35- Con “F” de Franco

lectora-SUBE

Este relato es para Franco.

 

Después de años de conducir su Ford Falcon, el señor Farías Fernández se quedó sin su vehículo como resultado  de una triste circunstancia que no deseamos  relatar.

Este hecho originó que se viera obligado a utilizar el transporte público. Lo que pasaremos a contarles ocurrió la primera vez  en que viajó al centro de la ciudad a bordo de un colectivo.

No es que Farías Fernández  fuera un hombre de escasas luces y habilidades, tampoco era de aquellos que  salen a la calle sin preparación, pero se sentía raro, por eso se preocupaba de hacer estrictamente lo que su familia le había indicado así que se detuvo en la esquina señalada con la tarjeta magnética en su mano.

Al cabo de cinco minutos vio venir un colectivo. Agudizó la vista, y cuando estuvo bien seguro de que era el 67, le hizo señas para que se detuviera y subió con gusto saboreando la alegría de ver asientos libres, detalle de importancia en un viaje de más de una hora.

̶ Hasta el obelisco ̶   le anunció al chofer mientras lanzaba una mirada rápida a su alrededor.

Enorme satisfacción le produjo ver un aparato grande y cuadrado que ostentaba una ranura donde intentó, sin éxito, colocar la plástica tarjeta. ¿Acaso no le habían explicado que la tarjetita servía para abonar el costo del pasaje? Farías Fernández no había conocido la máquina de monedas, como conductor de su propio auto nunca había sacado un boleto con monedas ni experimentado la amarga sensación de no conseguirlas.

Todavía estaba probando cuando el conductor ya estaba en la siguiente parada, y comenzaron a subir los niños que salían de la escuela.  La fila de guardapolvos blancos lo pasó cual viento zonda.  Farías Fernández quedó petrificado. Observaba la rapidez con que subían al colectivo y la naturalidad con la que acercaban sus tarjetas a un pequeño dispositivo  ovaladito, insulso y pueril. Uno tras otro pasaron todos por delante de ese ojo. Sí, ese adminículo rojizo constituía  una especie de ojo biónico que leía las tarjetas y emitía luz y sonido ante cada una de ellas. Algo parecido había visto en la tele en películas de marcianos.

Farías Fernández había pasado delante del pequeño artefacto sin divisarlo, ahora se sentía ridículo, dudaba entre deslizarse al fondo o volver sobre sus pasos para pagar el viaje. Su vacilación vivió un segundo porque enseguida se encontró con los ojos del chofer que lo controlaban desde el espejo.

Cuando terminaron de circular los niños,  acercó su propia tarjeta con cuidado, casi con temblor.  El reflejo de luz que le mostraba le daba la sensación que podría darle una descarga eléctrica. Luego notó que mostraba un mensaje escrito. Se puso los lentes y acercó su cara, allí se enteró de que la esfera le informaba su saldo. Farías Fernández esperaba. Sus ojos recorrían los círculos concéntricos del artilugio mágico, buscaban y deseaban que volviera encenderse la luz o el sonido hablara o, en última instancia, que, desde algún orificio saliera su boleto. Hizo tiempo en vano, porque lo que esperaba nunca pasaría, no se trataba de las antiguas expendedoras que él había usado antaño.

El chofer se detuvo en la siguiente parada y Farías Fernández fue empujado hacia el interior del colectivo por nuevos pasajeros que, de manera automática y sin ver, apoyaban sus tarjetas. Ya dentro, comprobó que los niños habían ocupado todos los asientos y también el pasillo.

̶ Mirá ̶   le dijo el que tenía delante mostrándole un dibujo como dos garabatos.

̶ ¡Qué bonitos! ̶  le salió responder.

̶ Bonita querrás decir, la seño es bonita pero la profe de música es muy fea, además es mala. Pero cómo te ibas a dar cuenta vos que ni sabés sacar el boleto. Yo te vi, pero no importa, ya aprendiste. Ahora te voy a mostrar un dibujo más difícil.

El niño sacó otro papel muy dobladito que tenía y le mostró una letra F grandota, bien coloreada y rodeada de papelitos brillantes.

̶ La letra F ̶   exclamó Farías Fernández haciendo gala de sus conocimientos.

̶ Sí, la F de Franco, yo me llamo Franco y voy a tener un hermanito que se llamará Federico.

̶ Vaya casualidad ̶  le dijo nuestro héroe, y ya que estaban de presentaciones, agregó destacando las efes en su pronunciación ̶  yo me llamo Fidel Farías Fernández.

̶ Ya me parecía ̶  dijo el niño con la expresión de quien ha corrido el velo de un misterio.

̶  ¿Qué te parecía? ̶  preguntó con inocencia Farías Fernández.

̶ Que te llamabas con F, si no sabés sacar el boleto, menos vas a saber leer, pero no te preocupes podrás aprender.


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, , Ximens dijo

Que te voy a decir que no te haya dicho. Que se nota que escribes de un tirón, y te sale bastante bien. No llego a captar el juego final de F’s, sobre todo lo que dice el niño, que le dice como que es torpe por la F cuando el propio niño se llama Franco. ¿Se trata de eso? De la franqueza del chaval. Venga, que lo estés pasando bien de vacaciones.