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Febrero 17, 2009 | Por sebastain-rodriguez | # Enlace permanente
En el horizonte se juntan aquellas impenetrables miradas, pero no se cruzan, porque una frontera de temores las pierden en si mismas. Es así, una faceta de la vida, la más lastimosa de todas, una funesta etapa que elogian grandes poetas, y que parece ser el objetivo de cada ser humano. Esa bizarra expresión del alma, que no hace mas que destruir lo bueno del mundo, el amor, clave maldita para la felicidad, pero no cualquier amor, ese supuesto amor puro es al que me refiero, ese amor por el que todo se entrega y por el cual solo se espera amor a cambio, un amor tan incondicional como el que fue cedido, ¿pero es en realidad solo un tumor? que debe ser extirpado de las mentes púberes, para que no socave su raíz en las pequeñas y frágiles vidas que luego madurarán solo para sufrir, y para buscar ese dichoso y malévolo sentimiento, que nos hace perdernos en este ya cruel mundo.
Al parecer solo queda sufrir por amor, y aun ese amor que es prohibido por la moral, ese amor de sexos encontrados y simétricos, que a la espera de dejarse llevar destrozan cada esencia de lo que alguna vez fueron sus victimas.
Aun es despojarse de el un castigo, porque las criticas mas severas son a quienes del amor renegasen, inteligentes seres, que como siempre son ridiculizados, y despreciados, pero son solo mensajeros de la razón más pura, que con cuantitativa experiencia les dice que liberen sus pensamientos y esperanzas de aquel que la enajenara a ella la suprema, de sus mentes.
Y aun más hipócrita es al confirmar que sacia su sed destruyendo a la razón, vieja estulticia que desprecia por completo la existencia del ser y de toda su sustancia.
He aquí la historia mas vieja y mas contada, aquella en que el amor se niega, porque así es el maldito, tan importante se cree que hasta primero nos deleita con su presencia y luego cruelmente va desapareciendo, dejando un vacío que solo él puede llenar nuevamente. Ellos sabían que así era, tal vez sin experiencia, o con sobrante de ella, decidieron dar riendas sueltas a aquella pasión. Abrir las puertas a la eterna lujuria que sus almas sentían, y experimentar con sus cuerpos y sus mentes cada rincón de una enfermedad más corrosiva que el ácido. Se negaban al amor, de diferentes maneras, pero no pudieron negarse luego de que se presentase cual espina rosada ante sus propios ojos. Realizaron viajes astronómicos a lugares poco visitados por el hombre, conectaban cada parte de su existencia, y dejaban llevarse por lo que el mundo abierto de brazos para los amantes les propusiese. Trenzaban existencia con existencia y deseo con placer, conformaban conjuros perfectos de pasión, amor, y lujuria. Pero eso no duraría por siempre, porque aquel que al pecado del amor sede sabe que debe pagar por la felicidad que le es brindada. Como los grandes románticos han desplegado en poemas, rimas, y leyendas, el amor puro no se da en personas que puedan disfrutar de su existencia, tal vez porque es demasiado bueno o tal vez porque así es el.
Las noches y los días se sucedían de par en par, esperando expectantes a que estos se uniesen nuevamente. Nada más importaba para los amantes, del amor comían, del amor respiraban, del amor existían, o al menos eso creían, hasta que la dulce nostalgia, la vengativa ansia, y la enfermiza confusión inundo sus mentes con despreciables ideas, que más que eso eran realidades, armas del amor para destruir aquella pureza que el mismo creó.
Inundados de temores y sin mucho preámbulo fueron abandonando lentamente las caricias, eliminando las palabras y desasnándose de cada partícula que los uniese.
Reencarnaron de lo más profundo de las tinieblas el temor y la inseguridad. Danzaron juntos los más profanos cánticos, alzaron plegarias a la diosa de la destrucción e incitaron la separación de todo aquello que fue creado para nunca ser espaciado.
