26-Abrazo de agua

En la semana del Día del Amigo

dedico esta entrada a todos mis amigos, los de la biblioteca, los del natatorio,

 los de la terraza y los de la vida.

¡Claro! ¡Con una mención especial para Popi!

¡Feliz día para todos!

 

gruta

-Yo llegué a la pileta de Martelli porque desde chica me enseñaron a disfrutar del agua.-así afirmó mi vecina y compañera del natatorio municipal.

Después seguimos hablando y así supe que su niñez había transcurrido en la provincia de Misiones. Para los que nacimos en Buenos Aires, aquella provincia es sinónimo de Cataratas del Iguazú, y, enseguida, suenan  en nuestro interior esos golpes estruendosos de la caída libre de la aguas en la famosa Garganta del Diablo. Pero hay mucho más allá en esa zona de la la Mesopotamia nuestra donde la tierra es colorada y la vegetación ostenta todos los matices del verde.

-Aprendí a nadar allá-continúa Popi-el encargado fue mi papá, quien, con los calores que hacía, nos llevaba a los arroyitos, ojos de agua, como les dicen allá.

Ella me cuenta  y  ya los estoy  viendo, de manera simultánea me parece  también, que esos arroyos me miran y me llaman.

-Es imposible transmitirte lo que era para mí estar en el agua rodeada de esa naturaleza y escuchando el canto de los pájaros mientras mamá preparaba sandwichitos  para cuando saliéramos del agua…ella le tenía mucho miedo a lo que pudiera aparecer debajo del  arroyo y por eso prefería vernos afuera.

Yo la quiero interrumpir para decirle que me lo cuenta tan bien que ya tengo la sensación de estar  nadando en la pupila misma del ojo de agua que me describe.

-Esas vertientes de agua fresca escondidas entre una vegetación exuberante copiosa de verdes y orquídeas trepadas como enamoradas de los árboles, inmensos para mí en aquella época…

A estas alturas el agua de nuestro natatorio ha cambiado de color, y en la pared lateral, en lugar de la mancha de la pintura, veo una orquídea enorme y otra pequeña.

- Algo que me acuerdo ahora es que en esos lugares los pobladores ponían carteles de “no se pueden cazar mariposas”   porque eran tantas de tantos tamaños y colores que eran un regalo para el alma.  Mamá decía que su belleza se debía a que en ellas estaba el alma de las personas buenas y,  por eso,  eran hermosas y no había que molestarlas ni dañarlas.

Popi  se saca las antiparras de nado y sus ojos me muestran el reflejo de aquellas aladas maravillas de la selva misionera. Me quedo en silencio porque ella prosigue emocionada su relato mientras yo disfruto descansado en sus palabras  y sumergida en el agua que me rodea de verdad y  aquella otra que imagino.

-Ahora lo estoy viendo a mi papá alentándome, dale que podés, y yo sin avanzar ni un centímetro, esforzándome en cada brazada contra la corriente, poniendo el coraje a prueba en la lucha contra el agua iba adquiriendo la resistencia que ahora perdura frente a las adversidades de la vida.

Las dos continuamos nadando en silencio los metros que nos faltan. Como cada día siento el abrazo del agua que me rodea y me sostiene como una caricia  que se cuela por todas partes durante el entrenamiento semanal. Esta vez tiene el valor agregado de haber compartido un recuerdo vivo de mi compañera de andarivel, entonces, el abrazo del agua es más abrazo y hasta me parece que veo abajo, mientras me deslizo, el suelo rojizo que caracteriza aquella zona. Me pregunto si tiñe y creo que algo de eso debe haber.

Había oído decir que “el que se mancha con tierra colorada, no se va más de Misiones” No hay duda de que Popi, aunque parezca que nada en la pileta de Martelli, continúa haciéndolo en aquella piscina natural con selva arriba en su misionera Gruta del Indio. ¡Y esta vez me ha llevado a mí también!

25-La dueña de la tierra

Este relato,  inspirado en una persona real,

 está dedicado a todos los que ven en la lengua una riqueza,

en especial a mis amigos literarios españoles.

USHUAIA 469

 

 

“Por eso yo digo que todo esto es mío” y el ademán de la anciana señaló sin alardes  un paraje de belleza sublime e indescriptible en el fin del mundo. Mis ojos  saltaban desde los surcos de su cara a los contornos de la costa, mi espíritu revoloteaba inquieto y entusiasmado con las narraciones de Cristina Calderón. Sí, porque la busqué y la encontré en Villa Ukika, un poblado en la isla chilena de Navarino.

Pero es mejor que comience desde el principio. Habíamos viajado con amigos a Ushuaia, la ciudad más austral del mundo y estábamos haciendo el primer paseo: navegación en catamarán por el canal de Beagle. Los demás turistas sacaban fotografías a montones. Yo deseaba salir nadando hasta la orilla. La voz de la guía se me perdió. No escuché más porque, la mirada fija en el agua, me quedé leyendo en las olas esas palabras yamanas que no fueron escritas.

