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39- Preludio para un “caniyita”

canillita

Me doy el lujo de escribirlo como lo pronunciamos, así suena tan auténtico como este canillita que acaba de dejarme el periódico.

― ¿Sabés  que este 2 de setiembre cumplo cuarenta años de caniyita?―me dice.

Quedo yo pensando, mientras desfilan ante mí sensaciones e imágenes, bicicleta, lluvias, frío, calor, amaneceres…

―Lo de canillita viene de Florencio Sánchez, el escritor inventó la palabra ― me aclara.

Y me da un poco de vergüenza, la literata soy yo y no el diariero. Pero este es uno especial a quien el pedaleo  y  la observación  le hicieron de escuela.

― Se trataba de un chico que vendía diarios para mantener a los padres, a medida que crecía,  los pantalones le iban quedando cortos y mostraba las canillas ―continúa ilustrándome.

Entonces le pregunto cómo comenzó él y me cuenta que fue cuestión de familia. Luego pone la vista en un punto de la pared que está enfrente, parece que en ella viera lo que relata.

― Conocés cualquier cantidad de gente, está el que espera el diario en la puerta, el anónimo y el famoso, todo te trae experiencia,  el día a día ―hace una pausa y agrega― eso me gusta.

Le pone enfásis a lo último, porque,  no lo conté todavía: me ha dicho que ya no quiere ser canillita. Lo confiesa con expresión cansada, que al instante,  se ilumina de un golpe. Parece que en su interior accionaron  la perilla de un poderoso  reflector eléctrico.

―Cuando no hago reparto, me siento con el mate  y mi jilguero Pitu, le puse así por el jugador de fútbolestira las palabras unidas al ademán de acomodar la pava y los utensilios.

Hace una pausa larga. Antes de seguir me observa para asegurarse si comprendo la importancia de lo que está diciendo. Yo asiento y él remata con solemnidad:

Entonces digo: “hoy fui millonario”.

37- Si lo podés soñar

balanza

 

        Este relato va dedicado a mi amiga Elisa Sarmiento, genia de la alta costura.

                  (En el mes del amigo escribiré ficciones inspiradas en mis amigas)

 

 

Elisa había nacido ciega, allá en la provincia de San Juan donde las posibilidades eran escasas. Todas las mujeres de su familia se habían dedicado a la costura. ¡¿En qué etapa de esos menesteres podría haber colaborado Elisa?! En ninguna, fue derecho al Hogar Municipal de ciegas.

Pocas fueron las visitas de sus familiares, su casa estaba a 300 kilómetros del hogar. Elisa aprendió el Braille e hizo la escuela primaria de manera sobresaliente. Su voluntad, unida a un don natural para crear amistades a pesar de la barrera que suponía la oscuridad, le abrió todas las puertas. Claro que le costó más, pero también fue el esfuerzo el que la modeló como una mujer sin miedo a quien ninguna barrera le parecía un obstáculo demasiado grande.

Así la conocí, a sus dieciocho años, cuando yo era un joven de la misma edad que se preparaba para ingresar en la Facultad de Derecho. En esa época dedicaba yo una porción semanal de mi tiempo a la Legión de María. Cada semana nos reuníamos con otros legionarios para trabajar de manera organizada. Hablar de Jesús, llevar esperanza, hacer compañía, dar apoyo espiritual y todo lo que humanamente pudiera hacer bien a enfermos, discapacitados, presos o ancianos era nuestra tarea. Le tocó a mi grupo el hogar de ciegos y mi responsabilidad individual era estar el mínimo de una hora semanal.

Fue en abril de 1978, el mismo mes en que empecé la carrera, por lo tanto le hablé a ella de mi alegría, del amor por la justicia, de la necesidad y la utilidad de las leyes.

―Ser abogada es mi sueño inalcanzable.

Elisa dijo esas pocas palabras después de mi extenso monólogo y su voz me caló los huesos.

― ¿Por qué inalcanzable? Si lo podés soñar, lo podrás hacer―repetí una frase hecha en la cual creía con firmeza en los tiempos de mi juventud.

La dije con convicción, pero, luego de mantener un interesante y jugoso diálogo, el más importante de toda mi vida, no estuve tan seguro de haber dicho una verdad. Elisa me enumeró con claridad los obstáculos que yo no veía.

