22-Rodeado de albahaca

albahaca-al-descubierto

 

Mi nombre es Mauricio Salas, soy chofer de ambulancias, hago traslados de enfermos y difuntos. Algunos piensan que es un trabajo triste o estresante. A lo primero me he acostumbrado y lo segundo ocurre solamente durante las emergencias pero se trata de ocasiones especiales, distancias cortas y tiempos breves. Hace veintidós años que vivo de lo mismo, conozco todos los secretos de la profesión y he aprendido a querer lo que hago.

La mañana del 10 de enero pasado me presenté en la empresa como cualquier día de trabajo y retiré la lista de tareas que debía llevar a cabo, lo de siempre, nada de extraordinario, por el contrario, más que fácil, los tres viajes eran de difuntos: retirar el ataúd en la funeraria, pasar por el hospital, acomodar el cuerpo en la mortaja correspondiente, luego dentro del cajón, cargarlo y llevarlo a la funeraria. Nada peliagudo, tampoco inusual. Apunté las direcciones y comencé la tarea con la misma tranquilidad que cualquiera realiza la suya, con algo de desgano también producto del cansancio mientras contaba mentalmente los días que faltaban para mis vacaciones. Aunque el dinero no alcanzaba para viajes, las horas de mate a la sombra de la higuera serían reparadoras.

Eran las dos de la tarde y el sol  castigaba multiplicando fuego sobre el parabrisas. Mi compañero y yo nos secamos la frente al unísono cuando me detuvo el rojo del semáforo. Nuestro segundo fallecido del día estaba cargado ya, bien sujeto para que no se paseara con las frenadas. Era un hombre de 87 años según constaba en el certificado, causa del deceso: paro cardiorrespiratorio no traumático. Nada desacostumbrado como ya les he contado. Bebí un poco de jugo, estaba espantoso, caliente, dulzón, empeoraba la sed. Cuando llegara a casa bebería una cervecita helada. Cambió la luz, puse primera y agradecí el aire que entró por la ventana con el vehículo en movimiento. Duró poco, nos detuvo el semáforo siguiente. Nos miramos con fastidio, al mismo tiempo que escuchamos el primer sonido detrás. Los ojos de mi compañero me informaron con claridad que él también los oía.

-¿Cerraste bien la puerta trasera? -le pregunté.

-Claro, como siempre.

-Sabés como yo que el viejo que nos acompaña no puede hacer esos ruidos, está bien muerto, llevamos el certificado de defunción del cardiólogo- señalé el papel para asegurarme.

-Claro, como siempre.

-Entonces nos están robando, alguien se ha colado-lo afirmé con una sensación mezclada entre el miedo y la bronca.

Mi abuela siempre decía que hay que temerle a los vivos y no a los muertos. Siempre le di la razón, las historias infantiles de resucitados nunca fueron para mí una pesadilla. Nuestra familia, por aquel entonces, vivía pegadito al cementerio del pueblo y, cuando había ruidos por las noches, era porque los vivos estaban despegando los bronces de los mármoles. Los muertos, tranquilos, se dejaban robar del mismo modo que haríamos nosotros en esta circunstancia, total, la ambulancia tenía seguro.

Dejamos de hablar mientras escuchábamos e intentábamos descifrar los ruidos, seguro que esperábamos interiormente la dureza helada del arma en el cuello. Se iluminó el verde y arranqué como si nada. Anduvimos seis cuadras y nos detuvo otro semáforo. Cada parada era un suplicio hasta que llegamos por fin a la funeraria. ¿Sería el momento del descenso el que habría elegido nuestro ladrón para apoderarse del vehículo? Eso pensé, así que continué la marcha hasta la comisaría del barrio y me estacioné delante del policía de guardia. Buena sorpresa se llevaría mi ladrón cuando le abriera la puerta la autoridad armada, por estúpido se iría derechito al calabozo.

El policía se me acercó, me pidió que circule, no estaba autorizado a detenerme allí, entonces fue cuando le dije en pocas palabras lo que sucedía. Acto seguido, buscó más hombres que acudieron de refuerzo con sendas armas largas. En medio de un despliegue de seguridad inusitado con siete hombres apuntando, abrimos la puerta trasera de la ambulancia donde yacía quieto, callado y solo, el difunto que acababa de retirar del hospital. Fue el papelón más tremendo de toda mi vida. Me hicieron un control de alcoholemia y me retiré tartamudeando.

