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29- La abuela rosada

Abuela 1

 

Abuela

 

Era el día del niño en el hospital y, como cada año, las señoras de rosa hicieron la felicidad de cada nene internado.

Fueron portadoras de regalos, de sonrisas y de cuentos que, alentando la fantasía, hicieron más llevadero el día de internación.

Cada una es una historia que camina y, mientras lo hace, se va perfeccionando en la tarea de contener a los enfermos que acuden al hospital del municipio.

Por eso son hermosas sus miradas, por eso sus sonrisas brillan y, aunque ese día se pusieron adornos llamativos que hicieron el asombro de los chicos, normalmente no necesitan más que su disfraz de cariño multiplicado.

La abuela rosada repartió juguetes, subió y bajó escaleras, dio caricias por acá y unas cucharadas de sopa por acá hasta que llegó la hora de volver a su casa.

Caminó entonces hasta la estación del tren, subió para recorrer las cuatro estaciones que la separaban de su hogar. Llegó, se sacó con alegría los zapatos al tiempo que calentaba su comida.

En eso estaba cuando sonó el teléfono, la vecina la llamaba angustiada, el marido de ochenta y dos años se había caído del techo mientras mientras limpiaba de hojas el desagüe.

La abuela rosada cruzó la calle y se quedó con ellos hasta que llegó la ambulancia.

 

Esto no es cuento sino un hecho que, con diferentes matices, se repite siempre.

Me han inspirado las Damas rosadas del Hospital de Vicente López

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Alegría: corazón que arde

Mientras preparo el último relato de la trilogía, les deseo a toda la comunidad de bloggers

UNA NAVIDAD ALEGRE.

Les envío un turrón, un pan dulce, una botella de lo que gusten para brindar y el regalo de estas palabras:

Un corazón lleno de alegría es resultado de un corazón que arde de amor. La alegría no es solo cuestión de temperamento, siempre resulta difícil conservar la alegría, y eso es motivo mayor para tratar de adquirirla y de hacerla crecer en nuestros corazones. La alegría es oración; la alegría es fuerza; la alegría es amor. Da más quien da con alegría. A los niños y a los pobres, a todos los que sufren y están solos, bríndales siempre una sonrisa alegre; no solo les brindes tus cuidados sino también tu corazón. Tal vez no podamos dar mucho, pero siempre podemos brindar la alegría que brota de un corazón lleno de amor. Si tienes dificultades en tu trabajo y si las aceptas con alegría, con una gran sonrisa, en este caso, como en muchas otras cosas, verás que tu bien si funciona. Además, la mejor manera de mostrar tu gratitud está en aceptar todo con alegría. Si tienes alegría, esta brillara en tus ojos y en tu aspecto, en tu conversación y en tu contento. No podrás ocultarla por que la alegría se desborda. La alegría es muy contagiosa. Trata, por tanto, de estar siempre desbordando de alegría donde quiera que vayas. La alegría, ha sido dada al hombre para que se regocije en Dios por la esperanza del bien eterno y de todos los beneficios que recibe de Dios. Por tanto, sabrá como regocijarse ante la prosperidad de su vecino, como sentirse descontento ante las cosas huecas. La alegría debe ser uno de los pivotes de nuestra existencia. es el distintivo de una personalidad generosa. en ocasiones, también es el manto que cubre una vida de sacrificio y entrega propia. La persona que tiene este don muchas veces alcanza cimas elevadas. El o ella es como el sol en una comunidad. Deberíamos preguntarnos: “¿En verdad he experimentado la alegría de amar?” el amor verdadero es un amor que nos produce dolor, que lastima y, sin embargo, nos produce alegría. Por ello debemos orar y pedir valor para amar. Que Dios te devuelva en amor todo el amor que hayas dado y toda la alegría y la paz que hayas sembrado a tu alrededor, en todo el mundo.

Madre Teresa de Calcuta

Qué el Niño les traiga el regalo especial de la alegría.

Este post es para Arriero, Marka, Gabriela, Tishy, Cecilia, Luis, Linda, Gloria, Tongo, Mary, JEG, Anciana, Monic, Bibi, Catrinamar, Bicho de letras, Ángel azul, Vanina y Ezequiel con sus novedades y toda la comunidad de bloggers.

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4- Desilusión

Cuando Hilda salió al escenario con su vestido negro, caminando con sus tacos agujas y luciendo una impecable capelina no imaginó que el hombre de quien se había enamorado en su juventud estaba entre el público.

