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Salida



“Es el amanecer del día domingo Voy a contar lo que me pasó anoche, hace apenas unas horas. Decidí ver qué ocurre en la ciudad los saábados cuando anochece. Se dice que es el día en que todos salen a divertirse. Yo también salí, pero no me pareció muy divertido. Decidan ustedes.


Eran las diez de la noche, pero los sábados esa hora es como decir las tres de la tarde, muy temprano para hacer cualquier cosa que no sea caminar. Apenas salí del edificio, me llamó la atención un grupo de cinco adolescentes que estaban a pocos metros. Hacían planes para ir a bailar. Me acerqué y pregunté la hora. Un tanto irritados, me la dijeron. Miré a los ojos al muchachito que me había hablado, y sentí todas sus emociones en mi interior. Una oleada de confusión, desconfianza, aburrimiento y sensación de vacío me abrumó. Me tambaleé ligeramente y luego volví a mirar al grupo. Parecían pertenecer a una de las llamadas “tribus urbanas”. No me parecieron ridículos ni malvados, pero la expresión de sus rostros era tremenda, irritados e incómodos con mi presencia. Le agradecí la información y me fui. Pero no me di por vencido. Sin saber muy bien qué esperaba lograr, cambie mi color de pelo, mi estatura, mi peinado y mi ropa. Luego volví a acercarme al grupo. Les pregunté si conocían algún lugar para salir a divertirse. Mi mirando examinado mi ropa y luego de algunos murmullos me invitaron a ir con ellos. Sin dudarlo, me uní al grupo. Las conversaciones no eran muy interesantes para un ángel que intenta encontrar su misión, pero al menos me enteraba de cuáles eran los grupos musicales y la ropa que estaba de moda.

Luego de una caminata corta llegamos una discoteca (un boliche le llaman ellos). Lo primero que me llamó la atención fue que no parecía haber nadie que controlara quien entraba. Pero como mis ocasionales compañeros empezaban a alejarse no tuve mucho tiempo para meditar sobre esto. Al entrar me sorprendí de la cantidad de gente que había en tan poco espacio, de la música tan fuerte, tanto que debían gritarse si querían hablar (aunque suene contradictorio). Respecto al baile no puedo opinar porque soy un ángel y no tengo ni idea de cómo debe bailarse determinada música, de hecho, recuerdo que antes de ser ángel, cuando estaba en la tierra, nunca fui rey de la pista. Pero me estoy alejando del relato. Vuelvo.

Aún no había pasado media hora desde nuestra llegada cuando surgió una discusión. Era entre uno de los jóvenes que yo había acompañado y otro que era dos veces más alto y parecía pertenecer a una especie de tribu diferente, rival. Luego de un breve intercambio de insultos ambos dieron un paso adelante. “Vamos Samuel”, gritaban algunos al muchacho de mi grupo.
Entonces le coloqué la mano en el hombro a Samuel y susurré un “No” en voz baja. Él se dio vuelta, me miro a los ojos y luego se volvió hacia el otro muchacho.
-No voy a pelear-dijo con calma-, no voy a darte el gusto.
Se dio la vuelta y se alejó, seguido de sus compañeros. El otro muchacho sólo gritaba insultos.
Las cosas parecían haber terminado bien. Pero las apariencias engañan…

Apenas salimos, después de algunas palabras entre el grupo, los integrantes comenzaron a despedirse. Pero antes de que acabaran, se oyó un grito ofensivo. La voz era conocida, el muchacho con el cual Samuel no quiso pelear. Se dirigió hacia nosotros con resolución. Por un instante él y yo nos miramos directamente a los ojos. Sin saber muy bien porqué, esa mirada hizo que las plumas de mis invisibles alas se erizaran. De pronto el muchacho se dio vuelta comenzó a caminar. Apenas había hecho unos pasos, cuando hizo una especie de voltereta y se lanzó hacia Samuel. Vi un destello y luego, instintivamente, saqué a Samuel del camino. Un instante después sentí que el tiempo se detenía. ¿O era un dolor creciente lo que lo hacía interminable? Sí, era el dolor. Bajé la mirada y vi un destello brillante en mi pecho. Luego alguien lo sacó. Levanté un poco más la vista. El muchacho atacante estaba frente a mí y una de sus manos sostenía una navaja manchada con sangre. Me tambaleé ligeramente y luego di un paso hacia el muchacho. La navaja se le cayó de la mano como si le quemara. Luego le puse la mano en la frente. “No vas a vivir recordando esta maldad”, dije en voz baja. Luego el muchacho y yo caímos al suelo. Cuando él se puso de pie, me preguntó qué hora era. Se lo dije y luego se marcho, diciendo que era tarde y lo esperaban en su casa. No quedaba ni rastro de su mirada maligna.

Samuel se me acercó y murmuró frases que entendí pero comprendí que estaba sorprendido y agradecido. M e ofreció quedarme en su casa. Acepté acompañarlo hasta allí. Luego dije que debía marcharme. Le aseguré, sin faltar a la verdad , que la herida ya no me dolía, que me las arreglaba para llegar a mi casa. Volvió a agradecerme la ayuda.

-Cuidado con las amistades que elijas y con las decisiones que tomes-dije mirándolo con seriedad-. Esta noche elegiste no pelear aunque todos te decían lo contrario. Eso fue muy valiente y sensato. Cuando elijas, asegurate de ser fiel a vos mismo, a tus creencias. Y no te sientas tan decepcionado del mundo. Es cierto que da muchas cosas malas pero también da cosas muy buenas, como los amigos… y los milagros.
-Sí, bueno, gracias igual. La verdad que me gustó conocerte, fue… mágico, muy bueno. ¿Vamos a volver a vernos, no?

-Estoy seguro. Hasta pronto, Samuel.

-Sam-dijo él.

-Sam-accedí yo.

Me di la vuelta y me marche hacia el edificio que era mi hogar ahora. Acababa de descubrir que las acciones de una persona influyen en muchas vidas, que los milagros pasan muy seguido… y que si los ángeles toman un contacto muy estrecho con un humano en muy poco tiempo, comienzan a “humanizarse”, incluso, si los hieren… sangran.

Sam entró en su casa con una pequeña pluma blanca en la mano. La había encontrado en la puerta de su casa. Cuando se fijo más de cerca vio que la pluma tenía tintes rojizos. Nunca logró saber si sus sospechas eran reales, pero siempre guardó esa pluma, pensando que a veces los milagros pasan cuando y donde menos los esperamos.”