Archivo para la categoría ‘Cuentos inspirados en el decime’
16 Mayo 2012 | Por monica-mabel | Claves: historia, imaginación | # Enlace permanente

Este relato es para Franco.
Después de años de conducir su Ford Falcon, el señor Farías Fernández se quedó sin su vehículo como resultado de una triste circunstancia que no deseamos relatar.
Este hecho originó que se viera obligado a utilizar el transporte público. Lo que pasaremos a contarles ocurrió la primera vez en que viajó al centro de la ciudad a bordo de un colectivo.
No es que Farías Fernández fuera un hombre de escasas luces y habilidades, tampoco era de aquellos que salen a la calle sin preparación, pero se sentía raro, por eso se preocupaba de hacer estrictamente lo que su familia le había indicado así que se detuvo en la esquina señalada con la tarjeta magnética en su mano.
Al cabo de cinco minutos vio venir un colectivo. Agudizó la vista, y cuando estuvo bien seguro de que era el 67, le hizo señas para que se detuviera y subió con gusto saboreando la alegría de ver asientos libres, detalle de importancia en un viaje de más de una hora.
̶ Hasta el obelisco ̶ le anunció al chofer mientras lanzaba una mirada rápida a su alrededor.
Enorme satisfacción le produjo ver un aparato grande y cuadrado que ostentaba una ranura donde intentó, sin éxito, colocar la plástica tarjeta. ¿Acaso no le habían explicado que la tarjetita servía para abonar el costo del pasaje? Farías Fernández no había conocido la máquina de monedas, como conductor de su propio auto nunca había sacado un boleto con monedas ni experimentado la amarga sensación de no conseguirlas.
Todavía estaba probando cuando el conductor ya estaba en la siguiente parada, y comenzaron a subir los niños que salían de la escuela. La fila de guardapolvos blancos lo pasó cual viento zonda. Farías Fernández quedó petrificado. Observaba la rapidez con que subían al colectivo y la naturalidad con la que acercaban sus tarjetas a un pequeño dispositivo ovaladito, insulso y pueril. Uno tras otro pasaron todos por delante de ese ojo. Sí, ese adminículo rojizo constituía una especie de ojo biónico que leía las tarjetas y emitía luz y sonido ante cada una de ellas. Algo parecido había visto en la tele en películas de marcianos.
Farías Fernández había pasado delante del pequeño artefacto sin divisarlo, ahora se sentía ridículo, dudaba entre deslizarse al fondo o volver sobre sus pasos para pagar el viaje. Su vacilación vivió un segundo porque enseguida se encontró con los ojos del chofer que lo controlaban desde el espejo.
Cuando terminaron de circular los niños, acercó su propia tarjeta con cuidado, casi con temblor. El reflejo de luz que le mostraba le daba la sensación que podría darle una descarga eléctrica. Luego notó que mostraba un mensaje escrito. Se puso los lentes y acercó su cara, allí se enteró de que la esfera le informaba su saldo. Farías Fernández esperaba. Sus ojos recorrían los círculos concéntricos del artilugio mágico, buscaban y deseaban que volviera encenderse la luz o el sonido hablara o, en última instancia, que, desde algún orificio saliera su boleto. Hizo tiempo en vano, porque lo que esperaba nunca pasaría, no se trataba de las antiguas expendedoras que él había usado antaño.
El chofer se detuvo en la siguiente parada y Farías Fernández fue empujado hacia el interior del colectivo por nuevos pasajeros que, de manera automática y sin ver, apoyaban sus tarjetas. Ya dentro, comprobó que los niños habían ocupado todos los asientos y también el pasillo.
̶ Mirá ̶ le dijo el que tenía delante mostrándole un dibujo como dos garabatos.
̶ ¡Qué bonitos! ̶ le salió responder.
̶ Bonita querrás decir, la seño es bonita pero la profe de música es muy fea, además es mala. Pero cómo te ibas a dar cuenta vos que ni sabés sacar el boleto. Yo te vi, pero no importa, ya aprendiste. Ahora te voy a mostrar un dibujo más difícil.
El niño sacó otro papel muy dobladito que tenía y le mostró una letra F grandota, bien coloreada y rodeada de papelitos brillantes.
̶ La letra F ̶ exclamó Farías Fernández haciendo gala de sus conocimientos.
̶ Sí, la F de Franco, yo me llamo Franco y voy a tener un hermanito que se llamará Federico.
̶ Vaya casualidad ̶ le dijo nuestro héroe, y ya que estaban de presentaciones, agregó destacando las efes en su pronunciación ̶ yo me llamo Fidel Farías Fernández.
̶ Ya me parecía ̶ dijo el niño con la expresión de quien ha corrido el velo de un misterio.
̶ ¿Qué te parecía? ̶ preguntó con inocencia Farías Fernández.
̶ Que te llamabas con F, si no sabés sacar el boleto, menos vas a saber leer, pero no te preocupes podrás aprender.
13 Diciembre 2011 | Por monica-mabel | Claves: alegría, cuento, surrealismo infancia | # Enlace permanente

Nada es lo que parece a simple vista, conviene detenerse, mirar dos veces, escuchar y, en ocasiones: oler.
El domingo una fotografía me habló desde la pantalla de la computadora y pude oír su voz sin interferencias a pesar de que el sonido lo tenía anulado porque toda la familia dormía. De manera inmediata escribí:
“Increíble, Papá Noel de juguetería Thelmus me ha contado una cosa. No sé si decirla…”
Enseguida intenté distraerme leyendo el diario, una dosis de realidad te pone de nuevo en tierra para que no te tientes de relatar fantasías. Pronto comprobé que era una solución pasajera porque una frase chiquita reclamaba desde el facebook: “Decila, Moni”. ¿Es que Daniel se lo había creído?