Ya en la funeraria, acomodé el féretro con apuro, iba con retraso, comenzaban a llegar los familiares para el correspondiente velatorio, despedí a mi compañero y volví para asegurarme de que todo estaba en orden, fue en ese instante en que escuché clarito: “rodeado de albahaca”. Me estremecí, era el difunto quien hablaba, no tenía dudas, él había estado dando golpes para llamar la atención, en ese momento fui conciente de sus nudillos morados, las manos a los costados ya no estaban entrelazadas en oración como yo las había puesto. Temblando las reacomodaba cuando escuché las voces, muchas y variadas. Se combinaban pedidos, cantos, versos, quejas, frases inaudibles femeninas y masculinas. Me mantuve atento y empecé a descifrar la voz del viejo. “Cerca del olivo” “en el terreno del fondo” “no hay que cavare mucho” “al terminare la pila de lo tomate” “rodeado de albahaca”.

Ya había tenido suficiente con el episodio de la comisaría, mejor ignorar los mensajes, seguro estaba cansado y todavía me faltaba trasladar el tercer difunto de mi jornada. Cobré mis honorarios y me retiré de la funeraria. De buena gana me hubiera ido a descansar pero deudas acumuladas por la enfermedad de mi hijo me estimulaban a continuar, no podía perder el empleo, no sabía aún que en esos mensajes estaba la solución de todos mis problemas.

Luego de diez días de repasar las voces, las cinco frases continuaron golpeándome el cerebro de manera constante mientras trabajé, descansé o comí, no me dejaron ni dormir. Hoy volvió a tocarme retirar un difunto de aquel hospital en donde el 10 de enero murió el italiano de las voces, aproveché para memorizar su domicilio. Al terminar mi trabajo me dirigí a su casa, toqué el timbre pero nadie  me atendió. Trepé por la pared del fondo y apareció ante mi vista una pequeña huerta donde los yuyos comenzaban a adueñarse. Lo primero que me llamó la atención fue el olivo, flaco y enclenque, a cuyos pies nacía una hilera perfecta de tomates maduros que terminaba ¡en  un círculo de plantines de albahaca! Los mensajes apuntaban transparentes a ese sitio y la curiosidad me hizo dar el salto a la huerta.

Me quedé un rato extasiado, pensativo, rumiando los mensajes en alguna parte de mi cerebro como las vacas lo hacen en los diferentes compartimientos de sus estómagos. En los otros sectores la actividad era frenética, ¿qué hacer? ¿Cavar en el centro de tierra limpia entre las albahacas? ¿No era delito investigar una huerta ajena? ¿No había sido el mismísimo dueño de los cultivos quien me había enviado? Así me hallaba, mareado de preguntas, al tiempo que comenzaron las voces y me envolvieron. Una fuerza desconocida me puso una pala entre las manos mientras un impulso interno me alentó a buscar en el círculo. Enseguida me topé con una caja cerrada, de las que se utilizan para guardar dinero. Me incliné y, mientras la agarraba con una mano y con la otra la limpiaba, pude observar que la pala volvía a su lugar como un ser animado y la tierra retornaba a llenar el vacío mientras las voces sólo decían “es tuya, disfrútala”

Corrí abrazado a la caja, la deposité en el piso de la ambulancia y conduje con rapidez hacia mi hogar, a estas alturas mi señora ya estaría preocupada por la  tardanza. Iba preguntándome el modo en que le explicaría los especiales sucesos, me recriminaba a mí mismo no haberle dicho nada acerca de los mensajes durante estos diez días. Ignoraba que las sorpresas no habían terminado.

Mi mujer me esperaba en la puerta, con un papel entre sus manos gastadas, alguna cuenta para pagar seguramente, le iba a decir que no se preocupara pero ella habló primero.

-Es la clave para abrir la caja que encontraste en el círculo rodeado de albahacas- señaló  entre segura, perpleja  y como ilusionada.

Nos abrazamos, nuestros corazones escapaban del pecho golpeando como trotes de potrillo desbocado. Ella temblaba con la cara llena de lágrimas. Cualquiera hubiera pensado que habíamos visto un fantasma.  Lo cierto es que minutos después estábamos los dos, en la pequeña sala de nuestra casa, frente a una caja abierta que descubría montones de billetes de cien euros bien prensados, bien reales, euros verdaderos, de carne y hueso.