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9- Mutación

El cuento que posteo a continuación fue un ejercicio para el taller de escritura creativa de Jorge Benavides.
Enseguida notarán que comienza del mismo modo que la famosa novela de Kafka, formaba parte de la consigna.

Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto. Se sintió y se palpó diferente. Contempló las paredes llenas de cuadros demasiado analizados, tablas de estadísticas por todas partes. El único color lo daban las curvas azules y rojas bajando y subiendo en vaivenes de mercado. Samsa se había vuelto tan adicto a su trabajo que dormía en una cama rebatible en la oficina de su empresa. Lo primero que hizo fue mirar el reloj que estaba sobre el escritorio y constató que faltaba una hora para que llegaran las empleadas administrativas. Con esfuerzo se levantó para mirarse en el espejo. Como la imagen le resultaba increíble, se tocaba, pero la aspereza peluda de su cuerpo coincidió con lo que veía. Tenía, además un par de ojos esféricos que le permitían abarcarlo todo sin voltearse. Pensó en lo ventajosos que le podrían haber sido para el control minuciosamente detallista que ejercía sobre sus empleados. Después observó el par de alas en su espalda lo que disipó todas sus dudas: se había convertido en una mosca negra, común, doméstica pero asquerosa. ¡Inmensa y horripilante mosca! El tamaño aumentaba la repugnancia. Deambuló nervioso, pensó y repensó la manera de solucionar el problema. El tiempo transcurría y la hora se acercaba. La primera en llegar sería su hija. ¿Le explicaría a ella? Pensó el modo y las palabras pero inmediatamente percibió que era inútil: no podía hablar. Estaba encarcelado en el cuerpo de un insecto, con sus facultades intelectuales ilesas pero sin el poder de la expresión. De dimensiones humanas, con patas y alas de mosca, su peso no le permitía volar y la natural facultad de adherencia del insecto para caminar techos y superficies lisas, se convertía para Samsa en un problema adicional. Logró pulsar el botón de la alarma y una ensordecedora sirena invadió la oficina. Su cerebro estallaba por el sonido externo mezclándose con las íntimas reflexiones personales. Sus ojos daban vueltas y parecía que se desorbitaban. Un remolino de recuerdos desfilaba saltando como una película rebobinándose loca. Los esfuerzos para llegar a construir lo que tenía habían sido ¿excesivos? ¿Lo habían llevado a una alucinación? No, él siempre había sido una persona sagaz que sabía anteponerse a los hechos. Siempre supo abrir el paraguas antes de la lluvia. Cuando su mujer le pidió el divorcio, él ya había gestionado poner su patrimonio a salvo. ¿Amigos? No tenía tiempo para ello. En cuanto a sus hijos, simplemente lo habían desilusionado, eran unos inútiles. ¿Por qué ninguno de sus tres había heredado de él la constancia y perfección que lo caracterizaba en todas sus facetas? Se lo había preguntado varias veces en voz alta delante de ellos, ¡los tres con títulos universitarios! Los hijos habían permanecido mudos, debió haber entendido el lenguaje de sus miradas. Ese detalle, observado desde sus recién adquiridos ojos esféricos, aumentaba como visto a través de una lupa. Encarcelado en su cuerpo de mosca, le pareció tener frente a sí, la mirada de la hija mayor, la que había aceptado trabajar junto a él. Efectivamente, alertada por la empresa que se encargaba de monitorear el lugar, concurrió con la llave. Estaba parada allí, firme, petrificada, lo contemplaba extasiada, casi ¿incrédula? A su alrededor, policías y bomberos en actitud alerta y temerosa. Por fin detuvieron la sirena, el silencio helaba, sacudía más que el ruido. Samsa, arrinconado contra la pared, distaba mucho de ser el jefe que solía poner a los otros en situación de creerse insecto. Comenzaron a llegar las empleadas, el cadete, el correo y la camioneta de reparto. Todos con la cotidiana puntualidad exigida, todos mostraban la misma expresión consternada y no atinaban más que preguntar: « ¿Dónde está Samsa?» La pregunta se multiplicaba en el ambiente y en su cerebro mosquil, amplificada, taladraba hasta límites infernales. Lo anulaba, no lograba encontrar el modo de mostrarles que allí estaba, que a pesar de su apariencia de insecto, él era Gregorio Samsa, el jefe, el dueño, el que pagaba los sueldos y a quien debían el bienestar de sus familias. Ellos eran los inútiles, estúpidos al extremo que no podían reconocerlo. Su enorme cabeza estallaba y llegó al máximo cuando vio al jefe de bomberos entrar decididamente con una caja de insecticida en aerosol que repartió entre los presentes. Muy pronto fueron vaciando sobre él los envases, estornudando por el aroma, pero deseosos de deshacerse del monstruo. Ellos no dijeron nada y Samsa no pudo, pero en él último estertor supo, en las entretelas de la conciencia, que lo habían reconocido y que, precisamente por eso, se apuraron en rociarlo.

La casa del lago

Gracias por los dos comentarios, ya me siento bienvenida aunque todavía no haya dado la dirección a los amigos de antes, a los que conocen de mi amor por la escritura, me parece pronto, todavía no sé cómo funcionará esta idea de crear relatos a partir de los comentarios hechos al pasar.

