Archivo para la categoría ‘Cuentos inspirados en el decime’

39- Preludio para un “caniyita”

canillita

Me doy el lujo de escribirlo como lo pronunciamos, así suena tan auténtico como este canillita que acaba de dejarme el periódico.

― ¿Sabés  que este 2 de setiembre cumplo cuarenta años de caniyita?―me dice.

Quedo yo pensando, mientras desfilan ante mí sensaciones e imágenes, bicicleta, lluvias, frío, calor, amaneceres…

―Lo de canillita viene de Florencio Sánchez, el escritor inventó la palabra ― me aclara.

Y me da un poco de vergüenza, la literata soy yo y no el diariero. Pero este es uno especial a quien el pedaleo  y  la observación  le hicieron de escuela.

― Se trataba de un chico que vendía diarios para mantener a los padres, a medida que crecía,  los pantalones le iban quedando cortos y mostraba las canillas ―continúa ilustrándome.

Entonces le pregunto cómo comenzó él y me cuenta que fue cuestión de familia. Luego pone la vista en un punto de la pared que está enfrente, parece que en ella viera lo que relata.

― Conocés cualquier cantidad de gente, está el que espera el diario en la puerta, el anónimo y el famoso, todo te trae experiencia,  el día a día ―hace una pausa y agrega― eso me gusta.

Le pone enfásis a lo último, porque,  no lo conté todavía: me ha dicho que ya no quiere ser canillita. Lo confiesa con expresión cansada, que al instante,  se ilumina de un golpe. Parece que en su interior accionaron  la perilla de un poderoso  reflector eléctrico.

―Cuando no hago reparto, me siento con el mate  y mi jilguero Pitu, le puse así por el jugador de fútbolestira las palabras unidas al ademán de acomodar la pava y los utensilios.

Hace una pausa larga. Antes de seguir me observa para asegurarse si comprendo la importancia de lo que está diciendo. Yo asiento y él remata con solemnidad:

Entonces digo: “hoy fui millonario”.

38- Unidad

mineros 

Para el blog “Microrrelatos negro carbón”:

http://microrrelatonegrocarbon.blogspot.com.es

   Setenta días sin ver la luz. Como minero estaba acostumbrado a la oscuridad que significa penetrar en la entraña de la tierra pero, aquel derrumbamiento en la mina chilena de san José le había dado otra experiencia: la de aferrarse a la luz de la esperanza unido a sus compañeros de encierro para no desfallecer.
Mientras me lo contaba, sin aspavientos ni adjetivos, recordó el conflicto de los mineros españoles: “sí que está negro eso, ¿sabe usted si cerrarán la mina? Porque es duro el trabajo pero más duro es no tenerlo. Señorita periodista, por favor, dígales a esos que se mantengan unidos, no importa lo que suceda, juntos le encontrarán la vuelta, que sean uno.”

37- Si lo podés soñar

balanza

 

        Este relato va dedicado a mi amiga Elisa Sarmiento, genia de la alta costura.

                  (En el mes del amigo escribiré ficciones inspiradas en mis amigas)

 

 

Elisa había nacido ciega, allá en la provincia de San Juan donde las posibilidades eran escasas. Todas las mujeres de su familia se habían dedicado a la costura. ¡¿En qué etapa de esos menesteres podría haber colaborado Elisa?! En ninguna, fue derecho al Hogar Municipal de ciegas.

Pocas fueron las visitas de sus familiares, su casa estaba a 300 kilómetros del hogar. Elisa aprendió el Braille e hizo la escuela primaria de manera sobresaliente. Su voluntad, unida a un don natural para crear amistades a pesar de la barrera que suponía la oscuridad, le abrió todas las puertas. Claro que le costó más, pero también fue el esfuerzo el que la modeló como una mujer sin miedo a quien ninguna barrera le parecía un obstáculo demasiado grande.

Así la conocí, a sus dieciocho años, cuando yo era un joven de la misma edad que se preparaba para ingresar en la Facultad de Derecho. En esa época dedicaba yo una porción semanal de mi tiempo a la Legión de María. Cada semana nos reuníamos con otros legionarios para trabajar de manera organizada. Hablar de Jesús, llevar esperanza, hacer compañía, dar apoyo espiritual y todo lo que humanamente pudiera hacer bien a enfermos, discapacitados, presos o ancianos era nuestra tarea. Le tocó a mi grupo el hogar de ciegos y mi responsabilidad individual era estar el mínimo de una hora semanal.

Fue en abril de 1978, el mismo mes en que empecé la carrera, por lo tanto le hablé a ella de mi alegría, del amor por la justicia, de la necesidad y la utilidad de las leyes.

