Recordando a Sábato

 

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 Cuentos que me apasionaron

“…Quiero ser para ustedes como aquel bibliotecario, o como un viejo baqueano

que, con emoción, nos fuera entregando el misterio de la vida…”

 ERNESTO SÁBATO 

   Sábato, con la actitud generosa de un maestro,  ha seleccionado para los más jóvenes un puñado de hermosos cuentos.
  
  
 Yo he seleccionado el primero para colgar hoy.
  
Que lo disfruten, conviene leerlo despacio, pertenece a Kafka.
  

Ante la ley hay un guardián. Un campesino se presenta frente a este guardián y

solicita que le permita entrar en la ley. Pero el guardián contesta que por ahora no

puede dejarlo entrar. El hombre reflexiona y pregunta si más tarde lo dejarán entrar.

–Es posible –dice el portero–, pero no ahora.

La puerta que da a la ley está abierta, como de costumbre; cuando el guardián se

hace a un lado, el hombre se inclina para espiar. El guardián lo ve, se ríe y le dice:

–Si tanto es tu deseo, haz la prueba de entrar a pesar de mi prohibición. Pero

recuerda que soy poderoso. Y sólo soy el último de los guardianes. Entre salón y salón

también hay guardianes, cada uno más poderoso que el otro. Ya el tercer guardián es

tan terrible que no puedo soportar su aspecto.

El campesino no había previsto estas dificultades; la ley debería ser siempre accesible

para todos, piensa él; pero al fijarse en el guardián, con su abrigo de pieles, su nariz

grande y aguileña, su barba larga de tártaro, rala y negra, decide que le conviene más

esperar. El guardián le da un banquillo y le permite sentarse a un costado de la

puerta. Allí espera días y años. Intenta infinitas veces entrar y fatiga al guardián con

sus suplicas. Con frecuencia, el guardián mantiene con él breves conversaciones, le

hace preguntas sobre su país y sobre muchas otras cosas; pero son preguntas

indiferentes, como las de los grandes señores, y para terminar, siempre le repite que

todavía no puede dejarlo entrar. El hombre, que se ha provisto de muchas cosas para

el viaje, sacrifica todo, por valioso que sea, para sobornar al guardián. Este acepta

todo, en efecto, pero le dice:

–Lo acepto para que no creas que has omitido algún esfuerzo.

Durante esos largos años, el hombre observa casi continuamente al guardián: Se

olvida de los otros y le parece que éste es el único obstáculo que lo separa de la ley.

Maldice su mala suerte, durante los primeros años temerariamente y en voz alta; más

tarde, a medida que envejece, sólo murmura para sí. Retorna a la infancia, y como en

su larga contemplación del guardián ha llegado a conocer hasta las pulgas de su

cuello de piel, también suplica a las pulgas que lo ayuden y convenzan al guardián.

Finalmente su vista se debilita, y ya no sabe si realmente hay menos luz o si sólo lo

engañan sus ojos. Pero en medio de la oscuridad distingue un resplandor, que surge

inextinguible de la puerta de la ley. Ya le queda poco tiempo de vida. Antes de morir,

todas las experiencias de estos largos años se confunden en su mente en una sola

pregunta, que hasta ahora no ha formulado. Hace señas al guardián para que se

acerque, ya que el rigor de la muerte endurece su cuerpo. El guardián se ve obligado

a agacharse mucho para hablar con él, porque la disparidad de estaturas entre ambos

ha aumentado con el tiempo, para desmedro del campesino.

–¿Qué quieres saber ahora? –pregunta el guardián– Eres insaciable.

 

–Todos se esfuerzan por llegar a la ley –dice el hombre–; ¿cómo es posible entonces

que durante tantos años nadie más que yo pretendiera entrar?

–Nadie podría pretenderlo, porque esta entrada era solamente para ti. Ahora mismo

voy a cerrarla.

 

 

 

Escribí tu comentario

, , loli pérez dijo

Mónica, gracias por compartir tan hermoso texto.

Abrazos
Loli Pérez


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