19-Sonidos que brillan

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 Eldwin cargaba el tabaco en su pipa demorándose más de lo acostumbrado, esa tarde quería disfrutarla de manera lenta y estirar su duración hasta la última letra del libro. Corrió la cortina para mirar el jardín, amaba contemplarlo a esa hora en el que el día iba muriendo, eran las últimas luces de sol y, por lo tanto, las que más había que aprovechar. Igual que el último bocado o el último sorbo de vino, Eldwin bebía despacio la postrera  luz de la tarde.

Acomodaba el tabaco en tres capas, la primera al fondo del hornillo, sin compresión, la hoja suelta, en libertad. La segunda capa con un nivel de compresión bajo y, sobre ésta, la tercera, bien prensada. Eldwin se demoraba aprisionando las hebras entre sus manos, lo realizaba fuera de la pipa para no estropear las capas anteriores.

Carlos, en la casa vecina, no había corrido las cortinas en todo el día, ¿para qué? No precisaba la luz del sol, ni la artificial tampoco. Desde que la enfermedad le había robado la vista se había tornado irascible,  se paseaba nervioso chocando contra los muebles, preguntándose una y otra vez si valía la pena vivir así. Había sabido ser un profesional de éxito, en el apogeo de su carrera los ojos eran indispensables para su labor.

Eldwin se dirigió a la otra ventana, desde la misma podía ver la de su vecino. Le dolía ver esa oscuridad en la que se había sumido. Intentaba pensar en el tiempo en que ambos trabajaban duro y, luego de la jornada laboral, se juntaban a comentar el último libro leído. Eldwin siempre admiró la capacidad de observación de su vecino, su interpretación de las lecturas le enriquecía la suya. Eldwin no soportaba ver esa ventana negra, le daban ganas de tirarle una pedrada, hacer un fuerte estruendo de vidrios explotando, convertidos en brillantes trizas hirientes que rescataran al vecino de su autoencierro.

Carlos se sentó en silencio, ni la música le importaba esa tarde. La soledad le pegaba fuerte, casi estaba matándolo desde que su mujer se había ido. No le guardaba rencor, podía comprenderla, pero la extrañaba con toda la fuerza de su sano corazón de roble. No había sonidos ni luz pero muy dentro, en ese sitio impenetrable para los de afuera, combatían huracanes y tempestades  en  batallas  extenuantes. Carlos estaba planeando suicidarse.

Eldwin, había querido pegarle, en su desesperación por no hallar la forma de convencerlo en que prosiguieran las lecturas que tantas horas de placer le habían producido. “No quiero que pierdas el tiempo leyéndome, me haces sentir un analfabeto, no vuelvas nunca más a mi casa” Y había subrayado su frase con un diestro empujón seguido de un portazo y el correspondiente sonido de la llave sellando la cerradura.

Carlos se paró, comenzó a dar vueltas sin saber que la noche iba cayendo, le daba igual, se había convertido en una especie de murciélago. Solía cambiar el ritmo de los días, dormía cuando el sueño lo vencía sin saber los horarios, porque, además, comía muy poco, se le había ocurrido, que, quizá, estaría bueno dejarse morir de manera lenta.

Eldwin encendió la lámpara y el grabador, colocó el cassette y comenzó a leer en voz alta el último capítulo de la novela que tenía entre las manos. Despacio, conforme disfrutaba la fumada de su pipa, recorría las letras modulando la voz para ser claro y expresivo. Así fue que llegó al punto final, retiró el casete, lo guardó en la caja que llevaba el número doce y, a su vez, en una más grande que contenía las once grabaciones anteriores que venía preparando para su vecino.

Hacía un par de horas que la noche se había adueñado del ambiente, sin embargo, en la casa de Carlos, cuando Eldwin encendió el viejo grabador, el sonido que emanaba brilló como una lámpara encendida.

 

Este relato me lo inspiró Rodolfo,

¡muchas gracias!