FAMILIAS MATRIARCALES Y PATRIARCALES

FAMILIAS MATRIARCALES Y PATRIARCALES

Introducción

La familia es la más importante instancia de soporte social para las personas a lo largo de todo su ciclo vital: se nace en el seno de una familia, se construye la propia familia y se muere en una familia.

 La familia moderna es una construcción cultural reciente, una producción social del siglo XX. Denis de Rougemont (1958), el autor más clásico sobre el tema,  dice que la pareja y la familia moderna, es “un invento de Occidente” y la define como que nace y se  sustenta  sobre la apasionada ilusión del amor recíproco. En esa “nueva pareja”  se supone que articula el amor con la sexualidad y su núcleo está ocupado por la pareja parental.

La familia es una estructura dinámica que evoluciona a través del tiempo según las transformaciones sociales, es decir, que es un grupo en constante modificación según los factores políticos, sociales, económicos y culturales.

La familia es el medio en el cual el niño recibe las primeras informaciones, se le enseña, aprende conductas y los modos de percibir la realidad, construyendo así sus contextos significativos iniciales. Como integrante de la red social es la portadora de un sistema de ideas y de creencias que filtra a través de su propio dinamismo, mitos y rituales. Las influencias familiares son las más influyentes, tanto en la educación como en la inducción de trastornos psicológicos.

El concepto de familia  se ha transformado en el último siglo, y ya no se habla más de “la familia” (es singular) sino de “las familias” (en plural), cambio no solo semántico que se impone casi en todo el mundo.

C. Lévi-Strauss consideró (en 1974) que para que un grupo social merezca la denominación de familia debe reunir por lo menos tres caracteres: 1)  ser consecuencia del matrimonio; 2)  estar integrado por la pareja conyugal  y los hijos nacidos de ella, con el agregado o no de otros parientes; y 3)  presentar   una   unión  debida  a:   “a)  lazos legales,  b)  derechos  y obligaciones económicas, religiosas y de otro tipo, y c) una red precisa de derechos y prohibiciones sexuales, más una cantidad variable y diversificada de sentimientos psicológicos tales como amor, afecto, respeto, temor, etc.”.

Sin embargo, no siempre el núcleo está ocupado por la pareja ya que hubo y hay familias diferentes. Dentro de ellas, las matriarcales y patriarcales que excluyen a uno de los miembros de la pareja. De ellas trata esta nota.

Familias matriarcales

En las comunidades primitivas, la mujer ejerció un papel fundamental ya que la descendencia se marcaba únicamente por línea materna: sólo ella sabía quienes eran sus hijos, ya que no todos eran de un mismo padre.

Durante la Prehistoria, el dominio de la mujer se basó en su capacidad, precisamente, de procrear, siendo el papel del hombre totalmente accesorio. Este dominio se encontraba simbolizado en las divinidades que eran femeninas.

El matriarcado  expresó un sistema en el cual la mujer ejerció una función social de primer orden para el desarrollo de la comunidad, donde era la cabeza de la familia y la transmisora del parentesco. Esta organización perduró hasta que la aparición de la agricultura y de la propiedad privada originó formas sociales más complejas, en las que la actividad económica de subsistencia dependía, en su totalidad, del varón.

En el matriarcado las mujeres mandaban, organizaban el trabajo y disponían el cumplimiento de la ley. Su saber era respetado por todos y admiradas por la valentía que mostraban a la hora de tomar decisiones. Con ellas, los hombres se sentían seguros y protegidos.

En este tipo de sociedad tener una niña era un privilegio. No existía la figura del marido, sino que ellas elegían a sus amantes y los niños se criaban en el clan materno educados por los tíos maternos.

Se debe diferenciar el matriarcado de la matrilinealidad donde el hijo es identificado en términos de la madre –y no del padre- y las familias se forman a lo largo de líneas sanguíneas femeninas. Por ejemplo, en la comunidad judía sólo si una persona nace de una madre judía es considerada como tal.

El matriarcado empezó a cambiar en el 3000 a.C. cuando llegaron a Europa los pueblos indo-europeos, quienes trajeron estructuras sociales de carácter patriarcal y nuevos dioses masculinos quienes derrocaron a las diosas femeninas existentes. Se impuso así, progresivamente, una sociedad de carácter patriarcal frente a las antiguas sociedades matriarcales.