Decila, decila, decila, decila; allí bien adentro, en las entretelas del alma, se repetía un eco igual al del recurso sonoro de varias emisoras radiales que había escuchado en el sur. Mucha radio más paisajes, demasiada magia tuviste, Moni.
Pasó el domingo y llegó el lunes. Trabajé todo el día en actividades concretas y necesarias hasta que, poco más de las seis de la tarde, por fin, apurando el paso con nerviosismo, estuve parada frente a la juguetería, mis ojos en los ojos de Papá Noel.
Entrá, entrá, entrá, entrá, ¡de vuelta con el eco! Esa resonancia que en lo íntimo se multiplica, mejor obedecés para que calle.
-¡Hola!-saludé a la dueña de la juguetería que respondió mientras buscaba un hula hula para la cliente que estaba primero- seguí atendiendo, voy a mirar.
Disimulé, como que le daba una ojeada a los lindos juquetes de todo color, precio y tamaño. Iba oliendo el papel, sí, que llegaba desde el fondo. Me topé con una puerta sencilla, con cinco vidrios esmerilados en la parte superior. Para mi sopresa, al acercarme, el vidrio se volvió transparente, mejor dicho, desapareció para que yo viera con absoluta claridad aquello: la imprenta de Papá Noel.
Justo me sorprendió Ares, no se confundan, ni el dios griego de la guerra ni el programa para bajar música, el hijo de Thelma. Ares me explicó que Papá Noel es su madre, que los Reyes Magos sí existen, él ha de pensar que ese Papá Noel que está afuera es un artilugio para que niños más pequeños dejen sus cartas y dibujos. Juntos miramos a varios dejándolas.
-¿Qué harás con todas esas cartas?- le pregunté a Thelma.
-No sé- intimidada, casi, frente a los ojos enormes de Ares.
¿Era posible que ella no supiera de la imprenta en el fondo de su local? ¿Es que de tanto trabajar allí no le fue posible ver? ¿Ni Ares?
-Yo le escribí, -dijo el niño-si me contesta, podría creer.
La mueca y el gesto de Ares son indescriptibles, pura espontaneidad, todo frescura.
De mi parte, estoy también a la espera de que Papá Noel responda. ¿Lo hará?
Este relato sencillo está dedicado a Ares, es la primera ocasión en que lo leo por radio aún antes de subirlo al blog.
Fue estrenado el día de hoy en FM Puler, la radio de mi barrio.
¡Y a continuar con la trilogía interrumpida!
1 Diciembre 2011 | Por monica-mabel | Claves: surrealismo infancia | # Enlace permanente
Dedicado a Luca, Martina y Patricia
No será indispensable disfrazarse de ratón, claro está, porque además, los disfraces siempre vienen en talles pequeños. ¿No se han fijado que existen trajes que sólo se piensan para los niños? Las personas adultas sólo pueden disfrazarse de árabes, de payasos, de médicos, de curas y monjas con todas sus variaciones: abadesa, obispo, papa, cardenal, monje franciscano u otra orden. No olvidemos el archi acostumbrado disfraz de linyera. Sí, porque si mañana te invitan a una fiesta de disfraces, no te disfrazarás de ratón Pérez, ni mucho menos de flor de jacarandá. Conozco a una persona que tuvo que confeccionar los dos últimos trajes citados el pasado fin de semana. ¡Vaya tarea! La única manera de realizarlo es con una alta dosis de creatividad, ella la tiene y la empleó.
Simular una flor de jacarandá no es tan difícil, un poco de tules azul violáceo, una costurita por acá y por allá harán la magia de recrear esa belleza. Pero, para parecer ratón, la cosa se complica.
Cualquiera diría que una malla adherente marrón y algunos accesorios bastarían para hacer el prodigio. Lo mismo pensó ella y tiñó su equipo, el mismo que usaba para bailar ritmo remix. Una vez seco se lo puso, se miró al espejo y comenzó a ensayar. No estaba conforme, en realidad no estaba segura porque se le mezclaban los personajes. El ratón Pérez debería ser diferente de Mickey, seguro, ¿se parecería al de los famosos dibujos de la infancia de Tom y Jerry? Mientras más se miraba y lo intentaba, más se entusiasmaba, dejó todas las actividades de lado.
Las horas son veloces cuando tenemos que preparar algo, se apuran, las agujas del reloj corren más rápido cuando queremos construir una ilusión. ¡Y eso lleva tiempo! Las madres lo saben pero, algunas veces, son todopoderosas.
Llegó la noche, el instante fatídico en que el diente caído es puesto bajo la almohada. La madre besó al niño y, en ese instante olvidó lo que dijimos al principio del relato: que no es imprescindible disfrazarse de ratón y que sólo es cuestión de dejar unas monedas o billetes en el mismo sitio en que el niño puso su pequeña perla.
A la mañana siguiente, Luca se despertó temprano, encontró lo que esperaba y corrió a contarlo en la radio, en su programa favorito porque a su mamá no la podía encontrar.
Por eso escribo estas instrucciones, para alertar madres y padres, el trabajo del ratón Pérez es simple: sólo es cuestión de dejar la recompensa, todo intento de perfección es peligroso. A la mujer que bailaba remix no se la ha vuelto a ver, su familia se asoma a las bocas de los desagües y la llama: ¡Patriciaaaaaaaaaaaaa!
Este relato está inspirado en un comentario de facebook e integrará
una trilogía que intenta emular las instrucciones de Cortázar en su libro “Historias de cronopios y de famas” .
18 Julio 2011 | Por monica-mabel | Claves: amistad agua abrazo | # Enlace permanente
En la semana del Día del Amigo
dedico esta entrada a todos mis amigos, los de la biblioteca, los del natatorio,
los de la terraza y los de la vida.
