Las historias son poderosas

  Elefante y 6 Ciegos

 Cualquiera sabe, o por lo menos intuye, que las historias tienen un enorme caudal de poder, pero otra cosa es constatarlo en las afirmaciones de científicos, pedagogos, psicólogos y quienquiera haya estudiado con seriedad el tema.   Esta tarde, mientras planificaba el programa radial de mañana aprendí eso y algo muy curioso sobre los cuentos de elefantes.

Mañana a las doce del mediodía por la Puler, la radio de mi barrio.

www.fmpuler.com.ar

29- La abuela rosada

Abuela 1

 

Abuela

 

Era el día del niño en el hospital y, como cada año, las señoras de rosa hicieron la felicidad de cada nene internado.

Fueron portadoras de regalos, de sonrisas y de cuentos que, alentando la fantasía, hicieron más llevadero el día de internación.

Cada una es una historia que camina y, mientras lo hace, se va perfeccionando en la tarea de contener a los enfermos que acuden al hospital del municipio.

Por eso son hermosas sus miradas, por eso sus sonrisas brillan y, aunque ese día se pusieron adornos llamativos que hicieron el asombro de los chicos, normalmente no necesitan más que su disfraz de cariño multiplicado.

La abuela rosada repartió juguetes, subió y bajó escaleras, dio caricias por acá y unas cucharadas de sopa por acá hasta que llegó la hora de volver a su casa.

Caminó entonces hasta la estación del tren, subió para recorrer las cuatro estaciones que la separaban de su hogar. Llegó, se sacó con alegría los zapatos al tiempo que calentaba su comida.

En eso estaba cuando sonó el teléfono, la vecina la llamaba angustiada, el marido de ochenta y dos años se había caído del techo mientras mientras limpiaba de hojas el desagüe.

La abuela rosada cruzó la calle y se quedó con ellos hasta que llegó la ambulancia.

 

Esto no es cuento sino un hecho que, con diferentes matices, se repite siempre.

Me han inspirado las Damas rosadas del Hospital de Vicente López

28- El cielo

Todos-Los-Perros-Van-Al-Cielo2--DVD
Villa Martelli, 30 de enero de 2051

Anoche miré una antigua película. La saqué de la caja de compactos que me regaló mi abuela y la he disfrutado mucho. La elegí por el nombre “Todos los perros van al cielo”, es infantil, no para mí, pero no tenía ganas de pensar, venía de vibrar con la música. Y Joch me había inspirado a ver algo sobre perros. Llegaba cansada del tránsito y del calor de la calle ansiando el microclima que es mi hogar. Cuando mi abuela me cuenta que hace cincuenta años no todas las viviendas tenían aire acondicionado no se lo puedo creer. La abuela ha cumplido noventa. No sé si es poco o es mucho, lo que sí sé es que el mundo está muy cambiado y se vive más. No sé si mejor o peor sólo que algunas cosas se han perdido. Por ejemplo, los niños de este siglo no se imaginan lo que es tener un perro en la casa. Yo sí me acuerdo, mis abuelos tenía una perra bretona que se llamaba Chiara. Mi padre me contó que el abuelo lo llevaba a cazar perdices a un campo de Rauch, que él no sabía tirar así que se dedicó a sacar fotografías de la perra, debería encontrarlas y cambiarlas de formato para volver a verlas. El calentamiento global y la falta de agua nos ha quitado la vista de los campos, de las flores, de las vacas pastando libres, de los lagos que eran como espejos, de las cataratas ruidosas y del placer de una zambullida en un arroyo transparente.
En aquella época, cuando mi abuela me dio la caja, yo me imaginaba el cielo que ella me contaba, decía que la eternidad debería ser algo semejante a nadar deslizándose con lentitud exagerada por el agua. ¿Habrá un cielo para los perros? ¿Cómo será? ¿Tendrán agua, caricias y huesos para morder? ¿Será el mismo cielo que habitaremos los humanos? ¿Volveremos a ver animales? ¿Joch se encontrará con sus dueños? ¿Podrá escuchar el éxito musical que lleva su nombre? Porque para mí el cielo es como un recital de rock.
Mi abuela me contó que conoció la banda “Eterno Joch” cuando ella trabajaba en la radio. Un día entró al estudio y estaba Jonathan que había ido para una entrevista a un programa de la mañana. Yo le he preguntado y así me enteré de lo más increíble. En aquella época Jonathan caminaba por la calle sin asedios periodísticos y nadie imaginaba en la leyenda en que se transformaría. Me contó mi abuela que cuando se quedaron solos le preguntó por el nombre de su banda, a ella no le sonaba, le gustaban nombres más grandilocuentes que apelaran a algo bien importante. Fue así que Jonathan le explicó sobre Joch, el perro que no se moría. Mi abuela cambió de idea, le pareció tan interesante que, luego de la pausa, cuando los chicos de la escuela del barrio lo entrevistaron, ella codeó a la chica que estaba a su lado para que le hiciera esa pregunta y volver a escuchar la significación del nombre.
Cada vez que la banda ofrece sus conciertos online desde cualquier parte del mundo, la abuela vuelve a contar aquel reportaje que le hicieron los alumnos de la escuela del barrio. Ella fantasea a veces, mucho más ahora que se la pasa imaginando en pasado, pero a mí me gusta creerle y pensar que es cierto.

Va dedicado a los chicos de Eterno Joch