-Señales-

En aquel bar de la esquina

un viejo juega al profeta

bendiciendo mis futuros días

presagiando el amor eterno.

 

Vas a ser muy feliz, asegura.

Me roba una sonrisa…

 

Camino con el paso apurado,

la mirada perdida.

Unos ojos recostados

en un antiguo poste de luz

me observan fijo.

Aquella voz dispara la pregunta

que genera el desconcierto.

 

¿Hay amor o no hay amor?

 

Y todo se detiene…

 

 

Carola.P

Renacer.

Voy a caer

y me voy a levantar

para seguir

para vivir

una vez mas.

 

Curar esta herida,

convertirla en virtud

en fuerza

en impulso

en estimulo.

 

Abrazar,

cuerpo y alma,

la serenidad

para luego

poder dar paz.

 

Sólo yo

soy conciente

de cuanto la necesito.

 

Explotar.

Estallar

hasta agotarme

y convertir

el dolor en belleza.

 

Carola.P

Unidos

 

Esta unión

inquebrantable

que es tan tuya

Y tan mía

 

nos ayuda

a sostenernos

mas allá del tiempo,

la distancia

y los silencios.

 

Ya estamos unidos

por siempre

me dijiste un día

y yo lo se.

 

Uno no se desprende jamás

de lo que lleva

tatuado en la piel.

 

Y en mi piel

se dibuja el recuerdo,

de un nombre, que es el tuyo

siempre el tuyo…

 

Carola. P

Camino hacia la desesperación.

 

Voy caminando

por un túnel oscuro.

No veo la salida

estoy ciega de dolor

 

Hace frío.

Me pesa el cuerpo.

Me pesa la soledad.

Me pesa el paso del tiempo

y también la ausencia.

 

Puede

que hayan pasado

días, meses, años.

Estoy sola.

 

Pierdo el rumbo,

el sentido,

la orientación.

 

Voy buscando

tus manos en el vacío.

No están…

Se fueron…

Se esfumaron…

 

¿Dónde estás?

No te veo.

No me ves?

 

¿Dónde estás?

No te encuentro…

 

Carola.P

No hay cura…

No hay cura, no hay consuelo

ni solución.

Estamos atrapados

en redes de deseos

tejidos a destiempo.

 

Demasiado desacierto,

batalla de egos

donde siempre

vos y yo perdemos.

 

No hay manera de construir

desde los reproches,

los muros de por medio,

los fantasmas

que acechan el presente.

 

 

Presos de nuestras debilidades

solo contribuimos

a contaminar un amor,

que por no fluir,

roza la mediocridad.

 

Y ante todo

deberíamos  comprender:

no se intenta destruir

lo que se ama.

 

Carola.P

Si alguna vez…

Si alguna vez

siquiera sospechara

que hubiese dado el mundo

por ver en sus ojos

un destello de felicidad.

 

Si supiera

que era dueño

de todo pensamiento,

fantasía, ensoñación

que habitaba en mi mente.

 

Si pudiera ver

que fue el motor e impulso

para seguir adelante

a pesar de haber tropezado

mas de una vez.

 

Si  percibiera

que todavía me ahoga su ausencia

y aún hay mucha herida por sanar…

 

Ay! si al menos sospechara que solo él podría hacerlo.

Si creyera en que nunca se alteró mi esencia.

 

Si supiera cuanto lo amo todavía

y cuán perdida estoy

desde su adios.

 

Carola. P

El método de Zen-Kung.

Tomé el empleo para ganarme unos pesos y porque en esos meses de vacaciones mis amigos viajaban a la costa y yo me quedaba en banda. Los días se hacían largos, el calor era insoportable y el acuario me sonó como una salida. Quedaba justo debajo de mi casa y el trabajo era simple. Dar de comer a los pescaditos, controlar la temperatura del agua y atender a los proveedores.

- Si alguien viene a comprar les decís que vuelvan cuando estoy yo- me había ordenado don Sanchino, que era mas lo que no estaba que lo que estaba en el negocio.

Así que yo me entretenía mirando a los pescaditos y cuando me aburría leía historietas. En aquel tiempo me había copado con una de Zen-Kung, un chino que tenía poderes, una especie de mago. El chino había desarrollado una mente capaz de mover las cosas de un lugar a otro. También  tenía el poder de  detenerte una avalancha si quería. Decía que el secreto de sus poderes estaba en la meditación. El tipo se concentraba y podía hacer que ocurrieran cosas. Yo me aluciné con el método y empecé a practicar. Me paraba frente a la pecera, buscaba al pescadito con mas cara de otario y le fijaba la vista. Me concentraba sin dejar de mirarlo y le decía subí, bajá, derecha, izquierda. Al principio no me daba ni bola pero yo insistía, hasta que un día ¡zas! me empezó a hacer caso. No lo podía creer, el chino tenía razón. El método funcionaba. Probé con otro y con otro hasta que los domestiqué a todos. Hasta  al mas chiquito, uno de color azul brillante que era el mas turro y movedizo. Las cosas que conseguí no lo podés creer, organizaba carreras, o  los hacía saltar, dar vueltas carnero en el aire y caer de nuevo en el agua. Una locura. Reconozco que me envicié y de tanto tenerlos cagando alguno se me murió, pero como el viejo no los tenía contados, zafé.

