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38- Unidad

mineros 

Para el blog “Microrrelatos negro carbón”:

http://microrrelatonegrocarbon.blogspot.com.es

   Setenta días sin ver la luz. Como minero estaba acostumbrado a la oscuridad que significa penetrar en la entraña de la tierra pero, aquel derrumbamiento en la mina chilena de san José le había dado otra experiencia: la de aferrarse a la luz de la esperanza unido a sus compañeros de encierro para no desfallecer.
Mientras me lo contaba, sin aspavientos ni adjetivos, recordó el conflicto de los mineros españoles: “sí que está negro eso, ¿sabe usted si cerrarán la mina? Porque es duro el trabajo pero más duro es no tenerlo. Señorita periodista, por favor, dígales a esos que se mantengan unidos, no importa lo que suceda, juntos le encontrarán la vuelta, que sean uno.”

37- Si lo podés soñar

balanza

 

        Este relato va dedicado a mi amiga Elisa Sarmiento, genia de la alta costura.

                  (En el mes del amigo escribiré ficciones inspiradas en mis amigas)

 

 

Elisa había nacido ciega, allá en la provincia de San Juan donde las posibilidades eran escasas. Todas las mujeres de su familia se habían dedicado a la costura. ¡¿En qué etapa de esos menesteres podría haber colaborado Elisa?! En ninguna, fue derecho al Hogar Municipal de ciegas.

Pocas fueron las visitas de sus familiares, su casa estaba a 300 kilómetros del hogar. Elisa aprendió el Braille e hizo la escuela primaria de manera sobresaliente. Su voluntad, unida a un don natural para crear amistades a pesar de la barrera que suponía la oscuridad, le abrió todas las puertas. Claro que le costó más, pero también fue el esfuerzo el que la modeló como una mujer sin miedo a quien ninguna barrera le parecía un obstáculo demasiado grande.

Así la conocí, a sus dieciocho años, cuando yo era un joven de la misma edad que se preparaba para ingresar en la Facultad de Derecho. En esa época dedicaba yo una porción semanal de mi tiempo a la Legión de María. Cada semana nos reuníamos con otros legionarios para trabajar de manera organizada. Hablar de Jesús, llevar esperanza, hacer compañía, dar apoyo espiritual y todo lo que humanamente pudiera hacer bien a enfermos, discapacitados, presos o ancianos era nuestra tarea. Le tocó a mi grupo el hogar de ciegos y mi responsabilidad individual era estar el mínimo de una hora semanal.

Fue en abril de 1978, el mismo mes en que empecé la carrera, por lo tanto le hablé a ella de mi alegría, del amor por la justicia, de la necesidad y la utilidad de las leyes.

―Ser abogada es mi sueño inalcanzable.

Elisa dijo esas pocas palabras después de mi extenso monólogo y su voz me caló los huesos.

― ¿Por qué inalcanzable? Si lo podés soñar, lo podrás hacer―repetí una frase hecha en la cual creía con firmeza en los tiempos de mi juventud.

La dije con convicción, pero, luego de mantener un interesante y jugoso diálogo, el más importante de toda mi vida, no estuve tan seguro de haber dicho una verdad. Elisa me enumeró con claridad los obstáculos que yo no veía.

Ella iba dejando caer con serenidad las palabras, su voz era de una dulzura tan firme que me llevaba como madre a un niño de la mano. El tiempo se deslizaba sin hacerse notar, yo estaba tan extasiado que no me di cuenta de que habían pasado más de dos horas cuando la celadora anunció la hora de la cena.

Todo el camino de vuelta a casa miré el paisaje como no lo había hecho antes, Elisa, sin saberlo y sin proponérselo, me había enseñado a ver más allá. Me había dado también una clase magistral sobre el esfuerzo y la constancia, valores éstos que no estaban en mi lista todavía.

Al llegar a la plaza, desierta a esa hora por el frío, me acosté en el banco de granito, ojos al cielo gris de otoño, cambiante firmamento que se expresaba con nubes haciendo sus dibujos. La tarde se hizo noche y yo lo seguía contemplando como si fuera la primera vez, como si se tratara del momento preciso en que descubría lo que era una nube y cómo se movía trazando un dibujo que me hablaba.

Lo decidí esa noche, mirando la oscuridad del cielo y se lo comuniqué al día siguiente:

―Serás abogada, lo digo yo, como que me llamo Alejandro Franco―y colocando mi libro sobre su falda agregué de manera solemne―“Introducción al Derecho” de Aftalion.

