¿Cuántas personas prometen empezar una dieta restringida en calorías “el lunes”,  intentan concurrir al gimnasio y lo evitan sistemáticamente, se proponen rendir exámenes a los que no se presentan, se  juran dejar de fumar de manera recurrente o postergan de modo indefinido la ruptura de una relación sentimental insatisfactoria, por dar sólo algunos ejemplos corrientes?

Aunque la tendencia a postergar aquello que resulta un esfuerzo es una reacción normal que afecta a todas las personas en algún momento, en otras esta actitud no es la excepción sino una característica que a menudo se extiende a distintos planos de la vida y se mantiene a lo largo del tiempo. Esta peculiaridad tiene un nombre que la define: procrastinación. Posponer, demorar, aplazar, son todos sinónimos de una acción a la que se le debería dar prioridad y que se deja para después.

Quienes lo hacen le dan más importancia al alivio inmediato que produce dejar de hacer una tarea que disgusta, que a los beneficios a largo plazo por haberla realizado. Por ejemplo, el posponer la clasificación y el archivo de una serie de documentos de trabajo trae la ventaja a corto plazo de no realizar algo que es monótono, crea molestia y puede ser muy aburrido. Por lo tanto, se obtiene un alivio inmediato, pero se priva del beneficio futuro al que se accedería, como el tener en orden el lugar de trabajo, encontrar en forma inmediata un documento, etc.

La procrastinación se puede observar en personalidades de muy distintas características. A veces son personas con baja tolerancia a la frustración que buscan el placer de manera constante, rechazan todo aquello que les resulte desagradable e intentan pasarlo bien gratificándose en todo momento.

Otras, suelen estar más preocupadas por satisfacer sus necesidades emocionales que atentos al trabajo o al estudio, que quedan en un segundo plano.

Para algunos la meta final -obtener un título, por ejemplo- no vale la pena y no justifica el esfuerzo. Finalmente, otros,  al ser demasiado críticos consigo mismo o al sentirse menos capacitados que  los demás, evitan  poner a prueba su valía personal.

Sea cuales  fueran  las características de  personalidad de quienes posponen sistemáticamente la concreción de sus objetivos, en todos suele producirse un alto grado de insatisfacción cuando ésto sucede, aunque argumenten, a modo de justificación, razones tales como “Me sentiré mejor si dejo esto para mañana” o “Lo dejo para último momento porque funciono mejor bajo presión”. Estudios realizados en poblaciones universitarias de EEUU en el año 2002, demostraron que los estudiantes con tendencia a dilatar la preparación de sus exámenes, presentaban con frecuencia dificultad para dormir, depresión y trastornos psicosomáticos. Otro de los costos visibles es la repercusión en los vínculos sociales: quienes funcionan de este modo están impedidos de participar en equipos de trabajo  o mantener el ritmo de las actividades de sus pares.

Aunque los rasgos psicológicos mencionados tienen mucho que ver con este problema, recientes investigaciones en el campo neurobiológico revelan, en muchos de quienes procrastinan, la existencia de sutiles modificaciones en la química cerebral que podrían determinar esas continuas postergaciones. Los especialistas  hacen foco en unas sustancias cerebrales llamadas catecolaminas,  fundamentales en todo lo que concierne al interés y la energía vital. Los niveles adecuados de estas sustancias resultan imprescindibles para poder concretar una acción de principio a fin, dejando de lado los demás factores de distracción. Cuando las catecolaminas se hallan disminuidas, suele suceder que llevar a la práctica un proyecto puede representar un esfuerzo psíquico imposible de superar. Esa es la causa por la que muchas veces estas personas tienden a abandonar lo proyectado, aunque desde el plano racional reconozcan la necesidad de concretarlo.

Dr. Elías Norberto Abdala.

Psiconeuroendocrinólogo.

Profesor Titular de Psiquiatría, USAL.

norbertoabdala@gmail.com

Para VIVA, 13 de julio 2005.

