21-Los condimentos y el ventilador

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  Iban a ser veinticinco sentados a la mesa de Nochebuena. El calor apretaba, la mujer cocinaba con el ventilador encendido a sus espaldas. De tiempo en tiempo, cuando la preparación requería el fuego de la hornalla encendido, lo apagaba y sentía que el cuerpo se le derretía al calor del horno donde se cocía el pan dulce. A pesar del clima estaba de buen humor, le gustaban las reuniones, lo que le hacía mal era el afán de perfeccionismo de su marido, para él nunca estaba la casa  bien limpia, ni los adornos bien colocados, ni la comida sabrosa, siempre le faltaba algo.

  La mujer había estirado la carne para preparar el matambre, ya lo tenía desgrasado y giró para buscar los condimentos al mismo tiempo que escuchaba abrirse la puerta de entrada. No esperaba a nadie, se sobresaltó e inclinó con el codo la jarra de agua que estaba sobre la mesada. El líquido se esparció veloz y ella se apresuraba a secarlo antes de que se escurriera hacia el cajón abierto.  En eso estaba cuando escuchó la voz del marido.

—Volví, sabía que harías alguna cagada—dijo mirando con disgusto.

—Es que me asustaste, dijiste que te ibas a la empresa.

—Fui, pero vine a ver si faltaba algo.

—No, no falta nada.

—Sí, falta, has estropeado los condimentos con el agua.

—No, no se han estropeado, quizá alguno no lo pueda volver a guardar pero sí utilizarlos ahora, el agua estaba limpia y, de todos modos la carne los humedece con su jugo.

—Mirá, callate, si hablaras menos seguro harías algo bien—sentenció el marido con ironía, y movió de tal manera el cajón que condimentos de todos colores se esparcieron por el aire mientras el ventilador contribuía a desparramarlos mucho más.

  Toda la cocina olía a pimienta, ají molido, orégano, tomillo, comino entre otros aromas menos reconocibles. La mujer le pidió que se fuera, que ella lo limpiaría.

—De ninguna manera, a pesar de que me estoy retrasando tengo que quedarme a controlar porque está visto que sos una inútil— y mientras lo decía estaba apoyando su agenda sobre la fuente de mayonesa—¡Pero como se te ocurre ponerla ahí!

—Porque una vez que arrollara el matambre colocaría a ambos en la heladera y la abriría una vez sola para que no perdiera frío. Dale, andá a hacer tus cosas, yo me encargaré, por favor, si te necesito te llamo, lo prometo—insistió la mujer otra vez con abundancia de palabras, de nuevo bajo el gesto de desagrado que hacía él contemplando la cocina desordenada.

  Justo en ese mismo instante lo llamaron de la empresa y respondió fastidiado.

—Tengo que estar en todas partes a la vez, me quieren volver loco, cuando me muera se van a arrepentir.  Tengo que irme.

  La mujer respiró con alivio. Levantó el cajón de los condimentos, lo dio vuelta sobre la mesa y comenzó a secarlo meticulosamente para que no quedaran restos de humedad. La latita del pimentón dulce comprado en España estaba cerrada de manera hermética, intacto. Algunos sobrecitos plásticos  también habían protegido el contenido. Los granos de anís habían naufragado, igual que el perejil deshidratado que ya no hacía honor a su nombre mojadito como estaba.  Ambos los había traído la suegra. “Para que hagas las rosquitas, aunque no te van a salir como a mi mamá” había dicho él. Esas cositas chiquitas que tanto trabajo le daban y tan rápido él se las comía, si después de treinta años todavía las hacía feas, ¿por qué él las devoraba todas antes de que ella se sentara a la mesa? En los últimos tiempos las estaba comiendo a escondidas, una vez sacadas del horno, antes de que el marido llegara, un poco por la razón anterior y otro poco para que no le dijera que comía mucho y que se estaba poniendo gorda.

  Continuó limpiando el cajón, quería que la superficie blanca fuera inmaculada. Luego puso en frasquitos individuales limpios la pimienta, el orégano, el chimichurri, el comino, el ají molido, el azafrán, las ramas de canela, el pizzadobo y el  clavo de olor. Uno a uno aspiró su aroma. Cada uno le contó historias de comidas compartidas allí cuando los hijos eran chicos.

  Controló el horno, faltaba una media hora, más el tiempo que llevaría el matambre, le quedaban dos horas de calor. La mujer levantó el cajón y lo llevó al patio, se sentó a la sombra y etiquetó cada uno de los frascos con nombre y fecha, con letra prolija, caligráfica, del mismo modo que lo hacía con los alimentos en el freezer.  Igual que los estantes del armario, lo mismo que los cajones del guardarropa de él. Una vez que las etiquetas estuvieron adheridas volvió a repasarlos y los ordenó en hileras perfectas como soldados en desfile patrio.

  Quedaba una hora. Subió, preparó una maleta con su ropa. Escuchó el ruido de la camioneta del marido que volvía a controlar. Garabateó una nota y salió por la puerta de atrás para no verlo.

  El marido entró, observó meticulosamente el cajón de los condimentos.