Ambos nos reímos para romper la solemnidad que había creado mi actuación y ese mismo día nos pusimos a trabajar sin pausa.

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Estimado lector, no quiero aburrirte con los pormenores, pero es importante que recuerdes: “si lo podés soñar, lo podrás hacer”

―Sí, señorita, disculpe la demora, el texto para el cartel es el siguiente: <<ESTUDIO JURÍDICO / Dra. Elisa Sarmiento/ Dr. Alejandro Franco >>, sí, señorita, Sarmiento, se escribe con S, igual que el prócer.

33-Un diario con futuro

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“En sus manos… ¡el primer periódico perfumado del mundo!  Gentileza de Casa GOOBI.” Anuncia la tapa. Me pregunto si será verdad u otra exageración argentina de las tantas.

Es el diario de mi barrio, el mismo que cada mes me trae los principales acontecimientos y bastante de nostalgia del pasado que brota en fotografía y palabras.

“Siempre hay proyectos e ilusiones para seguir bregando” Leo la editorial y la comparto, frase a frase.

“Amigos, vecinos, instituciones y comerciantes se suman al compromiso de estar al servicio de la comunidad” Es cierto, ahí nomás,  en la misma página, cirugía de cataratas, clases de batería, grafología y yoga vital.

“La gente, los vecinos, esperan cada mes, la llegada de nuestro periódico, que es hoy por hoy, patrimonio de cada habitante de Villa Martelli” y también es cierto.

La editorial es breve, una simple bienvenida al nuevo año periodístico, cálida y con fotografía acorde al tono: una mano que empuña antigua pluma,  de las que se bañaban en el tintero para que pudieran regalar una letra.

La fotografía me da la sensación de haberla visto otra vez, vuelvo a la portada para buscar la fecha: Marzo 2020. Leo y releo. Sonrío, error de imprenta debe ser.

Me levanto, camino hacia la cocina para prepararme el desayuno y no encuentro mi tazón verde. ¿Cómo voy a hallarlo si estos no son mis antiguos muebles?  Una nota escrita con caligrafía infantil descansa sobre la mesa: “Abuela, te quiero, 12 de marzo de 2020”

Estoy repasando las cifras cuando me sobresalta el teléfono. Un  aparato pequeño que yo no sabía que poseía,  pura pantalla que está cerca del dibujo con la nota. Aparece en el telefono la cara de una niña pequeña, igualita a mi hija mayor. Atiendo sin comprender.

“Abuela, dice mi mamá que esta noche vamos a comer pizza, ¿me hacés con jamón y huevo para mí?” “Abuela, contéstame” “¿Me oís?”

No puedo responder, soy un tsunami de interrogantes que dan vuelta en mi cabeza.

Teléfono en mano salgo al patio. Mis plantas, mi jardín, son diferentes.

“Abuela, con el huevo picado, ¿me oís?”

Y me miro las manos con manchas claras ¿desde cuándo?, y releo la portada del diario, “Marzo 2020” y aparece mi hija en la pantalla, cambiada, aún más linda que antes.  No es la chiquita, ni la adolescente rebelde, ni la recién graduada con crisis de vocación. El tsunami se aplaca mirando sus ojos serenos.

“Mamá ¿te pasa algo? Pensábamos ir a tu casa, si te sentís mal cocino yo”

Le respondo que no, que fue seguramente, porque todavía estoy algo dormida, ya sabe que me encanta que vengan.  

Recorro la casa y las muestras del cambio son cuantiosas, debo haber pasado por el túnel del tiempo, la tele fina como un papel adherido a la pared, me muestra imágenes de aero-autos semejantes a los que veía en la serie animada “Los supersónicos” durante mi niñez, allá por los sesenta donde aquello parecía irreal.

Veo sobre mi escritorio una computadora  tan delgada como la tele, está abierta la versión online de “El Martelliano”.  ¡Qué gracia! Ayer nomás me parece que estuve hablando con su director sobre la importancia de aparecer en la red.  Con unos leves toques en la pantalla táctil recorro las páginas colmadas de historias de emprendedores exitosos de nuestro barrio.   Miro detenidamente la fotografía de mi último libro publicado. Yo  pensaba  que, en un futuro cercano, sólo los textos muy valiosos se editarían en papel, ¡y ahí estaban mis ejemplares en la biblioteca!

Finalmente me preparo un té y termino de leer la editorial del diario.

“Donde soñar e ir cumpliendo de a poco esos sueños es un privilegio para todos nosotros.” Lo doblo con cuidado y me voy a amasar la pizza para mis nietos.

 

Dedicado a Hugo Daniel Pane