La mano

Ella quiso estudiar Psicología y por eso fue a vivir a la ciudad. Pero los militares decidieron cerrar esa carrera, justo aquel año . Claro, era el 76.
Su madre le propuso seguir Medicina que total, estaba dentro de lo mismo, algo así le dijo. Y ella aceptó supongo que sobre todo porque no quería volver a vivir a su casa. Había soñado mucho con esta independencia y ya no podía con tantas situaciones difíciles que se vivían en su hogar. Había soñado conque allí, lejos de la rigidez de su casa podría ser un poquito más feliz.
Medicina no le gustaba para nada. Ella que siempre había sido tan estudiosa y de repente no podía retener bien los contenidos ni bancarse el sistema de enseñanza y la presencia militar en la facu; no se sentía cómoda con sus compañeros ni con sus docentes. Había vivido más que protegida pero podía advertir que algo muy oscuro estaba pasando alrededor. Además, los que venían del interior como ella, eran muy resistidos por los de la capital, tanto era el miedo que se palpaba.
En la pensión donde vivía, adonde llegó aquel marzo del 76, la dueña gustaba mucho de contarles historias de terror antes de que se fueran a dormir. Que a la noche se habían llevado dos o tres de acá a la vuelta, que los tiros que se habían escuchado eran de tal lugar, que ella conocía, que era una familia subversiva y que se habían llevado a todos, siempre con ánimo totalmente favorable a la represión, claro. Los huéspedes de la pensión no tenían privacidad alguna. La dueña entraba cuando quería y revisaba, cuestionaba la limpieza de las sábanas, o si algún libro no era de la carrera, decía que la comprometía.
Sus compañeras de habitación no compartían ningún interés con ella, no había afinidad alguna, la miraban como bicho raro.
Ella había soñado con la independencia de las reglas tan rígidas de su casa, pero estaba ahí, en una ciudad desconocida, repleta de tanques, donde después de las 9 no podía circular y sin saber bien donde ubicar sus posibles nuevos amigos.
Pasaban otras cosas, además. Alguna vez le tocó ir por una calle y descubrir de golpe que le gritaban y apuntaban, a cuadras de llegar a la pension. Esa vez le hicieron un largo interrogatorio y tuvo mucho miedo, aunque no pasó de eso. Ella no entendía por qué tanta historia con ella (despues hubo otras situaciones): eso lo supo mucho tiempo después, cuando conoció detalles de su familia extendida que hasta ese momento nadie le había contado. Pero esa es otra parte de la misma historia. < ?xml:namespace prefix = o ns = "urn:schemas-microsoft-com:office:office" />
El asunto que hoy recordé es que ella se comenzó a sentir profundamente escindida. No podía hacer casi nada de lo que quería y todo el tiempo además había que parecer más normal y común de lo que ella se sentía.
Estaba muy para adentro, no lograba relacionarse bien con la ciudad y sus habitantes. Tenía además cierto mal de amores adolescentes demasiado prolongado, las que en el secundario habían sido sus amigas estaban en otra y no lograba encajar en ninguna parte. Ella se sentía todo el tiempo como afligida y siempre estaba como “ida” de la realidad.
Y para esa época le comenzó a suceder, entre otras cosas, aquello de la mano. Si ella conversaba con alguien de algo que le interesaba, o quizás de algo ligero o amable o si intentaba ver television o cualquier cosa digamos agradable, su mano comenzaba a moverse sola, sin poder controlarla y ella notó como su mano por ejemplo escribía alguna lección que ella pensaba que debería estar repasando. O escribía su mano en el aire, a nadie, contando el miedo que tenía a los tanques. Y todo se desarrollaba al mismo tiempo, exasperantemente. Si cometía algún error al “escribir” su mano comandada por alguna parte de su cabeza “borraba” y volvía atrás, mientras ella seguía hablando procurando ser muy normal.
Su mano escribía en el aire, disimuladamente, sin que nadie lo notara pero con total precisión, todo lo que en realidad le preocupaba, lo que sentia como temor o como falta. A veces ni siquiera podía acostarse a dormir sin hacerlo “escribiendo”.
El síntoma se impuso y ella convivió con él hasta el día aquel en que estalló y se atrevió a hablar con su padre y decirle que le y se estaba mintiendo sobre su vida y su elección de carrera, que se sentía muy mal, muy triste y muy presionada. Y fue también hasta ese mismo día en que pudo hablar con su viejo alguna tristeza demasiado pesada para llevarla sola. Y pudo hablar con él de esto que estaba pasando en la ciudad además, y entonces su padre supo que no podría protegerla callando sino que era necesario por el contrario hablar.
Recién ahí, ella supo de verdad que tenía un padre y que había valido la pena y siempre lo valdría, confiar en él.
Y recién ahí su mano pudo volver a ser sólo una mano y no aquel inclemente recordatorio del dolor, las mentiras y la presión que procuraba ocultar.
