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Domingo y voces con sentimiento

La voz de oro africana y la diva descalza de Cabo Verde, Salif Keita y Cesaria Évora,  cantando juntos Yamore,  es la música que sonaba hace minutos,en este domingo de calor, aquí en casa. Y volaron hasta acá para compartir con ustedes.

Música que me trae el perfume de unas tierras que no conozco y probablemente no conozca nunca, pero que me atraen tanto. ¿Será por vivir en esta Córdoba tan calurosa?  Tal vez, o quizás porque buscando su letra me encuentro con que en una partecita dice:

Si tienes fe, si vives sin miedo y con confianza
si te vuelves un novato
si la mirada de nuestra infancia
vuelve a brillar con inocencia
tu mente se ilumina
y el temporal tal vez va a amainar…

 

Y hablando de emociones, también elijo para regalarles, este tema que me encanta de Pedro Guerra , cantado por el mismo Pedro  y doña Cesaria: “Tiempo y Silencio”.

Una casa en el cielo
Un jardín en el mar
Una alondra en tu pecho
Un volver a empezar

Un deseo de estrellas
Un latir de gorrión
Una isla en tu cama
Una puesta de sol

Tiempo y silencio
Gritos y cantos
Cielos y besos
Voz y quebranto

Nacer en tu risa
Crecer en tu llanto
Vivir en tu espalda
Morir en tus brazos

 
Nota:  (esto es en parte un refrito porque Yamore creo que estaba en el blog anterior que borré. Digamos que es como una restauración :-) ..)

Signos de Alejandra ( Pizarnik)

Signos

Todo hace el amor con el silencio.
Me habían prometido un silencio como un fuego, una casa de silencio.
De pronto el templo es un circo y la luz un tambor.

Tiempo

A Olga Orozco

Yo no sé de la infancia
más que un miedo luminoso
y una mano que me arrastra
a mi otra orilla.

Mi infancia y su perfume
a pájaro acariciado

La enamorada

esta lúgubre manía de vivir
esta recóndita humorada de vivir
te arrastra alejandra no lo niegues.

hoy te miraste en el espejo
y te fue triste estabas sola
la luz rugía el aire cantaba
pero tu amado no volvió

enviarás mensajes sonreirás
tremolarás tus manos así volverá
tu amado tan amado

oyes la demente sirena que lo robó
el barco con barbas de espuma
donde murieron las risas
recuerdas el último abrazo
oh nada de angustias
ríe en el pañuelo llora a carcajadas
pero cierra las puertas de tu rostro
para que no digan luego
que aquella mujer enamorada fuiste tú

te remuerden los días
te culpan las noches
te duele la vida tanto tanto
desesperada ¿adónde vas?
desesperada ¡nada más!

Solamente

ya comprendo la verdad
estalla en mis deseos
y mis desdichas
en mis desencuentros
en mis desequilibrios
en mis delirios
ya comprendo la verdad
ahora
a buscar la vida

La vida dos veces – Armando Tejada Gómez

Una amiga me regaló este texto hoy. No puedo menos que compartirlo.

Miren cómo sonaba allá en mi barrio agreste
este nombre caído de los mares lejanos:
Toddy Deussán. Un chico alimentado a lirios.
Una flor de su madre que soñaba otra vida.
Supe que no querían que jugara conmigo
porque yo era la forma del pánico y el hambre
y la más descarada miseria por el mundo.
Pero Toddy, esa gracia hecha de mimbre y aire,
vivía hipnotizado por mi gran aventura.
Cuando huía del ojo celoso de su madre
se acercaba a mi sombra con cierto desenfado,
me mostraba sonriendo sus ignotos tesoros
y me buscaba el lado más pájaro del alma.


El descubrió en mis ojos cierto país del sueño
donde se desnudaba un ángel con harapos,
algunos yacimientos de enterrada inocencia
y un gran rompecabezas de ternura en mis manos.