¡Claro! ¡Con una mención especial para Popi!
¡Feliz día para todos!

-Yo llegué a la pileta de Martelli porque desde chica me enseñaron a disfrutar del agua.-así afirmó mi vecina y compañera del natatorio municipal.
Después seguimos hablando y así supe que su niñez había transcurrido en la provincia de Misiones. Para los que nacimos en Buenos Aires, aquella provincia es sinónimo de Cataratas del Iguazú, y, enseguida, suenan en nuestro interior esos golpes estruendosos de la caída libre de la aguas en la famosa Garganta del Diablo. Pero hay mucho más allá en esa zona de la la Mesopotamia nuestra donde la tierra es colorada y la vegetación ostenta todos los matices del verde.
-Aprendí a nadar allá-continúa Popi-el encargado fue mi papá, quien, con los calores que hacía, nos llevaba a los arroyitos, ojos de agua, como les dicen allá.
Ella me cuenta y ya los estoy viendo, de manera simultánea me parece también, que esos arroyos me miran y me llaman.
-Es imposible transmitirte lo que era para mí estar en el agua rodeada de esa naturaleza y escuchando el canto de los pájaros mientras mamá preparaba sandwichitos para cuando saliéramos del agua…ella le tenía mucho miedo a lo que pudiera aparecer debajo del arroyo y por eso prefería vernos afuera.
Yo la quiero interrumpir para decirle que me lo cuenta tan bien que ya tengo la sensación de estar nadando en la pupila misma del ojo de agua que me describe.
-Esas vertientes de agua fresca escondidas entre una vegetación exuberante copiosa de verdes y orquídeas trepadas como enamoradas de los árboles, inmensos para mí en aquella época…
A estas alturas el agua de nuestro natatorio ha cambiado de color, y en la pared lateral, en lugar de la mancha de la pintura, veo una orquídea enorme y otra pequeña.
- Algo que me acuerdo ahora es que en esos lugares los pobladores ponían carteles de “no se pueden cazar mariposas” porque eran tantas de tantos tamaños y colores que eran un regalo para el alma. Mamá decía que su belleza se debía a que en ellas estaba el alma de las personas buenas y, por eso, eran hermosas y no había que molestarlas ni dañarlas.
Popi se saca las antiparras de nado y sus ojos me muestran el reflejo de aquellas aladas maravillas de la selva misionera. Me quedo en silencio porque ella prosigue emocionada su relato mientras yo disfruto descansado en sus palabras y sumergida en el agua que me rodea de verdad y aquella otra que imagino.
-Ahora lo estoy viendo a mi papá alentándome, dale que podés, y yo sin avanzar ni un centímetro, esforzándome en cada brazada contra la corriente, poniendo el coraje a prueba en la lucha contra el agua iba adquiriendo la resistencia que ahora perdura frente a las adversidades de la vida.
Las dos continuamos nadando en silencio los metros que nos faltan. Como cada día siento el abrazo del agua que me rodea y me sostiene como una caricia que se cuela por todas partes durante el entrenamiento semanal. Esta vez tiene el valor agregado de haber compartido un recuerdo vivo de mi compañera de andarivel, entonces, el abrazo del agua es más abrazo y hasta me parece que veo abajo, mientras me deslizo, el suelo rojizo que caracteriza aquella zona. Me pregunto si tiñe y creo que algo de eso debe haber.
Había oído decir que “el que se mancha con tierra colorada, no se va más de Misiones” No hay duda de que Popi, aunque parezca que nada en la pileta de Martelli, continúa haciéndolo en aquella piscina natural con selva arriba en su misionera Gruta del Indio. ¡Y esta vez me ha llevado a mí también!
12 Julio 2011 | Por monica-mabel | # Enlace permanente
Este relato, inspirado en una persona real,
está dedicado a todos los que ven en la lengua una riqueza,
en especial a mis amigos literarios españoles.

“Por eso yo digo que todo esto es mío” y el ademán de la anciana señaló sin alardes un paraje de belleza sublime e indescriptible en el fin del mundo. Mis ojos saltaban desde los surcos de su cara a los contornos de la costa, mi espíritu revoloteaba inquieto y entusiasmado con las narraciones de Cristina Calderón. Sí, porque la busqué y la encontré en Villa Ukika, un poblado en la isla chilena de Navarino.
Pero es mejor que comience desde el principio. Habíamos viajado con amigos a Ushuaia, la ciudad más austral del mundo y estábamos haciendo el primer paseo: navegación en catamarán por el canal de Beagle. Los demás turistas sacaban fotografías a montones. Yo deseaba salir nadando hasta la orilla. La voz de la guía se me perdió. No escuché más porque, la mirada fija en el agua, me quedé leyendo en las olas esas palabras yamanas que no fueron escritas.
Nuestra guía era una mujer joven y vertía su conocimiento con una expresión que amalgamaba el amor por la tierra con un dejo de rutina mientras repetía todo su discurso en inglés, portugués, francés e italiano.
“Allí vive la última hablante yamana” fue lo último que yo escuché. Miré el pequeño caserío, tan cercano y tan lejano. Así son las islas, mucho más cuando el agua es helada, así me lo recordó un trozo de hielo que pasó navegando a nuestro lado, así lo gritan las cumbres blancas.
El catamarán continuó serpenteando islas repletas de lobos marinos y pingüinos, el viento atravesaba el cuerpo y yo, como un yamana en su canoa, cuidaba el fuego interno. Sí, la idea de buscar a Cristina primero fue chispa pero durante el transcurso del paseo mutó en rebelde llamarada.