―Ser abogada es mi sueño inalcanzable.

Elisa dijo esas pocas palabras después de mi extenso monólogo y su voz me caló los huesos.

― ¿Por qué inalcanzable? Si lo podés soñar, lo podrás hacer―repetí una frase hecha en la cual creía con firmeza en los tiempos de mi juventud.

La dije con convicción, pero, luego de mantener un interesante y jugoso diálogo, el más importante de toda mi vida, no estuve tan seguro de haber dicho una verdad. Elisa me enumeró con claridad los obstáculos que yo no veía.

Ella iba dejando caer con serenidad las palabras, su voz era de una dulzura tan firme que me llevaba como madre a un niño de la mano. El tiempo se deslizaba sin hacerse notar, yo estaba tan extasiado que no me di cuenta de que habían pasado más de dos horas cuando la celadora anunció la hora de la cena.

Todo el camino de vuelta a casa miré el paisaje como no lo había hecho antes, Elisa, sin saberlo y sin proponérselo, me había enseñado a ver más allá. Me había dado también una clase magistral sobre el esfuerzo y la constancia, valores éstos que no estaban en mi lista todavía.

Al llegar a la plaza, desierta a esa hora por el frío, me acosté en el banco de granito, ojos al cielo gris de otoño, cambiante firmamento que se expresaba con nubes haciendo sus dibujos. La tarde se hizo noche y yo lo seguía contemplando como si fuera la primera vez, como si se tratara del momento preciso en que descubría lo que era una nube y cómo se movía trazando un dibujo que me hablaba.

Lo decidí esa noche, mirando la oscuridad del cielo y se lo comuniqué al día siguiente:

―Serás abogada, lo digo yo, como que me llamo Alejandro Franco―y colocando mi libro sobre su falda agregué de manera solemne―“Introducción al Derecho” de Aftalion.

Ambos nos reímos para romper la solemnidad que había creado mi actuación y ese mismo día nos pusimos a trabajar sin pausa.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Estimado lector, no quiero aburrirte con los pormenores, pero es importante que recuerdes: “si lo podés soñar, lo podrás hacer”

―Sí, señorita, disculpe la demora, el texto para el cartel es el siguiente: <<ESTUDIO JURÍDICO / Dra. Elisa Sarmiento/ Dr. Alejandro Franco >>, sí, señorita, Sarmiento, se escribe con S, igual que el prócer.

36- Desde la cárcel

CIMG2255

En la cárcel

—Deseaba tener una habitación limpia e individual, una cama muy blanca, un lavabo

resplandeciente, una mesa con una lámpara de luz suave. Pero debía matar a alguien y lo

peor es que ese alguien era mi marido—me confía con serenidad mi nueva compañera de

celda.

— ¿Estás aquí por matarlo a él, verdad?—le pregunto con ansiedad.

—Así es, mi vida con él en el rancho se había convertido en el infierno mismo—lo dice

acomodándose, y me parece que va para largo.

— ¿Dónde vivían?

—En Mendoza, cerca de las bodegas, la bendita tierra del sol y del buen vino—responde con

ironía.

— ¡Qué hermoso!— le digo mientras veo internamente las montañas enormes con los picos

nevados—yo soy de la capital, caí por traficar drogas.

Nos quedamos en silencio varios minutos, no me animo a preguntar más. Ella me clava

unos ojos desorbitados que me atemorizan en parte. Nunca compartí celda con una asesina

aunque me pregunto si matar a un marido así es un delito tan grave. Luego de dar unas

vueltas reconociendo el lugar, inicia su monólogo. No me había equivocado, ella tenía ganas

de contarme todo y yo, suficiente tiempo para escucharla.

—Los primeros años los hijos constituyeron un motivo de alegría, aquello fue antes, cuando

éramos más jóvenes y todavía el amor no se había evaporado. ¡Hasta el calor de las siestas

se sentía más suave en el rancho cuando aprovechábamos la hora de descanso para

amarnos! El tiempo hizo lo suyo, los hijos crecieron y se fueron. Quedamos solos, en ese

tiempo empezó mi calvario. Ronquidos, malos tratos, su aliento hediondo, borracheras

violentas y vómitos asquerosos en las sábanas. ¡Cuántas noches lo dejé solo durmiendo en

su propia inmundicia!

Mi nueva compañera vuelve a clavarme los ojos, parece que vigila mi expresión y sigue.

—Fue una de esas veces, en que, acostada sobre la tierra en el silencio hondo de una noche

sin luna tomé la decisión. Me imaginé sola en el rancho, durmiendo sobre las sábanas limpias

en un ambiente fresco y perfumado.