Lastima es que la historia no tiene final, ya que los personajes no tienen presente, solo se conoce el pasado, de aquellos que al amor cedieron, a lo prohibido retaron, y desesperadamente se amaron, sin escuchar las voces sabias y no tanto de la razón.
Noviembre 20, 2008 | Por sebastain-rodriguez | # Enlace permanente
Se levantó de la cama luego de horas de insomnio, algo distraía su mente pero desconocía que. Era una de aquellas intensas noches en que el aire fluye siguiendo el ritmo de las hojas, en que una leve sombra, apenas imperceptible, dibuja líneas multiformes de norte a sur, de este a oeste. Solo un pequeño haz de luz lunar ingresaba por la ventana del inmenso cuarto. Presurosa salio de su habitación y recorrió los lúgubres pasillos de la enorme casona, ingresaba a todas y cada una de las habitaciones buscando algo desconocido. Los antiguos muebles de caoba rechinaban sin cesar, pareciendo tener vida propia, seguidos cordialmente por el reloj de pie que imponía las dos de la mañana, pero ella seguía sin poder conciliar el sueño. Por momentos maldecía a la soledad -astuta y despiadada anciana ¿que quieres volverme loca?- susurraba sin cesar. Un momento de temporal calma la sucedió, pero corto era ese tiempo, siempre resurgía aquella sensación, como si la estuvieran observando a cada instante, en cada rincón del universo conocido. Las luces eran tenues, de un color amarillento pálido, que hacían juego con la humedad de las paredes y las cortinas desgarradas por el tiempo. Repentinamente un silencio gutural invadió la casa, ya los muebles no hablaban, el reloj parecía haber detenido su marcha, y el viento desapareció, mutando de brisa a inexistencia.
Se levantó nuevamente de la cama, y caminó despaciosamente, solo para no levantar sospechas, subió aquellas escaleras que casi no recordaba que existían, pero siempre deben de haber estado allí. Se encontró en el último peldaño, solo un paso más y se adentraría en el profundo espacio del infinito posible. De lado a lado una hilera de interminables puertas parecía acompañarla a cada paso de su recorrido. Caminó recto, infranqueable. Inexplicablemente y sin buscar demasiadas respuestas llegó nuevamente a las puertas de sus aposentos, pero esta vez se encontraban cerradas, tomó el picaporte y dio casi una vuelta entera. Una ráfaga de luz segó su vista, intentó recuperarse y al observar a su rededor ya nada era como antes, o mejor dicho si lo era. Con temor dio los primeros pasos, parecía como si hubiera sido ayer, aquel cuarto había rejuvenecido 50 años. Pero no podía ser cierto, la ancianidad, hostil sucesora de la ferviente juventud, seguro le jugaba una mala pasada pensó. Su corazón bombeaba como nunca antes, parecía querer escaparse de su pecho. La habitación comenzó a empequeñecerse y su garganta se estrechó. Se recostó en la cama con los ojos cerrados, intentando pensar en cualquier otra cosa, la imagen de su amado y difunto esposo brotó vívida de entre sus pensamientos, como extrañaba a su amado, tantos buenos momentos había pasado con el. Un leve calor recorrió su cuerpo, pero una voz traída por el eco cortó su inspiración, parecía que alguien la llamaba, un sonido familiar llegaba a sus oídos de vez en vez pero sin decir nada, como un aullido en la noche de luna llena. Repentinamente y sin previo aviso sus parpados parecían ser atraídos por la gravedad, su cabeza comenzó a caer lentamente sobre la almohada de plumas hasta entrar en un profundo sueño.
