Se viene la cena

 Lectores que vienen apareciendo, preparen los cubiertos, la cena está en mi cabeza, en cuanto pueda la sirvo.

Sí, porque el próximo será el relato para Carlos Alberto. Es posible que, de costadito, también satisfaga las expectativa de algún otro, eso será si la chica que sirve le sonríe de soslayo al invitado, si lo cuento desde la perspectiva de un hombre y si le agrego un desencuentro. Todo es posible. vamos a ver que sale. Pasen y siéntense.

¿Dónde estarán los lectores?

 

Al parecer mis amigos lectores no han pasado por acá, no me han dicho nada, no han pedido, no puedo avanzar al relato dieciocho sin tener el “decime” para que emerja el cuento.

¿Es posible que se hayan olvidado de la idea primigenia de este blog?

Vamos chicos, digan, pues de lo contrario, sin decime no hay cuento.

17-Ser farera

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Me gustaría precisar en qué lugar del planeta ocurrió, para ser más exacta, pero la historia me llegó como la doy.

Se llamaba Pedro, hacía un par de años que cuidaba el faro, se había entrenado para ese trabajo con el plan de aprovechar ese ambiente solitario y dedicarse a la escritura que era su verdadera pasión. El día que se trasladó allá llevaba consigo la vieja máquina de escribir y unas pocas pertenencias.

Odiaba los domingos, se llenaba de paseantes y tenía la obligación de abrir el faro para mostrarlo, explicar su historia y funcionamiento. Esas actividades se suspendían cuando el tiempo estaba malo, así que Pedro comenzaba a escrutar las nubes desde el amanecer como un conjuro para desatar vientos y tormentas.

Precisamente lo que me contaron ocurrió un día domingo.

Bien temprano pudo observar el enorme medallón de oro saliendo del agua, ese detalle le cantaba que  aumentarían los turistas y se quedarían todo el día por los alrededores.

Soportó de manera estoica con la esperanza puesta en el anochecer, el reencuentro con la paz y la rutina cotidiana.

Despidió a los últimos visitantes y cerró la puerta con la tranca aunque no había necesidad en aquel paraje.

Subió por la escalera caracol a contemplar la primera vista de las estrellas con un vaso de vino tinto como lo hacía cada día. Era su celebración, la gratitud por el espectáculo que la naturaleza le brindaba  para él.

Pedro no supo el modo, sólo sintió un golpe rotundo y un empujón con el que inició el vuelo en picada hacia al mar.

No sabía que no estaba solo. Una mujer lo espiaba. Una lunática que enloquecía por el mar y esas torres, señeras y extrañas, colocadas en sitios que abundan en historias de naufragios, se había escondido  del lado opuesto de la construcción.

Lo había esperado agazapada, con una pata de cordero como arma y el precipicio delante.

Gustos son gustos, quería ser señora de un faro y las autoridades no se lo habían permitido por ser mujer.

Este relato me lo inspiró Elysa y a ella se lo dedico.

Volver

De nuevo en Buenos Aires, con los médanos de Villa Gesell en las retinas y en el corazón.

Tengo varias historias para contar pero no debo desvirtuar el sentido de mi blog. Por algo le puse: “decime que te cuento”, mis relatos se inspiran en el “decime”, si no hay “decime” no hay relato.

Hasta que vuelvan los lectores del blog me inspiraré en los dichos cazados al vuelo por ahí, en los de mi familia, en los de mis amigos de todos los días y en los de mis compañeros de la terraza de Arequipa.

¿Dónde se hallarán mis desaparecidos lectores? Sin ellos no tiene sentido. Espero con ansias que vuelvan. Quería colgar una imagen de Villa Gesell que fuera representativa, no es fácil. Porque Gesell es mar, es bosque, es dunas y médanos, diversión y tranquilidad, ciudad y naturaleza. Por eso y porque me encantan los faros elegí nuestro amado Faro Querandí.

Volveeeeer, con la frente marchita….” como dice el tango.

¡Triste es volver de vacaciones!