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Una extraña costumbre


“Estoy a mediados de enero. Han pasado poco más de dos meses desde mi regreso a la tierra. El tiempo tuvo altibajos, se aceleró por momentos y se detuvo en otros, siempre dependiendo de mi estado de ánimo o situación. Por ejemplo, apenas llegué, me ocurrieron tantas cosas en tan poco tiempo que no alcanzaba a comprender una que me ocurría otra, pero, por fortuna, últimamente las horas pasan muy lentas, ya sea porque estoy acostumbrándome a vivir nuevamente en la tierra o porque sigo pensando en muchas cosas que aún trato de entender, y el tiempo casi siempre pasa más lento cuando uno piensa en algo tratando de entenderlo.

Voy a compartir un fenómeno un tanto extraño que he observado pero no alcanzo a comprender, una especie de “fiebre” en torno a las llamadas fiestas de fin de año. Mejor, me explico, o al lo describo para ver si así logro comprenderlo.

A fines de noviembre e inicio de diciembre comencé a notar que muchos locales comerciales decoraban sus vidrieras con cintas rojas, árboles de pino y un extraña figura de un hombre gordo vestido de rojo con una bolsa de regalos al hombro. Debo admitir que me sorprendió muchísimo que ese hombre estuviera tan abrigado con ese traje rojo y blanco y las personas que cruzaba por la calle no pararan de comentar el sofocante calor que hacía. Francamente, me pareció contradictorio y bastante incompresible.

Continuando con mis observaciones, debo decir que solamente entendí el motivo de tantas decoraciones cuando vi carteles que decía “Feliz Navidad” y “Felices Fiestas”. Así y todo, tuve que esforzarme mucho para recordar el significado que tenían esas fechas para gran cantidad de gente. Había sido un ángel tanto tiempo que la fiesta de Navidad (junto con la de Pascua) había adquirido un significado diferente, porque había comprendido su esencial, su sentido real (sentido que cada uno debe descubrir para poder vivir la fiesta como lo que es, una fiesta, aunque esto no es sencillo, cada uno lo vive diferente y eso también es enriquecedor).

Volviendo a lo que estaba hablando antes, las fiestas de fin de año parecían tener un efecto de aceleración en las personas: caminaban mucho más apuradas de lo normal (si eso es posible), como si trataran de ser las primeras en llegar a determinado lugar o en terminar algo difícil. Además, gastaban mucho dinero en regalos, tratando tal vez de congraciarse con sus destinatarios o de disculparse. Muchos comentaban en voz alta lo mucho que habían gastado en determinado regalo, esperando que les elogiaran su generosidad. También oía que hacía planes para reunirse en determinada casa y prometía una comida muy abundante.

Respecto a la comida debo mencionar que no era abundante sino excesiva. Además eran costosas y como, eran comidas navideñas típicas de países fríos, tenían muchas calorías, razón por la cual los comensales sufrían el calor del verano y el que les ocasionaba la comida adoptada para la ocasión.

Recuerdo que, de esas comidas, mi favorita eran las barras de chocolate con maní, no me importaban ni las calorías ni el hecho de que me diera sed inmediatamente después. Era un momento mágico. Me alegra poder recordar algo tan simple pero tan especial, es bueno saber que mi memoria no tiene tantas lagunas el día de hoy.

Haciendo resumen de mis observaciones, acabé pensando que las fiestas de fin de año se habían vuelto una cuestión muy comercial y un tanto egoísta: los negocio aumentaban al doble sus precios, las personas hacían actos de “generosidad” cuando sabían que iban a recibir elogios por ello, se comía como si fuera la última vez, se cuidaban de saludar a los conocidos para luego pasarse el resto del tiempo recordando que ahora les correspondía a los demás saludar, se brindaba por la familia y luego se discutía por quien organizaba la fiesta el próximo año.

Ya adivinarán que todas estas observaciones acabaron deprimiéndome terriblemente. Y al sentirme así, me di cuenta de que esa emoción era resultado del extraño proceso de “humanización” que venía afectándome desde poco después de mi regreso a la tierra. Me pregunté cuando acabaría ese proceso, y si el resultado sería, como imaginaba, que , dejaría de ser un ángel, visible o no, y me convertiría en un humano normal, bueno, tan normal como puede esperarse de alguien que era un ángel antes. Entre este proceso y lo que veía eran las fiestas de fin de año, empecé a pensar que sería muy difícil seguir actuando como ángel o sintiendo como tal si me volvía humano. No es que fuera malo ser humano, pero no quería cometer los mismos errores que cuando era uno, esperaba que ser ángel me volviera un poco más sabio. Creo que no lo conseguí. Me siento como si hubiera perdido una oportunidad que me daban de aprender de mis errores. Es muy deprimente.

Mientras caminaba de regreso a mi departamento, ubicado en un edificio de oficinas abandonado recientemente, tanto que hasta el servicio de teléfono e internet funcionaban, un niño se me acercó. Antes de que pudiera saludarlo siquiera me tendió una pequeña estampa y me deseó feliz navidad. Inmediatamente busqué mis bolsillos y encontré un puñado de monedas y unos caramelos que sabía no estaban allí antes. Se lo di devolviendo el saludo. Continuó su camino y apenas había dado algunos pasos cuando escuche que gritaba de sorpresa y alegría. Me volví y él me mostró una pequeña pluma blanca que agitaba en su mano. Riendo de pura felicidad siguió su camino y yo el mío.

“Si sigo así, me voy a quedar sin plumas antes de un año”, pensé con una mezcla de alegría e inquietud. Luego decidí que no me importaba tanto perder las plumas, a pesar de que no lograba descubrir la causa de que se fueran cayendo. Seguramente tenía que ver con el proceso de “humanización” pero sin embargo sentía que no estaba del todo claro. Decidí esperar un poco más a ver si descubría la causa del “desplume” por así decir.

Miré la pequeña estampa y sonreí. Era una imagen de un pesebre con una frase: “Que tus esperanzas para esta nueva etapa se cumplan, que los desafíos no te detengan, que no pierdas nunca tu fe y que siempre te guíe el amor. ¡Feliz Navidad!”

Me reí sin saber muy bien porqué, sintiendo una oleada de esperanza, guardé la estampa en el bolsillo y continué mi camino a casa, sonriendo.