Ella iba dejando caer con serenidad las palabras, su voz era de una dulzura tan firme que me llevaba como madre a un niño de la mano. El tiempo se deslizaba sin hacerse notar, yo estaba tan extasiado que no me di cuenta de que habían pasado más de dos horas cuando la celadora anunció la hora de la cena.

Todo el camino de vuelta a casa miré el paisaje como no lo había hecho antes, Elisa, sin saberlo y sin proponérselo, me había enseñado a ver más allá. Me había dado también una clase magistral sobre el esfuerzo y la constancia, valores éstos que no estaban en mi lista todavía.

Al llegar a la plaza, desierta a esa hora por el frío, me acosté en el banco de granito, ojos al cielo gris de otoño, cambiante firmamento que se expresaba con nubes haciendo sus dibujos. La tarde se hizo noche y yo lo seguía contemplando como si fuera la primera vez, como si se tratara del momento preciso en que descubría lo que era una nube y cómo se movía trazando un dibujo que me hablaba.

Lo decidí esa noche, mirando la oscuridad del cielo y se lo comuniqué al día siguiente:

―Serás abogada, lo digo yo, como que me llamo Alejandro Franco―y colocando mi libro sobre su falda agregué de manera solemne―“Introducción al Derecho” de Aftalion.

Ambos nos reímos para romper la solemnidad que había creado mi actuación y ese mismo día nos pusimos a trabajar sin pausa.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Estimado lector, no quiero aburrirte con los pormenores, pero es importante que recuerdes: “si lo podés soñar, lo podrás hacer”

―Sí, señorita, disculpe la demora, el texto para el cartel es el siguiente: <<ESTUDIO JURÍDICO / Dra. Elisa Sarmiento/ Dr. Alejandro Franco >>, sí, señorita, Sarmiento, se escribe con S, igual que el prócer.

33-Un diario con futuro

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“En sus manos… ¡el primer periódico perfumado del mundo!  Gentileza de Casa GOOBI.” Anuncia la tapa. Me pregunto si será verdad u otra exageración argentina de las tantas.

Es el diario de mi barrio, el mismo que cada mes me trae los principales acontecimientos y bastante de nostalgia del pasado que brota en fotografía y palabras.

“Siempre hay proyectos e ilusiones para seguir bregando” Leo la editorial y la comparto, frase a frase.

“Amigos, vecinos, instituciones y comerciantes se suman al compromiso de estar al servicio de la comunidad” Es cierto, ahí nomás,  en la misma página, cirugía de cataratas, clases de batería, grafología y yoga vital.

“La gente, los vecinos, esperan cada mes, la llegada de nuestro periódico, que es hoy por hoy, patrimonio de cada habitante de Villa Martelli” y también es cierto.

La editorial es breve, una simple bienvenida al nuevo año periodístico, cálida y con fotografía acorde al tono: una mano que empuña antigua pluma,  de las que se bañaban en el tintero para que pudieran regalar una letra.

La fotografía me da la sensación de haberla visto otra vez, vuelvo a la portada para buscar la fecha: Marzo 2020. Leo y releo. Sonrío, error de imprenta debe ser.

Me levanto, camino hacia la cocina para prepararme el desayuno y no encuentro mi tazón verde. ¿Cómo voy a hallarlo si estos no son mis antiguos muebles?  Una nota escrita con caligrafía infantil descansa sobre la mesa: “Abuela, te quiero, 12 de marzo de 2020”

Estoy repasando las cifras cuando me sobresalta el teléfono. Un  aparato pequeño que yo no sabía que poseía,  pura pantalla que está cerca del dibujo con la nota. Aparece en el telefono la cara de una niña pequeña, igualita a mi hija mayor. Atiendo sin comprender.

“Abuela, dice mi mamá que esta noche vamos a comer pizza, ¿me hacés con jamón y huevo para mí?” “Abuela, contéstame” “¿Me oís?”

No puedo responder, soy un tsunami de interrogantes que dan vuelta en mi cabeza.

Teléfono en mano salgo al patio. Mis plantas, mi jardín, son diferentes.

“Abuela, con el huevo picado, ¿me oís?”