En la actualidad, y desde entonces, en la sociedad en que vivimos, e evidente la preponderancia de lo masculino sobre lo femenino. Sin embargo, persisten todavía algunas comunidades matriarcales. Una de ellas es la de los mosuos, que conforman una comunidad que vive en Loshui, en el sudoeste de China, cerca del Tíbet. Allí, las mujeres están claramente al mando en una realidad sin la supremacía ni la opresión del hombre. La figura principal es la matriarca.y con ella viven sus hijos, su madre y sus hermanos, tanto varones como mujeres. No existe el marido y los hombres que no tienen un vínculo de sangre directo con la matriarca pertenecen a otra casa y duermen bajo otro techo. Esto implica la total ausencia de padres y abuelos paternos, quienes no se los conocen o se los considera de otra familia. Los únicos hombres que habitan la propiedad de la matriarca son solo sus hermanos (los tíos) y sus hijos. En consecuencia, cuando se  habla de la abuela, hay sólo una: la materna. Cuando una mujer queda embarazada, no tiene importancia quién es el verdadero padre, jamás pretende un marido y sólo es posible ser huérfano de madre.

Los guajiros y los mapuches (o araucanos) son los más notorios ejemplos en América Latina del matriarcado. También en la isla Orango Grande, frente a la costa de Guinea Bissau, las mujeres tienen el poder, se organizan y gestionan la economía, el bienestar social y la ley. Son las que imponen sanciones, dirigen, aconsejan, distribuyen y son dueñas absolutas de la casa y de la tierra. Sólo se recurre a los hombres para el trabajo de los campos, la caza y la pesca.

El riesgo que tienen los hijos en un matriarcado es su poder de decisión, ya que no tienen independencia por el control ejercido sobre ellos y son incapaces de elegir sin la autorización materna. Este modelo es el que después repetirán en sus hogares cuando formen una familia.

En una familia matriarcal la diferenciación clara de la subjetividad se dificulta, la individualidad es sincrética (para recordar un aporte de J. Bleger) y la familia se torna confusional. Sin embargo, como describen algunos autores (por ejemplo, I. Berestein) la rivalidad estructurante puede darse dentro de la línea materna, es decir, entre el sobrino y el tío, el nieto y el abuelo.

Es probable que un niño o una niña sufra distorsiones en su desarrollo psicosexual si la madre es la figura dominante y el padre débil e ineficiente. En tal caso un niño puede no identificarse con el padre y caer en una identificación femenina. Sin embargo, la identificación masculina puede lograrse a través del tío  o alguien cercano a la familia que pueda aportar esta figura que es importante en el desarrollo del niño.

Si es una niña, no solo se identificará con una madre poderosa, sino que podrá adquirir actitudes maternas de dominación masculina, que la hará poco competente para lograr adquirir un rol femenino “actual”.
Familia patriarcal

El patriarcado es la estructura familiar básica de todas las sociedades modernas. Se caracteriza por la autoridad de los hombres sobre las mujeres y sus hijos en la unidad familiar. Para que los hombres ejerzan esta autoridad, el patriarcado debe dominar toda la organización social, la producción, el consumo, la política, el derecho y la cultura. Sus estructuras fundamentales son las relaciones sociales de parentesco, la heterosexualidad obligatoria y el contrato sexual.

La figura del patriarca se ha vinculado a una persona sabia, previsora y protectora y las mujeres son consideradas subordinadas cuya principal misión es la de procurar la reproducción y el cuidado del hogar.

El núcleo del poder está ocupado en forma exclusiva por el padre y que se destaca como modelo de excelencia. En este tipo de familia predomina la estructura, la ambición y la competitividad, sobre la cohesión, el afecto y la armonía.

Sostiene la investigadora argentina E. Jelin  que “En el modelo de la familia patriarcal, el principio básico de organización interna es jerárquico. Los hijos se hallan subordinados a su padre, y la mujer a su marido, a quien otorgan respeto y obediencia. Y que el presente y el futuro de los hijos e hijas –su educación y sus tareas cotidianas, la amplitud de su espacio de movimiento, el disciplinamiento y sus opciones futuras- están, en última instancia, en manos del padre”.

El grado de exigencias es muy alto y rígido el nivel de aspiraciones, especialmente sobre los hijos varones y, más aun, sobre el hijo mayor. Aunque estén ocultas, este nivel de aspiraciones puede resultar para el hijo un foco de angustia que dificultará la adaptación, bloqueará el rendimiento y afectará la estructuración del yo. Cuando la meta se enfoca en conseguir que triunfen los hijos, la obtención de los objetivos se convierte en una tortura psicológica. En cambio, la presión sobre las hijas se centra en conseguir que superen a sus primas y que logren un buen matrimonio pero que nunca pretendan ser superiores a sus hermanos.

