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36- Desde la cárcel

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En la cárcel

—Deseaba tener una habitación limpia e individual, una cama muy blanca, un lavabo

resplandeciente, una mesa con una lámpara de luz suave. Pero debía matar a alguien y lo

peor es que ese alguien era mi marido—me confía con serenidad mi nueva compañera de

celda.

— ¿Estás aquí por matarlo a él, verdad?—le pregunto con ansiedad.

—Así es, mi vida con él en el rancho se había convertido en el infierno mismo—lo dice

acomodándose, y me parece que va para largo.

— ¿Dónde vivían?

—En Mendoza, cerca de las bodegas, la bendita tierra del sol y del buen vino—responde con

ironía.

— ¡Qué hermoso!— le digo mientras veo internamente las montañas enormes con los picos

nevados—yo soy de la capital, caí por traficar drogas.

Nos quedamos en silencio varios minutos, no me animo a preguntar más. Ella me clava

unos ojos desorbitados que me atemorizan en parte. Nunca compartí celda con una asesina

aunque me pregunto si matar a un marido así es un delito tan grave. Luego de dar unas

vueltas reconociendo el lugar, inicia su monólogo. No me había equivocado, ella tenía ganas

de contarme todo y yo, suficiente tiempo para escucharla.

—Los primeros años los hijos constituyeron un motivo de alegría, aquello fue antes, cuando

éramos más jóvenes y todavía el amor no se había evaporado. ¡Hasta el calor de las siestas

se sentía más suave en el rancho cuando aprovechábamos la hora de descanso para

amarnos! El tiempo hizo lo suyo, los hijos crecieron y se fueron. Quedamos solos, en ese

tiempo empezó mi calvario. Ronquidos, malos tratos, su aliento hediondo, borracheras

violentas y vómitos asquerosos en las sábanas. ¡Cuántas noches lo dejé solo durmiendo en

su propia inmundicia!

Mi nueva compañera vuelve a clavarme los ojos, parece que vigila mi expresión y sigue.

—Fue una de esas veces, en que, acostada sobre la tierra en el silencio hondo de una noche

sin luna tomé la decisión. Me imaginé sola en el rancho, durmiendo sobre las sábanas limpias

en un ambiente fresco y perfumado.

Mientras lo dice acaricia con cariño una cama imaginaria, se ausenta su mirada y toda su

cara es una mueca de ensueño. De repente cambia la voz, no me habla a mí sino a sí misma.

—O, tal vez, ¿quién te dice Beatriz? Quizá venga otro a ocupar su lugar. Uno que no se

pierda bebiendo. Seguramente, durante la próxima cosecha serán, como siempre, muchos los

que vengan. Vendrán jóvenes y fuertes, por la noche cansados del trabajo, ansiando también

compartir una cama limpia. ¿Y el boticario del pueblo, Beti? ¿Te agrada él? Fue muy amable

cuando le pediste consejo para matar a las culebras. ¿Pero ahora lo odias mucho, verdad?

¿Cuál es tu sensación más fuerte? ¿Beti, no quieres decírmelo? ¿Lo sabes o no? Te había

gustado el boticario, ¿verdad? Y estaba solo, te lo dijo varias veces.

Beatriz, ahora sé su nombre, vuelve a hacer una pausa, retorna a su tono anterior y continúa

la historia como si otra mujer que llevara dentro la hubiera interrumpido para pedirle una

aclaración sobre algo para lo que no tenía respuesta.

—Me levanté al clarear, justo con el primer rayo de sol, y comencé las tareas de todos los

días. Bombear el agua, dar de comer a los animales, ordeñar la vaca y despertar al Julio. No

sin protestar, él se levantó, se aseó, se alimentó sin articular palabra, montó su caballo y

partió. Cuando desapareció de mi vista tragado por el polvo, comencé a celebrar

interiormente. Me puse la ropa de domingo y me encaminé hacia el pueblo. El boticario me

estaba esperando para cerrar nuestro trato. Acicalado y perfumado, parecía joven, me

condujo hacia la habitación del fondo. “Unos gramitos de estricnina y molestia resuelta, sea

reptante o con dos patas.” Cuando lo dijo, temblé, pensé que adivinaba mis intenciones,