Roberto siempre se había interesado en las actividades de sus cinco nietos, los iba a ver y tenía fotografías de todas sus actuaciones en las típicas fiestas escolares. Mucho más desde que había enviudado. Pero esta vez era especial, desde que leyó el nombre de ella impreso en el programa se quedó temblando. Sentado, mientras esperaba el comienzo de la obra en la que debutaría el nieto, se ponía los lentes una y otra vez para asegurarse: Hilda Bengolea. Los minutos que lo separaban de verla, de sacarse la duda, de confirmar si sólo era otra mujer que se llamara igual, se le hacían eternidades. Podría empezar, se repetía, y volvía a convencerse con diversos argumentos. Nunca había sido impaciente pero acaba de descubrirse mirando la hora a cada instante desde que el acomodador le entregó el programa.

Finalmente se apagaron las luces, se levantó el telón, se encendió un potente foco y salió Hilda a escena con su caminar seguro, con la gracia inconfundible de otros años, seguida por la luz y por un aplauso cerrado. A Roberto se le estremecieron hasta los huesos, le parecía irreal, ¿Hilda allí? Encantadora en su vestido negro, luciendo con elegancia altos zapatos y sombrero, se la veía más espigada y atractiva aún, no le cabía duda de que era ella, los cuarenta años que habían pasado le habían sumado encanto.

Hacía el papel de una viuda distinguida y estafadora, lo hacía con maestría y gracia, Roberto disfrutó de la obra embobado. Su nieto tenía un pequeño papel que le pasó casi inadvertido. Sus ojos estaban en la mirada de ella, algo disimulada por el tul negro que le otorgaba cierto misterio. Sus ojos estaban en esas manos, enfundadas en guantes ahora, que se movían gráciles y que hablaban en el gesto. Sus ojos recorrían la delgadez del cuerpo de ella.

A la primera caída del telón se puso de pie y aplaudió hasta que le dolieron las palmas. No sabía que hacer, quería gritarle, le salió un bravo que se perdió entre otros del público. Cuando cayó el telón definitivamente, corrió hasta el primer puesto de flores y le solicitó al vendedor que uniera todos los ramos de fresias que tenía en uno grande, único, inmenso para ella. Después retornó al teatro, buscó preguntando por los pasillos hasta que dio con su camarín en cuya puerta se quedó esperando.

Se sentía con todas las inseguridades del joven que fue, ensayaba la manera en que la encararía, mentalmente armaba frases y volvía a desarmarlas hasta que ella salió y casi casi la chocó. Fue entonces que terminó diciendo solamente perdón.

Quedaron frente a frente, solos en el pasillo. Se miraron por dentro y por fuera, atontados entre el perfume de los años y de las fresias.

—Hilda, estuviste exquisita, tan encantadora como te había conocido.

—Roberto, sos increíble ¡todavía recordás nuestras flores!, ¿cómo te enteraste que actuaría?—le dijo entre asombrada y nerviosa, acercando el ramo a la cara, entrecerrando los ojos como si así pudiera apreciar mejor el color y el aroma de sus flores preferidas.

—Casualidad, mi nieto está en el grupo—se limitó a decir mientras no paraba de contemplarla.

— ¿Quién es? ¿Cómo se llama? ¿Qué ha sido de tu vida? ¿Cuántos años han pasado? Ayudame a contar—decía mientras intentaba en vano ayudarse con los dedos y le resultaban pocos.

— ¡Ni que uniéramos nuestras cuatro manos y pies!—rió él con ganas y se animó—¿Puedo invitarte a cenar?

—Claro que sí, muero de hambre, vamos— dijo ella espontáneamente y lo tomó del brazo.

La cena transcurrió magnífica, se extendieron conversando hasta que cerró el local. Ambos sentían que les faltaba continuar, fue Hilda la que invitó esta vez.

— Roberto, quiero que el viernes por la noche vengas a cenar a casa—lo dijo sin esperar una negativa mientras garabateaba su dirección y teléfono en un papel que sacó de su cartera.

Ese viernes, puntualmente, un Roberto por demás atildado, con otro enorme ramo de fresias y una botella de Cavernet Sauvignon tocó el timbre. Su sorpresa fue mayúscula, otra mujer atendió la puerta.

¿Roberto, verdad? No, no se ha equivocado, hombre—dijo la joven— Hilda ya viene, está en la cocina, mi nombre es Lidia dijo con soltura.