El patriarca no admite la autonomía de los hijos ni está dispuesto a respetar su singularidad y peculiaridad personal. Por ello, cercena  su creatividad, su originalidad y su expansión vital, determinando quienes serán sus amistades, sus lugares de reunión, los estudios que habrán de  elegir o hasta el partido político que tendrán que votar. La función paterna desemboca en hostilidades y rivalidades más o menos manifiestas con el hijo, que resultaran importantes para asumir su identidad masculina.

En otros términos, en un tipo de familia patriarcal el niño incorpora como modelo legítimo al padre, mientras que la matriarcal, el niño debe incorporar al tío y al abuelo o la abuela como roles sustitutos vinculados a la madre.

En la actualidad ya no es tan clara esa neta división entre el hombre proveedor y la mujer/esposa/madre y ama de casa, ya que muchas mujeres trabajan fuera del hogar, aportan a la economía familiar y muchas veces son las jefas de hogares monoparentales. Además el matrimonio heterosexual y monogámico está cediendo terreno y la procreación y cuidado de hijos e hijas ya no ocurren siempre bajo el mismo techo (madres solteras, parejas separadas, padres y madres migrantes, etc.).

 

Conclusión

La estructura familiar occidental (desde comienzos del siglo XX) sufrió una serie de cambios, fruto de la progresiva igualdad entre el hombre y la mujer y del activo desarrollo de ésta en actividades sociales, culturales, científicas, laborales y políticas, antes vedadas.

Según R. Moguillansky y S. Nussbaum (2008) con el desarrollo del siglo XX se exploraron nuevas formas de intercambio sexual y pasional. Si bien la pareja moderna es un modelo aún existente, la pareja heterosexual estable vive más en el imaginario social y cultural que en la realidad. En los comienzos del siglo XXI, esa pareja y la familia moderna, conviven con otros conjuntos vinculares, las conformaciones familiares de la pos-modernidad.

Desde 1960 en adelante, se produjo un enorme cambio en los modos de relación y en como se instituían los vínculos de parentesco. Las nuevas conformaciones familiares se han ido haciendo lugar y han logrado  reconocimiento social dentro del aparato legal del estado.

Contribuyeron a estas formaciones familiares en la segunda mitad del siglo XX:

a)    la entrada masiva de la mujer en el mercado laboral.

b)    la revolución de la aparición de métodos anticonceptivos, en particular  las píldoras anticonceptivas.

c)     la legalidad que le dio existencia a la disolución del vínculo conyugal, mediante el divorcio.

d)    la profunda transformación que trajo la aparición de nuevas técnicas de fertilización. De la mano de ellas se desarticuló la sexualidad y la reproducción.

e)     la discusión en torno a la cuestión de género. En las últimas décadas, esta discusión ha tenido un lugar relevante en  la agenda de lo que se discute. Hay cambios notables respecto de esta cuestión, tanto en lo “socialmente aceptado”, como en “la legislación” sobre el tema. El mayor hiato entre sexualidad y reproducción ha traído como inevitable consecuencia nuevos modos de relación. La polaridad masculino-femenino se ha atenuado y se asiste a la emergencia de prácticas y modos de sentir la sexualidad que habían sido impensables antes.

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Para Psicología (+), enero de 2010.


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, , Reportar este Comentario Dr. Abdala dijo

Estimada Adelina: es una virtud y una suerte el poder tenr capacidad de autoreflexión para que en la vida se puedan ir realizando los reajustes necesarios. Además, si tiene una buena ayuda psicológica, que es un soporte muy importante. Yo le agradezco su agradecimiento. Reciba mi cariñoso saludo

, , Reportar este Comentario Dr. Abdala dijo

Estimada Carmen: sin duda su descripción implica serias dificultades para la integración de una pareja. Sin embargo, no sé si su mail llego completo. La saludo atentamente

, , Reportar este Comentario rosa dijo

quisiera saber porque despues q me separe del padre de mis hijos hace años no he podido tener una relacion estable.?

, , Reportar este Comentario Alexander dijo

IMPRESIONANTE!!! Articulo muy aleccionador; entendiendo el contexto de familias matriarcales y patriarcales, pude comprender la tremenda disfuncionalidad social en la que estamos inmersos unos seres humanos mas que otros. Gracias estimado Dr Abdala por esta herramienta de autoconocimiento, que me permite ubicarme y concetrarme a realizar un espacio consono y funcional de hoy en adelante. Sera todo un reto hacer la diferencia. Amen