Como te dije don Sanchino no estaba nunca en el negocio, se la pasaba yendo a entregar los pedidos que le hacían por teléfono. Abría a la mañana temprano, se iba cuando yo llegaba y volvía para cerrar.

Algunas veces, que por suerte no eran muchas, te caía de golpe y ahí se me armaba el quilombo porque yo no quería que se enterara de mis poderes y de lo que hacía con los bichos. Tenía miedo de que me echara a la mierda y encima, tener que bancarme el garrón de  que el hincha pelotas de mi viejo me cagara a pedos.

En general yo estaba atento. Cada tanto pispeaba por la ventana para ver si venía. Pero una vez, me agarró distraído; cayó de golpe, no sé ni de donde salió. Cuando me avivé lo tenía casi al lado. No te imaginás que momento. Justo la tortuga acuática estaba caminando en dos patas por el borde de la pecera mientras los pescaditos rojos bailaban, haciendo  ronda, alrededor del un caracol. Me pegué un cagazo padre. No me preguntes por qué, ni de donde lo saqué; creo que debe ser la creatividad que te nace del terror. Me paré de golpe y grite: ¡jofaina! y los bichos como movidos por una mano mágica volvieron a sus costumbres normales. Hasta parecía que se hacían los  boludos para disimular, les faltaba silbar te juro.

-¿Que te pasó pibe?- me dijo don Sanchino sobresaltado por mi grito

-Nada, estornudé señor, disculpe.- y siguió de largo para el baño.

Yo estaba en la gloria, casi me creía un Zen-Kung.

Una mañana al llegar vi una jaula con una especie de lagartija grande adentro.

-¿Y eso que es don Sanchino? le pregunté

- Eso es una iguana. Me la encargó un cliente de San Jorge y la tengo que entregar pasado mañana. No te le acerques y dejá que a esa la alimento yo.

Al rato se fue y yo me puse a mirar a la iguana de lejos, con respeto porque era fiera y parecía brava. Después me fui acercando de a poco y como estaba agrandado me dije: a esta te la domestico. La empecé a mirar fijo desde un metro mas o menos porque me daba un poco de miedo acercarme. Pero se ve que el animal era fuerte o la distancia era mucha porque ni bola. Entonces se me ocurrió una idea. La voy a narcotizar, pensé.

Fui hasta el cajón donde el viejo guardaba los cigarrillos y agarré uno. Lo encendí y empecé a echarle humo en la cara a la iguana mirándola a los ojos. Al principio reculó. Pero enseguida se plantó con la cabeza erguida. Le volví a tirar humo. Ella nada. Yo otra vez. Y ella nada. De golpe se le pusieron los ojos rojos, abrió la boca y gritó raro. Yo no me achiqué y le tiré más. Me clavó la vista como para partirme al medio de la bronca y de la nariz le entró a salir un humo azul en forma de chorros como de medio metro. Ah, chiquita, ¿querés guerra?, le dije. Aspiré el pucho bien a fondo y se lo largué bien fuerte en la jeta. Tomá, la  provoqué, pa´ que tengas. Y ahí se pudrió todo. El bicho pego un alarido que se debe haber escuchado como a dos cuadras, te juro. Se paró en dos patas y no se de donde mierda le salieron dos alas que cuando las abrió hizo pelota la jaula. Yo me fui atrás del mostrador y la bestia, que se ve que estaba recaliente conmigo, se me vino encima y, no lo vas a creer, empezó a echar fuego por la boca. El cagazo que me pegué hermano, parecía que se había tragado un lanzallamas. Alcancé a pegarle un escobazo, que medio la aturdió y ahí aproveché, salí cagando para la calle,  cerré la puerta con llave y rajé.

Corrí para cualquier parte como un loco. No me preguntes como llegué a la  iglesia, pero cuando volví en mí, estaba arrodillado rezando frente a la virgen.

Me habré quedado como una hora escondido ahí hasta que junté coraje para salir.