Al otro día, ya en tierra, le di curso a mi intuición y volví a embarcarme. Esta vez, sola. Un amable lugareño me alcanzó hasta puerto Wilson y desde allí caminé los dos kilómetros hasta su casa. Parecía que me esperaba, o eso me hizo creer mi propio arrebato, porque al contemplar su sonrisa de ojos rasgados tuve la contundente sensación de que mi viaje ya superaba las expectativas.
Caminamos hasta la costa en silencio por el sendero. Yo deseaba oír las palabras de esa lengua sin escritura, ella también deseaba decirlas. Supe que hablaba sola en la intimidad del hogar y que planeaba hacer un diccionario con la ayuda de su nieta. Me enteré de que la última persona con quien habló en su lengua nativa fue su hermana Úrsula fallecida hace ocho años.
Cuando nos embarcamos empezó a narrarme el cuento que le pedí, lo hizo en su lengua y a mí se me antojó una canción que Cristina iba leyendo en la espuma de las crestas heladas del oleaje. Conforme iba desgranando sonidos también me traducía una historia de lobos, gentes que marisqueaban y el amor que da por resultado un niño que luego se convierte en pez. La escena se fue desarrollando vívida en los paisajes y, a medida que me contaba, yo veía a esas gentes canoeras proveyéndose el sustento en estas hermosas tierras heladas. Las imaginaba esforzándose, enseñando a sus hijos a mantener el fuego y, quizá, contándoles el mismo cuento que ella me relataba. ¿Cuántas generaciones así durante seis mil años?
Cristina sazonaba su relato mostrándome lugares, un rosario de sitios que yo guardaba para volver. Sé que los veré diferentes porque, lo que es más seguro, es que ella no me acompañará. De todas formas su presencia se clavó en mí con el espíritu de tantos yamanas que por aquí pasaron. “Acá está mi abuela” me dijo y señaló un lugar virgen, sólo la tierra y la vegetación, sin cruz ni lápida.
El viento soplaba, y la llovizna era helada a pesar de estar en marzo, las montañas permanecían en reverencia silenciosa. “Allá está mi padre” señaló un grupo de árboles que parecían cobijarlo.
Continuamos en silencio para escuchar mejor los pájaros durante el resto de la travesía. Allí tomé conciencia de que los sonidos yamanas se parecen a su canto. Cuando abracé a Cristina para despedirnos me pareció que me había traspasado su riqueza sin perderla, al contrario, multiplicándola.
Mientras navego hacia Ushuaia me hago el firme propósito de volver, tiene magnetismo este sitio del fin del mundo donde la sensación de ser dueña de la tierra se me ha pegado. Es que este lugar es todos los lugares y esta mujer es todas las mujeres.
Me enteré después que Cristina cobra por las entrevistas y por las fotografías. Yo no había llevado la cámara, iba por los sonidos, puede que por eso la dejé en Ushuaia. Ella no sabe que mi retina se llevó una imagen en la más alta definición. Ojalá, pueda en parte, haber narrado la sensación de mi alma el día que le robé una foto a la mujer más rica del mundo.
7 Julio 2011 | Por monica-mabel | # Enlace permanente

El relato número 24 está dedicado a Francisco Vallejos por dos motivos: el me consiguió el libro de Borges que quería leer y porque hoy ¡es su cumpleaños!
Mucha felicidad, Fran, te la merecés.
Va el relato:
De los muchos ejercicios literarios que había realizado para esa suerte de taller que llamamos la terraza, ninguno me había parecido más difícil y, por la misma razón, más atrayente.
Desde chica fui meticulosa y disciplinada así que, antes de comenzar me tragué toda la bibliografía. Desfilaron ante mis ojos los relatos policiales de los mejores escritores. Siempre supe que la literatura podía ser peligrosa. Lo supe por intuición y lo fui confirmando en sucesivos ejemplos. Para muestra sólo citaré uno archi- conocido ¿Qué le aconteció hace siglos a ese generoso hidalgo aficionado a las novelas de caballería? Sí, señor, el mismo que nació en algún lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme.
Y, para no aburrirlos, iré directamente al grano compañeros, ¿Qué le sucedió al perspicaz detective Lönnrot? Sí, señor, por hacerle caso a la brújula interior, encontró la muerte. Yo fui afortunada, amigos, pues escribo desde la cárcel mientras preparo mi defensa.
Podría aludir que la culpa la tiene Borges, sí, porque su genial cuento fue el inicio del plan. Doy por supuesto que han leído ese famoso policial que es “La muerte y la brújula”. Pues bien, yo lo leí, lo releí, lo escruté, ¡y me enamoré del cuento! ¿Acaso es locura enamorarse de un relato? Ojalá lo fuera, tendría bien cerca un argumento para salir de esta prisión y cambiarla por un loquero.
Lo mío fue instantáneo, sí señor, fue leer e inspirarme al tiempo: tenía que escribir algo parecido. Enseguida me vino a la mente el famoso trigrama. Como Borges trabajó sobre sobre el tetragrama yo lo simplificaría: más fácil, más católico, más a mi medida de pobreza intelectual.
Corrí a la biblioteca, saqué una guía de planos y tracé un triángulo al azar. A cada vértice le dibujé la letra correspondiente del famoso trigrama en su versión latina: JHS. Sonreí con satisfacción y lo pegué con un imán en la puerta de la heladera. Con el transcurrir de los días iría creciendo el plan y tomando forma. Sólo tenía que leer los relatos de mis compañeros a medida que los fueran publicando. El primer crimen, señalado con la letra J sería inspirado en el primer cuento que publicaran en la terraza y cometido en la esquina señalada en el plano. Nada difícil, sólo era copiar.