¿presentía, acaso, que yo no buscaba matar culebras? Seguro bromeaba, se encontraba

contento de que me acostara con él a cambio de un poco de veneno. Yo disfruté mucho,

resultó un amante inolvidable, sentí que se me suavizaba la piel entre sus manos delicadas,

me hizo volar de placer. Y ¡sus sábanas! Limpias, blanquísimas y el lavabo resplandeciente y

la mesa con la lámpara de luz suave y ¡un jarrón repleto de rosas frescas! Todo eso

compraría yo cuando cobrara el seguro por la muerte de mi marido. Nos vestimos, me entregó

el veneno de nombre difícil y volví al rancho. Con el último rayo de sol, el Julio volvió a casa.

Yo lo esperaba con el vaso de gaseosa, la de siempre, sólo que le había puesto el veneno.

Me quedé observando, sin tristeza ni remordimiento, me gustaba verlo y saber que bebía por

última vez.

Beatriz hace una pausa larga, gestos, sonidos y mímica de quien bebe a sorbos grandes,

repite que sólo quería unas sábanas blancas y una mesa con luz suave, baila la frase

mientras canturrea con ritmo afligido. Después me empuja violentamente contra la pared,

comienza a golpearme, clava sus ojos como puñales en los míos, sus uñas lastiman mi cuello

y me amenaza.

—Prométeme—me grita—prométeme que me ayudarás a apuñalar al soplón del boticario que

apareció con la policía en el rancho justo en el momento en que yo desaparecía al Julio.

Este relato mío está incluído en

“Consignas para escritores” de Jorge Eduardo Benavides

cuya fotografía está arriba del texto.

Realizar el taller online que se transformó en libro

fue una experiencia

plena de riqueza.

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33-Un diario con futuro

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“En sus manos… ¡el primer periódico perfumado del mundo!  Gentileza de Casa GOOBI.” Anuncia la tapa. Me pregunto si será verdad u otra exageración argentina de las tantas.

Es el diario de mi barrio, el mismo que cada mes me trae los principales acontecimientos y bastante de nostalgia del pasado que brota en fotografía y palabras.

“Siempre hay proyectos e ilusiones para seguir bregando” Leo la editorial y la comparto, frase a frase.

“Amigos, vecinos, instituciones y comerciantes se suman al compromiso de estar al servicio de la comunidad” Es cierto, ahí nomás,  en la misma página, cirugía de cataratas, clases de batería, grafología y yoga vital.

“La gente, los vecinos, esperan cada mes, la llegada de nuestro periódico, que es hoy por hoy, patrimonio de cada habitante de Villa Martelli” y también es cierto.

La editorial es breve, una simple bienvenida al nuevo año periodístico, cálida y con fotografía acorde al tono: una mano que empuña antigua pluma,  de las que se bañaban en el tintero para que pudieran regalar una letra.

La fotografía me da la sensación de haberla visto otra vez, vuelvo a la portada para buscar la fecha: Marzo 2020. Leo y releo. Sonrío, error de imprenta debe ser.

Me levanto, camino hacia la cocina para prepararme el desayuno y no encuentro mi tazón verde. ¿Cómo voy a hallarlo si estos no son mis antiguos muebles?  Una nota escrita con caligrafía infantil descansa sobre la mesa: “Abuela, te quiero, 12 de marzo de 2020”

Estoy repasando las cifras cuando me sobresalta el teléfono. Un  aparato pequeño que yo no sabía que poseía,  pura pantalla que está cerca del dibujo con la nota. Aparece en el telefono la cara de una niña pequeña, igualita a mi hija mayor. Atiendo sin comprender.

“Abuela, dice mi mamá que esta noche vamos a comer pizza, ¿me hacés con jamón y huevo para mí?” “Abuela, contéstame” “¿Me oís?”

No puedo responder, soy un tsunami de interrogantes que dan vuelta en mi cabeza.

