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4- Desilusión

Cuando Hilda salió al escenario con su vestido negro, caminando con sus tacos agujas y luciendo una impecable capelina no imaginó que el hombre de quien se había enamorado en su juventud estaba entre el público.

Roberto siempre se había interesado en las actividades de sus cinco nietos, los iba a ver y tenía fotografías de todas sus actuaciones en las típicas fiestas escolares. Mucho más desde que había enviudado. Pero esta vez era especial, desde que leyó el nombre de ella impreso en el programa se quedó temblando. Sentado, mientras esperaba el comienzo de la obra en la que debutaría el nieto, se ponía los lentes una y otra vez para asegurarse: Hilda Bengolea. Los minutos que lo separaban de verla, de sacarse la duda, de confirmar si sólo era otra mujer que se llamara igual, se le hacían eternidades. Podría empezar, se repetía, y volvía a convencerse con diversos argumentos. Nunca había sido impaciente pero acaba de descubrirse mirando la hora a cada instante desde que el acomodador le entregó el programa.

Finalmente se apagaron las luces, se levantó el telón, se encendió un potente foco y salió Hilda a escena con su caminar seguro, con la gracia inconfundible de otros años, seguida por la luz y por un aplauso cerrado. A Roberto se le estremecieron hasta los huesos, le parecía irreal, ¿Hilda allí? Encantadora en su vestido negro, luciendo con elegancia altos zapatos y sombrero, se la veía más espigada y atractiva aún, no le cabía duda de que era ella, los cuarenta años que habían pasado le habían sumado encanto.

Hacía el papel de una viuda distinguida y estafadora, lo hacía con maestría y gracia, Roberto disfrutó de la obra embobado. Su nieto tenía un pequeño papel que le pasó casi inadvertido. Sus ojos estaban en la mirada de ella, algo disimulada por el tul negro que le otorgaba cierto misterio. Sus ojos estaban en esas manos, enfundadas en guantes ahora, que se movían gráciles y que hablaban en el gesto. Sus ojos recorrían la delgadez del cuerpo de ella.

A la primera caída del telón se puso de pie y aplaudió hasta que le dolieron las palmas. No sabía que hacer, quería gritarle, le salió un bravo que se perdió entre otros del público. Cuando cayó el telón definitivamente, corrió hasta el primer puesto de flores y le solicitó al vendedor que uniera todos los ramos de fresias que tenía en uno grande, único, inmenso para ella. Después retornó al teatro, buscó preguntando por los pasillos hasta que dio con su camarín en cuya puerta se quedó esperando.

Se sentía con todas las inseguridades del joven que fue, ensayaba la manera en que la encararía, mentalmente armaba frases y volvía a desarmarlas hasta que ella salió y casi casi la chocó. Fue entonces que terminó diciendo solamente perdón.

Quedaron frente a frente, solos en el pasillo. Se miraron por dentro y por fuera, atontados entre el perfume de los años y de las fresias.

—Hilda, estuviste exquisita, tan encantadora como te había conocido.

—Roberto, sos increíble ¡todavía recordás nuestras flores!, ¿cómo te enteraste que actuaría?—le dijo entre asombrada y nerviosa, acercando el ramo a la cara, entrecerrando los ojos como si así pudiera apreciar mejor el color y el aroma de sus flores preferidas.

—Casualidad, mi nieto está en el grupo—se limitó a decir mientras no paraba de contemplarla.

— ¿Quién es? ¿Cómo se llama? ¿Qué ha sido de tu vida? ¿Cuántos años han pasado? Ayudame a contar—decía mientras intentaba en vano ayudarse con los dedos y le resultaban pocos.

— ¡Ni que uniéramos nuestras cuatro manos y pies!—rió él con ganas y se animó—¿Puedo invitarte a cenar?

—Claro que sí, muero de hambre, vamos— dijo ella espontáneamente y lo tomó del brazo.

La cena transcurrió magnífica, se extendieron conversando hasta que cerró el local. Ambos sentían que les faltaba continuar, fue Hilda la que invitó esta vez.

— Roberto, quiero que el viernes por la noche vengas a cenar a casa—lo dijo sin esperar una negativa mientras garabateaba su dirección y teléfono en un papel que sacó de su cartera.

Ese viernes, puntualmente, un Roberto por demás atildado, con otro enorme ramo de fresias y una botella de Cavernet Sauvignon tocó el timbre. Su sorpresa fue mayúscula, otra mujer atendió la puerta.

¿Roberto, verdad? No, no se ha equivocado, hombre—dijo la joven— Hilda ya viene, está en la cocina, mi nombre es Lidia dijo con soltura.

Cinco minutos después apareció Hilda, encantadora como siempre. Recibió las flores y las colocó inmediatamente en un jarrón con agua mientras Roberto la contemplaba como quien observa una obra de arte. Sus ojos acariciaban por igual las manos que se movían con elegancia, la cara que veía y la que su memoria tenía guardada.

La mesa estaba puesta con exquisitez, aunque a Roberto no le importaba nada más allá de mirar a Hilda. No se había percatado de ningún detalle fuera de ella, a Hilda la había percibido entera. Algo desagradable intuía, algo que no estaba en el pasado. Roberto sabía que la memoria es un músculo imprevisible, algo que, en su caso, con los años se había acentuado. Pero no era eso, sabía que era otra cosa. Estaba tan seguro como lo estaba de su nombre, de su dirección, de su número de documento.

Se dedicó a escuchar a las dos mujeres, supo que vivían juntas y que se llevaban bien a pesar de ser de generaciones diferentes. Hilda estaba muy bien conservada pero podía ser la madre. Algo más que cariño de amigas, se dijo Roberto, pero no lo sentía verdad, no podía ser.

Cuando trajeron el café, Hilda comentó que el plato que habían cenado era la especialidad de Lidia, que lo preparaba para ocasiones especiales y la halagó con entusiasmo mientras acarició las manos de la joven con la misma delicadeza con que Roberto la observó acomodar las flores del jarrón. Lidia le dio entonces un largo beso en la boca.

Roberto se puso de pie, dijo que la cafeína le hacía mal y se fue.

(Esta es la versión terminada del relato, es para Pepyton y para Marka)

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