Pero intervino el azar, ese que desbarata los mejores planes. Fue el mismísimo 31 de mayo, la fecha límite para subir el cuento. No podía conectarme a causa de un desperfecto así que solicité la presencia de un técnico a mi proveedor de internet. Como era de esperarse apareció un chico endeble y sin experiencia que sabía mucho menos que yo del tema y que estipuló que debía cambiar el cableado.
-Vos me lo cambiás hoy-le dije.
-Yo sólo diagnostico, señora, luego vendrán los otros.
-Nada de otros -agregué incrustándole mi mirada en la suya al mismo tiempo que cortaba un pollo en dos mitades – vos no salís de acá sin solucionarlo.
La culpa la tuvo él, ese técnico con sonrisa sobradora. Yo soy una madre de familia que estaba cocinando. También soy una usuaria de internet que tengo derechos por el servicio que pago.
Sobre el cadáver coloqué la previsible J y una nota que ustedes ya vienen adivinando:
“La primera de las letras ha sido articulada”
Salí a caminar triunfante, no sólo era capaz de escribir un crimen sino también de perpetrarlo. Parece que subestimé a los de la bonaerense: no tardaron en capturarme.
Primero lo culpé al técnico, dije que quiso abusar sexualmente de mí, después lo culpé a Borges y por último al novio de mi hija quien me prestó el libro. No ha servido, los últimos que me interrogaron, especialistas en psiquiatría, ya certificaron que estoy desquiciada.
Por si acaso, preparo mi defensa en serio, seguro convenzo al tribunal, acusaré a mis compañeros de la terraza uno por uno comenzando por el pseudo profesor que se hace llamar “el camarero”.
20 Abril 2011 | Por monica-mabel | # Enlace permanente

Cuando era chica me encantaba ir a pasar varios días a la casa de mi abuela. Ella vivía en el campo, en un sitio donde no había llegado ni la electricidad ni la red de agua. La vida era dura pero se respiraba una libertad diferente. Ahora, en perspectiva, creo poder describir aquello: era la sensación de tener los límites más lejos, la puerta abierta, el campo extenso y alguna alambrada para los animales ¡que también podía saltarse!
Como mi abuela vivía sola yo me sentía importante ayudándola, sus actividades me parecían mucho mejores que asistir a la escuela en la ciudad. Me entusiasmaba alimentar a las gallinas, leer un libro en la copa del sauce y juntar luciérnagas por la noche.
Ella tenía dos formas de aprovisionarse de agua, en realidad una: el pozo. Sólo que eran un par: el propio y el de Doña Nora. Esta buena y ancianísima mujer tenía la perforación más profunda de los alrededores así que todos los vecinos caminaban hasta allí y sacaban para beber. De paso, servía también para escuchar a Doña Nora que siempre daba algún sabio consejo de los que rumiaba en su silla a la sombra.
Nuestro pozo estaba en el fondo del terreno y de allí sacábamos para los animales y para el aseo. Me divertía echar el balde vacío para, después, traerlo lleno con la roldana. Me gustaba seguir su derrotero hacia la oscuridad, imaginaba que se perdía en otro mundo. A veces asomaba mi cabeza y pegaba un grito que me era devuelto a modo de eco.
¡Si habré corrido hasta ese pozo maravilloso! ¡Si me habré pasado momentos mirando el fondo! Detrás de mí siempre corría la abuela, ella sufría cuando veía la mitad de mi cuerpo pequeño al aire esforzándose por asomarse cada vez mejor.
̶̶ Si estuviera el abuelo ̶ sentenció un día ̶ ya hubiera ajustado la tapa con un candado.
Mi abuela me tomó de la mano alejándome del peligro, procuró que mis pies estuvieran apoyados en la tierra. Quedamos paradas una al lado de la otra mirando el agua. Bueno, ella la miraba porque mi altura no me lo permitía. Yo quedé contemplando su expresión y escuchando sus palabras en silencio.
̶ Anita querida ̶ pronunció ella y yo supe que iba a decir algo de vital importancia ̶ siempre odié los candados, no pondré ninguno, no te preocupes, no es necesario tampoco porque ya te he enseñado y sé que me has comprendido. Debes desconfiar de quien te imponga restricciones argumentando que son para cuidarte.
No entendí la última frase, no sabía el significado de la palabra restricción pero me quedé en silencio. Quizá pensé que ella seguiría hablando. Yo solía conversar con el agua, seguro la abuela hacía lo mismo e, igual que yo, se cuidaba de decirlo. ¡Eso era! Porque apretó fuerte mi mano y la soltó al instante. Entonces sacamos juntas las frutas que habíamos puesto en la profundidad a refrescarse y nos sentamos a comerlas en el borde. Fue como la fiesta en la que se celebra un pacto. Es raro, yo que era hiper preguntona, no le consulté sobre su última frase o, por lo menos, sobre el significado de los vocablos. No lo hice, sólo memoricé como se hace con una fórmula, un precepto o una plegaria.
Pasaron los años, comencé la escuela secundaria, la universidad, el trabajo. Me dieron una beca en el extranjero. Mi abuela siguió viviendo en el campo pero ahora tiene internet vía satélite. Nos mantenemos en contacto. Parece que aprendió a adjuntar archivos fotográficos a un correo electrónico. Me ha enviado una imagen de nuestro pozo, se ve hermoso con los rosales cercanos siempre frescos. Las plantas que estaban al lado del pozo siempre florecían más, ella me decía que era porque recibían más agua que las otras.
Debo responderle rápido, cuando vi la fotografía supe que ella, en los últimos años, está conversando mucho con el agua. Un poco está bien pero no tanto. Ay! ¿Yo le pondría restricciones a la abuela? Jamás. Sólo le anunciaré, ahora mismo, que pasaré por allá este verano. Necesito oler esas rosas, respirar esos aires y pararme al lado del pozo tomando la mano de mi abuela.