Mientras lo dice acaricia con cariño una cama imaginaria, se ausenta su mirada y toda su

cara es una mueca de ensueño. De repente cambia la voz, no me habla a mí sino a sí misma.

—O, tal vez, ¿quién te dice Beatriz? Quizá venga otro a ocupar su lugar. Uno que no se

pierda bebiendo. Seguramente, durante la próxima cosecha serán, como siempre, muchos los

que vengan. Vendrán jóvenes y fuertes, por la noche cansados del trabajo, ansiando también

compartir una cama limpia. ¿Y el boticario del pueblo, Beti? ¿Te agrada él? Fue muy amable

cuando le pediste consejo para matar a las culebras. ¿Pero ahora lo odias mucho, verdad?

¿Cuál es tu sensación más fuerte? ¿Beti, no quieres decírmelo? ¿Lo sabes o no? Te había

gustado el boticario, ¿verdad? Y estaba solo, te lo dijo varias veces.

Beatriz, ahora sé su nombre, vuelve a hacer una pausa, retorna a su tono anterior y continúa

la historia como si otra mujer que llevara dentro la hubiera interrumpido para pedirle una

aclaración sobre algo para lo que no tenía respuesta.

—Me levanté al clarear, justo con el primer rayo de sol, y comencé las tareas de todos los

días. Bombear el agua, dar de comer a los animales, ordeñar la vaca y despertar al Julio. No

sin protestar, él se levantó, se aseó, se alimentó sin articular palabra, montó su caballo y

partió. Cuando desapareció de mi vista tragado por el polvo, comencé a celebrar

interiormente. Me puse la ropa de domingo y me encaminé hacia el pueblo. El boticario me

estaba esperando para cerrar nuestro trato. Acicalado y perfumado, parecía joven, me

condujo hacia la habitación del fondo. “Unos gramitos de estricnina y molestia resuelta, sea

reptante o con dos patas.” Cuando lo dijo, temblé, pensé que adivinaba mis intenciones,

¿presentía, acaso, que yo no buscaba matar culebras? Seguro bromeaba, se encontraba

contento de que me acostara con él a cambio de un poco de veneno. Yo disfruté mucho,

resultó un amante inolvidable, sentí que se me suavizaba la piel entre sus manos delicadas,

me hizo volar de placer. Y ¡sus sábanas! Limpias, blanquísimas y el lavabo resplandeciente y

la mesa con la lámpara de luz suave y ¡un jarrón repleto de rosas frescas! Todo eso

compraría yo cuando cobrara el seguro por la muerte de mi marido. Nos vestimos, me entregó

el veneno de nombre difícil y volví al rancho. Con el último rayo de sol, el Julio volvió a casa.

Yo lo esperaba con el vaso de gaseosa, la de siempre, sólo que le había puesto el veneno.

Me quedé observando, sin tristeza ni remordimiento, me gustaba verlo y saber que bebía por

última vez.

Beatriz hace una pausa larga, gestos, sonidos y mímica de quien bebe a sorbos grandes,

repite que sólo quería unas sábanas blancas y una mesa con luz suave, baila la frase

mientras canturrea con ritmo afligido. Después me empuja violentamente contra la pared,

comienza a golpearme, clava sus ojos como puñales en los míos, sus uñas lastiman mi cuello

y me amenaza.

—Prométeme—me grita—prométeme que me ayudarás a apuñalar al soplón del boticario que

apareció con la policía en el rancho justo en el momento en que yo desaparecía al Julio.

Este relato mío está incluído en

“Consignas para escritores” de Jorge Eduardo Benavides

cuya fotografía está arriba del texto.

Realizar el taller online que se transformó en libro

fue una experiencia

plena de riqueza.

35- Con “F” de Franco

lectora-SUBE

Este relato es para Franco.

 

Después de años de conducir su Ford Falcon, el señor Farías Fernández se quedó sin su vehículo como resultado  de una triste circunstancia que no deseamos  relatar.

Este hecho originó que se viera obligado a utilizar el transporte público. Lo que pasaremos a contarles ocurrió la primera vez  en que viajó al centro de la ciudad a bordo de un colectivo.

No es que Farías Fernández  fuera un hombre de escasas luces y habilidades, tampoco era de aquellos que  salen a la calle sin preparación, pero se sentía raro, por eso se preocupaba de hacer estrictamente lo que su familia le había indicado así que se detuvo en la esquina señalada con la tarjeta magnética en su mano.

Al cabo de cinco minutos vio venir un colectivo. Agudizó la vista, y cuando estuvo bien seguro de que era el 67, le hizo señas para que se detuviera y subió con gusto saboreando la alegría de ver asientos libres, detalle de importancia en un viaje de más de una hora.

