16-Gabriela en el país de las maravillas

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Ella podría haber pensado en cualquier personaje de cuentos, se los conoce a todos, pero no, pensó en la Alicia de Lewis Carroll.

También me dijo: “Las heroínas y los héroes son mitos, son fantasías creadas para inspirarnos, y de vez en cuando surge uno que nos invita a soñar.”

Me gusta escuchar a Gabriela, mi amiga siempre me inspira, pero se había hecho tarde y yo tenía que correr porque llegarían mis niños de la escuela antes que yo.

Me porté igual que el conejo blanco, siempre perseguido por la hora, subí al auto y saludé a Gabriela con dos golpes de bocina mientras que me la imaginé de largo cabello rubio.

Durante el trayecto a casa conduje con el piloto automático, sí ya sé que los automóviles no cuentan con semejante tecnología pero saben a qué me refiero. ¡¿No les sucede a veces que ponen el piloto automático para vivir!? Sí, algunos trayectos se prestan para eso, prueben.

Yo, como si hubiera caído por el mismo hueco de la tierra que cayó Alicia en la ficción famosa,  ya circulaba por un bosque encantado ajena al calor agobiante y al problema real que enfrentaba Gabriela.

Llegué a tiempo para tener la mesa puesta con la comida servida.

Después de almorzar los chicos me mostraron sus cuadernos. Me sentía tan feliz como  Alicia en su mundo de ensueño, mis hijos sí que eran maravillosos. La molesta sorpresa me la llevé cuando leí que estaba convocada a participar de la dramatización anual que se hacía en el jardín de infates para lo cual debía asistir a una reunión el día siguiente.

—No puedo, quedé con Gabriela—le expliqué a mi nene que me desarmó con una mirada desilusionada como si le hubieran anulado un gol.

—Le dije a la seño que ibas a ser el sombrerero—sentenció mientras volvía corriendo de su dormitorio portando la verde galera de sus amores y poniéndola en mi cabeza.

—Tener el sombrero no significa que puedo hacer el papel—siempre había intervenido pero esta vez no tenía ganas, mi amiga estaba enferma y quería dedicarle un tiempo.

—Dale, mamá, acordate de cuando hiciste la cigarra, estabas linda, todos te aplaudieron, ¿te acordás de que cantaste?—intentó convencerme mientras se alejaba para contemplarme ensombrerada y agrandar su sonrisa desdentada con tierna aprobación.

Tenía roto el diente de leche de adelante, esperábamos que lo cambie, lució esa pícara sonrisa por dos años en la realidad, y toda la vida retratada en mi alma y en mi mesa de luz.

Claro que fui a la reunión, me acompañó Gabriela, terminé siendo el sombrerero, ¿y ella? ¿no hacía por esos meses su tratamiento de quimioterapia? Claro, con una hermosa peluca rubia y un lindo vestido azul, Gabriela fue la versión de Alicia más acabada que vi en mi vida.

madhatter3db2 El relato es para Gabriela Marini,

ficción a medias,

me inspiré rapidamente en algunas palabras y gestos que le leí.

Un escritor siempre está vivo

Dije siempre y debería borrarlo, el escritor resucita en sus palabras actualizadas y recreadas cuando lo vuelven a leer. Y, encima, con el valor agregado de ser vida multiplicada en los lectores. Cada ser humano que lee le regala su propia impronta desde sus ojos y desde su experiencia. La misma frase, la mismas palabras que la construyen se visten de otro color cuando se lee por otro ser. Una novela nunca es la misma. ¡Qué decepción! dijo alguien terminando la misma lectura que otros miles habían calificado como deliciosa. Tiene que ver con los ojos que miran, la experiencia que han vivido y el modo en que la transitaron.

Tomás Eloy Martínez

varias enero 2010 003

La muerte de Tomás Eloy, la falta de su columna de los sábados de la cual fui fanática lectora me ha conducido a indagar entre las novelas sustanciosas y variadas que nos ha dejado.

Como no tengo ninguna en casa he corrido a la biblioteca del barrio y encontré dos: “Santa Evita” y “El cantor de tango”.

En cuanto las termine, proyecto comprar otras dos: “El vuelo de la reina” y “Purgatorio”.

Les transcribo el primer párrafo de la primera novela que cité, por ahí, mientras lo copio, por un sistema de ósmosis, adquiero una parte del talento que tenía Tomás Eloy para narrar.

«Al despertar de un desmayo que duró tres días, Evita tuvo al fin la certeza de que iba a morir. Se le habían disipado ya las atroces punzadas en el vientre y el cuerpo estaba de nuevo limpio, a solas consigo mismo, en una beatitud sin tiempo y sin lugar: Sólo la idea de la muerte no le dejaba de doler. Lo peor de la muerte no era que sucediera. Lo peor de la muerte era la blancura, el vacío, la soledad del otro lado: el cuerpo huyendo como un caballo al galope.»