Teléfono en mano salgo al patio. Mis plantas, mi jardín, son diferentes.

“Abuela, con el huevo picado, ¿me oís?”

Y me miro las manos con manchas claras ¿desde cuándo?, y releo la portada del diario, “Marzo 2020” y aparece mi hija en la pantalla, cambiada, aún más linda que antes.  No es la chiquita, ni la adolescente rebelde, ni la recién graduada con crisis de vocación. El tsunami se aplaca mirando sus ojos serenos.

“Mamá ¿te pasa algo? Pensábamos ir a tu casa, si te sentís mal cocino yo”

Le respondo que no, que fue seguramente, porque todavía estoy algo dormida, ya sabe que me encanta que vengan.  

Recorro la casa y las muestras del cambio son cuantiosas, debo haber pasado por el túnel del tiempo, la tele fina como un papel adherido a la pared, me muestra imágenes de aero-autos semejantes a los que veía en la serie animada “Los supersónicos” durante mi niñez, allá por los sesenta donde aquello parecía irreal.

Veo sobre mi escritorio una computadora  tan delgada como la tele, está abierta la versión online de “El Martelliano”.  ¡Qué gracia! Ayer nomás me parece que estuve hablando con su director sobre la importancia de aparecer en la red.  Con unos leves toques en la pantalla táctil recorro las páginas colmadas de historias de emprendedores exitosos de nuestro barrio.   Miro detenidamente la fotografía de mi último libro publicado. Yo  pensaba  que, en un futuro cercano, sólo los textos muy valiosos se editarían en papel, ¡y ahí estaban mis ejemplares en la biblioteca!

Finalmente me preparo un té y termino de leer la editorial del diario.

“Donde soñar e ir cumpliendo de a poco esos sueños es un privilegio para todos nosotros.” Lo doblo con cuidado y me voy a amasar la pizza para mis nietos.

 

Dedicado a Hugo Daniel Pane

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4- Desilusión

Cuando Hilda salió al escenario con su vestido negro, caminando con sus tacos agujas y luciendo una impecable capelina no imaginó que el hombre de quien se había enamorado en su juventud estaba entre el público.

Roberto siempre se había interesado en las actividades de sus cinco nietos, los iba a ver y tenía fotografías de todas sus actuaciones en las típicas fiestas escolares. Mucho más desde que había enviudado. Pero esta vez era especial, desde que leyó el nombre de ella impreso en el programa se quedó temblando. Sentado, mientras esperaba el comienzo de la obra en la que debutaría el nieto, se ponía los lentes una y otra vez para asegurarse: Hilda Bengolea. Los minutos que lo separaban de verla, de sacarse la duda, de confirmar si sólo era otra mujer que se llamara igual, se le hacían eternidades. Podría empezar, se repetía, y volvía a convencerse con diversos argumentos. Nunca había sido impaciente pero acaba de descubrirse mirando la hora a cada instante desde que el acomodador le entregó el programa.

Finalmente se apagaron las luces, se levantó el telón, se encendió un potente foco y salió Hilda a escena con su caminar seguro, con la gracia inconfundible de otros años, seguida por la luz y por un aplauso cerrado. A Roberto se le estremecieron hasta los huesos, le parecía irreal, ¿Hilda allí? Encantadora en su vestido negro, luciendo con elegancia altos zapatos y sombrero, se la veía más espigada y atractiva aún, no le cabía duda de que era ella, los cuarenta años que habían pasado le habían sumado encanto.

Hacía el papel de una viuda distinguida y estafadora, lo hacía con maestría y gracia, Roberto disfrutó de la obra embobado. Su nieto tenía un pequeño papel que le pasó casi inadvertido. Sus ojos estaban en la mirada de ella, algo disimulada por el tul negro que le otorgaba cierto misterio. Sus ojos estaban en esas manos, enfundadas en guantes ahora, que se movían gráciles y que hablaban en el gesto. Sus ojos recorrían la delgadez del cuerpo de ella.