 Nuestra guía era una mujer joven y vertía su conocimiento con una expresión que amalgamaba el amor por la tierra con un dejo de rutina mientras repetía todo su discurso en inglés, portugués, francés e italiano.

“Allí vive la última hablante yamana” fue lo último que yo escuché. Miré el pequeño caserío, tan cercano y tan lejano. Así son las islas, mucho más cuando el agua es helada, así me lo recordó un trozo de hielo que pasó navegando a nuestro lado, así lo gritan las cumbres blancas.

El catamarán continuó serpenteando islas repletas de  lobos marinos y pingüinos, el viento atravesaba el cuerpo y yo, como un yamana en su canoa, cuidaba el fuego interno. Sí, la idea de buscar a Cristina primero fue chispa pero durante el transcurso del paseo mutó en rebelde llamarada.

Al otro día, ya en tierra, le di curso a mi intuición y volví a embarcarme. Esta vez, sola. Un amable lugareño me alcanzó hasta puerto Wilson y desde allí caminé los dos kilómetros hasta su casa. Parecía que me esperaba, o eso me hizo creer mi propio arrebato, porque al contemplar su sonrisa de ojos rasgados tuve la contundente sensación de que mi viaje ya superaba las expectativas.

  Caminamos hasta la costa en silencio por el sendero. Yo deseaba oír las palabras de esa lengua sin escritura, ella también deseaba decirlas. Supe que hablaba sola en la intimidad del hogar y que planeaba hacer un diccionario con la ayuda de su nieta. Me enteré de que la última persona con quien habló en su lengua nativa fue su hermana Úrsula fallecida hace ocho años.

Cuando nos embarcamos empezó  a narrarme el cuento que le pedí, lo hizo en su lengua  y a mí se me antojó una canción que Cristina iba leyendo en la espuma de las crestas heladas del oleaje.  Conforme iba desgranando sonidos también me traducía una historia de lobos, gentes que marisqueaban y el amor que da por resultado un niño que luego se convierte en pez.  La escena se fue desarrollando vívida  en los paisajes y, a medida que me contaba, yo veía a esas gentes canoeras proveyéndose el sustento en estas hermosas tierras heladas. Las imaginaba esforzándose, enseñando a sus hijos a mantener el fuego y, quizá, contándoles el mismo cuento que ella me relataba. ¿Cuántas generaciones así durante seis mil años?

Cristina sazonaba su relato mostrándome lugares, un rosario de sitios que yo  guardaba  para volver. Sé que los veré diferentes porque, lo que es más seguro, es que ella no me acompañará. De todas formas su presencia se clavó en mí con el espíritu de tantos yamanas que por aquí pasaron. “Acá está mi abuela” me dijo y señaló un lugar virgen, sólo la tierra y la vegetación, sin  cruz ni lápida.

El viento soplaba, y la llovizna era helada a pesar de estar en marzo, las montañas permanecían en reverencia silenciosa. “Allá está mi padre”  señaló un grupo de árboles que parecían cobijarlo.

Continuamos en silencio para escuchar mejor los pájaros durante el resto de la travesía. Allí tomé conciencia de que los sonidos yamanas se parecen a su canto. Cuando abracé a Cristina para despedirnos me pareció que me había traspasado su riqueza sin perderla, al contrario, multiplicándola.

Mientras navego hacia Ushuaia me hago el firme propósito de volver, tiene magnetismo este sitio del fin del mundo donde la sensación de ser dueña de la tierra se me ha pegado. Es que este lugar es todos los lugares y esta mujer es todas las mujeres.

Me enteré después que Cristina cobra por las entrevistas y por las fotografías. Yo no había llevado la cámara, iba por los sonidos, puede que por eso la dejé en Ushuaia. Ella no sabe que mi retina se llevó una imagen en la más alta definición. Ojalá, pueda en parte, haber narrado la sensación de mi alma el día que le robé una foto a la mujer más rica del mundo.

24- La culpa es de Borges

 

 

JHS

El relato número 24 está dedicado a Francisco Vallejos por dos motivos: el me consiguió el libro de Borges que quería leer y porque hoy ¡es su cumpleaños!

Mucha felicidad, Fran, te la merecés.

Va el relato:

 

 

De los muchos ejercicios literarios que había realizado para esa suerte de taller que llamamos la terraza, ninguno me había parecido más difícil y, por la misma razón, más atrayente.

Desde chica fui meticulosa y disciplinada así que, antes de comenzar me tragué toda la bibliografía. Desfilaron ante mis ojos los relatos policiales de los mejores escritores. Siempre supe que la literatura podía ser peligrosa. Lo supe por intuición y lo fui confirmando en sucesivos ejemplos. Para muestra sólo citaré uno archi- conocido  ¿Qué le aconteció hace siglos a ese generoso hidalgo aficionado a las novelas de caballería? Sí, señor, el mismo que nació en algún lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme.