DORMIR BIEN FORTALECE LA MEMORIA.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) organizó hace poco tiempo el Proyecto Mundial Sueño y Salud, con el lema “Dormir bien es vivir mejor”. El proyecto fue producto de una investigación previa, cuyos resultados hablaban de una notable falta de atención internacional sobre el difundido problema del insomnio y subrayaban que sólo un cinco por ciento de quienes lo padecen consultan al médico.
La historia dice que a partir del siglo XX y con la introducción de la luz artificial, han ido reduciéndose progresivamente las horas de sueño en la población de los países industrializados. Esta nueva realidad, que entre otras permitió prolongar las actividades sociales, familiares y de ocio, e implantó el trabajo nocturno y por turnos rotatorios, modificó también, de forma drástica, los estilos de vida de millones y millones de personas.
El dormir, lejos de ser una etapa inactiva de reposo, es un estado de intensa actividad biológica durante la cual se operan cambios hormonales, metabólicos, térmicos, bioquímicos, cerebrales y mentales, fundamentales para lograr el equilibrio psicofísico y la sensación de bienestar durante el día. Sin duda, dormir es importante. No sólo lo sabe quién duerme mal: es difícil pensar que se trate de una cuestión banal si el organismo invierte en esto una tercera parte de la vida.
Una de las funciones principales del sueño, y quizás la más sofisticada, es fortalecer la memoria: las investigaciones más recientes demuestran que el proceso de almacenar la información en la memoria se realiza mientras se duerme. Un grupo de investigadores alemanes del Instituto de Neuroendocrinología de Lübeck, demostró que lo que un individuo acaba de aprender y experimentar durante el día se almacena en el hipocampo, una zona muy pequeña del interior del cerebro llamada así por que su forma asemeja a un caballito de mar.
Durante el sueño nocturno, los datos incorporados son reactivados y reproducidos una y otra vez por el mismo hipocampo. Con cada repetición  la información se envía, a su vez, a la corteza cerebral, donde se va grabando más y más hondo en el tejido cerebral, integrando la así llamada memoria de largo plazo. Es decir, que mientras se duerme, las informaciones pasan de una parte del cerebro a la otra. Por lo tanto, lo que se  aprende durante el día se consolida en la memoria durante la noche. Esta es la causa por la cual quien ha dormido bien, pueda tener al despertar una visión más ordenada de los problemas que han quedado pendientes, o incluso encontrar la solución a un problema mientras duerme.
El descubridor del ADN  y Premio Nobel Francis Crick apunta que durante el sueño el cerebro se desprende de toda la información inservible del día precedente y se producen nuevas conexiones entre las neuronas, con la aparición de más y mejores circuitos cerebrales. Y a mayores circuitos, mayores rendimientos de las acciones del cerebro.
Las experiencias estresantes muy traumáticas son grabadas con firmeza en la memoria y producen vívidos recuerdos que perduran en el tiempo (por ejemplo, la caída de las Torres el 11-S). Por el contrario, el estrés si es menos intenso pero más prolongado, lesiona el hipocampo y, por lo tanto, deteriora  la memoria.
Dormir es una función irreemplazable ya que es el único mecanismo del que dispone el cerebro para su propia recuperación. Durante el sueño el cuerpo, el cerebro y la mente se restauran a sí mismos aunque, paradójicamente, todos siguen muy activos.
Un viejo adagio aconseja consultar con la almohada los asuntos serios antes de tomar una decisión. Las nuevas investigaciones experimentales confirman esa idea como efectiva ya que lo mejor que puede hacer una persona ante un problema, un reto académico o complicadas decisiones, es …dormir bien.
Por último, pero no por eso menos importante, hay que tener presente que los tranquilizantes que habitualmente se usan para solucionar el insomnio deterioran la memoria.
Para VIVA, junio 2005.———————
Dr. Elías Norberto Abdala
Psiconeuroendocrinólogo
Profesor Titular de Psiquiatría, USAL.
norbertoabdala@fibertel.com.ar

La Organización Mundial de la Salud (OMS) organizó hace poco tiempo el Proyecto Mundial Sueño y Salud, con el lema “Dormir bien es vivir mejor”. El proyecto fue producto de una investigación previa, cuyos resultados hablaban de una notable falta de atención internacional sobre el difundido problema del insomnio y subrayaban que sólo un cinco por ciento de quienes lo padecen consultan al médico.

La historia dice que a partir del siglo XX y con la introducción de la luz artificial, han ido reduciéndose progresivamente las horas de sueño en la población de los países industrializados. Esta nueva realidad, que entre otras permitió prolongar las actividades sociales, familiares y de ocio, e implantó el trabajo nocturno y por turnos rotatorios, modificó también, de forma drástica, los estilos de vida de millones y millones de personas.

El dormir, lejos de ser una etapa inactiva de reposo, es un estado de intensa actividad biológica durante la cual se operan cambios hormonales, metabólicos, térmicos, bioquímicos, cerebrales y mentales, fundamentales para lograr el equilibrio psicofísico y la sensación de bienestar durante el día. Sin duda, dormir es importante. No sólo lo sabe quién duerme mal: es difícil pensar que se trate de una cuestión banal si el organismo invierte en esto una tercera parte de la vida.

Una de las funciones principales del sueño, y quizás la más sofisticada, es fortalecer la memoria: las investigaciones más recientes demuestran que el proceso de almacenar la información en la memoria se realiza mientras se duerme. Un grupo de investigadores alemanes del Instituto de Neuroendocrinología de Lübeck, demostró que lo que un individuo acaba de aprender y experimentar durante el día se almacena en el hipocampo, una zona muy pequeña del interior del cerebro llamada así por que su forma asemeja a un caballito de mar.

