Posts etiquetados como ‘muerte’

27-Unidad

Para Piedad que me lee desde el Cielo.

torta de manzana

La mujer cortó las manzanas finitas con paciencia meticulosa al mismo tiempo en que en la batidora daba vueltas la mezcla para la base de su tarta. Ya había encendido el horno, se demoraba a su calor parada cerca del fuego esa helada tarde de Buenos Aires.
Del otro lado del mar, a unos diez mil kilómetros de distancia pero al mismo tiempo, sabía que estaban reunidos para celebrar misa por el primer aniversario de la muerte de Piedad. Ella la había visto algunas veces, la conoció poco pero se le antojaba cercana de manera extrema, tenía motivos importantes para celebrar su vida.
Apagó la batidora y la apartó con cuidado. Volcó el contenido despacio y pasó varias veces la espátula de goma hasta que no quedara una gota de masa desperdiciada.
Del otro lado del mar, estarían rezando el padrenuestro al unísono, amigos y parientes. Mientras las voces recitaban las palabras universales, el corazón repasaría los recuerdos íntimos particulares.
Se acercó más al horno mientras distribuía prolijamente la masa en la base del molde. Una vez la tuvo bien esparcida, la alisó con cuidado y empezó a colocar las manzanas una por una como si de un cuadro redondo se tratara.
Del otro lado estaría terminando la misa, se abrían dado la paz entre abrazos. La mujer imaginó las caras familiares y después se hizo la señal de la cruz como si hubiera recibido la bendición del cura.
Con mucho cuidado, como si fuera un gesto litúrgico, esparció azúcar y canela sobre la preparación, abrió la puerta del horno, se complació del golpe de calor en su cara y apoyó el molde sobre la rejilla central. Cerró la puerta, se sirvió una taza de té y se dispuso a escribirle a su amigo para contarle.
“Como te dije esta mañana, a la hora en que allí celebraron la misa, estuve al lado de ustedes de la manera que pude, ¡tonto modo que improvisé! Sabés que me las ingenio para inventar la sensación de estar cercanos. Hice una tarta de las que tu mamá habrá hecho miles a lo largo de sus años, una forma de unirme.”

  • Comentarios
  • 1 voto

17-Ser farera

faro_st_George_Reef

Me gustaría precisar en qué lugar del planeta ocurrió, para ser más exacta, pero la historia me llegó como la doy.

Se llamaba Pedro, hacía un par de años que cuidaba el faro, se había entrenado para ese trabajo con el plan de aprovechar ese ambiente solitario y dedicarse a la escritura que era su verdadera pasión. El día que se trasladó allá llevaba consigo la vieja máquina de escribir y unas pocas pertenencias.

Odiaba los domingos, se llenaba de paseantes y tenía la obligación de abrir el faro para mostrarlo, explicar su historia y funcionamiento. Esas actividades se suspendían cuando el tiempo estaba malo, así que Pedro comenzaba a escrutar las nubes desde el amanecer como un conjuro para desatar vientos y tormentas.

Precisamente lo que me contaron ocurrió un día domingo.

Bien temprano pudo observar el enorme medallón de oro saliendo del agua, ese detalle le cantaba que  aumentarían los turistas y se quedarían todo el día por los alrededores.

Soportó de manera estoica con la esperanza puesta en el anochecer, el reencuentro con la paz y la rutina cotidiana.

Despidió a los últimos visitantes y cerró la puerta con la tranca aunque no había necesidad en aquel paraje.

Subió por la escalera caracol a contemplar la primera vista de las estrellas con un vaso de vino tinto como lo hacía cada día. Era su celebración, la gratitud por el espectáculo que la naturaleza le brindaba  para él.

Pedro no supo el modo, sólo sintió un golpe rotundo y un empujón con el que inició el vuelo en picada hacia al mar.

No sabía que no estaba solo. Una mujer lo espiaba. Una lunática que enloquecía por el mar y esas torres, señeras y extrañas, colocadas en sitios que abundan en historias de naufragios, se había escondido  del lado opuesto de la construcción.

Lo había esperado agazapada, con una pata de cordero como arma y el precipicio delante.

Gustos son gustos, quería ser señora de un faro y las autoridades no se lo habían permitido por ser mujer.

Este relato me lo inspiró Elysa y a ella se lo dedico.

  • Comentarios
  • 1 voto

Un escritor siempre está vivo

Dije siempre y debería borrarlo, el escritor resucita en sus palabras actualizadas y recreadas cuando lo vuelven a leer. Y, encima, con el valor agregado de ser vida multiplicada en los lectores. Cada ser humano que lee le regala su propia impronta desde sus ojos y desde su experiencia. La misma frase, la mismas palabras que la construyen se visten de otro color cuando se lee por otro ser. Una novela nunca es la misma. ¡Qué decepción! dijo alguien terminando la misma lectura que otros miles habían calificado como deliciosa. Tiene que ver con los ojos que miran, la experiencia que han vivido y el modo en que la transitaron.

  • 1 Comentario
  • Sin votos

Tomás Eloy Martínez

varias enero 2010 003

La muerte de Tomás Eloy, la falta de su columna de los sábados de la cual fui fanática lectora me ha conducido a indagar entre las novelas sustanciosas y variadas que nos ha dejado.

Como no tengo ninguna en casa he corrido a la biblioteca del barrio y encontré dos: “Santa Evita” y “El cantor de tango”.

En cuanto las termine, proyecto comprar otras dos: “El vuelo de la reina” y “Purgatorio”.

Les transcribo el primer párrafo de la primera novela que cité, por ahí, mientras lo copio, por un sistema de ósmosis, adquiero una parte del talento que tenía Tomás Eloy para narrar.

«Al despertar de un desmayo que duró tres días, Evita tuvo al fin la certeza de que iba a morir. Se le habían disipado ya las atroces punzadas en el vientre y el cuerpo estaba de nuevo limpio, a solas consigo mismo, en una beatitud sin tiempo y sin lugar: Sólo la idea de la muerte no le dejaba de doler. Lo peor de la muerte no era que sucediera. Lo peor de la muerte era la blancura, el vacío, la soledad del otro lado: el cuerpo huyendo como un caballo al galope.»

  • Sin Comentarios
  • Sin votos