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Y todo el día llovió…

El milagro de existir…
El instinto de buscar…
La fortuna de encontrar…
El gusto de conocer…

La ilusión de vislumbrar…
El placer de coincidir…
El temor a reincidir…
El orgullo de gustar…

La emoción de desnudar…
y descubrir, despacio, el juego.
El rito de acariciar
prendiendo fuego.

La delicia de encajar
y abandonarse.
El alivio de estallar
y derramarse.

Y el amor,
el amor,
el amor,
el amor,
el amor,
el amor.

(imagen robada del Blog de danieladrián, de enero de 2009. El titulo ese post como “llamadores de ángeles”. )

Infancia: mi abuela y Niní Marshall

Mi abuelita era muy, muy pequeña de altura. De cabellos escasos , finos y sin teñir que usaba con rodete alto. Un peinado muy extraño en verdad.

Una persona de un buen humor constante. Dulce, trabajadora, una abejita.

Si viviera hoy, la habrían diagnosticado como una fóbica social. Su reino era su casa, en los ultimos años ya no salía ni a la vereda. Veía a aquellos que iban a visitarla.

Creo que siempre fue una niña interiormente. O que siempre se refugió en esa etapa de su vida, allá en su Adrogué, verde y feliz.

Mi relacion con ella siempre fue a través de la caricia y la ternura. Aunque nunca entendió mi agnosticismo y le dolía bastante – tenía una idea de un dios al que había que temer – su amor por mí fue más fuerte.

En el pueblo donde ella vivía – Cruz del Eje – la televisión llegó más tarde que a otras partes de Córdoba. Entonces, ir a pasar las vacaciones allá era puro juego, el río entonces no contaminado me esperaba en la esquinade la mano de mi tía y sus amigas, y a la tardecita, corriamos a sacar las sillas a la vereda como todos los demás vecinos y jugar con los otros chicos mientras los grandes charlaban. El calor era agobiante, pero no lo parecía tanto con esta costumbre comunitaria. Hoy, la tele destruyó ese modo comunitario de compartir el fin del día con los vecinos y la familia.
Pero una de las cosas que compartí con mi abuela y que más recuerdo, es escuchar la radio. Las radionovelas que ella seguía con una ilusión tremenda, y por supuesto, mi deleite, Nini Marshall, una genia de todos los tiempos, con sus fantásticos personajes. Mi abuela se volvía niña mientras reía y día a día, estas costumbres compartidas nos unían más y más. Las muñecas hechas de lana y algun trapito, ayudarla a cocinar, hasta colaborar en la limpieza eran, con ella, momentos lindos.

Hoy duermo en la cama que fue suya, enorme y de bronce, que desde chiquita aprendi a querer. ¡Y a lustrar!

Estoy segura de haber incorporado de ella mi parte más protegida, la niña dulce que habita en mí también, mientras mirábamos estrellas en Cruz del Eje o escuchábamos a Catita llorando de risa.

Para recordarla y reir con uds, que mejor que Niní, una mujer tan pequeña y tan grande como mi abuela. Consegui una transmisión radial donde participa también Juan Carlos Thorry. Ella hace acá su personaje de Catita, una piba de barrio simpática, ignorante, criticona, que se vestían queriendo parecer más, con gusto dudoso, en fin, mil matices que Nini le iba dando para hacerla más creible y querible.

Aqui va entonces esta pequeñisima muestra de su inmenso talento. Vale la pena cerrar los ojos e imaginar que la escuchamos por radio.