̶ Hasta el obelisco ̶   le anunció al chofer mientras lanzaba una mirada rápida a su alrededor.

Enorme satisfacción le produjo ver un aparato grande y cuadrado que ostentaba una ranura donde intentó, sin éxito, colocar la plástica tarjeta. ¿Acaso no le habían explicado que la tarjetita servía para abonar el costo del pasaje? Farías Fernández no había conocido la máquina de monedas, como conductor de su propio auto nunca había sacado un boleto con monedas ni experimentado la amarga sensación de no conseguirlas.

Todavía estaba probando cuando el conductor ya estaba en la siguiente parada, y comenzaron a subir los niños que salían de la escuela.  La fila de guardapolvos blancos lo pasó cual viento zonda.  Farías Fernández quedó petrificado. Observaba la rapidez con que subían al colectivo y la naturalidad con la que acercaban sus tarjetas a un pequeño dispositivo  ovaladito, insulso y pueril. Uno tras otro pasaron todos por delante de ese ojo. Sí, ese adminículo rojizo constituía  una especie de ojo biónico que leía las tarjetas y emitía luz y sonido ante cada una de ellas. Algo parecido había visto en la tele en películas de marcianos.

Farías Fernández había pasado delante del pequeño artefacto sin divisarlo, ahora se sentía ridículo, dudaba entre deslizarse al fondo o volver sobre sus pasos para pagar el viaje. Su vacilación vivió un segundo porque enseguida se encontró con los ojos del chofer que lo controlaban desde el espejo.

Cuando terminaron de circular los niños,  acercó su propia tarjeta con cuidado, casi con temblor.  El reflejo de luz que le mostraba le daba la sensación que podría darle una descarga eléctrica. Luego notó que mostraba un mensaje escrito. Se puso los lentes y acercó su cara, allí se enteró de que la esfera le informaba su saldo. Farías Fernández esperaba. Sus ojos recorrían los círculos concéntricos del artilugio mágico, buscaban y deseaban que volviera encenderse la luz o el sonido hablara o, en última instancia, que, desde algún orificio saliera su boleto. Hizo tiempo en vano, porque lo que esperaba nunca pasaría, no se trataba de las antiguas expendedoras que él había usado antaño.

El chofer se detuvo en la siguiente parada y Farías Fernández fue empujado hacia el interior del colectivo por nuevos pasajeros que, de manera automática y sin ver, apoyaban sus tarjetas. Ya dentro, comprobó que los niños habían ocupado todos los asientos y también el pasillo.

̶ Mirá ̶   le dijo el que tenía delante mostrándole un dibujo como dos garabatos.

̶ ¡Qué bonitos! ̶  le salió responder.

̶ Bonita querrás decir, la seño es bonita pero la profe de música es muy fea, además es mala. Pero cómo te ibas a dar cuenta vos que ni sabés sacar el boleto. Yo te vi, pero no importa, ya aprendiste. Ahora te voy a mostrar un dibujo más difícil.

El niño sacó otro papel muy dobladito que tenía y le mostró una letra F grandota, bien coloreada y rodeada de papelitos brillantes.

̶ La letra F ̶   exclamó Farías Fernández haciendo gala de sus conocimientos.

̶ Sí, la F de Franco, yo me llamo Franco y voy a tener un hermanito que se llamará Federico.

̶ Vaya casualidad ̶  le dijo nuestro héroe, y ya que estaban de presentaciones, agregó destacando las efes en su pronunciación ̶  yo me llamo Fidel Farías Fernández.

̶ Ya me parecía ̶  dijo el niño con la expresión de quien ha corrido el velo de un misterio.

̶  ¿Qué te parecía? ̶  preguntó con inocencia Farías Fernández.

̶ Que te llamabas con F, si no sabés sacar el boleto, menos vas a saber leer, pero no te preocupes podrás aprender.

31-La imprenta de Papá Noel

panoel

 

Nada es lo que parece a simple vista, conviene detenerse, mirar dos veces, escuchar y, en ocasiones: oler.

El domingo una fotografía me habló desde la pantalla de la computadora y pude oír su voz sin interferencias a pesar de que el sonido lo tenía anulado porque toda la familia dormía. De manera inmediata escribí:

“Increíble, Papá Noel de juguetería Thelmus me ha contado una cosa. No sé si decirla…”

Enseguida intenté distraerme leyendo el diario, una dosis de realidad te pone de nuevo en tierra para que no te tientes de relatar fantasías. Pronto comprobé que era una solución pasajera porque una frase chiquita reclamaba desde el facebook: “Decila, Moni”. ¿Es que Daniel se lo había creído?

