DORMIR Y SOÑAR
La diferencia entre ambos términos es bien notoria y señala que hay un largo tiempo en el sueño nocturno, una proporción casi fija en el adulto normal, durante la cual se sueña. Ese tiempo no es continuo, sino que aparece cada hora y media o dos horas, períodos durante los cuales aparecen en nuestro cerebro imágenes, organizadas en secuencias temáticas que podemos recordar cuando despertamos. A eso se lo llama “soñar” y todos soñamos, por lo menos, tres o cuatro veces en la noche . La diferencia está en que en el resto del tiempo no hay sueños identificables: uno puede despertarse con algún recuerdo impreciso; si uno se despierta en el momento de soñar, tiene un relato para contar, aunque lo modifique o lo distorsione sin querer. Ese porcentaje de sueño en el adulto es del 18 al 20 % del total de la noche; es decir, que si uno duerme 8 horas, su cerebro dedica una hora a soñar, es decir que está en una actividad mental que produce imágenes y las relaciona de tal foma que parece una historia, una película, un cuento.
El tema de los sueños es algo fascinante desde el punto de vista de lo mágico que tiene el sueño. El conocimiento popular le atribuye caracteres premonitorios respecto de la vida y la salud de las personas o el poder adivinar a qué número debemos apostar para tener suerte en el juego.
Pero en el terreno de la medicina, el contenido del sueño no es algo que se pueda utilizar para hacer el diagnóstico de una patología, excepto cuando ese sueño tiene una carga de angustia y se transforma en una pesadilla. O bien que haya una alteración de la conducta del individuo durante el sueño, lo que provoca que, en lugar de estar tranquilo y en reposo, sus músculos estén en actividad y se levante y camine de acuerdo con la historia que está soñando. Esto es una forma diferente del sonambulismo.
En el sonambulismo no hay contenido onírico, no hay imágenes en el sueño del que está soñando. El sonámbulo tradicional -del que escuchamos hablar todos- no tiene recuerdo de lo que le está pasando porque su cuerpo se mueve por un descontrol de los mecanismos del movimiento, que hacen que uno esté quieto cuando sueña. En cambio, en esta parte del dormir nuestro, que es el soñar, en donde el reposo muscular es máximo, hay sujetos que, por lo contrario, tienen sus músculos activos, y lo que están soñando lo actúan como si estuvieran participando de una teatralización que, si es pacífica no le produce ningún problema, pero si es una historia con situaciones de agresión o ansiedad, pueden ocasionarse daños a sí mismo o a otros que estén cerca. Esto es muy frecuente, mucho más de lo que en general se puede creer.

Como decía Calderón de la Barca: la vida es sueño. Pero el soñar no es el dormir, obviamente, muy bien lo sabía Freud (aunque muchos neurólogos todavía no se hayan enterado). Más bien, el soñar es el guardián del dormir, claro, si no nuestros deseos inconscientes probablemente nos despertarían, como suele ocurrir en las pesadillas. Los sueños de angustia son un tema aparte (claro que más de los psicoanalistas que de los neurólogos). Si hay un paso a la motilidad el sueño ha fracasado ya que es justamente eso lo que debe impedir (como cuando tenemos sed y soñamos que bebemos un vaso de agua) ¿Tendrán los sueños algo que ver con los deseos? Pero, en fin, no me hagan caso todo esto no es más que mi “sed de justicia”.