Y, para no aburrirlos, iré directamente al grano compañeros, ¿Qué le sucedió al perspicaz detective Lönnrot? Sí, señor, por hacerle caso a la brújula interior, encontró la muerte. Yo fui afortunada, amigos, pues escribo desde la cárcel mientras preparo mi defensa.

Podría aludir que la culpa la tiene Borges, sí, porque su genial cuento fue el inicio del plan. Doy por supuesto que han leído ese famoso policial que es “La muerte y la brújula”. Pues bien, yo lo leí, lo releí, lo escruté, ¡y me enamoré del cuento! ¿Acaso es locura enamorarse de un relato? Ojalá lo fuera, tendría bien cerca un argumento para salir de esta prisión y cambiarla por un loquero.

Lo mío fue instantáneo, sí señor, fue leer e inspirarme al tiempo: tenía que escribir algo parecido. Enseguida me vino a la mente el famoso trigrama. Como Borges trabajó sobre sobre el tetragrama yo lo simplificaría: más fácil, más católico, más a mi medida de pobreza intelectual.

Corrí a la biblioteca, saqué una guía de planos y tracé un triángulo al azar. A cada vértice le dibujé la letra correspondiente del famoso trigrama en su versión latina: JHS. Sonreí con satisfacción y lo pegué con un imán en la puerta de la heladera. Con el transcurrir de los días iría creciendo el plan y tomando forma. Sólo tenía que leer los relatos de mis compañeros a medida que los fueran publicando. El primer crimen, señalado con la letra J sería inspirado en el primer cuento que publicaran en la terraza y cometido en la esquina señalada en el plano. Nada difícil, sólo era copiar.

Pero intervino el azar, ese que desbarata los mejores planes. Fue el mismísimo 31 de mayo, la fecha límite para subir el cuento. No podía conectarme a causa de un desperfecto así que solicité la presencia de un técnico a mi proveedor de internet. Como era de esperarse apareció un chico endeble y sin experiencia que sabía mucho menos que yo del tema y que estipuló que debía cambiar el cableado.

-Vos me lo cambiás hoy-le dije.

-Yo sólo diagnostico, señora, luego vendrán los otros.

-Nada de otros -agregué incrustándole mi mirada en la suya al mismo tiempo que cortaba un pollo en dos mitades – vos no salís de acá sin solucionarlo.

La culpa la tuvo él, ese técnico con sonrisa sobradora. Yo soy una madre de familia que estaba cocinando. También soy una usuaria de internet que tengo derechos por el servicio que pago.

Sobre el cadáver coloqué la previsible J y una nota que ustedes ya vienen adivinando:

La primera de las letras ha sido articulada”

Salí a caminar triunfante, no sólo era capaz de escribir un crimen sino también de perpetrarlo.  Parece que subestimé a los de la bonaerense: no tardaron en capturarme.

Primero lo culpé al técnico, dije que quiso abusar sexualmente de mí, después lo culpé a Borges y por último al novio de mi hija quien me prestó el libro. No ha servido, los últimos que me interrogaron, especialistas en psiquiatría, ya certificaron que estoy desquiciada.

Por si acaso, preparo mi defensa en serio, seguro convenzo al tribunal, acusaré a mis compañeros de la terraza uno por uno comenzando por el pseudo profesor que se hace llamar “el camarero”.

De vuelta

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  He vuelto luego de un viaje a España que superó ampliamente mis expectativas. Lloré en San Millán de la Cogolla, contemplando en silencio las primeras muestras de escritura en romance. Caminé por las calles de Valladolid, hablé con sus gentes en la Plaza Mayor, me emocioné con las historias del palacio Pimentel. Comí cochinillo en Segovia y después recorrí el acueducto. Me sumergí de misticismo en Ávila con todos sus monasterios, iglesias y muralla medieval intacta. Bailé con los estudiantes bajo una telaraña que cubrió por esa noche la Plaza mayor de Salamanca. Encontré la rana en la fachada de la Universidad. Entré en el el Monasterio de Sto Domingo de la Calzada donde cantó la gallina después de asada. Tuve cuidado en Zamora que, de verdad, enamora.  Pasé por infinidad de pueblos y me detuve en todos los que pude: Zorraquin, Carrión de los Condes, Atapuerca, Fresnada fe los Tirones, Villaralbo, Pradoluengo…

Llegué a León y me sumergí en la casa Botines. Disfruté de una exposición del marisco gallego y comí en el ruedo de su Plaza de toros.  Vi el corazón y el brazo de Sta Teresa en Alba de Tormes. Estuve en madrigal de las altas Torres donde nació Isabel la Católica y me fotografié con ella. Visité la granja de san Ildefonso. Estuve en Almagro en el Museo nacional del teatro. Contemplé caminos de olivares y vides. Me deleité en Úbeda.  Cumplí el sueño de pasear por la Alhambra de Granada. Terminé con amigos literarios en Madrid. ¡Donde hay mucho más! Despacio, progresivamente, todo irá apareciendo en mis próximos relatos.