Durante el sueño nocturno, los datos incorporados son reactivados y reproducidos una y otra vez por el mismo hipocampo. Con cada repetición  la información se envía, a su vez, a la corteza cerebral, donde se va grabando más y más hondo en el tejido cerebral, integrando la así llamada memoria de largo plazo. Es decir, que mientras se duerme, las informaciones pasan de una parte del cerebro a la otra. Por lo tanto, lo que se  aprende durante el día se consolida en la memoria durante la noche. Esta es la causa por la cual quien ha dormido bien, pueda tener al despertar una visión más ordenada de los problemas que han quedado pendientes, o incluso encontrar la solución a un problema mientras duerme.

El descubridor del ADN  y Premio Nobel Francis Crick apunta que durante el sueño el cerebro se desprende de toda la información inservible del día precedente y se producen nuevas conexiones entre las neuronas, con la aparición de más y mejores circuitos cerebrales. Y a mayores circuitos, mayores rendimientos de las acciones del cerebro.

Las experiencias estresantes muy traumáticas son grabadas con firmeza en la memoria y producen vívidos recuerdos que perduran en el tiempo (por ejemplo, la caída de las Torres el 11-S). Por el contrario, el estrés si es menos intenso pero más prolongado, lesiona el hipocampo y, por lo tanto, deteriora  la memoria.

Dormir es una función irreemplazable ya que es el único mecanismo del que dispone el cerebro para su propia recuperación. Durante el sueño el cuerpo, el cerebro y la mente se restauran a sí mismos aunque, paradójicamente, todos siguen muy activos.

Un viejo adagio aconseja consultar con la almohada los asuntos serios antes de tomar una decisión. Las nuevas investigaciones experimentales confirman esa idea como efectiva ya que lo mejor que puede hacer una persona ante un problema, un reto académico o complicadas decisiones, es …dormir bien.

Por último, pero no por eso menos importante, hay que tener presente que los tranquilizantes que habitualmente se usan para solucionar el insomnio deterioran la memoria.

Para VIVA, junio 2005.———————

Dr. Elías Norberto Abdala

Psiconeuroendocrinólogo

Profesor Titular de Psiquiatría, USAL.

norbertoabdala@fibertel.com.ar

LA QUÍMICA DEL ABURRIMIENTO

Las grandes tragedias de la historia (guerras, catástrofes naturales, épocas de hambre, epidemias, etc.) no dejan lugar al aburrimiento. En circunstancias como esas, todas las energías están movilizadas para vencer la adversidad. Sin preguntarse nada, cada uno conoce claramente la acción a realizar y la razón de su esfuerzo. Por el contrario, para algunos individuos cuando no hay problemas serios, es la vida misma la que se convierte en problema. ¿Por qué? Porque se aburren.

Todos podemos aburrirnos en algún momento ya que es una experiencia normal dentro del contexto general de la vida. Pero ocurre que hay individuos que se aburren más que otros. Para ellos el aburrimiento puede llegar a constituir una constante en su funcionamiento cotidiano.  El aburrimiento induce a la carencia de  proyectos de cara al futuro, impide concretar una actividad profesional satisfactoria, genera relaciones humanas escasas, determina la falta de incentivos, produce falta de hobbies, e incluso de compromisos de cualquier tipo. Cuando el aburrimiento es frecuente se produce un progresivo empobrecimiento de la personalidad y en la vida del individuo prevalece la insatisfacción.

¿Por qué una persona se aburre? En general, el aburrimiento sobreviene cuando el individuo no puede descubrir intereses y actividades que lo comprometan totalmente. Esta incapacidad puede ser consecuencia de limitaciones externas (confinamiento solitario, privación de estímulos, trabajo monótono) o de una inhibición interna. Esto último para el psicoanálisis resulta de la desaparición de la llamada meta pulsional. En ese marco, la persona aburrida busca que un hecho, una situación o algo que provenga del mundo exterior le ayude a encontrar la libido o energía vital de la que carece. Sabe que quiere algo, pero no sabe qué. Es por eso que en el aburrimiento hay también intranquilidad, tensión y hasta irritabilidad.

En la actualidad, la neurociencia advierte que, además de los factores psicológicos, existen diferencias biológicas que explican por qué algunas personas se aburren, por ejemplo, en situaciones en las que otras se divierten.  Los factores principales son dos.