Decila, decila, decila, decila; allí bien adentro, en las entretelas del alma, se repetía un eco igual al del recurso sonoro de varias emisoras radiales que había escuchado en el sur. Mucha radio más paisajes, demasiada magia tuviste, Moni.

Pasó el domingo y llegó el lunes. Trabajé todo el día en actividades concretas y necesarias hasta que, poco más de las seis de la tarde, por fin, apurando el paso con nerviosismo, estuve parada frente a la juguetería, mis ojos en los ojos de Papá Noel.

Entrá, entrá, entrá, entrá, ¡de vuelta con el eco! Esa resonancia que en lo íntimo se multiplica, mejor obedecés para que calle.

-¡Hola!-saludé a la dueña de la juguetería que respondió mientras buscaba un hula hula para la cliente que estaba primero- seguí atendiendo, voy a mirar.

Disimulé, como que le daba una ojeada a  los lindos juquetes de todo color, precio y tamaño. Iba oliendo el papel, sí, que llegaba desde el fondo. Me topé con una puerta sencilla, con cinco vidrios esmerilados en la parte superior. Para mi sopresa, al acercarme, el vidrio se volvió transparente, mejor dicho, desapareció para que yo viera con absoluta claridad aquello: la imprenta de Papá Noel.

Justo me sorprendió Ares, no se confundan, ni el dios griego de la guerra ni el programa para bajar música, el hijo de Thelma. Ares me explicó que Papá Noel es su madre, que los Reyes Magos sí existen, él ha de pensar que ese Papá Noel que está afuera es un artilugio para que niños más pequeños dejen sus cartas y dibujos. Juntos miramos a varios dejándolas.

-¿Qué harás con todas esas cartas?- le pregunté a Thelma.

-No sé- intimidada, casi, frente a los ojos enormes de Ares.

¿Era posible que ella no supiera de la imprenta en el fondo de su local? ¿Es que de tanto trabajar allí no le fue posible ver? ¿Ni Ares?

-Yo le escribí, -dijo el niño-si me contesta, podría creer.

La mueca y el gesto de Ares son indescriptibles, pura espontaneidad, todo frescura.

De mi parte, estoy también a la espera de que Papá Noel responda.  ¿Lo hará?

 

Este relato sencillo está dedicado a Ares,  es la primera ocasión en que lo leo por radio aún antes de subirlo al blog.

Fue estrenado el día de hoy en FM Puler, la radio de mi barrio.

¡Y a continuar con la trilogía interrumpida!

30- Instrucciones para trabajar de Ratón Pérez

raton   Dedicado a Luca, Martina y Patricia

 

No será indispensable disfrazarse de ratón,  claro está, porque además, los disfraces siempre vienen en talles pequeños. ¿No se han fijado que existen trajes que sólo se piensan para los niños? Las personas adultas sólo pueden disfrazarse de árabes, de payasos, de médicos, de curas y monjas con todas sus variaciones: abadesa, obispo, papa, cardenal, monje franciscano u otra orden. No olvidemos el archi acostumbrado disfraz de linyera. Sí, porque si mañana te invitan a una fiesta de disfraces, no te disfrazarás de ratón Pérez, ni mucho menos de flor de jacarandá. Conozco a una persona que tuvo que confeccionar los dos últimos trajes citados el pasado fin de semana. ¡Vaya tarea! La única manera de realizarlo es con una alta dosis de creatividad, ella la tiene y la empleó.

Simular una flor de jacarandá no es tan difícil, un poco de tules azul violáceo, una costurita por acá y por allá harán la magia de recrear esa belleza. Pero, para parecer ratón, la cosa se complica.

Cualquiera diría que una malla adherente marrón y algunos accesorios bastarían para hacer el prodigio. Lo mismo pensó ella y tiñó su equipo, el mismo que usaba para bailar ritmo remix. Una vez seco se lo puso, se miró al espejo y comenzó a ensayar. No estaba conforme, en realidad no estaba segura porque se le mezclaban los personajes. El ratón Pérez debería ser diferente de Mickey, seguro, ¿se parecería al de los famosos dibujos de la infancia de Tom y Jerry? Mientras más se miraba y lo intentaba, más se entusiasmaba, dejó todas las actividades de lado.

Las horas son veloces cuando tenemos que preparar algo, se apuran, las agujas del reloj corren más rápido cuando queremos construir una ilusión. ¡Y eso lleva tiempo! Las madres lo saben pero, algunas veces, son todopoderosas.

Llegó la noche, el instante fatídico en que el diente caído es puesto bajo la almohada. La madre besó al niño y, en ese instante olvidó lo que dijimos al principio del relato: que no es imprescindible disfrazarse de ratón y que sólo es cuestión de dejar unas monedas o billetes en el mismo sitio en que el niño puso su pequeña perla.