—    ¡Faltan los granos de anís que me dio mi mamá!—gritó pensando que ella estaba arriba.

  La respuesta fue el silencio, quizá, por fin, su mujer había aprendido a callar y dejaba de molestarlo con explicaciones largas para disculparse de sus errores.

  Se acercó a la cocina y encontró la nota:

“APAGÁ EL HORNO CUANDO EL MATAMBRE ESTÉ COCIDO, QUE TENGAS FELIZ NAVIDAD Y PRÓSPERO  AÑO NUEVO”

 

Este relato lo dedico a mis compañeros de la terraza de Arequipa.

Ellos saben por qué.

La historia de la muñeca

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He recibido este relato por correo electrónico y

quería compartirlo con ustedes.


Kafka llega a Berlín en el otoño de 1923 y muere la primavera siguiente, pero esos últimos meses son probablemente lo más felices de su vida. A pesar de su deteriorada salud. A pesar de las condiciones sociales de Berlín: escasez de alimentos, disturbios políticos, la peor inflación en la historia de Alemania. Pese a ser plenamente consciente de que tiene los días contados…

Todas las tardes, Kafka sale a dar un paseo por el parque. La mayoría de las veces, Dora (su mujer) lo acompaña. Un día, se encuentra con una niña pequeña que está llorando a lágrima viva. Kafka le pregunta qué le ocurre, y ella contesta que ha perdido su muñeca. Él se pone inmediatamente a inventar un cuento para explicarle lo que ha pasado. “Tu muñeca ha salido de viaje”, le dice. “¿Y tú cómo lo sabes?”, le pregunta al niña. “Porque me ha escrito una carta”, responde Kafka. La niña parece recelosa. “¿Tienes ahí la carta?”, pregutna ella. “No, lo siente”, dice él, “me la he dejado en casa sin darme cuenta, pero mañana te la traigo”. Es tan persuasivo, que la niña ya no sabe qué pensar. ¿Es posible que ese hombre misterioso esté diciendo la verdad?

Kafka vuelve inmediatamente a casa para escribir la carta. Se sienta frente al escritorio y Dora, que ve cómo se concentra en la tarea, observa la misma gravedad y decisión que cuando compone su propia obra. No es cuestión de defraudar a la niña. La situación requiere un verdadero trabajo literario, y está resuelto a hacerlo como es debido. Si se le ocurre una mentira bonita y convincente, podrá sustituir la muñeca perdida por una realidad diferente; falsa, quizá, pero verdadera en cierto modo y verosímil según las leyes de la ficción.

Al día siguiente, Kafka vuelve apresuradamente al parque con la carta. La niña lo está esperando, y como todavía no sabe leer, él se al lee en voz alta. La muñeca lo lamenta mucho, pero está harta de vivir con la misma gente todo el tiempo. Necesita salir y ver mundo, hacer nuevos amigos. No es que no quiera a la niña, pero le hace falta un cambio de aires, y por tanto deben separarse durante una temporada. La muñeca promete entonces a la niña que le escribirá todos los días y la mantendrá al corriente de todas sus actividades.

Ahí es donde la historia empieza a llegarme al alma. Ya es increíble que Kafka se tomara la molestia de escribir aquella primera carta, pero ahora se compromete a escribir otra cada día, única y exclusivamente para consolar a la niña, que resulta ser una completa desconocida para él, una criatura que se encuentra casualmente una tarde en el parque. ¿Qué clase de persona hace una cosa así? Y cumple su prometido durante tres semanas. TRES SEMANAS. Uno de los escritores más geniales que ha existido jamás sacrificando su tiempo (que va menguando cada vez más) para redactar cartyas imaginarias de una muñeca perdida…

A lo largo de 3 semanas Kafka fue diariamente al parque a leer otra carta a la niña. La muñeca crece, va al colegio, conoce a otra gente. Sigue dando a la niña garantías de su afecto, pero apunta determinadas complicaciones que han surgido en su vida y ahcen imposible su vuelta a casa. Poco a poco, Kafka va preparando a la niña para el momento en que la muñeca desaparezca de su vida por siempre jamás. Procura encontrar un final satisfactorio, pues teme que, si no lo consigue, el hechizo se rompa. Tras explorar diversas posibilidades, finalmente se decide a casar a la muñeca. Describe al joven del que se enamora, la fiesta de pedida, la boda en el campo, incluso la casa donde la muñeca vive ahora con su marido. Y entonces, en la última línea, la muñeca se despide de su antigua y querida amiga.

Para entonces, claro está, la niña ya no echa de menos a su muñeca. Kafka le ha dado otra cosa a cambio, y cuando concluyen esas tres semanas, las cartas la han aliviado de su desgracia. La niña tiene la historia, y cuando una persona es lo bastante afortunada para vivir dentro de una historia, para habitar en un mundo imaginario, las penas de este mundo desaparecen.

PORQUE ESTE AÑO QUE HA COMENZADO ESTÉ LLENO DE HISTORIAS Y, SOBRE TODO, DE GENTE DISPUESTA A ESCRIBIRLAS PARA LOS DEMÁS.