31-La imprenta de Papá Noel

panoel

 

Nada es lo que parece a simple vista, conviene detenerse, mirar dos veces, escuchar y, en ocasiones: oler.

El domingo una fotografía me habló desde la pantalla de la computadora y pude oír su voz sin interferencias a pesar de que el sonido lo tenía anulado porque toda la familia dormía. De manera inmediata escribí:

“Increíble, Papá Noel de juguetería Thelmus me ha contado una cosa. No sé si decirla…”

Enseguida intenté distraerme leyendo el diario, una dosis de realidad te pone de nuevo en tierra para que no te tientes de relatar fantasías. Pronto comprobé que era una solución pasajera porque una frase chiquita reclamaba desde el facebook: “Decila, Moni”. ¿Es que Daniel se lo había creído?

Decila, decila, decila, decila; allí bien adentro, en las entretelas del alma, se repetía un eco igual al del recurso sonoro de varias emisoras radiales que había escuchado en el sur. Mucha radio más paisajes, demasiada magia tuviste, Moni.

Pasó el domingo y llegó el lunes. Trabajé todo el día en actividades concretas y necesarias hasta que, poco más de las seis de la tarde, por fin, apurando el paso con nerviosismo, estuve parada frente a la juguetería, mis ojos en los ojos de Papá Noel.

Entrá, entrá, entrá, entrá, ¡de vuelta con el eco! Esa resonancia que en lo íntimo se multiplica, mejor obedecés para que calle.

-¡Hola!-saludé a la dueña de la juguetería que respondió mientras buscaba un hula hula para la cliente que estaba primero- seguí atendiendo, voy a mirar.

Disimulé, como que le daba una ojeada a  los lindos juquetes de todo color, precio y tamaño. Iba oliendo el papel, sí, que llegaba desde el fondo. Me topé con una puerta sencilla, con cinco vidrios esmerilados en la parte superior. Para mi sopresa, al acercarme, el vidrio se volvió transparente, mejor dicho, desapareció para que yo viera con absoluta claridad aquello: la imprenta de Papá Noel.

Justo me sorprendió Ares, no se confundan, ni el dios griego de la guerra ni el programa para bajar música, el hijo de Thelma. Ares me explicó que Papá Noel es su madre, que los Reyes Magos sí existen, él ha de pensar que ese Papá Noel que está afuera es un artilugio para que niños más pequeños dejen sus cartas y dibujos. Juntos miramos a varios dejándolas.

-¿Qué harás con todas esas cartas?- le pregunté a Thelma.

-No sé- intimidada, casi, frente a los ojos enormes de Ares.

¿Era posible que ella no supiera de la imprenta en el fondo de su local? ¿Es que de tanto trabajar allí no le fue posible ver? ¿Ni Ares?

-Yo le escribí, -dijo el niño-si me contesta, podría creer.

La mueca y el gesto de Ares son indescriptibles, pura espontaneidad, todo frescura.

De mi parte, estoy también a la espera de que Papá Noel responda.  ¿Lo hará?

 

Este relato sencillo está dedicado a Ares,  es la primera ocasión en que lo leo por radio aún antes de subirlo al blog.

Fue estrenado el día de hoy en FM Puler, la radio de mi barrio.

¡Y a continuar con la trilogía interrumpida!

30- Instrucciones para trabajar de Ratón Pérez

raton   Dedicado a Luca, Martina y Patricia

 

No será indispensable disfrazarse de ratón,  claro está, porque además, los disfraces siempre vienen en talles pequeños. ¿No se han fijado que existen trajes que sólo se piensan para los niños? Las personas adultas sólo pueden disfrazarse de árabes, de payasos, de médicos, de curas y monjas con todas sus variaciones: abadesa, obispo, papa, cardenal, monje franciscano u otra orden. No olvidemos el archi acostumbrado disfraz de linyera. Sí, porque si mañana te invitan a una fiesta de disfraces, no te disfrazarás de ratón Pérez, ni mucho menos de flor de jacarandá. Conozco a una persona que tuvo que confeccionar los dos últimos trajes citados el pasado fin de semana. ¡Vaya tarea! La única manera de realizarlo es con una alta dosis de creatividad, ella la tiene y la empleó.

Simular una flor de jacarandá no es tan difícil, un poco de tules azul violáceo, una costurita por acá y por allá harán la magia de recrear esa belleza. Pero, para parecer ratón, la cosa se complica.

Cualquiera diría que una malla adherente marrón y algunos accesorios bastarían para hacer el prodigio. Lo mismo pensó ella y tiñó su equipo, el mismo que usaba para bailar ritmo remix. Una vez seco se lo puso, se miró al espejo y comenzó a ensayar. No estaba conforme, en realidad no estaba segura porque se le mezclaban los personajes. El ratón Pérez debería ser diferente de Mickey, seguro, ¿se parecería al de los famosos dibujos de la infancia de Tom y Jerry? Mientras más se miraba y lo intentaba, más se entusiasmaba, dejó todas las actividades de lado.

Las horas son veloces cuando tenemos que preparar algo, se apuran, las agujas del reloj corren más rápido cuando queremos construir una ilusión. ¡Y eso lleva tiempo! Las madres lo saben pero, algunas veces, son todopoderosas.

Llegó la noche, el instante fatídico en que el diente caído es puesto bajo la almohada. La madre besó al niño y, en ese instante olvidó lo que dijimos al principio del relato: que no es imprescindible disfrazarse de ratón y que sólo es cuestión de dejar unas monedas o billetes en el mismo sitio en que el niño puso su pequeña perla.

A la mañana siguiente, Luca se despertó temprano, encontró lo que esperaba y corrió a contarlo en la radio, en su programa favorito porque a su mamá no la podía encontrar.

Por eso escribo estas instrucciones, para alertar madres y padres, el trabajo del ratón Pérez es simple: sólo es cuestión de dejar la recompensa, todo intento de perfección es peligroso. A la mujer que bailaba remix no se la ha vuelto a ver, su familia se asoma a las bocas de los desagües y la llama: ¡Patriciaaaaaaaaaaaaa!

 

 

Este relato está inspirado en un comentario de facebook e integrará

una trilogía que intenta emular las instrucciones de Cortázar en su libro “Historias de cronopios y de famas”  .