Mientras tanto les dejo uno de los cuentos que escribí como trabajo para el taller de Jorge Benavides:

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Era la noche del 16 de enero de 1977 cuando llamaron a la puerta. María estaba en la cocina cerrando las empanadas para la cena. Las llevarían al patio para comerlas mirando las estrellas. Desde que vivían ocultos, el pedazo de cielo recortado entre los altos edificios de Buenos Aires les proporcionaba sensación de libertad. Juan preguntó quién era pero, casi de manera simultánea, los milicos derribaron la puerta y una lluvia de tiros lo deshizo. María no tuvo tiempo de nada, tan sólo se arrojó a besarlo y a decirle cuánto lo amaba. Uno de los uniformados, la sujetó por detrás, le esposó las manos y, a las patadas, la introdujeron en el Ford Falcon que la condujo directamente al centro de detención. Ese día Juan se convirtió en un desaparecido más de la dictadura reinante y María una prisionera para interrogar.

A la mañana siguiente, la luz se coló por las rejas que cubrían el pequeño cuadrado libre en la puerta de hierro macizo. María, con los ojos violetas de llanto y el corazón anémico, exploró entonces detalladamente la celda. Sentada en una esquina del piso, la espalda contra la pared, su mirada fue y vino una tonelada de veces. Las superficies eran ¿grises? No, más bien carentes de color. Las palpó temblando a pesar del calor, eran rugosas, ásperas como lija. Su tacto aproximababa la escabrosidad de los sucesos allí transcurridos. ¿Mobiliario? Ninguno. Se levantó, su cabeza golpeó contra el techo, caminó encorvada, mentalmente contó cuatro pasos y dio con la otra pared. Volvió a sentarse, ¿cuántas horas estuvo contemplando la nada del muro en silencio? El tiempo de prisión camina despacio, incalculable. De pronto descubrió una mancha tercamente azulada, esa que derivó en la decisión temporariamente salvadora. Fue ella, la mancha, quien la increpó sin voz haciéndole recordar que una vez, también su vida era casi azul.

María resolvió que la mancha era el cuadro que su abuela había traído cuando llegó de Italia. El paisaje cumplía la doble función de recordarle el terruño y adornar la pared del comedor familiar << il lago di Garda, il luogo piu bello del mondo >> había dicho la nona cuando preguntó y, desde entonces, María soñaba conocerlo. ¡Cuántas veces lo había devorado con la vista al mismo tiempo que tomaba el café con leche, el almuerzo o la cena! La pintura mostraba todos los matices del añil, el lago, las montañas y el cielo podían identificarse solamente porque cambiaba el tono del color. Cuando comenzaron las persecuciones a compañeros de la facultad de sociales y resolvieron esconderse con Juan, María se llevó el cuadro, los libros y la ropa. Así, en ese orden de importancia. Todo aquello había quedado ahora en el pequeño apartamento.

Pasaban los días con sus correspondientes interrogatorios, insultos y torturas, pero María, todo el tiempo que permanecía en la celda contemplaba su mancha salvadora. Pasó la mano por un pequeño relieve y se le antojó la casa que Juan iba a construir para habitar con ella. Una casa sobre el lago, erigida en pilotes de madera, toda de cristal, un derroche de luz. Cuando llegaba la noche, María bebía de a sorbos para que el agua escasa le durara más e imaginaba que se sumergía con Juan en el lago tranquilo. Entonces, en la oscuridad absoluta de la celda, se dibujaba la luna llena, redonda e inmaculada. Luego de nadar, María ponía la mesa junto a la ventana mientras Juan calentaba el pan y abría el vino. Después de comer se dormían contando las estrellas.

Pasaban las semanas y la mancha azulada cada vez le mostraba mejor la casa del lago. Esta vez Juan había colocado dos macetones de lavandas a cada lado de la entrada, parecía que adivinaba que la celda olía mal, estaba a punto de preguntárselo pero él se acercó con las manos repletas de jazmines y le tapó la boca con un beso. Cuando abrió los ojos, la mancha le mostró las montañas azuladas y un horizonte donde el sol estaba sumergiéndose. Los gritos apagados y lejanos del torturado de turno se convirtieron para ella en palabras blandas que Juan le susurraba al oído, y el chocar de las llaves del carcelero el sonido de las copas al brindar.

Con el correr de los meses, la celda, estrechísima, se había convertido para María en un paisaje espacioso en el cual se respiraba aire puro y podía elegir cada día si acostarse a tomar sol, nadar o realizar una caminata por las montañas. Cuando las horas se estiraban, María realizaba descubrimientos en la mancha que evolucionaban en más fantasía. A pesar de la oscuridad, y sólo al tacto, María distinguió pájaros azules en la baranda del balcón. Juan había pensado en todo, unos simples comederos de bronce llenos de alpiste habían atraído a las aves, verlas una y otra vez en sus repetidos vuelos constituía una delicia superlativa. Era entonces cuando María apoyaba la espalda sobre el cemento y con los ojos cerrados investigaba nubes blancas mientras le contaba a Juan que los golpes de rutina no habían dolido tanto y, nadando un rato, los olvidaría. Inmediatamente Juan se zambullía, entonces ella se incorporaba y braceaba en el aire cada vez con mayor intensidad pensando que podría alcanzarlo a fuerza de nadar. Lo hacía hasta caer rendida nuevamente en el cemento.

Una mañana cualquiera, cuando la trajeron luego del interrogatorio y la tortura, María encontró dos soldados que aseaban la celda a pura lavandina y cepillo. Fue inútil buscar la mancha, todo el día se le fue en la tarea pero ni una huella había quedado. La celda era ahora impecablemente gris, de un tono cada vez más oscuro conforme iba anocheciendo. María se durmió en el mismo momento en que el muro se hizo negro. No volvió a despertar.