Y me miro las manos con manchas claras ¿desde cuándo?, y releo la portada del diario, “Marzo 2020” y aparece mi hija en la pantalla, cambiada, aún más linda que antes.  No es la chiquita, ni la adolescente rebelde, ni la recién graduada con crisis de vocación. El tsunami se aplaca mirando sus ojos serenos.

“Mamá ¿te pasa algo? Pensábamos ir a tu casa, si te sentís mal cocino yo”

Le respondo que no, que fue seguramente, porque todavía estoy algo dormida, ya sabe que me encanta que vengan.  

Recorro la casa y las muestras del cambio son cuantiosas, debo haber pasado por el túnel del tiempo, la tele fina como un papel adherido a la pared, me muestra imágenes de aero-autos semejantes a los que veía en la serie animada “Los supersónicos” durante mi niñez, allá por los sesenta donde aquello parecía irreal.

Veo sobre mi escritorio una computadora  tan delgada como la tele, está abierta la versión online de “El Martelliano”.  ¡Qué gracia! Ayer nomás me parece que estuve hablando con su director sobre la importancia de aparecer en la red.  Con unos leves toques en la pantalla táctil recorro las páginas colmadas de historias de emprendedores exitosos de nuestro barrio.   Miro detenidamente la fotografía de mi último libro publicado. Yo  pensaba  que, en un futuro cercano, sólo los textos muy valiosos se editarían en papel, ¡y ahí estaban mis ejemplares en la biblioteca!

Finalmente me preparo un té y termino de leer la editorial del diario.

“Donde soñar e ir cumpliendo de a poco esos sueños es un privilegio para todos nosotros.” Lo doblo con cuidado y me voy a amasar la pizza para mis nietos.

 

Dedicado a Hugo Daniel Pane

31-La imprenta de Papá Noel

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Nada es lo que parece a simple vista, conviene detenerse, mirar dos veces, escuchar y, en ocasiones: oler.

El domingo una fotografía me habló desde la pantalla de la computadora y pude oír su voz sin interferencias a pesar de que el sonido lo tenía anulado porque toda la familia dormía. De manera inmediata escribí:

“Increíble, Papá Noel de juguetería Thelmus me ha contado una cosa. No sé si decirla…”

Enseguida intenté distraerme leyendo el diario, una dosis de realidad te pone de nuevo en tierra para que no te tientes de relatar fantasías. Pronto comprobé que era una solución pasajera porque una frase chiquita reclamaba desde el facebook: “Decila, Moni”. ¿Es que Daniel se lo había creído?

Decila, decila, decila, decila; allí bien adentro, en las entretelas del alma, se repetía un eco igual al del recurso sonoro de varias emisoras radiales que había escuchado en el sur. Mucha radio más paisajes, demasiada magia tuviste, Moni.

Pasó el domingo y llegó el lunes. Trabajé todo el día en actividades concretas y necesarias hasta que, poco más de las seis de la tarde, por fin, apurando el paso con nerviosismo, estuve parada frente a la juguetería, mis ojos en los ojos de Papá Noel.

Entrá, entrá, entrá, entrá, ¡de vuelta con el eco! Esa resonancia que en lo íntimo se multiplica, mejor obedecés para que calle.

-¡Hola!-saludé a la dueña de la juguetería que respondió mientras buscaba un hula hula para la cliente que estaba primero- seguí atendiendo, voy a mirar.

Disimulé, como que le daba una ojeada a  los lindos juquetes de todo color, precio y tamaño. Iba oliendo el papel, sí, que llegaba desde el fondo. Me topé con una puerta sencilla, con cinco vidrios esmerilados en la parte superior. Para mi sopresa, al acercarme, el vidrio se volvió transparente, mejor dicho, desapareció para que yo viera con absoluta claridad aquello: la imprenta de Papá Noel.

Justo me sorprendió Ares, no se confundan, ni el dios griego de la guerra ni el programa para bajar música, el hijo de Thelma. Ares me explicó que Papá Noel es su madre, que los Reyes Magos sí existen, él ha de pensar que ese Papá Noel que está afuera es un artilugio para que niños más pequeños dejen sus cartas y dibujos. Juntos miramos a varios dejándolas.

-¿Qué harás con todas esas cartas?- le pregunté a Thelma.