Cinco minutos después apareció Hilda, encantadora como siempre. Recibió las flores y las colocó inmediatamente en un jarrón con agua mientras Roberto la contemplaba como quien observa una obra de arte. Sus ojos acariciaban por igual las manos que se movían con elegancia, la cara que veía y la que su memoria tenía guardada.

La mesa estaba puesta con exquisitez, aunque a Roberto no le importaba nada más allá de mirar a Hilda. No se había percatado de ningún detalle fuera de ella, a Hilda la había percibido entera. Algo desagradable intuía, algo que no estaba en el pasado. Roberto sabía que la memoria es un músculo imprevisible, algo que, en su caso, con los años se había acentuado. Pero no era eso, sabía que era otra cosa. Estaba tan seguro como lo estaba de su nombre, de su dirección, de su número de documento.

Se dedicó a escuchar a las dos mujeres, supo que vivían juntas y que se llevaban bien a pesar de ser de generaciones diferentes. Hilda estaba muy bien conservada pero podía ser la madre. Algo más que cariño de amigas, se dijo Roberto, pero no lo sentía verdad, no podía ser.

Cuando trajeron el café, Hilda comentó que el plato que habían cenado era la especialidad de Lidia, que lo preparaba para ocasiones especiales y la halagó con entusiasmo mientras acarició las manos de la joven con la misma delicadeza con que Roberto la observó acomodar las flores del jarrón. Lidia le dio entonces un largo beso en la boca.

Roberto se puso de pie, dijo que la cafeína le hacía mal y se fue.

(Esta es la versión terminada del relato, es para Pepyton y para Marka)

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Rosaditas

Esta vez fue mi mamá, dama rosada ella, que me alcanzó el “decime” para que yo les cuente. Hoy no es ficción sino cuento real, tanto como es cierta la enfermedad, tan real como la entrega de estas mujeres que dedican parte de su tiempo a aliviar la pena de enfermos y familiares en muchos hospitales.
Comparto unos versos que tenía entre sus papeles, me dijo que los escribió un médico ya fallecido.

Benditas Damas
Una tarde un poco triste
Porque estaba allí internado
En ese hospital que, viste?
Me tenía preocupado
Escuché una musiquita
Eran las damas rosadas
Que andaban por ahí cerquita
Cantando son sus guitarras
Se acercaron a mi cama
Yo pensé estar en el cielo
Pues me cantaron las Damas
Y alegraron mi desvelo
Benditas Damas Rosadas!!!
Que Dios ilumine siempre
Y que estén siempre inspiradas
Para ayudar a la gente.

Hugo E. Hoyos Páez Agosto de 1994

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La casa del lago

Gracias por los dos comentarios, ya me siento bienvenida aunque todavía no haya dado la dirección a los amigos de antes, a los que conocen de mi amor por la escritura, me parece pronto, todavía no sé cómo funcionará esta idea de crear relatos a partir de los comentarios hechos al pasar.

Mientras tanto les dejo uno de los cuentos que escribí como trabajo para el taller de Jorge Benavides:

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Era la noche del 16 de enero de 1977 cuando llamaron a la puerta. María estaba en la cocina cerrando las empanadas para la cena. Las llevarían al patio para comerlas mirando las estrellas. Desde que vivían ocultos, el pedazo de cielo recortado entre los altos edificios de Buenos Aires les proporcionaba sensación de libertad. Juan preguntó quién era pero, casi de manera simultánea, los milicos derribaron la puerta y una lluvia de tiros lo deshizo. María no tuvo tiempo de nada, tan sólo se arrojó a besarlo y a decirle cuánto lo amaba. Uno de los uniformados, la sujetó por detrás, le esposó las manos y, a las patadas, la introdujeron en el Ford Falcon que la condujo directamente al centro de detención. Ese día Juan se convirtió en un desaparecido más de la dictadura reinante y María una prisionera para interrogar.