A la primera caída del telón se puso de pie y aplaudió hasta que le dolieron las palmas. No sabía que hacer, quería gritarle, le salió un bravo que se perdió entre otros del público. Cuando cayó el telón definitivamente, corrió hasta el primer puesto de flores y le solicitó al vendedor que uniera todos los ramos de fresias que tenía en uno grande, único, inmenso para ella. Después retornó al teatro, buscó preguntando por los pasillos hasta que dio con su camarín en cuya puerta se quedó esperando.

Se sentía con todas las inseguridades del joven que fue, ensayaba la manera en que la encararía, mentalmente armaba frases y volvía a desarmarlas hasta que ella salió y casi casi la chocó. Fue entonces que terminó diciendo solamente perdón.

Quedaron frente a frente, solos en el pasillo. Se miraron por dentro y por fuera, atontados entre el perfume de los años y de las fresias.

—Hilda, estuviste exquisita, tan encantadora como te había conocido.

—Roberto, sos increíble ¡todavía recordás nuestras flores!, ¿cómo te enteraste que actuaría?—le dijo entre asombrada y nerviosa, acercando el ramo a la cara, entrecerrando los ojos como si así pudiera apreciar mejor el color y el aroma de sus flores preferidas.

—Casualidad, mi nieto está en el grupo—se limitó a decir mientras no paraba de contemplarla.

— ¿Quién es? ¿Cómo se llama? ¿Qué ha sido de tu vida? ¿Cuántos años han pasado? Ayudame a contar—decía mientras intentaba en vano ayudarse con los dedos y le resultaban pocos.

— ¡Ni que uniéramos nuestras cuatro manos y pies!—rió él con ganas y se animó—¿Puedo invitarte a cenar?

—Claro que sí, muero de hambre, vamos— dijo ella espontáneamente y lo tomó del brazo.

La cena transcurrió magnífica, se extendieron conversando hasta que cerró el local. Ambos sentían que les faltaba continuar, fue Hilda la que invitó esta vez.

— Roberto, quiero que el viernes por la noche vengas a cenar a casa—lo dijo sin esperar una negativa mientras garabateaba su dirección y teléfono en un papel que sacó de su cartera.

Ese viernes, puntualmente, un Roberto por demás atildado, con otro enorme ramo de fresias y una botella de Cavernet Sauvignon tocó el timbre. Su sorpresa fue mayúscula, otra mujer atendió la puerta.

¿Roberto, verdad? No, no se ha equivocado, hombre—dijo la joven— Hilda ya viene, está en la cocina, mi nombre es Lidia dijo con soltura.

Cinco minutos después apareció Hilda, encantadora como siempre. Recibió las flores y las colocó inmediatamente en un jarrón con agua mientras Roberto la contemplaba como quien observa una obra de arte. Sus ojos acariciaban por igual las manos que se movían con elegancia, la cara que veía y la que su memoria tenía guardada.

La mesa estaba puesta con exquisitez, aunque a Roberto no le importaba nada más allá de mirar a Hilda. No se había percatado de ningún detalle fuera de ella, a Hilda la había percibido entera. Algo desagradable intuía, algo que no estaba en el pasado. Roberto sabía que la memoria es un músculo imprevisible, algo que, en su caso, con los años se había acentuado. Pero no era eso, sabía que era otra cosa. Estaba tan seguro como lo estaba de su nombre, de su dirección, de su número de documento.

Se dedicó a escuchar a las dos mujeres, supo que vivían juntas y que se llevaban bien a pesar de ser de generaciones diferentes. Hilda estaba muy bien conservada pero podía ser la madre. Algo más que cariño de amigas, se dijo Roberto, pero no lo sentía verdad, no podía ser.

Cuando trajeron el café, Hilda comentó que el plato que habían cenado era la especialidad de Lidia, que lo preparaba para ocasiones especiales y la halagó con entusiasmo mientras acarició las manos de la joven con la misma delicadeza con que Roberto la observó acomodar las flores del jarrón. Lidia le dio entonces un largo beso en la boca.

Roberto se puso de pie, dijo que la cafeína le hacía mal y se fue.

(Esta es la versión terminada del relato, es para Pepyton y para Marka)

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