-No sé- intimidada, casi, frente a los ojos enormes de Ares.

¿Era posible que ella no supiera de la imprenta en el fondo de su local? ¿Es que de tanto trabajar allí no le fue posible ver? ¿Ni Ares?

-Yo le escribí, -dijo el niño-si me contesta, podría creer.

La mueca y el gesto de Ares son indescriptibles, pura espontaneidad, todo frescura.

De mi parte, estoy también a la espera de que Papá Noel responda.  ¿Lo hará?

 

Este relato sencillo está dedicado a Ares,  es la primera ocasión en que lo leo por radio aún antes de subirlo al blog.

Fue estrenado el día de hoy en FM Puler, la radio de mi barrio.

¡Y a continuar con la trilogía interrumpida!

¿Dónde estarán los lectores?

 

Al parecer mis amigos lectores no han pasado por acá, no me han dicho nada, no han pedido, no puedo avanzar al relato dieciocho sin tener el “decime” para que emerja el cuento.

¿Es posible que se hayan olvidado de la idea primigenia de este blog?

Vamos chicos, digan, pues de lo contrario, sin decime no hay cuento.

16-Gabriela en el país de las maravillas

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Ella podría haber pensado en cualquier personaje de cuentos, se los conoce a todos, pero no, pensó en la Alicia de Lewis Carroll.

También me dijo: “Las heroínas y los héroes son mitos, son fantasías creadas para inspirarnos, y de vez en cuando surge uno que nos invita a soñar.”

Me gusta escuchar a Gabriela, mi amiga siempre me inspira, pero se había hecho tarde y yo tenía que correr porque llegarían mis niños de la escuela antes que yo.

Me porté igual que el conejo blanco, siempre perseguido por la hora, subí al auto y saludé a Gabriela con dos golpes de bocina mientras que me la imaginé de largo cabello rubio.

Durante el trayecto a casa conduje con el piloto automático, sí ya sé que los automóviles no cuentan con semejante tecnología pero saben a qué me refiero. ¡¿No les sucede a veces que ponen el piloto automático para vivir!? Sí, algunos trayectos se prestan para eso, prueben.

Yo, como si hubiera caído por el mismo hueco de la tierra que cayó Alicia en la ficción famosa,  ya circulaba por un bosque encantado ajena al calor agobiante y al problema real que enfrentaba Gabriela.

Llegué a tiempo para tener la mesa puesta con la comida servida.

Después de almorzar los chicos me mostraron sus cuadernos. Me sentía tan feliz como  Alicia en su mundo de ensueño, mis hijos sí que eran maravillosos. La molesta sorpresa me la llevé cuando leí que estaba convocada a participar de la dramatización anual que se hacía en el jardín de infates para lo cual debía asistir a una reunión el día siguiente.

—No puedo, quedé con Gabriela—le expliqué a mi nene que me desarmó con una mirada desilusionada como si le hubieran anulado un gol.

—Le dije a la seño que ibas a ser el sombrerero—sentenció mientras volvía corriendo de su dormitorio portando la verde galera de sus amores y poniéndola en mi cabeza.

—Tener el sombrero no significa que puedo hacer el papel—siempre había intervenido pero esta vez no tenía ganas, mi amiga estaba enferma y quería dedicarle un tiempo.

—Dale, mamá, acordate de cuando hiciste la cigarra, estabas linda, todos te aplaudieron, ¿te acordás de que cantaste?—intentó convencerme mientras se alejaba para contemplarme ensombrerada y agrandar su sonrisa desdentada con tierna aprobación.

Tenía roto el diente de leche de adelante, esperábamos que lo cambie, lució esa pícara sonrisa por dos años en la realidad, y toda la vida retratada en mi alma y en mi mesa de luz.

Claro que fui a la reunión, me acompañó Gabriela, terminé siendo el sombrerero, ¿y ella? ¿no hacía por esos meses su tratamiento de quimioterapia? Claro, con una hermosa peluca rubia y un lindo vestido azul, Gabriela fue la versión de Alicia más acabada que vi en mi vida.

madhatter3db2 El relato es para Gabriela Marini,

ficción a medias,

me inspiré rapidamente en algunas palabras y gestos que le leí.