Encaré para a mi casa y al llegar, dios mío, que desastre. Había tres patrulleros, dos camiones de bomberos, mi vieja, pobrecita, llorando en la calle y al lado mi viejo, con la cara de culo de siempre. Todo el barrio hacía cola para mirar. De la casa y el negocio apenas había quedado la estructura. Nada, todo quemado. Don Sanchino sentado en la vereda se agarraba la cabeza. Me fui acercando despacio. Mi viejo justo levantó la cabeza y me vio. Quedé paralizado. Me volvió a mirar como dudando de que era yo y ahí no más pegó un salto  por arriba de la manguera de los bomberos y vino corriendo a abrazarme. Me besaba por toda la cara, lloraba y me decía, Luisito, hijo, creí que no habías podido salir.

¿Vos sabés lo que hacía que mi viejo no me abrazaba?

 

Roberto Andrés Gil

El tipo de abajo.

Todo el tiempo

el tipo que vive debajo de mi casa

ensaya con un trombón insurrecto.

 

Todo el tiempo

intenta infructuosamente

de arrancarle algo que parezca una melodía.

 

Todo el tiempo

bufa y rezonga y maldice

cosas que el trombón no entiende.

 

Todo el tiempo

acecha y amarga mis días

esa lucha

entre dos voluntades  inalterables.

 

Todo el tiempo

cavilo, medito, barrunto

como acabar con eso.

 

Esta mañana

decidí asesinar a ese tipo

el que vive debajo de mi casa

y ensaya con un trombón insurrecto.

 

Esta mañana

compré un revolver

y las municiones necesarias.

 

Después de almorzar

bajé las escaleras.

Hay cosas que no puedo hacer

con el estómago vacío.

 

A las dos de la tarde

llamé a su puerta.

Me invitó a pasar.

Era un hombre abatido por angustia.

 

A las dos y cinco

me sirvió un whisky.

Sentí pena por él.

Charlamos.

 

A las tres y media

caminamos hasta el Puente Roy

y arrojamos el trombón y el revolver

al río.

 

A las cuatro

volvimos abrazados

como viejos camaradas.

 

Esta noche

nos vamos de putas.

 

Renzo Scarpini.

Las vueltas de la vida.

Espero no te enfades

si es que acaso

leyeras estas líneas algún día

no es probable

pero uno nunca sabe

son inciertas las vueltas de la vida.

 

Tanto tiempo deseando tu deseo

tanto tiempo albergando la esperanza

de recibir algún guiño del destino:

que un buen día se encontraran nuestros pasos

y que tus ojos apuntaran a los míos.

 

Tanto tiempo perdido en ilusiones

tantas horas pergeñando fantasías

tanto creerme estar siempre en los umbrales

tanta vigilia y tantas decepciones

para llegar a un desenlace inapelable.

 

Que tu andar se fugara hacia otra senda

que tus alas se elevaran a otro cielo

y otros brazos estrecharan la fragancia

que yo apenas pude desear a la distancia.

 

Me dolió

no se cuanto vagué

desangelado

te nombré en el delirio de la pena

vi tu rostro en mil rostros diferentes

y acepté la crueldad de mi condena.

 

Indescifrables, las vueltas de la vida

siempre intervienen y aún a pesar nuestro

nos someten a su imperio y a sus causas

y así como todo lo comienzan

imprevisibles y fugaces como rayos

del mismo modo, a su antojo, todo acaban.

 

Hoy te vi después de algunos años

pero en nada  parecías ser aquella

que por las noches embriagaba mi tormento

sentí  horror por no hallarte en mi memoria

y por la ridícula orfandad de mi  nostalgia.

 

Pasé de largo venciendo la vergüenza

de que acaso pudieras recordarme

y como una broma absurda del destino

cometieras la torpeza de nombrarme.

 

Escapé de tu vista y tu recuerdo

me asilé en un café, escribí un poema

y ya aliviado, liberado, redimido

me reí de aquella vieja pesadilla

pero no mucho

porque uno nunca sabe

son inciertas las vueltas de la vida.

 

Roberto Andrés Gil.

-Te Deseo-

Te deseo…

 

Porque el pasado se carga con los años

el futuro se ufana de sí mismo

y el presente se torna farragoso

cuando vacilan los pies frente al camino…

 

te deseo:

 

que viajes sin temor como hace el viento

 

que como el sol calientes sin pudores

 

que vueles en libertad como los sueños

 

que perfumes sin rencor como las flores

 

que así como la flecha cruza el aire

sin dudar de su esencia y su destino

puedas vislumbrar un horizonte

donde apostar tu fuego y tu designio

 

que no precises mas armas que tus armas

 

que no supliques que restañen tus heridas

 

que no luches mas lucha que tu lucha

 

que no te niegues al llanto ni a la risa

 

que le encuentres la música a tu baile

 

que el amor te transcurra en alegría

 

que no debas ni pretendas que te deban

 

y que honres el milagro de estar viva.

 

A Johanna

26/02/2010

 

Roberto Andrés Gil