Se levantó con aquel sentimiento de juventud que solo los ancianos saben que existe, eran las 8 de la mañana y el sol comenzaba a entrar suavemente por el gran ventanal del cuarto. Sintió tal agrado que parecía estar levitando, hacía años que una sensación semejante no recorría su cuerpo. Caminó aun somnolienta hacia el espejo en forma de media luna que se encontraba en una esquina, por un momento se mantuvo inmóvil frente a su reflejo, creyó reconocer a aquella criatura pero no recordaba quien era, no comprendía aquella imagen, era como si mientras estaba durmiendo un universo paralelo pero mas atrasado en el tiempo la hubiera absorbido, se sentía en un lejano pretérito de su vida. Su tersa y sedosa piel había regresado, su cenizo cabellera era nuevamente rubio y radiante, y aquellos pardos ojos, que mantenían en velo a muchos jóvenes, habían resucitado. Presurosamente ante el miedo de despertar vistió aquellos vestidos que hacía años su cuerpo ya no le dejaba usar, estaba frenética, como nunca antes. En medio de aquel festín la puerta del cuarto se abrió, un hombre alto, de esbeltos rasgos, rubia cabellera, y ojos claros como el agua entró con total naturalidad, una extraña alegría recorrió su cuerpo que fue mutando a la más pura melancolía. Comenzó a romper en llanto como nunca antes, era el, aquel que tanto extrañaba, -Ían- gritó desesperadamente mientras corría a sus brazos. Carente de entendimiento ante aquel suceso la abrazó intentando detener aquel mar de lágrimas – ¿Que paso? ¿Que tienes?- inquirió desesperado, pero siquiera ella comprendía lo que estaba sucediendo, no sabia que o como explicárselo, Ian la miró con la mas dulce mirada del mundo y dijo con una sonrisa amable – tranquilízate, no pasa nada, siempre estaré aquí para cuidarte, solo descansa un poco mas si te es necesario, el desayuno estará servido para cuando tu lo desees- y se retiró del dormitorio. Se detuvo intentando recordar, pero sus pensamientos estaban casi en blanco, solo veía imágenes de su vida pasando o tal vez futura, pasando velozmente por su mente de manera borrosa. Pensó que tal vez solo había sido una mala noche, una de esas que por suerte solo se tiene una vez en la vida. Se cambió presurosa para ir a desayunar y salió de su cuarto, subió por las escaleras con extrañeza, caminó por el largo corredor, pero nuevamente se encontró con la inmensa puerta de su cuarto, un frío aire recorrió su espalda, y al observar a su alrededor lo único reconocibles era aquella puerta, solo la oscuridad la rodeaba, por temor ingresó nuevamente al cuarto. Una densa neblina lo inundaba todo, intentó sin éxito encontrar la puerta para salir nuevamente, el miedo se convirtió en su sentimiento y se recostó en lo único visible del cuarto: su cama, cerró los ojos por un momento y al parpadear todo estaba tranquilo, la luna alumbraba apenas las paredes, su cuerpo sin fuerza la seguía acompañando, y el olor a humedad y olvido presente e inolvidable. Estaba inmóvil, y aunque pudiera ya no deseaba hacerlo, se encontraba en un lugar conocido por lo desconocido que le era, sin espejos ni reflejos, una paz que rara vez los seres llegan a conocer la inundó, sintió el dulce olor de la muerte que llega en su justo momento para completar la existencia del ser, cerró sus ojos y suspiró por ultima vez.
Rodríguez Sebastián
Noviembre 2, 2008 | Por sebastain-rodriguez | # Enlace permanente
Los recuerdos eran solo un doloroso puñal que se introducía de lleno en su alma, pero eran aquellos los únicos acompañantes del día y la noche, en cada estación, a cada momento. Una interminable aflicción lo perseguía, como una hostil sombra que no desea quebrantar su presencia ante la noche. Los sueños ya no eran sueños, no recordaba si alguna vez había soñado, a cada momento la misma cara estremecía su meditación, se introducía en lo más recóndito de su mente para atormentarlo. La angustia, su fiel compañera, había trasformado a aquel ser en un vagante, como si su alma hubiese sido condenada a la temible tortura del pasado.