Este relato está dedicado a una amiga
que ha sido abuela recientemente.
¡Para vos, Sara!
16 Febrero 2011 | Por monica-mabel | Claves: fantasía | # Enlace permanente

Mi nombre es Mauricio Salas, soy chofer de ambulancias, hago traslados de enfermos y difuntos. Algunos piensan que es un trabajo triste o estresante. A lo primero me he acostumbrado y lo segundo ocurre solamente durante las emergencias pero se trata de ocasiones especiales, distancias cortas y tiempos breves. Hace veintidós años que vivo de lo mismo, conozco todos los secretos de la profesión y he aprendido a querer lo que hago.
La mañana del 10 de enero pasado me presenté en la empresa como cualquier día de trabajo y retiré la lista de tareas que debía llevar a cabo, lo de siempre, nada de extraordinario, por el contrario, más que fácil, los tres viajes eran de difuntos: retirar el ataúd en la funeraria, pasar por el hospital, acomodar el cuerpo en la mortaja correspondiente, luego dentro del cajón, cargarlo y llevarlo a la funeraria. Nada peliagudo, tampoco inusual. Apunté las direcciones y comencé la tarea con la misma tranquilidad que cualquiera realiza la suya, con algo de desgano también producto del cansancio mientras contaba mentalmente los días que faltaban para mis vacaciones. Aunque el dinero no alcanzaba para viajes, las horas de mate a la sombra de la higuera serían reparadoras.
Eran las dos de la tarde y el sol castigaba multiplicando fuego sobre el parabrisas. Mi compañero y yo nos secamos la frente al unísono cuando me detuvo el rojo del semáforo. Nuestro segundo fallecido del día estaba cargado ya, bien sujeto para que no se paseara con las frenadas. Era un hombre de 87 años según constaba en el certificado, causa del deceso: paro cardiorrespiratorio no traumático. Nada desacostumbrado como ya les he contado. Bebí un poco de jugo, estaba espantoso, caliente, dulzón, empeoraba la sed. Cuando llegara a casa bebería una cervecita helada. Cambió la luz, puse primera y agradecí el aire que entró por la ventana con el vehículo en movimiento. Duró poco, nos detuvo el semáforo siguiente. Nos miramos con fastidio, al mismo tiempo que escuchamos el primer sonido detrás. Los ojos de mi compañero me informaron con claridad que él también los oía.
-¿Cerraste bien la puerta trasera? -le pregunté.
-Claro, como siempre.
-Sabés como yo que el viejo que nos acompaña no puede hacer esos ruidos, está bien muerto, llevamos el certificado de defunción del cardiólogo- señalé el papel para asegurarme.
-Claro, como siempre.
-Entonces nos están robando, alguien se ha colado-lo afirmé con una sensación mezclada entre el miedo y la bronca.
Mi abuela siempre decía que hay que temerle a los vivos y no a los muertos. Siempre le di la razón, las historias infantiles de resucitados nunca fueron para mí una pesadilla. Nuestra familia, por aquel entonces, vivía pegadito al cementerio del pueblo y, cuando había ruidos por las noches, era porque los vivos estaban despegando los bronces de los mármoles. Los muertos, tranquilos, se dejaban robar del mismo modo que haríamos nosotros en esta circunstancia, total, la ambulancia tenía seguro.
Dejamos de hablar mientras escuchábamos e intentábamos descifrar los ruidos, seguro que esperábamos interiormente la dureza helada del arma en el cuello. Se iluminó el verde y arranqué como si nada. Anduvimos seis cuadras y nos detuvo otro semáforo. Cada parada era un suplicio hasta que llegamos por fin a la funeraria. ¿Sería el momento del descenso el que habría elegido nuestro ladrón para apoderarse del vehículo? Eso pensé, así que continué la marcha hasta la comisaría del barrio y me estacioné delante del policía de guardia. Buena sorpresa se llevaría mi ladrón cuando le abriera la puerta la autoridad armada, por estúpido se iría derechito al calabozo.
El policía se me acercó, me pidió que circule, no estaba autorizado a detenerme allí, entonces fue cuando le dije en pocas palabras lo que sucedía. Acto seguido, buscó más hombres que acudieron de refuerzo con sendas armas largas. En medio de un despliegue de seguridad inusitado con siete hombres apuntando, abrimos la puerta trasera de la ambulancia donde yacía quieto, callado y solo, el difunto que acababa de retirar del hospital. Fue el papelón más tremendo de toda mi vida. Me hicieron un control de alcoholemia y me retiré tartamudeando.
Ya en la funeraria, acomodé el féretro con apuro, iba con retraso, comenzaban a llegar los familiares para el correspondiente velatorio, despedí a mi compañero y volví para asegurarme de que todo estaba en orden, fue en ese instante en que escuché clarito: “rodeado de albahaca”. Me estremecí, era el difunto quien hablaba, no tenía dudas, él había estado dando golpes para llamar la atención, en ese momento fui conciente de sus nudillos morados, las manos a los costados ya no estaban entrelazadas en oración como yo las había puesto. Temblando las reacomodaba cuando escuché las voces, muchas y variadas. Se combinaban pedidos, cantos, versos, quejas, frases inaudibles femeninas y masculinas. Me mantuve atento y empecé a descifrar la voz del viejo. “Cerca del olivo” “en el terreno del fondo” “no hay que cavare mucho” “al terminare la pila de lo tomate” “rodeado de albahaca”.