A la mañana siguiente, la luz se coló por las rejas que cubrían el pequeño cuadrado libre en la puerta de hierro macizo. María, con los ojos violetas de llanto y el corazón anémico, exploró entonces detalladamente la celda. Sentada en una esquina del piso, la espalda contra la pared, su mirada fue y vino una tonelada de veces. Las superficies eran ¿grises? No, más bien carentes de color. Las palpó temblando a pesar del calor, eran rugosas, ásperas como lija. Su tacto aproximababa la escabrosidad de los sucesos allí transcurridos. ¿Mobiliario? Ninguno. Se levantó, su cabeza golpeó contra el techo, caminó encorvada, mentalmente contó cuatro pasos y dio con la otra pared. Volvió a sentarse, ¿cuántas horas estuvo contemplando la nada del muro en silencio? El tiempo de prisión camina despacio, incalculable. De pronto descubrió una mancha tercamente azulada, esa que derivó en la decisión temporariamente salvadora. Fue ella, la mancha, quien la increpó sin voz haciéndole recordar que una vez, también su vida era casi azul.

María resolvió que la mancha era el cuadro que su abuela había traído cuando llegó de Italia. El paisaje cumplía la doble función de recordarle el terruño y adornar la pared del comedor familiar << il lago di Garda, il luogo piu bello del mondo >> había dicho la nona cuando preguntó y, desde entonces, María soñaba conocerlo. ¡Cuántas veces lo había devorado con la vista al mismo tiempo que tomaba el café con leche, el almuerzo o la cena! La pintura mostraba todos los matices del añil, el lago, las montañas y el cielo podían identificarse solamente porque cambiaba el tono del color. Cuando comenzaron las persecuciones a compañeros de la facultad de sociales y resolvieron esconderse con Juan, María se llevó el cuadro, los libros y la ropa. Así, en ese orden de importancia. Todo aquello había quedado ahora en el pequeño apartamento.

Pasaban los días con sus correspondientes interrogatorios, insultos y torturas, pero María, todo el tiempo que permanecía en la celda contemplaba su mancha salvadora. Pasó la mano por un pequeño relieve y se le antojó la casa que Juan iba a construir para habitar con ella. Una casa sobre el lago, erigida en pilotes de madera, toda de cristal, un derroche de luz. Cuando llegaba la noche, María bebía de a sorbos para que el agua escasa le durara más e imaginaba que se sumergía con Juan en el lago tranquilo. Entonces, en la oscuridad absoluta de la celda, se dibujaba la luna llena, redonda e inmaculada. Luego de nadar, María ponía la mesa junto a la ventana mientras Juan calentaba el pan y abría el vino. Después de comer se dormían contando las estrellas.

Pasaban las semanas y la mancha azulada cada vez le mostraba mejor la casa del lago. Esta vez Juan había colocado dos macetones de lavandas a cada lado de la entrada, parecía que adivinaba que la celda olía mal, estaba a punto de preguntárselo pero él se acercó con las manos repletas de jazmines y le tapó la boca con un beso. Cuando abrió los ojos, la mancha le mostró las montañas azuladas y un horizonte donde el sol estaba sumergiéndose. Los gritos apagados y lejanos del torturado de turno se convirtieron para ella en palabras blandas que Juan le susurraba al oído, y el chocar de las llaves del carcelero el sonido de las copas al brindar.

Con el correr de los meses, la celda, estrechísima, se había convertido para María en un paisaje espacioso en el cual se respiraba aire puro y podía elegir cada día si acostarse a tomar sol, nadar o realizar una caminata por las montañas. Cuando las horas se estiraban, María realizaba descubrimientos en la mancha que evolucionaban en más fantasía. A pesar de la oscuridad, y sólo al tacto, María distinguió pájaros azules en la baranda del balcón. Juan había pensado en todo, unos simples comederos de bronce llenos de alpiste habían atraído a las aves, verlas una y otra vez en sus repetidos vuelos constituía una delicia superlativa. Era entonces cuando María apoyaba la espalda sobre el cemento y con los ojos cerrados investigaba nubes blancas mientras le contaba a Juan que los golpes de rutina no habían dolido tanto y, nadando un rato, los olvidaría. Inmediatamente Juan se zambullía, entonces ella se incorporaba y braceaba en el aire cada vez con mayor intensidad pensando que podría alcanzarlo a fuerza de nadar. Lo hacía hasta caer rendida nuevamente en el cemento.

Una mañana cualquiera, cuando la trajeron luego del interrogatorio y la tortura, María encontró dos soldados que aseaban la celda a pura lavandina y cepillo. Fue inútil buscar la mancha, todo el día se le fue en la tarea pero ni una huella había quedado. La celda era ahora impecablemente gris, de un tono cada vez más oscuro conforme iba anocheciendo. María se durmió en el mismo momento en que el muro se hizo negro. No volvió a despertar.

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