A la mañana siguiente, Luca se despertó temprano, encontró lo que esperaba y corrió a contarlo en la radio, en su programa favorito porque a su mamá no la podía encontrar.

Por eso escribo estas instrucciones, para alertar madres y padres, el trabajo del ratón Pérez es simple: sólo es cuestión de dejar la recompensa, todo intento de perfección es peligroso. A la mujer que bailaba remix no se la ha vuelto a ver, su familia se asoma a las bocas de los desagües y la llama: ¡Patriciaaaaaaaaaaaaa!

 

 

Este relato está inspirado en un comentario de facebook e integrará

una trilogía que intenta emular las instrucciones de Cortázar en su libro “Historias de cronopios y de famas”  .

26-Abrazo de agua

En la semana del Día del Amigo

dedico esta entrada a todos mis amigos, los de la biblioteca, los del natatorio,

 los de la terraza y los de la vida.

¡Claro! ¡Con una mención especial para Popi!

¡Feliz día para todos!

 

gruta

-Yo llegué a la pileta de Martelli porque desde chica me enseñaron a disfrutar del agua.-así afirmó mi vecina y compañera del natatorio municipal.

Después seguimos hablando y así supe que su niñez había transcurrido en la provincia de Misiones. Para los que nacimos en Buenos Aires, aquella provincia es sinónimo de Cataratas del Iguazú, y, enseguida, suenan  en nuestro interior esos golpes estruendosos de la caída libre de la aguas en la famosa Garganta del Diablo. Pero hay mucho más allá en esa zona de la la Mesopotamia nuestra donde la tierra es colorada y la vegetación ostenta todos los matices del verde.

-Aprendí a nadar allá-continúa Popi-el encargado fue mi papá, quien, con los calores que hacía, nos llevaba a los arroyitos, ojos de agua, como les dicen allá.

Ella me cuenta  y  ya los estoy  viendo, de manera simultánea me parece  también, que esos arroyos me miran y me llaman.

-Es imposible transmitirte lo que era para mí estar en el agua rodeada de esa naturaleza y escuchando el canto de los pájaros mientras mamá preparaba sandwichitos  para cuando saliéramos del agua…ella le tenía mucho miedo a lo que pudiera aparecer debajo del  arroyo y por eso prefería vernos afuera.

Yo la quiero interrumpir para decirle que me lo cuenta tan bien que ya tengo la sensación de estar  nadando en la pupila misma del ojo de agua que me describe.

-Esas vertientes de agua fresca escondidas entre una vegetación exuberante copiosa de verdes y orquídeas trepadas como enamoradas de los árboles, inmensos para mí en aquella época…

A estas alturas el agua de nuestro natatorio ha cambiado de color, y en la pared lateral, en lugar de la mancha de la pintura, veo una orquídea enorme y otra pequeña.

- Algo que me acuerdo ahora es que en esos lugares los pobladores ponían carteles de “no se pueden cazar mariposas”   porque eran tantas de tantos tamaños y colores que eran un regalo para el alma.  Mamá decía que su belleza se debía a que en ellas estaba el alma de las personas buenas y,  por eso,  eran hermosas y no había que molestarlas ni dañarlas.

Popi  se saca las antiparras de nado y sus ojos me muestran el reflejo de aquellas aladas maravillas de la selva misionera. Me quedo en silencio porque ella prosigue emocionada su relato mientras yo disfruto descansado en sus palabras  y sumergida en el agua que me rodea de verdad y  aquella otra que imagino.

-Ahora lo estoy viendo a mi papá alentándome, dale que podés, y yo sin avanzar ni un centímetro, esforzándome en cada brazada contra la corriente, poniendo el coraje a prueba en la lucha contra el agua iba adquiriendo la resistencia que ahora perdura frente a las adversidades de la vida.

Las dos continuamos nadando en silencio los metros que nos faltan. Como cada día siento el abrazo del agua que me rodea y me sostiene como una caricia  que se cuela por todas partes durante el entrenamiento semanal. Esta vez tiene el valor agregado de haber compartido un recuerdo vivo de mi compañera de andarivel, entonces, el abrazo del agua es más abrazo y hasta me parece que veo abajo, mientras me deslizo, el suelo rojizo que caracteriza aquella zona. Me pregunto si tiñe y creo que algo de eso debe haber.

Había oído decir que “el que se mancha con tierra colorada, no se va más de Misiones” No hay duda de que Popi, aunque parezca que nada en la pileta de Martelli, continúa haciéndolo en aquella piscina natural con selva arriba en su misionera Gruta del Indio. ¡Y esta vez me ha llevado a mí también!