Ya había tenido suficiente con el episodio de la comisaría, mejor ignorar los mensajes, seguro estaba cansado y todavía me faltaba trasladar el tercer difunto de mi jornada. Cobré mis honorarios y me retiré de la funeraria. De buena gana me hubiera ido a descansar pero deudas acumuladas por la enfermedad de mi hijo me estimulaban a continuar, no podía perder el empleo, no sabía aún que en esos mensajes estaba la solución de todos mis problemas.
Luego de diez días de repasar las voces, las cinco frases continuaron golpeándome el cerebro de manera constante mientras trabajé, descansé o comí, no me dejaron ni dormir. Hoy volvió a tocarme retirar un difunto de aquel hospital en donde el 10 de enero murió el italiano de las voces, aproveché para memorizar su domicilio. Al terminar mi trabajo me dirigí a su casa, toqué el timbre pero nadie me atendió. Trepé por la pared del fondo y apareció ante mi vista una pequeña huerta donde los yuyos comenzaban a adueñarse. Lo primero que me llamó la atención fue el olivo, flaco y enclenque, a cuyos pies nacía una hilera perfecta de tomates maduros que terminaba ¡en un círculo de plantines de albahaca! Los mensajes apuntaban transparentes a ese sitio y la curiosidad me hizo dar el salto a la huerta.
Me quedé un rato extasiado, pensativo, rumiando los mensajes en alguna parte de mi cerebro como las vacas lo hacen en los diferentes compartimientos de sus estómagos. En los otros sectores la actividad era frenética, ¿qué hacer? ¿Cavar en el centro de tierra limpia entre las albahacas? ¿No era delito investigar una huerta ajena? ¿No había sido el mismísimo dueño de los cultivos quien me había enviado? Así me hallaba, mareado de preguntas, al tiempo que comenzaron las voces y me envolvieron. Una fuerza desconocida me puso una pala entre las manos mientras un impulso interno me alentó a buscar en el círculo. Enseguida me topé con una caja cerrada, de las que se utilizan para guardar dinero. Me incliné y, mientras la agarraba con una mano y con la otra la limpiaba, pude observar que la pala volvía a su lugar como un ser animado y la tierra retornaba a llenar el vacío mientras las voces sólo decían “es tuya, disfrútala”
Corrí abrazado a la caja, la deposité en el piso de la ambulancia y conduje con rapidez hacia mi hogar, a estas alturas mi señora ya estaría preocupada por la tardanza. Iba preguntándome el modo en que le explicaría los especiales sucesos, me recriminaba a mí mismo no haberle dicho nada acerca de los mensajes durante estos diez días. Ignoraba que las sorpresas no habían terminado.
Mi mujer me esperaba en la puerta, con un papel entre sus manos gastadas, alguna cuenta para pagar seguramente, le iba a decir que no se preocupara pero ella habló primero.
-Es la clave para abrir la caja que encontraste en el círculo rodeado de albahacas- señaló entre segura, perpleja y como ilusionada.
Nos abrazamos, nuestros corazones escapaban del pecho golpeando como trotes de potrillo desbocado. Ella temblaba con la cara llena de lágrimas. Cualquiera hubiera pensado que habíamos visto un fantasma. Lo cierto es que minutos después estábamos los dos, en la pequeña sala de nuestra casa, frente a una caja abierta que descubría montones de billetes de cien euros bien prensados, bien reales, euros verdaderos, de carne y hueso.
18 Enero 2011 | Por monica-mabel | # Enlace permanente

Iban a ser veinticinco sentados a la mesa de Nochebuena. El calor apretaba, la mujer cocinaba con el ventilador encendido a sus espaldas. De tiempo en tiempo, cuando la preparación requería el fuego de la hornalla encendido, lo apagaba y sentía que el cuerpo se le derretía al calor del horno donde se cocía el pan dulce. A pesar del clima estaba de buen humor, le gustaban las reuniones, lo que le hacía mal era el afán de perfeccionismo de su marido, para él nunca estaba la casa bien limpia, ni los adornos bien colocados, ni la comida sabrosa, siempre le faltaba algo.
La mujer había estirado la carne para preparar el matambre, ya lo tenía desgrasado y giró para buscar los condimentos al mismo tiempo que escuchaba abrirse la puerta de entrada. No esperaba a nadie, se sobresaltó e inclinó con el codo la jarra de agua que estaba sobre la mesada. El líquido se esparció veloz y ella se apresuraba a secarlo antes de que se escurriera hacia el cajón abierto. En eso estaba cuando escuchó la voz del marido.
—Volví, sabía que harías alguna cagada—dijo mirando con disgusto.
—Es que me asustaste, dijiste que te ibas a la empresa.
—Fui, pero vine a ver si faltaba algo.
—No, no falta nada.
—Sí, falta, has estropeado los condimentos con el agua.
—No, no se han estropeado, quizá alguno no lo pueda volver a guardar pero sí utilizarlos ahora, el agua estaba limpia y, de todos modos la carne los humedece con su jugo.
—Mirá, callate, si hablaras menos seguro harías algo bien—sentenció el marido con ironía, y movió de tal manera el cajón que condimentos de todos colores se esparcieron por el aire mientras el ventilador contribuía a desparramarlos mucho más.
Toda la cocina olía a pimienta, ají molido, orégano, tomillo, comino entre otros aromas menos reconocibles. La mujer le pidió que se fuera, que ella lo limpiaría.
—De ninguna manera, a pesar de que me estoy retrasando tengo que quedarme a controlar porque está visto que sos una inútil— y mientras lo decía estaba apoyando su agenda sobre la fuente de mayonesa—¡Pero como se te ocurre ponerla ahí!
