La fiesta de Malvinas

http://zonaliteratura.com.ar/?page_id=895

acto_malvinas01

Amanece el 2 de abril de 1992 en mi pueblo del sur y hoy se realiza el homenaje a los caídos y veteranos de guerra de Malvinas. Carmen me ha ayudado a vestirme con la mayor elegancia posible. Dice que debo lucir bien, ¡si se pudiera cuando te faltan las piernas! A mí no me agradan este tipo de eventos, yo fui a  combatir  sin saber a qué iba. Me alisté como voluntario para viajar y conocer las islas, una simple aventura, un paseo, nada de instrucción militar, comer chocolates, fumar cigarrillos regalados. ¿Guerra? No, diversión, aprender palabras en inglés. ¿Frío? ¿Qué va? Si el ejército te dará lo necesario. Me engañaba como tantos. Ahora no tengo ganas de asistir a la fiesta pero Carmen insistió en que conoceremos Buenos Aires, que me aplaudirán, que comeremos bien, que es nuestra oportunidad para pasear. La ha tentado, además, que luego nos harán entrega de un premio monetario, una ayuda que cubrirá varias necesidades.

Apenas bajamos del avión nos recibe una banda militar y, luego de los honores, nos conducen a los micros. Somos una multitud. Hemos venido de todas las provincias y cada grupo tiene asignada una escuela. Nuestro micro viaja media hora más. Al fin se detiene, debemos llegar a pie porque falta sitio. Todo el barrio ha salido a la calle con banderas celestes y blancas. Muchos me felicitan al reconocerme excombatiente mientras un miembro del comité organizador nos abre paso. Carmen continúa entusiasmada, no necesito voltear la cabeza para saber que empuja mi silla con orgullo. ¿Viste, mi amor, nadie se quiere perder la fiesta?

Por fin nos detenemos frente a una escuela grande y embanderada, un pasacalle nos da la bienvenida y acusa la fecha, ¡diez años han pasado! ¿Por eso celebran? Yo prefiero olvidar, a veces creo que quisiera ver a Silvia. Nos queríamos, eso pensaba. Me pidió que no fuera a luchar, que me extrañaría, sólo le falté unos meses, la rápida instrucción, el viaje y algunos días en las islas en el frente de batalla. Acabó bien rápido la contienda. Parece que Silvia era de memoria frágil puesto que me había olvidado. Cuando volví me dijeron que se había ido a trabajar a Buenos Aires pero nadie supo o quiso decirme algo más.

Ingresamos a la escuela especialmente engalanada, nos acompaña, a ambos lados,  un interminable cordón de prolijos alumnos de blanco que agitan banderitas. Ocupamos la primera fila frente al escenario reservada especialmente para los homenajeados. Recibimos aplaudiendo las banderas de ceremonia, cantamos el Himno Nacional, y la Marcha a las Malvinas. Las voces infantiles cantan con orgullo desafinado, <<Tras su manto de neblinas, no las hemos de olvidar, ¡las Malvinas, Argentinas!, brama el viento y ruge el mar…>> El colonialismo inglés no piensa lo mismo.  Terminamos la canción con un aplauso cerrado y comienzan los discursos.

<<Señor Intendente Municipal, señor Inspector de Escuelas, señora Directora, señoras, señores, alumnos: nos encontramos reunidos para rendir homenaje a nuestros soldados>> comienza a decir una maestra, yo me preparo para dejar divagar la mente durante la lectura pero reconozco inmediatamente la voz idéntica al archivo que guarda mi alma. Es Silvia, no tengo dudas.

<<La verdadera historia sólo la pueden contar los protagonistas>> claro Silvia, siempre la palabra justa, seguro que te mandaron a escribir el discurso, siempre me gustó como decís las cosas.

<<Los que hoy nos acompañan y entonces no sabían lo que era una guerra>> vos tampoco, pero lo intuiste bastante más que yo, Silvia, me querías, ¿lo recordás?

<<Costó mucho asumirla>> ni te imaginás en la trinchera, el frío húmedo calándote los huesos. Sacaba tu foto y te miraba, recordaba tu piel y tus caricias, memorizaba tus facciones.

<<Se fueron entre vivas, los despedimos con vítores>> más que eso, Silvia, nunca hicimos el amor con tantas ganas, con tanta fuerza como la última  noche.

<<Volvieron con la noticia del fracaso, recibidos por el silencio>> peor Silvia, te busqué por todas partes y habías desaparecido. ¿Sabías que había perdido las dos piernas? ¿Qué casi me volví loco?

Silvia levanta la vista antes de seguir, recorre la primera fila, me ve, sé que me reconoce, se sorprende, es una casualidad demasiado grande que yo esté sentado aquí habiendo tantos soldados, le entrega el papel a otra maestra que continúa con el discurso. Se retira del escenario mientras mis ojos la persiguen.

No, mi cielo, por favor, no vuelvas a escaparte. Jamás imaginé que volvería a verte, debemos hablarnos. La sigo con la vista, observo que se sienta. Decido actuar sin provocar alboroto. Un niño de aproximadamente diez años sale de su fila y se le acerca, le aparta el cabello de la cara, le toma la mano. Una colega le hace aire con una pantalla de papel improvisada. Carmen está sentada más atrás, mezclada entre el público. No hay sitio para moverse allí, le hago señas pero no me ve. Silvia, te ves hermosa, de lejos me parece tocarte, por favor no te vayas, ni una nota me dejaste, por favor.

Silvia, frágil y pequeña, se apoya en el niño. Los veo salir de la escuela. Comienzo a abrirme paso, la gente se aparta, me mira con asombro, los choco con la silla en el apuro. Logro alcanzar la vereda pero Silvia y el niño corren muy adelante. Nervioso hago girar las ruedas de la silla, mis brazos responden, son fuertes y musculosos, te gustaba abandonarte en ellos, Silvia, te dormías desnuda entre ellos y yo me sentía el dueño feliz del universo. Te alcanzaré, todavía puedo. No escapes.

La silla se inclina, pierdo el equilibrio y caigo contra el pavimento. ¡Mierda! ¡No lo logro! Gracias al ruido que hace la silla al caer,  el niño se da vuelta y corre hacia mí. Silvia intenta detenerlo.

<< ¡Ariel, obedecé a tu madre, vamos a casa!>> grita desesperada. Reconozco el tono con          el que me pidió que me cuidara luego del último beso en el puerto.

<<Ariel ¿no me oís?>>. La misma voz, la misma pregunta que me hizo a mí hace diez años luego de exponerme los motivos para que no me alistara en el ejército. El niño, igual que yo, tampoco la oye.   Ya está aquí y me está acercando la silla. Tiene mis ojos, mi cabello, la forma de mis manos y ¡lleva mi nombre!

Ella llega detrás, con la respiración entrecortada, pálida, más blanca aún que los malditos ingleses. El niño es igual al que yo mismo era cuando tenía diez años, no puede ser más parecido. Se cruzan nuestros ojos, observo sus cejas juntas, sus pestañas oscuras y pobladas. Y siento el frío. Y cae una lluvia de misiles mientras estoy refugiado en la trinchera. Aprieto la foto de Silvia junto a la de mi madre. Pero debajo no está el barro húmedo  y la llovizna penetrante calando los huesos. Es el pavimento seco, el cielo celeste, el sol brillante y un niño me ofrece su ayuda para levantarme.

Un hilo de voz entrecortada emerge desde mis entrañas cuando la cara de ella se acerca a la mía: <<Silvia, ¿es mi hijo?>>

Este relato está dedicado de corazón a todos los ex- combatientes.