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39- Preludio para un “caniyita”

canillita

Me doy el lujo de escribirlo como lo pronunciamos, así suena tan auténtico como este canillita que acaba de dejarme el periódico.

― ¿Sabés  que este 2 de setiembre cumplo cuarenta años de caniyita?―me dice.

Quedo yo pensando, mientras desfilan ante mí sensaciones e imágenes, bicicleta, lluvias, frío, calor, amaneceres…

―Lo de canillita viene de Florencio Sánchez, el escritor inventó la palabra ― me aclara.

Y me da un poco de vergüenza, la literata soy yo y no el diariero. Pero este es uno especial a quien el pedaleo  y  la observación  le hicieron de escuela.

― Se trataba de un chico que vendía diarios para mantener a los padres, a medida que crecía,  los pantalones le iban quedando cortos y mostraba las canillas ―continúa ilustrándome.

Entonces le pregunto cómo comenzó él y me cuenta que fue cuestión de familia. Luego pone la vista en un punto de la pared que está enfrente, parece que en ella viera lo que relata.

― Conocés cualquier cantidad de gente, está el que espera el diario en la puerta, el anónimo y el famoso, todo te trae experiencia,  el día a día ―hace una pausa y agrega― eso me gusta.

Le pone enfásis a lo último, porque,  no lo conté todavía: me ha dicho que ya no quiere ser canillita. Lo confiesa con expresión cansada, que al instante,  se ilumina de un golpe. Parece que en su interior accionaron  la perilla de un poderoso  reflector eléctrico.

―Cuando no hago reparto, me siento con el mate  y mi jilguero Pitu, le puse así por el jugador de fútbolestira las palabras unidas al ademán de acomodar la pava y los utensilios.

Hace una pausa larga. Antes de seguir me observa para asegurarse si comprendo la importancia de lo que está diciendo. Yo asiento y él remata con solemnidad:

Entonces digo: “hoy fui millonario”.

27-Unidad

Para Piedad que me lee desde el Cielo.

torta de manzana

La mujer cortó las manzanas finitas con paciencia meticulosa al mismo tiempo en que en la batidora daba vueltas la mezcla para la base de su tarta. Ya había encendido el horno, se demoraba a su calor parada cerca del fuego esa helada tarde de Buenos Aires.
Del otro lado del mar, a unos diez mil kilómetros de distancia pero al mismo tiempo, sabía que estaban reunidos para celebrar misa por el primer aniversario de la muerte de Piedad. Ella la había visto algunas veces, la conoció poco pero se le antojaba cercana de manera extrema, tenía motivos importantes para celebrar su vida.
Apagó la batidora y la apartó con cuidado. Volcó el contenido despacio y pasó varias veces la espátula de goma hasta que no quedara una gota de masa desperdiciada.
Del otro lado del mar, estarían rezando el padrenuestro al unísono, amigos y parientes. Mientras las voces recitaban las palabras universales, el corazón repasaría los recuerdos íntimos particulares.
Se acercó más al horno mientras distribuía prolijamente la masa en la base del molde. Una vez la tuvo bien esparcida, la alisó con cuidado y empezó a colocar las manzanas una por una como si de un cuadro redondo se tratara.
Del otro lado estaría terminando la misa, se abrían dado la paz entre abrazos. La mujer imaginó las caras familiares y después se hizo la señal de la cruz como si hubiera recibido la bendición del cura.
Con mucho cuidado, como si fuera un gesto litúrgico, esparció azúcar y canela sobre la preparación, abrió la puerta del horno, se complació del golpe de calor en su cara y apoyó el molde sobre la rejilla central. Cerró la puerta, se sirvió una taza de té y se dispuso a escribirle a su amigo para contarle.
“Como te dije esta mañana, a la hora en que allí celebraron la misa, estuve al lado de ustedes de la manera que pude, ¡tonto modo que improvisé! Sabés que me las ingenio para inventar la sensación de estar cercanos. Hice una tarta de las que tu mamá habrá hecho miles a lo largo de sus años, una forma de unirme.”