—Porque una vez que arrollara el matambre colocaría a ambos en la heladera y la abriría una vez sola para que no perdiera frío. Dale, andá a hacer tus cosas, yo me encargaré, por favor, si te necesito te llamo, lo prometo—insistió la mujer otra vez con abundancia de palabras, de nuevo bajo el gesto de desagrado que hacía él contemplando la cocina desordenada.
Justo en ese mismo instante lo llamaron de la empresa y respondió fastidiado.
—Tengo que estar en todas partes a la vez, me quieren volver loco, cuando me muera se van a arrepentir. Tengo que irme.
La mujer respiró con alivio. Levantó el cajón de los condimentos, lo dio vuelta sobre la mesa y comenzó a secarlo meticulosamente para que no quedaran restos de humedad. La latita del pimentón dulce comprado en España estaba cerrada de manera hermética, intacto. Algunos sobrecitos plásticos también habían protegido el contenido. Los granos de anís habían naufragado, igual que el perejil deshidratado que ya no hacía honor a su nombre mojadito como estaba. Ambos los había traído la suegra. “Para que hagas las rosquitas, aunque no te van a salir como a mi mamá” había dicho él. Esas cositas chiquitas que tanto trabajo le daban y tan rápido él se las comía, si después de treinta años todavía las hacía feas, ¿por qué él las devoraba todas antes de que ella se sentara a la mesa? En los últimos tiempos las estaba comiendo a escondidas, una vez sacadas del horno, antes de que el marido llegara, un poco por la razón anterior y otro poco para que no le dijera que comía mucho y que se estaba poniendo gorda.
Continuó limpiando el cajón, quería que la superficie blanca fuera inmaculada. Luego puso en frasquitos individuales limpios la pimienta, el orégano, el chimichurri, el comino, el ají molido, el azafrán, las ramas de canela, el pizzadobo y el clavo de olor. Uno a uno aspiró su aroma. Cada uno le contó historias de comidas compartidas allí cuando los hijos eran chicos.
Controló el horno, faltaba una media hora, más el tiempo que llevaría el matambre, le quedaban dos horas de calor. La mujer levantó el cajón y lo llevó al patio, se sentó a la sombra y etiquetó cada uno de los frascos con nombre y fecha, con letra prolija, caligráfica, del mismo modo que lo hacía con los alimentos en el freezer. Igual que los estantes del armario, lo mismo que los cajones del guardarropa de él. Una vez que las etiquetas estuvieron adheridas volvió a repasarlos y los ordenó en hileras perfectas como soldados en desfile patrio.
Quedaba una hora. Subió, preparó una maleta con su ropa. Escuchó el ruido de la camioneta del marido que volvía a controlar. Garabateó una nota y salió por la puerta de atrás para no verlo.
El marido entró, observó meticulosamente el cajón de los condimentos.
— ¡Faltan los granos de anís que me dio mi mamá!—gritó pensando que ella estaba arriba.
La respuesta fue el silencio, quizá, por fin, su mujer había aprendido a callar y dejaba de molestarlo con explicaciones largas para disculparse de sus errores.
Se acercó a la cocina y encontró la nota:
“APAGÁ EL HORNO CUANDO EL MATAMBRE ESTÉ COCIDO, QUE TENGAS FELIZ NAVIDAD Y PRÓSPERO AÑO NUEVO”
Este relato lo dedico a mis compañeros de la terraza de Arequipa.
Ellos saben por qué.
21 Noviembre 2010 | Por monica-mabel | # Enlace permanente

Mi sobrino dice que Harry Potter lo llevó a su escuela de magia y le enseñó un truco.
Yo creo que fue la fiebre, mi hermana dice que el exceso de jueguitos en la computadora. Se los narro a ustedes para que saquen sus propias conclusiones.
Resulta que el pobre santo estaba con paperas, y, como es sabido, suele venir con algunas líneas de fiebre por lo que recibió raciones grandes de antitérmicos, jueguitos y reposo.
-¡Mamá, mamá, corré a ver!-gritó desde la cama-Harry me mira y me habla.
Mi hermana llegó con la velocidad que alcanzan las madres hasta la cama del hijo enfermo: media décima de segundo. Lo que vio es que una hermosa imagen del niño mago creado por la genial Rowling los miraba desde la compu. Tenía una mirada poderosa, casi podríamos decir que hablaba a través de ella, ni los cristales de sus lentes aminoraban su fuerza, pero de allí a escuchar voces había un trecho.
Pasaron varios minutos hasta que mi sobrino salió del éxtasis tras lo cual contó que estaba jugando a la granjita, que justamente recogía una plantación de frutillas con lo que subiría al nivel siguiente. ¡Pero no apareció el recuadro del anuncio sino el dibujo de Harry!
Yo llegué a visitarlo en el preciso momento en que se desarrollaban las explicaciones sobre las diversas clases de magos y encantamientos, que, según parece, le fueron transmitidas en el fugaz viaje realizado hasta el Castillo Hogwarts.
-Que sí, mamá, que me enseño la fórmula para cumplir mis deseos, y yo, de tanto ver frutillas creciendo en la granja, tuve ganas de comer y le pedí a Harry que me enseñara el truco.
Acto seguido, mi sobrino se percató de mi presencia.
-¿Dónde las dejaste?-preguntó.
-¿Dónde las dejaste, qué?- le respondí.
-Las frutillas que me trajiste, tía- aclaró como si supiera.
Es verdad, la fruta me había llamado desde el cajón expuesto en la verdulería, por su color, por su frescura y por su precio, ¡pero yo nunca le había llevado otra cosa que caramelos!
Este relato se lo dedico a Leonardo Berrueta quien hace magia con los lápices
y es el autor de la imagen que colgué.
¡Gracias, Leo por prestármela!
Para encantarse con su magia hay que ir a
http://www.siulcuore.blogspot.com/