Un día, ya vencidos por nuestra resistencia,
los padres me dejaron entrar en el santuario,
nos sirvieron un río de leche y medialunas
y yo los deslumbré dibujando caballos.
Después, siguió la vida, como siempre sucede,
volvió el viento de agosto y crecieron los árboles;
sus padres, que tenían el sueño de otra vida,
una tarde ceniza se mudaron de barrio.
Yo olvidé al canillita en un cruce de esquinas,
entré al jornal violento del vino y los obrajes,
vestí los portentosos pantalones del viento
y descubrí mi oficio de fábula y guitarra.

Toddy, se llama Alfredo Deussán, vive en Mendoza,
casó con otro mimbre hace muchos veranos,
seguramente tiene un puñado de niños
y es una pajarera su comedor de diario.

Acaso, un año de éstos, cuando vuelva al oeste,
llame a su puerta clara y despierte sus pájaros,
sólo porque un amigo es la vida dos veces
y desde aquella tarde no dibujo caballos.

Armando Tejada Gómez

Nostalgias: el mundo de Mafalda

Como tantos otros crecí leyendo Mafalda. Y mis chicas también lo hicieron : a pesar de los saltos generacionales, cada una de ellas tiene su coleccion de libros de Mafalda.

Para los que quieran recordar, van dos animaciones de la tira, la primera sobre el ser mamá, y la segunda quizás explique porqué a algunos nos surgió desde pequeños la conciencia gremial.

Infancia: mi abuela y Niní Marshall

Mi abuelita era muy, muy pequeña de altura. De cabellos escasos , finos y sin teñir que usaba con rodete alto. Un peinado muy extraño en verdad.

Una persona de un buen humor constante. Dulce, trabajadora, una abejita.

Si viviera hoy, la habrían diagnosticado como una fóbica social. Su reino era su casa, en los ultimos años ya no salía ni a la vereda. Veía a aquellos que iban a visitarla.

Creo que siempre fue una niña interiormente. O que siempre se refugió en esa etapa de su vida, allá en su Adrogué, verde y feliz.

Mi relacion con ella siempre fue a través de la caricia y la ternura. Aunque nunca entendió mi agnosticismo y le dolía bastante – tenía una idea de un dios al que había que temer – su amor por mí fue más fuerte.

En el pueblo donde ella vivía – Cruz del Eje – la televisión llegó más tarde que a otras partes de Córdoba. Entonces, ir a pasar las vacaciones allá era puro juego, el río entonces no contaminado me esperaba en la esquinade la mano de mi tía y sus amigas, y a la tardecita, corriamos a sacar las sillas a la vereda como todos los demás vecinos y jugar con los otros chicos mientras los grandes charlaban. El calor era agobiante, pero no lo parecía tanto con esta costumbre comunitaria. Hoy, la tele destruyó ese modo comunitario de compartir el fin del día con los vecinos y la familia.
Pero una de las cosas que compartí con mi abuela y que más recuerdo, es escuchar la radio. Las radionovelas que ella seguía con una ilusión tremenda, y por supuesto, mi deleite, Nini Marshall, una genia de todos los tiempos, con sus fantásticos personajes. Mi abuela se volvía niña mientras reía y día a día, estas costumbres compartidas nos unían más y más. Las muñecas hechas de lana y algun trapito, ayudarla a cocinar, hasta colaborar en la limpieza eran, con ella, momentos lindos.

Hoy duermo en la cama que fue suya, enorme y de bronce, que desde chiquita aprendi a querer. ¡Y a lustrar!

Estoy segura de haber incorporado de ella mi parte más protegida, la niña dulce que habita en mí también, mientras mirábamos estrellas en Cruz del Eje o escuchábamos a Catita llorando de risa.

Para recordarla y reir con uds, que mejor que Niní, una mujer tan pequeña y tan grande como mi abuela. Consegui una transmisión radial donde participa también Juan Carlos Thorry. Ella hace acá su personaje de Catita, una piba de barrio simpática, ignorante, criticona, que se vestían queriendo parecer más, con gusto dudoso, en fin, mil matices que Nini le iba dando para hacerla más creible y querible.

Aqui va entonces esta pequeñisima muestra de su inmenso talento. Vale la pena cerrar los ojos e imaginar que la escuchamos por radio.