25-La dueña de la tierra

Este relato,  inspirado en una persona real,

 está dedicado a todos los que ven en la lengua una riqueza,

en especial a mis amigos literarios españoles.

USHUAIA 469

 

 

“Por eso yo digo que todo esto es mío” y el ademán de la anciana señaló sin alardes  un paraje de belleza sublime e indescriptible en el fin del mundo. Mis ojos  saltaban desde los surcos de su cara a los contornos de la costa, mi espíritu revoloteaba inquieto y entusiasmado con las narraciones de Cristina Calderón. Sí, porque la busqué y la encontré en Villa Ukika, un poblado en la isla chilena de Navarino.

Pero es mejor que comience desde el principio. Habíamos viajado con amigos a Ushuaia, la ciudad más austral del mundo y estábamos haciendo el primer paseo: navegación en catamarán por el canal de Beagle. Los demás turistas sacaban fotografías a montones. Yo deseaba salir nadando hasta la orilla. La voz de la guía se me perdió. No escuché más porque, la mirada fija en el agua, me quedé leyendo en las olas esas palabras yamanas que no fueron escritas.

 Nuestra guía era una mujer joven y vertía su conocimiento con una expresión que amalgamaba el amor por la tierra con un dejo de rutina mientras repetía todo su discurso en inglés, portugués, francés e italiano.

“Allí vive la última hablante yamana” fue lo último que yo escuché. Miré el pequeño caserío, tan cercano y tan lejano. Así son las islas, mucho más cuando el agua es helada, así me lo recordó un trozo de hielo que pasó navegando a nuestro lado, así lo gritan las cumbres blancas.

El catamarán continuó serpenteando islas repletas de  lobos marinos y pingüinos, el viento atravesaba el cuerpo y yo, como un yamana en su canoa, cuidaba el fuego interno. Sí, la idea de buscar a Cristina primero fue chispa pero durante el transcurso del paseo mutó en rebelde llamarada.

Al otro día, ya en tierra, le di curso a mi intuición y volví a embarcarme. Esta vez, sola. Un amable lugareño me alcanzó hasta puerto Wilson y desde allí caminé los dos kilómetros hasta su casa. Parecía que me esperaba, o eso me hizo creer mi propio arrebato, porque al contemplar su sonrisa de ojos rasgados tuve la contundente sensación de que mi viaje ya superaba las expectativas.

  Caminamos hasta la costa en silencio por el sendero. Yo deseaba oír las palabras de esa lengua sin escritura, ella también deseaba decirlas. Supe que hablaba sola en la intimidad del hogar y que planeaba hacer un diccionario con la ayuda de su nieta. Me enteré de que la última persona con quien habló en su lengua nativa fue su hermana Úrsula fallecida hace ocho años.

Cuando nos embarcamos empezó  a narrarme el cuento que le pedí, lo hizo en su lengua  y a mí se me antojó una canción que Cristina iba leyendo en la espuma de las crestas heladas del oleaje.  Conforme iba desgranando sonidos también me traducía una historia de lobos, gentes que marisqueaban y el amor que da por resultado un niño que luego se convierte en pez.  La escena se fue desarrollando vívida  en los paisajes y, a medida que me contaba, yo veía a esas gentes canoeras proveyéndose el sustento en estas hermosas tierras heladas. Las imaginaba esforzándose, enseñando a sus hijos a mantener el fuego y, quizá, contándoles el mismo cuento que ella me relataba. ¿Cuántas generaciones así durante seis mil años?

Cristina sazonaba su relato mostrándome lugares, un rosario de sitios que yo  guardaba  para volver. Sé que los veré diferentes porque, lo que es más seguro, es que ella no me acompañará. De todas formas su presencia se clavó en mí con el espíritu de tantos yamanas que por aquí pasaron. “Acá está mi abuela” me dijo y señaló un lugar virgen, sólo la tierra y la vegetación, sin  cruz ni lápida.

El viento soplaba, y la llovizna era helada a pesar de estar en marzo, las montañas permanecían en reverencia silenciosa. “Allá está mi padre”  señaló un grupo de árboles que parecían cobijarlo.

Continuamos en silencio para escuchar mejor los pájaros durante el resto de la travesía. Allí tomé conciencia de que los sonidos yamanas se parecen a su canto. Cuando abracé a Cristina para despedirnos me pareció que me había traspasado su riqueza sin perderla, al contrario, multiplicándola.

Mientras navego hacia Ushuaia me hago el firme propósito de volver, tiene magnetismo este sitio del fin del mundo donde la sensación de ser dueña de la tierra se me ha pegado. Es que este lugar es todos los lugares y esta mujer es todas las mujeres.