Emile, todo le recordaba a Emile, aquel lugar era la viva imagen de su amada y fiel compañera, que egoístamente lo había abandonado e huido a un fascinante mundo de sueños. Como la despreciaba, pero como la amaba. En su interior una batalla descomunal se libraba, y exteriormente la ruina de aquella contienda dejaba entrever a la única victima.
Cientos de veces pensó en abandonar Villa Capra, pero como podía hacerle eso a ella, abandonar aquel que fuera hace muchos años donde el amor floreció. No podría vivir un día sin recorrer aquellos pasillos que lo llevaban hasta el salón central, y aquellos balcones, donde Emile pasaba sus tardes leyendo. Deseaba fervientemente olvidarla, pero imposible le seria dejar atrás tanto amor y pasión. Aquella lujuria que alguna vez sintió por ella, se acrecentaba a cada minuto de su ausencia, y trasformaba aquel palacio en la prisión de su espíritu
Durante las noches oía su dulce voz resonando en el Piano Novile, la sentía recitando poemas y odas al eterno amor. Pero era solo su imaginación, que deseosa de volver a amar incondicionalmente, jugaba de las más crueles maneras con aquella afligida mente.
Las eternas noches y los infinitos días se sucedía sin que el notara diferencia alguna. Vagaba inertemente por cada rincón de las casa buscando una explicación a su tristeza, una solución a su desdicha, una cura a su muerte interna. Pero ningún bálsamo, pócima, o artilugio mejoraría su condición, ya que no hay cura para el amor, ni resurrección para la muerte del alma. Pero si hay una cura para la vida, pensó en uno de los pocos momentos de lucidez. No hay ley natural que deba obligar al hombre a padecer la vida. Si este era un sufrimiento, debía acabar con el de inmediato. Aquel pensamiento recorría su mente a diario, meditó las miles de maneras de terminar con su padecimiento sin que la culpa lo carcomiese. El hombre no es quien para destrozar algo que por derecho le fue concedido, y si no es por derecho natural, que hay del derecho divino, toda su vida se había aferrado a la religión como respuesta a sus martirios. Pero aquella vez no había respuesta a tales incógnitas. De algo estaba seguro, el infierno estaría deseoso de recibirlo si con su vida acababa por motu propia.
Lo había decidido, terminaría con su vida, y aunque el averno fuera su destino, ahí se uniría con Emile, el solo pensar en la paz de su compañía, en volver a recrear esas dulces caricias lo llenaban de regocijo, aunque el infierno fuese su hospedaje, el estar juntos seria suficiente recompensa a los martirios que le esperarían. Con un ultimo hálito se desplazo por todos y cada unos de los rincones del palacio, vio por ultima vez los frescos religiosos que decoraban las galerías, los aposentos y pasillos. Ingreso al salón central, se desplomo en la silla de tejer de Emile, y tomo la copa de arsénico que había preparado horas antes, potente veneno que hacía décadas había comprado para dar fin a la vida de su noble corcel. Colocó el borde de la copa en sus labios, y de un sorbo ingirió hasta la última gota de su elixir de vida eterna.
Los minutos se sucedieron dejando llegar a las horas, pero no notaba ningún cambio. El veneno debía haber hecho efecto hacia demasiado. Comenzó a pensar que aquel liquido no era mas que una farsa, un engaño que aquel vendedor ambulante le haba propiciado, pero no, recordaba haberlo usado en su potrillo, y hasta en menor cantidad.
Del vació un llanto se hizo sentir, su cuerpo se estremeció como nunca antes, corrió desesperadamente por los pasillos, hasta llegar a una de las cuatro fachadas simétricas de la casa, y allí sentada en las inmensas escaleras de entrada vio a su amada, llorando desconsoladamente, con desesperación se abalanzo sobre ella para tomarla, pero su cuerpo traspaso la figura de Emile, como si ella no estuviese allí, o como si el no estuviese allí, en ese momento recordó que no era precisamente Emile la que había terminado egoístamente con su existencia.
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