El primero es que el cerebro en condiciones normales fabrica una serie de sustancias químicas que son imprescindibles para el adecuado funcionamiento emocional. Una de ellas es la dopamina, que determina los grados de respuesta emocional ante las diversas situaciones de la vida y que es de capital importancia ya que es responsable de la motivación. Está comprobado que en las personas con tendencia al aburrimiento, existe un déficit en la producción de esta sustancia. Como consecuencia es que se aburren en el trabajo, en el estudio, en su vida social, y hasta en su vida sexual. En otras palabras, la disminución de dopamina impide que la capacidad y el talento de un individuo coincida perfectamente con el desafío que le plantea una determinada actividad. Pero, además, esta sustancia es responsable de otra vivencia muy importante: la sensación de placer. En consecuencia, cuando escasea la dopamina, no se le encuentra “sabor” a las cosas. Y esto a su vez, como en un círculo vicioso, disminuye la motivación para interesarse en ellas.

El segundo factor es que quienes se aburren presentan  desarreglos hormonales. Todo cambio en los niveles de hormonas que producen las glándulas internas (especialmente ACTH, ocitocina y MSH) pueden condenar al sujeto a un estado de aburrimiento persistente, tanto en el hombre como en la mujer. Salvo que existan razones de poderosa intensidad, como las señaladas al comienzo, que sacudan e impacten de tal manera que suplan transitoriamente las deficiencias químicas y hormonales existentes.

El aburrimiento, en consecuencia, no implica un rasgo de carácter ni es una condición de la cual alguien se puede librar por la voluntad. Sin tratamiento, los síntomas pueden durar semanas, meses e incluso años.

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EL LÓBULO FRONTAL

  Si estas líneas atrapan su atención es probable, por ejemplo, que Ud. no perciba la textura del sillón en el que está sentado, se olvide de ese molesto dolor de espalda o que tenga la sensación, mientras lee, de que las cosas a su alrededor se desvanecen. Si esto ocurre es porque el lóbulo frontal de su cerebro está trabajando activamente, es decir, está filtrando cualquier  estímulo, interno o externo, que pudiera distraerlo de la lectura.

  ¿Qué sucedería si el lóbulo frontal no le funcionara de manera adecuada? Seguramente, padecería algunas de las siguientes manifestaciones: 1) falta o insuficiente capacidad de concentración, 2) tendencia al aburrimiento, pereza o letargo, 3) inclinación por lo rutinario o lo monótono antes que por lo novedoso,  4) incapacidad o limitación para interpretar las vivencias y poca tolerancia a los cambios, 5) tendencia a los arrebatos emocionales y 6) incapacidad de hacer planes y proyectarse hacia el futuro.

Quien tenga capacidad de observarse dirá: “Soy desorganizado”, “Soy haragán” o “Soy impulsivo”. Pero, en realidad, es posible que padezca de una reducida actividad de esta zona del cerebro, la más desarrollada en volumen en todo el reino animal.

El lóbulo frontal es el responsable de las acciones y elecciones voluntarias que llevamos a cabo diariamente. Es el “verdadero yo”, es decir, el área responsable de los rasgos humanos habituales. Le encanta aprender cosas nuevas y se mantiene activo ante lo novedoso y lo emocionante. Por el contrario, después de repeticiones, cuando la novedad y la sorpresa ya pasaron, el lóbulo frontal delega el trabajo a otras regiones del cerebro. Es como un jefe que después de lo novedoso le deja el trabajo posterior a sus operarios para que lo sigan haciendo, aunque los continúe supervisando.

  El lóbulo frontal requiere de un “combustible” que lo mantenga saludable y activo: un neurotransmisor llamado dopamina. Si ésta escasea, queda limitado su funcionamiento, y a nivel subjetivo percibe como falta de  voluntad y de interés. La dopamina resulta, entonces, esencial para la actividad normal del lóbulo frontal, y necesaria para disfrutar de las experiencias placenteras de la vida.

  A su vez, como en un círculo virtuoso, para lograr un adecuado nivel de producción de dopamina es imprescindible que las actividades que se realicen estén acordes con el potencial, con las expectativas y con los gustos de cada persona. Si no se encuentran esas actividades como suficientemente motivadoras, el individuo se siente desinteresado, percibe sus  pensamientos como desordenados, y carga con ideas negativas y pesimistas que provocarán, a su vez, un mayor estado de decaimiento general.

  Los seres humanos pueden volverse peligrosos cuando se aburren de manera continua y sistemática. Es frecuente que se  depriman o  se conviertan en emotion seekers (buscadores de emociones), que necesiten continuamente fuertes estímulos que liberen dopamina. Una tendencia más riesgosa que inofensiva, que puede llegar, incluso, a facilitar los mecanismos que impulsan al consumo drogas o a realizar actividades peligrosas.

 

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E. Norberto Abdala

Para Viva del 24-8-08