Me enteré después que Cristina cobra por las entrevistas y por las fotografías. Yo no había llevado la cámara, iba por los sonidos, puede que por eso la dejé en Ushuaia. Ella no sabe que mi retina se llevó una imagen en la más alta definición. Ojalá, pueda en parte, haber narrado la sensación de mi alma el día que le robé una foto a la mujer más rica del mundo.

24- La culpa es de Borges

 

 

JHS

El relato número 24 está dedicado a Francisco Vallejos por dos motivos: el me consiguió el libro de Borges que quería leer y porque hoy ¡es su cumpleaños!

Mucha felicidad, Fran, te la merecés.

Va el relato:

 

 

De los muchos ejercicios literarios que había realizado para esa suerte de taller que llamamos la terraza, ninguno me había parecido más difícil y, por la misma razón, más atrayente.

Desde chica fui meticulosa y disciplinada así que, antes de comenzar me tragué toda la bibliografía. Desfilaron ante mis ojos los relatos policiales de los mejores escritores. Siempre supe que la literatura podía ser peligrosa. Lo supe por intuición y lo fui confirmando en sucesivos ejemplos. Para muestra sólo citaré uno archi- conocido  ¿Qué le aconteció hace siglos a ese generoso hidalgo aficionado a las novelas de caballería? Sí, señor, el mismo que nació en algún lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme.

Y, para no aburrirlos, iré directamente al grano compañeros, ¿Qué le sucedió al perspicaz detective Lönnrot? Sí, señor, por hacerle caso a la brújula interior, encontró la muerte. Yo fui afortunada, amigos, pues escribo desde la cárcel mientras preparo mi defensa.

Podría aludir que la culpa la tiene Borges, sí, porque su genial cuento fue el inicio del plan. Doy por supuesto que han leído ese famoso policial que es “La muerte y la brújula”. Pues bien, yo lo leí, lo releí, lo escruté, ¡y me enamoré del cuento! ¿Acaso es locura enamorarse de un relato? Ojalá lo fuera, tendría bien cerca un argumento para salir de esta prisión y cambiarla por un loquero.

Lo mío fue instantáneo, sí señor, fue leer e inspirarme al tiempo: tenía que escribir algo parecido. Enseguida me vino a la mente el famoso trigrama. Como Borges trabajó sobre sobre el tetragrama yo lo simplificaría: más fácil, más católico, más a mi medida de pobreza intelectual.

Corrí a la biblioteca, saqué una guía de planos y tracé un triángulo al azar. A cada vértice le dibujé la letra correspondiente del famoso trigrama en su versión latina: JHS. Sonreí con satisfacción y lo pegué con un imán en la puerta de la heladera. Con el transcurrir de los días iría creciendo el plan y tomando forma. Sólo tenía que leer los relatos de mis compañeros a medida que los fueran publicando. El primer crimen, señalado con la letra J sería inspirado en el primer cuento que publicaran en la terraza y cometido en la esquina señalada en el plano. Nada difícil, sólo era copiar.

Pero intervino el azar, ese que desbarata los mejores planes. Fue el mismísimo 31 de mayo, la fecha límite para subir el cuento. No podía conectarme a causa de un desperfecto así que solicité la presencia de un técnico a mi proveedor de internet. Como era de esperarse apareció un chico endeble y sin experiencia que sabía mucho menos que yo del tema y que estipuló que debía cambiar el cableado.

-Vos me lo cambiás hoy-le dije.

-Yo sólo diagnostico, señora, luego vendrán los otros.

-Nada de otros -agregué incrustándole mi mirada en la suya al mismo tiempo que cortaba un pollo en dos mitades – vos no salís de acá sin solucionarlo.

La culpa la tuvo él, ese técnico con sonrisa sobradora. Yo soy una madre de familia que estaba cocinando. También soy una usuaria de internet que tengo derechos por el servicio que pago.

Sobre el cadáver coloqué la previsible J y una nota que ustedes ya vienen adivinando:

La primera de las letras ha sido articulada”

Salí a caminar triunfante, no sólo era capaz de escribir un crimen sino también de perpetrarlo.  Parece que subestimé a los de la bonaerense: no tardaron en capturarme.

Primero lo culpé al técnico, dije que quiso abusar sexualmente de mí, después lo culpé a Borges y por último al novio de mi hija quien me prestó el libro. No ha servido, los últimos que me interrogaron, especialistas en psiquiatría, ya certificaron que estoy desquiciada.

Por si acaso, preparo mi defensa en serio, seguro convenzo al tribunal, acusaré a mis compañeros de la terraza uno por uno comenzando por el pseudo profesor que se hace llamar “el camarero”.